Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 184.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No penséis que las obras apropiadas para conseguir el Reino de los Cielos son obras fragorosamente vistosas; son acciones continuas, normales, pero realizadas con un fin sobrenatural de amor. El amor es la simiente del årbol que, naciendo en vosotros, crece hasta el Cielo, y a su sombra nacen todas las demås virtudes.

Palabras clave

ECR 184.8 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Si recogĂ©is en vuestro seno una pequeña semilla de amor hacia nuestro santĂ­simo Dios y vuestro prĂłjimo, y actuĂĄis guiados por el amor, no faltarĂ©is contra ningĂșn precepto del DecĂĄlogo; no mentirĂ©is a Dios con una falsa religiĂłn (de prĂĄcticas y no de espĂ­ritu), ni al prĂłjimo con conducta de hijos ingratos, de esposos adĂșlteros — o solamente demasiado exigentes —, de ladrones en las transacciones, de embusteros en la vida, de violentos hacia vuestros enemigos.

Palabras clave

ECR 184.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Amad y seréis amados. Amad y seréis compasivos. Amad y no seréis crueles exigiendo mås de lo lícito de quien estå a vosotros subordinado. Amor y sinceridad para obtener la paz y la gloria del Cielo. Si no (...) todas vuestras acciones realizadas mintiendo al amor y a la verdad se os transformarån en paja para vuestro lecho infernal.

Palabras clave

ECR 184.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Tened por seguro que Dios ve vuestras luchas y os premia mås por venceros en un egoísmo, por retener una palabra mezquina, por no imponer una exigencia, que no si, armados, en la batalla, matarais a vuestro enemigo. Ese Reino de los Cielos que alcanzaréis si vivís como justos estå construido con las pequeñas cosas de cada día; con la bondad, la morigeración, la paciencia; contentåndose con lo que uno tiene; con la mutua conmiseración; con el amor, sobre todo con el amor.

Palabras clave

ECR 185.1-6 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

185.1 Ahora que todos duermen le voy a expresar mi alegría. He “visto” el Evangelio de hoy.

Tenga en cuenta que esta mañana, mientras lo leĂ­a, me he dicho a mĂ­ misma: «Éste es un episodio evangĂ©lico que no verĂ© nunca porque se presta poco a una visiĂłn». Sin embargo, cuando menos me lo esperaba, ha venido a llenarme de alegrĂ­a.

185.2 Cuanto sigue es lo que he visto.

Una barca de vela, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, una barca de pesca en la que pueden moverse cómodamente cinco o seis personas, surca las aguas de un hermoso lago de color azul intenso.

JesĂșs duerme en la popa. Va vestido de blanco, como de costumbre. Tiene la cabeza reclinada sobre el brazo izquierdo; debajo del brazo y la cabeza, ha colocado su manto azul-gris doblado varias veces. EstĂĄ sentado, no echado, en el fondo de la barca; su cabeza apoya sobre esa porciĂłn de entablado que estĂĄ en el extremo de la popa (no sĂ© cĂłmo la llaman los marineros). Duerme plĂĄcidamente. Se le ve cansado. EstĂĄ sereno.

Pedro guĂ­a el timĂłn. AndrĂ©s se ocupa de las velas. Juan con otros dos que no conozco estĂĄn poniendo en orden maromas y redes en el fondo de la barca, como si tuvieran intenciĂłn de prepararse para la pesca (quizĂĄs nocturna). Yo dirĂ­a que el dĂ­a se encamina al atardecer, pues el Sol desciende ya hacia occidente. Todos los discĂ­pulos se han subido las tĂșnicas, de forma que, sujetas con el cinturĂłn, estĂĄn abolsadas a la altura de la cintura, para asĂ­ estar mĂĄs libres de movimientos y poder desplazarse mejor por la barca, salvando remos, asientos, cestas y redes, sin que las tĂșnicas estorben; todos se han quitado el manto.

185.3 Veo que el cielo se oscurece y el Sol se esconde detrĂĄs de unos nubarrones de tormenta que han aparecido al improviso detrĂĄs del pinĂĄculo de una colina. El viento los empuja velozmente hacia el lago. Por el momento, el viento estĂĄ alto y el lago se mantiene sereno; eso sĂ­, adquiere una tonalidad mĂĄs oscura y su superficie se frunce: no son todavĂ­a olas, pero empieza a agitarse el agua.

Pedro y Andrés observan el cielo y el lago, y organizan las maniobras para acercarse a la orilla. Pero, he aquí que el viento se abate sobre el lago y en pocos minutos todo bulle y espuma. Olas que se embisten mutuamente, que chocan contra la barquilla, levantåndola, bajåndola, giråndola en todas las direcciones, impiden las maniobras del timón, como el viento las de la vela, que ha de ser arriada.

