ECR 45
El Evangelio como me ha sido revelado
TraducciĂłn en curso
Notas del tema
ECR 45
TraducciĂłn en curso
ECR 45.6-10
45.6 Dice JesĂșs:
«Juan no tenĂa necesidad del signo para sĂ mismo. Su espĂritu, presantificado desde el vientre de su madre, poseĂa esa vista de inteligencia sobrenatural que habrĂan poseĂdo todos los hombres sin la culpa de AdĂĄn.
Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad para con su Creador, habrĂa visto a Dios a travĂ©s de las apariencias externas. En el GĂ©nesis se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente y que Ă©ste no desfallecĂa ante aquella voz y no se equivocaba al discernirla. Era destino del hombre ver y entender a Dios, justamente como un hijo con su padre. DespuĂ©s vino la culpa, y el hombre ya no se ha atrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni comprender a Dios. Y cada vez lo sabe menos.
Pero Juan, mi primo Juan, quedĂł limpio de la culpa cuando la Llena de Gracia se inclinĂł amorosa a abrazar a Isabel, un tiempo estĂ©ril, entonces fecunda. El pequeñuelo saltĂł de jĂșbilo en su seno, sintiendo caĂ©rsele de su alma la escama de la culpa, como costra que cae de una llaga que sana. El EspĂritu Santo, que habĂa hecho de MarĂa la Madre del Salvador, comenzĂł su obra de salvaciĂłn, a travĂ©s de MarĂa, vivo Sagrario de la SalvaciĂłn encarnada, sobre este niño que habĂa de nacer destinado a unirse a mĂ, no tanto por la sangre, cuanto por la misiĂłn que hizo de nosotros como los labios que forman la palabra. Juan los labios, Yo la Palabra. Ăl el Precursor en el Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba, con mi divina perfecciĂłn, el Evangelio comenzado por Juan y el martirio por la defensa de la Ley de Dios.
Juan no tenĂa necesidad de ningĂșn signo. Pero la cerrazĂłn de los demĂĄs lo requerĂa. ÂżEn quĂ© habrĂa fundado Juan su aserciĂłn, sino sobre una prueba innegable que los ojos y oĂdos de los tardos hubieran percibido?
45.7 Tampoco Yo tenĂa necesidad de bautismo. Pero la sabidurĂa del Señor habĂa juzgado que Ă©se era el momento y el modo del encuentro. E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mĂ a salir de mi casa, nos uniĂł en esa hora para abrir sobre mĂ los Cielos de donde habrĂa de descender Ăl mismo, Paloma divina, sobre aquel que bautizarĂa a los hombres con tal Paloma, y el anuncio, mĂĄs potente que el angĂ©lico, porque provenĂa del Padre mĂo: âĂste es mi Hijo muy amado con quien me he complacidoâ. Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.
45.8 Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, despuĂ©s del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en las orillas del JordĂĄn. DespuĂ©s vinieron las infinitas otras que te darĂ© a conocer (porque mis milagros son manifestaciones de mi naturaleza divina) hasta las Ășltimas de la ResurrecciĂłn y AscensiĂłn al Cielo.
Mi patria quedĂł llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida a los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida: a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrĂ©dulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles. TambiĂ©n al presente se repiten. Pero â como entonces â el mundo no las acoge. No sĂłlo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, para conduciros a la fe en mĂ.
45.9 ÂżSabes, MarĂa, lo que haces; es mĂĄs, lo que hago mostrĂĄndote el Evangelio? Es un intento mĂĄs fuerte de atraer a los hombres hacia mĂ. TĂș has deseado esto con ardientes oraciones. Ya no me limito a la palabra. Los cansa y los separa. Es un pecado, pero es asĂ. Recurro a la visiĂłn, y ademĂĄs de mi Evangelio, y la explico para hacerla mĂĄs clara y atrayente.
A ti te doy el consuelo de ver. A todos doy el modo de desear conocerme. Y, si no sirviera aĂșn, y cuales crueles niños arrojasen el don sin comprender su valor, a ti te quedarĂĄ mi don y a ellos mi enojo. PodrĂ©, una vez mĂĄs, pronunciar la antigua recriminaciĂłn: âHemos tocado y no habĂ©is bailado, hemos entonado lamentos y no habĂ©is lloradoâ.
Pero no importa, dejemos que los inconvertibles acumulen sobre su cabeza los tizones ardientes y volvĂĄmonos hacia las ovejas que tratan de conocer al Pastor, que soy Yo; y tĂș el cayado que las conduce a mĂ».
45.10 Como ve, me he apresurado a escribir estos detalles que usted querĂa tener y que por su pequeñez me habĂan pasado desapercibidos.
