17.8 Dice MarĂa:
«Gozoso â pues, efectivamente, cuando comprendĂ la misiĂłn a que Dios me llamaba, mi corazĂłn se llenĂł de gozo â, mi corazĂłn se abriĂł como una azucena en capullo y vertiĂł la sangre que habrĂa de ser terreno para la Semilla del Señor.
17.9 AlegrĂa de ser madre.
Me habĂa consagrado a Dios desde mi mĂĄs tierna edad, porque la luz del AltĂsimo me habĂa iluminado acerca de la causa del mal del mundo; yo deseĂ©, por lo que de mĂ dependĂa, borrar de mĂ la huella de SatanĂĄs.
No sabĂa que no tenĂa mancha. No podĂa pensarlo. El solo hecho de pensarlo habrĂa sido presunciĂłn y soberbia porque, habiendo nacido de padre y madre humanos, no me era lĂcito pensar que justamente yo era la Elegida para ser la Sin Mancha.
El EspĂritu de Dios me habĂa instruido acerca del dolor del Padre ante la corrupciĂłn de Eva, que habĂa aceptado degradarse â siendo una criatura de gracia â a un nivel de criatura inferior. Yo tenĂa la intenciĂłn de suavizar ese dolor, poniendo de nuevo mi carne en la situaciĂłn de pureza angĂ©lica, conservĂĄndome intacta de pensamientos, deseos y contactos humanos. SĂłlo para Ăl serĂa mi latido de amor; sĂłlo para Ăl, mi ser. No habĂa en mĂ sed carnal, pero sĂ sentĂa el sacrificio de no ser madre.
La maternidad, exenta de lo que ahora la humilla, le habĂa sido concedida por el Padre creador tambiĂ©n a Eva. ÂĄDulce y pura maternidad sin el peso del sentido! ÂĄYo la experimentĂ©! ÂĄCuĂĄn grande la pĂ©rdida de Eva, renunciando a esta riqueza! Mayor que la pĂ©rdida de la inmortalidad. No, no creĂĄis que es una exageraciĂłn. Mi JesĂșs, y con Ăl yo, su Madre, conocimos el languor de la muerte. Yo, el dulce languidecer de quien, cansado, se duerme; Ăl, ese languidecer atroz de quien muere por haber sido condenado. A nosotros, pues, tambiĂ©n nos vino la muerte. Sin embargo, la maternidad exenta de cualquier tipo de violaciĂłn me vino solamente a mĂ, la nueva Eva, para que yo pudiera manifestarle al mundo cuĂĄn dulce era el destino de la mujer, llamada a ser madre sin el dolor de la carne. El deseo de esta pura maternidad, siendo, como es, la gloria de la mujer, podĂa estar, y estaba, en la Virgen toda de Dios. Añadid a vuestra consideraciĂłn el honor en que era tenida la mujer madre en el pueblo israelita, y comprenderĂ©is mejor la naturaleza del sacrificio cumplido al consagrarme a esta privaciĂłn.
Ahora a su sierva el eterno Bueno le ofrecĂa este don, sin privarme del candor de que yo me habĂa vestido para ser flor en su trono. Por ello exultaba, con el doble gozo de ser madre de un hombre y de ser Madre de Dios.
17.10 AlegrĂa porque a travĂ©s de mĂ se restablecĂa la paz entre el Cielo y la Tierra.
ÂĄOh..., haber deseado esta paz por amor a Dios y por amor al prĂłjimo, y saber que por medio de mĂ, pobre esclava del Poderoso, aquĂ©lla venĂa al mundo! ÂĄDecir: âHombres, no llorĂ©is mĂĄs. Yo traigo conmigo el secreto que os harĂĄ felices. No os lo puedo manifestar, porque estĂĄ sellado en mĂ, en mi corazĂłn, de la misma forma que el Hijo dentro del intacto seno. Ya os lo traigo, ya cada hora que pasa estĂĄ mĂĄs cercano el momento en que le verĂ©is y sabrĂ©is su Nombre santoâ!
17.11 AlegrĂa de haber hecho feliz a Dios: alegrĂa del creyente que ve feliz a su Dios.
ÂĄOh..., haber quitado del corazĂłn de Dios la amargura de la desobediencia de Eva, de la soberbia de Eva, de su incredulidad!
17.12 Mi JesĂșs ha explicado con quĂ© culpa se manchĂł la Pareja primera. Yo he anulado esa culpa recorriendo en sentido inverso, para ascender, las etapas de su descenso.
