ECR 35.12
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Dame tu dolor. SĂłlo quiero esto. Es mĂĄs que cualquier otra cosa que puedas darme. Es viernes, MarĂa. Piensa en mi dolor y en el de MarĂa en el GĂłlgota para poder soportar tu cruz.
Notas del tema
ECR 35.12
Dame tu dolor. SĂłlo quiero esto. Es mĂĄs que cualquier otra cosa que puedas darme. Es viernes, MarĂa. Piensa en mi dolor y en el de MarĂa en el GĂłlgota para poder soportar tu cruz.
ECR 36
MarĂa vio una casa muy pobre en Egipto. Vio al Niño JesĂșs jugando en el suelo, con dos años, dos y medio a lo sumo. MarĂa trabajaba en su telar mientras observaba al niño. En un momento dado, le puso las sandalias, le dio un beso y guardĂł el telar. VolviĂł, le dio la mano al Niño y salieron a la calle. Finalmente, se detuvo junto a un pozo. JosĂ© llegĂł mientras tanto y acelerĂł el paso al ver a su mujer y a su Hijo. Cuando llegĂł junto a ellos, JosĂ© se inclinĂł para dar al Niño un trozo de fruta y se produjo un suave abrazo lleno de afecto entre JesĂșs y su padre putativo. JosĂ© se levanta, toma a JesĂșs en su brazo derecho y los tres regresan a la casa. MarĂa los ve preparar la cena y comer juntos muy sencillamente, despuĂ©s de rezar.
JesĂșs da entonces un dictado, insistiendo en la humildad, la resignaciĂłn y la perfecta armonĂa de la Sagrada Familia. JosĂ© y MarĂa son los guardianes de la Sagrada Familia, pero no obtienen de ella ningĂșn beneficio material. Viven en la pobreza, en el exilio, en un mundo en el que las personas desconfĂan unas de otras porque son extrañas. Sin embargo, hay paz, serenidad y armonĂa.
En esta casa, "no hay gente nerviosa y susceptible, ni rostros cerrados ni reproches mutuos, y menos aĂșn reproches hacia Dios, que no les colma de bienestar material". En esta casa -continĂșa JesĂșs- se reza, se es frugal, se ama el trabajo". En la Sagrada Familia reinaba la humildad y se respetaba el orden sobrenatural, moral y material. Respetamos a Dios (el orden sobrenatural), respetamos a JosĂ© como padre y cabeza de familia (el orden moral), y damos gracias a Dios por nuestras posesiones, aunque sean pobres (el orden material).
JesĂșs termina invitĂĄndonos a meditar sobre esta visiĂłn.
ECR 36.3
36.3 Un poco separada â tambiĂ©n a la sombra del ĂĄrbol â estĂĄ la Virgen. EstĂĄ tejiendo en un tosco telar; mientras, vigila al Niño. Veo que las finas y blancas manos van y vienen entramando, y el pie, calzado con sandalia, mueve el pedal. La viste una tĂșnica de color flor de malva, un violeta rosĂĄceo, como el de ciertas amatistas. Tiene la cabeza descubierta, con lo cual puedo ver cĂłmo sus cabellos rubios estĂĄn separados en dos en la cabeza y peinados sencillamente con dos trenzas que a la altura de la nuca le forman un bonito moño. Las mangas de la tĂșnica son largas y mĂĄs bien estrechas. No lleva ningĂșn adorno, aparte de su belleza y de su expresiĂłn dulcĂsima. El color del rostro, del pelo y de los ojos, la forma de la cara, son como siempre que la veo. AquĂ parece jovencĂsima. Aparenta apenas veinte años.
En un momento dado se levanta; se inclina hacia el Niño y, cuidadosamente, le pone otra vez las sandalias y se las ata; le acaricia y le besa en la cabecita y en los ojitos. El Niño farfulla unas palabras y Ella responde, pero no entiendo las palabras. Luego vuelve a su telar, extiende sobre la tela y sobre la trama un paño, coge la banqueta en que estaba sentada y se la lleva a la casa. El Niño la sigue con la mirada, sin importunarla cuando Ella le deja solo.
Se ve que el trabajo ha terminado y que empieza a caer la tarde. En efecto, el Sol baja hacia las arenas desnudas y un verdadero fuego invade el cielo detrĂĄs de la pirĂĄmide lejana.
