ECR 17.12 · Volumen 1
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
La imprudencia hace que (...) parezca inĂștil el mandato divino.
Notas del tema
ECR 17.12 · Volumen 1
La imprudencia hace que (...) parezca inĂștil el mandato divino.
ECR 17.13-15
La alegrĂa brotĂł de mi corazĂłn como un tallo de rosa florecida. Pero en seguida se adornĂł de punzantes espinas y quedĂł abrazada por la maraña del dolor, como esas ramas envueltas en campanillas de enredadera. El dolor del dolor de mi esposo: Ă©sta era la angustia dentro de mi gozo. El dolor del dolor de mi Hijo: Ă©stas eran las espinas de mi gozo.
Eva quiso el disfrute, el triunfo, la libertad: yo aceptĂ© el dolor, el anonadamiento, la esclavitud. RenunciĂ© a mi vida tranquila, a la estima de mi esposo, a la propia libertad. No me quedĂ© con nada. Me hice la Esclava de Dios en la carne, en la parte moral, en el espĂritu, confiĂĄndome a Ăl, no sĂłlo respecto a la concepciĂłn virginal, sino tambiĂ©n a la defensa de mi honor, a la consolaciĂłn de mi esposo, al medio con que conducirle a Ă©l tambiĂ©n a la sublimaciĂłn del matrimonio, de manera que los dos fuĂ©ramos quienes devolvieran al hombre y a la mujer la dignidad perdida.
17.14 AbracĂ© la voluntad del Señor por mĂ, por mi esposo, por mi Hijo. Dije âsĂâ por los tres, segura como estaba de que Dios no faltarĂa a su promesa de socorrerme en mi dolor de esposa que se ve juzgada culpable, en mi dolor de madre que ve que engendra para entregar a su Hijo al dolor.
âSĂâ dije. SĂ, y basta. Ese âsĂâ ha anulado el ânoâ que Eva opuso al mandato divino. âSĂ, Señor, como TĂș quieras. ConocerĂ© lo que TĂș quieras. VivirĂ© como TĂș quieras. EstarĂ© gozosa si TĂș lo quieres. SufrirĂ© por lo que TĂș quieras. SĂ, siempre sĂ, mi Señor, desde el momento en que tu rayo me hizo Madre hasta el momento en que me llamaste a ti. SĂ, siempre sĂ. Todas las voces de la carne, todas las pasiones de lo moral, bajo el peso de este sĂ mĂo perpetuo. Y encima, como encima de un pedestal de diamante, mi espĂritu, al cual le faltan las alas para volar a ti, pero es señor de todo el yo, domado y siervo tuyo, siervo en la alegrĂa, siervo en el dolor. ÂĄSonrĂe, oh Dios! ÂĄAlĂ©grate! La culpa ha sido vencida, cancelada, destruida; yace bajo mi talĂłn, ha sido lavada en mi llanto, destruida por mi obediencia. De mi seno nacerĂĄ el Ărbol nuevo que darĂĄ el Fruto que conocerĂĄ todo el Mal por haberlo padecido en sĂ y darĂĄ todo el Bien. A Ă©ste sĂ podrĂĄn acercarse los hombres, y yo me sentirĂ© feliz de que cojan de Ă©l, aunque no piensen que de mĂ nace. Con tal de que el hombre se salve y Dios sea amado, hĂĄgase de su esclava lo mismo que de la base de terreno en que un ĂĄrbol crece: escalĂłn para subirâ.
17.15 MarĂa, hay que saber ser siempre escalĂłn para que los demĂĄs suban a Dios. Si nos pisan, no importa, con tal de que logren ir a la Cruz. Es el nuevo ĂĄrbol que posee el fruto del conocimiento del Bien y del Mal, porque le dice al hombre lo que estĂĄ mal y lo que estĂĄ bien, para que sepa elegir y vivir; y sabe, al mismo tiempo, hacer de sĂ elixir para curar a los que se han intoxicado con el mal que quisieron gustar. Nuestro corazĂłn bajo los pies de los hombres, con tal de que el nĂșmero de los redimidos crezca y que la Sangre de mi JesĂșs no sea derramada sin fruto. Ăste es el destino de las esclavas de Dios. Mas luego mereceremos recibir en nuestro seno la Hostia santa, y, a los pies de la Cruz, embebida en su Sangre y en nuestro llanto, decir: âHe aquĂ, oh Padre, la Hostia inmaculada que te ofrecemos para salud del mundo. MĂranos, oh Padre, fundidas con Ella, y por sus mĂ©ritos infinitos danos tu bendiciĂłnâ.
