Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 32.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No temáis. Estad unidos a la Cruz, que siempre ha vencido las insidias del demonio, el cual viene, con la crueldad de los hombres y con las tristezas de la vida, a tratar de reducir a la desesperación — o sea, a que queden separados de Dios — a los corazones a los que no puede atrapar de otra manera.

Palabras clave

ECR 33

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo : CanciĂłn de cuna de la Virgen

Fecha de la visiĂłn: Martes 28 de noviembre de 1944

Calendario: julio de 2004

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs

Resumen: En Belén, María acuna a su hijo.

Contenido del capĂ­tulo: 33.1: El niño, de pocos meses, tarda en dormirse. 33.2: La nana de MarĂ­a. 33.3: El niño JesĂșs en brazos de su madre. 33.4: La gracia de la visiĂłn.

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ECR 33.1-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

33.1 Esta mañana he tenido un suave despertar. Estando aĂșn entre las nieblas del sopor, oĂ­a una voz purĂ­sima cantar dulcemente una calma canciĂłn de cuna. ParecĂ­a, por lo lenta y arcaica que era, una pastoral navideña. Yo seguĂ­a ese motivo y esa voz, gozĂĄndome en ella cada vez mĂĄs, recobrando la lucidez bajo su onda. Y la he recobrado y he comprendido. He dicho: «¥Te saludo, MarĂ­a, llena de Gracia!» (porque quien cantaba era MamĂĄ). Ella, por su parte, despuĂ©s de decirme: «Yo tambiĂ©n te saludo. ÂĄVen y alĂ©grate!», ha alzado la voz.

Y la he visto, en la casa de BelĂ©n, en la habitaciĂłn que ocupa Ella, acunando a JesĂșs para dormirle. En la estancia estaba el telar de MarĂ­a y unas labores de costura. ParecĂ­a que MarĂ­a hubiera dejado el trabajo para darle la leche al Niño, cambiarle los fajos, mejor, la ropa, porque era ya un niño de algunos meses, yo dirĂ­a que seis u ocho al mĂĄximo; y parecĂ­a que tuviera intenciĂłn de seguir trabajando una vez que el Niño se hubiera dormido.

CaĂ­a la tarde. El ocaso, ya casi cumplido, habĂ­a sembrado el cielo sereno de vedijas de oro. HabĂ­a rebaños que, paciendo las Ășltimas hierbas de un prado florido, regresaban al aprisco, y balaban alzando el morrito.

El Niño tenía dificultad en dormirse; parecía un poco inquieto, como si estuviera incómodo por los dientes o por otra de esas cositas que dan molestias a los niños pequeños.

33.2 EscribĂ­, como pude, el canto, en la penumbra de esa hora del amanecer, sobre un pedazo de papel. Ahora lo transcribo aquĂ­.

«Nubecitas todas de oro — cuales greyes del Señor.

En el prado florecido — un rebaño mira allĂĄ.

Aun teniendo los rebaños — todos los que hay sobre la tierra

tĂș serĂ­as el corderito — que siempre querrĂ­a mĂĄs...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores mĂĄs...

Mil estrellas relucientes — contemplando desde el cielo.

Esas tus pupilas dulces — no las hagas más llorar.

Y tus ojos de zafiro — astros de mi pecho son.

¡Y tu llanto es mi dolor! — ¡Oh, no, no, no llores más!...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores mĂĄs...

Ángeles resplandecientes — todos los del Paraíso

cual corona en torno a ti — por ver tu rostro, sonrientes.

Y tĂș lloras, inocente — porque quieres a tu lado

que te arrulle tu Mamá — Nana, nana, nana, na...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores mĂĄs...

Pintará el cielo de rosa — la alborada que retorna

y MamĂĄ aĂșn no reposa — porque tĂș no llores mĂĄs.

Dirás “¡Mamá!” en despertando — “¡Hijo!” Ella te dirá;

beso, amor y vida juntos — con la leche te dará...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores mĂĄs...

ÂżCĂłmo estar sin tu MamĂĄ? — aunque soñaras el Cielo.

¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! Bajo este velo — que dormir Ella te hará.

Y mi pecho por almohada — y mis brazos como cuna.

¡Y no temas cosa alguna — que contigo estoy aquí!...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores mĂĄs...

Yo contigo estarĂ© siempre — vida de mi corazĂłn...

Ya duerme... Como una flor — reclinada sobre el pecho...

Ya duerme... ¡Chist! ¡despacio! — Quizás ve a su Padre Santo...

