ECR 37
El Evangelio como me ha sido revelado
TraducciĂłn en curso
Notas del tema
ECR 37
TraducciĂłn en curso
ECR 37.1-3
37.1 Veo aparecer, dulce como un rayo de sol en dĂa lluvioso, a mi JesĂșs, pequeñuelo de unos cinco años aproximadamente, todo rubio y todo lindo con un sencillo vestidito azul celeste que le llega hasta la mitad de sus bien contorneados muslos.
EstĂĄ jugando con la tierra en el pequeño huerto. EstĂĄ haciendo montoncillos de tierra, y plantando encima ramitas, como si fueran bosques en miniatura; con piedrecitas marca los senderos. Luego intenta hacer un pequeño lago en la base de sus minĂșsculas colinas. Para ello coge un fondo de alguna pieza vieja de loza y lo entierra hasta el borde; luego lo llena de agua con una botija que zambulle en un pilĂłn usado como lavadero o para regar el huerto. Pero lo Ășnico que consigue es mojarse el vestido, sobre todo las mangas. El agua se sale del plato desportillado, y, tal vez, rajado, y... el lago se seca.
JosĂ© ha salido a la puerta y, silencioso, se queda un tiempo mirando todo ese trabajo que estĂĄ haciendo el Niño, y sonrĂe. En efecto, es un espectĂĄculo que hace sonreĂr de alegrĂa. Luego, para impedir que JesĂșs se moje mĂĄs, le llama. JesĂșs se vuelve sonriendo, y, viendo a JosĂ©, corre hacia Ă©l con sus bracitos tendidos hacia adelante. JosĂ©, con el borde de su indumento corto de trabajo, le seca las manitas llenas de tierra y se las besa. Y comienza un dulce diĂĄlogo entre los dos.
JesĂșs explica su trabajo y su juego, asĂ como las dificultades que habĂa encontrado para llevarlo a cabo. QuerĂa hacer un lago como el de Genesaret (por ello supongo que le habĂan hablado de Ă©l o que le habĂan llevado a verlo). QuerĂa hacerlo en pequeño, como entretenimiento. AquĂ estaba TiberĂades, allĂ Magdala, allĂ CafarnaĂșm. Esta era la vĂa que llevaba, pasando por CanĂĄ, a Nazaret. QuerĂa botar al lago una barquitas â estas hojas son barcas â e ir a la otra orilla. Pero, el agua se sale...
JosĂ© observa y se interesa tomĂĄndolo todo con seriedad. Luego propone hacer Ă©l âmañanaâ un pequeño lago, no con el plato desportillado, sino con un pequeño recipiente de madera, bien estucado y empecinado, en el que JesĂșs podrĂĄ botar verdaderas barquitas de madera que JosĂ© le va a enseñar a hacer.
37.2 Precisamente en este momento le iba a traer unas pequeñas herramientas de trabajo, adecuadas para Ăl; para que pudiera aprender, sin mayor esfuerzo, a usarlas.
«¥AsĂ te podrĂ© ayudar!» dice JesĂșs con una sonrisa.
«Asà me podrås ayudar, y te harås un håbil carpintero. Ven a verlas».
Y entran en el taller. Y JosĂ© le muestra un pequeño martillo, una sierra pequeña, unos minĂșsculos destornilladores, una garlopa como de juguete; todo ello puesto encima de un banco de carpintero reciĂ©n hecho: un banco adecuado a la estatura del pequeño JesĂșs.
«¿Ves cĂłmo se sierra? Se apoya este pedazo de madera asĂ. Se coge la sierra asĂ, y, con cuidado de no ir a los dedos, se sierra. Prueba tĂș...».
Y empieza la lecciĂłn. Y JesĂșs, rojo del esfuerzo y aprentando los labios, sierra con cuidado, y luego alisa la tablita con la garlopa, y, a pesar de que estĂ© no poco torcida, le parece bonita, y JosĂ© le alaba y le enseña a trabajar, con paciencia y amor.
37.3 MarĂa regresa â estaba fuera de casa â, se asoma a la puerta y mira. Ninguno de los dos la ve porque estĂĄn vueltos de espaldas. La Madre sonrĂe al ver el interĂ©s con que JesĂșs usa la garlopa, y el afecto con que JosĂ© le enseña.
