Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 43.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El martirio no estå en la forma del tormento, estå en la constancia con que el mårtir lo soporta. Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquélla se soporta con la misma finalidad.

Palabras clave

ECR 43.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El martirio no estĂĄ en la forma del tormento, estĂĄ en la constancia con que el mĂĄrtir lo soporta. Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquĂ©lla se soporta con la misma finalidad. TĂș soportas por amor a mi Hijo. Todo lo que haces por los hermanos es siempre amor a JesĂșs, el cual los quiere salvos. Por tanto, lo que vives es martirio; persevera en Ă©l. No quieras actuar por ti sola. Es suficiente — puesto que estĂĄs sometida a presiĂłn demasiado fuerte como para poder tener todavĂ­a el vigor de guiarte por ti sola y de dominar incluso tu humanidad, impidiĂ©ndole llorar —, es suficiente con que dejes que el dolor te torture sin rebelarte. Basta que le digas a JesĂșs: “¡AyĂșdame!”. Lo que tĂș no puedes hacer, Él lo harĂĄ en ti. Permanece en Él. Siempre en Él. No quieras salir de Él; y no saldrĂĄs si tĂș no lo quieres. Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dĂłnde estĂĄs, tĂș estarĂĄs siempre en JesĂșs.

Detalle

MarĂ­a se vuelve hacia MarĂ­a y le dice:

Palabras clave

ECR 44

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

JesĂșs se dispone a abandonar Nazaret. MarĂ­a estĂĄ claramente angustiada. Su Hijo come y, una vez preparada la bolsa, MarĂ­a se aĂ­sla un momento. JesĂșs va hacia ella y resulta que estĂĄ llorando en el taller de JosĂ©. JesĂșs le habla y ambos van al huerto, donde JesĂșs le da sus recomendaciones. Luego recitan juntos el Padrenuestro, para apoyarse en Dios en esta hora de prueba. JesĂșs se marcha entonces, dejando a su Madre en Nazaret.

Cristo da entonces un dictado y habla del sufrimiento de María tras la separación de Cristo. Dice por un momento por qué da la Obra y cómo da las lecciones. Luego declara que esta visión se aplica a todos aquellos que tienen que pasar por una dolorosa renuncia y dejar a su familia. Esta lección es tanto para los padres como para los hijos.

MarĂ­a ha sufrido el dolor de ser separada de su Hijo, pero no se ha rebelado contra la Voluntad de Dios. LlorĂł, pero ÂżquiĂ©n no habrĂ­a llorado al adivinar lo que iba a sufrir su Hijo? Ella sabĂ­a que sus familiares estaban llenos de sentido comĂșn humano y que no entenderĂ­an la partida ni la predicaciĂłn de Cristo. SabĂ­a que su Hijo encontrarĂ­a hostilidad durante su ministerio. Ella tambiĂ©n llorĂł, sufriĂł y reparĂł por todas las madres que tienen que separarse de sus hijos. Las lĂĄgrimas de la Madre y la Sangre de Jesucristo fortalecen a quienes tienen que dar muestras de heroĂ­smo, y fortalecen especialmente a las almas consagradas y a las almas vĂ­ctimas.

En la hora de la prueba, MarĂ­a reza con JesĂșs. El sufrimiento no le impidiĂł rezar, al contrario. Y JesĂșs nos dice que debemos rezar siempre con Él, porque es JesĂșs quien nos justifica.

Palabras clave

ECR 44.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

44.1 El interior de la casa de Nazaret. Veo una habitación. Parece un tinelo, donde la Familia come o estå en las horas de descanso. Es una estancia muy reducida. Tiene una sencilla mesa rectangular frente a una especie de arquibanco que estå pegando a una de las paredes: éste es el asiento de uno de los lados. En las otras paredes hay: un telar y un taburete; otros dos taburetes y un vasar, que tiene encima algunas lamparitas de aceite y otros objetos. Una puerta da a un pequeño huerto. Debe estar atardeciendo, pues no hay sino un recuerdo de sol sobre la copa de un alto årbol que apenas verdece con las primeras hojas.

