Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 18.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.5 MarĂ­a, como quien hubiese tomado una decisiĂłn, pone en su regazo el bordado y dice: «JosĂ©, yo tambiĂ©n tengo algo que decirte. Nunca recibo nada, pues tĂș sabes quĂ© retirada vivo. Pero, hoy he recibido una noticia. He tenido noticia de que nuestra parienta Isabel, mujer de ZacarĂ­as, va a tener pronto un hijo...».

José abre enormemente los ojos y dice: «¿A su edad?».

«A su edad» responde sonriendo María. «El Señor todo lo puede, y ahora ha querido darle esta alegría a nuestra parienta».

«¿Cómo lo has sabido? ¿Es segura esta noticia?».

«Ha venido un mensajero; y es uno que no puede mentir. Yo quisiera ir donde Isabel, para servirla y decirle que exulto con ella. Si tĂș lo permites...».

«MarĂ­a, tĂș eres mi señora y yo tu siervo. Todo lo que haces estĂĄ bien hecho. ÂżCuĂĄndo quisieras partir?».

«Lo antes posible. Pero estaré fuera algunos meses».

«Y yo contarĂ© los dĂ­as esperĂĄndote. Ve tranquila. Me ocuparĂ© de la casa y de tu huertecito. Cuando vuelvas encontrarĂĄs tus flores tan bonitas como si tĂș misma las hubieras estado cuidando. SĂłlo una cosa... Espera. Antes de la Pascua tengo que ir a JerusalĂ©n, para comprar unas cosas para mi trabajo. Si esperas unos dĂ­as, te acompaño hasta allĂ­; no mĂĄs lejos, porque debo volver rĂĄpidamente; pero hasta allĂ­ podemos ir juntos. Estoy mĂĄs tranquilo si no pienso que vas sola por los caminos. Para la vuelta, hĂĄzmelo saber, y asĂ­ saldrĂ© a tu encuentro».

«Eres muy bueno, José. Que el Señor te recompense con sus bendiciones y mantenga lejos de ti el dolor. Le pido siempre por esto».

18.6 Los dos castos esposos se sonrĂ­en angelicalmente. Silencio de nuevo durante un tiempo.

Luego José se pone en pie. Se pone el manto, se pone la capucha, se despide de María, que también se ha levantado, y sale.

MarĂ­a le sigue con la mirada y con un suspiro como de pena. Luego levanta los ojos al cielo. EstĂĄ, sin duda, orando. Cierra la puerta con cuidado. Dobla el bordado. Va a la cocina. Apaga, o cubre, la lumbre. Mira a ver si todo estĂĄ como debe. Coge la lĂĄmpara y sale, cerrando la puerta. Con su mano protege la llamita, temblorosa en el viento fresquito de la noche. Entra en su habitaciĂłn y sigue orando.

La visiĂłn cesa asĂ­.

Detalle

María anuncia a José la maternidad de Isabel.

Palabras clave

ECR 18.7-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.7 Dice MarĂ­a:

«Hija mía querida, cuando, terminado el éxtasis que me había henchido de inefable alegría, regresé a los sentidos de la Tierra, el primer pensamiento que, punzante como espina de rosas, hirió mi corazón envuelto en las rosas del Divino Amor, desposado conmigo unos instantes antes, fue José.

Yo ya amaba entonces a este santo y providente custodio mĂ­o. Desde el momento en que la voluntad de Dios, a travĂ©s de la palabra de su Sacerdote, quiso que fuera esposa de JosĂ©, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo. Unida a Ă©l, sentĂ­ cesar mi estado de desorientaciĂłn por mi orfandad, y dejĂ© de añorar el perdido amparo del Templo. Él era tan dulce como el padre que habĂ­a perdido. Junto a Ă©l me sentĂ­a tan segura como junto al Sacerdote. Toda vacilaciĂłn habĂ­a cesado; es mĂĄs, habĂ­a quedado olvidada — efectivamente, mucho se habĂ­an alejado de mi corazĂłn de virgen las vacilaciones, porque habĂ­a comprendido que no tenĂ­a motivo alguno de vacilar, que no tenĂ­a nada que temer respecto a JosĂ© —. Mi virginidad, confiada a JosĂ©, estaba mĂĄs segura que un niño en brazos de su madre.

