Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 36

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

MarĂ­a vio una casa muy pobre en Egipto. Vio al Niño JesĂșs jugando en el suelo, con dos años, dos y medio a lo sumo. MarĂ­a trabajaba en su telar mientras observaba al niño. En un momento dado, le puso las sandalias, le dio un beso y guardĂł el telar. VolviĂł, le dio la mano al Niño y salieron a la calle. Finalmente, se detuvo junto a un pozo. JosĂ© llegĂł mientras tanto y acelerĂł el paso al ver a su mujer y a su Hijo. Cuando llegĂł junto a ellos, JosĂ© se inclinĂł para dar al Niño un trozo de fruta y se produjo un suave abrazo lleno de afecto entre JesĂșs y su padre putativo. JosĂ© se levanta, toma a JesĂșs en su brazo derecho y los tres regresan a la casa. MarĂ­a los ve preparar la cena y comer juntos muy sencillamente, despuĂ©s de rezar.

JesĂșs da entonces un dictado, insistiendo en la humildad, la resignaciĂłn y la perfecta armonĂ­a de la Sagrada Familia. JosĂ© y MarĂ­a son los guardianes de la Sagrada Familia, pero no obtienen de ella ningĂșn beneficio material. Viven en la pobreza, en el exilio, en un mundo en el que las personas desconfĂ­an unas de otras porque son extrañas. Sin embargo, hay paz, serenidad y armonĂ­a.

En esta casa, "no hay gente nerviosa y susceptible, ni rostros cerrados ni reproches mutuos, y menos aĂșn reproches hacia Dios, que no les colma de bienestar material". En esta casa -continĂșa JesĂșs- se reza, se es frugal, se ama el trabajo". En la Sagrada Familia reinaba la humildad y se respetaba el orden sobrenatural, moral y material. Respetamos a Dios (el orden sobrenatural), respetamos a JosĂ© como padre y cabeza de familia (el orden moral), y damos gracias a Dios por nuestras posesiones, aunque sean pobres (el orden material).

JesĂșs termina invitĂĄndonos a meditar sobre esta visiĂłn.

Palabras clave

ECR 36.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

36.3 Un poco separada — tambiĂ©n a la sombra del ĂĄrbol — estĂĄ la Virgen. EstĂĄ tejiendo en un tosco telar; mientras, vigila al Niño. Veo que las finas y blancas manos van y vienen entramando, y el pie, calzado con sandalia, mueve el pedal. La viste una tĂșnica de color flor de malva, un violeta rosĂĄceo, como el de ciertas amatistas. Tiene la cabeza descubierta, con lo cual puedo ver cĂłmo sus cabellos rubios estĂĄn separados en dos en la cabeza y peinados sencillamente con dos trenzas que a la altura de la nuca le forman un bonito moño. Las mangas de la tĂșnica son largas y mĂĄs bien estrechas. No lleva ningĂșn adorno, aparte de su belleza y de su expresiĂłn dulcĂ­sima. El color del rostro, del pelo y de los ojos, la forma de la cara, son como siempre que la veo. AquĂ­ parece jovencĂ­sima. Aparenta apenas veinte años.

En un momento dado se levanta; se inclina hacia el Niño y, cuidadosamente, le pone otra vez las sandalias y se las ata; le acaricia y le besa en la cabecita y en los ojitos. El Niño farfulla unas palabras y Ella responde, pero no entiendo las palabras. Luego vuelve a su telar, extiende sobre la tela y sobre la trama un paño, coge la banqueta en que estaba sentada y se la lleva a la casa. El Niño la sigue con la mirada, sin importunarla cuando Ella le deja solo.

Se ve que el trabajo ha terminado y que empieza a caer la tarde. En efecto, el Sol baja hacia las arenas desnudas y un verdadero fuego invade el cielo detrĂĄs de la pirĂĄmide lejana.

MarĂ­a vuelve. Coge de la mano a JesĂșs para que se levante de la esterilla. El Niño obedece sin resistencia. Mientras su MamĂĄ estĂĄ recogiendo los juguetes y la estera y llevando esas cosas a casa, Él corre hacia la cabrita con un trotecillo de sus bien torneadas piernecitas, y le echa los bracitos al cuello. La cabrita bala y frota su morrito en los hombros de JesĂșs.

