Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 38.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

A los niños hay que tenerlos cautivados y distraídos al mismo tiempo. Hay que comprenderlos, amarlos y ser amados para conseguir de ellos.

Detalle

María acepta enseñar a Judas y a Santiago de Alfeo y dice:

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ECR 38.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

38.9 Dice JesĂșs:

«Y MarĂ­a fue Maestra mĂ­a, de Santiago y de Judas. Y Ă©ste es el motivo por el cual hubo entre nosotros amor fraternal, ademĂĄs de por el parentesco; por la ciencia y por haber crecido juntos, como tres sarmientos con un Ășnico palo como soporte: la Madre mĂ­a. Que en verdad mi dulce Madre era doctora como nadie en Israel. Sede de la SabidurĂ­a, de la verdadera SabidurĂ­a, Ella nos instruyĂł para el mundo y para el Cielo. Digo que “nos instruyó”, porque yo fui alumno suyo no en modo distinto de mis primos. Y el “sello” colocado sobre el misterio de Dios fue mantenido contra las pesquisas de SatanĂĄs, mantenido bajo la apariencia de una vida comĂșn.

ÂżTe has deleitado con esta delicada escena? Queda ahora en paz. JesĂșs estĂĄ contigo».

Palabras clave

ECR 39

El Evangelio como me ha sido revelado

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La Virgen prepara la ropa para JesĂșs con MarĂ­a de Alfeo. Le tiñe la ropa. Parece que obtuvo el color gracias a sus bordados, y que este regalo vino de Roma. En cualquier caso, la Madre de Cristo agradece a su pariente su ayuda y declara que JesĂșs es como su hijo.

La visiĂłn se detiene y se reanuda mĂĄs tarde. MarĂ­a describe a JesĂșs a la edad de doce años. EstĂĄ con sus padres y parientes, rodeado y querido. MarĂ­a pide a JosĂ© que lo bendiga, para que su Hijo saque fuerzas de Ă©l y ella aprenda a desprenderse un poco mĂĄs de Ă©l. JosĂ© le asegura que su relaciĂłn no cambiarĂĄ y que no competirĂĄ con ella por ese Hijo tan querido. MarĂ­a besa la mano de JosĂ© en un gesto lleno de afecto y el patriarca de la Sagrada Familia bendice a ambos. Luego se pusieron en camino...

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ECR 39.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

39.2 Veo a María encorvada hacia una batea, o, mejor, un barreño de barro, mezclando algo que despide vapor en el aire frío y sereno que llena el huerto de Nazaret.

Debe ser pleno invierno. Lo deduzco del hecho de que, menos los olivos, todos los ĂĄrboles estĂĄn deshojados y exhaustos. Arriba, un cielo tersĂ­simo y un Sol que aun siendo radiante no logra templar la tramontana que hay, que sopla y hace chocar unas con otras las desnudas ramas u ondular las ramitas entre grises y verdes de los olivos.

La Virgen MarĂ­a lleva un vestido tupido de color marrĂłn casi negro, que la cubre enteramente. Se ha colocado delante una tela basta, a manera de mandil, para protegerlo. Saca de la tina el palo con que estaba removiendo el contenido. Veo que del palo caen gotas de un bonito color bermejo. MarĂ­a observa, se moja un dedo con las gotas que caen, y prueba el color en el mandil. Parece satisfecha.

Entra en la casa y vuelve a salir con muchas madejas de blanquĂ­sima lana, y las echa, una a una, en la tina, con paciencia y cautela.

39.3 Mientras estĂĄ haciendo esto, entra su cuñada — que viene del taller de JosĂ© — MarĂ­a de Alfeo. Se saludan. Se hablan.

«¿Queda bien?» pregunta María de Alfeo.

«Espero que sí».

«Me asegurĂł esa gentil que se trata de la misma tinta y del mismo sistema de teñir que utilizan en Roma. Si me lo dio es porque se trataba de ti y por haber hecho aquellas labores. Ella dice que no hay quien borde como tĂș, ni siquiera en Roma. Debes haber perdido la vista haciĂ©ndolas...».

María sonríe y hace un movimiento de cabeza como diciendo: «¥Son cosas sin importancia!».

La cuñada mira las Ășltimas madejas de lana antes de pasĂĄrselas a MarĂ­a, y exclama: «¥QuĂ© bien las has hilado! Son hilos tan finos y uniformes que parecen cabellos. TĂș todo lo haces bien... y ÂĄquĂ© rĂĄpida! ÂżEstas Ășltimas serĂĄn mĂĄs claras?».

«SĂ­, para la tĂșnica; el manto es mĂĄs oscuro».

Las dos mujeres se ponen a trabajar juntas: primero, en la tina; luego sacan las madejas, ya de un lindo color purpĂșreo, y corren veloces a sumergirlas en el agua helada que llena el pilĂłn, colocado bajo la fina vena que mana y cae produciendo notas de risitas apenas perceptibles. Aclaran una y otra vez y luego extienden las madejas sobre unas cañas aseguradas a los ĂĄrboles de unas ramas a otras.