MarĂa vuelve. Coge de la mano a JesĂșs para que se levante de la esterilla. El Niño obedece sin resistencia. Mientras su MamĂĄ estĂĄ recogiendo los juguetes y la estera y llevando esas cosas a casa, Ăl corre hacia la cabrita con un trotecillo de sus bien torneadas piernecitas, y le echa los bracitos al cuello. La cabrita bala y frota su morrito en los hombros de JesĂșs.
MarĂa vuelve. Tiene ahora un largo velo sobre la cabeza y una ĂĄnfora en la mano. Coge a JesĂșs de la manita y se encaminan los dos, rodeando la casa, hacia la otra fachada.
Yo los sigo, admirando la gracia de la escena: la Virgen conformando su paso al del Niño, y el Niño a su lado dando saltitos o pasitos rĂĄpidos. Veo cĂłmo se alzan y se posan los rosados talones, con la gracia propia de los pasos de los niños, sobre la arena del senderillo. Me doy cuenta de que su tĂșnica no le llega a los pies, sino sĂłlo hasta la mitad del muslo. Es primorosa, sencillĂsima, y estĂĄ sujeta a la cintura por un cordoncito tambiĂ©n blanco.
Veo que en la parte delantera de la casa el seto estĂĄ interrumpido por una tosca cancilla; MarĂa la abre para salir al camino (un mĂsero camino al extremo de una ciudad â o pueblo â, donde el centro habitado termina en el campo abierto, que aquĂ estĂĄ constituido de arena y alguna que otra casita, pobre como Ă©sta, con alguna que otra mĂsera huerta).
No veo a nadie. MarĂa mira hacia el centro, no hacia el campo, como si esperara a alguien, luego se dirige a un pilĂłn â o pozo â que estĂĄ a unos cuantos metros mĂĄs arriba, sombreado en cĂrculo por palmeras. Y veo que el terreno en ese lugar tiene hierba verde.
La Sagrada Familia estĂĄ en Matarea. MarĂa da una descripciĂłn fĂsica de MarĂa en el primer pĂĄrrafo.
ECR 36.4-6
36.4 Veo que se acerca por el camino un hombre; no demasiado alto, pero robusto. Reconozco en Ă©l a JosĂ©. Viene sonriente. Es mĂĄs joven que cuando le vi en la visiĂłn del ParaĂso. Aparenta como mucho cuarenta años. Su pelo y barba son tupidos y negros; la piel, mĂĄs bien tostada; los ojos, oscuros. Un rostro honesto y agradable, un rostro que inspira confianza.
Al ver a JesĂșs y a MarĂa acelera el paso. Trae sobre el hombro izquierdo una especie de sierra y una especie de cepillo de carpintero, y en la mano otras herramientas del oficio, no iguales que las de ahora, pero sĂ muy parecidas. Parece como si estuviera regresando de haber hecho algĂșn trabajo en casa de alguno. Su vestido es de un color entre avellana y marrĂłn; no muy largo â le llega sĂłlo hasta un buen trozo por encima del tobillo â, con las mangas cortas, hasta el codo. Lleva a la cintura una correa de cuero â me parece â. Se trata de un vestido tĂpicamente de trabajo. Calzan sus pies unas sandalias cruzadas a la altura del tobillo.
MarĂa sonrĂe y el Niño emite unos grititos de alegrĂa mientras tiende hacia adelante su bracito libre. Cuando se encuentran los tres, JosĂ© se inclina para ofrecerle al Niño un fruto â por el color y la forma, creo que es una manzana â. Luego le tiende los brazos y el Niño deja a su MamĂĄ y se acurruca entre los brazos de JosĂ©, e inclina su cabecita para apoyarla en la cavidad que forma el cuello de Ă©l. JosĂ© besa a JesĂșs y JesĂșs besa a JosĂ©. Una acciĂłn llena de afectuosa gracia.
Me he olvidado de decir que MarĂa, diligentemente, habĂa cogido las herramientas de trabajo de JosĂ© para que pudiera abrazar al Niño sin ningĂșn estorbo.
