Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 13.1-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

13.1 ¥Qué guapa estå María, rodeada de sus amigas y sus maestras jubilosas, vestida para los esponsales! Entre aquéllas estå también Isabel.

Va toda vestida de blanquĂ­simo lino, tan serĂ­ceo y fino que parece de preciosa seda. Ciñe su grĂĄcil cintura un cinturĂłn burilado de oro y plata, hecho todo de medallones unidos por delgadas cadenas — cada uno de los medallones es una filigrana engastada en la pesada plata bruñida por el tiempo — y, quizĂĄs porque es demasiado largo para Ella, que todavĂ­a es una delicada jovencita, le pende por delante con los tres Ășltimos medallones, cayendo entre los pliegues del vestido amplĂ­simo, que a su vez termina en una pequeña cola debido a su largura. Calzan sus piececitos unas sandalias de piel blanquĂ­sima con hebillas de plata.

El vestido estĂĄ sujeto al cuello por una cadenita de rosetas de oro y de filigrana de plata, que presentan en pequeño el mismo motivo del cinturĂłn. La cadenita pasa a travĂ©s de los anchos ojales del amplio cuello del vestido, acortĂĄndolo, por tanto, en frunces que forman como una pequeña puntilla. El cuello de MarĂ­a sobresale entre ese candor fruncido, con la gracia de un tierno tallo fajado con una gasa preciada, y asĂ­ parece aĂșn mĂĄs grĂĄcil y blanco: un tallito de azucena culminado por el rostro lilial, el cual, por la emociĂłn, se ve aĂșn mĂĄs pĂĄlido y mĂĄs puro: un rostro de hostia purĂ­sima.

El pelo ya no le pende sobre los hombros. Estå graciosamente dispuesto en nudo de trenzas. Unas valiosas horquillas de plata bruñida, con un trabajo de filigrana que cubre enteramente la parte superior del arco, sujetan las trenzas. El velo materno apoya sobre ellas y desciende, formando lindos pliegues, por debajo del estrecho aro que lleva ajustado a la frente blanquísima; desciende hasta las caderas, porque María no tiene la altura de su madre y el velo le llega mås abajo de ellas, mientras que a Ana le llegaba sólo a la cintura.

No lleva anillos en las manos; en las muñecas, unas pulseras. Pero estas muñecas son tan delgadas, que las pesadas pulseras maternas apoyan sobre el dorso de las manos y quizås, si sacudiera las manos, se caerían al suelo.

13.2 Las compañeras la miran absortas desde todos los puntos, y con maravilla. Con sus preguntas y con sus frases de admiración crean un festivo trinar de gorrioncillos.

«¿Son de tu madre?».

«Antiguas, ¿verdad?».

«¥Qué bonito, Sara, ese cinturón!».

«¿Y este velo, Susana? ¥Mira que finura! ¥Fíjate estas azucenas tejidas en el velo!».

«¥Déjame ver las pulseras, María! ¿Eran de tu madre?».

«Las llevó ella, pero son de la madre de Joaquín, mi padre».

«¥Oh, mira! Tienen el sigilo de Salomón entrelazado con sutiles ramitas de palma y olivo, y entre ellas hay azucenas y rosas. ¥Oh! ¿Quién habrå realizado un trabajo tan perfecto y minucioso?».

«Son de la casa de David» explica María. «Hace ya siglos que las llevan las mujeres de esta estirpe cuando se van a casar, y van pasando a las herederas».

«¥Ah, ya! TĂș eres hija heredera...».

«¿Te han traído todo de Nazaret?».

«No. Cuando murió mi madre, mi prima se llevó a su casa el ajuar para conservarlo sin que se dañase. Ahora me lo ha traído».

«¿Dónde estå? ¿dónde estå? Enséñanoslo a las amigas».

MarĂ­a no sabe quĂ© hacer... Quisiera ser amable, pero no querrĂ­a remover todas las cosas, que estĂĄn ordenadas en tres pesados baĂșles.

Vienen en su ayuda las maestras: «El novio estå para llegar. No es el momento de crear confusión. Dejadla. Que la cansåis. Id a prepararos».

El gårrulo enjambre se aleja un poco enfadado. María puede así gozar en paz de la compañía de sus maestras, las cuales le dirigen palabras de alabanza y bendición.

