Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

PĂĄgina 168 de 198

Comodidad de lectura

ECR 183

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo: CuraciĂłn de un herido en casa de MarĂ­a Magdalena.

Fecha de la visiĂłn: sĂĄbado 12 de agosto de 1944

Calendario: MiĂ©rcoles 23 febrero 28 (10 Adar I 3788) segĂșn maria-valtorta.org; viernes 3 marzo 28 segĂșn Valtorta.fr

Lugar (mapa): Magdala. La encrucijada que toma JesĂșs se encuentra probablemente en este mapa.

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: JesĂșs sigue su camino Pedro se pregunta si van a CafarnaĂșn, y se entera por JesĂșs de que van a Magdala. Esto le escandaliza un poco, y JesĂșs le informa que tendrĂĄ que ir a verdaderos burdeles por amor a Él. Pero ni Juan, ni Ă©l, ni los demĂĄs se contaminarĂĄn mientras nos neguemos a que la impureza entre en nuestros corazones. Judas refunfuña para sus adentros, y el Maestro le ordena que no calumnie para sus adentros y que no se confĂ­e. DespuĂ©s de pedir consejo a Mateo en el camino, el grupo apostĂłlico se dirige al barrio mĂĄs rico de Madgala y oyen un grito. HabĂ­a habido una pelea entre un romano y un judĂ­o que se estaba muriendo por culpa de MarĂ­a de Magdala. La madre del moribundo estĂĄ desesperada y acusa a MarĂ­a de haberlo puesto en ese estado. JesĂșs se fija en la hermana de LĂĄzaro, pero se interesa mĂĄs por el moribundo y pide que lo lleven a casa de su madre para poder realizar el milagro. Finalmente, pide a la madre que perdone a MarĂ­a Magdalena y cura al adĂșltero por su mujer y sus hijos.

Después se marcha sin decir una palabra a María Magdalena y reprende a Pedro cuando habla mal de ella.

Contenido del capĂ­tulo: 183.1: DecisiĂłn sorprendente de ir a Magdala. 183.2: Se ha cometido un asesinato. 183.3: Es en casa de MarĂ­a Magdalena. 183.4: JesĂșs cura a la vĂ­ctima por parentesco, pero fuera de la casa del pecado. 183.5: ÂĄPedro! No insultes. Reza por los pecadores.

EdiciĂłn antigua: Tomo 3, capĂ­tulo 43

Palabras clave

ECR 183.2-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Se oye un gran coro de llanto, proveniente del interior de una rica mansión: son voces de mujeres y niños, y, agudísima, una voz femenina que grita: «¥Hijo! ¥Hijo!».

JesĂșs se vuelve y mira a los apĂłstoles. Judas se adelanta unos pasos. «TĂș no» ordena JesĂșs. «TĂș, Mateo; ve y pregunta».

Mateo va y regresa. «Una pelea, Maestro. Un hombre estå muriendo. Es un judío. El que le ha herido se ha escapado; era un romano. Han llegado enseguida su mujer y su madre y los niños... Estå muriendo».

«Vamos».

«Maestro... Maestro... Ha ocurrido en casa de una mujer... que no es la esposa».

«Vamos».

183.3

La puerta de la casa estĂĄ abierta. Entran en un largo y ancho vestĂ­bulo que da a un bonito jardĂ­n (la casa parece estar dividida por esta especie de peristilo cubierto y muy rico en plantas verdes en macetas y con muchas estatuas y objetos taraceados; mitad sala, mitad invernĂĄculo). Hay mujeres llorando en una habitaciĂłn que da al vestĂ­bulo y cuya puerta estĂĄ abierta de par en par. JesĂșs entra sin vacilaciones. No pronuncia su saludo habitual.

Entre los hombres presentes hay un mercader que debe conocer a JesĂșs, porque nada mĂĄs verle dice: «¥El RabĂ­ de Nazaret» y le saluda respetuosamente.

«José, ¿qué ha sucedido?».

«Maestro, una puñalada en el corazón... Estå muriendo».

«¿Cuål ha sido la causa?».

Una mujer entrecana y despeinada se levanta — estaba arrodillada junto al moribundo, sujetĂĄndole una mano ya inerte — y, con ojos de loca, dice a voz en grito: «Ella, ella... Me lo ha maleado... ÂĄPara Ă©l ya no habĂ­a ni madre ni mujer ni hijos! ÂĄAl infierno has de ir, diablo!».