Luego JosĂ©, que se habĂa acuclillado para ponerse a la altura de JesĂșs, se alza de nuevo. Coge sus herramientas con la mano izquierda y mantiene al pequeño JesĂșs estrechado contra su robusto pecho con la derecha; asĂ, se encamina hacia la casa mientras MarĂa va a la fuente a llenar su ĂĄnfora.
Entrado en el recinto de la casa, JosĂ© baja al suelo al Niño, coge el telar de MarĂa y lo lleva a casa; luego ordeña a la cabrita. JesĂșs observa atentamente estas operaciones, como tambiĂ©n la de cerrar a la cabrita en un cuartito hecho en uno de los lados de la casa.
Se pone la tarde. Veo el rojo del ocaso hacerse violĂĄceo sobre la arena que parece temblar por el calor; y la pirĂĄmide parece mĂĄs oscura.
JosĂ© entra en la casa, en una habitaciĂłn que debe ser taller, cocina y comedor al mismo tiempo. Se ve que el otro cuarto es el destinado al descanso; pero en Ă©l yo no entro. Hay una tenue lumbre encendida. Hay un banco de carpintero, una pequeña mesa, unas banquetas, unas repisas donde estĂĄn los pocos platos y vasos que tienen y tambiĂ©n dos lĂĄmparas de aceite. En uno de los rincones, el telar de MarĂa. Y... mucho, mucho orden y limpieza; es una morada pobrĂsima, pero estĂĄ limpĂsima.
Quisiera hacer esta observaciĂłn: en todas las visiones que tienen por objeto la vida humana de JesĂșs, he notado que, tanto Ăl, como MarĂa, como JosĂ©, como Juan, tienen siempre en orden y limpios el vestido y la cabeza; vestidos modestos, peinados sencillos pero de una limpieza que les hace aparecer señoriales.
36.5 MarĂa vuelve con el ĂĄnfora. Ha llegado rĂĄpido el crepĂșsculo. Cierran la puerta. Una lamparita, que JosĂ© ha encendido y colocado sobre su banco, da claridad a la habitaciĂłn; encorvado hacia Ă©ste, Ă©l sigue trabajando, en unas pequeñas tablas. Mientras tanto MarĂa prepara la cena. TambiĂ©n la lumbre da claridad a la habitaciĂłn. JesĂșs, con sus manitas apoyadas en el banco y con la cabecita mirando hacia arriba, observa lo que hace JosĂ©.
Luego se sientan a la mesa despuĂ©s de haber rezado. No se hacen â es natural â el signo de la cruz, pero rezan; JosĂ© dirige la oraciĂłn, MarĂa responde. No entiendo las palabras. Debe ser un salmo. Lo dicen en una lengua que me es totalmente desconocida.
Se sientan a cenar. Ahora la lamparita estĂĄ encima de la mesa. MarĂa tiene a JesĂșs en su regazo y le da a beber la leche de la cabrita y moja en la leche unas rebanadas de un pan pequeño y de forma redondeada, de corteza y miga duras. Parece un pan hecho con centeno y cebada. Tiene mucho salvado, claro, porque es pan moreno. Entre tanto, JosĂ© come pan y queso: una raja delgada de queso y mucho pan. Luego MarĂa sienta a JesĂșs en una banquetita que estĂĄ a su lado y trae a la mesa una verduras cocidas â creo que estĂĄn hervidas y condimentadas en la forma en que normalmente hacemos nosotros â y, despuĂ©s de servirse JosĂ©, tambiĂ©n las come Ella. JesĂșs mordisca tranquilo su manzana, y descubre sonriendo sus dientecitos blancos. La cena termina con unas aceitunas o dĂĄtiles. No sĂ© bien, porque, para ser aceitunas, son demasiado claras, pero, para ser dĂĄtiles, son demasiado duros. Vino, nada. Es una cena de gente pobre.
Pero tanta es la paz que se respira en esta habitaciĂłn, que no podrĂa dĂĄrmela igual la visiĂłn de ningĂșn pomposo palacio. ÂĄY cuĂĄnta armonĂa!
36.6 JesĂșs esta tarde no habla. No me ilustra la escena. Su enseñanza es sĂłlo este don de visiĂłn. Bendito sea siempre e igualmente por ello.