ECR 17.13
17.13 Yo recorrĂ en sentido inverso el camino de los dos pecadores. ObedecĂ. ObedecĂ en todos los modos. Dios me habĂa pedido ser virgen. ObedecĂ. Habiendo amado la virginidad, que me hacĂa pura como la primera de las mujeres antes de conocer a SatanĂĄs, Dios me pidiĂł ser esposa. ObedecĂ, llevando al matrimonio a la pureza que tuvo, a ese grado de pureza que Dios tenĂa en su pensamiento cuando creĂł a los dos Primeros. Convencida de mi destino de soledad en el matrimonio y de desprecio del prĂłjimo por mi esterilidad santa, ahora Dios me pedĂa ser Madre. ObedecĂ. CreĂ que ello era posible y que esa palabra venĂa de Dios, porque la paz iba entrando en mĂ al oĂrla. No pensĂ©: âLo he merecidoâ. No me dije a mĂ misma: âAhora el mundo me admirarĂĄ, porque soy semejante a Dios dando ser a la carne de Diosâ. No. Me anonadĂ© en la humildad.
MarĂa describe la desobediencia de AdĂĄn y Eva. Luego declara:
ECR 17.15
17.15 MarĂa, hay que saber ser siempre escalĂłn para que los demĂĄs suban a Dios. Si nos pisan, no importa, con tal de que logren ir a la Cruz. Es el nuevo ĂĄrbol que posee el fruto del conocimiento del Bien y del Mal, porque le dice al hombre lo que estĂĄ mal y lo que estĂĄ bien, para que sepa elegir y vivir; y sabe, al mismo tiempo, hacer de sĂ elixir para curar a los que se han intoxicado con el mal que quisieron gustar. Nuestro corazĂłn bajo los pies de los hombres, con tal de que el nĂșmero de los redimidos crezca y que la Sangre de mi JesĂșs no sea derramada sin fruto. Ăste es el destino de las esclavas de Dios. Mas luego mereceremos recibir en nuestro seno la Hostia santa, y, a los pies de la Cruz, embebida en su Sangre y en nuestro llanto, decir: âHe aquĂ, oh Padre, la Hostia inmaculada que te ofrecemos para salud del mundo. MĂranos, oh Padre, fundidas con Ella, y por sus mĂ©ritos infinitos danos tu bendiciĂłnâ.
ECR 17.16-21
17.16 Dice JesĂșs:
«Las palabras de mi Madre deberĂan disolver cualquier vacilaciĂłn de pensamiento, incluso en los mĂĄs atrapados por las fĂłrmulas. (...)
HabĂa dicho: âmetafĂłrico ĂĄrbolâ; ahora dirĂ©: âsimbĂłlico ĂĄrbolâ. QuizĂĄs asĂ entenderĂ©is mejor. Su sĂmbolo es claro: de cĂłmo los dos hijos de Dios actuasen respecto a Ă©l, se comprenderĂa la medida de su tendencia al Bien y al Mal. Cual agua regia que prueba el oro, cual balanza del orfebre que pesa los quilates del oro, ese ĂĄrbol, que vino a ser una âmisiĂłnâ a causa del mandato divino respecto a Ă©l, dio la medida de la pureza del metal de AdĂĄn y de Eva.
17.17 Llega ya a mis oĂdos vuestra objeciĂłn: âÂżNo fue excesiva la condena y pueril el medio que condujo a ella?â.
No lo fue. Una desobediencia actualmente en vosotros, que sois sus herederos, es menos grave de lo que lo fue en ellos. Vosotros estĂĄis redimidos por mĂ, pero el veneno de SatanĂĄs, como ciertos morbos que no desaparecen nunca totalmente de la sangre, estĂĄ siempre pronto para reactivarse. Ellos, los dos progenitores, eran posesores de la Gracia sin haber tenido nunca el mĂĄs mĂnimo contacto con la Desgracia. Por tanto, eran mĂĄs fuertes, estaban mĂĄs respaldados por esa Gracia que generaba inocencia y amor. Infinito era el don que Dios les habĂa dado; mucho mĂĄs grave, por tanto, su caĂda poseyendo ese don.
17.18 TambiĂ©n el fruto ofrecido, y comido, era simbĂłlico. Era el fruto de una experiencia voluntariamente llevada a cabo por instigaciĂłn satĂĄnica contra el imperativo de Dios. Yo no les habĂa prohibido a los hombres el amor. QuerĂa Ășnicamente que se amaran sin malicia; de la misma forma que Yo los amaba con mi santidad, ellos habrĂan de amarse en santidad de afectos, de afectos limpios de toda libĂdine.