13.3 Isabel tambiĂ©n se ha acercado, y, dado que MarĂ­a, emocionada, llora porque Ana de Fanuel la llama hija y la besa con un afecto verdaderamente maternal, le dice: «MarĂ­a, tu madre no estĂĄ presente, pero sĂ­ estĂĄ presente. Su espĂ­ritu se regocija junto al tuyo, y, mira, las cosas que llevas te traen de nuevo su caricia. En ellas sientes aĂșn el sabor de sus besos. Un dĂ­a ya lejano, el dĂ­a en que viniste al Templo, me dijo: “Le he preparado los vestidos y el ajuar para cuando se case, porque quiero ser yo la que le haya hilado las telas y le haya hecho los vestidos, para no estar ausente en el dĂ­a de su alegrĂ­a”. Mira, al final, cuando yo la asistĂ­a, ella querĂ­a todas las noches acariciar tus primeros vestidos y este que llevas ahora, y decĂ­a: “AquĂ­ siento el olor de jazmĂ­n de mi pequeñuela, aquĂ­ quiero que Ella sienta el beso de su mamá”. ÂĄCuĂĄntos besos dio a este velo que cubre tu frente! ÂĄMĂĄs besos que hilos tiene!... Y, cuando uses estas telas hiladas por ella, piensa que mĂĄs que la estambre los ha hecho el amor de tu madre. Y estas joyas... Tu padre las salvĂł para ti incluso en los momentos difĂ­ciles, para que te embellecieran, como corresponde a una princesa de David, en este momento. AlĂ©grate, MarĂ­a. No estĂĄs huĂ©rfana; los tuyos estĂĄn contigo, y quien va a ser tu marido es tan perfecto, que es para ti padre y madre...».

«¥Oh, sĂ­! ÂĄEso es verdad! No puedo quejarme de Ă©l, ciertamente. En menos de dos meses ha venido dos veces, y hoy viene por tercera vez, desafiando a las lluvias y al tiempo ventoso, declarĂĄndose sujeto a mĂ­... FĂ­jate: ÂĄsujeto a mĂ­! ÂĄYo, que soy una pobre mujer, y mucho mĂĄs joven que Ă©l! Y no me ha negado nada. Es mĂĄs, ni siquiera espera a que yo pida. Parece como si un ĂĄngel le dijera lo que deseo, y me lo dice Ă©l antes de que yo hable. La Ășltima vez me dijo: “MarĂ­a, creo que preferirĂĄs estar en tu casa paterna. Dado que eres hija heredera, lo puedes hacer, si lo ves oportuno. Yo irĂ© a tu casa. Solamente para observar el rito, tĂș vas durante una semana a casa de Alfeo, mi hermano. MarĂ­a te quiere ya mucho. De allĂ­ partirĂĄ la tarde de la boda el cortejo que te llevarĂĄ a casa”. ÂżNo es amable por su parte? No le ha importado ni siquiera el dar pie a la gente para decir que Ă©l no tiene una casa que me guste... A mĂ­ me hubiera gustado en todo caso, por estar Ă©l, que es tan bueno, en ella. Pero sin duda prefiero la mĂ­a... por los recuerdos... ÂĄOh, JosĂ© es bueno!».

«¿Qué dijo del voto? Todavía no me has comentado nada».

«No puso ninguna objeciĂłn. Es mĂĄs, conocidas las razones del mismo, dijo: “UnirĂ© mi sacrificio al tuyo”».

«¥Es un joven santo!». dice Ana de Fanuel.

13.4 El “joven santo” entra en este momento, acompañado de Zaca­rĂ­as.

Su figura es, literalmente hablando, espléndida. Todo de amarillo oro, parece un soberano oriental. Bolsa y puñal penden de un espléndido cinturón: aquélla, de tafilete bordado en oro; el puñal, en una vaina con guarniciones bordadas en oro, también de tafilete. Cubre su cabeza un turbante, la típica faja de tela como la llevan todavía ciertos pueblos de África, los beduinos por ejemplo; lo sujeta en torno un valioso arito de oro, delgado, que ciñe unos ramitos de mirto. Viste majestuosamente un manto completamente nuevo, con muchas franjas. Estå radiante de alegría. En las manos lleva unos ramitos de mirto en flor.