18.8 ÂżCĂłmo decirle ahora que era Madre? Trataba de encontrar las palabras con que anunciĂĄrselo. DifĂ­cil bĂșsqueda. No querĂ­a yo, en efecto, alabarme por el don divino recibido, y no podĂ­a justificar mi maternidad en ningĂșn modo sin decir: “El Señor me ha amado entre todas las mujeres y de mĂ­, su sierva, ha hecho su Esposa”. Tampoco querĂ­a engañarle, ocultĂĄndole mi estado.

Pero, mientras oraba, el EspĂ­ritu que me llenaba me habĂ­a dicho: “Guarda silencio. DĂ©jame a mĂ­ la tarea de justificarte ante tu esposo”. ÂżCuĂĄndo? ÂżCĂłmo? No lo habĂ­a preguntado. Siempre me habĂ­a abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva. JamĂĄs el Eterno me habĂ­a dejado sin su ayuda. Su mano me habĂ­a sujetado, protegido, guiado hasta aquĂ­; esta vez, pues, tambiĂ©n lo harĂ­a.

18.9 Hija mĂ­a, ÂĄquĂ© hermosa y confortante es la fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone entre sus brazos como si fueran una cuna; nos lleva, como una barca, al radiante puerto del Bien; da calor a nuestro corazĂłn, nos consuela, nos nutre, nos proporciona descanso y jĂșbilo, nos ilumina y nos guĂ­a. La confianza en Dios lo es todo, y Dios da todo a quien tiene confianza en Él: se da Él mismo.

Aquella tarde llevĂ© hasta la perfecciĂłn mi confianza de criatura. Ahora podĂ­a hacerlo, porque Dios estaba en mĂ­. Antes, mi confianza era la de una pobre criatura como era; siempre una nada, aunque fuera la Tan Amada que era la Sin Mancha. Pero ahora poseĂ­a la confianza divina porque Dios era mĂ­o: ÂĄmi Esposo, mi Hijo! ÂĄOh, gran gozo! Ser Una con Dios. No para gloria mĂ­a, sino para amarle en una uniĂłn total y poderle decir: “TĂș, TĂș solo, que estĂĄs en mĂ­, actĂșa con tu divina perfecciĂłn en todas las cosas que yo haga”.

Si Él no me hubiera dicho: “¡Calla!”, quizĂĄs habrĂ­a osado, con el rostro en tierra, decirle a JosĂ©: “El EspĂ­ritu ha penetrado en mĂ­ y llevo la Semilla de Dios”. Él me habrĂ­a creĂ­do, porque me estimaba y ademĂĄs porque, como todos los que nunca mienten, no podĂ­a creer que otro mintiera. SĂ­, con tal de no causarle un dolor subsiguiente, yo habrĂ­a vencido la reticencia a proporcionarme a mĂ­ misma esa alabanza. Mas, prestĂ© obediencia al mandato divino.

A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi destino de Corredentora. Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos anålogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.

18.10 Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos. Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y... caminad seguros. Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.

Ahora descansa, hija, y sé cada vez mås hija mía».

Detalle

MarĂ­a describe sus experiencias tras la AnunciaciĂłn.

Palabras clave

ECR 18.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.7 Dice MarĂ­a:

«Hija mía querida, cuando, terminado el éxtasis que me había henchido de inefable alegría, regresé a los sentidos de la Tierra, el primer pensamiento que, punzante como espina de rosas, hirió mi corazón envuelto en las rosas del Divino Amor, desposado conmigo unos instantes antes, fue José.

