185.1 Ahora que todos duermen le voy a expresar mi alegrĂa. He âvistoâ el Evangelio de hoy.
Tenga en cuenta que esta mañana, mientras lo leĂa, me he dicho a mĂ misma: «Ăste es un episodio evangĂ©lico que no verĂ© nunca porque se presta poco a una visiĂłn». Sin embargo, cuando menos me lo esperaba, ha venido a llenarme de alegrĂa.
185.2 Cuanto sigue es lo que he visto.
Una barca de vela, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, una barca de pesca en la que pueden moverse cómodamente cinco o seis personas, surca las aguas de un hermoso lago de color azul intenso.
JesĂșs duerme en la popa. Va vestido de blanco, como de costumbre. Tiene la cabeza reclinada sobre el brazo izquierdo; debajo del brazo y la cabeza, ha colocado su manto azul-gris doblado varias veces. EstĂĄ sentado, no echado, en el fondo de la barca; su cabeza apoya sobre esa porciĂłn de entablado que estĂĄ en el extremo de la popa (no sĂ© cĂłmo la llaman los marineros). Duerme plĂĄcidamente. Se le ve cansado. EstĂĄ sereno.
Pedro guĂa el timĂłn. AndrĂ©s se ocupa de las velas. Juan con otros dos que no conozco estĂĄn poniendo en orden maromas y redes en el fondo de la barca, como si tuvieran intenciĂłn de prepararse para la pesca (quizĂĄs nocturna). Yo dirĂa que el dĂa se encamina al atardecer, pues el Sol desciende ya hacia occidente. Todos los discĂpulos se han subido las tĂșnicas, de forma que, sujetas con el cinturĂłn, estĂĄn abolsadas a la altura de la cintura, para asĂ estar mĂĄs libres de movimientos y poder desplazarse mejor por la barca, salvando remos, asientos, cestas y redes, sin que las tĂșnicas estorben; todos se han quitado el manto.
185.3 Veo que el cielo se oscurece y el Sol se esconde detrĂĄs de unos nubarrones de tormenta que han aparecido al improviso detrĂĄs del pinĂĄculo de una colina. El viento los empuja velozmente hacia el lago. Por el momento, el viento estĂĄ alto y el lago se mantiene sereno; eso sĂ, adquiere una tonalidad mĂĄs oscura y su superficie se frunce: no son todavĂa olas, pero empieza a agitarse el agua.
Pedro y Andrés observan el cielo y el lago, y organizan las maniobras para acercarse a la orilla. Pero, he aquà que el viento se abate sobre el lago y en pocos minutos todo bulle y espuma. Olas que se embisten mutuamente, que chocan contra la barquilla, levantåndola, bajåndola, giråndola en todas las direcciones, impiden las maniobras del timón, como el viento las de la vela, que ha de ser arriada.
JesĂșs sigue durmiendo. No le despiertan ni los pasos, ni las azogadas voces de los discĂpulos, ni el silbar del viento; ni siquiera los latigazos de las olas contra los costados y la proa. Sus cabellos ondean al viento. Le alcanza alguna salpicadura de agua. Pero Ăl duerme. Juan saca de debajo de un entablado su manto y, desde la proa, corre a la popa, y le tapa; le cubre con delicado amor.
La tempestad se hace cada vez mĂĄs amenazadora. El lago estĂĄ tan negro, que parece como si en Ă©l se hubiera derramado tinta; estriado por la espuma de las olas. La barca traga agua. El viento cada vez mĂĄs la va empujando mar adentro. Los discĂpulos ya sudan haciendo la maniobra y arrojando por la borda el agua que las olas vierten dentro. Pero no sirve de nada; se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas, y la barca cada vez se hace mĂĄs pesada.
185.4 Pedro pierde la calma y la paciencia. Deja a su hermano el timĂłn y, bamboleĂĄndose, se llega a JesĂșs y le menea vigorosamente.
JesĂșs se despierta y levanta la cabeza.
«¥SĂĄlvanos, Maestro, que perecemos!» grita Pedro (tiene que gritar para poder ser oĂdo).
JesĂșs mira a su discĂpulo fijamente, mira a los demĂĄs y luego al lago. «¿Tienes fe en que os puedo salvar?».
«RĂĄpido, Maestro» grita Pedro mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la pobre barca; tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua. Los discĂpulos, que la ven venir, se arrodillan y se agarran donde pueden y como pueden, convencidos de que ha llegado el final.