DescripciĂłn fĂsica de JosĂ© al comienzo de MVC 36.4
ECR 36.7-10
36.7 Dice JesĂșs:
«La lecciĂłn, para ti y para los demĂĄs, estĂĄ en las cosas que has visto. Es una lecciĂłn de humildad, de resignaciĂłn y de armonĂa. Sirva de ejemplo a todas las familias cristianas, y, de forma particular, a las que viven en este peculiar y doloroso momento.
36.8 Has visto una casa pobre; una casa pobre â y esto es lo doloroso â en un paĂs extranjero.
Muchos, sĂłlo por el hecho de ser unos fieles âpasablesâ, que rezan y me reciben a mĂ bajo las especies eucarĂsticas, que rezan y comulgan por âsusâ necesidades, no por las necesidades de las almas y para la gloria de Dios â porque es muy raro el que al orar no sea egoĂsta â, muchos, sĂłlo por este hecho, esperan poder disfrutar de una vida material fĂĄcil al amparo del mĂĄs mĂnimo dolor, de una vida prĂłspera y feliz.
JosĂ© y MarĂa me tenĂan a mĂ, Dios verdadero, como Hijo suyo, y, no obstante, no tuvieron ni siquiera ese mĂnimo bien de ser pobres en su patria, en el paĂs donde se los conocĂa; donde, por lo menos, tenĂan una casita âsuyaâ y al menos la preocupaciĂłn del alojamiento no añadĂa angustia a las muchas otras, en el paĂs en que, por ser conocidos, habrĂa sido mĂĄs fĂĄcil encontrar trabajo y proveer a las necesidades de la vida. Son dos expatriados precisamente por tenerme a mĂ. Un clima distinto, un paĂs distinto â ÂĄy tan triste respecto a los dulces campos de Galilea! â, lengua distinta, costumbres distintas, allĂ, entre una gente que no los conocĂa y que, como es normal entre los pueblos, desconfiaba de expatriados y desconocidos.
Les faltaban los queridos y cĂłmodos muebles de âsuâ casita, y esas otras muchas cosas, humildes pero necesarias, que allĂ habĂa y que entonces no parecĂan tan necesarias, mientras que aquĂ, rodeados de esta nada, habrĂan parecido incluso bonitas (como lo superfluo que hace deliciosas las casas de los ricos). SentĂan la nostalgia de la tierra y de la casa, y la preocupaciĂłn de esas pobres cosas dejadas allĂ, de la huertecita que quizĂĄs ninguno cuidarĂa, de la vid y de la higuera y de las otras plantas Ăștiles. Les apremiaba la necesidad de conseguir el alimento cotidiano, el vestido, el fuego todos los dĂas; y la necesidad de atenderme a mĂ, un Niño, al cual no se le podĂa dar la comida que a sĂ mismo uno puede darse. Y tenĂan el corazĂłn lleno de pesares: por las nostalgias, la incĂłgnita del mañana, la desconfianza de la gente, reacia como es, especialmente en los primeros momentos, a acoger ofertas de trabajo de dos desconocidos.
Y a pesar de todo, ya has visto cĂłmo en esta morada se respira serenidad, sonrisa, concordia; y cĂłmo, de comĂșn acuerdo, se trata de embellecerla â incluso la mĂsera huertecita â para que se asemeje mĂĄs a la que han dejado y para hacerla mĂĄs confortable. Y cĂłmo en ellos hay un solo pensamiento: hacerme esa tierra menos hostil, a mĂ, Santo; hacerme esa tierra menos mĂsera, a mĂ, que vengo de Dios. Es un amor de creyentes y de padres, que se manifiesta en mil cuidados, que van desde la cabrita â comprada con muchas horas extra de trabajo â hasta los juguetitos tallados en la madera que sobraba, o hasta esa fruta cogida sĂłlo para mĂ, negĂĄndose a sĂ mismos un bocado.
ÂĄOh, amado padre mĂo de la Tierra, cuĂĄnto te ha querido Dios, Dios Padre en las Alturas; Dios Hijo, que se ha hecho Salvador, en la Tierra!
