Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 17.13-15

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La alegría brotó de mi corazón como un tallo de rosa florecida. Pero en seguida se adornó de punzantes espinas y quedó abrazada por la maraña del dolor, como esas ramas envueltas en campanillas de enredadera. El dolor del dolor de mi esposo: ésta era la angustia dentro de mi gozo. El dolor del dolor de mi Hijo: éstas eran las espinas de mi gozo.

Eva quiso el disfrute, el triunfo, la libertad: yo aceptĂ© el dolor, el anonadamiento, la esclavitud. RenunciĂ© a mi vida tranquila, a la estima de mi esposo, a la propia libertad. No me quedĂ© con nada. Me hice la Esclava de Dios en la carne, en la parte moral, en el espĂ­ritu, confiĂĄndome a Él, no sĂłlo respecto a la concepciĂłn virginal, sino tambiĂ©n a la defensa de mi honor, a la consolaciĂłn de mi esposo, al medio con que conducirle a Ă©l tambiĂ©n a la sublimaciĂłn del matrimonio, de manera que los dos fuĂ©ramos quienes devolvieran al hombre y a la mujer la dignidad perdida.

17.14 AbracĂ© la voluntad del Señor por mĂ­, por mi esposo, por mi Hijo. Dije “sí” por los tres, segura como estaba de que Dios no faltarĂ­a a su promesa de socorrerme en mi dolor de esposa que se ve juzgada culpable, en mi dolor de madre que ve que engendra para entregar a su Hijo al dolor.

“Sí” dije. SĂ­, y basta. Ese “sí” ha anulado el “no” que Eva opuso al mandato divino. “SĂ­, Señor, como TĂș quieras. ConocerĂ© lo que TĂș quieras. VivirĂ© como TĂș quieras. EstarĂ© gozosa si TĂș lo quieres. SufrirĂ© por lo que TĂș quieras. SĂ­, siempre sĂ­, mi Señor, desde el momento en que tu rayo me hizo Madre hasta el momento en que me llamaste a ti. SĂ­, siempre sĂ­. Todas las voces de la carne, todas las pasiones de lo moral, bajo el peso de este sĂ­ mĂ­o perpetuo. Y encima, como encima de un pedestal de diamante, mi espĂ­ritu, al cual le faltan las alas para volar a ti, pero es señor de todo el yo, domado y siervo tuyo, siervo en la alegrĂ­a, siervo en el dolor. ÂĄSonrĂ­e, oh Dios! ÂĄAlĂ©grate! La culpa ha sido vencida, cancelada, destruida; yace bajo mi talĂłn, ha sido lavada en mi llanto, destruida por mi obediencia. De mi seno nacerĂĄ el Árbol nuevo que darĂĄ el Fruto que conocerĂĄ todo el Mal por haberlo padecido en sĂ­ y darĂĄ todo el Bien. A Ă©ste sĂ­ podrĂĄn acercarse los hombres, y yo me sentirĂ© feliz de que cojan de Ă©l, aunque no piensen que de mĂ­ nace. Con tal de que el hombre se salve y Dios sea amado, hĂĄgase de su esclava lo mismo que de la base de terreno en que un ĂĄrbol crece: escalĂłn para subir”.

17.15 MarĂ­a, hay que saber ser siempre escalĂłn para que los demĂĄs suban a Dios. Si nos pisan, no importa, con tal de que logren ir a la Cruz. Es el nuevo ĂĄrbol que posee el fruto del conocimiento del Bien y del Mal, porque le dice al hombre lo que estĂĄ mal y lo que estĂĄ bien, para que sepa elegir y vivir; y sabe, al mismo tiempo, hacer de sĂ­ elixir para curar a los que se han intoxicado con el mal que quisieron gustar. Nuestro corazĂłn bajo los pies de los hombres, con tal de que el nĂșmero de los redimidos crezca y que la Sangre de mi JesĂșs no sea derramada sin fruto. Éste es el destino de las esclavas de Dios. Mas luego mereceremos recibir en nuestro seno la Hostia santa, y, a los pies de la Cruz, embebida en su Sangre y en nuestro llanto, decir: “He aquĂ­, oh Padre, la Hostia inmaculada que te ofrecemos para salud del mundo. MĂ­ranos, oh Padre, fundidas con Ella, y por sus mĂ©ritos infinitos danos tu bendiciĂłn”.