Pero JesĂșs debe sentir esa sonrisa. Se vuelve. Ve a su MamĂĄ y corre hacia Ella con su tablita medio cepillada y se la enseña. MarĂa observa con admiraciĂłn y se inclina hacia JesĂșs para darle un beso. Le pone en orden los ricitos despeinados, le seca el sudor de su cara acalorada, y, afectuosa, le escucha cuando JesĂșs le promete que le va a hacer una banquetita para que trabaje mĂĄs cĂłmoda.
JosĂ©, erguido junto al minĂșsculo banco, apoyada su mano en uno de los lados, mira y sonrĂe.
He presenciado la primera lecciĂłn de trabajo a mi JesĂșs. Y toda la paz de esta Familia santa estĂĄ en mĂ.
ECR 37.4-9
37.4 Dice JesĂșs:
«Te he confortado, alma mĂa, con una visiĂłn de mi niñez, feliz dentro de su pobreza por haber estado rodeada del afecto de dos santos mayores que los cuales el mundo no tiene ninguno.
37.5 Se dice que JosĂ© fue el padre nutricio mĂo. ÂĄCierto es que, si bien no pudo, como hombre, darme la leche con que me nutriĂł MarĂa, sĂ se quebrantĂł a sĂ mismo trabajando para darme pan y confortaciĂłn, y tuvo una dulzura de sentimientos de verdadera madre! De Ă©l aprendĂ â y jamĂĄs alumno alguno tuvo un maestro mejor â todo aquello que hace del niño un hombre; un hombre, ademĂĄs, que ha de ganarse el pan.
Si bien mi inteligencia de Hijo de Dios era perfecta, hay que reflexionar y creer que Yo no quise saltarme sin mås la regla de la edad. Por eso, humillando mi perfección intelectiva de Dios hasta el nivel de una perfección intelectiva humana, me sujeté a tener como maestro a un hombre, a tener necesidad de un maestro. Y el hecho de haber aprendido con rapidez y buena voluntad no me quita el mérito de haberme sujetado a un hombre, como tampoco le quita a este hombre justo el de haber sido él quien nutrió mi pequeña mente con las nociones necesarias para la vida.
Esas gratas horas pasadas al lado de JosĂ© (quien, como a travĂ©s de un juego, me puso en condiciones de ser capaz de trabajar), esas horas, no las olvido ni siquiera ahora que estoy en el Cielo. Y cuando miro a mi padre putativo, veo nuevamente el huertecito y el humoso taller, y me parece ver a mi Madre asomĂĄndose con esa sonrisa suya que hacĂa de oro el lugar y dichosos a nosotros.
37.6 ÂĄCuĂĄnto deberĂan las familias aprender de estos esposos perfectos, que se amaron como ningunos otros lo hicieran!
JosĂ© era la cabeza. Clara e indiscutible era su autoridad familiar; ante ella se plegaba reverente la de la Esposa y Madre de Dios; a ella se sujetaba el Hijo de Dios. Todo lo que JosĂ© decidĂa, bien hecho estaba; sin discusiones, sin obstinaciones, sin resistencia alguna. Su palabra era nuestra pequeña ley. ÂĄY, a pesar de ello, cuĂĄnta humildad tuvo! JamĂĄs abusĂł de su poder, jamĂĄs dictaminĂł cosa alguna contra todo canon, simplemente por ser el jefe. La Esposa era su dulce consejera, y aunque Ella, en su profunda humildad, se considerase la sierva de su consorte, Ă©ste extraĂa, de su sabidurĂa de Llena de Gracia, la luz para conducirse en todo lo que acaecĂa.
Y Yo asĂ fui creciendo, cual flor protegida por dos vigorosos ĂĄrboles, entre estos dos amores que se entrelazaban por encima de mĂ para protegerme y amarme.
No. Mientras la edad me hizo ignorar el mundo, Yo no sentĂ nostalgia del ParaĂso. Presentes estaban Dios Padre y el Divino EspĂritu, pues MarĂa estaba llena de Ellos. Y los ĂĄngeles allĂ moraban, porque nada les hacĂa alejarse de esa casa. Y hasta podrĂa decir que uno de ellos se habĂa revestido de carne y era JosĂ©, alma angĂ©lica liberada del peso de la carne, dedicada sĂłlo a servir a Dios y a su causa y a amarle como le aman los serafines. ÂĄOh, la mirada de JosĂ©!: pacĂfica y pura como la de una estrella ajena a toda concupiscencia terrena. Era nuestro descanso y nuestra fuerza.
