ECR 13.1-7
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
13.1 ÂĄQuĂ© guapa estĂĄ MarĂa, rodeada de sus amigas y sus maestras jubilosas, vestida para los esponsales! Entre aquĂ©llas estĂĄ tambiĂ©n Isabel.
Va toda vestida de blanquĂsimo lino, tan serĂceo y fino que parece de preciosa seda. Ciñe su grĂĄcil cintura un cinturĂłn burilado de oro y plata, hecho todo de medallones unidos por delgadas cadenas â cada uno de los medallones es una filigrana engastada en la pesada plata bruñida por el tiempo â y, quizĂĄs porque es demasiado largo para Ella, que todavĂa es una delicada jovencita, le pende por delante con los tres Ășltimos medallones, cayendo entre los pliegues del vestido amplĂsimo, que a su vez termina en una pequeña cola debido a su largura. Calzan sus piececitos unas sandalias de piel blanquĂsima con hebillas de plata.
El vestido estĂĄ sujeto al cuello por una cadenita de rosetas de oro y de filigrana de plata, que presentan en pequeño el mismo motivo del cinturĂłn. La cadenita pasa a travĂ©s de los anchos ojales del amplio cuello del vestido, acortĂĄndolo, por tanto, en frunces que forman como una pequeña puntilla. El cuello de MarĂa sobresale entre ese candor fruncido, con la gracia de un tierno tallo fajado con una gasa preciada, y asĂ parece aĂșn mĂĄs grĂĄcil y blanco: un tallito de azucena culminado por el rostro lilial, el cual, por la emociĂłn, se ve aĂșn mĂĄs pĂĄlido y mĂĄs puro: un rostro de hostia purĂsima.
El pelo ya no le pende sobre los hombros. EstĂĄ graciosamente dispuesto en nudo de trenzas. Unas valiosas horquillas de plata bruñida, con un trabajo de filigrana que cubre enteramente la parte superior del arco, sujetan las trenzas. El velo materno apoya sobre ellas y desciende, formando lindos pliegues, por debajo del estrecho aro que lleva ajustado a la frente blanquĂsima; desciende hasta las caderas, porque MarĂa no tiene la altura de su madre y el velo le llega mĂĄs abajo de ellas, mientras que a Ana le llegaba sĂłlo a la cintura.
No lleva anillos en las manos; en las muñecas, unas pulseras. Pero estas muñecas son tan delgadas, que las pesadas pulseras maternas apoyan sobre el dorso de las manos y quizĂĄs, si sacudiera las manos, se caerĂan al suelo.
13.2 Las compañeras la miran absortas desde todos los puntos, y con maravilla. Con sus preguntas y con sus frases de admiración crean un festivo trinar de gorrioncillos.
«¿Son de tu madre?».
«Antiguas, ¿verdad?».
«¥Qué bonito, Sara, ese cinturón!».
«¿Y este velo, Susana? ÂĄMira que finura! ÂĄFĂjate estas azucenas tejidas en el velo!».
«¥DĂ©jame ver las pulseras, MarĂa! ÂżEran de tu madre?».
«Las llevĂł ella, pero son de la madre de JoaquĂn, mi padre».
«¥Oh, mira! Tienen el sigilo de Salomón entrelazado con sutiles ramitas de palma y olivo, y entre ellas hay azucenas y rosas. ¥Oh! ¿Quién habrå realizado un trabajo tan perfecto y minucioso?».
«Son de la casa de David» explica MarĂa. «Hace ya siglos que las llevan las mujeres de esta estirpe cuando se van a casar, y van pasando a las herederas».
«¥Ah, ya! TĂș eres hija heredera...».
«¿Te han traĂdo todo de Nazaret?».
«No. Cuando muriĂł mi madre, mi prima se llevĂł a su casa el ajuar para conservarlo sin que se dañase. Ahora me lo ha traĂdo».
