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ECR 32

El Evangelio como me ha sido revelado

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TĂ­tulo del capĂ­tulo : PresentaciĂłn de JesĂșs en el Templo. La virtud de SimeĂłn y la profecĂ­a de Ana.

Fecha de la visiĂłn y del dictado: Martes 1 de febrero de 1944

Calendario: lunes 20 de enero 4 d.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs

Resumen: MarĂ­a y JosĂ© dejan BelĂ©n para ir a JerusalĂ©n. Van a presentar a JesĂșs en el Templo. La ceremonia transcurre sin contratiempos. Cuando termina el rito, se encuentran con SimeĂłn, que pide llevarse al niño. Los padres aceptan la peticiĂłn del anciano, que llora de alegrĂ­a y pronuncia las palabras que conocemos por el Evangelio. Al oĂ­r las palabras sobre su futuro dolor, MarĂ­a dejĂł de sonreĂ­r y estrechĂł al Niño contra su corazĂłn, mientras se acercaba a JosĂ©. Ana de Fanuel vino a consolarla.

JesĂșs dio entonces un dictado y dos enseñanzas. La primera es que la verdad no se revela al sacerdote que celebra el rito, que estĂĄ espiritualmente ausente. La verdad se revela a SimeĂłn, que es un simple fiel, pero que se ha dejado mover por el EspĂ­ritu, teniendo siempre buena voluntad en su interior. La segunda enseñanza se refiere a Ana de Fanuel, que consuela a MarĂ­a. Se dirige a los contemporĂĄneos de MarĂ­a y a nuestro tiempo, para decir que el Señor tambiĂ©n puede enviar a su ĂĄngel para consolar a su pueblo. Basta con tener la fe suficiente para invocarle, para recibir su misericordia y su perdĂłn. El Salvador señala tambiĂ©n que Dios se mantuvo fiel a su promesa de no volver a enviar el Diluvio, mientras que el hombre no cumple sus promesas. Sin embargo, Dios volverĂ­a a ayudarnos si la mayorĂ­a de nosotros le invocĂĄramos con fe y amor.

Por Ășltimo, dice a los que intentan contrarrestar la severidad de Dios que no teman, pues el AltĂ­simo nos enviarĂĄ a su ĂĄngel para consolarnos. Debemos permanecer unidos a la Cruz, pues siempre ha triunfado.

Contenido del capítulo: 32.1: Por el campo. 32.2 : Y en la ciudad. 32.3: La purificación de la madre. 32.4: La presentación del niño. 32.5: Las profecías de Simeón. 32.6 : La profetisa Ana de Fanuel. 32.7 : La buena voluntad no se demuestra en las pråcticas externas, sino en la oración. 32.8 : Simeón tenía esta buena voluntad y perseverancia. 32.9 : Pon tu angustia a los pies de Dios.

Palabras clave

ECR 32.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Reconozco a esta Mamå nuestra. Es la misma de siempre: pålida y rubia, gråcil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pålido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

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DescripciĂłn fĂ­sica de MarĂ­a en la PresentaciĂłn en el Templo.

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ECR 32.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.1 Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas. Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco.

Reconozco a esta Mamå nuestra. Es la misma de siempre: pålida y rubia, gråcil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pålido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

Al pie de la escalera la estĂĄ aguardando JosĂ© al lado de un burrito pardo. JosĂ©, tanto por lo que se refiere a la tĂșnica como al manto, estĂĄ vestido todo de color marrĂłn claro. Mira a MarĂ­a y le sonrĂ­e. Cuando MarĂ­a llega hasta el burrito, JosĂ© se pasa las riendas del borriquillo al brazo izquierdo y para que MarĂ­a pueda sentarse mejor en la albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo. Luego le vuelve a dar a JesĂșs y se ponen en camino.

JosĂ© va andando al lado de MarĂ­a, sujetando siempre por las riendas al jumento y poniendo cuidado en que Ă©ste vaya derecho y sin tropiezos. MarĂ­a tiene a JesĂșs en el regazo, y, como si tuviera miedo a que cogiese frĂ­o, le extiende encima un borde de su manto. Los dos esposos hablan poquĂ­simo, pero se sonrĂ­en frecuentemente.