37.7 Hay muchos que piensan que Yo no sufrĂ humanamente cuando la muerte apagĂł esa mirada de santo, esa mirada celadora presente en nuestra casa. Si bien, siendo Dios â y, como tal, conociendo la feliz ventura de JosĂ© â no me apenĂł su partida (que tras breve estancia en el Limbo le habĂa de abrir el Cielo), como Hombre sĂ llorĂ© en esa casa privada de su amorosa presencia. LlorĂ© por el amigo desaparecido. ÂżY es que, acaso, no debĂa haber llorado por este santo mĂo, en cuyo pecho, de pequeño, yo habĂa dormido, y del cual habĂa recibido amor durante tantos años?
37.8 Finalmente, pongo ante la consideraciĂłn de los padres cĂłmo sin contar con una erudiciĂłn pedagĂłgica JosĂ© supo hacer de mĂ un hĂĄbil artesano. Apenas llegado Yo a la edad que me permitĂa manejar las herramientas, no dejĂĄndome saborear la ociosidad, me encaminĂł al trabajo, y se sirviĂł sobre todo de mi amor por MarĂa para estimularme a trabajar: hacer aquellos objetos que le fueran Ăștiles a MamĂĄ. Y asĂ se inculcaba el debido respeto que todo hijo deberĂa tener hacia su madre, y sobre este respetuoso y amoroso fulcro apoyaba la formaciĂłn del futuro carpintero.
¿Dónde estån ahora las familias en que a los pequeños se les haga amar el trabajo como medio para realizar algo grato a los padres? Los hijos, actualmente, son los déspotas de la casa. Se desarrollan indiferentes, duros, mezquinos para con sus padres, a quienes consideran a su servicio, como si fueran sus esclavos; no los aman, y de ellos reciben a su vez poco amor. En efecto, al mismo tiempo que hacéis de vuestros hijos unos déspotas caprichosos, os separåis de ellos desentendiéndoos vergonzosamente.
Padres del siglo veinte, vuestros hijos son de todos menos vuestros: son de la nodriza, de la institutriz, del colegio, si sois ricos; de los compañeros, de la calle, de las escuelas, si sois pobres. No son vuestros. Vosotras, madres, los generĂĄis, nada mĂĄs; vosotros, padres, hacĂ©is lo mismo. Y, sin embargo, un hijo no es sĂłlo carne; es mente, es corazĂłn, es espĂritu. Creed, pues, que nadie tiene mĂĄs deber y derecho que un padre y una madre de formar esta mente, este corazĂłn, este espĂritu.
37.9 La familia existe, debe existir. No hay teorĂa o progreso alguno que pueda vĂĄlidamente demoler esta verdad sin provocar un desastre. Una instituciĂłn familiar desmoronada sĂłlo puede dar futuros hombres y mujeres cada vez mĂĄs depravados, causa a su vez de calamidades crecientes. En verdad os digo que serĂa preferible que no os casarais mĂĄs, que no engendrarais mĂĄs sobre esta tierra, en lugar de tener estas familias menos unidas que un clan de monos, estas familias que no son escuela de virtud, de trabajo, de amor, de religiĂłn, sino un caos en que todos viven autĂłnomamente, como engranajes desengranados que al final terminan por romperse.
Seguid, seguid destruyendo. Ya eståis viendo y sufriendo los frutos de vuestra acción quebrantadora de la forma mås santa de la vida social. Seguid, seguid, si queréis. Pero luego no os quejéis de que este mundo sea cada vez mås infernal, morada de monstruos devoradores de familias y naciones. ¿Asà lo queréis? Pues sea asû.
ECR 37.4-5
37.4 Dice JesĂșs:
«Te he confortado, alma mĂa, con una visiĂłn de mi niñez, feliz dentro de su pobreza por haber estado rodeada del afecto de dos santos mayores que los cuales el mundo no tiene ninguno.
37.5 Se dice que JosĂ© fue el padre nutricio mĂo. ÂĄCierto es que, si bien no pudo, como hombre, darme la leche con que me nutriĂł MarĂa, sĂ se quebrantĂł a sĂ mismo trabajando para darme pan y confortaciĂłn, y tuvo una dulzura de sentimientos de verdadera madre! De Ă©l aprendĂ â y jamĂĄs alumno alguno tuvo un maestro mejor â todo aquello que hace del niño un hombre; un hombre, ademĂĄs, que ha de ganarse el pan.