«¿Dónde estå? ¿dónde estå? Enséñanoslo a las amigas».
MarĂa no sabe quĂ© hacer... Quisiera ser amable, pero no querrĂa remover todas las cosas, que estĂĄn ordenadas en tres pesados baĂșles.
Vienen en su ayuda las maestras: «El novio estå para llegar. No es el momento de crear confusión. Dejadla. Que la cansåis. Id a prepararos».
El gĂĄrrulo enjambre se aleja un poco enfadado. MarĂa puede asĂ gozar en paz de la compañĂa de sus maestras, las cuales le dirigen palabras de alabanza y bendiciĂłn.
13.3 Isabel tambiĂ©n se ha acercado, y, dado que MarĂa, emocionada, llora porque Ana de Fanuel la llama hija y la besa con un afecto verdaderamente maternal, le dice: «MarĂa, tu madre no estĂĄ presente, pero sĂ estĂĄ presente. Su espĂritu se regocija junto al tuyo, y, mira, las cosas que llevas te traen de nuevo su caricia. En ellas sientes aĂșn el sabor de sus besos. Un dĂa ya lejano, el dĂa en que viniste al Templo, me dijo: âLe he preparado los vestidos y el ajuar para cuando se case, porque quiero ser yo la que le haya hilado las telas y le haya hecho los vestidos, para no estar ausente en el dĂa de su alegrĂaâ. Mira, al final, cuando yo la asistĂa, ella querĂa todas las noches acariciar tus primeros vestidos y este que llevas ahora, y decĂa: âAquĂ siento el olor de jazmĂn de mi pequeñuela, aquĂ quiero que Ella sienta el beso de su mamĂĄâ. ÂĄCuĂĄntos besos dio a este velo que cubre tu frente! ÂĄMĂĄs besos que hilos tiene!... Y, cuando uses estas telas hiladas por ella, piensa que mĂĄs que la estambre los ha hecho el amor de tu madre. Y estas joyas... Tu padre las salvĂł para ti incluso en los momentos difĂciles, para que te embellecieran, como corresponde a una princesa de David, en este momento. AlĂ©grate, MarĂa. No estĂĄs huĂ©rfana; los tuyos estĂĄn contigo, y quien va a ser tu marido es tan perfecto, que es para ti padre y madre...».
«¥Oh, sĂ! ÂĄEso es verdad! No puedo quejarme de Ă©l, ciertamente. En menos de dos meses ha venido dos veces, y hoy viene por tercera vez, desafiando a las lluvias y al tiempo ventoso, declarĂĄndose sujeto a mĂ... FĂjate: ÂĄsujeto a mĂ! ÂĄYo, que soy una pobre mujer, y mucho mĂĄs joven que Ă©l! Y no me ha negado nada. Es mĂĄs, ni siquiera espera a que yo pida. Parece como si un ĂĄngel le dijera lo que deseo, y me lo dice Ă©l antes de que yo hable. La Ășltima vez me dijo: âMarĂa, creo que preferirĂĄs estar en tu casa paterna. Dado que eres hija heredera, lo puedes hacer, si lo ves oportuno. Yo irĂ© a tu casa. Solamente para observar el rito, tĂș vas durante una semana a casa de Alfeo, mi hermano. MarĂa te quiere ya mucho. De allĂ partirĂĄ la tarde de la boda el cortejo que te llevarĂĄ a casaâ. ÂżNo es amable por su parte? No le ha importado ni siquiera el dar pie a la gente para decir que Ă©l no tiene una casa que me guste... A mĂ me hubiera gustado en todo caso, por estar Ă©l, que es tan bueno, en ella. Pero sin duda prefiero la mĂa... por los recuerdos... ÂĄOh, JosĂ© es bueno!».
«¿QuĂ© dijo del voto? TodavĂa no me has comentado nada».
«No puso ninguna objeciĂłn. Es mĂĄs, conocidas las razones del mismo, dijo: âUnirĂ© mi sacrificio al tuyoâ».