Su visiĂłn enjuga el llanto — de mi JesĂșs dulce amado...

Duerme ya, ya duerme, duerme

y su llanto enjugado estå...».

33.3 Describir la gracia de la escena es imposible. Se trata sólo de una madre acunando a un pequeñuelo; ¥pero son esa Madre y ese Pequeñuelo! Por tanto, puede hacerse una idea de qué gracia, qué amor, qué pureza, qué Cielo hay en esta pequeña, grande, delicada escena que me regocija con su recuerdo, del cual, como confirmación, queda la melodía que repito para mis adentros, para podérsela cantar a usted; aunque yo no tengo la voz de plata purísima de María, la voz virginal de la Virgen... y pareceré un organillo que pierde aire. No importa, haré lo que pueda. ¥Qué hermosa pastoral para cantarla alrededor de la Cuna de Navidad!

La Madre, primero, estaba meciendo suavemente la cuna de madera; mas luego, viendo que JesĂșs todavĂ­a rebullĂ­a, se lo ha puesto junto a su cuello, sentada cerca de la ventana abierta — al lado, la cunita — y, con un vaivĂ©n ligero al ritmo de la melodĂ­a, ha repetido dos veces la nana, hasta que el pequeño JesĂșs ha cerrado sus ojitos, ha vuelto la cabecita apoyĂĄndola sobre el pecho materno y se ha dormido asĂ­, con la carita aplastada contra el calorcito de ese pecho, con una manita apoyada sobre un seno de su MamĂĄ junto a su carrillito rosado, y la otra cayendo sobre el regazo materno. El velo de MarĂ­a daba sombra a la Criaturita santa.

Luego MarĂ­a se levantĂł con infinito cuidado y puso a su JesĂșs en la cunita, le tapĂł con las sĂĄbanas, extendiĂł un velo para protegerle de las moscas y del aire, y se quedĂł contemplando a su Tesoro durmiente. TenĂ­a una mano en el corazĂłn; la otra, apoyada todavĂ­a en la cuna, preparada para mecerla si hubiera habido posibilidad de que se hubiera vuelto a despertar; y sonreĂ­a, dichosa, un poco inclinada hacia la cuna, mientras las sombras y el silencio descendĂ­an sobre la tierra e invadĂ­an la habitaciĂłn virginal.

¥Qué paz! ¥Qué belleza! ¥Y yo me siento dichosa!

33.4 No es una visiĂłn grandiosa. QuizĂĄs, en el conjunto general de las otras, serĂĄ considerada inĂștil, porque no revela nada de especial. Lo sĂ©. Pero para mĂ­ es una autĂ©ntica gracia, y tal la considero porque hace apacible a mi espĂ­ritu; le hace puro, amoroso, como si le hubieran recreado las manos de nuestra Madre. Creo que en este sentido tambiĂ©n le gustarĂĄ a usted. Somos “niños”... ÂĄMejor asĂ­! Somos gratos a JesĂșs. Que la gente, las personas doctas y complicadas, piensen lo que quieran; que nos llamen incluso “pueriles”. Nosotros no pensamos en eso, Âżverdad?

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ECR 34

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo : La AdoraciĂłn de los Magos. Se trata del "Evangelio de la fe".

Fecha de la visiĂłn: lunes 28 de febrero de 1944.

Calendario: octubre del año 4 a.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs

Resumen: María ve Belén en plena noche. La ciudad duerme. Entonces ve la estrella que guía a los Reyes Magos, que brilla con una intensidad sobrenatural. La estrella se detuvo frente a la posada donde se alojaba la Sagrada Familia. Los magos se detuvieron con sus criados y adoraron por primera vez al Salvador, inclinåndose hasta el suelo. Luego se retiraron hasta la mañana siguiente. Para María, la visión se detiene y vuelve a comenzar tres horas mås tarde.

Los Magos se habĂ­an preparado y vestĂ­an ropas majestuosas. VenĂ­an a saludar respetuosamente al Niño. Aprovechan la ocasiĂłn para hablar a su Madre de su viaje y le ofrecen tres regalos: oro, como corresponde a un Rey, incienso en su calidad de Dios, y mirra porque su Hijo, el Redentor del mundo, tendrĂ­a que morir. MarĂ­a palideciĂł ante esta menciĂłn, pero contuvo su sufrimiento tras una sonrisa. Los tres Magos quisieron saludar por Ășltima vez al Niño y se marcharon. JosĂ© les acompaña hasta sus caballos.