El camino, que no es ningĂșn modelo de vĂ­a, en una campiña desnuda por la estaciĂłn que corre, se articula en varias direcciones. AlgĂșn que otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros.

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ECR 32.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.2 Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad. Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. El camino es ahora mucho mås difícil, ya porque haya un tråfico que en todo momento hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño.

La calle no es horizontal; sube, aunque ligeramente; es estrecha, entre casas altas de puertecitas estrechas y bajas, de escasas ventanas que dan a la calle. Arriba el cielo se asoma en multitud de listas azules entre unas casas y otras, o mĂĄs exactamente entre unas terrazas y otras; abajo, en la calle, hay gente y rumor de voces, y se cruzan otras personas a pie o en burros, o llevando jumentos cargados, y otras que van detrĂĄs de una caravana de camellos que dificulta el paso. En un momento dado, pasa, con gran ruido de cascos y de armas, una patrulla de legionarios romanos, que desaparece tras un arco que estĂĄ a caballo de uno y otro lado de una vĂ­a muy estrecha y pedregosa.

José gira a la izquierda y toma una calle mås ancha y mås bonita. Al fondo de la misma veo el muro almenado que ya conozco.

MarĂ­a, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para otros burros, baja del suyo. Digo “paradero” porque es una especie de cabaña grande, o, mejor, de cobertizo, donde hay paja esparcida por el suelo y unos palos con unas argollas para atar a los cuadrĂșpedos.

José da algunas monedas a un hombre que ha venido. Con ellas se procura un poco de heno, luego saca un cubo de agua de un pozo tosco que hay en un ångulo y da las dos cosas al burrito. Después se llega de nuevo hasta donde María y ambos entran en el recinto del Templo.

32.3 Se dirigen, primero, hacia un pĂłrtico donde estĂĄn aquellos a quienes JesĂșs, pasado el tiempo, pegarĂĄ egregiamente con un azote, o sea, los vendedores de tĂłrtolas y corderos y los cambistas. JosĂ© compra dos pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que necesita.

JosĂ© y MarĂ­a se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho escalones — creo que tambiĂ©n las otras puertas; es como si el cubo del Templo estuviera elevado respecto al resto del suelo —. Ésta tiene un gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad (para que se haga usted una idea), pero mĂĄs vasto y ornado. En Ă©l, a la derecha y a la izquierda, hay como dos altares, dos volĂșmenes rectangulares cuya finalidad de momento no entiendo bien (parecen pilas, poco profundas: la parte interna es mĂĄs baja, en algunos centĂ­metros, respecto al borde externo).

Viene un sacerdote — no sĂ© si motu proprio o es que JosĂ© le ha llamado —. MarĂ­a ofrece los dos pobres pichones, y yo, que comprendo cuĂĄl serĂĄ su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo la decoraciĂłn de la recargadĂ­sima puerta, del techo y del atrio. Me parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a MarĂ­a con agua. Debe ser agua porque no veo manchas en su vestido. Luego MarĂ­a, que junto con los dos pichones habĂ­a dado un montoncillo de monedas al sacerdote — me habĂ­a olvidado de decirlo —, entra con JosĂ© en el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote.

Miro a todas partes. Es un lugar decoradĂ­simo. Cabezas de ĂĄngeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas, las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas alargadas, estrechas, naturalmente sin cristales, y abiertas en diagonal con respecto a la pared. Supongo que serĂĄ para impedir que entre el agua cuando llueve torrencialmente.

32.4 MarĂ­a se adentra hasta un determinado punto en que se detiene. Unos metros mĂĄs adelante hay otros escalones y encima hay otra especie de altar, tras el cual hay otra construcciĂłn.

Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que custodia el Tabernåculo. No sé si me he explicado bien; de todas formas, yo no soy ni arquitecta ni ingeniera.

MarĂ­a ofrece el Niño — que se ha despertado y dirige a su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de los niños de pocos dĂ­as — al sacerdote. Éste le toma y le eleva extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa especie de altar que estĂĄ encima de aquellos escalones. El rito ha quedado cumplido. La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se marcha.