Si bien mi inteligencia de Hijo de Dios era perfecta, hay que reflexionar y creer que Yo no quise saltarme sin mås la regla de la edad. Por eso, humillando mi perfección intelectiva de Dios hasta el nivel de una perfección intelectiva humana, me sujeté a tener como maestro a un hombre, a tener necesidad de un maestro. Y el hecho de haber aprendido con rapidez y buena voluntad no me quita el mérito de haberme sujetado a un hombre, como tampoco le quita a este hombre justo el de haber sido él quien nutrió mi pequeña mente con las nociones necesarias para la vida.
Esas gratas horas pasadas al lado de JosĂ© (quien, como a travĂ©s de un juego, me puso en condiciones de ser capaz de trabajar), esas horas, no las olvido ni siquiera ahora que estoy en el Cielo. Y cuando miro a mi padre putativo, veo nuevamente el huertecito y el humoso taller, y me parece ver a mi Madre asomĂĄndose con esa sonrisa suya que hacĂa de oro el lugar y dichosos a nosotros.
ECR 37.6-7
37.6 ÂĄCuĂĄnto deberĂan las familias aprender de estos esposos perfectos, que se amaron como ningunos otros lo hicieran!
JosĂ© era la cabeza. Clara e indiscutible era su autoridad familiar; ante ella se plegaba reverente la de la Esposa y Madre de Dios; a ella se sujetaba el Hijo de Dios. Todo lo que JosĂ© decidĂa, bien hecho estaba; sin discusiones, sin obstinaciones, sin resistencia alguna. Su palabra era nuestra pequeña ley. ÂĄY, a pesar de ello, cuĂĄnta humildad tuvo! JamĂĄs abusĂł de su poder, jamĂĄs dictaminĂł cosa alguna contra todo canon, simplemente por ser el jefe. La Esposa era su dulce consejera, y aunque Ella, en su profunda humildad, se considerase la sierva de su consorte, Ă©ste extraĂa, de su sabidurĂa de Llena de Gracia, la luz para conducirse en todo lo que acaecĂa.
Y Yo asĂ fui creciendo, cual flor protegida por dos vigorosos ĂĄrboles, entre estos dos amores que se entrelazaban por encima de mĂ para protegerme y amarme.
No. Mientras la edad me hizo ignorar el mundo, Yo no sentĂ nostalgia del ParaĂso. Presentes estaban Dios Padre y el Divino EspĂritu, pues MarĂa estaba llena de Ellos. Y los ĂĄngeles allĂ moraban, porque nada les hacĂa alejarse de esa casa. Y hasta podrĂa decir que uno de ellos se habĂa revestido de carne y era JosĂ©, alma angĂ©lica liberada del peso de la carne, dedicada sĂłlo a servir a Dios y a su causa y a amarle como le aman los serafines. ÂĄOh, la mirada de JosĂ©!: pacĂfica y pura como la de una estrella ajena a toda concupiscencia terrena. Era nuestro descanso y nuestra fuerza.
37.7 Hay muchos que piensan que Yo no sufrĂ humanamente cuando la muerte apagĂł esa mirada de santo, esa mirada celadora presente en nuestra casa. Si bien, siendo Dios â y, como tal, conociendo la feliz ventura de JosĂ© â no me apenĂł su partida (que tras breve estancia en el Limbo le habĂa de abrir el Cielo), como Hombre sĂ llorĂ© en esa casa privada de su amorosa presencia. LlorĂ© por el amigo desaparecido. ÂżY es que, acaso, no debĂa haber llorado por este santo mĂo, en cuyo pecho, de pequeño, yo habĂa dormido, y del cual habĂa recibido amor durante tantos años?
JesĂșs habla de sus padres y dice:
ECR 37.8
(...) Un hijo no es sĂłlo carne; es mente, es corazĂłn, es espĂritu. Creed, pues, que nadie tiene mĂĄs deber y derecho que un padre y una madre de formar esta mente, este corazĂłn, este espĂritu.
ECR 38
MarĂa ve la casa de Nazaret. JesĂșs, Santiago y Judas juegan juntos en el jardĂn: todavĂa son niños. MarĂa no estĂĄ lejos. Deciden representar un pasaje de la Biblia. Proponen representar la escena del becerro de oro del Ăxodo, pero uno de los primos no quiere hacer de Miriam, que se ha postrado ante el Ădolo. AsĂ que JesĂșs sugiriĂł que representaran la parte en la que JosuĂ© era elegido sucesor de MoisĂ©s. La idea gustĂł a todos. DespuĂ©s de preguntar a MarĂa por un punto del Ăxodo, se pusieron a jugar y JesĂșs interpretĂł a MoisĂ©s a la perfecciĂłn. Sus primos estaban asombrados de que recitara tan bien los textos.
