34.10 Dice JesĂșs:
«¿Y ahora? ÂżQuĂ© deciros ahora, almas que sentĂs morir la fe? Estos Sabios de oriente no disponĂan de nada que los confirmara en la verdad; nada sobrenatural. SĂłlo tenĂan el cĂĄlculo astronĂłmico y la propia reflexiĂłn perfeccionada por una vida Ăntegra. Y, con todo, tuvieron fe. Fe en todo: fe en la ciencia, fe en la conciencia, fe en la bondad divina.
En la ciencia, en cuanto que creyeron en el signo de la estrella nueva, que no podĂa sino ser âĂ©saâ, la que la humanidad desde hacĂa siglos estaba esperando: el MesĂas. En la conciencia, en cuanto que tuvieron fe en la voz de la misma, la cual, recibiendo âvocesâ celestes, les decĂa: âEsa estrella es la que signa la venida del MesĂasâ. En la bondad, en cuanto que tuvieron fe en que Dios no los engañarĂa, y en que, dado que su intenciĂłn era recta, los ayudarĂa en todos los modos para alcanzar el objetivo.
Y lo lograron. SĂłlo ellos, entre tantos otros estudiosos de los signos, comprendieron ese signo, porque sĂłlo ellos tenĂan en el alma el ansia de conocer las palabras de Dios con un fin recto, cuyo principal pensamiento consistĂa en dar en seguida a Dios honor y gloria.
34.11 No buscaban el provecho personal. Antes bien, les esperaban dificultades y gastos, y no piden compensaciĂłn humana alguna. Piden solamente que Dios se acuerde de ellos y los salve para la eternidad.
De la misma forma que su pensamiento no estĂĄ puesto en ninguna compensaciĂłn humana posterior, tampoco tienen, cuando deciden el viaje, ninguna preocupaciĂłn humana. Vosotros habrĂais hecho mil cavilaciones: âÂżCĂłmo me las voy a arreglar para hacer un viaje tan largo por paĂses y entre gentes de lenguas distintas? ÂżMe van a creer, o, por el contrario, me encarcelarĂĄn por espĂa? ÂżQuĂ© ayuda me van a ofrecer cuando tenga que pasar desiertos, rĂos, montes? ÂżY el calor? ÂżY el viento de los altiplanos? ÂżY las fiebres pantanosas de las zonas palĂșdicas? ÂżY las riadas dilatadas por las lluvias? ÂżY las comidas distintas? ÂżY el lenguaje distinto? Y... y... yâ. AsĂ razonĂĄis vosotros. Ellos no razonan asĂ. Dicen, con sincera y santa audacia: âTĂș, ÂĄoh Dios!, lees nuestro corazĂłn y ves quĂ© fin perseguimos. Nos ponemos en tus manos. ConcĂ©denos la sobrehumana alegrĂa de adorar a tu Segunda Persona hecha Carne para la salud del mundoâ.
Ello es suficiente. Se ponen en camino desde las lejanas Indias. (JesĂșs me dice luego que con âIndiasâ quiere decir Asia meridional, donde ahora estĂĄn TurquestĂĄn, AfganistĂĄn y Persia). Se ponen en camino desde las cadenas montañosas mongĂłlicas, en cuyo espacio se mueven, libĂ©rrimos, sĂłlo ĂĄguilas y buitres, donde Dios habla con el fragor de los vientos y de los torrentes y escribe palabras de misterio en las inmensas pĂĄginas de los neveros. Se ponen en camino desde las tierras en que nace el Nilo, y discurre, vena verde-azul, hacia el corazĂłn azul del MediterrĂĄneo. Ni picos, ni zonas selvosas, ni arenas â ocĂ©anos secos y mĂĄs peligrosos que los marinos â detienen su paso. Y la estrella brilla sobre sus noches, negĂĄndoles el sueño. Cuando se busca a Dios, los hĂĄbitos animales deben ceder ante los anhelos impacientes y las necesidades suprahumanas.
Reciben la estrella desde septentriĂłn, desde oriente y desde meridiĂłn, y, por un milagro de Dios, avanza para los tres hacia un punto; como tambiĂ©n, por otro milagro, los reĂșne tras muchas millas en ese punto; y, por otro, les da, anticipando la sabidurĂa pentecostal, el don de entenderse y de hacerse entender como en el ParaĂso, donde se habla una sola lengua: la de Dios.