Detalle

MarĂ­a y JosĂ© van a presentar a JesĂșs en el Templo.

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ECR 32.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.5 Algunos miran curiosos. Entre ellos se abre paso un viejecito que camina encorvado y renco apoyĂĄndose en un bastĂłn. Debe ser muy anciano — para mĂ­, sin duda, de mĂĄs de ochenta años —. Se acerca a MarĂ­a y le solicita por un momento al Pequeñuelo. MarĂ­a, sonriendo, se lo concede.

SimeĂłn — que yo siempre habĂ­a creĂ­do que pertenecĂ­a a la casta sacerdotal y que, sin embargo, a juzgar al menos por el vestido, es un simple fiel — le toma y le besa. JesĂșs le sonrĂ­e con ese gesto mimoso, incierto, de los lactantes. Parece que le observa curioso, porque el viejecillo llora y rĂ­e al mismo tiempo, y sus lĂĄgrimas crean todo un bordado de destellos que se insinĂșa entre las arrugas y que perla su larga barba blanca hacia la cual JesĂșs tiende sus manitas. Es JesĂșs, pero es un niñito pequeñín, y todo lo que se mueve delante de Él atrae su atenciĂłn, y se le antoja cogerlo para entender mejor lo que es. MarĂ­a y JosĂ© sonrĂ­en, como tambiĂ©n las otras personas que estĂĄn presentes, que celebran la hermosura del Pequeñuelo.

Oigo las palabras del santo anciano y veo la mirada de asombro de JosĂ©, la mirada emocionada de MarĂ­a, y las de la pequeña multitud (quiĂ©n se muestra asombrado y emocionado, quiĂ©n, al oĂ­r las palabras del anciano, rĂ­e irĂłnicamente). Entre Ă©stos hay algĂșn barbudo y pomposo miembro del SanedrĂ­n, y menean la cabeza mirando a SimeĂłn con irĂłnica piedad. Deben pensar que ha perdido la razĂłn por la edad.

32.6 La sonrisa de MarĂ­a se difumina en su avivada palidez cuando SimeĂłn le anuncia el dolor. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta palabra le traspasa el espĂ­ritu. Se acerca mĂĄs a JosĂ©, MarĂ­a, buscando consuelo; estrecha con pasiĂłn a su Niño contra su pecho, y bebe, como alma sedienta, las palabras de Ana, la cual, siendo mujer, siente compasiĂłn de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigarĂĄ con sobrenatural fuerza la hora del dolor. «Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no le faltarĂĄ el poder de otorgar el don de su ĂĄngel para confortar tu llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tĂș eres mucho mĂĄs que Judit y que Yael. Nuestro Dios te darĂĄ corazĂłn de oro purĂ­simo para aguantar el mar de dolor por el que serĂĄs la Mujer mĂĄs grande de la creaciĂłn, la Madre. Y tĂș, Niño, acuĂ©rdate de mĂ­ en la hora de tu misiĂłn».

Y aquĂ­ me cesa la visiĂłn.

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ECR 32.7-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dice JesĂșs:

«De la descripción que has hecho, brotan para todos dos enseñanzas.

Primera: no se manifiesta la verdad a aquel sacerdote que, aun estando inmerso en los ritos, tiene su espĂ­ritu ausente; antes bien, se revela a un simple fiel.

El sacerdote — siempre en contacto con la Divinidad, orientado al cuidado de cuanto concierne a Dios, dedicado a todo aquello que es superior a la carne — habrĂ­a debido intuir en seguida quiĂ©n era el Niño que ofrecĂ­an al Templo esa mañana. Mas, para poder intuir, necesitaba tener un espĂ­ritu vivo, y no solamente una vestidura externa de un espĂ­ritu que, si no estaba muerto, sĂ­ al menos muy soñoliento.