MarĂ­a vuelve. Tiene ahora un largo velo sobre la cabeza y una ĂĄnfora en la mano. Coge a JesĂșs de la manita y se encaminan los dos, rodeando la casa, hacia la otra fachada.

Yo los sigo, admirando la gracia de la escena: la Virgen conformando su paso al del Niño, y el Niño a su lado dando saltitos o pasitos rĂĄpidos. Veo cĂłmo se alzan y se posan los rosados talones, con la gracia propia de los pasos de los niños, sobre la arena del senderillo. Me doy cuenta de que su tĂșnica no le llega a los pies, sino sĂłlo hasta la mitad del muslo. Es primorosa, sencillĂ­sima, y estĂĄ sujeta a la cintura por un cordoncito tambiĂ©n blanco.

Veo que en la parte delantera de la casa el seto estĂĄ interrumpido por una tosca cancilla; MarĂ­a la abre para salir al camino (un mĂ­sero camino al extremo de una ciudad — o pueblo —, donde el centro habitado termina en el campo abierto, que aquĂ­ estĂĄ constituido de arena y alguna que otra casita, pobre como Ă©sta, con alguna que otra mĂ­sera huerta).

No veo a nadie. María mira hacia el centro, no hacia el campo, como si esperara a alguien, luego se dirige a un pilón — o pozo — que está a unos cuantos metros más arriba, sombreado en círculo por palmeras. Y veo que el terreno en ese lugar tiene hierba verde.

Detalle

La Sagrada Familia estĂĄ en Matarea. MarĂ­a da una descripciĂłn fĂ­sica de MarĂ­a en el primer pĂĄrrafo.

Palabras clave

ECR 36.4-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

36.4 Veo que se acerca por el camino un hombre; no demasiado alto, pero robusto. Reconozco en él a José. Viene sonriente. Es mås joven que cuando le vi en la visión del Paraíso. Aparenta como mucho cuarenta años. Su pelo y barba son tupidos y negros; la piel, mås bien tostada; los ojos, oscuros. Un rostro honesto y agradable, un rostro que inspira confianza.

Al ver a JesĂșs y a MarĂ­a acelera el paso. Trae sobre el hombro izquierdo una especie de sierra y una especie de cepillo de carpintero, y en la mano otras herramientas del oficio, no iguales que las de ahora, pero sĂ­ muy parecidas. Parece como si estuviera regresando de haber hecho algĂșn trabajo en casa de alguno. Su vestido es de un color entre avellana y marrĂłn; no muy largo — le llega sĂłlo hasta un buen trozo por encima del tobillo —, con las mangas cortas, hasta el codo. Lleva a la cintura una correa de cuero — me parece —. Se trata de un vestido tĂ­picamente de trabajo. Calzan sus pies unas sandalias cruzadas a la altura del tobillo.

MarĂ­a sonrĂ­e y el Niño emite unos grititos de alegrĂ­a mientras tiende hacia adelante su bracito libre. Cuando se encuentran los tres, JosĂ© se inclina para ofrecerle al Niño un fruto — por el color y la forma, creo que es una manzana —. Luego le tiende los brazos y el Niño deja a su MamĂĄ y se acurruca entre los brazos de JosĂ©, e inclina su cabecita para apoyarla en la cavidad que forma el cuello de Ă©l. JosĂ© besa a JesĂșs y JesĂșs besa a JosĂ©. Una acciĂłn llena de afectuosa gracia.

Me he olvidado de decir que MarĂ­a, diligentemente, habĂ­a cogido las herramientas de trabajo de JosĂ© para que pudiera abrazar al Niño sin ningĂșn estorbo.

Luego JosĂ©, que se habĂ­a acuclillado para ponerse a la altura de JesĂșs, se alza de nuevo. Coge sus herramientas con la mano izquierda y mantiene al pequeño JesĂșs estrechado contra su robusto pecho con la derecha; asĂ­, se encamina hacia la casa mientras MarĂ­a va a la fuente a llenar su ĂĄnfora.