Yo ya amaba entonces a este santo y providente custodio mĂ­o. Desde el momento en que la voluntad de Dios, a travĂ©s de la palabra de su Sacerdote, quiso que fuera esposa de JosĂ©, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo. Unida a Ă©l, sentĂ­ cesar mi estado de desorientaciĂłn por mi orfandad, y dejĂ© de añorar el perdido amparo del Templo. Él era tan dulce como el padre que habĂ­a perdido. Junto a Ă©l me sentĂ­a tan segura como junto al Sacerdote. Toda vacilaciĂłn habĂ­a cesado; es mĂĄs, habĂ­a quedado olvidada — efectivamente, mucho se habĂ­an alejado de mi corazĂłn de virgen las vacilaciones, porque habĂ­a comprendido que no tenĂ­a motivo alguno de vacilar, que no tenĂ­a nada que temer respecto a JosĂ© —. Mi virginidad, confiada a JosĂ©, estaba mĂĄs segura que un niño en brazos de su madre.»

Palabras clave

ECR 18.8.9-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mientras oraba, el EspĂ­ritu que me llenaba me habĂ­a dicho: “Guarda silencio. DĂ©jame a mĂ­ la tarea de justificarte ante tu esposo”. ÂżCuĂĄndo? ÂżCĂłmo? No lo habĂ­a preguntado. Siempre me habĂ­a abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva. JamĂĄs el Eterno me habĂ­a dejado sin su ayuda. Su mano me habĂ­a sujetado, protegido, guiado hasta aquĂ­; esta vez, pues, tambiĂ©n lo harĂ­a.

(...) Presté obediencia al mandato divino. A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi destino de Corredentora. Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos anålogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.

18.10 Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos. Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y... caminad seguros. Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.

Detalle

María nos habla de su dolor cuando tuvo que guardar silencio y no decir nada a José sobre su maternidad. Ella lo soportó, y al hacerlo nos enseña una lección sobre el silencio.

Palabras clave

ECR 19

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: María y José van a Jerusalén.

Fecha de la visiĂłn: Lunes 27 de marzo de 1944

Calendario: Martes 19 de marzo d.C. -5

Lugar (mapa) : Salida de Nazaret y viaje a Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs

Resumen: José y María parten hacia Jerusalén. Parten de Nazaret con dos asnos. José ha traído una especie de portaequipajes y María le agradece esta previsión. Se ponen en camino al amanecer. Los dos viajeros se encuentran con un pastor que conduce su rebaño: en sus brazos hay un cordero recién nacido, que llora llamando a su madre, pero ella sigue atentamente a su cría. El rebaño pasó de largo, y José y María se pusieron de nuevo en camino. Al llegar al campo, hablan poco. Las calles estaban mås concurridas a medida que se acercaban a las aldeas, pero la pareja no prestó atención a nadie con quien se cruzaron. Se detuvieron justo a tiempo para un fuerte aguacero, que se convirtió en una lluvia ligera. José, atento, se aseguró de que María no cogiera frío. Luego prosiguen su viaje.

Contenido del capítulo: 19.1: José viene a buscar a María con dos burros grises. 19.2: Temprano por la mañana, se encuentra con un rebaño de ovejas y un cordero. 19.3: Un viaje tranquilo por caminos mås frecuentados y una parada para refugiarse de una tormenta.

Palabras clave

ECR 19.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

19.1 Asisto al momento de la partida para ir donde Sta. Isabel.

JosĂ© ha venido a recoger a MarĂ­a con dos borriquillos grises: uno para Ă©l, el otro para MarĂ­a. Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla; una de ellas agrandada, por un arnĂ©s, que sĂłlo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes), sobre el cual JosĂ© asegura una pequeña arca de madera — un pequeño baĂșl, dirĂ­amos ahora — que le ha traĂ­do a MarĂ­a para que pueda colocar en ella sus indumentos sin peligro de que el agua los moje.

Le oigo a María agradecer mucho a José este regalo providente, donde ordena todo lo que llevaba en un talego que había preparado antes.

