47.4 Dice JesĂșs:
«El grupo que se cruzĂł conmigo era numeroso, pero sĂłlo uno me reconociĂł: el que tenĂa alma, pensamiento y carne, limpios de toda lujuria.
Insisto sobre el valor de la pureza. La castidad es siempre fuente de lucidez de pensamiento. La virginidad afina y conserva la sensibilidad intelectiva y afectiva hasta la perfecciĂłn, perfecciĂłn que sĂłlo quien es virgen experimenta.
47.5 Virgen se es de muchas formas. A la fuerza â y esto especialmente para las mujeres â, cuando no se ha sido elegido para casarse. DeberĂa ser asĂ tambiĂ©n para los hombres, pero no lo es, lo cual estĂĄ mal, porque de una juventud ensuciada prematuramente por la lascivia sĂłlo podrĂĄ salir un cabeza de familia enfermo en el sentimiento y, frecuentemente, tambiĂ©n en la carne.
Existe la virginidad conscientemente querida, o sea, la de quienes, en un arrebato del corazĂłn, se consagran al Señor. ÂĄHermosa virginidad! ÂĄSacrificio agradable a Dios! Pero no todos, luego, saben permanecer en ese candor suyo de lirio enhiesto sobre el tallo, orientado hacia el cielo, que no sabe del fango del suelo, abierto sĂłlo al beso del sol de Dios y de sus rocĂos.
Muchos permanecen fieles materialmente al voto en sĂ. Pero infieles con el pensamiento, que añora y desea lo que ha sacrificado. Ăstos son vĂrgenes sĂłlo a medias. Si la carne estĂĄ intacta, el corazĂłn no lo estĂĄ. Este corazĂłn fermenta, hierve, libera humos de sensualidad, tanto mĂĄs refinada y saboreada cuanto mĂĄs es creaciĂłn del pensamiento que acaricia, alimenta y aumenta continuamente imĂĄgenes de satisfacciones ilegĂtimas; ilĂcitas incluso para el libre, mĂĄs que ilĂcitas para el consagrado.
Viene entonces la hipocresĂa del voto. Hay apariencia, la substancia falta. Y en verdad os digo que entre quien viene a mĂ con el lirio roto por la imposiciĂłn de un tirano, y quien viene con el lirio no materialmente quebrado, pero sĂ sucio de babas por la regurgitaciĂłn de una sensualidad acariciada y cultivada para llenar de ella las horas de soledad, Yo llamo âvirgenâ al primero y âno virgenâ al segundo. Y al primero le doy corona de virgen y doble corona de martirio con causa en la carne herida y en el corazĂłn llagado por la mutilaciĂłn no querida.
47.6 El valor de la pureza es tal que â lo has visto â SatanĂĄs se preocupaba ante todo de inducirme a la impureza. Ăl sabe bien que la culpa sensual desmantela el alma y la hace fĂĄcil presa para las otras culpas. La atenciĂłn de SatanĂĄs se dirigiĂł a este punto capital para vencerme.
El pan, el hambre, son las formas materiales para la alegorĂa del apetito, de los apetitos que SatanĂĄs explota para sus fines. ÂĄBien distinto es el alimento que Ă©l me ofrecĂa para hacerme caer como ebrio a sus pies! DespuĂ©s vendrĂa la gula, el dinero, el poder, la idolatrĂa, la blasfemia, la abjuraciĂłn de la Ley divina. Mas el primer paso para poseerme era Ă©ste: el mismo que usĂł para herir a AdĂĄn.
47.7 El mundo se burla de los puros. Los culpables de impudicia los agreden. Juan el Bautista es una vĂctima de la lujuria de dos obscenos. Pero si el mundo tiene todavĂa un poco de luz, se debe a los puros del mundo. Son ellos los siervos de Dios y saben entender a Dios y repetir las palabras de Dios. Yo he dicho: âBienaventurados los puros de corazĂłn, porque verĂĄn a Diosâ, incluso desde la tierra. Ellos, a quienes el humo de la sensualidad no turba el pensamiento, âvenâ a Dios y le oyen y le siguen, y le manifiestan a los demĂĄs.
47.8 Juan de Zebedeo es puro. Es el puro entre mis discĂpulos. ÂĄQuĂ© alma de flor en cuerpo de ĂĄngel! Me llama con las palabras de su primer maestro y me pide que le dĂ© paz. Mas la paz la tiene en sĂ por su vida pura, y Yo le he amado por esta pureza suya, a la que he confiado las enseñanzas, los secretos, la mĂĄs querida Criatura que tuviera.
Ha sido mi primer discĂpulo, mi amante desde el primer instante en que me vio. Su alma se habĂa fundido con la mĂa desde el dĂa en que me habĂa visto pasar a lo largo del JordĂĄn y habĂa visto que el Bautista me señalaba. Aunque no se hubiera cruzado conmigo luego, a mi regreso del desierto, me habrĂa buscado hasta encontrarme; porque quien es puro es humilde y estĂĄ deseoso de instruirse en la ciencia de Dios, y va, como el agua al mar, hacia los que reconoce maestros en la doctrina celeste».