Entrado en el recinto de la casa, JosĂ© baja al suelo al Niño, coge el telar de MarĂ­a y lo lleva a casa; luego ordeña a la cabrita. JesĂșs observa atentamente estas operaciones, como tambiĂ©n la de cerrar a la cabrita en un cuartito hecho en uno de los lados de la casa.

Se pone la tarde. Veo el rojo del ocaso hacerse violĂĄceo sobre la arena que parece temblar por el calor; y la pirĂĄmide parece mĂĄs oscura.

José entra en la casa, en una habitación que debe ser taller, cocina y comedor al mismo tiempo. Se ve que el otro cuarto es el destinado al descanso; pero en él yo no entro. Hay una tenue lumbre encendida. Hay un banco de carpintero, una pequeña mesa, unas banquetas, unas repisas donde estån los pocos platos y vasos que tienen y también dos låmparas de aceite. En uno de los rincones, el telar de María. Y... mucho, mucho orden y limpieza; es una morada pobrísima, pero estå limpísima.

Quisiera hacer esta observaciĂłn: en todas las visiones que tienen por objeto la vida humana de JesĂșs, he notado que, tanto Él, como MarĂ­a, como JosĂ©, como Juan, tienen siempre en orden y limpios el vestido y la cabeza; vestidos modestos, peinados sencillos pero de una limpieza que les hace aparecer señoriales.

36.5 MarĂ­a vuelve con el ĂĄnfora. Ha llegado rĂĄpido el crepĂșsculo. Cierran la puerta. Una lamparita, que JosĂ© ha encendido y colocado sobre su banco, da claridad a la habitaciĂłn; encorvado hacia Ă©ste, Ă©l sigue trabajando, en unas pequeñas tablas. Mientras tanto MarĂ­a prepara la cena. TambiĂ©n la lumbre da claridad a la habitaciĂłn. JesĂșs, con sus manitas apoyadas en el banco y con la cabecita mirando hacia arriba, observa lo que hace JosĂ©.

Luego se sientan a la mesa despuĂ©s de haber rezado. No se hacen — es natural — el signo de la cruz, pero rezan; JosĂ© dirige la oraciĂłn, MarĂ­a responde. No entiendo las palabras. Debe ser un salmo. Lo dicen en una lengua que me es totalmente desconocida.

Se sientan a cenar. Ahora la lamparita estĂĄ encima de la mesa. MarĂ­a tiene a JesĂșs en su regazo y le da a beber la leche de la cabrita y moja en la leche unas rebanadas de un pan pequeño y de forma redondeada, de corteza y miga duras. Parece un pan hecho con centeno y cebada. Tiene mucho salvado, claro, porque es pan moreno. Entre tanto, JosĂ© come pan y queso: una raja delgada de queso y mucho pan. Luego MarĂ­a sienta a JesĂșs en una banquetita que estĂĄ a su lado y trae a la mesa una verduras cocidas — creo que estĂĄn hervidas y condimentadas en la forma en que normalmente hacemos nosotros — y, despuĂ©s de servirse JosĂ©, tambiĂ©n las come Ella. JesĂșs mordisca tranquilo su manzana, y descubre sonriendo sus dientecitos blancos. La cena termina con unas aceitunas o dĂĄtiles. No sĂ© bien, porque, para ser aceitunas, son demasiado claras, pero, para ser dĂĄtiles, son demasiado duros. Vino, nada. Es una cena de gente pobre.

Pero tanta es la paz que se respira en esta habitaciĂłn, que no podrĂ­a dĂĄrmela igual la visiĂłn de ningĂșn pomposo palacio. ÂĄY cuĂĄnta armonĂ­a!

36.6 JesĂșs esta tarde no habla. No me ilustra la escena. Su enseñanza es sĂłlo este don de visiĂłn. Bendito sea siempre e igualmente por ello.

Detalle

Descripción física de José al comienzo de MVC 36.4

Palabras clave

ECR 36.7-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

36.7 Dice JesĂșs:

«La lección, para ti y para los demås, estå en las cosas que has visto. Es una lección de humildad, de resignación y de armonía. Sirva de ejemplo a todas las familias cristianas, y, de forma particular, a las que viven en este peculiar y doloroso momento.