JesĂșs alza los ojos siguiendo la mano que temblando acusa, y ve en el rincĂłn, contra la pared de color rojo oscuro, a MarĂ­a de Magdala, mĂĄs procaz que nunca; la mitad del cuerpo vestida... yo dirĂ­a... de nada, porque de la cintura hacia arriba estĂĄ semidesnuda, con una especie de redecilla, de malla exagonal, de unas cositas redondas que parecen pequeñas perlas (de todas formas, estando en penumbra, no veo bien).

JesĂșs baja de nuevo sus ojos. A MarĂ­a le sienta como un bofetĂłn esta indiferencia; se endereza — antes estaba ligeramente agachada — y finge una actitud desenvuelta.

«Mujer — dice JesĂșs a la madre — no impreques. Responde: ÂżPor quĂ© estaba tu hijo en esta casa?».

«Ya te lo he dicho. Porque ella le había desquiciado. Ella».

«Silencio. TambiĂ©n Ă©l entonces — siendo adĂșltero y padre indigno de estos inocentes — pecaba; merece, por tanto, su castigo. Ni en esta vida ni en la otra hay misericordia para el que no se arrepiente.

No obstante, siento piedad de tu dolor y de estos inocentes.

183.4

¿Estå lejos tu casa?».

«A unos cien metros».

«Levantad a este hombre y llevadle».

«No es posible, Maestro» dice el mercader José. «Estå para morir de un momento a otro».

«Haz lo que digo».

Pasan una tabla por debajo del cuerpo del moribundo. El cortejo sale lentamente, cruza la calle, entra en un sombreado jardĂ­n. Las mujeres siguen llorando rumorosamente.

Nada mĂĄs entrar el cortejo en el jardĂ­n, JesĂșs se vuelve a la madre: «¿Puedes perdonar? Si tĂș perdonas, Dios perdona. Es necesario hacerse bueno el corazĂłn para obtener gracia. Este hombre ha pecado y pecarĂĄ mĂĄs veces; mejor le serĂ­a morir, porque, viviendo, volverĂĄ a caer en el pecado y tendrĂĄ que responder ademĂĄs de la ingratitud hacia Dios salvador. Pero, tĂș y estos inocentes — y señala a la esposa y a los niños — caerĂ­ais en la desesperaciĂłn. Yo he venido para salvar y no perder. Hombre, Yo te lo digo: ÂĄvuelve y queda curado!».

El hombre reprende vida y abre los ojos; ve a su madre, a sus hijos, a su mujer, e inclina la cabeza avergonzado.

«Hijo, hijo» dice la madre. «Hubieras muerto si no te hubiera salvado Él. Torna en ti. No delires por una...».

JesĂșs interrumpe a la anciana. «Mujer, calla. SĂ© misericordiosa como contigo se ha sido. Tu casa ha sido santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. Por este motivo no lo he podido cumplir donde habĂ­a pecado. Que al menos tĂș sepas conservarla, aunque este hombre no sepa hacerlo. Cuidadle ahora. Es justo que sufra un poco. SĂ© buena, mujer. Y tĂș. Y vosotros, pequeños. AdiĂłs». JesĂșs ha posado la mano sobre la cabeza de las dos mujeres y de los pequeñuelos.

183.5

Luego sale, pasando por delante de la Magdalena, que ha seguido al cortejo hasta el otro lado de la calle y se ha quedado apoyada contra un ĂĄrbol. JesĂșs aminora el paso como aguardando a los discĂ­pulos, pero creo que su verdadera intenciĂłn es la de darle a MarĂ­a ocasiĂłn de hacer un gesto; pero ella no lo hace.

Los discĂ­pulos se unen a JesĂșs. Pedro no puede contenerse y entre dientes dice a MarĂ­a un epĂ­teto adecuado. Ella, que quiere aparentar desenvoltura, rompe a reĂ­r con una carcajada de mĂ­sera victoria.

Pero JesĂșs ha oĂ­do la palabra de Pedro y se vuelve a Ă©l severo: «Pedro, Yo no insulto; no insultes tĂș. Ruega por los pecadores, nada mĂĄs».

MarĂ­a quiebra el gorjeo de su risa, agacha la cabeza y huye como una gacela en direcciĂłn a su casa.

Detalle

Caso de adulterio en Magdala.

AnotaciĂłn

Su casa queda santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. En EMV 234.4/5, JesĂșs se extiende sobre este milagro y su contexto.

Palabras clave