Palabras clave

ECR 17.13

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.13 Yo recorrĂ­ en sentido inverso el camino de los dos pecadores. ObedecĂ­. ObedecĂ­ en todos los modos. Dios me habĂ­a pedido ser virgen. ObedecĂ­. Habiendo amado la virginidad, que me hacĂ­a pura como la primera de las mujeres antes de conocer a SatanĂĄs, Dios me pidiĂł ser esposa. ObedecĂ­, llevando al matrimonio a la pureza que tuvo, a ese grado de pureza que Dios tenĂ­a en su pensamiento cuando creĂł a los dos Primeros. Convencida de mi destino de soledad en el matrimonio y de desprecio del prĂłjimo por mi esterilidad santa, ahora Dios me pedĂ­a ser Madre. ObedecĂ­. CreĂ­ que ello era posible y que esa palabra venĂ­a de Dios, porque la paz iba entrando en mĂ­ al oĂ­rla. No pensĂ©: “Lo he merecido”. No me dije a mĂ­ misma: “Ahora el mundo me admirarĂĄ, porque soy semejante a Dios dando ser a la carne de Dios”. No. Me anonadĂ© en la humildad.

Detalle

MarĂ­a describe la desobediencia de AdĂĄn y Eva. Luego declara:

Palabras clave

ECR 17.15

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.15 MarĂ­a, hay que saber ser siempre escalĂłn para que los demĂĄs suban a Dios. Si nos pisan, no importa, con tal de que logren ir a la Cruz. Es el nuevo ĂĄrbol que posee el fruto del conocimiento del Bien y del Mal, porque le dice al hombre lo que estĂĄ mal y lo que estĂĄ bien, para que sepa elegir y vivir; y sabe, al mismo tiempo, hacer de sĂ­ elixir para curar a los que se han intoxicado con el mal que quisieron gustar. Nuestro corazĂłn bajo los pies de los hombres, con tal de que el nĂșmero de los redimidos crezca y que la Sangre de mi JesĂșs no sea derramada sin fruto. Éste es el destino de las esclavas de Dios. Mas luego mereceremos recibir en nuestro seno la Hostia santa, y, a los pies de la Cruz, embebida en su Sangre y en nuestro llanto, decir: “He aquĂ­, oh Padre, la Hostia inmaculada que te ofrecemos para salud del mundo. MĂ­ranos, oh Padre, fundidas con Ella, y por sus mĂ©ritos infinitos danos tu bendiciĂłn”.

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ECR 17.16-21

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.16 Dice JesĂșs:

«Las palabras de mi Madre deberían disolver cualquier vacilación de pensamiento, incluso en los mås atrapados por las fórmulas. (...)

HabĂ­a dicho: “metafĂłrico ĂĄrbol”; ahora dirĂ©: “simbĂłlico ĂĄrbol”. QuizĂĄs asĂ­ entenderĂ©is mejor. Su sĂ­mbolo es claro: de cĂłmo los dos hijos de Dios actuasen respecto a Ă©l, se comprenderĂ­a la medida de su tendencia al Bien y al Mal. Cual agua regia que prueba el oro, cual balanza del orfebre que pesa los quilates del oro, ese ĂĄrbol, que vino a ser una “misiĂłn” a causa del mandato divino respecto a Ă©l, dio la medida de la pureza del metal de AdĂĄn y de Eva.

17.17 Llega ya a mis oídos vuestra objeción: “¿No fue excesiva la condena y pueril el medio que condujo a ella?”.

No lo fue. Una desobediencia actualmente en vosotros, que sois sus herederos, es menos grave de lo que lo fue en ellos. Vosotros estĂĄis redimidos por mĂ­, pero el veneno de SatanĂĄs, como ciertos morbos que no desaparecen nunca totalmente de la sangre, estĂĄ siempre pronto para reactivarse. Ellos, los dos progenitores, eran posesores de la Gracia sin haber tenido nunca el mĂĄs mĂ­nimo contacto con la Desgracia. Por tanto, eran mĂĄs fuertes, estaban mĂĄs respaldados por esa Gracia que generaba inocencia y amor. Infinito era el don que Dios les habĂ­a dado; mucho mĂĄs grave, por tanto, su caĂ­da poseyendo ese don.