MarĂa de Alfeo llegĂł con Alfeo. Vuelven de CanĂĄ y traen tres corderos. Uno es para JesĂșs, y es todo blanco; los otros son mĂĄs bien negros. Fue idea de JosĂ© ofrecĂ©rselos a su Hijo, y Alfeo quiso hacer lo mismo con sus hijos.
Alfeo sugiriĂł que JesĂșs pronto tendrĂa que ir a la escuela, pero MarĂa se negĂł categĂłricamente: era ella quien enseñarĂa a su Niño. JosĂ© apoyĂł su decisiĂłn y Alfeo pensĂł que su hermano se apresuraba demasiado a plegarse a la decisiĂłn de su esposa. JosĂ© replicĂł sabiamente, y MarĂa de Alfeo pidiĂł entonces que la Virgen enseñara tambiĂ©n a sus hijos. Ella dijo que no le importaba y convenciĂł a AlfĂ©e para que les dejara ir a su casa durante unas horas. Los niños prometieron quererla y prestar atenciĂłn a sus lecciones.
ECR 38.3-5
38.3 Bajo los ĂĄrboles, JesĂșs estĂĄ jugando con otros dos niños de mĂĄs o menos su misma edad. Son de pelo rizado, no rubios. Es mĂĄs, uno de ellos es intensamente moreno: una cabecita de corderito negro que hace resaltar aĂșn mĂĄs la blancura de la piel de su carita redonda en que se abren dos ojazos de un azul tendente al violĂĄceo; bellĂsimos. El otro es menos rizado y de un color castaño oscuro, tiene ojos castaños y coloraciĂłn mĂĄs morena, aunque con una tonalidad rosĂĄcea en los carillos. JesĂșs, con su cabecita rubia, entre los otros dos, oscuros, parece ya aureolado de fulgor. EstĂĄn jugando en concordia con unos pequeños carritos en los que hay... distintas mercancĂas: hojas, piedrecitas, virutas, pedacitos de madera. Eran mercaderes, sin duda, y JesĂșs era el que compraba para su MamĂĄ, a la que le lleva ora una cosa, ora otra; MarĂa, sonriendo, acepta los objetos comprados.
Pero despuĂ©s de un poco el juego cambia. Uno de los dos niños propone: «¿Por quĂ© no hacemos el Ăxodo a travĂ©s de Egipto? JesĂșs es MoisĂ©s; yo, AarĂłn; tĂș... MarĂa».
«¥Pero si yo soy chico!».
«¥No importa! ÂżQuĂ© mĂĄs da? TĂș eres MarĂa y bailas ante el becerro de oro, que serĂĄ aquella colmena».
«Yo no bailo. Soy un hombre y no quiero ser una mujer; soy un fiel, y no quiero bailar ante el Ădolo».
JesĂșs interviene diciendo: «Pues no hacemos este pasaje. Podemos hacer ese otro de cuando le eligen a JosuĂ© sucesor de MoisĂ©s. AsĂ no estĂĄ ese feo pecado de idolatrĂa y Judas estarĂĄ contento de ser hombre y sucesor mĂo. ÂżVerdad que estĂĄs contento?».
«SĂ, JesĂșs. Pero entonces TĂș tienes que morir, porque MoisĂ©s muere despuĂ©s. No quiero que TĂș mueras; TĂș, que siempre me quieres tanto».
«Todos morimos... Pero Yo antes de morir bendecirĂ© a Israel, y, dado que aquĂ sĂłlo estĂĄis vosotros, en vosotros bendecirĂ© a todo IsÂrael».
Es aceptada la propuesta. Pero luego surge una cuestiĂłn: si el pueblo de Israel, despuĂ©s de tanto caminar, llevaba o no los carros que tenĂa al salir de Egipto. Hay disparidad de ideas.
Se recurre a MarĂa. «MamĂĄ, Yo digo que los israelitas tenĂan todavĂa los carros. Santiago dice que no. Judas no sabe a quiĂ©n de los dos dar la razĂłn. ÂżTĂș sabes si los tenĂan?».
«SĂ, Hijo. El pueblo nĂłmada tenĂa todavĂa sus carros. En los descansos los reparaban. Montaban en ellos los mĂĄs dĂ©biles. Se cargaba en ellos aquellos vĂveres o cosas que un pueblo tan numeroso necesitaba. Todas las demĂĄs cosas iban en los carros, menos el Arca, que la llevaban a mano». La cuestiĂłn estĂĄ resuelta.