Saluda diciendo: «¥A ti la paz, mi prometida! Paz a todos». Recibido el saludo de respuesta, dice: «Vi tu alegría el día en que te di la ramita de tu huerto. He pensado traerte este mirto que procede de la gruta que tanto estimas. Quería haberte traído las rosas que estån en frente de tu casa, las primeras que estån floreciendo ahora; pero las rosas no duran varios días de viaje... Habría llegado trayendo sólo espinas, y yo a ti, dilecta mía, te quiero ofrecer sólo rosas, y quiero sembrar tu camino de flores blandas y perfumadas, para que apoyes tu pie sobre ellas y no encuentres ni inmundicias ni asperezas».

«¥Oh, gracias, hombre de corazón bueno! ¿Cómo has logrado que llegara fresco?».

«He atado a la silla un recipiente y he metido dentro estas ramitas con las flores todavía en capullo. Durante el viaje han florecido. Tómalas, María. Que tu frente se enguirnalde de pureza, símbolo de la mujer prometida; aunque siempre serå mucho menor que la pureza que hay en tu corazón».

Isabel y las maestras engalanan a María con la florida guirnaldita que se forma al fijar en el precioso aro los ramitos cåndidos del mirto, e intercalan unas pequeñas, cåndidas rosas, que había en un jarrón encima de un arca.

MarĂ­a hace ademĂĄn de coger su amplio manto cĂĄndido para colocĂĄrselo prendido a los hombros. Pero su prometido la precede en el gesto y la ayuda a fijar con dos hebillas de plata, en los hombros, este amplio manto suyo. Las maestras disponen los pliegues con amor y gracia.

13.5 Todo estĂĄ preparado. Mientras esperan a no sĂ© quĂ©, JosĂ© dice (lo dice apartĂĄndose un poco con MarĂ­a): «He pensado este tiempo en tu voto. Ya te dije que lo comparto. Pero, cuanto mĂĄs pienso en ello, mĂĄs me doy cuenta de que no es suficiente el nazireato temporal, aunque se vaya renovando. Yo te he comprendido, MarĂ­a. No merezco todavĂ­a la palabra de la Luz, pero sĂ­ me llega un murmullo de su voz, y ello me pone en condiciones de leer tu secreto, al menos en sus lĂ­neas maestras. Soy un pobre ignorante, MarĂ­a. Soy un pobre obrero. Ni sĂ© de letras ni tengo tesoros, mas a tus pies pongo mi tesoro, para siempre. Mi castidad absoluta, para ser digno de estar a tu lado, Virgen de Dios, “hermana mĂ­a, novia, cerrado huerto, fuente sellada”, como dice el Antepasado nuestro, que quizĂĄs escribiĂł el Cantar viĂ©ndote a ti... Yo serĂ© el guardiĂĄn de este huerto de perfumes en que se dan las mĂĄs preciadas frutas, donde mana una vena de agua viva con Ă­mpetu suave: ÂĄtu dulzura, prometida mĂ­a, que con tu candor — ÂĄoh, llena de hermosura! — me has conquistado el espĂ­ritu! ÂĄOh, tĂș, mĂĄs hermosa que una aurora; Sol, que resplandeces porque te resplandece el corazĂłn; oh, toda amor para con tu Dios y para con el mundo al que quieres dar el Salvador con tu sacrificio de mujer! ÂĄVen, mi amada!». Y coge delicadamente su mano para guiarla hacia la puerta.

Los siguen todos los demås. Afuera se añaden las joviales compañeras, enteramente de blanco todas ellas y con velos.

13.6 Van por patios y pĂłrticos, entre la muchedumbre observadora, hasta llegar a un punto que ya no pertenece al Templo; parece, mĂĄs bien, una sala dada para el culto, como se deduce de la existencia en ella de lĂĄmparas y rollos de pergaminos como en las sinagogas. Los novios caminan hasta llegar frente a un alto atril (casi una cĂĄtedra), y esperan. Los demĂĄs, perfectamente en orden, se ponen detrĂĄs de ellos. Otros sacerdotes y gente simplemente curiosa se agolpan en el fondo de la sala.

Entra, solemne, el Sumo Sacerdote. Rumor de los curiosos: «¿Es él el que los casa?».