JesĂșs estĂĄ sentado a la mesa. EstĂĄ comiendo. MarĂ­a le sirve, yendo y viniendo por una puertecita que supongo conduce al lugar donde estĂĄ el fuego, cuyo resplandor se ve desde la puerta entreabierta.

JesĂșs le dice a MarĂ­a dos o tres veces que se siente... y que tambiĂ©n coma Ella. Pero Ella no quiere; menea la cabeza sonriendo tristemente, y trae, primero, unas verduras hervidas — me parece una sopa —; despuĂ©s, unos peces asados; luego, un queso mĂĄs bien blando (como de oveja, fresco) de forma redondeada (semeja a esas piedras que se ven en los torrentes), y unas aceitunas pequeñas y oscuras. El pan, en pequeños moldes circulares (de la anchura de un plato comĂșn) y poco alto, estĂĄ ya en la mesa. Es mĂĄs bien oscuro, como si no se le hubiera separado el salvado. JesĂșs tiene delante un ĂĄnfora con agua y una copa; come en silencio, mirando a la Madre con doloroso amor.

MarĂ­a — se ve claramente — estĂĄ apenada. Va, viene... para que no se le note. Enciende — aunque haya todavĂ­a luz suficiente — una lamparita y la pone junto a JesĂșs (al alargar el brazo acaricia disimuladamente la cabeza de su Hijo), abre una bolsa de color castaño — que a mĂ­ me parece hecha de esos paños de lana virgen tejidos a mano y, por tanto, impermeable —, comprueba si estĂĄ vacĂ­a, sale al huertecito, va hasta el otro lado de Ă©ste, a una especie de despensa, de donde sale con unas manzanas ya mĂĄs bien rugosas — conservadas desde el verano — y las mete en la bolsa; despuĂ©s coge un pan y mete tambiĂ©n un pequeño queso, aunque JesĂșs no quiera y diga que ya tiene suficiente.

MarĂ­a se acerca a la mesa de nuevo, por la parte mĂĄs estrecha, a la izquierda de JesĂșs. Le mira mientras come. Le mira con verdadera congoja, con adoraciĂłn, con el rostro aĂșn mĂĄs pĂĄlido de lo normal y como mĂĄs envejecido por la pena, con los ojos agrandados por una sombra que los marca, indicio de lĂĄgrimas vertidas; parecen, incluso, mĂĄs claros que de costumbre, como lavados por el llanto que ya estĂĄ casi apareciendo en ellos: ojos de dolor, cansados.

44.2 JesĂșs, que come despacio, claramente sin ganas, por complacer a su Madre, y que estĂĄ mĂĄs pensativo de lo habitual, levanta la cabeza y la mira. Se encuentra con una mirada llena de lĂĄgrimas, y baja la cabeza para que no se sienta cohibida, limitĂĄndose a cogerle la delicada manita que tiene apoyada en el borde de la mesa. La toma con la mano izquierda y se la lleva a la cara; JesĂșs apoya en ella su mejilla como rozĂĄndola un momento para sentir la caricia de esa pobre manita temblorosa, y la besa en el dorso con gran amor y respeto.

Veo a MarĂ­a llevĂĄndose la mano libre, la izquierda, hacia la boca, como para ahogar un sollozo; luego se seca con los dedos una lĂĄgrima grande que ha rebasado el borde del pĂĄrpado y estaba regando la mejilla.

JesĂșs continĂșa comiendo. MarĂ­a sale rĂĄpidamente al huertecillo, donde ya hay poca luz... y desaparece. JesĂșs apoya el codo izquierdo sobre la mesa, y sobre la mano la frente, deja de comer y se sumerge en sus pensamientos.

