ECR 38.7
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Tener al lado a los hijos no es mimarlos; es quererlos, con mente cabal y buen corazĂłn.
Notas del tema
ECR 38.7
Tener al lado a los hijos no es mimarlos; es quererlos, con mente cabal y buen corazĂłn.
ECR 38.8
A los niños hay que tenerlos cautivados y distraĂdos al mismo tiempo. Hay que comprenderlos, amarlos y ser amados para conseguir de ellos.
MarĂa acepta enseñar a Judas y a Santiago de Alfeo y dice:
ECR 38.9
38.9 Dice JesĂșs:
«Y MarĂa fue Maestra mĂa, de Santiago y de Judas. Y Ă©ste es el motivo por el cual hubo entre nosotros amor fraternal, ademĂĄs de por el parentesco; por la ciencia y por haber crecido juntos, como tres sarmientos con un Ășnico palo como soporte: la Madre mĂa. Que en verdad mi dulce Madre era doctora como nadie en Israel. Sede de la SabidurĂa, de la verdadera SabidurĂa, Ella nos instruyĂł para el mundo y para el Cielo. Digo que ânos instruyĂłâ, porque yo fui alumno suyo no en modo distinto de mis primos. Y el âselloâ colocado sobre el misterio de Dios fue mantenido contra las pesquisas de SatanĂĄs, mantenido bajo la apariencia de una vida comĂșn.
ÂżTe has deleitado con esta delicada escena? Queda ahora en paz. JesĂșs estĂĄ contigo».
ECR 39
La Virgen prepara la ropa para JesĂșs con MarĂa de Alfeo. Le tiñe la ropa. Parece que obtuvo el color gracias a sus bordados, y que este regalo vino de Roma. En cualquier caso, la Madre de Cristo agradece a su pariente su ayuda y declara que JesĂșs es como su hijo.
La visiĂłn se detiene y se reanuda mĂĄs tarde. MarĂa describe a JesĂșs a la edad de doce años. EstĂĄ con sus padres y parientes, rodeado y querido. MarĂa pide a JosĂ© que lo bendiga, para que su Hijo saque fuerzas de Ă©l y ella aprenda a desprenderse un poco mĂĄs de Ă©l. JosĂ© le asegura que su relaciĂłn no cambiarĂĄ y que no competirĂĄ con ella por ese Hijo tan querido. MarĂa besa la mano de JosĂ© en un gesto lleno de afecto y el patriarca de la Sagrada Familia bendice a ambos. Luego se pusieron en camino...
ECR 39.2-3
39.2 Veo a MarĂa encorvada hacia una batea, o, mejor, un barreño de barro, mezclando algo que despide vapor en el aire frĂo y sereno que llena el huerto de Nazaret.
Debe ser pleno invierno. Lo deduzco del hecho de que, menos los olivos, todos los ĂĄrboles estĂĄn deshojados y exhaustos. Arriba, un cielo tersĂsimo y un Sol que aun siendo radiante no logra templar la tramontana que hay, que sopla y hace chocar unas con otras las desnudas ramas u ondular las ramitas entre grises y verdes de los olivos.
La Virgen MarĂa lleva un vestido tupido de color marrĂłn casi negro, que la cubre enteramente. Se ha colocado delante una tela basta, a manera de mandil, para protegerlo. Saca de la tina el palo con que estaba removiendo el contenido. Veo que del palo caen gotas de un bonito color bermejo. MarĂa observa, se moja un dedo con las gotas que caen, y prueba el color en el mandil. Parece satisfecha.
Entra en la casa y vuelve a salir con muchas madejas de blanquĂsima lana, y las echa, una a una, en la tina, con paciencia y cautela.
39.3 Mientras estĂĄ haciendo esto, entra su cuñada â que viene del taller de JosĂ© â MarĂa de Alfeo. Se saludan. Se hablan.
«¿Queda bien?» pregunta MarĂa de Alfeo.
«Espero que sĂ».
«Me asegurĂł esa gentil que se trata de la misma tinta y del mismo sistema de teñir que utilizan en Roma. Si me lo dio es porque se trataba de ti y por haber hecho aquellas labores. Ella dice que no hay quien borde como tĂș, ni siquiera en Roma. Debes haber perdido la vista haciĂ©ndolas...».
MarĂa sonrĂe y hace un movimiento de cabeza como diciendo: «¥Son cosas sin importancia!».
La cuñada mira las Ășltimas madejas de lana antes de pasĂĄrselas a MarĂa, y exclama: «¥QuĂ© bien las has hilado! Son hilos tan finos y uniformes que parecen cabellos. TĂș todo lo haces bien... y ÂĄquĂ© rĂĄpida! ÂżEstas Ășltimas serĂĄn mĂĄs claras?».
«SĂ, para la tĂșnica; el manto es mĂĄs oscuro».