19.2 Cierran la puerta de casa y se ponen en camino. EstĂĄ naciendo el dĂ­a; efectivamente, veo que la aurora tenuemente empieza a rosear a Oriente. Nazaret duerme todavĂ­a. Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino Ășnicamente a un pastor, el cual va estimulando a las ovejas para que avancen; y las ovejas van trotando, chocĂĄndose unas contra otras, encajĂĄndose unas entre otras como cuñas, balando. Los corderitos son los que mĂĄs balan, con sonido agudo y ligero; quisieran buscar, incluso mientras caminan, la mama materna. Pero las madres van deprisa al pasto y los invitan con su balido, mĂĄs fuerte, a que tambiĂ©n troten.

MarĂ­a mira y sonrĂ­e. Se ha detenido para dejar pasar al rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos animalitos que pasan rozando al borriquillo. Cuando llega el pastor, con un corderillo reciĂ©n nacido en sus brazos, y se para para saludar, MarĂ­a rĂ­e acariciando en el morrito rosado al corderito, que bala como un desesperado, y dice: «EstĂĄ buscando a su mamĂĄ. Ésta es la mamĂĄ, aquĂ­ estĂĄ. No te abandona, no, pequeñuelo». Efectivamente, la oveja madre se restriega contra el pastor y se pone de manos para lamer en el morrito a su hijo.

Pasa el rebaño con rumor de agua entre frondas, dejando tras sí el polvo que han levantado las veloces pezuñitas, y todo un bordado de pisadas sobre la tierra del camino.

José y María reanudan la marcha. José lleva su capa; María va arropada con una especie de toquilla de rayas porque la mañana estå muy fresca.

Ya estån en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces. José piensa en sus asuntos y María sigue sus propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea. De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente, que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita nada.

19.3 Ahora ya han afluido otras personas a los caminos, especialmente en las cercanĂ­as de algĂșn pueblo o dentro de Ă©l. Pero ninguno de los dos hace mucho caso de las personas que se cruzan con ellos. Van en sus burritos trotadores en medio de un gran rumor de cascabeles. Se detienen sĂłlo una vez, a la sombra de un bosquecillo, para comer un poco de pan y aceitunas y beber en una fuente que baja de una cuevecilla, y, otra vez, para protegerse de un chaparrĂłn violento que rompe al improviso de un nubarrĂłn oscurĂ­simo.

Estån al amparo del monte, contra un saliente de una roca que los protege de lo mås intenso del agua. Pero José quiere a toda costa que María se ponga su capa de lana impermeable, por la que el agua resbala sin mojar. María se ve obligada a ceder ante la premurosa insistencia de su esposo, el cual para tranquilizarla en lo que toca a su propia inmunidad, se pone sobre la cabeza y sobre los hombros una mantita parda que cubría la albardilla. La manta del burro probablemente. Ahora María, enmarcada su cara con la capucha y cubierta por entero con la capa marrón que lleva sujeta al cuello, parece un frailecito.

El chaparrĂłn amaina, aunque se transforma en una lluvia fastidiosa y fina. Los dos reanudan la marcha por el camino todo lleno de barro. De todas formas, es primavera, y, pasado un poco de tiempo, torna el sol a hacer mĂĄs cĂłmoda la marcha. Los dos burritos trotan de mejor gana por el camino.

No veo nada mĂĄs porque la visiĂłn cesa aquĂ­.

AnotaciĂłn

Lucas 1, 39 : Aquel día, María se puso en camino y se dirigió a toda prisa a una ciudad de Judea, en la región montañosa.

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ECR 20

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Salir de Jerusalén. El aspecto beatífico de María. Importancia de la oración por María y José.

Fecha de la visiĂłn: Martes 28 de marzo de 1944

Calendario: Domingo 24 de marzo d.C. -5

Localización (mapa) : De Jerusalén a Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs

Resumen: José y María llegan a Jerusalén. Se dirigen hacia el Templo y se detienen en un establo donde José dejó su caballo durante la Presentación en el Templo. Luego van a casa de un conocido donde comen algo. María descansa un rato y José regresa con un anciano que había tomado el mismo camino que María. Por lo tanto, ella tendría que recorrer sola una corta distancia. Fueron juntos hasta otra puerta de la Ciudad Santa, y luego la pareja se despidió. El anciano era muy hablador y María respondió pacientemente. Cuando se calló, ella se recogió en oración.