A continuaciĂłn, JesĂșs da un dictado para nuestro tiempo. Subraya la fe de los tres hombres, su abandono en Dios, porque no tienen dudas y le confĂ­an su viaje, sin divagar. Sus corazones sĂłlo temblaron cuando llegaron a JerusalĂ©n y la estrella se ocultĂł, pero su conciencia les tranquilizĂł. Cristo declara asĂ­ que los que estĂĄn acostumbrados a meditar y tienen una conciencia recta han aprendido a examinarse, para rectificarse al menor desliz de conducta.

Los Magos son también muy ricos, pero son humildes y, por tanto, verdaderamente grandes por su humildad. Se ven a sí mismos como polvo ante el Altísimo, y cuando llegan a una casa pobre, no se dicen: "¥Es imposible! La adoran y luego se marchan, preparåndose para ir a ver dignamente a su Rey. Por eso se ponen sus mejores vestidos, a diferencia de los hombres que van a la Eucaristía con mil preocupaciones materiales.

Por Ășltimo, JesĂșs hace dos consideraciones. La primera se refiere a JosĂ©, que estĂĄ encantado con los regalos, pero sigue siendo humilde. No se ofende porque MarĂ­a sea el centro de atenciĂłn. TambiĂ©n Ă©l era humilde porque era verdaderamente grande. La segunda se centra en MarĂ­a, que insta a JesĂșs a bendecir, incluso cuando se siente desanimado por nuestras malas acciones. Le besa la mano traspasada y le dice: "TĂș eres el Salvador. ÂĄSalva! JesĂșs no puede rechazar a su Madre, pero nosotros debemos hacer el esfuerzo de acudir a ella.

Contenido del capĂ­tulo: 34.1: Los Evangelios de la fe. 34.2: El plano de la ciudad de BelĂ©n. 34.3: Una estrella crea allĂ­ un encantamiento. 34.4 : Los Magos se detienen allĂ­ de noche. 34.5 : A plena luz del dĂ­a, llevan sus regalos. 34.6: Se arrodillan ante el Niño. 34.7: El mayor cuenta la historia de su viaje. 34.8: El significado del oro, el incienso y la mirra. 34.9: Se van de casa con pesar. 34.10 : Los Magos tenĂ­an fe en todo. 34.11 : No buscaban ningĂșn interĂ©s personal. 34.12 : La rectitud de su conciencia. 34.13 : Su humildad ante Dios. 34.14 : Su piedad. 34.15 : Son humildes, generosos, obedientes y respetuosos unos con otros. 34.16 : JosĂ© guardiĂĄn y protector de la Pureza y la Santidad, sin usurpar derechos. 34.17 : MarĂ­a es nuestra Abogada. 34.18 : Medita e imita.

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ECR 34.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El efluvio de resplandor se hace mås vivo. La estrella se detiene encima de la casita que estå situada en el lado mås corto de la plazuela. Ni los que en aquélla habitan ni los betlemitas la ven, pues estån durmiendo en sus casas cerradas. Pero la estrella acelera sus latidos de luz; su cola vibra y ondula mås intensamente trazando casi semicírculos en el cielo, que se ilumina todo por la red de astros que la estrella arrastra, por esta red llena de joyas resplandecientes que tiñen de los mås hermosos colores a las otras estrellas, casi como si les transmitieran una palabra de alegría.

La casita ahora estĂĄ toda bañada de este fuego lĂ­quido de gemas. El techo de la breve terraza, la escalerita de piedra oscura, la pequeña puerta... todo es como un bloque de pura plata sembrado todo de polvo de diamantes y perlas. NingĂșn palacio de la Tierra ha tenido jamĂĄs, ni la tendrĂĄ, una escalera como Ă©sta, hecha para recibir el paso de los ĂĄngeles, para ser usada por la Madre que es Madre de Dios; sus pequeños pies de Virgen Inmaculada pueden apoyarse sobre ese cĂĄndido esplendor, esos sus pequeños pies destinados a descansar sobre los escalones del trono de Dios. Y, sin embargo, la Virgen estĂĄ ajena de ello; Ella vela orante junto a la cuna de su Hijo. En su alma tiene resplandores que superan a Ă©stos con que la estrella embellece las cosas.