38.4 Los niños van al final del huerto y, desde allĂ, entonando salmos, vienen hacia la casa. JesĂșs viene delante cantando salmos con su vocecita de plata. DetrĂĄs de Ăl vienen Judas y Santiago portando un pequeño carrito elevado al rango de TabernĂĄculo. Pero, dado que ademĂĄs de a AarĂłn y a JosuĂ© tienen que representar tambiĂ©n al pueblo, se han quitado los cinturones y se han atado al pie los otros carros en miniatura, y asĂ caminan, serios como si fueran verdaderos actores.
Hacen el recorrido de la pĂ©rgola, pasan por delante de la puerta de la habitaciĂłn donde estĂĄ MarĂa, y JesĂșs dice: «MamĂĄ, pasa el Arca, salĂșdala». MarĂa se levanta sonriendo y se inclina ante su Hijo, que, radiante, pasa, aureolado de sol.
Acto seguido JesĂșs trepa un poco por el lado del monte que limita la casa, o mejor, el huerto. Arriba de la gruta, erguido, dirige unas palabras a... Israel. Manifiesta los preceptos y las promesas de Dios, señala a JosuĂ© como caudillo, le llama a sĂ â Judas tambiĂ©n sube arriba de la peña â, le anima y le bendice. Luego pide una... tabla (es la hoja ancha de una higuera) y escribe el cĂĄntico, y lo lee; no todo, pero sĂ una buena parte de Ă©l, y al hacerlo da la impresiĂłn de que realmente lo estuviera leyendo en la hoja. A continuaciĂłn se despide de JosuĂ©, el cual le abraza llorando, y sube mĂĄs arriba, justo hasta el borde de la peña. AllĂ bendice a todo Israel, es decir, a los dos niños que estĂĄn prosternados en tierra, y luego se acuesta sobre la corta hierbecilla, cierra los ojos y... muere.
38.5 MarĂa se habĂa quedado, sonriente, a la puerta, y, cuando le ve echado en el suelo, rĂgido, grita: «¥JesĂșs! ÂĄJesĂșs! ÂĄLevĂĄntate! ÂĄNo estĂ©s asĂ! ÂĄMamĂĄ no quiere verte muerto!».
JesĂșs se levanta del suelo, sonrĂe, y va hacia Ella corriendo, y la besa. Se acercan lo mismo Santiago y Judas, y MarĂa los acaricia tambiĂ©n.
«¿CĂłmo puede acordarse JesĂșs de ese cĂĄntico tan largo y difĂcil y de todas esas bendiciones?» pregunta Santiago.
MarĂa sonrĂe y responde sencillamente: «Tiene una memoria muy buena y estĂĄ muy atento cuando yo leo».
«Yo, en la escuela, estoy atento, pero con tanta lamentación me viene el sueño... Entonces, ¿no voy a aprender nunca?».
«Aprenderås. Tranquilo».
Judas, Santiago y JesĂșs estĂĄn jugando en el jardĂn de Nazaret cuando eran niños. MarĂa estĂĄ presente.
Libro de los NĂșmeros, 27, 12-23: El Señor dijo a MoisĂ©s: "Sube al monte Abarim y contempla la tierra que he dado a los hijos de Israel. Entonces te reunirĂĄs con tu pueblo, como tu hermano AarĂłn. En efecto, te rebelaste contra mi palabra en el desierto de Cine, cuando la comunidad tratĂł de reñir conmigo, a pesar de que el agua que brotaba debĂa haberles mostrado mi santidad. SucediĂł en las aguas de MeribĂĄ de Cades, las aguas de la disputa de Cades, en el desierto de Cine. Entonces MoisĂ©s hablĂł al Señor. Dijo: "Que el Señor, Dios de los espĂritus que animan a todo ser de carne, nombre a un hombre para dirigir la comunidad, que salga y vuelva para dirigirlos, que los saque y los traiga. De este modo, la comunidad del Señor no serĂĄ como ovejas sin pastor. El Señor dijo a MoisĂ©s: "Toma a JosuĂ©, hijo de Nun, hombre de espĂritu. Pon tu mano sobre Ă©l y presĂ©ntalo ante el sacerdote Eleazar y toda la comunidad, y dale tus Ăłrdenes ante sus ojos. PondrĂĄs en Ă©l una parte de tu resplandor para que toda la comunidad de los hijos de Israel lo escuche. Se presentarĂĄ ante el sacerdote Eleazar, quien lo someterĂĄ al juicio del Urim ante el Señor. A su palabra, saldrĂĄn todos los hijos de Israel; a su palabra, volverĂĄn, Ă©l y todos los hijos de Israel con Ă©l, toda la comunidad.