34.12 SĂłlo un momento de turbaciĂłn los sobrecoge: cuando la estrella desaparece. Ellos â humildes porque eran realmente grandes â no piensan que ello sea debido a la maldad de los demĂĄs â no habiendo merecido ver la estrella de Dios los hombres corrompidos de JerusalĂ©n â, sino que piensan que ellos son los que se han hecho indignos de Dios, y se examinan con temblor y con contricciĂłn ya preparada para pedir perdĂłn.
Mas su conciencia los tranquiliza. Habituadas sus almas a la meditaciĂłn, tenĂan una conciencia sensibilĂsima, afinada por una atenciĂłn constante, por una aguda introspecciĂłn, que habĂa hecho de su interior un espejo en que se reflejaban las mĂĄs ligeras sombras de los hechos cotidianos. HabĂan hecho de su conciencia una maestra, una voz que los advertĂa y les gritaba ante la mĂĄs pequeña, no digo falta, sino mirada a la falta, a lo que es humano, a la complacencia de lo que es yo. Y por eso, cuando se ponen frente a esta maestra, frente a este espejo severo y nĂtido, saben que no les mentirĂĄ. Los tranquiliza y recobran el vigor.
âÂĄOh, quĂ© dulce el sentir que en nosotros no hay nada que sea contrario a Dios; sentir que Ăl mira con complacencia al corazĂłn del hijo fiel y lo bendice! Este sentir produce aumento de fe y confianza, y esperanza y fortaleza y paciencia. Es momento de tempestad, mas Ă©sta pasarĂĄ, porque Dios me ama y sabe que le amo, y me seguirĂĄ ayudandoâ: esto dicen quienes poseen esa paz que procede de una conciencia recta, reina de todas sus acciones.
34.13 He dicho que eran âhumildes porque eran realmente grandesâ. ÂżEn vuestras vidas, sin embargo, quĂ© sucede? Que uno, no porque sea grande, sino por su mayor despotismo â y se hace poderoso por su despotismo y por vuestra necia idolatrĂa â, no es jamĂĄs humilde. Existen pobres desgraciados que, por el solo hecho de ser mayordomos de un dĂ©spota, conserjes en algĂșn organismo, funcionarios de un arrabal â a fin de cuentas al servicio de quien los ha hecho lo que son â se dan aires de semidioses. ÂĄBueno, pues dan pena!...
Ellos, los tres Sabios, eran realmente grandes, en primer lugar por virtudes sobrenaturales, en segundo lugar, por ciencia, y, por Ășltimo, por riqueza. Y no obstante se sienten nada: polvo sobre el polvo de la tierra, respecto al Dios altĂsimo, que crea los mundos con una sonrisa suya, y los esparce como granos de trigo para saciar los ojos de los ĂĄngeles con collares hechos de estrellas.
Se sienten nada respecto al Dios altĂsimo que ha creado el planeta en que viven, y que le ha hecho vario, colocando, cual Escultor infinito de obras inmensas, aquĂ, con un toque de su pulgar, una corona de suaves colinas, allĂĄ una cadena de cumbres y de picos semejante a vĂ©rtebras de la tierra; de este cuerpo desmesurado cuyas venas son los rĂos; pelvis, los lagos; corazones, los ocĂ©anos; vestiduras, los bosques; velos, las nubes; ornatos, los glaciares de cristal; gemas, las turquesas y las esmeraldas, los Ăłpalos y los berilos de todas las aguas que cantan, con las selvas y los vientos, el gran coro de alabanza a su Señor.
Se sienten nada en su sabidurĂa respecto al Dios altĂsimo de quien les viene y que les ha dado ojos mĂĄs potentes que esas dos pupilas por las que ven las cosas: ojos del alma que saben leer en las cosas esa palabra no escrita por mano humana, sino grabada por el pensamiento de Dios.
Se sienten nada en su riqueza: ĂĄtomo respecto a la riqueza del Posesor del universo, que disemina metales y gemas en los astros y planetas, y riquezas sobrenaturales, inagotables riquezas, en el corazĂłn de aquel que le ama.
