(...) Se oye un gran coro de llanto, proveniente del interior de una rica mansiĂłn: son voces de mujeres y niños, y, agudĂsima, una voz femenina que grita: «¥Hijo! ÂĄHijo!».
JesĂșs se vuelve y mira a los apĂłstoles. Judas se adelanta unos pasos. «TĂș no» ordena JesĂșs. «TĂș, Mateo; ve y pregunta».
Mateo va y regresa. «Una pelea, Maestro. Un hombre estĂĄ muriendo. Es un judĂo. El que le ha herido se ha escapado; era un romano. Han llegado enseguida su mujer y su madre y los niños... EstĂĄ muriendo».
«Vamos».
«Maestro... Maestro... Ha ocurrido en casa de una mujer... que no es la esposa».
«Vamos».
183.3
La puerta de la casa estĂĄ abierta. Entran en un largo y ancho vestĂbulo que da a un bonito jardĂn (la casa parece estar dividida por esta especie de peristilo cubierto y muy rico en plantas verdes en macetas y con muchas estatuas y objetos taraceados; mitad sala, mitad invernĂĄculo). Hay mujeres llorando en una habitaciĂłn que da al vestĂbulo y cuya puerta estĂĄ abierta de par en par. JesĂșs entra sin vacilaciones. No pronuncia su saludo habitual.
Entre los hombres presentes hay un mercader que debe conocer a JesĂșs, porque nada mĂĄs verle dice: «¥El RabĂ de Nazaret» y le saluda respetuosamente.
«José, ¿qué ha sucedido?».
«Maestro, una puñalada en el corazón... Estå muriendo».
«¿Cuål ha sido la causa?».
Una mujer entrecana y despeinada se levanta â estaba arrodillada junto al moribundo, sujetĂĄndole una mano ya inerte â y, con ojos de loca, dice a voz en grito: «Ella, ella... Me lo ha maleado... ÂĄPara Ă©l ya no habĂa ni madre ni mujer ni hijos! ÂĄAl infierno has de ir, diablo!».
JesĂșs alza los ojos siguiendo la mano que temblando acusa, y ve en el rincĂłn, contra la pared de color rojo oscuro, a MarĂa de Magdala, mĂĄs procaz que nunca; la mitad del cuerpo vestida... yo dirĂa... de nada, porque de la cintura hacia arriba estĂĄ semidesnuda, con una especie de redecilla, de malla exagonal, de unas cositas redondas que parecen pequeñas perlas (de todas formas, estando en penumbra, no veo bien).
JesĂșs baja de nuevo sus ojos. A MarĂa le sienta como un bofetĂłn esta indiferencia; se endereza â antes estaba ligeramente agachada â y finge una actitud desenvuelta.
«Mujer â dice JesĂșs a la madre â no impreques. Responde: ÂżPor quĂ© estaba tu hijo en esta casa?».
«Ya te lo he dicho. Porque ella le habĂa desquiciado. Ella».
«Silencio. TambiĂ©n Ă©l entonces â siendo adĂșltero y padre indigno de estos inocentes â pecaba; merece, por tanto, su castigo. Ni en esta vida ni en la otra hay misericordia para el que no se arrepiente.
No obstante, siento piedad de tu dolor y de estos inocentes.
183.4
¿Estå lejos tu casa?».
«A unos cien metros».
«Levantad a este hombre y llevadle».
«No es posible, Maestro» dice el mercader José. «Estå para morir de un momento a otro».
«Haz lo que digo».
Pasan una tabla por debajo del cuerpo del moribundo. El cortejo sale lentamente, cruza la calle, entra en un sombreado jardĂn. Las mujeres siguen llorando rumorosamente.
Nada mĂĄs entrar el cortejo en el jardĂn, JesĂșs se vuelve a la madre: «¿Puedes perdonar? Si tĂș perdonas, Dios perdona. Es necesario hacerse bueno el corazĂłn para obtener gracia. Este hombre ha pecado y pecarĂĄ mĂĄs veces; mejor le serĂa morir, porque, viviendo, volverĂĄ a caer en el pecado y tendrĂĄ que responder ademĂĄs de la ingratitud hacia Dios salvador. Pero, tĂș y estos inocentes â y señala a la esposa y a los niños â caerĂais en la desesperaciĂłn. Yo he venido para salvar y no perder. Hombre, Yo te lo digo: ÂĄvuelve y queda curado!».
El hombre reprende vida y abre los ojos; ve a su madre, a sus hijos, a su mujer, e inclina la cabeza avergonzado.
«Hijo, hijo» dice la madre. «Hubieras muerto si no te hubiera salvado Ăl. Torna en ti. No delires por una...».
JesĂșs interrumpe a la anciana. «Mujer, calla. SĂ© misericordiosa como contigo se ha sido. Tu casa ha sido santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. Por este motivo no lo he podido cumplir donde habĂa pecado. Que al menos tĂș sepas conservarla, aunque este hombre no sepa hacerlo. Cuidadle ahora. Es justo que sufra un poco. SĂ© buena, mujer. Y tĂș. Y vosotros, pequeños. AdiĂłs». JesĂșs ha posado la mano sobre la cabeza de las dos mujeres y de los pequeñuelos.
183.5
Luego sale, pasando por delante de la Magdalena, que ha seguido al cortejo hasta el otro lado de la calle y se ha quedado apoyada contra un ĂĄrbol. JesĂșs aminora el paso como aguardando a los discĂpulos, pero creo que su verdadera intenciĂłn es la de darle a MarĂa ocasiĂłn de hacer un gesto; pero ella no lo hace.
Los discĂpulos se unen a JesĂșs. Pedro no puede contenerse y entre dientes dice a MarĂa un epĂteto adecuado. Ella, que quiere aparentar desenvoltura, rompe a reĂr con una carcajada de mĂsera victoria.
Pero JesĂșs ha oĂdo la palabra de Pedro y se vuelve a Ă©l severo: «Pedro, Yo no insulto; no insultes tĂș. Ruega por los pecadores, nada mĂĄs».
MarĂa quiebra el gorjeo de su risa, agacha la cabeza y huye como una gacela en direcciĂłn a su casa.