«¥Es un joven santo!». dice Ana de Fanuel.
13.4 El âjoven santoâ entra en este momento, acompañado de ZacaÂrĂas.
Su figura es, literalmente hablando, esplĂ©ndida. Todo de amarillo oro, parece un soberano oriental. Bolsa y puñal penden de un esplĂ©ndido cinturĂłn: aquĂ©lla, de tafilete bordado en oro; el puñal, en una vaina con guarniciones bordadas en oro, tambiĂ©n de tafilete. Cubre su cabeza un turbante, la tĂpica faja de tela como la llevan todavĂa ciertos pueblos de Ăfrica, los beduinos por ejemplo; lo sujeta en torno un valioso arito de oro, delgado, que ciñe unos ramitos de mirto. Viste majestuosamente un manto completamente nuevo, con muchas franjas. EstĂĄ radiante de alegrĂa. En las manos lleva unos ramitos de mirto en flor.
Saluda diciendo: «¥A ti la paz, mi prometida! Paz a todos». Recibido el saludo de respuesta, dice: «Vi tu alegrĂa el dĂa en que te di la ramita de tu huerto. He pensado traerte este mirto que procede de la gruta que tanto estimas. QuerĂa haberte traĂdo las rosas que estĂĄn en frente de tu casa, las primeras que estĂĄn floreciendo ahora; pero las rosas no duran varios dĂas de viaje... HabrĂa llegado trayendo sĂłlo espinas, y yo a ti, dilecta mĂa, te quiero ofrecer sĂłlo rosas, y quiero sembrar tu camino de flores blandas y perfumadas, para que apoyes tu pie sobre ellas y no encuentres ni inmundicias ni asperezas».
«¥Oh, gracias, hombre de corazón bueno! ¿Cómo has logrado que llegara fresco?».
«He atado a la silla un recipiente y he metido dentro estas ramitas con las flores todavĂa en capullo. Durante el viaje han florecido. TĂłmalas, MarĂa. Que tu frente se enguirnalde de pureza, sĂmbolo de la mujer prometida; aunque siempre serĂĄ mucho menor que la pureza que hay en tu corazĂłn».
Isabel y las maestras engalanan a MarĂa con la florida guirnaldita que se forma al fijar en el precioso aro los ramitos cĂĄndidos del mirto, e intercalan unas pequeñas, cĂĄndidas rosas, que habĂa en un jarrĂłn encima de un arca.
MarĂa hace ademĂĄn de coger su amplio manto cĂĄndido para colocĂĄrselo prendido a los hombros. Pero su prometido la precede en el gesto y la ayuda a fijar con dos hebillas de plata, en los hombros, este amplio manto suyo. Las maestras disponen los pliegues con amor y gracia.
13.5 Todo estĂĄ preparado. Mientras esperan a no sĂ© quĂ©, JosĂ© dice (lo dice apartĂĄndose un poco con MarĂa): «He pensado este tiempo en tu voto. Ya te dije que lo comparto. Pero, cuanto mĂĄs pienso en ello, mĂĄs me doy cuenta de que no es suficiente el nazireato temporal, aunque se vaya renovando. Yo te he comprendido, MarĂa. No merezco todavĂa la palabra de la Luz, pero sĂ me llega un murmullo de su voz, y ello me pone en condiciones de leer tu secreto, al menos en sus lĂneas maestras. Soy un pobre ignorante, MarĂa. Soy un pobre obrero. Ni sĂ© de letras ni tengo tesoros, mas a tus pies pongo mi tesoro, para siempre. Mi castidad absoluta, para ser digno de estar a tu lado, Virgen de Dios, âhermana mĂa, novia, cerrado huerto, fuente selladaâ, como dice el Antepasado nuestro, que quizĂĄs escribiĂł el Cantar viĂ©ndote a ti... Yo serĂ© el guardiĂĄn de este huerto de perfumes en que se dan las mĂĄs preciadas frutas, donde mana una vena de agua viva con Ămpetu suave: ÂĄtu dulzura, prometida mĂa, que con tu candor â ÂĄoh, llena de hermosura! â me has conquistado el espĂritu! ÂĄOh, tĂș, mĂĄs hermosa que una aurora; Sol, que resplandeces porque te resplandece el corazĂłn; oh, toda amor para con tu Dios y para con el mundo al que quieres dar el Salvador con tu sacrificio de mujer! ÂĄVen, mi amada!». Y coge delicadamente su mano para guiarla hacia la puerta.