A continuaciĂłn, MarĂ­a describe a la Virgen tal como la ve en su dormitorio: la ve con su cuerpo glorificado. La plenitud de gracia es muy bella. Por Ășltimo, MarĂ­a hace un dictado y llama la atenciĂłn sobre la ardiente oraciĂłn de JosĂ© y MarĂ­a. Invita al alma a no despojarse nunca de la protecciĂłn de la oraciĂłn. Nos exhorta a invocar el nombre del Señor, aunque seamos imperfectos, para pedirle que nos comunique su santidad. Debemos imitar al pueblo que canta sin cesar el Sanctus.

Contenido del capĂ­tulo: 20.1: JosĂ© presenta a MarĂ­a a un compañero de viaje. 20.2: El anciano charlatĂĄn acaba dormitando. MarĂ­a reza. 20.3: MarĂ­a Valtorta se detiene a contemplar a la casta MarĂ­a. 20.4: Contraste con las horas trĂĄgicas de la PasiĂłn. 20.5: La presencia da una gran paz. MarĂ­a Valtorta recuerda los sufrimientos de JesĂșs en GetsemanĂ­. 20.6: MarĂ­a y JosĂ© dan siempre el primer lugar a la oraciĂłn. 20.7: En la debilidad o en la santidad, invoca siempre la santidad del Señor. 20.8: La oraciĂłn viva tiene su fuente en el amor y el sufrimiento unidos al de MarĂ­a y JesĂșs.

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ECR 20.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.1 Estamos en Jerusalén. La conozco bien ya con sus calles y sus puertas.

Los dos esposos lo primero que hacen es dirigirse hacia el Templo. Reconozco la cuadra donde JosĂ© dejĂł el burro el dĂ­a de la PresentaciĂłn en el Templo. TambiĂ©n ahora deja allĂ­ — primero les ha dado de comer — a los dos burros, y con MarĂ­a va a adorar al Señor.

Salen. Van a una casa de personas conocidas segĂșn parece; allĂ­ comen y beben algo. MarĂ­a se pone a descansar hasta que vuelve JosĂ© con un viejecillo. «Este hombre va por el mismo camino que tĂș. DeberĂĄs recorrer bien poco camino sola para llegar donde tu parienta. FĂ­ate de Ă©l, que le conozco».

20.2 Vuelven a subirse a los burros. José acompaña a María hasta la Puerta (no la puerta por la que entraron; otra) y allí se despiden... María va sola con el viejecillo, que habla por todo lo que no hablaba José, y que se interesa de mil cosas. María contesta pacientemente.

Ahora, en la parte de delante de la albardilla lleva el baulillo (hasta entonces lo habĂ­a llevado siempre JosĂ© en su burrito), y ya no tiene la capa; tampoco lleva su toquilla, la cual estĂĄ ahora doblada encima del baĂșl. EstĂĄ guapĂ­sima con su vestido azul oscuro y con su velo blanco que la protege del sol. ÂĄQuĂ© guapa estĂĄ!

El viejecillo debe ser un poco sordo, porque, para que la oyera, María ha tenido que hablar bien fuerte; Ella, que habla siempre bajo. Ahora estå ya cansado; ha agotado todo su repertorio de preguntas y de noticias y se ha quedado traspuesto sobre el burro, dejåndose guiar por él, que conoce bien el camino.

MarĂ­a aprovecha esta tregua para recogerse en sus pensamientos y para orar. Debe ser una oraciĂłn la que Ella va cantando en voz baja, mirando al cielo azul y con los brazos sobre el pecho y con rostro iluminado y beato por la emociĂłn interior.

No veo mĂĄs cosas.

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ECR 20.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.3 Y también ahora, cuando la visión se me detiene, como ayer, queda presente conmigo la Madre, tan nítidamente visible a mi interna vista, que le puedo describir el color rosado tenue del carrillo que bien poco tiene de grueso y sí de dulcemente blando; le puedo describir el rojo vivo de su pequeña boca y el brillar dulce de sus ojos azulinos entre el rubio oscuro de las pestañas.

