Dice JesĂșs:
«De la descripción que has hecho, brotan para todos dos enseñanzas.
Primera: no se manifiesta la verdad a aquel sacerdote que, aun estando inmerso en los ritos, tiene su espĂritu ausente; antes bien, se revela a un simple fiel.
El sacerdote â siempre en contacto con la Divinidad, orientado al cuidado de cuanto concierne a Dios, dedicado a todo aquello que es superior a la carne â habrĂa debido intuir en seguida quiĂ©n era el Niño que ofrecĂan al Templo esa mañana. Mas, para poder intuir, necesitaba tener un espĂritu vivo, y no solamente una vestidura externa de un espĂritu que, si no estaba muerto, sĂ al menos muy soñoliento.
El EspĂritu de Dios puede, si quiere, tronar como un rayo y sacudir como un terremoto al espĂritu mĂĄs cerrado; puede hacerlo. Pero, generalmente â porque es EspĂritu de orden como es Orden Dios en cada una de sus Personas y en su modo de actuar â, se efunde y habla, no digo donde existe mĂ©rito suficiente para recibir su manifestaciĂłn â en ese caso, muy pocas veces se manifestarĂa, y tĂș no conocerĂas tampoco sus luces â, sino en donde ve la âbuena voluntadâ de merecer su manifestaciĂłn.
ÂżCĂłmo se hace notoria esta buena voluntad? Con una vida hecha toda de Dios hasta donde os es posible. En la fe, en la obediencia, en la pureza, en la caridad, en la generosidad, en la oraciĂłn. No en las prĂĄcticas. En la oraciĂłn. Hay menos diferencia entre la noche y el dĂa que entre las prĂĄcticas y la oraciĂłn. Ăsta es comuniĂłn de espĂritu con Dios, de la cual salĂs con vigor nuevo y decididos a ser cada vez mĂĄs de Dios. AquĂ©llas son una costumbre cualquiera, con objetivos diversos pero siempre egoĂstas, y que os deja como erais; es mĂĄs, os agrava con culpa de embuste o de desidia.
32.8 SimeĂłn tenĂa esta buena voluntad. La vida no le habĂa escatimado ni trabajos ni pruebas. Pero Ă©l no habĂa perdido su buena voluntad. Los años y las vicisitudes no habĂan mellado, ni removido, su fe en el Señor, en sus promesas, como tampoco habĂan cansado su buena voluntad de ser cada vez mĂĄs digno de Dios. Y Dios, antes de que los ojos de su siervo fiel se cerrasen a la luz del Sol â en espera de volver a abrirse al Sol de Dios rutilante desde los Cielos, abiertos a mi ascensiĂłn despuĂ©s del Martirio â le mandĂł el rayo de luz del EspĂritu para que le guiara al Templo y ver asĂ la Luz que habĂa venido al mundo.
âMovido por el EspĂritu Santoâ dice el Evangelio. ÂĄOh! ÂĄsi los hombres supieran quĂ© perfecto Amigo es el EspĂritu Santo; quĂ© GuĂa, quĂ© Maestro! ÂĄOh, si amaran los hombres, e invocaran, a este Amor de la SantĂsima Trinidad, a esta Luz de la Luz, a este Fuego del Fuego, a esta Inteligencia, a esta SabidurĂa! ÂĄCuĂĄnto mĂĄs sabrĂan de aquello que es necesario saber!
Mira, MarĂa; mirad, hijos. SimeĂłn esperĂł durante toda una larga vida âver la Luzâ; saber que se habĂa cumplido la promesa de Dios. Pero no dudĂł nunca. Nunca se dijo a sĂ mismo: âEs inĂștil que persevere en esperar y en orarâ. PerseverĂł. Y obtuvo âverâ lo que no vieron ni el sacerdote ni los miembros del SanedrĂn, que estaban llenos de soberbia y completamente ofuscados: al Hijo de Dios, al MesĂas, al Salvador en esa carne infantil que le daba calor y sonrisas. RecibiĂł, a travĂ©s de mis labios de Niño, la sonrisa de Dios, como primer premio por su vida honrada y pĂa.
32.9 Segunda lecciĂłn: las palabras de Ana. Ella, profetisa, tambiĂ©n ve en mĂ, reciĂ©n nacido, al MesĂas. Esto, dada su capacidad de profecĂa, serĂa natural; pero, escucha, escuchad lo que, impulsada por la fe y la caridad, dice a mi Madre... e iluminad con ello vuestro espĂritu, ese espĂritu vuestro que tiembla en este tiempo de tinieblas y en esta Fiesta de la Luz. Dice: âA Aquel que ha otorgado un Salvador no le faltarĂĄ el poder de enviar a su ĂĄngel para confortar tu llanto, el vuestroâ.
Considerad que Dios se ha dado para cancelar la obra de SatanĂĄs en los espĂritus. ÂżNo va a poder derrotar ahora a los diablos que os torturan? ÂżNo va a poder enjugar vuestro llanto, dispersando a estos diablos y volviendo a enviar de nuevo la paz de su Cristo? ÂżPor quĂ© no se lo pedĂs con fe? Pero con fe verdadera, impetuosa, una fe ante la cual el rigor de Dios â indignado por tantas culpas vuestras â caiga con una sonrisa, y llegue el perdĂłn, que es ayuda, y venga su bendiciĂłn, como arco iris, a esta tierra que se hunde en un diluvio de sangre querido por vosotros mismos.
Considerad que el Padre, despuĂ©s de haber castigado a los hombres con el diluvio, se dijo a sĂ mismo y dijo a su Patriarca: âNo volverĂ© a maldecir la tierra a causa de los hombres, porque los sentidos y los pensamientos del corazĂłn humano estĂĄn inclinados al mal ya desde la adolescencia; por tanto no volverĂ© a castigar a todo ser vivo, como he hechoâ. Y se ha mostrado fiel a su palabra; no ha vuelto a mandar el diluvio. Sin embargo, vosotros ÂżcuĂĄntas veces os habĂ©is dicho, y habĂ©is dicho a Dios: âSi nos salvamos esta vez, si nos salvas, no volveremos jamĂĄs a hacer guerras, nunca jamĂĄsâ, para hacerlas luego y cada vez mĂĄs tremendas? ÂżCuĂĄntas veces, ÂĄoh falsos!, y sin respeto hacia el Señor y hacia vuestra palabra? Y, no obstante, Dios os ayudarĂa una vez mĂĄs si la gran masa de los fieles le llamase con fe y amor impetuoso.
ÂĄOh, vosotros â demasiado pocos para contrapesar a los muchos que mantienen vivo el rigor de Dios â vosotros, los que, a pesar del tremendo presente amenazador, que crece por momentos, permanecĂ©is de todas formas devotos a Ăl, depositad vuestras fatigas a los pies de Dios! Ăl sabrĂĄ enviaros a su ĂĄngel, como enviĂł al Salvador al mundo. No temĂĄis. Estad unidos a la Cruz, que siempre ha vencido las insidias del demonio, el cual viene, con la crueldad de los hombres y con las tristezas de la vida, a tratar de reducir a la desesperaciĂłn â o sea, a que queden separados de Dios â a los corazones a los que no puede atrapar de otra manera».