Luego un momento de atenciĂłn... Se levanta de la mesa. Sale Él tambiĂ©n al huerto, mira a uno y otro lado y se dirige hacia la derecha respecto al lado de la casa, entra por una abertura de una pared rocosa, dentro de lo que reconozco como el taller de carpintero; esta vez todo ordenado, sin tablas, sin virutas, sin fuego encendido; el banco de carpintero y las herramientas, todas en su sitio, nada mĂĄs.

Replegada sobre sĂ­, en el banco, MarĂ­a llora. Parece una niña. Tiene la cabeza apoyada en el brazo izquierdo plegado, y llora, en voz baja pero con mucho dolor. JesĂșs entra despacio y se le acerca con tanta delicadeza, que Ella comprende que estĂĄ allĂ­ sĂłlo cuando su Hijo le deposita la mano sobre la cabeza inclinada, llamĂĄndola «Mamå» con voz de amorosa reprensiĂłn.

MarĂ­a levanta la cabeza y mira a JesĂșs entre un velo de llanto, y se apoya, con las dos manos unidas, en su brazo derecho. JesĂșs con un extremo de su ancha manga le seca la cara y la abraza, la estrecha contra su pecho, la besa en la frente. JesĂșs tiene aspecto majestuoso, parece mĂĄs viril de lo habitual, y MarĂ­a mĂĄs niña, salvo en la cara marcada por el dolor.

«Ven, Mamå» le dice JesĂșs, y, apretĂĄndola estrechamente con el brazo derecho, se encamina de nuevo hacia el huerto; allĂ­ se sienta en un banco que estĂĄ apoyado en la pared de la casa. El huerto estĂĄ silencioso y ya oscuro. Hay sĂłlo un hermoso claro de luna y la luz que sale de la estancia. La noche estĂĄ serena.

44.3 JesĂșs le habla a MarĂ­a. No percibo al principio las palabras, apenas susurradas, a las que MarĂ­a asiente con la cabeza. DespuĂ©s oigo: «Y di a la familia..., a las mujeres de la familia, que vengan. No te quedes sola. EstarĂ© mĂĄs tranquilo, Madre, y tĂș sabes la necesidad que tengo de estar tranquilo para cumplir mi misiĂłn. Mi amor no te faltarĂĄ. VendrĂ© frecuentemente y, cuando estĂ© en Galilea y no pueda acercarme a casa, te avisarĂ©; entonces vendrĂĄs tĂș adonde estĂ© Yo. MamĂĄ, esta hora debĂ­a llegar. EmpezĂł aquĂ­, cuando el Ángel se te apareciĂł; ahora se cumple y debemos vivirla, Âżno es verdad, MamĂĄ? DespuĂ©s vendrĂĄ la paz de la prueba superada, y la alegrĂ­a. Antes es necesario atravesar este desierto, como los antiguos Padres para entrar en la Tierra Prometida. Pero el Señor Dios nos ayudarĂĄ como hizo con ellos, y su ayuda serĂĄ como manĂĄ espiritual para nutrir nuestro espĂ­ritu en el esfuerzo de la prueba. Digamos juntos al Padre nuestro...». JesĂșs se levanta y MarĂ­a con Él, y levantan la cara al cielo. Dos hostias vivas que resplandecen en la oscuridad.

JesĂșs dice lentamente, pero con voz clara y remarcando las palabras, la oraciĂłn del Señor. Hace mucho hincapiĂ© en las frases: «adveniat Regnum tuum, fiat voluntas tua», distanciando mucho estas dos frases de las otras. Ora con los brazos abiertos (no exactamente en cruz, sino como los sacerdotes cuando dicen: «Dominus vobis­cum»). MarĂ­a tiene las manos juntas.