«Sí, porque es de casta real y sacerdotal. La novia es flor de David y Aarón, y virgen del Templo; el novio, de la tribu de David».

El PontĂ­fice pone la mano derecha de la novia en la del novio y los bendice solemnemente: «El Dios de Abraham, Isaac y Jacob estĂ© con vosotros. Que Él os una y se cumpla en vosotros su bendiciĂłn, dĂĄndoos su paz y una numerosa descendencia con larga vida y muerte beata en el seno de Abraham». Luego se retira, solemne como habĂ­a entrado.

Se lleva a cabo la promesa recíproca. María es la prometida-esposa de José.

Todos salen y, en perfecto orden, van a una sala, en la cual se redacta el contrato de matrimonio, donde se dice que MarĂ­a, hija heredera de JoaquĂ­n de David y Ana de AarĂłn, da como dote a su prometido-esposo su casa y bienes anejos y su ajuar personal asĂ­ como cualquier otro bien heredado de su padre.

Todo queda cumplido.

13.7 Los esposos salen al patio, le atraviesan, van hacia la salida, que estå cerca de la sección de las mujeres dedicadas al Templo. Los estå esperando un carro cómodo y voluminoso. Va provisto de una cortina protectora. En él ya estån colocados los pesados arcones de María.

Despedidas, besos y lågrimas, bendiciones, consejos, recomendaciones... María sube con Isabel y se pone en el interior del carro; en la parte de delante se ponen José y Zacarías. Se han quitado los mantos de fiesta y se han arrollado en unas capas oscuras.

El carro se pone en marcha, al trote pesado de un caballazo oscuro. Los muros del Templo se alejan, y luego los de la ciudad. Ya se ve el campo, nuevo, fresco, florido bajo los primeros soles de la primavera, con los trigos ya alzados un buen palmo del suelo, que parecen esmeraldas transformadas en hojitas ondulantes bajo una brisa ligera con sabor a flores de melocotonero y manzano, con sabor a tréboles en flor y a hierbabuenas silvestres.

MarĂ­a llora en voz baja, al amparo de su velo, y, de vez en cuando, corre un poco la cortina y mira una vez mĂĄs al Templo lejano, a la ciudad dejada...

La visiĂłn cesa asĂ­.

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Los esponsales de José y María

Palabras clave

ECR 13.8-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

13.8 Dice JesĂșs:

«¿QuĂ© dice el libro de la SabidurĂ­a al cantar sus alabanzas?: “En la sabidurĂ­a estĂĄ presente, efectivamente, el espĂ­ritu de inteligencia, santo, Ășnico, mĂșltiple, sutil”. Y continĂșa enumerando sus dotes, para terminar el perĂ­odo con estas palabras: “... que todo lo puede, todo lo prevĂ©; que comprende a todos los espĂ­ritus, inteligente, puro, sutil. La sabidurĂ­a penetra con su pureza, es vapor de la virtud de Dios... por ello en ella no hay nada impuro... imagen de la bondad de Dios. Es Ășnica y, no obstante, lo puede todo; es inmutable y da vida nueva a todas las cosas; se comunica a las almas santas; forma a los amigos de Dios y a los profetas”.

13.9 Ya has visto cĂłmo JosĂ©, no por cultura humana, sino por instrucciĂłn sobrenatural, sabe leer en el libro sellado de la Virgen sin mancha; y cĂłmo se acerca extremamente a las verdades profĂ©ticas con ese su “ver” un misterio sobrehumano donde los demĂĄs veĂ­an Ășnicamente una gran virtud. Impregnado de esta sabidurĂ­a, que es vapor de la virtud de Dios y emanaciĂłn cierta del Omnipotente, se conduce con espĂ­ritu seguro por el mar de este misterio de gracia que es MarĂ­a, se armoniza con Ella con espirituales contactos — en que se hablan, mĂĄs que los labios, los dos espĂ­ritus en el sagrado silencio de las almas — donde sĂłlo Dios oye voces que perciben tambiĂ©n los que le son gratos por servirle con fidelidad y por estar llenos de Él.

La sabidurĂ­a del Justo, que aumenta por la uniĂłn con la Toda Gracia y por la cercanĂ­a a Ella, le prepara a penetrar en los secretos mĂĄs altos de Dios y a poderlos tutelar y defender de insidias humanas y demonĂ­acas. Y contemporĂĄneamente le va renovando. Del justo hace un santo; del santo, el custodio de la Esposa y del Hijo de Dios.