Libro del Deuteronomio 34: MoisĂ©s subiĂł de las estepas de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisga, que estĂĄ frente a JericĂł. El Señor le mostrĂł toda la tierra: Galaad hasta Dane, todo NeftalĂ, la tierra de EfraĂn y ManasĂ©s, toda la tierra de JudĂĄ hasta el MediterrĂĄneo, el Neguev, la regiĂłn del JordĂĄn, el valle de JericĂł, la ciudad de las palmeras, hasta Soar. El Señor le dijo: "Esta tierra que ves, jurĂ© a Abraham, Isaac y Jacob dĂĄrsela a sus descendientes. Te la muestro, pero no entrarĂĄs en ella. MoisĂ©s, el siervo del Señor, muriĂł allĂ, en la tierra de Moab, segĂșn la palabra del Señor. Fue enterrado en el valle frente a Bet-peor, en la tierra de Moab. Pero aĂșn hoy nadie sabe dĂłnde estĂĄ su tumba. MoisĂ©s tenĂa ciento veinte años cuando muriĂł; su vista no habĂa fallado, su vitalidad no habĂa disminuido. Los hijos de Israel lloraron a MoisĂ©s en las estepas de Moab durante treinta dĂas. Luego, los dĂas de luto de MoisĂ©s llegaron a su fin. JosuĂ©, hijo de Nun, estaba lleno del espĂritu de la sabidurĂa, porque MoisĂ©s habĂa puesto sus manos sobre Ă©l. Los hijos de Israel le obedecieron e hicieron lo que el Señor habĂa ordenado a MoisĂ©s. No se levantĂł en Israel ningĂșn profeta como MoisĂ©s, con quien el Señor se encontrĂł cara a cara. ÂĄQuĂ© signos y prodigios le habĂa enviado el Señor a realizar en Egipto, ante el faraĂłn, todos sus siervos y toda su tierra! ÂĄCon quĂ© mano poderosa, con quĂ© poder formidable habĂa actuado MoisĂ©s a los ojos de todo Israel!
ECR 38.7-8
«Por cierto, este año tendrĂĄs que mandar tĂș tambiĂ©n a JesĂșs a la escuela. Ya es tiempo».
«Yo no voy a mandarle jamĂĄs a JesĂșs a la escuela» dice MarĂa con tono resoluto. Resulta insĂłlito oĂrla hablar asĂ, y ademĂĄs antes que JosĂ© (!).
«¿Por quĂ©? El Niño tiene que aprender, para que a su debido tiempo sea capaz de afrontar el examen de la mayorĂa de edad...».
«El Niño sabrå; pero no irå a la escuela. Estå decidido».
«Pues serĂas la Ășnica que actuara asĂ en Israel».
«Pues serĂ© la Ășnica, pero actuarĂ© asĂ. ÂżNo es verdad, JosĂ©?».
«AsĂ es; JesĂșs no tiene necesidad de ir a la escuela. MarĂa se ha formado en el Templo y es una verdadera doctora en el conocimiento de la Ley. SerĂĄ su Maestra. Es tambiĂ©n mi deseo».
«Le eståis mimando demasiado al Muchacho».
«Eso no puedes decirlo. Es el mejor de Nazaret. ¿Le has visto alguna vez llorar o cogerse alguna pataleta o negarse a obedecer o faltar al respeto?».
«No. Pero un dĂa serĂĄ asĂ si le seguĂs mimando».
«Tener al lado a los hijos no es mimarlos; es quererlos, con mente cabal y buen corazĂłn. Nosotros amamos asĂ a nuestro JesĂșs, y, dado que MarĂa es una mujer mĂĄs instruida que el maestro, serĂĄ Ella la Maestra de JesĂșs».
«Y cuando sea hombre, tu JesĂșs serĂĄ una mujercita temerosa hasta de las moscas».
«No lo serĂĄ. MarĂa es una mujer fuerte y sabe educarle virilmente; y yo no soy ningĂșn mezquino, y sĂ© dar ejemplos viriles. JesĂșs es un niño sin defectos fĂsicos ni morales. Por tanto se desarrollarĂĄ recto y fuerte en el cuerpo y en el espĂritu. EstĂĄte seguro de esto, Alfeo. No dejarĂĄ fea a la familia. Y, ademĂĄs, ya lo he decidido y es suficiente».