34.14 Y, llegados ante una pobre casa de la mĂĄs mĂsera de las ciudades de JudĂĄ, no menean la cabeza diciendo: âImposibleâ, sino que se inclinan reverentes, se arrodillan, sobre todo con el corazĂłn, y adoran. AhĂ, detrĂĄs de esas paredes, estĂĄ Dios; ese Dios que siempre invocaron, sin atreverse, ni por asomo, a esperar que podrĂan verle. Le invocaron, mĂĄs bien, por el bien de toda la humanidad, por âsu propioâ bien eterno. ÂĄAh, sĂłlo esto soñaban para ellos: poder verle, conocer, poseerle en la vida que no conocerĂĄ ni alboradas ni ocasos!
Ăl estĂĄ ahĂ, tras esas pobres paredes. ÂżQuiĂ©n sabe si, quizĂĄs, su corazĂłn de Niño, que es el corazĂłn de un Dios, no siente estos tres corazones que vueltos hacia el polvo del camino tintinean: âSanto, Santo, Santo. Bendito el Señor, Dios nuestro. Gloria a Ăl en los Cielos altĂsimos, y paz a sus siervos. Gloria, gloria, gloria y bendiciĂłnâ? Ellos se lo preguntan con temblor de amor. Y, durante toda la noche y la mañana siguiente preparan, con la mĂĄs viva oraciĂłn, su espĂritu para la comuniĂłn con el Dios-Niño.
No se dirigen a este altar â regazo virginal sobre el que estĂĄ la Hostia divina â como hacĂ©is vosotros, o sea, con el alma llena de preocupaciones humanas. Se olvidan del sueño y de la comida, toman las vestiduras mĂĄs bellas â no por humana ostentaciĂłn, sino por honorar al Rey de los reyes â. En los palacios de los soberanos, los dignatarios entran con las vestiduras mĂĄs bellas; Âżno debĂan, acaso, ellos ir adonde este Rey con sus indumentos de fiesta? ÂżY quĂ© fiesta mayor que Ă©sta para ellos?
En sus lejanas patrias, muchas veces tuvieron que ataviarse elegantemente por otros hombres de su mismo rango; para festejarlos u honrarlos. Era justo, pues, humillar ante los pies del Rey supremo pĂșrpuras y joyas, sedas y plumas preciosas. Era justo poner a sus pies, ante sus delicados piececitos, las telas de la Tierra, las gemas de la Tierra, plumajes, metales de la Tierra, para que estas cosas de la Tierra â son obras suyas â adorasen tambiĂ©n a su Creador. Y se hubieran sentido felices si la Criaturita les hubiera ordenado que se extendieran en el suelo haciendo una alfombra viva para sus pasitos de Niño, y los hubiera pisado, Ăl, que habĂa dejado las estrellas por ellos, que sĂłlo eran polvo, polvo, polvo.
34.15 Eran humildes y generosos, y obedientes a las âvocesâ que venĂan de lo Alto. Tales âvocesâ ordenan llevar presentes al Rey reciĂ©n nacido. Y ellos llevan los presentes. No dicen: âEs rico y por tanto no lo necesita. Es Dios y por tanto no conocerĂĄ la muerteâ. Obedecen. Y son ellos los primeros en ayudar al Salvador en su pobreza. Y ÂĄquĂ© providente era ese oro para quien en un futuro prĂłximo serĂa un fugitivo!, ÂĄcuĂĄnto significado tenĂa esa resina para quien a no tardar serĂa matado!, ÂĄquĂ© pĂo ese incienso para quien habĂa de sentir el hedor de las lujurias humanas en ebulliciĂłn en torno a su pureza infinita!
Humildes, generosos, obedientes, respetuosos unos con otros. Las virtudes engendran siempre otras virtudes. De las virtudes orientadas a Dios proceden las virtudes orientadas al prĂłjimo. Respeto, que a fin de cuentas es caridad. Defieren al mĂĄs anciano hablar por los tres, y ser el primero en recibir el beso del Salvador y en llevarle de la mano. Los otros podrĂĄn volverle a ver, pero Ă©l no. Es viejo. Cercano estĂĄ ya su dĂa de regreso a Dios. A este Cristo le verĂĄ, tras su espantosa muerte, y le seguirĂ por la estela de los salvados en el regreso al Cielo, mas no le volverĂĄ a ver en esta Tierra. QuĂ©dele, pues, como viĂĄtico, el calorcito de esta diminuta mano que se abandona en la suya ya rugosa.