17.19 No se debe olvidar que la Gracia es foco de luz, y, que quien la posee conoce aquello que es Ăștil y bueno conocer. La Llena de Gracia conociĂł todo, porque la SabidurĂa la instruĂa (la SabidurĂa, que es Gracia), y supo guiarse a sĂ misma santamente. Eva conocĂa, por tanto, aquello que le era bueno conocer; no mĂĄs de eso. Porque es inĂștil conocer lo que no es bueno. No tuvo fe en las palabras de Dios y no fue fiel a su promesa de obediencia. PrestĂł fe a SatanĂĄs, infringiĂł la promesa, quiso conocer lo no bueno, lo amĂł sin remordimiento, transformĂł en cosa corrompida, envilecida, ese amor que Yo habĂa otorgado tan santo. Ăngel caĂdo, se revolcĂł en barro y paja, mientras que podĂa haber corrido dichosa entre las flores del ParaĂso Terrenal y ver florecer a su alrededor la prole, de la misma forma que un ĂĄrbol se cubre de flores sin combar su copa y meterla en el pantano.
17.20 No seĂĄis como esos niños estĂșpidos de que hablo en el Evangelio, los cuales oĂan cantar y se tapaban los oĂdos, oĂan tocar y no bailaban, oĂan llorar y querĂan reĂr. No seĂĄis mezquinos ni negadores. Aceptad la Luz, aceptadla sin malicia, sin testarudez, sin ironĂa o incredulidad. Y ya basta sobre esto.
17.21 Para que entendĂĄis cuĂĄnto debĂ©is sentiros agradecidos a Aquel que muriĂł para levantaros y orientaros de nuevo al Cielo y para vencer la concupiscencia de SatanĂĄs, he querido hablaros, en este tiempo de preparaciĂłn a la Pascua, de este primer eslabĂłn de la cadena con que el Verbo del Padre, el Cordero Divino, fue llevado a la muerte, al matadero. Os he querido hablar de ello porque al presente el noventa por ciento de vosotros estĂĄ, como Eva, intoxicado por el hĂĄlito y por la palabra de Lucifer, y no vivĂs para amaros sino para saciaros de sensualidad, no vivĂs para el Cielo sino para el barro; ya no sois criaturas dotadas de alma y razĂłn, sino perros sin alma y sin razĂłn. HabĂ©is matado el alma, habĂ©is depravado la razĂłn. En verdad os digo que las bestias, en sus amores, son mĂĄs honestas que vosotros».
La parte en cursiva es de la ediciĂłn de 1985. No aparece en la segunda ediciĂłn.
ECR 17.19
Es inĂștil conocer lo que no es bueno.
ECR 17.19
No se debe olvidar que la Gracia es foco de luz, y, que quien la posee conoce aquello que es Ăștil y bueno conocer.
ECR 18
TĂtulo del capĂtulo: MarĂa anuncia a JosĂ© la maternidad de Isabel y confĂa a Dios la tarea de justificar la suya.
Fecha de la visiĂłn y del dictado: sĂĄbado 25 de marzo de 1944 (fiesta de la AnunciaciĂłn).
Calendario: Miércoles 21 febrero AD -5
Lugar (mapa): Nazaret
Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs
Resumen: MarĂa estĂĄ sola en su casa de Nazaret. Probablemente es la noche de la AnunciaciĂłn. Reza y come muy sencillamente. JosĂ© llega cuando ella ha terminado y su mujer le da la bienvenida. Le lleva uvas y huevos, que quiere dar a MarĂa. La Plenitud de Gracia se da cuenta de que no ha comido y le trae lo que necesita: sĂłlo rechaza los huevos, que son para MarĂa, y sĂłlo para ella. El patriarca de la Sagrada Familia come y conversan. JosĂ© cuenta su dĂa y, entonces, cuando se hace el silencio, MarĂa toma la palabra para decirle que su prima ha sido madre. JosĂ©, sorprendido, le pregunta cĂłmo se ha enterado y, cuando MarĂa responde, le pide permiso para ir a ver a Isabel. JosĂ© responde afirmativamente, pero le pide que espere unos dĂas, pues tiene que ir a JerusalĂ©n. AsĂ que viajaron juntos hasta allĂ. DespuĂ©s, JosĂ© regresĂł a casa, pero le serĂa mĂĄs fĂĄcil acompañarla a la Ciudad Santa. MarĂa le dio las gracias y, poco despuĂ©s, el futuro padre de JesĂșs se marchĂł. MarĂa le dejĂł marchar, luego suspirĂł y rezĂł, sin duda por el dolor de no poder contarle su secreto.