17.18 TambiĂ©n el fruto ofrecido, y comido, era simbĂłlico. Era el fruto de una experiencia voluntariamente llevada a cabo por instigaciĂłn satĂĄnica contra el imperativo de Dios. Yo no les habĂ­a prohibido a los hombres el amor. QuerĂ­a Ășnicamente que se amaran sin malicia; de la misma forma que Yo los amaba con mi santidad, ellos habrĂ­an de amarse en santidad de afectos, de afectos limpios de toda libĂ­dine.

17.19 No se debe olvidar que la Gracia es foco de luz, y, que quien la posee conoce aquello que es Ăștil y bueno conocer. La Llena de Gracia conociĂł todo, porque la SabidurĂ­a la instruĂ­a (la SabidurĂ­a, que es Gracia), y supo guiarse a sĂ­ misma santamente. Eva conocĂ­a, por tanto, aquello que le era bueno conocer; no mĂĄs de eso. Porque es inĂștil conocer lo que no es bueno. No tuvo fe en las palabras de Dios y no fue fiel a su promesa de obediencia. PrestĂł fe a SatanĂĄs, infringiĂł la promesa, quiso conocer lo no bueno, lo amĂł sin remordimiento, transformĂł en cosa corrompida, envilecida, ese amor que Yo habĂ­a otorgado tan santo. Ángel caĂ­do, se revolcĂł en barro y paja, mientras que podĂ­a haber corrido dichosa entre las flores del ParaĂ­so Terrenal y ver florecer a su alrededor la prole, de la misma forma que un ĂĄrbol se cubre de flores sin combar su copa y meterla en el pantano.

17.20 No seĂĄis como esos niños estĂșpidos de que hablo en el Evangelio, los cuales oĂ­an cantar y se tapaban los oĂ­dos, oĂ­an tocar y no bailaban, oĂ­an llorar y querĂ­an reĂ­r. No seĂĄis mezquinos ni negadores. Aceptad la Luz, aceptadla sin malicia, sin testarudez, sin ironĂ­a o incredulidad. Y ya basta sobre esto.

17.21 Para que entendåis cuånto debéis sentiros agradecidos a Aquel que murió para levantaros y orientaros de nuevo al Cielo y para vencer la concupiscencia de Satanås, he querido hablaros, en este tiempo de preparación a la Pascua, de este primer eslabón de la cadena con que el Verbo del Padre, el Cordero Divino, fue llevado a la muerte, al matadero. Os he querido hablar de ello porque al presente el noventa por ciento de vosotros estå, como Eva, intoxicado por el hålito y por la palabra de Lucifer, y no vivís para amaros sino para saciaros de sensualidad, no vivís para el Cielo sino para el barro; ya no sois criaturas dotadas de alma y razón, sino perros sin alma y sin razón. Habéis matado el alma, habéis depravado la razón. En verdad os digo que las bestias, en sus amores, son mås honestas que vosotros».

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La parte en cursiva es de la ediciĂłn de 1985. No aparece en la segunda ediciĂłn.

Palabras clave

ECR 18

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo: María anuncia a José la maternidad de Isabel y confía a Dios la tarea de justificar la suya.

Fecha de la visiĂłn y del dictado: sĂĄbado 25 de marzo de 1944 (fiesta de la AnunciaciĂłn).

Calendario: Miércoles 21 febrero AD -5

Lugar (mapa): Nazaret

Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs

Resumen: MarĂ­a estĂĄ sola en su casa de Nazaret. Probablemente es la noche de la AnunciaciĂłn. Reza y come muy sencillamente. JosĂ© llega cuando ella ha terminado y su mujer le da la bienvenida. Le lleva uvas y huevos, que quiere dar a MarĂ­a. La Plenitud de Gracia se da cuenta de que no ha comido y le trae lo que necesita: sĂłlo rechaza los huevos, que son para MarĂ­a, y sĂłlo para ella. El patriarca de la Sagrada Familia come y conversan. JosĂ© cuenta su dĂ­a y, entonces, cuando se hace el silencio, MarĂ­a toma la palabra para decirle que su prima ha sido madre. JosĂ©, sorprendido, le pregunta cĂłmo se ha enterado y, cuando MarĂ­a responde, le pide permiso para ir a ver a Isabel. JosĂ© responde afirmativamente, pero le pide que espere unos dĂ­as, pues tiene que ir a JerusalĂ©n. AsĂ­ que viajaron juntos hasta allĂ­. DespuĂ©s, JosĂ© regresĂł a casa, pero le serĂ­a mĂĄs fĂĄcil acompañarla a la Ciudad Santa. MarĂ­a le dio las gracias y, poco despuĂ©s, el futuro padre de JesĂșs se marchĂł. MarĂ­a le dejĂł marchar, luego suspirĂł y rezĂł, sin duda por el dolor de no poder contarle su secreto.