Los siguen todos los demås. Afuera se añaden las joviales compañeras, enteramente de blanco todas ellas y con velos.
13.6 Van por patios y pĂłrticos, entre la muchedumbre observadora, hasta llegar a un punto que ya no pertenece al Templo; parece, mĂĄs bien, una sala dada para el culto, como se deduce de la existencia en ella de lĂĄmparas y rollos de pergaminos como en las sinagogas. Los novios caminan hasta llegar frente a un alto atril (casi una cĂĄtedra), y esperan. Los demĂĄs, perfectamente en orden, se ponen detrĂĄs de ellos. Otros sacerdotes y gente simplemente curiosa se agolpan en el fondo de la sala.
Entra, solemne, el Sumo Sacerdote. Rumor de los curiosos: «¿Es él el que los casa?».
«SĂ, porque es de casta real y sacerdotal. La novia es flor de David y AarĂłn, y virgen del Templo; el novio, de la tribu de David».
El PontĂfice pone la mano derecha de la novia en la del novio y los bendice solemnemente: «El Dios de Abraham, Isaac y Jacob estĂ© con vosotros. Que Ăl os una y se cumpla en vosotros su bendiciĂłn, dĂĄndoos su paz y una numerosa descendencia con larga vida y muerte beata en el seno de Abraham». Luego se retira, solemne como habĂa entrado.
Se lleva a cabo la promesa recĂproca. MarĂa es la prometida-esposa de JosĂ©.
Todos salen y, en perfecto orden, van a una sala, en la cual se redacta el contrato de matrimonio, donde se dice que MarĂa, hija heredera de JoaquĂn de David y Ana de AarĂłn, da como dote a su prometido-esposo su casa y bienes anejos y su ajuar personal asĂ como cualquier otro bien heredado de su padre.
Todo queda cumplido.
13.7 Los esposos salen al patio, le atraviesan, van hacia la salida, que estĂĄ cerca de la secciĂłn de las mujeres dedicadas al Templo. Los estĂĄ esperando un carro cĂłmodo y voluminoso. Va provisto de una cortina protectora. En Ă©l ya estĂĄn colocados los pesados arcones de MarĂa.
Despedidas, besos y lĂĄgrimas, bendiciones, consejos, recomendaciones... MarĂa sube con Isabel y se pone en el interior del carro; en la parte de delante se ponen JosĂ© y ZacarĂas. Se han quitado los mantos de fiesta y se han arrollado en unas capas oscuras.
El carro se pone en marcha, al trote pesado de un caballazo oscuro. Los muros del Templo se alejan, y luego los de la ciudad. Ya se ve el campo, nuevo, fresco, florido bajo los primeros soles de la primavera, con los trigos ya alzados un buen palmo del suelo, que parecen esmeraldas transformadas en hojitas ondulantes bajo una brisa ligera con sabor a flores de melocotonero y manzano, con sabor a tréboles en flor y a hierbabuenas silvestres.
MarĂa llora en voz baja, al amparo de su velo, y, de vez en cuando, corre un poco la cortina y mira una vez mĂĄs al Templo lejano, a la ciudad dejada...
La visiĂłn cesa asĂ.
Detalle
Los esponsales de JosĂ© y MarĂa