En esta casa no hay nerviosismos, caras largas o sombrĂas, como no hay tampoco el echarse en cara recĂprocamente nada, y mucho menos a Dios, que no los ha colmado de bienestar material. JosĂ© no acusa a MarĂa de ser causa de su incomodidad, como tampoco MarĂa acusa a JosĂ© de no saberle dar un mayor bienestar. Se aman santamente, eso es todo, y, por tanto, su preocupaciĂłn no es el propio bienestar, sino el del cĂłnyuge. El verdadero amor no conoce egoĂsmo. El verdadero amor es siempre casto, aunque no sea perfecto en la castidad como el de los dos esposos vĂrgenes. La castidad unida a la caridad conlleva todo un bagaje de otras virtudes y, por tanto, hace, de dos que se aman castamente, dos cĂłnyuges perfectos.
El amor de mi Madre y de JosĂ© era perfecto. Por tanto era impulso de todas las virtudes, especialmente de la caridad para con Dios, que en todo momento era bendecido, a pesar de que su santa voluntad resultase penosa para la carne y para el corazĂłn; era bendecido porque por encima de la carne y del corazĂłn, en estos dos santos, vivĂa y dominaba mĂĄs intensamente el espĂritu, el cual magnificaba agradecido al Señor por haberlos elegido para ser los custodios de su eterno Hijo.
36.9 En aquella casa se hacĂa oraciĂłn. Demasiado poco se reza en las casas ahora. Se levanta el dĂa y desciende la noche, empezĂĄis a trabajar y os sentĂĄis a la mesa... sin un pensamiento para el Señor, que os ha permitido ver un nuevo dĂa, que os ha permitido llegar a una nueva noche, que ha bendecido vuestros esfuerzos y ha concedido que Ă©stos os fueran medio para obtener ese alimento, ese fuego, esos vestidos, ese techo que, sĂ, tambiĂ©n le son necesarios a vuestra condiciĂłn humana. Siempre es âbuenoâ lo que viene de Dios, que es bueno. Aunque ello sea pobre y escaso, el amor le da sabor y substancia; ese amor que os hace ver en el eterno Creador al Padre que os ama.
En aquella casa habĂa frugalidad. La habrĂa habido aunque el dinero no hubiera faltado. Se comĂa para vivir, no para gozo de la gula con la insaciabilidad de los comilones y los caprichos de los glotones, que se llenan hasta rebosar o desperdician dinero en alimentos caros sin pensar siquiera en quien escasea de comida o no la tiene, sin reflexionar en que si fueran moderados ellos muchos podrĂan ser aliviados de las dentelladas del hambre.
En aquella casa habĂa amor por el trabajo. Este amor hubiera existido aunque el dinero hubiera abundado; porque, trabajando, el hombre obedece al mandato de Dios y se libera del vicio que, cual tenaz hiedra, aprieta y ahoga a los ociosos, que son como bloques de piedra inmĂłviles. Bueno es el alimento, sereno es el descanso, contento se siente el corazĂłn, cuando uno ha trabajado bien y disfruta de su tiempo de reposo entre un trabajo y otro. El vicio, con sus mĂșltiples facetas, no arraiga ni en la casa ni en la mente de quien ama el trabajo; al no arraigar el vicio, prospera el afecto, la estima, el respeto mutuo, y crecen los tiernos vĂĄstagos en un ambiente puro, viniendo a ser asĂ a su vez origen de futuras familias santas.
En aquella casa reinaba la humildad. ÂĄCuĂĄn vasta lecciĂłn de humildad para vosotros, soberbios! MarĂa habrĂa tenido, humanamente, miles de motivos para ensoberbecerse y para obtener que el cĂłnyuge la adorase. Muchas mujeres lo hacen, y sĂłlo por ser un poco mĂĄs cultas, o de ascendencia mĂĄs noble, o mĂĄs acaudaladas que el marido. MarĂa es Esposa y Madre de Dios, y, sin embargo, sirve â no se hace servir â al cĂłnyuge, y es toda amor para con Ă©l. JosĂ© es la cabeza en esa casa; ha sido juzgado por Dios digno de ser cabeza de familia, de recibir de Dios al Verbo encarnado y a la Esposa del EspĂritu Santo para custodiarlos. Y, con todo, se muestra solĂcito en aligerar a MarĂa de esfuerzos y labores, y se ocupa de los mĂĄs humildes quehaceres que puede haber en una casa, para que MarĂa no se fatigue; y no sĂłlo esto, sino que, como puede, en la medida de sus posibilidades, la alivia y se las ingenia para hacerle cĂłmoda la casa y alegre de flores la pequeña huerta.