JesĂșs se alza. EstĂĄ erguido sobre el entablado de la barca: figura blanca contra el color lĂvido de la tempestad. Extiende los brazos hacia la enfurecida ola y dice al viento: «¥DetĂ©nte y calla!», y al agua: «¥CĂĄlmate. Lo quiero!».
Y el golpe se disuelve en espuma, que cae inocua: un Ășltimo bramido que se apaga en susurro; y tambiĂ©n el viento, mutĂĄndose en suspiro su Ășltimo silbido. Sobre el lago pacificado vuelve el cielo despejado; la esperanza y la fe, al corazĂłn de los discĂpulos.
No puedo describir la majestad de JesĂșs: hay que verla para comprenderla. Me deleito en ella en mi interior, pues todavĂa tengo su presencia, y pienso en cuĂĄn plĂĄcido era el sueño de JesĂșs y cuĂĄn potente su imperio sobre el viento y las olas.
185.5 JesĂșs dice luego:
«No te voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos. Voy a ilustrarte los preliminares del pasaje evangélico.
ÂżPor quĂ© dormĂa Yo? ÂżNo sabĂa, acaso, que la borrasca estaba llegando? SĂ, Yo lo sabĂa, Yo sĂłlo lo sabĂa. Y entonces, Âżpor quĂ© dormĂa?
Los apĂłstoles eran hombres, MarĂa; animados, sĂ, de buena voluntad, pero todavĂa muy âhombresâ. El hombre se cree siempre capaz de todo. Y si se da el caso de que realmente sea hĂĄbil en algo, se envanece y se llena de apego a su âhabilidadâ.
Pedro, AndrĂ©s, Santiago y Juan eran buenos pescadores y, por tanto, se creĂan insuperables en las maniobras marineras. Yo, para ellos, era un gran ârabĂâ, pero no valĂa nada como marinero. Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos, y, cuando subĂan a la barca para atravesar el Mar de Galilea, me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de nada mĂĄs. TambiĂ©n lo hacĂan por afecto, porque no querĂan darme trabajos fĂsicos, si bien el apego a sus capacidades era el elemento mĂĄs importante.
MarĂa, Yo sĂłlo me impongo en casos excepcionales. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel dĂa, cansado como estaba y habiĂ©ndome solicitado que descansara, o sea, que les dejase actuar a ellos â a ellos que tan duchos eran â me puse a dormir... y a constatar cĂłmo el hombre âes hombreâ y quiere actuar por sĂ solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. VeĂa en esos âsordos espiritualesâ, âciegos espiritualesâ, a todos los sordos y ciegos del espĂritu que durante siglos y siglos acarrearĂan su propia ruina por querer âactuar por sĂ solosâ, teniĂ©ndome a mĂ, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.
Cuando Pedro gritĂł: âÂĄSĂĄlvanos!â, mi amargura descendiĂł como una piedra por su propio peso.
Yo no soy âhombreâ, soy el Dios-Hombre. No actĂșo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seĂĄis tan malos que os alegrĂ©is de ello, sĂ lo sois siempre en cuanto que os le quedĂĄis mirando desdeñosamente y con indiferencia â y no os conmovĂ©is ante su grito que pide ayuda â con grave ademĂĄn que significa: âÂżNo me has aceptado cuando te querĂa ayudar? Pues ahora arrĂ©glatelas soloâ. No, Yo soy JesĂșs, soy Salvador, y salvo, MarĂa; salvo siempre, en cuanto se me invoca.
185.6 Mas vosotros, bienquistos hombres, podrĂais objetar: âÂżY por quĂ© permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?â.
Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabarĂais creyĂ©ndoos autores del Bien â que en realidad es un don mĂo â y no os volverĂais a acordar jamĂĄs de mĂ, jamĂĄs.
TenĂ©is necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenĂ©is un Padre; como el hijo prĂłdigo, que se acordĂł de que lo tenĂa cuando sintiĂł hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia â causa de tantos errores â y de vuestra maldad â causa de tantos lutos y dolores â, de vuestras culpas â causa de castigo que vosotros mismos os proporcionĂĄis â y de mi existencia, potencia y bondad.
Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, âvuestroâ evangelio de la hora presente, pobres hijos mĂos. Llamadme. JesĂșs duerme sĂłlo porque estĂĄ angustiado de ver vuestro desamor hacia Ăl. Llamadme y acudiré».