36.8 Has visto una casa pobre; una casa pobre — y esto es lo doloroso — en un país extranjero.

Muchos, sólo por el hecho de ser unos fieles “pasables”, que rezan y me reciben a mí bajo las especies eucarísticas, que rezan y comulgan por “sus” necesidades, no por las necesidades de las almas y para la gloria de Dios — porque es muy raro el que al orar no sea egoísta —, muchos, sólo por este hecho, esperan poder disfrutar de una vida material fácil al amparo del más mínimo dolor, de una vida próspera y feliz.

JosĂ© y MarĂ­a me tenĂ­an a mĂ­, Dios verdadero, como Hijo suyo, y, no obstante, no tuvieron ni siquiera ese mĂ­nimo bien de ser pobres en su patria, en el paĂ­s donde se los conocĂ­a; donde, por lo menos, tenĂ­an una casita “suya” y al menos la preocupaciĂłn del alojamiento no añadĂ­a angustia a las muchas otras, en el paĂ­s en que, por ser conocidos, habrĂ­a sido mĂĄs fĂĄcil encontrar trabajo y proveer a las necesidades de la vida. Son dos expatriados precisamente por tenerme a mĂ­. Un clima distinto, un paĂ­s distinto — ÂĄy tan triste respecto a los dulces campos de Galilea! —, lengua distinta, costumbres distintas, allĂ­, entre una gente que no los conocĂ­a y que, como es normal entre los pueblos, desconfiaba de expatriados y desconocidos.

Les faltaban los queridos y cĂłmodos muebles de “su” casita, y esas otras muchas cosas, humildes pero necesarias, que allĂ­ habĂ­a y que entonces no parecĂ­an tan necesarias, mientras que aquĂ­, rodeados de esta nada, habrĂ­an parecido incluso bonitas (como lo superfluo que hace deliciosas las casas de los ricos). SentĂ­an la nostalgia de la tierra y de la casa, y la preocupaciĂłn de esas pobres cosas dejadas allĂ­, de la huertecita que quizĂĄs ninguno cuidarĂ­a, de la vid y de la higuera y de las otras plantas Ăștiles. Les apremiaba la necesidad de conseguir el alimento cotidiano, el vestido, el fuego todos los dĂ­as; y la necesidad de atenderme a mĂ­, un Niño, al cual no se le podĂ­a dar la comida que a sĂ­ mismo uno puede darse. Y tenĂ­an el corazĂłn lleno de pesares: por las nostalgias, la incĂłgnita del mañana, la desconfianza de la gente, reacia como es, especialmente en los primeros momentos, a acoger ofertas de trabajo de dos desconocidos.

Y a pesar de todo, ya has visto cĂłmo en esta morada se respira serenidad, sonrisa, concordia; y cĂłmo, de comĂșn acuerdo, se trata de embellecerla — incluso la mĂ­sera huertecita — para que se asemeje mĂĄs a la que han dejado y para hacerla mĂĄs confortable. Y cĂłmo en ellos hay un solo pensamiento: hacerme esa tierra menos hostil, a mĂ­, Santo; hacerme esa tierra menos mĂ­sera, a mĂ­, que vengo de Dios. Es un amor de creyentes y de padres, que se manifiesta en mil cuidados, que van desde la cabrita — comprada con muchas horas extra de trabajo — hasta los juguetitos tallados en la madera que sobraba, o hasta esa fruta cogida sĂłlo para mĂ­, negĂĄndose a sĂ­ mismos un bocado.

ÂĄOh, amado padre mĂ­o de la Tierra, cuĂĄnto te ha querido Dios, Dios Padre en las Alturas; Dios Hijo, que se ha hecho Salvador, en la Tierra!

En esta casa no hay nerviosismos, caras largas o sombrías, como no hay tampoco el echarse en cara recíprocamente nada, y mucho menos a Dios, que no los ha colmado de bienestar material. José no acusa a María de ser causa de su incomodidad, como tampoco María acusa a José de no saberle dar un mayor bienestar. Se aman santamente, eso es todo, y, por tanto, su preocupación no es el propio bienestar, sino el del cónyuge. El verdadero amor no conoce egoísmo. El verdadero amor es siempre casto, aunque no sea perfecto en la castidad como el de los dos esposos vírgenes. La castidad unida a la caridad conlleva todo un bagaje de otras virtudes y, por tanto, hace, de dos que se aman castamente, dos cónyuges perfectos.