44.4 Entran de nuevo en casa, y JesĂșs — a quien no he visto nunca beber vino — echa en una copa un poco de vino blanco de un ĂĄnfora de la despensa y la lleva a la mesa; coge de la mano a MarĂ­a y la obliga a sentarse junto a Él y a beber de ese vino (en que moja una rebanada de pan que le ofrece). Tanto insiste, que MarĂ­a cede. El resto lo bebe JesĂșs. Luego estrecha a su Madre contra su costado, y asĂ­ la sujeta, contra su persona, en el lado del corazĂłn. Ni JesĂșs ni MarĂ­a estĂĄn reclinados, sino sentados como nosotros. No hablan mĂĄs. Esperan. MarĂ­a acaricia la mano derecha de JesĂșs y sus rodillas. JesĂșs acaricia el brazo y la cabeza de MarĂ­a.

44.5 JesĂșs se levanta y con Él MarĂ­a, se abrazan y se besan amorosamente una y otra vez; y una y otra vez parece que quieren despedirse, pero MarĂ­a vuelve a estrechar contra su pecho a su Hijo. Es la Virgen, pero es una madre a fin de cuentas, una madre que debe separarse de su hijo y que sabe a dĂłnde conduce esa separaciĂłn. Que ya no se me venga a decir que MarĂ­a no ha sufrido. Antes lo creĂ­a poco, ahora no lo creo en absoluto.

JesĂșs coge el manto (azul oscuro), se lo echa a los hombros y con Ă©l se cubre la cabeza a manera de capucha. Luego se pone en bandolera la bolsa, de forma que no le obstaculice el camino. MarĂ­a le ayuda; nunca termina de ajustarle la tĂșnica y el manto y la capucha, y, mientras, le vuelve a acariciar.

JesĂșs va hacia la puerta despuĂ©s de trazar un gesto de bendiciĂłn en la estancia. MarĂ­a le sigue y, en la puerta, ya abierta, se besan una vez mĂĄs.

44.6 La calle estĂĄ silenciosa y solitaria, blanca de luna. JesĂșs se pone en camino. Dos veces se vuelve aĂșn a mirar a su Madre, que estĂĄ apoyada en la jamba, mĂĄs blanca que la Luna, toda reluciente de llanto silencioso. JesĂșs se va alejando por la callejuela blanca. MarĂ­a continĂșa llorando apoyada en la puerta. Y JesĂșs desaparece en una esquina de la calle.

Ha empezado su camino de Evangelizador, que terminarå en el Gólgota. María entra llorando y cierra la puerta. También para Ella ha comenzado el camino que la llevarå al Gólgota. Y por nosotros...

Detalle

JesĂșs deja Nazaret para iniciar su vida pĂșblica.

Palabras clave

ECR 44.7-15

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

44.7 Dice JesĂșs:

«Éste es el cuarto dolor de MarĂ­a, Madre de Dios: el primero fue la presentaciĂłn en el Templo; el segundo, la huida a Egipto; el tercero, la muerte de JosĂ©; el cuarto, mi separaciĂłn de Ella.

Conociendo el deseo del Padre, te dije ayer por la noche que voy a acelerar la descripciĂłn de “nuestros” dolores para que se den a conocer. Pero, como ves, ya algunos de mi Madre habĂ­an sido ilustrados. He explicado antes que la PresentaciĂłn la permanencia en Egipto, porque habĂ­a necesidad de hacerlo ese dĂ­a. Yo sĂ© las cosas. Y tĂș comprendes, y le dirĂĄs al Padre de viva voz el porquĂ©.

44.8 Mi proyecto es alternar tus contemplaciones, y mis consiguientes explicaciones, con los dictados propiamente dichos, para aliviarte a ti y a tu espíritu dåndote la beatitud de ver, y también porque así queda clara la diferencia estilística entre tu forma de redactar y la mía.

Ademås, ante tantos libros que hablan de mí y que, tocando y retocando, cambiando y acicalando, se han transformado en irreales, tengo el deseo de dar a quien en mí cree una visión devuelta a la verdad de mi tiempo mortal. No salgo disminuido; antes al contrario, magnificado en mi humildad, que se hace pan para vosotros para enseñaros a ser humildes y semejantes a mí, que fui hombre como vosotros y que llevé en mi aspecto humano la perfección de un Dios. Debía ser Modelo vuestro, y los modelos deben ser siempre perfectos.