«Con este viento se secarån bien y råpido» dice la cuñada.

«Vamos donde José. Hay lumbre. Debes estar helada» dice María Stma. «Has sido buena conmigo ayudåndome. He acabado pronto y con menos esfuerzo. Gracias».

«¥Oh! ÂĄMarĂ­a! ÂżQuĂ© no harĂ­a yo por ti! Estar a tu lado es motivo siempre de gozo. AdemĂĄs... todo este trabajo es por JesĂșs. Y, ÂĄes tan encantador tu Hijo!... AyudĂĄndote a ti para la celebraciĂłn de su mayorĂ­a de edad, me parecerĂĄ sentirme yo tambiĂ©n madre suya».

Y las dos mujeres entran en el taller, lleno de ese olor a madera cepillada que es tĂ­pico de los talleres de carpintero.

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ECR 39.4-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Veo el momento en que JesĂșs entra, acompañado de su Madre, en el — digĂĄmoslo asĂ­ — comedor de la casa de Nazaret.

JesĂșs tiene doce años. Es un muchacho alto, bien formado, fuerte, aunque no gordo; parece, por su complexiĂłn, mĂĄs adulto de lo que realmente es; le llega ya a su Madre a la altura de los hombros. Su rostro es todavĂ­a redondeado y rosado, es todavĂ­a el rostro de JesĂșs niño, rostro que, con el paso del tiempo, con la edad juvenil y viril, se habrĂĄ de alargar, y tomarĂĄ un cromatismo indefinido, una tonalidad como la de ciertos alabastros delicados que tienden apenas al amarillo-rosa.

Sus ojos — tambiĂ©n sus ojos — son todavĂ­a ojos de niño. Son grandes y miran bien abiertos, con una chispa de alegrĂ­a perdida en la seriedad de la mirada. Pasado el tiempo, ya no estarĂĄn tan abiertos... Los pĂĄrpados descenderĂĄn hasta medio cerrar los ojos, para velarle al Puro y Santo el exceso de mal que hay en el mundo. Solamente en los momentos de los milagros, o cuando ponga en fuga a los demonios o a la muerte, o para curar las enfermedades y los pecados; solamente entonces los abrirĂĄ, y centellearĂĄn, aĂșn mĂĄs que ahora. Pero, ni siquiera entonces tendrĂĄn esta chispa de alegrĂ­a mezclada con la seriedad... La muerte y el pecado estarĂĄn cada vez mĂĄs cerca y mĂĄs presentes, y, con ambos, el conocimiento — con su faceta humana — de la inutilidad del sacrificio a causa de la voluntad contraria del hombre. SĂłlo en rarĂ­simos momentos de alegrĂ­a, por estar con los redimidos, y especialmente con los puros — generalmente niños — brillarĂĄn de jĂșbilo estos ojos santos y buenos.

Ahora, estando con su Madre, en su casa, y con San JosĂ© frente a Él, sonriĂ©ndole con amor, y con esos primitos suyos que le admiran, y con su tĂ­a, MarĂ­a de Alfeo, que le estĂĄ acariciando, se siente feliz. Mi JesĂșs tiene necesidad de amor para sentirse feliz, y en este momento lo tiene.

EstĂĄ vestido con una tĂșnica suelta, de lana, de color rojo rubĂ­ claro, suave, perfectamente tejida, fina y compacta al mismo tiempo. En el cuello, por la parte de delante, en la base de las mangas largas y amplias, y en la base de la tĂșnica, que llega hasta abajo dejando apenas ver los pies calzados con sandalias nuevas y bien hechas — no las usuales suelas sujetas al pie con unas correas —, tiene una greca, no bordada, sino tejida en un color mĂĄs oscuro sobre el color rubĂ­ de la tĂșnica. Deduzco que debe ser obra de su Madre, porque la cuñada la admira y alaba.

Su bonito pelo rubio tiene ya una tonalidad mås cargada que cuando era un niño pequeño, con reflejos cobrizos en los aros de los bucles que terminan bajo las orejas; ya no son esos ricitos cortos y vaporosos de la infancia, pero tampoco es la melena de la edad adulta, ondulada, que termina a la altura de los hombros en delicada forma tubular; de todas maneras ya tiende a ésta, en color y forma.

39.5 «He aquĂ­ a nuestro Hijo» dice MarĂ­a levantando con su mano derecha la izquierda de JesĂșs. Parece como si se lo quisiera presentar a todos y confirmar la paternidad del Justo, que sonrĂ­e. Y añade: «BendĂ­cele, JosĂ©, antes de partir para JerusalĂ©n. No fue necesaria la bendiciĂłn para su inicio en la escuela, primer paso en la vida; hazlo ahora que Él va al Templo para ser declarado mayor de edad. Y bendĂ­ceme tambiĂ©n a mĂ­. Tu bendiciĂłn... (MarĂ­a contiene el llanto) le fortalecerĂĄ a Él y me darĂĄ fuerza a mĂ­ para separarme de Él un poco mĂĄs...».

