ECR 183.5 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Yo no insulto ; no insultes tĂș. Ruega por los pecadores, nada mĂĄs.
Detalle
JesĂșs dijo:
Notas del tema
ECR 183.5 · Volumen 3
Yo no insulto ; no insultes tĂș. Ruega por los pecadores, nada mĂĄs.
JesĂșs dijo:
ECR 184
TĂtulo del capĂtulo : El pequeño BenjamĂn de Magdala y dos parĂĄbolas sobre el Reino de los Cielos.
Fecha de la visiĂłn: sĂĄbado 12 de agosto de 1944
Calendario: miĂ©rcoles 23 de febrero 28 (10 Adar I 3788) segĂșn maria-valtorta.org; sĂĄbado 4 de marzo 28 segĂșn Valtorta.fr
LocalizaciĂłn (mapa) : Magdala
Ciclo: Apostolado en Galilea
Resumen: JesĂșs va al barrio pobre de Magdala y pide la hospitalidad de una madre, que acepta acogerlo. La acompaña un niño que hace mucho ruido. La madre quiso escuchar al Maestro, asĂ que le reprendiĂł y le dio una bofetada, y el niño fue a llorar en el regazo de Cristo. JesĂșs tratĂł de encontrar atenuantes para su madre, pero el niño le contestĂł con franqueza que simplemente querĂa escucharle. JesĂșs dialoga un rato con ella, y cuando le sugiere que las mujeres sueltas lo tienen fĂĄcil, Ă©l le responde que no son felices, aunque lo parezcan. La mujer pide entonces quedarse, y JesĂșs le propone contar dos parĂĄbolas que agradarĂan al pequeño BenjamĂn. Se la cuenta a MarĂa Magdalena, porque los apĂłstoles dudan de que vuelva al bien. Luego cuenta la parĂĄbola del Sembrador divino que siembra la semilla. Crece, la semilla se forma y, cuando estĂĄ madura, el sembrador vuelve y pasa la guadaña. La Palabra de Dios realiza el mismo trabajo, pero es lenta y hay que dejar que el alma trabaje. A peticiĂłn del Señor, Mateo confirma que fue la paciencia de JesĂșs lo que mĂĄs le ayudĂł.
La madre de BenjamĂn habĂa salido a buscar a sus hermanos y el niño seguĂa hablando con el grupo apostĂłlico. Clasifica a los apĂłstoles uno por uno y no le gusta Judas, tanto que Ă©ste se rĂe de amarillo. Mientras tanto, su madre ha regresado con una docena de personas, entre ellas su marido, y mientras le ruega que hable, JesĂșs da otra parĂĄbola sobre el Reino de los Cielos. Cuenta la parĂĄbola del grano de mostaza y explica que es a travĂ©s de las pequeñas cosas que hacemos cada dĂa como construimos el Reino en nuestro interior. El amor, por encima de todo, es el camino para obtener la paz y la gloria del Cielo.
JesĂșs bendice a esta familia hospitalaria y se pone de nuevo en camino.
Contenido del capĂtulo: 184.1 : Un joven recibe una bofetada de su madre. 184.2 : Una madre no debe envidiar la suerte de una prostituta. 184.3 : Dudas de que MarĂa (de Magdala) vuelva al Bien. 184.4 : La parĂĄbola del grano plantado en la tierra. 184.5 : La paciencia de JesĂșs, mĂĄs que los reproches de los fariseos, llevĂł a Mateo a la conversiĂłn. 184.6 : Mateo se convirtiĂł por amor. 184.7 : BenjamĂn pone la prueba a los apĂłstoles buenos, que Judas no supera. 184.8 : La parĂĄbola del grano de mostaza. El amor en los corazones. 184.9 : Un marido asombrado descubre los mĂ©ritos de su mujer.
EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂtulo 44
ECR 184.2 · Volumen 3
«Ten paciencia, mujer. Todos tienen su cruz».
«¥No, no! Las desvergonzadas lo Ășnico que tienen es el placer. ÂżHas visto lo que hacen las impĂșdicas! Gozan ellas y hacen sufrir a los demĂĄs. No se agotan, no, ni trayendo hijos a este mundo ni trabajando. No se hacen ampollas con la azada ni se despellejan las manos lavando. Se conservan guapas y frescas. La condena de Eva no es para ellas; mĂĄs bien ellas son nuestra condena, porque... los hombres... Ya me entiendes».