En aquella casa se respetaba el orden: sobrenatural, moral y material. Dios, como Señor supremo que es, recibe culto y amor: éste es el orden sobrenatural. José es el cabeza de familia, y recibe afecto, respeto y obediencia: orden moral. La casa es un don de Dios, como también el vestido y los enseres; en todas las cosas se manifiesta la Providencia de Dios, de ese Dios que proporciona la lana a las ovejas, plumas a los påjaros, hierba a los prados, heno a los animales, semillas y ramas a las aves; de ese Dios que teje el vestido del lirio de los valles. Casa, vestido, enseres: estas cosas hay que recibirlas con gratitud, bendiciendo la mano divina que las otorga, tratåndolas con respeto, como don del Señor; no miråndolas, porque sean pobres, con enfado; y sin maltratarlas abusando de la Providencia: éste es el orden material.
36.10 No has comprendido la conversaciĂłn en dialecto nazareno, ni tampoco las palabras de la oraciĂłn, pero las cosas que has visto han servido de gran lecciĂłn. ÂĄMeditadla, vosotros, los que tanto sufrĂs ahora por haber faltado en tantas cosas a Dios, incluso en aquellas en que jamĂĄs faltaron los santos Esposos que me fueron Madre y padre!
Y tĂș regocĂjate con el recuerdo del pequeño JesĂșs; sonrĂe pensando en sus pasitos infantiles. Dentro de poco le verĂĄs caminar bajo una cruz; entonces serĂĄ una visiĂłn de llanto».
MarĂa acaba de tener una visiĂłn de la Sagrada Familia en Egipto.
ECR 36.8
JosĂ© y MarĂa me tenĂan a mĂ, Dios verdadero, como Hijo suyo, y, no obstante, no tuvieron ni siquiera ese mĂnimo bien de ser pobres en su patria, en el paĂs donde se los conocĂa; donde, por lo menos, tenĂan una casita âsuyaâ y al menos la preocupaciĂłn del alojamiento no añadĂa angustia a las muchas otras, en el paĂs en que, por ser conocidos, habrĂa sido mĂĄs fĂĄcil encontrar trabajo y proveer a las necesidades de la vida. Son dos expatriados precisamente por tenerme a mĂ. Un clima distinto, un paĂs distinto â ÂĄy tan triste respecto a los dulces campos de Galilea! â, lengua distinta, costumbres distintas, allĂ, entre una gente que no los conocĂa y que, como es normal entre los pueblos, desconfiaba de expatriados y desconocidos.
Les faltaban los queridos y cĂłmodos muebles de âsuâ casita, y esas otras muchas cosas, humildes pero necesarias, que allĂ habĂa y que entonces no parecĂan tan necesarias, mientras que aquĂ, rodeados de esta nada, habrĂan parecido incluso bonitas (como lo superfluo que hace deliciosas las casas de los ricos). SentĂan la nostalgia de la tierra y de la casa, y la preocupaciĂłn de esas pobres cosas dejadas allĂ, de la huertecita que quizĂĄs ninguno cuidarĂa, de la vid y de la higuera y de las otras plantas Ăștiles. Les apremiaba la necesidad de conseguir el alimento cotidiano, el vestido, el fuego todos los dĂas; y la necesidad de atenderme a mĂ, un Niño, al cual no se le podĂa dar la comida que a sĂ mismo uno puede darse. Y tenĂan el corazĂłn lleno de pesares: por las nostalgias, la incĂłgnita del mañana, la desconfianza de la gente, reacia como es, especialmente en los primeros momentos, a acoger ofertas de trabajo de dos desconocidos.