JesĂșs sigue durmiendo. No le despiertan ni los pasos, ni las azogadas voces de los discĂ­pulos, ni el silbar del viento; ni siquiera los latigazos de las olas contra los costados y la proa. Sus cabellos ondean al viento. Le alcanza alguna salpicadura de agua. Pero Él duerme. Juan saca de debajo de un entablado su manto y, desde la proa, corre a la popa, y le tapa; le cubre con delicado amor.

La tempestad se hace cada vez mås amenazadora. El lago estå tan negro, que parece como si en él se hubiera derramado tinta; estriado por la espuma de las olas. La barca traga agua. El viento cada vez mås la va empujando mar adentro. Los discípulos ya sudan haciendo la maniobra y arrojando por la borda el agua que las olas vierten dentro. Pero no sirve de nada; se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas, y la barca cada vez se hace mås pesada.

185.4 Pedro pierde la calma y la paciencia. Deja a su hermano el timĂłn y, bamboleĂĄndose, se llega a JesĂșs y le menea vigorosamente.

JesĂșs se despierta y levanta la cabeza.

«¥Sålvanos, Maestro, que perecemos!» grita Pedro (tiene que gritar para poder ser oído).

JesĂșs mira a su discĂ­pulo fijamente, mira a los demĂĄs y luego al lago. «¿Tienes fe en que os puedo salvar?».

«Råpido, Maestro» grita Pedro mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la pobre barca; tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua. Los discípulos, que la ven venir, se arrodillan y se agarran donde pueden y como pueden, convencidos de que ha llegado el final.

JesĂșs se alza. EstĂĄ erguido sobre el entablado de la barca: figura blanca contra el color lĂ­vido de la tempestad. Extiende los brazos hacia la enfurecida ola y dice al viento: «¥DetĂ©nte y calla!», y al agua: «¥CĂĄlmate. Lo quiero!».

Y el golpe se disuelve en espuma, que cae inocua: un Ășltimo bramido que se apaga en susurro; y tambiĂ©n el viento, mutĂĄndose en suspiro su Ășltimo silbido. Sobre el lago pacificado vuelve el cielo despejado; la esperanza y la fe, al corazĂłn de los discĂ­pulos.

No puedo describir la majestad de JesĂșs: hay que verla para comprenderla. Me deleito en ella en mi interior, pues todavĂ­a tengo su presencia, y pienso en cuĂĄn plĂĄcido era el sueño de JesĂșs y cuĂĄn potente su imperio sobre el viento y las olas.

185.5 JesĂșs dice luego:

«No te voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos. Voy a ilustrarte los preliminares del pasaje evangélico.

¿Por qué dormía Yo? ¿No sabía, acaso, que la borrasca estaba llegando? Sí, Yo lo sabía, Yo sólo lo sabía. Y entonces, ¿por qué dormía?

Los apóstoles eran hombres, María; animados, sí, de buena voluntad, pero todavía muy “hombres”. El hombre se cree siempre capaz de todo. Y si se da el caso de que realmente sea hábil en algo, se envanece y se llena de apego a su “habilidad”.

Pedro, AndrĂ©s, Santiago y Juan eran buenos pescadores y, por tanto, se creĂ­an insuperables en las maniobras marineras. Yo, para ellos, era un gran “rabí”, pero no valĂ­a nada como marinero. Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos, y, cuando subĂ­an a la barca para atravesar el Mar de Galilea, me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de nada mĂĄs. TambiĂ©n lo hacĂ­an por afecto, porque no querĂ­an darme trabajos fĂ­sicos, si bien el apego a sus capacidades era el elemento mĂĄs importante.

MarĂ­a, Yo sĂłlo me impongo en casos excepcionales. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel dĂ­a, cansado como estaba y habiĂ©ndome solicitado que descansara, o sea, que les dejase actuar a ellos — a ellos que tan duchos eran — me puse a dormir... y a constatar cĂłmo el hombre “es hombre” y quiere actuar por sĂ­ solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. VeĂ­a en esos “sordos espirituales”, “ciegos espirituales”, a todos los sordos y ciegos del espĂ­ritu que durante siglos y siglos acarrearĂ­an su propia ruina por querer “actuar por sĂ­ solos”, teniĂ©ndome a mĂ­, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.

Cuando Pedro gritó: “¡Sálvanos!”, mi amargura descendió como una piedra por su propio peso.