ECR 45.8
45.8 Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, despuĂ©s del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en las orillas del JordĂĄn. DespuĂ©s vinieron las infinitas otras que te darĂ© a conocer (porque mis milagros son manifestaciones de mi naturaleza divina) hasta las Ășltimas de la ResurrecciĂłn y AscensiĂłn al Cielo.
Mi patria quedĂł llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida a los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida: a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrĂ©dulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles. TambiĂ©n al presente se repiten. Pero â como entonces â el mundo no las acoge. No sĂłlo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, para conduciros a la fe en mĂ.
ECR 46
JesĂșs estĂĄ en el desierto y es tentado por SatanĂĄs. Primero, el Diablo le habla de la mujer, pero ve que sus palabras no surten efecto e intenta doblegar a JesĂșs hablĂĄndole de pan. JesĂșs le responde como en el Evangelio, luego viene la tentaciĂłn de ir al Templo y la tentaciĂłn de adorar a SatanĂĄs, para obtener poder. El Salvador responde que es al Señor Dios a quien se adorarĂĄ, y el Diablo desaparece con un rugido de rabia. Los ĂĄngeles aparecen entonces para servir al MesĂas.
JesĂșs da entonces un dictado, y vuelve al aspecto simpĂĄtico de SatanĂĄs. Si el alma no tiene cuidado, puede caer en sus trampas. Cristo explica que primero utiliza la atracciĂłn carnal y la codicia para tentar a los hijos de Dios; despuĂ©s trabaja contra el lado moral (orgullo) y el espĂritu, quitando el amor y el temor de Dios.
El Maestro muestra cĂłmo se comportĂł: con el silencio y la oraciĂłn. Es inĂștil discutir con SatanĂĄs, porque es mĂĄs fuerte que nosotros en la dialĂ©ctica. "SĂłlo Dios puede vencerlo", asĂ que podemos usar la Palabra de Dios para defendernos, porque Ă©l no puede soportarlo.
Después de la tentación viene la victoria, porque los ångeles nos sirven, colmåndonos de gracia y bendiciones. Debemos tener la voluntad de vencer a Satanås y tener fe en la ayuda de Dios y en la oración.
ECR 46.11-15
46.11 Dice JesĂșs:
«Ayer estabas sin tu fuerza, que es mi voluntad; eras, por tanto, un ser semivivo. He permitido reposar a tus miembros, te he sometido al Ășnico ayuno que te pesa: el de mi palabra. ÂĄPobre MarĂa! Has pasado el MiĂ©rcoles de Ceniza. En todo sentĂas el sabor de la ceniza, porque estabas sin tu Maestro. No se me sentĂa, pero estaba.
Esta mañana, puesto que el ansia es recĂproca, te he susurrado en tu duermevela: âAgnus Dei qui tollis peccata mundi, dona nobis pacemâ, y te lo he hecho repetir muchas veces y muchas te lo he repetido. Has creĂdo que iba a hablar sobre esto. No. Primero estaba el punto que te he mostrado y que te voy a comentar. Luego, esta noche, te ilustro este otro.
46.12 Has visto que SatanĂĄs se presenta siempre con apariencia benĂ©vola, con aspecto comĂșn. Si las almas estĂĄn atentas y, sobre todo, en contacto espiritual con Dios, advierten ese aviso que las hace cautelosas y las dispone a combatir las insidias demonĂacas. Pero si las almas no estĂĄn atentas a lo divino, separadas por una carnalidad oprimente y ensordecedora, sin la ayuda de la oraciĂłn que une a Dios y vierte su fuerza como por un canal en el corazĂłn del hombre, entonces difĂcilmente se dan cuenta de la celada, y caen en ella, y luego es muy difĂcil liberarse.
46.13 Las dos vĂas mĂĄs comunes que SatanĂĄs toma para llegar a las almas son la sensualidad y la gula. Empieza siempre por la materia; una vez que la ha desmantelado y subyugado, pasa a atacar a la parte superior: primero, lo moral (el pensamiento con sus soberbias y deseos desenfrenados); despuĂ©s, el espĂritu, quitĂĄndole no sĂłlo el amor â que ya no existe cuando el hombre ha substituido el amor divino por otros amores humanos â sino tambiĂ©n el temor de Dios. Es entonces cuando el hombre se abandona en cuerpo y alma a SatanĂĄs, con tal de llegar a gozar de lo que desea, de gozar cada vez mĂĄs.
46.14 Has visto cĂłmo me he comportado Yo. Silencio y oraciĂłn. Silencio. Efectivamente, si SatanĂĄs lleva a cabo su obra de seductor y se nos acerca, se le debe soportar sin impaciencias necias ni miedos mezquinos. Pero reaccionar: ante su presencia, con entereza; ante su seducciĂłn, con la oraciĂłn.