«Entiendo, sĂ; pero has de saber que tambiĂ©n tienen su tremenda cruz: la mĂĄs tremenda, la que no se ve: la de la condena de su conciencia; la de la burla del mundo; la de su propia sangre, que las repudia; la de la maldiciĂłn de Dios. CrĂ©eme, no son felices. No se agotan trayendo hijos a este mundo ni trabajando, no se hacen llagas en las manos bregando; y, sin embargo, se sienten igualmente deshechas; y ademĂĄs sienten vergĂŒenza; y su corazĂłn es una entera llaga. No envidies su aspecto, su lozanĂa, su aparente serenidad. Tras ese velo, lo que hay es una desolaciĂłn mordiente y que no permite paz. No envidies su sueño, tĂș, madre honesta que sueñas con tus inocentes, pues la pesadilla estĂĄ a su cabecera; y mañana, el dĂa de su agonĂa o su vejez, remordimiento y terrorâŠÂ».
«Es verdad... Perdona...
ECR 184.3-5 · Volumen 3
184.3 «¿Me dejas estar aqu�».
«QuĂ©date aquĂ. Contaremos una bonita parĂĄbola a BenjamĂn. Los que no son niños, que la apliquen a sĂ mismos y a MarĂa de Magdala. Escuchad.
DudĂĄis acerca de la conversiĂłn de MarĂa al bien. No da, en efecto, ningĂșn signo que indique este cambio. Consciente de su grado y su poder, ella, descarada e impĂșdica, ha osado desafiar a la gente viniendo incluso hasta el umbral de la casa donde se lloraba por causa suya. Luego, al reproche de Pedro ha respondido con una carcajada; y a mi mirada amigable, endureciĂ©ndose con soberbia. Vosotros quizĂĄs habrĂais deseado, quiĂ©n por amor a LĂĄzaro, quiĂ©n por amor a mĂ, que le hubiera hablado directa y largamente, y que la hubiera subyugado con mi poder y le hubiese mostrado mi fuerza de MesĂas Salvador. No. No es necesario tanto. Ya lo dije hace muchos meses respecto a otra pecadora: las almas deben labrarse a sĂ mismas. Yo paso y esparzo la semilla. Ocultamente la semilla trabaja. Hay que respetar este trabajo del alma. Si la primera semilla no arraiga en la tierra, se siembra otra, y otra... y sĂłlo se retira uno cuando se tienen pruebas ciertas de la inutilidad de seguir sembrando. Y se ora. La oraciĂłn es como el rocĂo, que mantiene los tormos esponjosos y nutridos, con lo que la semilla puede germinar. ÂżNo es lo que haces tĂș, mujer, con tus hortalizas?
184.4 Escuchad ahora la paråbola del trabajo de Dios en los corazones para instaurar en ellos su Reino (porque cada corazón es un pequeño Reino de Dios en la tierra: después, mås allå de la muerte, todos estos pequeños reinos se congregan en uno solo, en el ilimitado, santo, eterno Reino de los Cielos).
El Sembrador divino crea el Reino de Dios en los corazones. Va a su propiedad â el hombre es de Dios y, por tanto, todos los hombres inicialmente le pertenecen â y esparce su semilla; luego va a otras propiedades, a otros corazones. Suceden los dĂas a las noches y las noches a los dĂas: los dĂas aportan sol y lluvias (en este caso, rayos de amor divino y efusiĂłn de la divina sabidurĂa que habla al espĂritu); las noches, estrellas y silencio sosegado (en nuestro caso, destellos de Dios que reclaman nuestra atenciĂłn y silencio para el espĂritu, para que el alma se recoja y medite).
La semilla, con esta serie de favores imperceptibles â aunque potentes â, se hincha, se abre, echa raĂces, arraiga fuertemente en el terreno, da sus primeras hojitas, y crece; y todo ello sin la ayuda del hombre. La tierra, espontĂĄneamente, produce de la semilla el tierno tallo, luego se fortalece el tallo para sostener a la espiga naciente, luego la espiga se eleva, engruesa, se endurece, se dora, se hace dura, perfecta en su granazĂłn. Una vez madura, vuelve el sembrador y mete su hoz porque a esa semilla le ha llegado el tiempo de su plenitud; no podrĂa ganar mĂĄs en perfecciĂłn y por ello es cortada.