Y los demĂĄs no tuvieron ninguna envidia del sabio anciano; antes bien, aumentĂł su veneraciĂłn por Ă©l: en efecto, habĂa merecido mĂĄs que ellos y durante mĂĄs tiempo. El Dios-Infante esto lo sabĂa. La Palabra del Padre todavĂa no hablaba, pero su acto era ya palabra. ÂĄBendita sea esta palabra suya, inocente, que designa a Ă©ste como su predilecto!
34.16 Mas hay, todavĂa, hijos, otras dos enseñanzas en esta visiĂłn.
CĂłmo JosĂ© sabe estar dignamente en âsuâ puesto. EstĂĄ presente como custodio y tutor de la Pureza y de la Santidad, pero sin usurpar sus derechos. MarĂa, con su JesĂșs, es quien recibe dones y palabras; JosĂ© exulta por Ella y no se siente herido de ser una figura secundaria. JosĂ© es un justo, es el Justo, y es justo siempre, y en este momento tambiĂ©n lo es. No se embriaga con los vapores de la fiesta. Permanece humilde, justo.
Se alegra de esos regalos. No por Ă©l mismo, sino pensando que con ellos va a poder hacerles mĂĄs cĂłmoda la vida a su Esposa y a su dulce Niño. En JosĂ© no hay avaricia. Es un trabajador y va a seguir trabajando; pero otra cosa es que âEllosâ, sus dos amores, puedan vivir con desahogo y comodidad. Ni Ă©l ni los Magos saben que esos regalos van a ser Ăștiles para una fuga, para una vida en el exilio (en las que los haberes se disipan como una nube bajo la acciĂłn del viento), y para regresar a la patria, tras haber perdido todo: clientes, mobiliario, enseres; sĂłlo con las paredes de la casa, que Dios la protegerĂa porque en ese lugar Ăl se habĂa unido a la Virgen y se habĂa hecho Carne.
JosĂ© es humilde â Ă©l, que es custodio de Dios y de la Madre de Dios y Esposa del AltĂsimo â hasta el punto de sujetar el estribo a estos vasallos de Dios. Es un pobre carpintero, debido a que el despotismo humano ha despojado a los herederos de David de sus regios haberes, pero sigue siendo de estirpe real y posee rasgos de rey. De Ă©l hay que decir tambiĂ©n: âEra humilde porque era realmente grandeâ.
34.17 Ăltima, delicada, indicativa enseñanza.
Es MarĂa quien toma la mano de JesĂșs, que todavĂa no sabe bendecir, y la guĂa en el gesto santo.
Es siempre MarĂa la que toma la mano de JesĂșs y la guĂa. Y ahora sucede lo mismo. Ahora JesĂșs sabe bendecir, pero a veces su mano traspasada cae cansada y desesperanzada porque sabe que es inĂștil bendecir. Vosotros destruĂs mi bendiciĂłn. Cae tambiĂ©n indignada, porque vosotros me maldecĂs. Y entonces es MarĂa la que retira el desdĂ©n de esta mano besĂĄndola. ÂĄOh, el beso de mi Madre! ÂżQuiĂ©n podrĂa resistir a ese beso? Luego toma con sus finos dedos â finos, pero ÂĄcuĂĄn amorosamente imperiosos! â mi muñeca, y me fuerza a bendecir.
No puedo decir que no a mi Madre. Pero tenĂ©is que ir a Ella para hacerla Abogada vuestra. Ella es mi Reina antes de ser vuestra Reina, y su amor por vosotros guarda indulgencias que ni siquiera el mĂo conoce. Y Ella, incluso sin palabras, sĂłlo con las perlas de su llanto y con el recuerdo de mi Cruz â cuyo signo me hace trazar en el aire â toma la defensa de vuestra causa recordĂĄndome: âEres el Salvador. Salvaâ.
34.18 He aquĂ, hijos, el âevangelio de la feâ en la apariciĂłn de la escena de los Magos. Meditad e imitad, para bien vuestro».