MarĂ­a dictĂł entonces a MarĂ­a y le dijo que, despuĂ©s de volver en sĂ­, durante el Ă©xtasis de la AnunciaciĂłn, su primer pensamiento fue JosĂ©. Ya no sentĂ­a ningĂșn temor en presencia de su esposo, pero ÂżcĂłmo podĂ­a decirle que era madre? Fue el EspĂ­ritu Santo quien la mandĂł callar, y el Todo-Santo llevĂł a la perfecciĂłn su confianza de criatura. Se abandonĂł a Dios y experimentĂł su primer dolor como Corredentora. Ella nos exhorta a dejar que Dios defienda nuestra reputaciĂłn...

Contenido del capítulo: 18.1: María se prepara para la cena. 18.2: Llega José. 18.3: Ella le hace comer. 18.4: Hablan de todo y de nada. 18.5: María va a ayudar a Isabel, que estå embarazada. 18.6: La pareja se separa. 18.7: ¿Qué le digo a José? 18.8: Deja que yo te justifique. 18.9: Mi primer dolor de Corredentora. 18.10: Confía a Dios el cuidado de tu reputación.

Palabras clave

ECR 18.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.1 Ante mi vista la casita de Nazaret, y MarĂ­a dentro, jovencita, como cuando el Ángel de Dios se le apareciĂł. El solo hecho de ver, ya me llena el alma del perfume virginal de esa morada; del perfume angĂ©lico aĂșn presente en esa estancia en que el Ángel agitĂł sus alas de oro; del perfume divino, que se ha concentrado enteramente en MarĂ­a para hacer de Ella una Madre y que ahora de Ella revierte.

Las sombras empiezan a invadir la estancia a la que antes habĂ­a descendido tanta luz de Cielo. EstĂĄ anocheciendo.

MarĂ­a, de rodillas al lado de su lecho, ora con las manos cruzadas sobre el pecho y con el rostro muy inclinado hacia el suelo. Lleva el mismo vestido del momento del Anuncio. Todo estĂĄ como entonces. La ramita florecida en su jarrĂłn, los muebles en el mismo orden. La Ășnica variaciĂłn es que la rueca y el huso estĂĄn apoyados en un rincĂłn: con su penacho de estambre, aquĂ©lla; con su brillante hilo envuelto en torno, Ă©ste.

María deja de rezar y se pone en pie, con el rostro encendido como por una llama. La boca sonríe, pero el llanto hace brillar su ojo azul. Coge la låmpara de aceite y con una piedra de chispa la enciende. Mira si todo estå ordenado en la habitación. Endereza la cobija de la cama, que se había torcido. Añade agua al jarrón de la ramita florecida y le saca de la habitación, al fresco de la noche. Luego entra otra vez. Coge el bordado que estaba doblado encima del mueble de anaqueles, y la låmpara encendida, y, cerrando la puerta, sale.

Da unos pasos por el huertecillo bordeando la casa, luego entra en la habitaciĂłn donde vi que JesĂșs se despidiĂł de MarĂ­a. La reconozco, a pesar de que falten ahora algunos objetos del mobiliario que entonces habĂ­a. MarĂ­a se marcha a otra pequeña habitaciĂłn cercana a Ă©sta, llevando la lĂĄmpara consigo, y yo me quedo, me quedo con la sola compañía de su labor depositada en la esquina de la mesa. Oigo ir y venir el paso leve de MarĂ­a; le oigo agitar agua, como quien estuviera lavando algo. Luego, romper unas ramitas. Comprendo que se trata de leña rota por el sonido que hace. Oigo que enciende el fuego.

Vuelve. Sale al jardincito. Vuelve a entrar; trae unas manzanas y verdura. Deja las manzanas en la mesa, en una bandeja de metal grabado (creo que se trata de cobre burilado). Vuelve a la cocina (estĂĄ claro que allĂ­ estĂĄ la cocina). Ahora la llama de la lumbre se proyecta alegre desde la puerta abierta hasta aquĂ­ dentro, representando una danza de sombras en las paredes.