Y a pesar de todo, ya has visto cĂłmo en esta morada se respira serenidad, sonrisa, concordia; y cĂłmo, de comĂșn acuerdo, se trata de embellecerla â incluso la mĂsera huertecita â para que se asemeje mĂĄs a la que han dejado y para hacerla mĂĄs confortable. Y cĂłmo en ellos hay un solo pensamiento: hacerme esa tierra menos hostil, a mĂ, Santo; hacerme esa tierra menos mĂsera, a mĂ, que vengo de Dios. Es un amor de creyentes y de padres, que se manifiesta en mil cuidados, que van desde la cabrita â comprada con muchas horas extra de trabajo â hasta los juguetitos tallados en la madera que sobraba, o hasta esa fruta cogida sĂłlo para mĂ, negĂĄndose a sĂ mismos un bocado.
ÂĄOh, amado padre mĂo de la Tierra, cuĂĄnto te ha querido Dios, Dios Padre en las Alturas; Dios Hijo, que se ha hecho Salvador, en la Tierra!
En esta casa no hay nerviosismos, caras largas o sombrĂas, como no hay tampoco el echarse en cara recĂprocamente nada, y mucho menos a Dios, que no los ha colmado de bienestar material. JosĂ© no acusa a MarĂa de ser causa de su incomodidad, como tampoco MarĂa acusa a JosĂ© de no saberle dar un mayor bienestar. Se aman santamente, eso es todo, y, por tanto, su preocupaciĂłn no es el propio bienestar, sino el del cĂłnyuge. El verdadero amor no conoce egoĂsmo. El verdadero amor es siempre casto, aunque no sea perfecto en la castidad como el de los dos esposos vĂrgenes. La castidad unida a la caridad conlleva todo un bagaje de otras virtudes y, por tanto, hace, de dos que se aman castamente, dos cĂłnyuges perfectos.
El amor de mi Madre y de JosĂ© era perfecto. Por tanto era impulso de todas las virtudes, especialmente de la caridad para con Dios, que en todo momento era bendecido, a pesar de que su santa voluntad resultase penosa para la carne y para el corazĂłn; era bendecido porque por encima de la carne y del corazĂłn, en estos dos santos, vivĂa y dominaba mĂĄs intensamente el espĂritu, el cual magnificaba agradecido al Señor por haberlos elegido para ser los custodios de su eterno Hijo.
MarĂa acaba de tener una visiĂłn de la Sagrada Familia en Egipto.
ECR 36.8
El verdadero amor no conoce egoĂsmo.
ECR 36.9
Siempre es âbuenoâ lo que viene de Dios, que es bueno. Aunque ello sea pobre y escaso, el amor le da sabor y substancia; ese amor que os hace ver en el eterno Creador al Padre que os ama.
ECR 36.9
Bueno es el alimento, sereno es el descanso, contento se siente el corazĂłn, cuando uno ha trabajado bien y disfruta de su tiempo de reposo entre un trabajo y otro. El vicio, con sus mĂșltiples facetas, no arraiga ni en la casa ni en la mente de quien ama el trabajo; al no arraigar el vicio, prospera el afecto, la estima, el respeto mutuo, y crecen los tiernos vĂĄstagos en un ambiente puro, viniendo a ser asĂ a su vez origen de futuras familias santas.
ECR 36.9
En aquella casa reinaba la humildad. ÂĄCuĂĄn vasta lecciĂłn de humildad para vosotros, soberbios! MarĂa habrĂa tenido, humanamente, miles de motivos para ensoberbecerse y para obtener que el cĂłnyuge la adorase. Muchas mujeres lo hacen, y sĂłlo por ser un poco mĂĄs cultas, o de ascendencia mĂĄs noble, o mĂĄs acaudaladas que el marido. MarĂa es Esposa y Madre de Dios, y, sin embargo, sirve â no se hace servir â al cĂłnyuge, y es toda amor para con Ă©l. JosĂ© es la cabeza en esa casa; ha sido juzgado por Dios digno de ser cabeza de familia, de recibir de Dios al Verbo encarnado y a la Esposa del EspĂritu Santo para custodiarlos. Y, con todo, se muestra solĂcito en aligerar a MarĂa de esfuerzos y labores, y se ocupa de los mĂĄs humildes quehaceres que puede haber en una casa, para que MarĂa no se fatigue; y no sĂłlo esto, sino que, como puede, en la medida de sus posibilidades, la alivia y se las ingenia para hacerle cĂłmoda la casa y alegre de flores la pequeña huerta.
MarĂa acaba de tener una visiĂłn de la Sagrada Familia en Egipto.