El EspĂ­ritu de Dios puede, si quiere, tronar como un rayo y sacudir como un terremoto al espĂ­ritu mĂĄs cerrado; puede hacerlo. Pero, generalmente — porque es EspĂ­ritu de orden como es Orden Dios en cada una de sus Personas y en su modo de actuar —, se efunde y habla, no digo donde existe mĂ©rito suficiente para recibir su manifestaciĂłn — en ese caso, muy pocas veces se manifestarĂ­a, y tĂș no conocerĂ­as tampoco sus luces —, sino en donde ve la “buena voluntad” de merecer su manifestaciĂłn.

ÂżCĂłmo se hace notoria esta buena voluntad? Con una vida hecha toda de Dios hasta donde os es posible. En la fe, en la obediencia, en la pureza, en la caridad, en la generosidad, en la oraciĂłn. No en las prĂĄcticas. En la oraciĂłn. Hay menos diferencia entre la noche y el dĂ­a que entre las prĂĄcticas y la oraciĂłn. Ésta es comuniĂłn de espĂ­ritu con Dios, de la cual salĂ­s con vigor nuevo y decididos a ser cada vez mĂĄs de Dios. AquĂ©llas son una costumbre cualquiera, con objetivos diversos pero siempre egoĂ­stas, y que os deja como erais; es mĂĄs, os agrava con culpa de embuste o de desidia.

32.8 SimeĂłn tenĂ­a esta buena voluntad. La vida no le habĂ­a escatimado ni trabajos ni pruebas. Pero Ă©l no habĂ­a perdido su buena voluntad. Los años y las vicisitudes no habĂ­an mellado, ni removido, su fe en el Señor, en sus promesas, como tampoco habĂ­an cansado su buena voluntad de ser cada vez mĂĄs digno de Dios. Y Dios, antes de que los ojos de su siervo fiel se cerrasen a la luz del Sol — en espera de volver a abrirse al Sol de Dios rutilante desde los Cielos, abiertos a mi ascensiĂłn despuĂ©s del Martirio — le mandĂł el rayo de luz del EspĂ­ritu para que le guiara al Templo y ver asĂ­ la Luz que habĂ­a venido al mundo.

“Movido por el EspĂ­ritu Santo” dice el Evangelio. ÂĄOh! ÂĄsi los hombres supieran quĂ© perfecto Amigo es el EspĂ­ritu Santo; quĂ© GuĂ­a, quĂ© Maestro! ÂĄOh, si amaran los hombres, e invocaran, a este Amor de la SantĂ­sima Trinidad, a esta Luz de la Luz, a este Fuego del Fuego, a esta Inteligencia, a esta SabidurĂ­a! ÂĄCuĂĄnto mĂĄs sabrĂ­an de aquello que es necesario saber!

Mira, MarĂ­a; mirad, hijos. SimeĂłn esperĂł durante toda una larga vida “ver la Luz”; saber que se habĂ­a cumplido la promesa de Dios. Pero no dudĂł nunca. Nunca se dijo a sĂ­ mismo: “Es inĂștil que persevere en esperar y en orar”. PerseverĂł. Y obtuvo “ver” lo que no vieron ni el sacerdote ni los miembros del SanedrĂ­n, que estaban llenos de soberbia y completamente ofuscados: al Hijo de Dios, al MesĂ­as, al Salvador en esa carne infantil que le daba calor y sonrisas. RecibiĂł, a travĂ©s de mis labios de Niño, la sonrisa de Dios, como primer premio por su vida honrada y pĂ­a.

32.9 Segunda lecciĂłn: las palabras de Ana. Ella, profetisa, tambiĂ©n ve en mĂ­, reciĂ©n nacido, al MesĂ­as. Esto, dada su capacidad de profecĂ­a, serĂ­a natural; pero, escucha, escuchad lo que, impulsada por la fe y la caridad, dice a mi Madre... e iluminad con ello vuestro espĂ­ritu, ese espĂ­ritu vuestro que tiembla en este tiempo de tinieblas y en esta Fiesta de la Luz. Dice: “A Aquel que ha otorgado un Salvador no le faltarĂĄ el poder de enviar a su ĂĄngel para confortar tu llanto, el vuestro”.