El amor de mi Madre y de José era perfecto. Por tanto era impulso de todas las virtudes, especialmente de la caridad para con Dios, que en todo momento era bendecido, a pesar de que su santa voluntad resultase penosa para la carne y para el corazón; era bendecido porque por encima de la carne y del corazón, en estos dos santos, vivía y dominaba mås intensamente el espíritu, el cual magnificaba agradecido al Señor por haberlos elegido para ser los custodios de su eterno Hijo.

36.9 En aquella casa se hacĂ­a oraciĂłn. Demasiado poco se reza en las casas ahora. Se levanta el dĂ­a y desciende la noche, empezĂĄis a trabajar y os sentĂĄis a la mesa... sin un pensamiento para el Señor, que os ha permitido ver un nuevo dĂ­a, que os ha permitido llegar a una nueva noche, que ha bendecido vuestros esfuerzos y ha concedido que Ă©stos os fueran medio para obtener ese alimento, ese fuego, esos vestidos, ese techo que, sĂ­, tambiĂ©n le son necesarios a vuestra condiciĂłn humana. Siempre es “bueno” lo que viene de Dios, que es bueno. Aunque ello sea pobre y escaso, el amor le da sabor y substancia; ese amor que os hace ver en el eterno Creador al Padre que os ama.

En aquella casa habĂ­a frugalidad. La habrĂ­a habido aunque el dinero no hubiera faltado. Se comĂ­a para vivir, no para gozo de la gula con la insaciabilidad de los comilones y los caprichos de los glotones, que se llenan hasta rebosar o desperdician dinero en alimentos caros sin pensar siquiera en quien escasea de comida o no la tiene, sin reflexionar en que si fueran moderados ellos muchos podrĂ­an ser aliviados de las dentelladas del hambre.

En aquella casa habĂ­a amor por el trabajo. Este amor hubiera existido aunque el dinero hubiera abundado; porque, trabajando, el hombre obedece al mandato de Dios y se libera del vicio que, cual tenaz hiedra, aprieta y ahoga a los ociosos, que son como bloques de piedra inmĂłviles. Bueno es el alimento, sereno es el descanso, contento se siente el corazĂłn, cuando uno ha trabajado bien y disfruta de su tiempo de reposo entre un trabajo y otro. El vicio, con sus mĂșltiples facetas, no arraiga ni en la casa ni en la mente de quien ama el trabajo; al no arraigar el vicio, prospera el afecto, la estima, el respeto mutuo, y crecen los tiernos vĂĄstagos en un ambiente puro, viniendo a ser asĂ­ a su vez origen de futuras familias santas.

En aquella casa reinaba la humildad. ÂĄCuĂĄn vasta lecciĂłn de humildad para vosotros, soberbios! MarĂ­a habrĂ­a tenido, humanamente, miles de motivos para ensoberbecerse y para obtener que el cĂłnyuge la adorase. Muchas mujeres lo hacen, y sĂłlo por ser un poco mĂĄs cultas, o de ascendencia mĂĄs noble, o mĂĄs acaudaladas que el marido. MarĂ­a es Esposa y Madre de Dios, y, sin embargo, sirve — no se hace servir — al cĂłnyuge, y es toda amor para con Ă©l. JosĂ© es la cabeza en esa casa; ha sido juzgado por Dios digno de ser cabeza de familia, de recibir de Dios al Verbo encarnado y a la Esposa del EspĂ­ritu Santo para custodiarlos. Y, con todo, se muestra solĂ­cito en aligerar a MarĂ­a de esfuerzos y labores, y se ocupa de los mĂĄs humildes quehaceres que puede haber en una casa, para que MarĂ­a no se fatigue; y no sĂłlo esto, sino que, como puede, en la medida de sus posibilidades, la alivia y se las ingenia para hacerle cĂłmoda la casa y alegre de flores la pequeña huerta.