Yo no soy “hombre”, soy el Dios-Hombre. No actĂșo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seĂĄis tan malos que os alegrĂ©is de ello, sĂ­ lo sois siempre en cuanto que os le quedĂĄis mirando desdeñosamente y con indiferencia — y no os conmovĂ©is ante su grito que pide ayuda — con grave ademĂĄn que significa: “¿No me has aceptado cuando te querĂ­a ayudar? Pues ahora arrĂ©glatelas solo”. No, Yo soy JesĂșs, soy Salvador, y salvo, MarĂ­a; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

185.6 Mas vosotros, bienquistos hombres, podrĂ­ais objetar: “¿Y por quĂ© permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?”.

Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabarĂ­ais creyĂ©ndoos autores del Bien — que en realidad es un don mĂ­o — y no os volverĂ­ais a acordar jamĂĄs de mĂ­, jamĂĄs.

TenĂ©is necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenĂ©is un Padre; como el hijo prĂłdigo, que se acordĂł de que lo tenĂ­a cuando sintiĂł hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia — causa de tantos errores — y de vuestra maldad — causa de tantos lutos y dolores —, de vuestras culpas — causa de castigo que vosotros mismos os proporcionĂĄis — y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, “vuestro” evangelio de la hora presente, pobres hijos mĂ­os. Llamadme. JesĂșs duerme sĂłlo porque estĂĄ angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré».

AnotaciĂłn

Ahora que todos duermen, me gustaría compartir mi alegría con vosotros. He "visto" el Evangelio de hoy. Las catequesis diarias de María Valtorta, registradas en la serie de "Cuadernos", comenzaron en abril de 1943, pero las visiones del Evangelio no empezaron realmente hasta enero de 1944. Así que ésta es una de las primeras visiones. Recuerda que no estån en orden cronológico.

JesĂșs estĂĄ dormido en la popa. En la popa de la barca.

JesĂșs se levanta, de pie sobre la repisa de la proa. Su rostro blanco resalta sobre la tormenta lĂ­vida. Extiende los brazos hacia las olas y dice al viento: "Detente y calla" y al agua: "CĂĄlmate. Quiero que te calmes". SegĂșn el lector M.L., este episodio de la tempestad calmada puede compararse con el Salmo 106 (hebreo 107), 23-30. Esta conexiĂłn debiĂł de estar presente despuĂ©s en la mente de los apĂłstoles que, como sus contemporĂĄneos, conocĂ­an de memoria los Salmos. Esto arroja luz adicional sobre los comentarios de JesĂșs a MarĂ­a Valtorta.

Evangelio de Mateo 8, 23-27

Mt 8, 23-27 : Mientras JesĂșs subĂ­a a la barca, sus discĂ­pulos le seguĂ­an. El mar se embraveciĂł tanto que las olas cubrieron la barca. Pero Ă©l estaba dormido. Los discĂ­pulos se acercaron a Ă©l y le despertaron, diciendo: "ÂĄSeñor, sĂĄlvanos! Estamos perdidos. Pero Ă©l les dijo: "ÂżPor quĂ© tenĂ©is tanto miedo, hombres de poca fe? JesĂșs se levantĂł, reprendiĂł a los vientos y al mar, y se produjo una gran calma. La gente, asombrada, decĂ­a: "ÂżQuiĂ©n es Ă©ste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?

Evangelio de Marcos 4, 37-41

Mc 4, 37-41 : HabĂ­a una violenta tempestad. Las olas chocaban contra la barca, que ya se estaba llenando. Él dormĂ­a sobre el cojĂ­n de popa. Los discĂ­pulos le despertaron y le dijeron: "Maestro, estamos perdidos; Âżno te importa? Despertado, amenazĂł al viento y dijo al mar: "ÂĄSilencio, calla!". El viento se calmĂł y reinĂł una gran calma. JesĂșs les dijo: "ÂżPor quĂ© tenĂ©is tanto miedo? ÂżAĂșn no tenĂ©is fe? Ellos, muy asustados, se decĂ­an unos a otros: "ÂżQuiĂ©n es Ă©ste, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Evangelio de Lucas 8, 23-25

Lc 8, 23-25 : Mientras navegaban, JesĂșs se durmiĂł. Se levantĂł una tempestad en el lago. Estaban sumergidos y en grave peligro. Los discĂ­pulos fueron a verle y le despertaron, diciendo: "ÂĄMaestro, maestro! ÂĄEstamos perdidos! Y Ă©l se despertĂł y reprendiĂł al viento y a las turbulentas olas. Se calmaron y reinĂł la paz. Entonces JesĂșs les dijo: "ÂżDĂłnde estĂĄ vuestra fe? Llenos de miedo, se asombraron y se decĂ­an unos a otros: "ÂżQuiĂ©n es Ă©ste que manda hasta a los vientos y a las olas, y le obedecen?

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