No mantendrĂ© en las contemplaciones una lĂ­nea cronolĂłgica correspondiente a la de los Evangelios. TomarĂ© los puntos que considere mĂĄs Ăștiles en ese dĂ­a para ti o para otros, siguiendo una lĂ­nea mĂ­a de enseñanza y bondad.

44.9 La enseñanza que proviene de la contemplaciĂłn de mi separaciĂłn se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recĂ­proca renuncia por un amor mĂĄs alto; en segundo lugar estĂĄ dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa (ÂĄy cuĂĄntas encontrĂĄis en la vida!). Son espinas en la Tierra que traspasan el corazĂłn; lo sĂ©. Pero para quien las acoge con resignaciĂłn — mirad, no digo: “para quien las desea y las acoge con alegrĂ­a” (esto ya es perfecciĂłn), digo “con resignaciĂłn” — se transforman en eternas rosas. Pero pocos las acogen con resignaciĂłn. Como burritos tozudos, os resistĂ­s obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratĂ©is de herir con patadas y mordiscos espirituales, o sea, con rebeliĂłn y blasfemias contra el buen Dios.

44.10 Y no digĂĄis: “Pero si yo sĂłlo tenĂ­a este bien y Dios me lo ha quitado; sĂłlo este afecto, y Dios me lo ha arrancado”. TambiĂ©n MarĂ­a, mujer noble, amorosa hasta la perfecciĂłn (porque en la Toda Gracia tambiĂ©n las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sĂłlo tenĂ­a un bien y un amor en la tierra: su Hijo. No le quedaba mĂĄs que Él: los padres, muertos desde hacĂ­a tiempo; JosĂ©, muerto desde hacĂ­a algunos años. SĂłlo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola. Los parientes, por causa mĂ­a, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles, como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del comĂșn buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podrĂ­a honrar a la familia e incluso ayudarla.

Los parientes, voz del sentido comĂșn, del sentido humano — vosotros lo llamĂĄis sensatez, pero no es mĂĄs que sentido humano, o sea, egoĂ­smo — habrĂ­an querido que yo hubiera vivido estas cosas. En el fondo era siempre el miedo de tener un dĂ­a que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas — segĂșn ellos demasiado idealistas — que podĂ­an poner en contra a la sinagoga. La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas. No era una misiĂłn fĂĄcil la del profeta, y frecuentemente le ocasionaba la muerte a Ă©l mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un dĂ­a de mi Madre.

Por ello, el ver que Ella no me ponĂ­a ningĂșn obstĂĄculo y parecĂ­a en continua adoraciĂłn ante su Hijo, los ofendĂ­a. Este contraste habrĂ­a de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mĂ­, y se avergonzaban de mi manĂ­a — segĂșn ellos — de herir a las castas poderosas. ReprensiĂłn a mĂ­ y a Ella; ÂĄpobre MamĂĄ!

44.11 Y, no obstante, MarĂ­a, que conocĂ­a el estado de ĂĄnimo de sus parientes — no todos fueron como Santiago, Judas o SimĂłn, ni como la madre de estos, MarĂ­a de CleofĂĄs — y que preveĂ­a el estado de ĂĄnimo futuro; MarĂ­a, que conocĂ­a su suerte durante esos tres años, y la que la esperaba al final de los mismos y la suerte mĂ­a, no opuso resistencia como hacĂ©is vosotros. LlorĂł. Y ÂżquiĂ©n no habrĂ­a llorado ante una separaciĂłn de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos dĂ­as, vacĂ­os de mi presencia, en la casa solitaria; ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inculpable hasta matarle?

Lloró porque era la Corredentora y la Madre del género humano renacido a Dios, y debía llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.