Detalle

La estrella guió a los Magos hasta la Sagrada Familia. Se detuvo ante la posada donde se alojaban la Madre de Dios y su Hijo. La luz de la estrella es muy intensa. María escribió que "su globo se asemeja a un enorme zafiro, iluminado desde dentro por un sol; de él emerge una estela luminosa en la que predomina un azul celeste, pero en la que se mezclan el rubio de los topacios, el verde de las esmeraldas, el brillo tornasolado de los ópalos, la claridad sanguínea de los rubíes y el suave centelleo de las amatistas. Todas las piedras preciosas de la tierra se encuentran en esta estela que recorre el cielo con un movimiento råpido y ondulante, como si estuviera viva. Pero el color predominante que parece llover del globo de la estrella es el tono celeste del zafiro claro que tiñe de azul plateado las casas, las calles y el suelo de Belén, la cuna del Salvador. "

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ECR 34.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

34.6 María estå sentada con José, en pie, a su lado. Tiene al Niño en su regazo. No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia. Estå toda vestida de blanco. ¥Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas; qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo mås vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente, con esa su boca que se abre para saludar diciendo: «Dios sea con vosotros»! Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante. Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies. Y le ruegan que se siente.

Ellos no, no se sientan, a pesar de los ruegos de Ella; permanecen de rodillas, relajados sobre los talones. Detrås, también de rodillas, los tres pajes; se han detenido apenas traspasado el umbral de la puerta, han depositado delante de ellos los tres objetos que llevaban y estån esperando.

Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año, pues su aspecto es muy vivaz y pujante; estĂĄ sentado sobre el regazo de su MamĂĄ, y sonrĂ­e y balbucea con una vocecita de pajarillo. EstĂĄ vestido todo de blanco como su MamĂĄ; en sus diminutos piececitos, unas pequeñas sandalias. Es un vestidito muy sencillo: una tuniquita de la que sobresalen los bonitos piececitos inquietos y las manitas gorditas que querrĂ­an agarrar todas las cosas, y, sobre todo, la lindĂ­sima carita en que brillan los ojos azul oscuros y la boca hace hoyitos a los lados riendo y descubriendo los primeros dientecitos diminutos. Los ricitos de JesĂșs son tan lĂșcidos y vaporosos, que parecen polvo de oro.

Detalle

Los Reyes Magos se reĂșnen con MarĂ­a, JosĂ© y JesĂșs.

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ECR 34.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

34.7 El más anciano de los Sabios toma la palabra en nombre de los tres, para explicarle a María que durante una noche del pasado diciembre vieron encenderse una nueva estrella en el cielo, de inusitado esplendor. Jamás las cartas del cielo habían registrado ese astro, jamás lo habían mencionado. No se conocía su nombre, porque no lo tenía. Nacida, entonces, del seno de Dios, esa estrella había brillado para manifestar a los hombres una bendita verdad, un secreto de Dios. Pero los hombres no le habían prestado atención, porque tenían hundida el alma en el fango; no alzaban la mirada hacia Dios y no sabían leer las palabras que Él escribe — alabado sea eternamente por ello — con astros de fuego en la bóveda del cielo.

Ellos la habĂ­an visto y se habĂ­an esforzado por entender su voz. Y, perdiendo contentos el poco sueño que concedĂ­an a sus miembros, y aun olvidĂĄndose del alimento, se habĂ­an sumido en el estudio del zodiaco; las conjunciones de los astros, el tiempo, la estaciĂłn, el cĂĄlculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronĂłmicas les habĂ­an dicho el nombre y el secreto de la estrella. Su nombre: “MesĂ­as”; su secreto: “ser el MesĂ­as venido al mundo”. Y se habĂ­an puesto en camino para adorarle. Cada uno de ellos sin que los otros lo supieran. Por montes y desiertos, por valles y rĂ­os, viajando incluso durante la noche, habĂ­an venido hacia Palestina, porque la estrella se movĂ­a en esa direcciĂłn. Para cada uno de ellos, desde tres puntos distintos de la tierra, se movĂ­a en esa direcciĂłn. Se habĂ­an encontrado despuĂ©s del Mar Muerto. La voluntad de Dios los habĂ­a reunido allĂ­, y juntos habĂ­an continuado, comprendiĂ©ndose a pesar de que cada uno hablaba su propia lengua, y comprendiendo y pudiendo hablar la lengua del paĂ­s por un milagro del Eterno.

Juntos se habían dirigido a Jerusalén, dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos; pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón, y se habían examinado para saber si quizås se hubieran hecho indignos de Dios. Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron adonde el rey Herodes para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los judíos que ellos habían venido a adorar. El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas, había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías, a lo que éstos habían respondido: «En Belén de Judå».