Las dos mujeres se ponen a trabajar juntas: primero, en la tina; luego sacan las madejas, ya de un lindo color purpĂșreo, y corren veloces a sumergirlas en el agua helada que llena el pilĂłn, colocado bajo la fina vena que mana y cae produciendo notas de risitas apenas perceptibles. Aclaran una y otra vez y luego extienden las madejas sobre unas cañas aseguradas a los ĂĄrboles de unas ramas a otras.
«Con este viento se secarån bien y råpido» dice la cuñada.
«Vamos donde JosĂ©. Hay lumbre. Debes estar helada» dice MarĂa Stma. «Has sido buena conmigo ayudĂĄndome. He acabado pronto y con menos esfuerzo. Gracias».
«¥Oh! ÂĄMarĂa! ÂżQuĂ© no harĂa yo por ti! Estar a tu lado es motivo siempre de gozo. AdemĂĄs... todo este trabajo es por JesĂșs. Y, ÂĄes tan encantador tu Hijo!... AyudĂĄndote a ti para la celebraciĂłn de su mayorĂa de edad, me parecerĂĄ sentirme yo tambiĂ©n madre suya».
Y las dos mujeres entran en el taller, lleno de ese olor a madera cepillada que es tĂpico de los talleres de carpintero.
ECR 39.4
Mi JesĂșs tiene necesidad de amor para sentirse feliz.
ECR 39.4-6
Veo el momento en que JesĂșs entra, acompañado de su Madre, en el â digĂĄmoslo asĂ â comedor de la casa de Nazaret.
JesĂșs tiene doce años. Es un muchacho alto, bien formado, fuerte, aunque no gordo; parece, por su complexiĂłn, mĂĄs adulto de lo que realmente es; le llega ya a su Madre a la altura de los hombros. Su rostro es todavĂa redondeado y rosado, es todavĂa el rostro de JesĂșs niño, rostro que, con el paso del tiempo, con la edad juvenil y viril, se habrĂĄ de alargar, y tomarĂĄ un cromatismo indefinido, una tonalidad como la de ciertos alabastros delicados que tienden apenas al amarillo-rosa.
Sus ojos â tambiĂ©n sus ojos â son todavĂa ojos de niño. Son grandes y miran bien abiertos, con una chispa de alegrĂa perdida en la seriedad de la mirada. Pasado el tiempo, ya no estarĂĄn tan abiertos... Los pĂĄrpados descenderĂĄn hasta medio cerrar los ojos, para velarle al Puro y Santo el exceso de mal que hay en el mundo. Solamente en los momentos de los milagros, o cuando ponga en fuga a los demonios o a la muerte, o para curar las enfermedades y los pecados; solamente entonces los abrirĂĄ, y centellearĂĄn, aĂșn mĂĄs que ahora. Pero, ni siquiera entonces tendrĂĄn esta chispa de alegrĂa mezclada con la seriedad... La muerte y el pecado estarĂĄn cada vez mĂĄs cerca y mĂĄs presentes, y, con ambos, el conocimiento â con su faceta humana â de la inutilidad del sacrificio a causa de la voluntad contraria del hombre. SĂłlo en rarĂsimos momentos de alegrĂa, por estar con los redimidos, y especialmente con los puros â generalmente niños â brillarĂĄn de jĂșbilo estos ojos santos y buenos.
Ahora, estando con su Madre, en su casa, y con San JosĂ© frente a Ăl, sonriĂ©ndole con amor, y con esos primitos suyos que le admiran, y con su tĂa, MarĂa de Alfeo, que le estĂĄ acariciando, se siente feliz. Mi JesĂșs tiene necesidad de amor para sentirse feliz, y en este momento lo tiene.
EstĂĄ vestido con una tĂșnica suelta, de lana, de color rojo rubĂ claro, suave, perfectamente tejida, fina y compacta al mismo tiempo. En el cuello, por la parte de delante, en la base de las mangas largas y amplias, y en la base de la tĂșnica, que llega hasta abajo dejando apenas ver los pies calzados con sandalias nuevas y bien hechas â no las usuales suelas sujetas al pie con unas correas â, tiene una greca, no bordada, sino tejida en un color mĂĄs oscuro sobre el color rubĂ de la tĂșnica. Deduzco que debe ser obra de su Madre, porque la cuñada la admira y alaba.
Su bonito pelo rubio tiene ya una tonalidad mås cargada que cuando era un niño pequeño, con reflejos cobrizos en los aros de los bucles que terminan bajo las orejas; ya no son esos ricitos cortos y vaporosos de la infancia, pero tampoco es la melena de la edad adulta, ondulada, que termina a la altura de los hombros en delicada forma tubular; de todas maneras ya tiende a ésta, en color y forma.
39.5 «He aquĂ a nuestro Hijo» dice MarĂa levantando con su mano derecha la izquierda de JesĂșs. Parece como si se lo quisiera presentar a todos y confirmar la paternidad del Justo, que sonrĂe. Y añade: «BendĂcele, JosĂ©, antes de partir para JerusalĂ©n. No fue necesaria la bendiciĂłn para su inicio en la escuela, primer paso en la vida; hazlo ahora que Ăl va al Templo para ser declarado mayor de edad. Y bendĂceme tambiĂ©n a mĂ. Tu bendiciĂłn... (MarĂa contiene el llanto) le fortalecerĂĄ a Ăl y me darĂĄ fuerza a mĂ para separarme de Ăl un poco mĂĄs...».