ÂĄCuĂĄntas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ÂĄCuĂĄntas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo! Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado MarĂ­a. Y por todos los hijos que, nacidos de mujer, estĂĄn destinados a ser apĂłstoles de Dios o mĂĄrtires por amor a Dios, por fidelidad a Dios, o por crueldad humana.

44.12 Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte; la que anula en ellos las imperfecciones, o tambiĂ©n las culpas cometidas por su debilidad, dando, ademĂĄs del martirio — en cualquier caso, en seguida — la paz de Dios y, si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.

Las lĂĄgrimas de MarĂ­a las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocĂ­o allĂ­ donde el sol arde. La caridad de MarĂ­a las exprime. Éstas han brotado de un corazĂłn de lirio. Tienen, por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cĂĄliz de un lirio despuĂ©s de una noche de rocĂ­o.

Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monĂĄstica bien entendida: desierto, porque no vive mĂĄs que la uniĂłn con Dios, y cualquier otro afecto cae, transformĂĄndose Ășnicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.

Las encuentran los consagrados a Dios en el mundo, en el mundo que no los entiende y no los ama, desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¥muy grande es, en efecto, la incomprensión que sufren, y las burlas, por mi amor!

Las encuentran mis queridas “vĂ­ctimas”, porque MarĂ­a es la primera de las vĂ­ctimas por amor a JesĂșs. A sus discĂ­pulas Ella les da, con mano de Madre y de MĂ©dico, sus lĂĄgrimas, que confortan y embriagan para mĂĄs alto sacrificio.

ÂĄSanto llanto de mi Madre!

44.13 MarĂ­a ora. Porque Dios le dĂ© un dolor, no se niega a orar. Recordadlo. Ora junto con JesĂșs. Ora al Padre nuestro y vuestro.

El primer “Pater noster” fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer “nuestras” voluntades al Eterno en el momento en que comenzaba para estas voluntades el período de una renuncia cada vez mayor, que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María.

Y, aunque nosotros no tuviĂ©ramos nada que necesitara el perdĂłn del Padre, por humildad incluso, nosotros, los Sin Culpa, pedimos el perdĂłn del Padre para afrontar, perdonados (absueltos incluso de un suspiro), dignamente nuestra misiĂłn. Para enseñaros que cuanto mĂĄs se estĂĄ en gracia de Dios mĂĄs bendecida y fructuosa resulta la misiĂłn; para enseñaros el respeto a Dios y la humildad. Ante Dios Padre aun nuestras dos perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdĂłn, como tambiĂ©n pidieron el “pan de cada dĂ­a”.

ÂżCuĂĄl era nuestro pan? ÂĄOh!, no el que amasaron las manos puras de MarĂ­a, cocido en el pequeño horno, para el cual yo muchas veces habĂ­a recogido haces y manojos de leña — que es tambiĂ©n necesario mientras se estĂĄ en esta Tierra —, no ese pan, sino que “nuestro” pan cotidiano era el de llevar a cabo, dĂ­a a dĂ­a, nuestra parte de misiĂłn. Que Dios nos la diera cada dĂ­a, porque llevar a cabo la misiĂłn que Dios da es la alegrĂ­a de “nuestro” dĂ­a, Âżno es verdad, pequeño Juan? ÂżNo lo dices tambiĂ©n tĂș, que te parece vacĂ­o el dĂ­a, como si no hubiera existido, si la bondad del Señor te deja, un dĂ­a, sin tu misiĂłn de dolor?

44.14 MarĂ­a ora con JesĂșs. Es JesĂșs quien os justifica, hijos. Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre. Yo he dicho: “Todo lo que pidĂĄis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá”, y la Iglesia acredita sus oraciones diciendo: “Por Jesucristo Nuestro Señor”.

Cuando orĂ©is, unĂ­os siempre, siempre, siempre a mĂ­. Yo rogarĂ© en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mĂ­a de Hombre-Dios. Yo pondrĂ© sobre mis manos traspasadas vuestra oraciĂłn y la elevarĂ© al Padre. SerĂĄ hostia de valor infinito. Mi voz, fundida con la vuestra, subirĂĄ como beso filial al Padre, y la pĂșrpura de mis heridas harĂĄ preciosa vuestra oraciĂłn. Estad en mĂ­ si querĂ©is tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.