Sin quitar el sello de Dios, Ă©l, el casto, que ahora lleva su castidad a heroĂ­smo angĂ©lico, puede leer la palabra de fuego escrita sobre el diamante virginal por el dedo de Dios, y en Ă©l lee aquello que su prudencia no dice, y que es mucho mĂĄs grande que lo que leyĂł MoisĂ©s en las tablas de piedra. Y a fin de que ningĂșn ojo profano alcance este Misterio, Ă©l se pone, como sello sobre el sello, como arcĂĄngel de fuego, a la entrada del ParaĂ­so, dentro del cual el Eterno encuentra sus delicias “paseando al fresco del atardecer” y hablando con Aquella que es su amor, bosque de azucena en flor, aura perfumada de aromas, viento suave de frescura matutina, hermosa estrella, delicia de Dios. La nueva Eva estĂĄ allĂ­, en su presencia. No es hueso de sus huesos ni carne de su carne; sĂ­, compañera de su vida, Arca viva de Dios. Él la recibe para tutelarla, y a Dios debe restituĂ­rsela, pura como la ha recibido.

“Desposada con Dios” estaba escrito en ese libro mĂ­stico de inmaculadas pĂĄginas... Y cuando la duda, sibilante, en la hora de la prueba, le sugiriĂł su tormento, Ă©l, como hombre y como siervo de Dios, sufriĂł, como ninguno, por causa del temido sacrilegio. Pero Ă©sta fue la prueba futura. Ahora, en este tiempo de gracia, Ă©l ve y se pone a sĂ­ mismo al servicio mĂĄs autĂ©ntico de Dios. Luego vendrĂĄ la tempestad de la prueba, como para todos los santos, para ser probados y venir asĂ­ a ser ayudantes de Dios.

13.10 ­¿QuĂ© se lee en el LevĂ­tico? “Di a AarĂłn, tu hermano, que no entre en cualquier tiempo en el santuario que estĂĄ detrĂĄs del Velo, ante el Propiciatorio que cubre al Arca, para no morir — pues Yo aparecerĂ© en la nube sobre el orĂĄculo —, si no hace antes estas cosas: ofrecerĂĄ un novillo por el pecado y un carnero como holocausto; llevarĂĄ la tĂșnica de lino y con calzones de lino cubrirĂĄ su desnudez”.

Y verdaderamente José entra, cuando Dios quiere y cuanto Dios quiere, en el santuario de Dios; y traspasa el velo que cela el Arca sobre la cual estå suspendido el Espíritu de Dios; y se ofrece a sí mismo y ofrecerå al Cordero, holocausto por el pecado del mundo, expiación de tal pecado. Y esto lo hace, vestido de lino, mortificados los miembros viriles para abolir su sensualidad, la cual, una vez, al inicio de los tiempos, triunfó, lesionando el derecho de Dios sobre el hombre; mas ahora serå conculcada en el Hijo, en la Madre y en el padre putativo, para restituir a los hombres a la Gracia y devolverle a Dios su derecho sobre el hombre. Esto lo hace con su castidad perpetua.

ÂżNo estaba JosĂ© en el GĂłlgota? ÂżOs parece que no estĂĄ en el nĂșmero de los corredentores? En verdad os digo que fue el primero de ellos, y que grande es, por tanto, ante los ojos de Dios. Grande por el sacrificio, la paciencia, la constancia y la fe. ÂżQuĂ© fe serĂĄ mayor que Ă©sta, que creyĂł sin haber visto los milagros del MesĂ­as?

13.11 Sea alabado mi padre putativo, ejemplo para vosotros de aquello que en vosotros mås falta: pureza, fidelidad y perfecto amor. Gloria al magnífico lector del Libro sellado, que fue instruido por la Sabiduría para saber comprender los misterios de la Gracia y que fue elegido para tutelar la Salvación del mundo contra las insidias de todos los enemigos».

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DespuĂ©s de dar la visiĂłn de los esponsales de JosĂ© y MarĂ­a, JesĂșs habla de su padre putativo y dice:

Palabras clave

ECR 14

El Evangelio como me ha sido revelado

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TĂ­tulo del capĂ­tulo : La pareja llega a Nazaret

Fecha de la visiĂłn: 6 de septiembre de 1944

Calendario:6 de marzo d.C.