Considerad que Dios se ha dado para cancelar la obra de SatanĂĄs en los espĂ­ritus. ÂżNo va a poder derrotar ahora a los diablos que os torturan? ÂżNo va a poder enjugar vuestro llanto, dispersando a estos diablos y volviendo a enviar de nuevo la paz de su Cristo? ÂżPor quĂ© no se lo pedĂ­s con fe? Pero con fe verdadera, impetuosa, una fe ante la cual el rigor de Dios — indignado por tantas culpas vuestras — caiga con una sonrisa, y llegue el perdĂłn, que es ayuda, y venga su bendiciĂłn, como arco iris, a esta tierra que se hunde en un diluvio de sangre querido por vosotros mismos.

Considerad que el Padre, despuĂ©s de haber castigado a los hombres con el diluvio, se dijo a sĂ­ mismo y dijo a su Patriarca: “No volverĂ© a maldecir la tierra a causa de los hombres, porque los sentidos y los pensamientos del corazĂłn humano estĂĄn inclinados al mal ya desde la adolescencia; por tanto no volverĂ© a castigar a todo ser vivo, como he hecho”. Y se ha mostrado fiel a su palabra; no ha vuelto a mandar el diluvio. Sin embargo, vosotros ÂżcuĂĄntas veces os habĂ©is dicho, y habĂ©is dicho a Dios: “Si nos salvamos esta vez, si nos salvas, no volveremos jamĂĄs a hacer guerras, nunca jamĂĄs”, para hacerlas luego y cada vez mĂĄs tremendas? ÂżCuĂĄntas veces, ÂĄoh falsos!, y sin respeto hacia el Señor y hacia vuestra palabra? Y, no obstante, Dios os ayudarĂ­a una vez mĂĄs si la gran masa de los fieles le llamase con fe y amor impetuoso.

ÂĄOh, vosotros — demasiado pocos para contrapesar a los muchos que mantienen vivo el rigor de Dios — vosotros, los que, a pesar del tremendo presente amenazador, que crece por momentos, permanecĂ©is de todas formas devotos a Él, depositad vuestras fatigas a los pies de Dios! Él sabrĂĄ enviaros a su ĂĄngel, como enviĂł al Salvador al mundo. No temĂĄis. Estad unidos a la Cruz, que siempre ha vencido las insidias del demonio, el cual viene, con la crueldad de los hombres y con las tristezas de la vida, a tratar de reducir a la desesperaciĂłn — o sea, a que queden separados de Dios — a los corazones a los que no puede atrapar de otra manera».

Detalle

MarĂ­a acaba de ver la presentaciĂłn de JesĂșs en el Templo.

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ECR 32.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El EspĂ­ritu de Dios puede, si quiere, tronar como un rayo y sacudir como un terremoto al espĂ­ritu mĂĄs cerrado; puede hacerlo. Pero, generalmente — porque es EspĂ­ritu de orden como es Orden Dios en cada una de sus Personas y en su modo de actuar —, se efunde y habla, no digo donde existe mĂ©rito suficiente para recibir su manifestaciĂłn — en ese caso, muy pocas veces se manifestarĂ­a, y tĂș no conocerĂ­as tampoco sus luces —, sino en donde ve la “buena voluntad” de merecer su manifestaciĂłn.

Palabras clave

ECR 32.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La oraciĂłn "es comuniĂłn de espĂ­ritu con Dios, de la cual salĂ­s con vigor nuevo y decididos a ser cada vez mĂĄs de Dios".

Palabras clave

ECR 32.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

“Movido por el EspĂ­ritu Santo” dice el Evangelio. ÂĄOh! ÂĄsi los hombres supieran quĂ© perfecto Amigo es el EspĂ­ritu Santo; quĂ© GuĂ­a, quĂ© Maestro! ÂĄOh, si amaran los hombres, e invocaran, a este Amor de la SantĂ­sima Trinidad, a esta Luz de la Luz, a este Fuego del Fuego, a esta Inteligencia, a esta SabidurĂ­a! ÂĄCuĂĄnto mĂĄs sabrĂ­an de aquello que es necesario saber!

Palabras clave

ECR 32.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Considerad que Dios se ha dado para cancelar la obra de SatanĂĄs en los espĂ­ritus. ÂżNo va a poder derrotar ahora a los diablos que os torturan?

Palabras clave