El principio de la culpa estuvo en la desobediencia: âNo comĂĄis y no toquĂ©is de ese ĂĄrbolâ, habĂa dicho Dios. Pero el hombre y la mujer, los reyes de la creaciĂłn, que podĂan tocar todo y comer todo excepto aquello â porque Dios querĂa hacerlos sĂłlo inferiores a los ĂĄngeles â no tomaron en consideraciĂłn ese veto.
El ĂĄrbol: el medio para probar la obediencia de los hijos.
¿Qué es la obediencia al mandato divino? Es un bien porque Dios no ordena sino el bien. ¿Qué es la desobediencia? Es un mal porque pone al corazón en las disposiciones de rebelión sobre las cuales Satanås puede obrar.
Eva va al ĂĄrbol, a ese ĂĄrbol del que vendrĂa: alejĂĄndose, su bien; acercĂĄndose, su mal. La arrastra a Ă©l la curiosidad ingenua de ver quĂ© es lo que podĂa tener en sĂ de especial; la arrastra la imprudencia, que hace que le parezca inĂștil el mandato divino, dado que ella es fuerte y pura, reina del EdĂ©n, donde todo le presta obediencia, donde nada podrĂĄ causarle mal alguno. Su presunciĂłn la pierde. La presunciĂłn es ya levadura de soberbia.
En el ĂĄrbol encuentra al Seductor, el cual, a su inexperiencia, a su tan hermosa y virgen inexperiencia, a esa inexperiencia que no supo tutelar, le canta la canciĂłn de la mentira: âÂżTĂș crees que aquĂ hay mal? No. Dios te lo ha dicho porque quiere teneros bajo la esclavitud de su poder. ÂżCreĂ©is que sois reyes? No tenĂ©is ni siquiera la libertad de las fieras. Ellas tienen concedido el amarse con amor verdadero, vosotros no. A las fieras se les ha concedido el ser creadoras como Dios. Ellas engendrarĂĄn hijos y verĂĄn a su gusto crecer la familia, vosotros no. A vosotros os ha sido negado este contento. ÂżEn razĂłn de quĂ©, pues, que seĂĄis hombre y mujer, para tener que vivir de ese modo? Sed dioses. ÂżNo sabĂ©is quĂ© alegrĂa supone el ser dos en una sola carne creadora de una tercera, de muchas otras terceras! No creĂĄis en las promesas de Dios acerca del gozo de una descendencia viendo a vuestros hijos crearse nuevas familias, dejando por ellas padre y madre. Os ha dado un simulacro de vida. La verdadera vida estĂĄ en conocer las leyes de la vida. Entonces serĂ©is como dioses y podrĂ©is decirle a Dios: âSomos tus igualesâ â.
Y la seducciĂłn continuĂł, porque no hubo voluntad de interrumpirla, sino, mĂĄs bien, de continuarla, y de conocer aquello que no le pertenecĂa al hombre. He aquĂ pues que el ĂĄrbol prohibido vino a ser, para la raza, realmente mortal, porque de sus ramos pendĂa el fruto del amargo saber que venĂa de SatanĂĄs; y la mujer vino a ser hembra, y, con la levadura del conocimiento satĂĄnico en el corazĂłn, fue a AdĂĄn a corromperle. Humillada asĂ la carne, corrompida la parte moral, degradado el espĂritu, conocieron el dolor y la muerte: del espĂritu privado de la Gracia; de la carne privada de la inmortalidad. Y la herida de Eva engendrĂł el sufrimiento, que no se calmarĂĄ hasta la extinciĂłn de la Ășltima pareja de la tierra.
17.13 Yo recorrĂ en sentido inverso el camino de los dos pecadores. ObedecĂ. ObedecĂ en todos los modos. Dios me habĂa pedido ser virgen. ObedecĂ. Habiendo amado la virginidad, que me hacĂa pura como la primera de las mujeres antes de conocer a SatanĂĄs, Dios me pidiĂł ser esposa. ObedecĂ, llevando al matrimonio a la pureza que tuvo, a ese grado de pureza que Dios tenĂa en su pensamiento cuando creĂł a los dos Primeros. Convencida de mi destino de soledad en el matrimonio y de desprecio del prĂłjimo por mi esterilidad santa, ahora Dios me pedĂa ser Madre. ObedecĂ. CreĂ que ello era posible y que esa palabra venĂa de Dios, porque la paz iba entrando en mĂ al oĂrla. No pensĂ©: âLo he merecidoâ. No me dije a mĂ misma: âAhora el mundo me admirarĂĄ, porque soy semejante a Dios dando ser a la carne de Diosâ. No. Me anonadĂ© en la humildad.