MarĂa dictĂł entonces a MarĂa y le dijo que, despuĂ©s de volver en sĂ, durante el Ă©xtasis de la AnunciaciĂłn, su primer pensamiento fue JosĂ©. Ya no sentĂa ningĂșn temor en presencia de su esposo, pero ÂżcĂłmo podĂa decirle que era madre? Fue el EspĂritu Santo quien la mandĂł callar, y el Todo-Santo llevĂł a la perfecciĂłn su confianza de criatura. Se abandonĂł a Dios y experimentĂł su primer dolor como Corredentora. Ella nos exhorta a dejar que Dios defienda nuestra reputaciĂłn...
Contenido del capĂtulo: 18.1: MarĂa se prepara para la cena. 18.2: Llega JosĂ©. 18.3: Ella le hace comer. 18.4: Hablan de todo y de nada. 18.5: MarĂa va a ayudar a Isabel, que estĂĄ embarazada. 18.6: La pareja se separa. 18.7: ÂżQuĂ© le digo a JosĂ©? 18.8: Deja que yo te justifique. 18.9: Mi primer dolor de Corredentora. 18.10: ConfĂa a Dios el cuidado de tu reputaciĂłn.
ECR 18.1
18.1 Ante mi vista la casita de Nazaret, y MarĂa dentro, jovencita, como cuando el Ăngel de Dios se le apareciĂł. El solo hecho de ver, ya me llena el alma del perfume virginal de esa morada; del perfume angĂ©lico aĂșn presente en esa estancia en que el Ăngel agitĂł sus alas de oro; del perfume divino, que se ha concentrado enteramente en MarĂa para hacer de Ella una Madre y que ahora de Ella revierte.
Las sombras empiezan a invadir la estancia a la que antes habĂa descendido tanta luz de Cielo. EstĂĄ anocheciendo.
MarĂa, de rodillas al lado de su lecho, ora con las manos cruzadas sobre el pecho y con el rostro muy inclinado hacia el suelo. Lleva el mismo vestido del momento del Anuncio. Todo estĂĄ como entonces. La ramita florecida en su jarrĂłn, los muebles en el mismo orden. La Ășnica variaciĂłn es que la rueca y el huso estĂĄn apoyados en un rincĂłn: con su penacho de estambre, aquĂ©lla; con su brillante hilo envuelto en torno, Ă©ste.
MarĂa deja de rezar y se pone en pie, con el rostro encendido como por una llama. La boca sonrĂe, pero el llanto hace brillar su ojo azul. Coge la lĂĄmpara de aceite y con una piedra de chispa la enciende. Mira si todo estĂĄ ordenado en la habitaciĂłn. Endereza la cobija de la cama, que se habĂa torcido. Añade agua al jarrĂłn de la ramita florecida y le saca de la habitaciĂłn, al fresco de la noche. Luego entra otra vez. Coge el bordado que estaba doblado encima del mueble de anaqueles, y la lĂĄmpara encendida, y, cerrando la puerta, sale.
Da unos pasos por el huertecillo bordeando la casa, luego entra en la habitaciĂłn donde vi que JesĂșs se despidiĂł de MarĂa. La reconozco, a pesar de que falten ahora algunos objetos del mobiliario que entonces habĂa. MarĂa se marcha a otra pequeña habitaciĂłn cercana a Ă©sta, llevando la lĂĄmpara consigo, y yo me quedo, me quedo con la sola compañĂa de su labor depositada en la esquina de la mesa. Oigo ir y venir el paso leve de MarĂa; le oigo agitar agua, como quien estuviera lavando algo. Luego, romper unas ramitas. Comprendo que se trata de leña rota por el sonido que hace. Oigo que enciende el fuego.
Vuelve. Sale al jardincito. Vuelve a entrar; trae unas manzanas y verdura. Deja las manzanas en la mesa, en una bandeja de metal grabado (creo que se trata de cobre burilado). Vuelve a la cocina (estĂĄ claro que allĂ estĂĄ la cocina). Ahora la llama de la lumbre se proyecta alegre desde la puerta abierta hasta aquĂ dentro, representando una danza de sombras en las paredes.