En aquella casa se respetaba el orden: sobrenatural, moral y material. Dios, como Señor supremo que es, recibe culto y amor: éste es el orden sobrenatural. José es el cabeza de familia, y recibe afecto, respeto y obediencia: orden moral. La casa es un don de Dios, como también el vestido y los enseres; en todas las cosas se manifiesta la Providencia de Dios, de ese Dios que proporciona la lana a las ovejas, plumas a los påjaros, hierba a los prados, heno a los animales, semillas y ramas a las aves; de ese Dios que teje el vestido del lirio de los valles. Casa, vestido, enseres: estas cosas hay que recibirlas con gratitud, bendiciendo la mano divina que las otorga, tratåndolas con respeto, como don del Señor; no miråndolas, porque sean pobres, con enfado; y sin maltratarlas abusando de la Providencia: éste es el orden material.

36.10 No has comprendido la conversaciĂłn en dialecto nazareno, ni tampoco las palabras de la oraciĂłn, pero las cosas que has visto han servido de gran lecciĂłn. ÂĄMeditadla, vosotros, los que tanto sufrĂ­s ahora por haber faltado en tantas cosas a Dios, incluso en aquellas en que jamĂĄs faltaron los santos Esposos que me fueron Madre y padre!

Y tĂș regocĂ­jate con el recuerdo del pequeño JesĂșs; sonrĂ­e pensando en sus pasitos infantiles. Dentro de poco le verĂĄs caminar bajo una cruz; entonces serĂĄ una visiĂłn de llanto».

Detalle

MarĂ­a acaba de tener una visiĂłn de la Sagrada Familia en Egipto.

Palabras clave

ECR 36.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

JosĂ© y MarĂ­a me tenĂ­an a mĂ­, Dios verdadero, como Hijo suyo, y, no obstante, no tuvieron ni siquiera ese mĂ­nimo bien de ser pobres en su patria, en el paĂ­s donde se los conocĂ­a; donde, por lo menos, tenĂ­an una casita “suya” y al menos la preocupaciĂłn del alojamiento no añadĂ­a angustia a las muchas otras, en el paĂ­s en que, por ser conocidos, habrĂ­a sido mĂĄs fĂĄcil encontrar trabajo y proveer a las necesidades de la vida. Son dos expatriados precisamente por tenerme a mĂ­. Un clima distinto, un paĂ­s distinto — ÂĄy tan triste respecto a los dulces campos de Galilea! —, lengua distinta, costumbres distintas, allĂ­, entre una gente que no los conocĂ­a y que, como es normal entre los pueblos, desconfiaba de expatriados y desconocidos.

Les faltaban los queridos y cĂłmodos muebles de “su” casita, y esas otras muchas cosas, humildes pero necesarias, que allĂ­ habĂ­a y que entonces no parecĂ­an tan necesarias, mientras que aquĂ­, rodeados de esta nada, habrĂ­an parecido incluso bonitas (como lo superfluo que hace deliciosas las casas de los ricos). SentĂ­an la nostalgia de la tierra y de la casa, y la preocupaciĂłn de esas pobres cosas dejadas allĂ­, de la huertecita que quizĂĄs ninguno cuidarĂ­a, de la vid y de la higuera y de las otras plantas Ăștiles. Les apremiaba la necesidad de conseguir el alimento cotidiano, el vestido, el fuego todos los dĂ­as; y la necesidad de atenderme a mĂ­, un Niño, al cual no se le podĂ­a dar la comida que a sĂ­ mismo uno puede darse. Y tenĂ­an el corazĂłn lleno de pesares: por las nostalgias, la incĂłgnita del mañana, la desconfianza de la gente, reacia como es, especialmente en los primeros momentos, a acoger ofertas de trabajo de dos desconocidos.