44.15 Has terminado la narración diciendo: “Y por nosotros...”, y querías decir: “Por nosotros que somos tan ingratos hacia estos Dos que han subido el Calvario por nosotros”. Has hecho bien en poner esas palabras. Ponlas cada vez que te muestre un dolor nuestro. Que sea como la campana que suena y que llama a meditar y a arrepentirse.

Nada mås. Descansa. La paz esté contigo».

Palabras clave

ECR 44.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dice JesĂșs:

«Éste es el cuarto dolor de MarĂ­a, Madre de Dios: el primero fue la presentaciĂłn en el Templo; el segundo, la huida a Egipto; el tercero, la muerte de JosĂ©; el cuarto, mi separaciĂłn de Ella.

Conociendo el deseo del Padre, te dije ayer por la noche que voy a acelerar la descripciĂłn de “nuestros” dolores para que se den a conocer. Pero, como ves, ya algunos de mi Madre habĂ­an sido ilustrados. He explicado antes que la PresentaciĂłn la permanencia en Egipto, porque habĂ­a necesidad de hacerlo ese dĂ­a. Yo sĂ© las cosas. Y tĂș comprendes, y le dirĂĄs al Padre de viva voz el porquĂ©.»

Palabras clave

ECR 44.9-12

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

44.9 La enseñanza que proviene de la contemplaciĂłn de mi separaciĂłn se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recĂ­proca renuncia por un amor mĂĄs alto; en segundo lugar estĂĄ dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa (ÂĄy cuĂĄntas encontrĂĄis en la vida!). Son espinas en la Tierra que traspasan el corazĂłn; lo sĂ©. Pero para quien las acoge con resignaciĂłn — mirad, no digo: “para quien las desea y las acoge con alegrĂ­a” (esto ya es perfecciĂłn), digo “con resignaciĂłn” — se transforman en eternas rosas. Pero pocos las acogen con resignaciĂłn. Como burritos tozudos, os resistĂ­s obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratĂ©is de herir con patadas y mordiscos espirituales, o sea, con rebeliĂłn y blasfemias contra el buen Dios.

44.10 Y no digĂĄis: “Pero si yo sĂłlo tenĂ­a este bien y Dios me lo ha quitado; sĂłlo este afecto, y Dios me lo ha arrancado”. TambiĂ©n MarĂ­a, mujer noble, amorosa hasta la perfecciĂłn (porque en la Toda Gracia tambiĂ©n las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sĂłlo tenĂ­a un bien y un amor en la tierra: su Hijo. No le quedaba mĂĄs que Él: los padres, muertos desde hacĂ­a tiempo; JosĂ©, muerto desde hacĂ­a algunos años. SĂłlo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola. Los parientes, por causa mĂ­a, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles, como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del comĂșn buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podrĂ­a honrar a la familia e incluso ayudarla.

Los parientes, voz del sentido comĂșn, del sentido humano — vosotros lo llamĂĄis sensatez, pero no es mĂĄs que sentido humano, o sea, egoĂ­smo — habrĂ­an querido que yo hubiera vivido estas cosas. En el fondo era siempre el miedo de tener un dĂ­a que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas — segĂșn ellos demasiado idealistas — que podĂ­an poner en contra a la sinagoga. La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas. No era una misiĂłn fĂĄcil la del profeta, y frecuentemente le ocasionaba la muerte a Ă©l mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un dĂ­a de mi Madre.

Por ello, el ver que Ella no me ponĂ­a ningĂșn obstĂĄculo y parecĂ­a en continua adoraciĂłn ante su Hijo, los ofendĂ­a. Este contraste habrĂ­a de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mĂ­, y se avergonzaban de mi manĂ­a — segĂșn ellos — de herir a las castas poderosas. ReprensiĂłn a mĂ­ y a Ella; ÂĄpobre MamĂĄ!