Le puedo decir cómo sus cabellos, divididos por el medio de la cabeza, caen esponjosos con tres ondulaciones por cada parte hasta tapar la mitad de sus pequeñas orejas rosadas, y desaparecen con su oro pålido y brillante bajo el velo que le cubre la cabeza (en efecto, la veo cubierta con su manto, vestida con su vestido de seda paradisíaca, y con su manto fino como un velo, aunque opaco, de la misma tela que el vestido).

Le puedo decir que su vestido estå como ceñido al cuello por una vaina atravesada por un cordón cuyos extremos se anudan por delante en la base del cuello; y que el vestido estå recogido en torno a la cintura por un cordón mås grueso, también de seda blanca, del que penden lateralmente dos borlas.

Le puedo incluso decir que el vestido, estando ceñido al cuello y a la cintura, forma sobre el pecho siete pliegues ondulados y esponjosos, Ășnico ornato del castĂ­simo indumento.

Le puedo expresar la castidad que emana de todo el aspecto de María, de esas formas suyas tan delicadas y armoniosas que la hacen tan angélicamente mujer.

20.4 Y, cuanto mĂĄs la miro, mĂĄs sufro pensando en cuĂĄnto la hicieron sufrir, y me pregunto cĂłmo pudieron no tener piedad de Ella, tan mansa y gentil, tan delicada incluso en su aspecto fĂ­sico. MirĂĄndola, llegan de nuevo a mis oĂ­dos todos los gritos del Calvario — que tambiĂ©n iban contra Ella —, todos los escarnios y burlas, todas las maldiciones por ser la Madre del Condenado. La veo bella y tranquila, ahora; pero, su aspecto actual no me borra el recuerdo de su trĂĄgico rostro de aquellas horas de agonĂ­a, ni el de su rostro desolado en la casa de JerusalĂ©n, despuĂ©s de la muerte de JesĂșs. Y quisiera poderla acariciar y besarle esa mejilla tan delicadamente rosada y suave, para hacer desaparecer con mi beso ese recuerdo de llanto que, igual que en mĂ­, ciertamente estĂĄ en Ella.

20.5 No puede imaginarse quĂ© paz me da el tenerla cerca. Creo que morir viĂ©ndola tiene que ser tan dulce como la mĂĄs dulce hora de vida; mĂĄs dulce aĂșn. Durante este tiempo en que no la veĂ­a asĂ­ — toda para mĂ­ — he sufrido su ausencia como se sufre por la ausencia de una madre. Experimento de nuevo la inefable alegrĂ­a que me acompañó en el mes de diciembre y al principio de enero. Y me siento feliz. Feliz, a pesar de que el haber visto el suplicio de la PasiĂłn extienda un velo de dolor sobre toda dicha mĂ­a.

Es difĂ­cil decir y hacer comprender lo que siento y lo que se ha producido desde el 11 de febrero, desde la tarde en que vi sufrir a JesĂșs en su PasiĂłn. Ha sido una visiĂłn que me ha cambiado radicalmente. Ya muriese ahora, ya dentro de cien años, esa visiĂłn permanecerĂ­a siempre igual en su intensidad y en sus efectos. Antes pensaba en los dolores de Cristo; ahora los vivo, porque me basta una palabra, una mirada a una imagen, para volver a sufrir cuanto sufrĂ­ aquella tarde y para horrorizarme ante aquellos suplicios y angustiarme por aquel padecimiento suyo desolado; y, aunque nada lo recuerde, el recuerdo y su suplicio estĂĄn vivos en mĂ­.

MarĂ­a empieza a hablar y yo me callo.

Detalle

DescripciĂłn fĂ­sica de MarĂ­a con su cuerpo glorificado. Comentarios de MarĂ­a sobre su belleza y sobre lo que experimentĂł la Plenitud de Gracia en el Calvario.

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