Pasa un rato y María regresa con un pan pequeño y oscuro y un cuenco de leche caliente. Se sienta. Moja una rodajas de pan en la leche. Come tranquila y despacio. Luego, dejando la mitad del tazón de leche, entra de nuevo en la cocina y vuelve con las verduras, les echa un poco de aceite y se las come con el pan. Para la sed, bebe la leche. Luego coge una manzana y se la come. Una cena de niña.

MarĂ­a piensa mientras come, y sonrĂ­e ante un Ă­ntimo pensamiento. Levanta la mirada, recorre con ella las paredes; parece como si les comunicase un secreto suyo. De vez en cuando, sin embargo, se pone seria, casi triste; pero luego le torna la sonrisa.

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ECR 18.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.2 Se oye llamar a la puerta. María se levanta y abre. Entra José. Se saludan. José se sienta en un taburete, de la otra parte de la mesa, frente a María.

José es un hombre apuesto, en la plenitud de la vida. Tendrå unos treinta y cinco años como mucho. Su pelo castaño oscuro y su barba del mismo color le enmarcan un rostro proporcionado con dos dulces ojos castaños casi negros. Su frente es amplia y lisa; su nariz, delgada, ligeramente arqueada; carrillos mås bien llenos, de un moreno no aceitunado, incluso rosado en los pómulos. No es muy alto, sí de complexión fuerte y bien proporcionado.

Antes de sentarse se ha quitado el manto, que — es el primero que veo hecho de esa manera — es circular y se lleva sujeto al cuello con un ganchito o algo parecido, y tiene capucha. Es de color marrĂłn claro y parece hecho de una tela impermeable de lana basta. Parece un manto de montañés, bueno para resguardar de las inclemencias del tiempo.

18.3 TambiĂ©n antes de sentarse, le ha ofrecido a MarĂ­a dos huevos y un racimo de uvas, un poco arrugadas pero bien conservadas. Y sonrĂ­e diciendo: «Me las han traĂ­do de CanĂĄ. Los huevos me los ha dado el CenturiĂłn por un trabajo que le hice a un carro suyo — se habĂ­a roto una rueda y el que trabaja para ellos estaba enfermo... —. Son frescos. Los ha cogido de su gallinero. BĂ©betelos. Te vendrĂĄn bien».

«Mañana, José. Acabo de comer».

«Las uvas sí te las puedes comer. Son buenas. Dulces como la miel. Las he traído despacio para no estropearlas. Cómetelas. Tengo mås. Te las traigo mañana en una cesta. Esta noche no podía porque vengo directamente de casa del Centurión».

«Entonces, no has cenado todavía».

«No. Pero no importa».

María se levanta inmediatamente y va a la cocina. Vuelve con leche, aceitunas y queso. «No tengo otra cosa» dice. «Cómete un huevo».

José no quiere. Los huevos son para María. Come con gusto su pan con queso y se bebe la leche, que estå todavía tibia. Luego acepta una manzana. La cena ha terminado.

MarĂ­a coge su bordado — primero ha despejado la mesa de las cosas de la cena con la ayuda de JosĂ©, que se ha quedado en la cocina incluso cuando Ella vuelve aquĂ­. Le oigo mover las cosas poniendo todo en su sitio. Atiza el fuego de nuevo porque la noche estĂĄ fresca. Cuando vuelve, MarĂ­a le da las gracias.

18.4 Se ponen a hablar. José cuenta cómo ha pasado el día. Habla de sus sobrinitos. Se interesa por el trabajo de María y por sus flores. Le promete que le traerå unas flores muy bonitas que el Centurión le ha ofrecido. «Nosotros no tenemos esas flores. Las han traído de Roma. Me ha prometido que, apenas hayan germinado, me darå las plantas. Ahora, cuando la Luna sea propicia, te las planto. Tienen colores bonitos y un perfume muy bueno. Las he visto el verano pasado, porque florecen en verano. Perfumarån toda tu casa. Los årboles los podaré mås tarde, con la Luna favorable. Es ése el momento».

María sonríe y de nuevo le da las gracias. Silencio. José fija su mirada en la rubia cabeza de María inclinada hacia su trabajo de bordado. Es una mirada de amor angelical. Sin duda alguna, si un ångel amara a una mujer con amor de esposo, la miraría así.

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