La alegrĂa brotĂł de mi corazĂłn como un tallo de rosa florecida. Pero en seguida se adornĂł de punzantes espinas y quedĂł abrazada por la maraña del dolor, como esas ramas envueltas en campanillas de enredadera. El dolor del dolor de mi esposo: Ă©sta era la angustia dentro de mi gozo. El dolor del dolor de mi Hijo: Ă©stas eran las espinas de mi gozo.
Eva quiso el disfrute, el triunfo, la libertad: yo aceptĂ© el dolor, el anonadamiento, la esclavitud. RenunciĂ© a mi vida tranquila, a la estima de mi esposo, a la propia libertad. No me quedĂ© con nada. Me hice la Esclava de Dios en la carne, en la parte moral, en el espĂritu, confiĂĄndome a Ăl, no sĂłlo respecto a la concepciĂłn virginal, sino tambiĂ©n a la defensa de mi honor, a la consolaciĂłn de mi esposo, al medio con que conducirle a Ă©l tambiĂ©n a la sublimaciĂłn del matrimonio, de manera que los dos fuĂ©ramos quienes devolvieran al hombre y a la mujer la dignidad perdida.
17.14 AbracĂ© la voluntad del Señor por mĂ, por mi esposo, por mi Hijo. Dije âsĂâ por los tres, segura como estaba de que Dios no faltarĂa a su promesa de socorrerme en mi dolor de esposa que se ve juzgada culpable, en mi dolor de madre que ve que engendra para entregar a su Hijo al dolor.
âSĂâ dije. SĂ, y basta. Ese âsĂâ ha anulado el ânoâ que Eva opuso al mandato divino. âSĂ, Señor, como TĂș quieras. ConocerĂ© lo que TĂș quieras. VivirĂ© como TĂș quieras. EstarĂ© gozosa si TĂș lo quieres. SufrirĂ© por lo que TĂș quieras. SĂ, siempre sĂ, mi Señor, desde el momento en que tu rayo me hizo Madre hasta el momento en que me llamaste a ti. SĂ, siempre sĂ. Todas las voces de la carne, todas las pasiones de lo moral, bajo el peso de este sĂ mĂo perpetuo. Y encima, como encima de un pedestal de diamante, mi espĂritu, al cual le faltan las alas para volar a ti, pero es señor de todo el yo, domado y siervo tuyo, siervo en la alegrĂa, siervo en el dolor. ÂĄSonrĂe, oh Dios! ÂĄAlĂ©grate! La culpa ha sido vencida, cancelada, destruida; yace bajo mi talĂłn, ha sido lavada en mi llanto, destruida por mi obediencia. De mi seno nacerĂĄ el Ărbol nuevo que darĂĄ el Fruto que conocerĂĄ todo el Mal por haberlo padecido en sĂ y darĂĄ todo el Bien. A Ă©ste sĂ podrĂĄn acercarse los hombres, y yo me sentirĂ© feliz de que cojan de Ă©l, aunque no piensen que de mĂ nace. Con tal de que el hombre se salve y Dios sea amado, hĂĄgase de su esclava lo mismo que de la base de terreno en que un ĂĄrbol crece: escalĂłn para subirâ.
17.15 MarĂa, hay que saber ser siempre escalĂłn para que los demĂĄs suban a Dios. Si nos pisan, no importa, con tal de que logren ir a la Cruz. Es el nuevo ĂĄrbol que posee el fruto del conocimiento del Bien y del Mal, porque le dice al hombre lo que estĂĄ mal y lo que estĂĄ bien, para que sepa elegir y vivir; y sabe, al mismo tiempo, hacer de sĂ elixir para curar a los que se han intoxicado con el mal que quisieron gustar. Nuestro corazĂłn bajo los pies de los hombres, con tal de que el nĂșmero de los redimidos crezca y que la Sangre de mi JesĂșs no sea derramada sin fruto. Ăste es el destino de las esclavas de Dios. Mas luego mereceremos recibir en nuestro seno la Hostia santa, y, a los pies de la Cruz, embebida en su Sangre y en nuestro llanto, decir: âHe aquĂ, oh Padre, la Hostia inmaculada que te ofrecemos para salud del mundo. MĂranos, oh Padre, fundidas con Ella, y por sus mĂ©ritos infinitos danos tu bendiciĂłnâ.
Y yo te doy una caricia. Descansa, hija. El Señor estå contigo».