Y habían venido hacia Belén. La estrella, dejada ya la Ciudad santa, había aparecido de nuevo ante sus ojos, y, de noche, el día anterior había aumentado sus resplandores: el cielo todo era un fuego; luego se había parado sobre esta casa, reuniendo toda la luz de las otras estrellas en su haz luminoso. Así, habían comprendido que ahí estaba el Nacido divino. Y ahora le estaban adorando, ofreciendo sus pobres presentes y, sobre todo, su propio corazón, el cual jamås cesaría de bendecir a Dios por la gracia concedida y de amar a su Hijo, cuya santa Humanidad estaban viendo. Luego volverían a informar al rey Herodes, pues también él deseaba adorarle.

34.8 «Este es el oro que a todo rey corresponde poseer; esto, el incienso, como corresponde a Dios; y esto, ÂĄoh Madre!, esto es la mirra, porque tu Hijo es, ademĂĄs de Dios, Hombre, y habrĂĄ de conocer, de la carne y de la vida humana, la amargura y la inevitable ley de la muerte. Nuestro amor quisiera no pronunciar estas palabras y concebirle eterno tambiĂ©n en la carne como eterno es su EspĂ­ritu. Pero, ÂĄoh Mujer!, si nuestros mapas, y, sobre todo, nuestras almas, no yerran, Él es, este Hijo tuyo, el Salvador, el Cristo de Dios, y, por tanto, deberĂĄ, para salvar a la Tierra, cargar sobre sĂ­ mismo el peso del mal de la Tierra, uno de cuyos castigos es la muerte. Esta resina es para esa hora, para que la carne santa no conozca la podredumbre de la corrupciĂłn y conserve la integridad hasta su resurrecciĂłn. ÂĄY que por este presente nuestro Él se acuerde de nosotros y salve a sus siervos dĂĄndoles su Reino!». De momento — añade — Ella, la Madre, para ser santificados por Él, dĂ© a su Niño «a nuestro amor, para que, besando sus pies, descienda sobre nosotros la bendiciĂłn celeste».

MarĂ­a, que ha superado la turbaciĂłn suscitada por las palabras del Sabio y ha celado la tristeza de la fĂșnebre evocaciĂłn bajo una sonrisa, ofrece al Niño. Lo deposita en los brazos del mĂĄs anciano, que le besa — y JesĂșs le acaricia — y luego le pasa a los otros dos.

JesĂșs sonrĂ­e y juguetea con las cadenitas y las cintas de los indumentos de los tres, y mira con curiosidad el cofre abierto, lleno de una cosa amarilla que brilla, y rĂ­e al ver que el sol hace un arco iris al herir el brillante de la tapa de la mirra.

Detalle

Resumen: Los Magos relatan su viaje.

Mateo 2:1-12:
JesĂșs naciĂł en BelĂ©n de Judea, en tiempos del rey Herodes el Grande. Unos magos de Oriente llegaron a JerusalĂ©n y preguntaron: "ÂżDĂłnde estĂĄ el reciĂ©n nacido Rey de los judĂ­os? Vimos su estrella en Oriente y vinimos a adorarle.

Al oĂ­r esto, el rey Herodes se escandalizĂł, y toda JerusalĂ©n con Ă©l. ConvocĂł a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo y les preguntĂł dĂłnde habĂ­a de nacer Cristo. Ellos le respondieron: "En BelĂ©n de Judea, porque asĂ­ lo ha escrito el profeta: 'Y tĂș, BelĂ©n, tierra de JudĂĄ, no eres ciertamente la Ășltima de las principales ciudades de JudĂĄ, porque de ti saldrĂĄ un gobernante que serĂĄ el pastor de mi pueblo Israel. Entonces Herodes convocĂł en secreto a los magos para decirles cuĂĄndo habĂ­a aparecido la estrella; luego los enviĂł a BelĂ©n, diciĂ©ndoles: "Id y averiguad todo lo que podĂĄis acerca del niño. Y cuando lo hayĂĄis encontrado, venid a decĂ­rmelo, para que yo tambiĂ©n vaya a adorarlo. Cuando oyeron lo que el rey habĂ­a dicho, se pusieron en camino.

Y he aquí que la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos hasta posarse sobre el lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella, se regocijaron con gran alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, postråndose a sus pies, lo adoraron. Abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos de oro, incienso y mirra. Pero, advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, regresaron a su país por otro camino.

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