Es inĂștil discutir con SatanĂĄs. VencerĂa Ă©l, porque es fuerte en su dialĂ©ctica. SĂłlo Dios puede vencerle. Entonces, recurrir a Dios, que hable por nosotros, a travĂ©s de nosotros. Mostrar a SatanĂĄs ese Nombre y ese Signo, no tanto escritos en un papel o grabados en un trozo de madera, cuanto escritos y grabados en el corazĂłn. Mi Nombre, mi Signo. Rebatir a SatanĂĄs Ășnicamente cuando insinĂșa que es como Dios, rebatirle usando la palabra de Dios; no la soporta.
46.15 Luego, despuĂ©s de la lucha, viene la victoria, y los ĂĄngeles sirven y defienden del odio de SatanĂĄs al vencedor; le confortan con los rocĂos celestes, con la gracia que vierten a manos llenas en el corazĂłn del hijo fiel, con la bendiciĂłn que acaricia al espĂritu.
Hace falta tener la voluntad de vencer a SatanĂĄs, y fe en Dios y en su ayuda; fe en la fuerza de la oraciĂłn y en la bondad del Señor. En ese caso SatanĂĄs no puede causar ningĂșn daño.
Ve en paz. Esta noche te llenarĂ© de alegrĂa con lo demĂĄs».
ECR 46.14
Si SatanĂĄs lleva a cabo su obra de seductor y se nos acerca, se le debe soportar sin impaciencias necias ni miedos mezquinos. Pero reaccionar: ante su presencia, con entereza; ante su seducciĂłn, con la oraciĂłn.
ECR 46.14
Es inĂștil discutir con SatanĂĄs. VencerĂa Ă©l, porque es fuerte en su dialĂ©ctica. SĂłlo Dios puede vencerle. Entonces, recurrir a Dios, que hable por nosotros, a travĂ©s de nosotros. Mostrar a SatanĂĄs ese Nombre y ese Signo, no tanto escritos en un papel o grabados en un trozo de madera, cuanto escritos y grabados en el corazĂłn. Mi Nombre, mi Signo. Rebatir a SatanĂĄs Ășnicamente cuando insinĂșa que es como Dios, rebatirle usando la palabra de Dios; no la soporta.
ECR 46.15
Hace falta tener la voluntad de vencer a Satanås, y fe en Dios y en su ayuda; fe en la fuerza de la oración y en la bondad del Señor.
ECR 47
JesĂșs camina cerca del vado del JordĂĄn. Pasaba un grupo, entre ellos Juan y Santiago de Zebedeo. Fue Juan quien se fijĂł en el Maestro y se dirigiĂł naturalmente hacia Ă©l, mientras su hermano le seguĂa detrĂĄs. Le saluda llamĂĄndole Cordero de Dios. JesĂșs le pregunta a quiĂ©n busca y el Amado le responde que busca al Maestro. Lo sabe porque se lo dijo Juan el Bautista, y le llama Cordero porque oyĂł al Precursor llamarle asĂ. Juan el Bautista estĂĄ ahora encarcelado y ya no tienen a su guĂa. Sin embargo, Juan se presenta a sĂ mismo y a Santiago. Pregunta dĂłnde vive JesĂșs y JesĂșs les dice que quien le siga tendrĂĄ que dejarlo todo: "casa, padres, forma de pensar e incluso la vida". No es un hombre rico y hay que renacer espiritualmente en Dios para seguirle. No obstante, los dos hombres quieren seguirle y JesĂșs acepta su peticiĂłn.
A continuaciĂłn, Cristo da dos dictados. El primero trata de la pureza y la virginidad, incluida la virginidad consagrada. ExplicĂł que "hay varias maneras de ser virgen" y retomĂł el tema de los que hacen voto al Señor. Si las almas hacen un voto, pero ceden a la sensualidad (incluso la del pensamiento), sĂłlo son vĂrgenes a medias.
El Maestro vuelve entonces a su propia tentaciĂłn en el desierto y a la sensualidad que le propuso el Diablo. Luego se detiene en los puros, que ven a Dios. Por Ășltimo, se centra en Juan, que es el Puro entre los discĂpulos, y que fue su primer discĂpulo.
ECR 47.2
«[Soy] Juan de Zebedeo, y Ă©ste es Santiago, mi hermano. Somos de Galilea, pescadores. Somos, ademĂĄs, discĂpulos de Juan. Ăl nos decĂa palabras de vida y nosotros le escuchĂĄbamos, porque queremos seguir a Dios y, con la penitencia, merecer el perdĂłn, preparando los caminos del corazĂłn a la venida del MesĂas. TĂș lo eres. Juan lo dijo, porque vio el signo de la Paloma posarse sobre ti. A nosotros nos lo dijo: âHe ahĂ el Cordero de Diosâ. Yo te digo: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz (...)».
Juan de Zebedeo hablĂł con JesĂșs y le dijo: