Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 34.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

34.9 Los tres Magos devuelven el Niño a María y se levantan. También se pone en pie María. Inclinan mutuamente la cabeza en gesto de reverencia. Antes el mås joven había dado una orden al siervo y éste había salido. Los tres siguen hablando todavía un poco. No saben decidirse a separarse de esa casa. Lågrimas de emoción en sus ojos... Al final se dirigen hacia la salida acompañados por María y José.

El Niño ha querido bajar y darle la manita al mĂĄs anciano de los tres, y anda asĂ­, de la mano de MarĂ­a y del Sabio, los cuales se inclinan para tenerle de la mano. JesĂșs, con su pasito todavĂ­a inseguro de infante, rĂ­e, golpeando con sus piececitos sobre la franja que el sol dibuja en el suelo.

Llegados al umbral de la puerta — tĂ©ngase presente que la habitaciĂłn tenĂ­a la misma largura de la casa — los tres se despiden arrodillĂĄndose una vez mĂĄs y besando los piececitos de JesĂșs. MarĂ­a, inclinada hacĂ­a el Pequeñuelo, le toma la manita y la guĂ­a y hace asĂ­ Ă©sta un gesto de bendiciĂłn sobre la cabeza de cada uno de los Magos. Es Ă©ste ya un signo de cruz trazado por los pequeños dedos de JesĂșs, guiados por MarĂ­a.

Tras ello, los tres bajan la escalera. La caravana ya estĂĄ ahĂ­ esperando preparada. Los bullones de las cabalgaduras reflejan el Sol del ocaso. La gente se ha agolpado en la placita para ver este insĂłlito espectĂĄculo.

JesĂșs rĂ­e dando palmadas con sus manitas. Su MamĂĄ le ha alzado y le ha apoyado en el ancho parapeto que limita el descansillo, y le tiene con un brazo sujeto contra su pecho para que no se caiga. JosĂ©, que ha bajado con los tres Magos, sujeta a cada uno de ellos el estribo al subirse Ă©stos a los caballos o al camello.

Ya todos, siervos y señores, estĂĄn a caballo. Se da orden de marcha. Los tres, como Ășltimo saludo, se inclinan hasta tocar el cuello de la cabalgadura. JosĂ© hace una reverencia. MarĂ­a tambiĂ©n, volviendo a guiar la manita de JesĂșs en un gesto de adiĂłs y bendiciĂłn.

Detalle

Los Reyes Magos han contado su viaje, han ofrecido sus regalos y han adorado a Cristo. Ahora se marchan.

Palabras clave

ECR 34.10-18

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

34.10 Dice JesĂșs:

«¿Y ahora? ¿Qué deciros ahora, almas que sentís morir la fe? Estos Sabios de oriente no disponían de nada que los confirmara en la verdad; nada sobrenatural. Sólo tenían el cålculo astronómico y la propia reflexión perfeccionada por una vida íntegra. Y, con todo, tuvieron fe. Fe en todo: fe en la ciencia, fe en la conciencia, fe en la bondad divina.

En la ciencia, en cuanto que creyeron en el signo de la estrella nueva, que no podĂ­a sino ser â€œĂ©sa”, la que la humanidad desde hacĂ­a siglos estaba esperando: el MesĂ­as. En la conciencia, en cuanto que tuvieron fe en la voz de la misma, la cual, recibiendo “voces” celestes, les decĂ­a: “Esa estrella es la que signa la venida del MesĂ­as”. En la bondad, en cuanto que tuvieron fe en que Dios no los engañarĂ­a, y en que, dado que su intenciĂłn era recta, los ayudarĂ­a en todos los modos para alcanzar el objetivo.

Y lo lograron. SĂłlo ellos, entre tantos otros estudiosos de los signos, comprendieron ese signo, porque sĂłlo ellos tenĂ­an en el alma el ansia de conocer las palabras de Dios con un fin recto, cuyo principal pensamiento consistĂ­a en dar en seguida a Dios honor y gloria.

34.11 No buscaban el provecho personal. Antes bien, les esperaban dificultades y gastos, y no piden compensaciĂłn humana alguna. Piden solamente que Dios se acuerde de ellos y los salve para la eternidad.

De la misma forma que su pensamiento no estĂĄ puesto en ninguna compensaciĂłn humana posterior, tampoco tienen, cuando deciden el viaje, ninguna preocupaciĂłn humana. Vosotros habrĂ­ais hecho mil cavilaciones: “¿CĂłmo me las voy a arreglar para hacer un viaje tan largo por paĂ­ses y entre gentes de lenguas distintas? ÂżMe van a creer, o, por el contrario, me encarcelarĂĄn por espĂ­a? ÂżQuĂ© ayuda me van a ofrecer cuando tenga que pasar desiertos, rĂ­os, montes? ÂżY el calor? ÂżY el viento de los altiplanos? ÂżY las fiebres pantanosas de las zonas palĂșdicas? ÂżY las riadas dilatadas por las lluvias? ÂżY las comidas distintas? ÂżY el lenguaje distinto? Y... y... y”. AsĂ­ razonĂĄis vosotros. Ellos no razonan asĂ­. Dicen, con sincera y santa audacia: “TĂș, ÂĄoh Dios!, lees nuestro corazĂłn y ves quĂ© fin perseguimos. Nos ponemos en tus manos. ConcĂ©denos la sobrehumana alegrĂ­a de adorar a tu Segunda Persona hecha Carne para la salud del mundo”.

Ello es suficiente. Se ponen en camino desde las lejanas Indias. (JesĂșs me dice luego que con “Indias” quiere decir Asia meridional, donde ahora estĂĄn TurquestĂĄn, AfganistĂĄn y Persia). Se ponen en camino desde las cadenas montañosas mongĂłlicas, en cuyo espacio se mueven, libĂ©rrimos, sĂłlo ĂĄguilas y buitres, donde Dios habla con el fragor de los vientos y de los torrentes y escribe palabras de misterio en las inmensas pĂĄginas de los neveros. Se ponen en camino desde las tierras en que nace el Nilo, y discurre, vena verde-azul, hacia el corazĂłn azul del MediterrĂĄneo. Ni picos, ni zonas selvosas, ni arenas — ocĂ©anos secos y mĂĄs peligrosos que los marinos — detienen su paso. Y la estrella brilla sobre sus noches, negĂĄndoles el sueño. Cuando se busca a Dios, los hĂĄbitos animales deben ceder ante los anhelos impacientes y las necesidades suprahumanas.

Reciben la estrella desde septentriĂłn, desde oriente y desde meridiĂłn, y, por un milagro de Dios, avanza para los tres hacia un punto; como tambiĂ©n, por otro milagro, los reĂșne tras muchas millas en ese punto; y, por otro, les da, anticipando la sabidurĂ­a pentecostal, el don de entenderse y de hacerse entender como en el ParaĂ­so, donde se habla una sola lengua: la de Dios.

34.12 SĂłlo un momento de turbaciĂłn los sobrecoge: cuando la estrella desaparece. Ellos — humildes porque eran realmente grandes — no piensan que ello sea debido a la maldad de los demĂĄs — no habiendo merecido ver la estrella de Dios los hombres corrompidos de JerusalĂ©n —, sino que piensan que ellos son los que se han hecho indignos de Dios, y se examinan con temblor y con contricciĂłn ya preparada para pedir perdĂłn.

Mas su conciencia los tranquiliza. Habituadas sus almas a la meditación, tenían una conciencia sensibilísima, afinada por una atención constante, por una aguda introspección, que había hecho de su interior un espejo en que se reflejaban las mås ligeras sombras de los hechos cotidianos. Habían hecho de su conciencia una maestra, una voz que los advertía y les gritaba ante la mås pequeña, no digo falta, sino mirada a la falta, a lo que es humano, a la complacencia de lo que es yo. Y por eso, cuando se ponen frente a esta maestra, frente a este espejo severo y nítido, saben que no les mentirå. Los tranquiliza y recobran el vigor.

“¡Oh, quĂ© dulce el sentir que en nosotros no hay nada que sea contrario a Dios; sentir que Él mira con complacencia al corazĂłn del hijo fiel y lo bendice! Este sentir produce aumento de fe y confianza, y esperanza y fortaleza y paciencia. Es momento de tempestad, mas Ă©sta pasarĂĄ, porque Dios me ama y sabe que le amo, y me seguirĂĄ ayudando”: esto dicen quienes poseen esa paz que procede de una conciencia recta, reina de todas sus acciones.

34.13 He dicho que eran “humildes porque eran realmente grandes”. ÂżEn vuestras vidas, sin embargo, quĂ© sucede? Que uno, no porque sea grande, sino por su mayor despotismo — y se hace poderoso por su despotismo y por vuestra necia idolatrĂ­a —, no es jamĂĄs humilde. Existen pobres desgraciados que, por el solo hecho de ser mayordomos de un dĂ©spota, conserjes en algĂșn organismo, funcionarios de un arrabal — a fin de cuentas al servicio de quien los ha hecho lo que son — se dan aires de semidioses. ÂĄBueno, pues dan pena!...

Ellos, los tres Sabios, eran realmente grandes, en primer lugar por virtudes sobrenaturales, en segundo lugar, por ciencia, y, por Ășltimo, por riqueza. Y no obstante se sienten nada: polvo sobre el polvo de la tierra, respecto al Dios altĂ­simo, que crea los mundos con una sonrisa suya, y los esparce como granos de trigo para saciar los ojos de los ĂĄngeles con collares hechos de estrellas.

Se sienten nada respecto al Dios altísimo que ha creado el planeta en que viven, y que le ha hecho vario, colocando, cual Escultor infinito de obras inmensas, aquí, con un toque de su pulgar, una corona de suaves colinas, allå una cadena de cumbres y de picos semejante a vértebras de la tierra; de este cuerpo desmesurado cuyas venas son los ríos; pelvis, los lagos; corazones, los océanos; vestiduras, los bosques; velos, las nubes; ornatos, los glaciares de cristal; gemas, las turquesas y las esmeraldas, los ópalos y los berilos de todas las aguas que cantan, con las selvas y los vientos, el gran coro de alabanza a su Señor.

Se sienten nada en su sabidurĂ­a respecto al Dios altĂ­simo de quien les viene y que les ha dado ojos mĂĄs potentes que esas dos pupilas por las que ven las cosas: ojos del alma que saben leer en las cosas esa palabra no escrita por mano humana, sino grabada por el pensamiento de Dios.

Se sienten nada en su riqueza: ĂĄtomo respecto a la riqueza del Posesor del universo, que disemina metales y gemas en los astros y planetas, y riquezas sobrenaturales, inagotables riquezas, en el corazĂłn de aquel que le ama.

34.14 Y, llegados ante una pobre casa de la mĂĄs mĂ­sera de las ciudades de JudĂĄ, no menean la cabeza diciendo: “Imposible”, sino que se inclinan reverentes, se arrodillan, sobre todo con el corazĂłn, y adoran. AhĂ­, detrĂĄs de esas paredes, estĂĄ Dios; ese Dios que siempre invocaron, sin atreverse, ni por asomo, a esperar que podrĂ­an verle. Le invocaron, mĂĄs bien, por el bien de toda la humanidad, por “su propio” bien eterno. ÂĄAh, sĂłlo esto soñaban para ellos: poder verle, conocer, poseerle en la vida que no conocerĂĄ ni alboradas ni ocasos!

Él estĂĄ ahĂ­, tras esas pobres paredes. ÂżQuiĂ©n sabe si, quizĂĄs, su corazĂłn de Niño, que es el corazĂłn de un Dios, no siente estos tres corazones que vueltos hacia el polvo del camino tintinean: “Santo, Santo, Santo. Bendito el Señor, Dios nuestro. Gloria a Él en los Cielos altĂ­simos, y paz a sus siervos. Gloria, gloria, gloria y bendiciĂłn”? Ellos se lo preguntan con temblor de amor. Y, durante toda la noche y la mañana siguiente preparan, con la mĂĄs viva oraciĂłn, su espĂ­ritu para la comuniĂłn con el Dios-Niño.

No se dirigen a este altar — regazo virginal sobre el que estĂĄ la Hostia divina — como hacĂ©is vosotros, o sea, con el alma llena de preocupaciones humanas. Se olvidan del sueño y de la comida, toman las vestiduras mĂĄs bellas — no por humana ostentaciĂłn, sino por honorar al Rey de los reyes —. En los palacios de los soberanos, los dignatarios entran con las vestiduras mĂĄs bellas; Âżno debĂ­an, acaso, ellos ir adonde este Rey con sus indumentos de fiesta? ÂżY quĂ© fiesta mayor que Ă©sta para ellos?

En sus lejanas patrias, muchas veces tuvieron que ataviarse elegantemente por otros hombres de su mismo rango; para festejarlos u honrarlos. Era justo, pues, humillar ante los pies del Rey supremo pĂșrpuras y joyas, sedas y plumas preciosas. Era justo poner a sus pies, ante sus delicados piececitos, las telas de la Tierra, las gemas de la Tierra, plumajes, metales de la Tierra, para que estas cosas de la Tierra — son obras suyas — adorasen tambiĂ©n a su Creador. Y se hubieran sentido felices si la Criaturita les hubiera ordenado que se extendieran en el suelo haciendo una alfombra viva para sus pasitos de Niño, y los hubiera pisado, Él, que habĂ­a dejado las estrellas por ellos, que sĂłlo eran polvo, polvo, polvo.

34.15 Eran humildes y generosos, y obedientes a las “voces” que venĂ­an de lo Alto. Tales “voces” ordenan llevar presentes al Rey reciĂ©n nacido. Y ellos llevan los presentes. No dicen: “Es rico y por tanto no lo necesita. Es Dios y por tanto no conocerĂĄ la muerte”. Obedecen. Y son ellos los primeros en ayudar al Salvador en su pobreza. Y ÂĄquĂ© providente era ese oro para quien en un futuro prĂłximo serĂ­a un fugitivo!, ÂĄcuĂĄnto significado tenĂ­a esa resina para quien a no tardar serĂ­a matado!, ÂĄquĂ© pĂ­o ese incienso para quien habĂ­a de sentir el hedor de las lujurias humanas en ebulliciĂłn en torno a su pureza infinita!

Humildes, generosos, obedientes, respetuosos unos con otros. Las virtudes engendran siempre otras virtudes. De las virtudes orientadas a Dios proceden las virtudes orientadas al prójimo. Respeto, que a fin de cuentas es caridad. Defieren al mås anciano hablar por los tres, y ser el primero en recibir el beso del Salvador y en llevarle de la mano. Los otros podrån volverle a ver, pero él no. Es viejo. Cercano estå ya su día de regreso a Dios. A este Cristo le verå, tras su espantosa muerte, y le seguirà por la estela de los salvados en el regreso al Cielo, mas no le volverå a ver en esta Tierra. Quédele, pues, como viåtico, el calorcito de esta diminuta mano que se abandona en la suya ya rugosa.

Y los demås no tuvieron ninguna envidia del sabio anciano; antes bien, aumentó su veneración por él: en efecto, había merecido mås que ellos y durante mås tiempo. El Dios-Infante esto lo sabía. La Palabra del Padre todavía no hablaba, pero su acto era ya palabra. ¥Bendita sea esta palabra suya, inocente, que designa a éste como su predilecto!

34.16 Mas hay, todavía, hijos, otras dos enseñanzas en esta visión.

CĂłmo JosĂ© sabe estar dignamente en “su” puesto. EstĂĄ presente como custodio y tutor de la Pureza y de la Santidad, pero sin usurpar sus derechos. MarĂ­a, con su JesĂșs, es quien recibe dones y palabras; JosĂ© exulta por Ella y no se siente herido de ser una figura secundaria. JosĂ© es un justo, es el Justo, y es justo siempre, y en este momento tambiĂ©n lo es. No se embriaga con los vapores de la fiesta. Permanece humilde, justo.

Se alegra de esos regalos. No por Ă©l mismo, sino pensando que con ellos va a poder hacerles mĂĄs cĂłmoda la vida a su Esposa y a su dulce Niño. En JosĂ© no hay avaricia. Es un trabajador y va a seguir trabajando; pero otra cosa es que “Ellos”, sus dos amores, puedan vivir con desahogo y comodidad. Ni Ă©l ni los Magos saben que esos regalos van a ser Ăștiles para una fuga, para una vida en el exilio (en las que los haberes se disipan como una nube bajo la acciĂłn del viento), y para regresar a la patria, tras haber perdido todo: clientes, mobiliario, enseres; sĂłlo con las paredes de la casa, que Dios la protegerĂ­a porque en ese lugar Él se habĂ­a unido a la Virgen y se habĂ­a hecho Carne.

JosĂ© es humilde — Ă©l, que es custodio de Dios y de la Madre de Dios y Esposa del AltĂ­simo — hasta el punto de sujetar el estribo a estos vasallos de Dios. Es un pobre carpintero, debido a que el despotismo humano ha despojado a los herederos de David de sus regios haberes, pero sigue siendo de estirpe real y posee rasgos de rey. De Ă©l hay que decir tambiĂ©n: “Era humilde porque era realmente grande”.

34.17 Última, delicada, indicativa enseñanza.

Es MarĂ­a quien toma la mano de JesĂșs, que todavĂ­a no sabe bendecir, y la guĂ­a en el gesto santo.

Es siempre MarĂ­a la que toma la mano de JesĂșs y la guĂ­a. Y ahora sucede lo mismo. Ahora JesĂșs sabe bendecir, pero a veces su mano traspasada cae cansada y desesperanzada porque sabe que es inĂștil bendecir. Vosotros destruĂ­s mi bendiciĂłn. Cae tambiĂ©n indignada, porque vosotros me maldecĂ­s. Y entonces es MarĂ­a la que retira el desdĂ©n de esta mano besĂĄndola. ÂĄOh, el beso de mi Madre! ÂżQuiĂ©n podrĂ­a resistir a ese beso? Luego toma con sus finos dedos — finos, pero ÂĄcuĂĄn amorosamente imperiosos! — mi muñeca, y me fuerza a bendecir.

No puedo decir que no a mi Madre. Pero tenĂ©is que ir a Ella para hacerla Abogada vuestra. Ella es mi Reina antes de ser vuestra Reina, y su amor por vosotros guarda indulgencias que ni siquiera el mĂ­o conoce. Y Ella, incluso sin palabras, sĂłlo con las perlas de su llanto y con el recuerdo de mi Cruz — cuyo signo me hace trazar en el aire — toma la defensa de vuestra causa recordĂĄndome: “Eres el Salvador. Salva”.

34.18 He aquĂ­, hijos, el “evangelio de la fe” en la apariciĂłn de la escena de los Magos. Meditad e imitad, para bien vuestro».

Palabras clave

ECR 34.12

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Habituadas sus almas a la meditación, tenían una conciencia sensibilísima, afinada por una atención constante, por una aguda introspección, que había hecho de su interior un espejo en que se reflejaban las mås ligeras sombras de los hechos cotidianos. Habían hecho de su conciencia una maestra, una voz que los advertía y les gritaba ante la mås pequeña, no digo falta, sino mirada a la falta, a lo que es humano, a la complacencia de lo que es yo. Y por eso, cuando se ponen frente a esta maestra, frente a este espejo severo y nítido, saben que no les mentirå.

Palabras clave

ECR 34.12

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

“¡Oh, quĂ© dulce el sentir que en nosotros no hay nada que sea contrario a Dios; sentir que Él mira con complacencia al corazĂłn del hijo fiel y lo bendice! Este sentir produce aumento de fe y confianza, y esperanza y fortaleza y paciencia. Es momento de tempestad, mas Ă©sta pasarĂĄ, porque Dios me ama y sabe que le amo, y me seguirĂĄ ayudando”: esto dicen quienes poseen esa paz que procede de una conciencia recta, reina de todas sus acciones.

Palabras clave

ECR 34.15

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Las virtudes engendran siempre otras virtudes. De las virtudes orientadas a Dios proceden las virtudes orientadas al prĂłjimo.

Palabras clave

ECR 34.17-18

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Última, delicada, indicativa enseñanza.

Es MarĂ­a quien toma la mano de JesĂșs, que todavĂ­a no sabe bendecir, y la guĂ­a en el gesto santo.

Es siempre MarĂ­a la que toma la mano de JesĂșs y la guĂ­a. Y ahora sucede lo mismo. Ahora JesĂșs sabe bendecir, pero a veces su mano traspasada cae cansada y desesperanzada porque sabe que es inĂștil bendecir. Vosotros destruĂ­s mi bendiciĂłn. Cae tambiĂ©n indignada, porque vosotros me maldecĂ­s. Y entonces es MarĂ­a la que retira el desdĂ©n de esta mano besĂĄndola. ÂĄOh, el beso de mi Madre! ÂżQuiĂ©n podrĂ­a resistir a ese beso? Luego toma con sus finos dedos — finos, pero ÂĄcuĂĄn amorosamente imperiosos! — mi muñeca, y me fuerza a bendecir.

No puedo decir que no a mi Madre. Pero tenĂ©is que ir a Ella para hacerla Abogada vuestra. Ella es mi Reina antes de ser vuestra Reina, y su amor por vosotros guarda indulgencias que ni siquiera el mĂ­o conoce. Y Ella, incluso sin palabras, sĂłlo con las perlas de su llanto y con el recuerdo de mi Cruz — cuyo signo me hace trazar en el aire — toma la defensa de vuestra causa recordĂĄndome: “Eres el Salvador. Salva”.

34.18 He aquĂ­, hijos, el “evangelio de la fe” en la apariciĂłn de la escena de los Magos. Meditad e imitad, para bien vuestro».

Detalle

JesĂșs habla de la visiĂłn de los Magos. JesĂșs era aĂșn muy pequeño y MarĂ­a tuvo que guiarle para que hiciera un gesto de bendiciĂłn.

Palabras clave

ECR 35

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo : La huida a Egipto. Enseñanzas sobre la Ășltima visiĂłn relacionada con la venida de JesĂșs.

Fecha de la visiĂłn y del dictado: Viernes 9 de junio de 1944.

Calendario: Finales del 4 de noviembre a.C. PerĂ­odo de la Fiesta de las Luces, final de Kisleu.

Localización (mapa) :Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs

Resumen: JosĂ© duerme en la casa de BelĂ©n. Parece tener un dulce sueño, luego parece turbado antes de despertar. DespuĂ©s de vestirse, va a ver a la Virgen, que estĂĄ rezando junto al Niño. Le dice que deben partir inmediatamente, pues un ĂĄngel le ha advertido que huya a Egipto. MarĂ­a accede de inmediato y prepara sus pertenencias de forma rĂĄpida pero ordenada. JosĂ© volviĂł para llevarse una parte de sus pertenencias y le dijo con tristeza que tenĂ­an que llevarse todo lo que pudieran, ya que tendrĂ­an que permanecer lejos durante mucho tiempo. MarĂ­a siguiĂł recogiendo las pocas cosas que quedaban y luego preparĂł a JesĂșs. Cuando se queda dormido, despuĂ©s de tomarle la leche, JosĂ© vuelve y le dice que Herodes quiere matar al niño. Esto traspasĂł el corazĂłn de MarĂ­a. LlorĂł y declarĂł que le estaba costando mucho a JosĂ©, pero Ă©l le contestĂł que ella siempre le consolarĂ­a, y que la riqueza de los Reyes Magos les ayudarĂ­a en los primeros dĂ­as. Ambos estaban tristes por tener que marcharse, por dejarlo todo y no volver a Nazaret, pero mientras tuvieran a JesĂșs, lo tenĂ­an todo.

Los padres del Salvador abandonan la casa y, tras saludar al dueño de la casa, parten hacia Egipto.

A continuaciĂłn, JesĂșs pronuncia un dictado y subraya la sencillez de esta visiĂłn, que no disminuye en nada la humanidad de MarĂ­a y JesĂșs ni la divinidad de Cristo. Demasiado a menudo -dice- nos desanimamos pensando que MarĂ­a, JesĂșs y JosĂ© eran fuertes y que "eran ellos". Pero el sufrimiento fue siempre su fiel compañero. No experimentaron las pasiones propias de los vicios, porque cerraron su corazĂłn a SatanĂĄs. En cambio, sĂ­ tuvieron muchas pasiones, como el amor a la patria, el santo afecto a su familia, etc. Pero no se dejaron vencer por sus pasiones. Pero no dejaban que esas pasiones se interpusieran en su camino cuando se trataba de seguir la voluntad de Dios.

TambiĂ©n JesĂșs siguiĂł siempre la voluntad de Dios, aunque eso le granjeara el odio de los judĂ­os y la animadversiĂłn de Judas. A continuaciĂłn critica a los grandes hombres de este mundo, y luego se detiene en la castidad de JosĂ© y la virginidad de MarĂ­a, afirmĂĄndolas en blanco y negro y volviendo sobre las palabras de Mateo. En efecto, el evangelista tomĂł sus fuentes directamente de MarĂ­a, y su virginidad perpetua era una verdad conocida desde los primeros tiempos.

Cristo se detiene largamente sobre la palabra "mujer" en la Biblia, para mostrar que este tĂ©rmino no es un lenguaje proscrito, infame, impuro. Luego se detuvo en las palabras de Mateo para decir que MarĂ­a era "la verdadera Madre de JesĂșs sin ser esposa de JosĂ©. SeguirĂĄ siendo siempre: la Virgen, esposa de JosĂ©".

Contenido del capítulo: 35.1: Un sueño hace que José se levante en mitad de la noche. 35.2: Al amanecer, huimos. 35.3: María se apresura a recoger sus cosas. 35.4: Despierta al niño y le da el pecho. 35.5: Tenemos la riqueza de los Magos y a Dios con nosotros. 35.6: Partida con tres caballos. 35.7: Los hombres, creyendo hacer lo correcto, hicieron irreal lo que hubiera sido tan hermoso dejar real. 35.8: Nuestras honorables pasiones humanas. 35.9: No busqué la grandeza mundana. 35.10: La virginidad de María y la castidad de José. 35.11: El dolor de María al ser arrancada de su hogar.

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