Y a pesar de todo, ya has visto cĂłmo en esta morada se respira serenidad, sonrisa, concordia; y cĂłmo, de comĂșn acuerdo, se trata de embellecerla — incluso la mĂ­sera huertecita — para que se asemeje mĂĄs a la que han dejado y para hacerla mĂĄs confortable. Y cĂłmo en ellos hay un solo pensamiento: hacerme esa tierra menos hostil, a mĂ­, Santo; hacerme esa tierra menos mĂ­sera, a mĂ­, que vengo de Dios. Es un amor de creyentes y de padres, que se manifiesta en mil cuidados, que van desde la cabrita — comprada con muchas horas extra de trabajo — hasta los juguetitos tallados en la madera que sobraba, o hasta esa fruta cogida sĂłlo para mĂ­, negĂĄndose a sĂ­ mismos un bocado.

ÂĄOh, amado padre mĂ­o de la Tierra, cuĂĄnto te ha querido Dios, Dios Padre en las Alturas; Dios Hijo, que se ha hecho Salvador, en la Tierra!

En esta casa no hay nerviosismos, caras largas o sombrías, como no hay tampoco el echarse en cara recíprocamente nada, y mucho menos a Dios, que no los ha colmado de bienestar material. José no acusa a María de ser causa de su incomodidad, como tampoco María acusa a José de no saberle dar un mayor bienestar. Se aman santamente, eso es todo, y, por tanto, su preocupación no es el propio bienestar, sino el del cónyuge. El verdadero amor no conoce egoísmo. El verdadero amor es siempre casto, aunque no sea perfecto en la castidad como el de los dos esposos vírgenes. La castidad unida a la caridad conlleva todo un bagaje de otras virtudes y, por tanto, hace, de dos que se aman castamente, dos cónyuges perfectos.

El amor de mi Madre y de José era perfecto. Por tanto era impulso de todas las virtudes, especialmente de la caridad para con Dios, que en todo momento era bendecido, a pesar de que su santa voluntad resultase penosa para la carne y para el corazón; era bendecido porque por encima de la carne y del corazón, en estos dos santos, vivía y dominaba mås intensamente el espíritu, el cual magnificaba agradecido al Señor por haberlos elegido para ser los custodios de su eterno Hijo.

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MarĂ­a acaba de tener una visiĂłn de la Sagrada Familia en Egipto.

Palabras clave

ECR 36.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Siempre es “bueno” lo que viene de Dios, que es bueno. Aunque ello sea pobre y escaso, el amor le da sabor y substancia; ese amor que os hace ver en el eterno Creador al Padre que os ama.

Palabras clave

ECR 36.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Bueno es el alimento, sereno es el descanso, contento se siente el corazĂłn, cuando uno ha trabajado bien y disfruta de su tiempo de reposo entre un trabajo y otro. El vicio, con sus mĂșltiples facetas, no arraiga ni en la casa ni en la mente de quien ama el trabajo; al no arraigar el vicio, prospera el afecto, la estima, el respeto mutuo, y crecen los tiernos vĂĄstagos en un ambiente puro, viniendo a ser asĂ­ a su vez origen de futuras familias santas.

Palabras clave

ECR 36.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En aquella casa reinaba la humildad. ÂĄCuĂĄn vasta lecciĂłn de humildad para vosotros, soberbios! MarĂ­a habrĂ­a tenido, humanamente, miles de motivos para ensoberbecerse y para obtener que el cĂłnyuge la adorase. Muchas mujeres lo hacen, y sĂłlo por ser un poco mĂĄs cultas, o de ascendencia mĂĄs noble, o mĂĄs acaudaladas que el marido. MarĂ­a es Esposa y Madre de Dios, y, sin embargo, sirve — no se hace servir — al cĂłnyuge, y es toda amor para con Ă©l. JosĂ© es la cabeza en esa casa; ha sido juzgado por Dios digno de ser cabeza de familia, de recibir de Dios al Verbo encarnado y a la Esposa del EspĂ­ritu Santo para custodiarlos. Y, con todo, se muestra solĂ­cito en aligerar a MarĂ­a de esfuerzos y labores, y se ocupa de los mĂĄs humildes quehaceres que puede haber en una casa, para que MarĂ­a no se fatigue; y no sĂłlo esto, sino que, como puede, en la medida de sus posibilidades, la alivia y se las ingenia para hacerle cĂłmoda la casa y alegre de flores la pequeña huerta.

Detalle

MarĂ­a acaba de tener una visiĂłn de la Sagrada Familia en Egipto.

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