«MarĂ­a, JesĂșs serĂĄ siempre tuyo. La fĂłrmula no lesionarĂĄ nuestras mutuas relaciones. Yo no te voy a disputar a este Hijo, amado nuestro. Ninguno merece como tĂș el guiarle en la vida, ÂĄoh Santa mĂ­a!».

María se inclina, toma la mano de José y la besa: es la esposa, y ¥qué respetuosa y amante de su consorte!

JosĂ© acoge este signo de respeto y de amor con dignidad, mas luego alza esa misma mano y la deposita sobre la cabeza de su Esposa diciĂ©ndole: «SĂ­. Te bendigo, Bendita, y a JesĂșs contigo. Venid, mis Ășnicos tesoros, honor y finalidad mĂ­os». JosĂ© se muestra solemne: con los brazos extendidos y las palmas vueltas hacia abajo sobre las dos cabezas inclinadas, igualmente rubias y santas, pronuncia la bendiciĂłn: «El Señor os guarde y os bendiga, tenga misericordia de vosotros y os dĂ© paz. El Señor os dĂ© su bendiciĂłn». Y luego dice: «En marcha. La hora es propicia para el viaje».

39.6 MarĂ­a coge un manto, amplio, de color granate oscuro, y en elegantes pliegues lo dispone sobre el cuerpo de su Hijo. ÂĄY cĂłmo le acaricia al hacerlo!

Salen. Cierran. Se ponen en marcha. Otros peregrinos van en la misma direcciĂłn. Fuera del pueblo, las mujeres se separan de los hombres. Los niños van con quien quieren. JesĂșs se queda con su Madre.

Los peregrinos caminan — la mayorĂ­a entonando salmos — por las campiñas llenas de hermosura en el mĂĄs jubiloso tiempo de primavera. Frescos prados, tiernos cereales, frescos follajes en los ĂĄrboles poco ha florecidos; hombres cantando por los campos y por los caminos, cantos de pĂĄjaros en celo entre las frondas; lĂ­mpidos arroyos, espejo de las flores de las orillas; corderitos saltarines al lado de sus madres... Paz y alegrĂ­a bajo el mĂĄs hermoso cielo de abril.

La visiĂłn cesa asĂ­.

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DescripciĂłn fĂ­sica del niño JesĂșs y bendiciĂłn de JosĂ© antes de partir para JerusalĂ©n.

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ECR 40

El Evangelio como me ha sido revelado

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La Sagrada Familia acude al Templo de JerusalĂ©n. DespuĂ©s de rezar, JosĂ© y JesĂșs van a una sala donde JesĂșs es examinado por doctores de la Ley. JosĂ© les presenta a su Hijo y entonces los hombres se dirigen al Niño. Dio su nombre y dijo que sabĂ­a leer los sĂ­mbolos y el verdadero significado de las Escrituras. Al escucharle, los doctores recomendaron a JosĂ© que lo confiara a Hilled o Gamaliel.

Le hicieron leer parte del DecĂĄlogo. Tuvo que continuar de memoria, y cada vez que pronunciaba el nombre del Señor, se inclinaba. Dijo que si nos inclinamos ante los reyes de la tierra, que no son mĂĄs que polvo, debemos inclinarnos aĂșn mĂĄs ante el Rey de Reyes, de quien depende toda criatura.

Luego se le hizo una pregunta sobre la ley del sĂĄbado y la santificaciĂłn de las fiestas. ÂżComete pecado la gallina que pone un huevo o la oveja que da a luz ese dĂ­a? No, porque el animal obedece las leyes del Creador y no comete pecado. Si el hombre lo hace trabajar en sĂĄbado, su amo carga con su pecado.

Los mĂ©dicos quedaron impresionados. Le hicieron una Ășltima pregunta haciĂ©ndole leer un pasaje del segundo libro de las CrĂłnicas. Este pasaje, que tuvo lugar unos siglos antes, habla del escriba SafĂĄn. Lee un libro del sacerdote Elchias delante del rey y despuĂ©s se rasga las vestiduras porque el pueblo ya no sigue las instrucciones del Señor y su cĂłlera es grande. ÂżHay algĂșn sĂ­mbolo en este texto? JesĂșs responde que es raro que no lo haya, y dice que lo que es eterno no debe circunscribirse en el tiempo. La Palabra declara que Israel ya no tiene la sabidurĂ­a que viene de Dios, a pesar de los seiscientos trece preceptos, pues los conoce pero ya no los pone en prĂĄctica.

Los mĂ©dicos declaran que el niño es perfecto y mayor de edad. La fiesta llega a su fin y JosĂ© y JesĂșs vuelven con MarĂ­a.

Palabras clave

ECR 40.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es a Él [a Dios], y no a los pobres seres humanos, a quien hay que pedirle luz; pero la luz no se recibe sin justicia y fidelidad a Dios.

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