«Lo habrĂĄ decidido MarĂa. TĂș sĂłlo...».
«¿Y si asĂ fuera? ÂżNo es acaso bonito que dos personas que se aman estĂ©n en la disposiciĂłn de tener el mismo pensamiento y la misma voluntad, porque mutuamente abrazan el deseo del otro y lo hacen propio? Si MarĂa desease estupideces, yo le dirĂa que no, pero lo que pide son cosas llenas de sabidurĂa, y yo las apruebo y hago mĂaÂs. Nosotros nos amamos como el primer dĂa... y lo seguiremos haciendo mientras vivamos, Âżverdad, MarĂa?».
«SĂ, JosĂ©. Y aun en el caso â y ojalĂĄ no suceda jamĂĄs â de que uno de los dos muriese y el otro no, nos seguirĂamos amando».
JosĂ© le acaricia a MarĂa la cabeza, como si fuera una hija pequeña, y Ella a su vez le mira con ojos serenos y amorosos.
38.8 La cuñada interviene diciendo: «TenĂ©is realmente razĂłn. ÂĄSi yo fuera capaz de enseñar!... En la escuela nuestros hijos aprenden el bien y el mal; en casa, sĂłlo el bien. Pero yo no sĂ© hacerlo... Si MarĂa...».
«¿QuĂ© quieres, cuñada? Habla libremente. TĂș sabes que te quiero y que me siento contenta cada vez que puedo satisfacerte en algo».
«No, yo lo que pensaba... era... Santiago y Judas son sĂłlo un poco mayores que JesĂșs. Ya van a la escuela... ÂĄpero, para lo que saben!... Por el contrario, JesĂșs ya sabe muy bien la Ley... Yo quisiera... bueno, Âżsi te pidiera que los tuvieras tambiĂ©n a ellos cuando enseñas a JesĂșs? Creo que ganarĂan en bondad y en conocimientos. Al fin y al cabo son primos y serĂa justo que se quisieran como hermanos... ÂĄQuĂ© feliz me sentirĂa!».
«Si José y tu marido quieren, yo por mà estoy dispuesta. Hablar para uno o para tres es igual. Repasar la Escritura es motivo de gozo. Que vengan».
Los tres niños, que habĂan entrado despacito, han oĂdo estas palabras y estĂĄn a la espera del veredicto.
«Te harĂĄn desesperar, MarĂa» dice Alfeo.
«¥No! Conmigo siempre se portan bien. ¿Verdad que os vais a portar bien si yo os enseño?».
Los dos niños acuden a su lado corriendo, uno a la derecha, el otro a la izquierda. Le ponen los brazos en torno a los hombros apoyanÂdo en ellos sus cabecitas, y hacen promesas de todo el bien posible.
«DĂ©jales que prueben, Alfeo, y dĂ©jame probar tambiĂ©n a mĂ. Yo creo que no quedarĂĄs descontento de la prueba. Que vengan todos los dĂas desde la hora sexta hasta la tarde. SerĂĄ suficiente, crĂ©elo. Conozco el arte de enseñar sin cansar. A los niños hay que tenerlos cautivados y distraĂdos al mismo tiempo. Hay que comprenderlos, amarlos y ser amados para conseguir de ellos. Y vosotros me querĂ©is, Âżno?».
La respuesta es dos fuertes besos.
«¿Lo ves?».
«Ya lo veo. SĂłlo me queda decirte: âGraciasâ. Y JesĂșs ÂżquĂ© va a decir cuando vea a su mamĂĄ entretenida en otros? ÂżTĂș quĂ© dices, JesĂșs?».
«Yo digo: âBienaventurados los que le prestan atenciĂłn y levantan su morada junto a la de Ellaâ. Como con la SabidurĂa, dichoso aquel que es amigo de mi Madre. Me gozo viendo que aquĂ©llos a quienes amo son sus amigos».
«¿Quién pone tales palabras en labios de este Niño?» pregunta Alfeo asombrado.
«Nadie, hermano, nadie de este mundo».
La visiĂłn cesa en este momento.
ECR 38.7
¿No es acaso bonito que dos personas que se aman estén en la disposición de tener el mismo pensamiento y la misma voluntad, porque mutuamente abrazan el deseo del otro y lo hacen propio?