Pasa un rato y MarĂa regresa con un pan pequeño y oscuro y un cuenco de leche caliente. Se sienta. Moja una rodajas de pan en la leche. Come tranquila y despacio. Luego, dejando la mitad del tazĂłn de leche, entra de nuevo en la cocina y vuelve con las verduras, les echa un poco de aceite y se las come con el pan. Para la sed, bebe la leche. Luego coge una manzana y se la come. Una cena de niña.
MarĂa piensa mientras come, y sonrĂe ante un Ăntimo pensamiento. Levanta la mirada, recorre con ella las paredes; parece como si les comunicase un secreto suyo. De vez en cuando, sin embargo, se pone seria, casi triste; pero luego le torna la sonrisa.
ECR 18.2-4
18.2 Se oye llamar a la puerta. MarĂa se levanta y abre. Entra JosĂ©. Se saludan. JosĂ© se sienta en un taburete, de la otra parte de la mesa, frente a MarĂa.
José es un hombre apuesto, en la plenitud de la vida. Tendrå unos treinta y cinco años como mucho. Su pelo castaño oscuro y su barba del mismo color le enmarcan un rostro proporcionado con dos dulces ojos castaños casi negros. Su frente es amplia y lisa; su nariz, delgada, ligeramente arqueada; carrillos mås bien llenos, de un moreno no aceitunado, incluso rosado en los pómulos. No es muy alto, sà de complexión fuerte y bien proporcionado.
Antes de sentarse se ha quitado el manto, que â es el primero que veo hecho de esa manera â es circular y se lleva sujeto al cuello con un ganchito o algo parecido, y tiene capucha. Es de color marrĂłn claro y parece hecho de una tela impermeable de lana basta. Parece un manto de montañés, bueno para resguardar de las inclemencias del tiempo.
18.3 TambiĂ©n antes de sentarse, le ha ofrecido a MarĂa dos huevos y un racimo de uvas, un poco arrugadas pero bien conservadas. Y sonrĂe diciendo: «Me las han traĂdo de CanĂĄ. Los huevos me los ha dado el CenturiĂłn por un trabajo que le hice a un carro suyo â se habĂa roto una rueda y el que trabaja para ellos estaba enfermo... â. Son frescos. Los ha cogido de su gallinero. BĂ©betelos. Te vendrĂĄn bien».
«Mañana, José. Acabo de comer».
«Las uvas sĂ te las puedes comer. Son buenas. Dulces como la miel. Las he traĂdo despacio para no estropearlas. CĂłmetelas. Tengo mĂĄs. Te las traigo mañana en una cesta. Esta noche no podĂa porque vengo directamente de casa del CenturiĂłn».
«Entonces, no has cenado todavĂa».
«No. Pero no importa».
MarĂa se levanta inmediatamente y va a la cocina. Vuelve con leche, aceitunas y queso. «No tengo otra cosa» dice. «CĂłmete un huevo».
JosĂ© no quiere. Los huevos son para MarĂa. Come con gusto su pan con queso y se bebe la leche, que estĂĄ todavĂa tibia. Luego acepta una manzana. La cena ha terminado.
MarĂa coge su bordado â primero ha despejado la mesa de las cosas de la cena con la ayuda de JosĂ©, que se ha quedado en la cocina incluso cuando Ella vuelve aquĂ. Le oigo mover las cosas poniendo todo en su sitio. Atiza el fuego de nuevo porque la noche estĂĄ fresca. Cuando vuelve, MarĂa le da las gracias.
18.4 Se ponen a hablar. JosĂ© cuenta cĂłmo ha pasado el dĂa. Habla de sus sobrinitos. Se interesa por el trabajo de MarĂa y por sus flores. Le promete que le traerĂĄ unas flores muy bonitas que el CenturiĂłn le ha ofrecido. «Nosotros no tenemos esas flores. Las han traĂdo de Roma. Me ha prometido que, apenas hayan germinado, me darĂĄ las plantas. Ahora, cuando la Luna sea propicia, te las planto. Tienen colores bonitos y un perfume muy bueno. Las he visto el verano pasado, porque florecen en verano. PerfumarĂĄn toda tu casa. Los ĂĄrboles los podarĂ© mĂĄs tarde, con la Luna favorable. Es Ă©se el momento».
MarĂa sonrĂe y de nuevo le da las gracias. Silencio. JosĂ© fija su mirada en la rubia cabeza de MarĂa inclinada hacia su trabajo de bordado. Es una mirada de amor angelical. Sin duda alguna, si un ĂĄngel amara a una mujer con amor de esposo, la mirarĂa asĂ.