Mi palabra realiza esta misma operaciĂłn en los corazones. Me refiero a los corazones que acogen la simiente. Pero el proceso es lento. No hay que actuar intempestivamente, de modo que todo se estropee. ÂĄCuĂĄnto le cuesta a la pequeña semilla abrirse; cuĂĄnto, hincar en la tierra sus raĂces! Pues tambiĂ©n le es penoso al corazĂłn duro y salvaje este proceso: debe abrirse, dejarse hurgar, acoger cosas nuevas y alimentarlas con esfuerzo, aparecer distinto al estar revestido de cosas humildes y Ăștiles y no ya de la atractiva, pomposa e inĂștil exuberante floraciĂłn que antes le revestĂa; debe conformarse con trabajar humildemente, sin atraer hacia sĂ la admiraciĂłn, para beneficio de la Idea divina; debe exprimir todas sus capacidades para crecer y producir espiga; debe ponerse incandescente de amor para ser trigo. Y, una vez superados respetos humanos verdaderamente muy penosos, despuĂ©s de haber trabajado y haber sufrido y haber tomado afecto a su nueva vestidura, entonces debe despojarse de ella con cruel tajo. Dar todo para tener todo. Acabar despojo para ser revestido en el Cielo con la estola de los santos. Yo os digo que la vida del pecador que se hace santo es el combate mĂĄs largo, heroico y glorioso.
184.5 Por cuanto os acabo de decir, comprended que es justo que actĂșe con MarĂa como lo estoy haciendo. ÂżActuĂ© contigo, Mateo, de forma distinta?».
«No, mi Señor».
«Dime la verdad, ¿te persuadió mås mi paciencia o las acerbas reprensiones de los fariseos?».
«Tu paciencia. Tanto, que estoy aquĂ. Los fariseos, con sus desdenes y anatemas, me hacĂan desdeñoso, y, por desdĂ©n, hacĂa mĂĄs mal aĂșn de cuanto hasta entonces habĂa hecho. Pasa eso; uno se endurece mĂĄs cuando, estando en pecado, se siente tratado como un pecador; pero cuando, en vez de un insulto recibimos una caricia, primero nos quedamos asombrados, luego lloramos... y, cuando se llora, la armadura del pecado â desencajados sus pernos â se derrumba. Entonces nos quedamos desnudos ante la Bondad y le suplicamos con el corazĂłn que nos revista de sĂ misma».
«Es asĂ, como has dicho.»
MarĂa Magdalena no parecĂa estar convertida, y JesĂșs dio una parĂĄbola en este contexto.
Dije esto sobre otra pecadora hace varios meses. Para Aglaé, la mujer con velo de Belle-Eau. Véase EMV 79.6.
Evangelio de Marcos 4, 26-32
Mc 4, 26-32 : Dijo: "El reino de Dios es como un hombre que siembra la semilla: noche y dĂa, tanto si duerme como si se levanta, la semilla brota y crece, sin que Ă©l sepa cĂłmo. Por sĂ sola, la tierra produce primero hierba, luego una espiga y, por Ășltimo, una espiga de trigo. Y en cuanto el trigo estĂĄ maduro, le mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega". Y añadiĂł: "ÂżCon quĂ© podemos comparar el Reino de Dios? ÂżQuĂ© parĂĄbola podemos utilizar para representarlo? Es como un grano de mostaza: cuando se siembra, es la mĂĄs pequeña de todas las semillas. Pero cuando la siembras, crece y supera a todas las hortalizas; y extiende largas ramas, de modo que las aves del cielo pueden hacer sus nidos a su sombra".
ECR 184.4 · Volumen 3
Cada corazón es un pequeño Reino de Dios en la tierra: después, mås allå de la muerte, todos estos pequeños reinos se congregan en uno solo, en el ilimitado, santo, eterno Reino de los Cielos.
ECR 184.4 · Volumen 3
El hombre es de Dios y, por tanto, todos los hombres inicialmente le pertenecen.
ECR 184.4
ECR 184.4 · Volumen 3
Yo os digo que la vida del pecador que se hace santo es el combate mĂĄs largo, heroico y glorioso.
ECR 184.5 · Volumen 3
Pasa eso; uno se endurece mĂĄs cuando, estando en pecado, se siente tratado como un pecador; pero cuando, en vez de un insulto recibimos una caricia, primero nos quedamos asombrados, luego lloramos... y, cuando se llora, la armadura del pecado â desencajados sus pernos â se derrumba. Entonces nos quedamos desnudos ante la Bondad y le suplicamos con el corazĂłn que nos revista de sĂ misma.
ECR 184.8
TraducciĂłn en curso