«MarĂa, JesĂșs serĂĄ siempre tuyo. La fĂłrmula no lesionarĂĄ nuestras mutuas relaciones. Yo no te voy a disputar a este Hijo, amado nuestro. Ninguno merece como tĂș el guiarle en la vida, ÂĄoh Santa mĂa!».
MarĂa se inclina, toma la mano de JosĂ© y la besa: es la esposa, y ÂĄquĂ© respetuosa y amante de su consorte!
JosĂ© acoge este signo de respeto y de amor con dignidad, mas luego alza esa misma mano y la deposita sobre la cabeza de su Esposa diciĂ©ndole: «SĂ. Te bendigo, Bendita, y a JesĂșs contigo. Venid, mis Ășnicos tesoros, honor y finalidad mĂos». JosĂ© se muestra solemne: con los brazos extendidos y las palmas vueltas hacia abajo sobre las dos cabezas inclinadas, igualmente rubias y santas, pronuncia la bendiciĂłn: «El Señor os guarde y os bendiga, tenga misericordia de vosotros y os dĂ© paz. El Señor os dĂ© su bendiciĂłn». Y luego dice: «En marcha. La hora es propicia para el viaje».
39.6 MarĂa coge un manto, amplio, de color granate oscuro, y en elegantes pliegues lo dispone sobre el cuerpo de su Hijo. ÂĄY cĂłmo le acaricia al hacerlo!
Salen. Cierran. Se ponen en marcha. Otros peregrinos van en la misma direcciĂłn. Fuera del pueblo, las mujeres se separan de los hombres. Los niños van con quien quieren. JesĂșs se queda con su Madre.
Los peregrinos caminan â la mayorĂa entonando salmos â por las campiñas llenas de hermosura en el mĂĄs jubiloso tiempo de primavera. Frescos prados, tiernos cereales, frescos follajes en los ĂĄrboles poco ha florecidos; hombres cantando por los campos y por los caminos, cantos de pĂĄjaros en celo entre las frondas; lĂmpidos arroyos, espejo de las flores de las orillas; corderitos saltarines al lado de sus madres... Paz y alegrĂa bajo el mĂĄs hermoso cielo de abril.
La visiĂłn cesa asĂ.
DescripciĂłn fĂsica del niño JesĂșs y bendiciĂłn de JosĂ© antes de partir para JerusalĂ©n.
ECR 40
La Sagrada Familia acude al Templo de JerusalĂ©n. DespuĂ©s de rezar, JosĂ© y JesĂșs van a una sala donde JesĂșs es examinado por doctores de la Ley. JosĂ© les presenta a su Hijo y entonces los hombres se dirigen al Niño. Dio su nombre y dijo que sabĂa leer los sĂmbolos y el verdadero significado de las Escrituras. Al escucharle, los doctores recomendaron a JosĂ© que lo confiara a Hilled o Gamaliel.
Le hicieron leer parte del DecĂĄlogo. Tuvo que continuar de memoria, y cada vez que pronunciaba el nombre del Señor, se inclinaba. Dijo que si nos inclinamos ante los reyes de la tierra, que no son mĂĄs que polvo, debemos inclinarnos aĂșn mĂĄs ante el Rey de Reyes, de quien depende toda criatura.
Luego se le hizo una pregunta sobre la ley del sĂĄbado y la santificaciĂłn de las fiestas. ÂżComete pecado la gallina que pone un huevo o la oveja que da a luz ese dĂa? No, porque el animal obedece las leyes del Creador y no comete pecado. Si el hombre lo hace trabajar en sĂĄbado, su amo carga con su pecado.
Los mĂ©dicos quedaron impresionados. Le hicieron una Ășltima pregunta haciĂ©ndole leer un pasaje del segundo libro de las CrĂłnicas. Este pasaje, que tuvo lugar unos siglos antes, habla del escriba SafĂĄn. Lee un libro del sacerdote Elchias delante del rey y despuĂ©s se rasga las vestiduras porque el pueblo ya no sigue las instrucciones del Señor y su cĂłlera es grande. ÂżHay algĂșn sĂmbolo en este texto? JesĂșs responde que es raro que no lo haya, y dice que lo que es eterno no debe circunscribirse en el tiempo. La Palabra declara que Israel ya no tiene la sabidurĂa que viene de Dios, a pesar de los seiscientos trece preceptos, pues los conoce pero ya no los pone en prĂĄctica.
Los mĂ©dicos declaran que el niño es perfecto y mayor de edad. La fiesta llega a su fin y JosĂ© y JesĂșs vuelven con MarĂa.
ECR 40.6
No hay tiempo para lo eterno.
ECR 40.6
Es a Ăl [a Dios], y no a los pobres seres humanos, a quien hay que pedirle luz; pero la luz no se recibe sin justicia y fidelidad a Dios.