44.11 Y, no obstante, MarĂ­a, que conocĂ­a el estado de ĂĄnimo de sus parientes — no todos fueron como Santiago, Judas o SimĂłn, ni como la madre de estos, MarĂ­a de CleofĂĄs — y que preveĂ­a el estado de ĂĄnimo futuro; MarĂ­a, que conocĂ­a su suerte durante esos tres años, y la que la esperaba al final de los mismos y la suerte mĂ­a, no opuso resistencia como hacĂ©is vosotros. LlorĂł. Y ÂżquiĂ©n no habrĂ­a llorado ante una separaciĂłn de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos dĂ­as, vacĂ­os de mi presencia, en la casa solitaria; ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inculpable hasta matarle?

Lloró porque era la Corredentora y la Madre del género humano renacido a Dios, y debía llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.

ÂĄCuĂĄntas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ÂĄCuĂĄntas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo! Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado MarĂ­a. Y por todos los hijos que, nacidos de mujer, estĂĄn destinados a ser apĂłstoles de Dios o mĂĄrtires por amor a Dios, por fidelidad a Dios, o por crueldad humana.

44.12 Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte; la que anula en ellos las imperfecciones, o tambiĂ©n las culpas cometidas por su debilidad, dando, ademĂĄs del martirio — en cualquier caso, en seguida — la paz de Dios y, si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.

Las lĂĄgrimas de MarĂ­a las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocĂ­o allĂ­ donde el sol arde. La caridad de MarĂ­a las exprime. Éstas han brotado de un corazĂłn de lirio. Tienen, por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cĂĄliz de un lirio despuĂ©s de una noche de rocĂ­o.

Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monĂĄstica bien entendida: desierto, porque no vive mĂĄs que la uniĂłn con Dios, y cualquier otro afecto cae, transformĂĄndose Ășnicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.

Las encuentran los consagrados a Dios en el mundo, en el mundo que no los entiende y no los ama, desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¥muy grande es, en efecto, la incomprensión que sufren, y las burlas, por mi amor!

Las encuentran mis queridas “vĂ­ctimas”, porque MarĂ­a es la primera de las vĂ­ctimas por amor a JesĂșs. A sus discĂ­pulas Ella les da, con mano de Madre y de MĂ©dico, sus lĂĄgrimas, que confortan y embriagan para mĂĄs alto sacrificio.

ÂĄSanto llanto de mi Madre!

Detalle

JesĂșs deja Nazaret para iniciar su vida pĂșblica.

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ECR 44.14

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Cuando orĂ©is, unĂ­os siempre, siempre, siempre a mĂ­. Yo rogarĂ© en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mĂ­a de Hombre-Dios. Yo pondrĂ© sobre mis manos traspasadas vuestra oraciĂłn y la elevarĂ© al Padre. SerĂĄ hostia de valor infinito. Mi voz, fundida con la vuestra, subirĂĄ como beso filial al Padre, y la pĂșrpura de mis heridas harĂĄ preciosa vuestra oraciĂłn. Estad en mĂ­ si querĂ©is tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.

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ECR 45

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Juan bautiza en el JordĂĄn. MarĂ­a le oyĂł predicar a la multitud. Mientras tanto, JesĂșs llegĂł de forma muy sencilla, sin mostrarse a su Precursor. Pero el Precursor parece intuir algo y se vuelve hacia su primo. Inmediatamente se dirige a su Señor y proclama que es el Cordero de Dios. Todo sucediĂł entonces como nos cuenta el Evangelio. JesĂșs dio entonces un dictado, diciendo que Juan no necesitaba ninguna señal. Sin embargo, hubo una serie de manifestaciones semejantes a las de Cristo, de modo que su naturaleza de Hombre-Dios no pudo ser negada por sus contemporĂĄneos.

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