LocalizaciĂłn (mapa) : Nazaret

Ciclo: Matrimonio con José

Resumen: María describe Nazaret. María regresa a su ciudad después de vivir durante años en el Templo. Se desposa con José y éste la acompaña, junto con Zacarías e Isabel. Nazaret celebró con ellos. Llegan a la casa y José, Zacarías e Isabel le muestran la casa y el jardín de Joaquín. La Virgen conoció también a Alfeo, a María de Cleofås y a sus hijos. Luego conoció a Sara y a su hijo, Alfée, el novio de Ana. José recorrió la casa con su esposa y el hermano de ésta se enteró de que no celebrarían la boda de inmediato. Sorprendido, José le responde que no celebrarån la ceremonia hasta que María tenga dieciséis años. El futuro santo le hizo prometer que le llamaría siempre que lo necesitara. La familia se despidió y Zacarías decidió dejar a Isabel para que enseñara a su prima a ser una perfecta ama de casa. Esto permitirå también a María decorar su casa a su gusto.

Contenido del capĂ­tulo: 14.1: El camino por las colinas de Galilea. 14.2: Entrada triunfal en Nazaret. 14.3: JosĂ© señala desde lejos la casa de MarĂ­a. Él es quien trabajarĂĄ allĂ­. 14.4: MarĂ­a acoge a Alfeo y a Sara. 14.5: JosĂ© se ofrece a MarĂ­a como confidente. 14.6: La boda tendrĂĄ lugar cuando ella tenga diecisĂ©is años. 14.7: Isabel se quedarĂĄ un tiempo con su prima.

Palabras clave

ECR 14.2-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

14.2 Un carro avanza por la calzada, el carro que lleva a José y a María y a los primos de Ella; el viaje estå tocando a su fin.

María mira con el ojo ansioso de quien quiere conocer, o mejor, reconocer, aquello que ya un día vio, pero no lo recuerda, y sonríe cuando una sombra de recuerdo vuelve y se posa, como una luz, en esta o aquella cosa, en este o aquel punto. Isabel la ayuda a recordar, y también Zacarías y José, señalando esta o aquella cumbre, esta o aquella casa.

Casas, sí. Porque Nazaret ya aparece extendida sobre la ondulación de su colina. Recibiendo por la izquierda el Sol occiduo, muestra, con pinceladas de rosa, el color blanco de sus casitas, anchas y bajas, culminadas por una terraza. Algunas de ellas, al darlas el sol de lleno, parecen, de lo rojas que se han puesto las fachadas, estar al lado de un fuego. Y el sol enciende también el agua de los caces y de los bajos pozos, que no tienen casi brocal, de donde suben, chirriando, los cubos para la casa o los odres para la huerta.

Niños y mujeres se acercan al borde de la calzada, queriendo ver el interior del carro, y saludan a José, que es muy conocido en el lugar. Pero luego se muestran titubeantes y tímidos ante las otras tres personas.

Sin embargo, dentro ya de la pequeña ciudad, no hay titubeos ni temor. Mucha, mucha gente de todas las edades estĂĄ a la entrada del pueblo bajo un rĂșstico arco hecho con flores y ramas, y nada mĂĄs que el carro aparece por detrĂĄs del recodo de la Ășltima casa de campo, que estĂĄ colocada oblicuamente, se produce un verdadero gorjeo de voces agudas y un agitarse de ramas y flores. Son las mujeres, las chiquillas y los niños de Nazaret que saludan a la novia. Los hombres, mĂĄs contenidos, estĂĄn detrĂĄs de este seto agitado y gorjeante, y saludan con gravedad.

MarĂ­a, ahora que la cortina ha sido quitada, dejando al descubierto el carro — lo habĂ­an hecho ya antes de llegar al pueblo, porque el sol ya no molestaba, y para permitirle a MarĂ­a el ver bien su tierra natal — aparece en su belleza de flor. Blanca y rubia como un ĂĄngel, sonrĂ­e con bondad a los niños, que le echan flores y besos, a las jĂłvenes de su edad, que la llaman por el nombre, a las mujeres casadas, a las madres, a las ancianas, que la bendicen con sus voces cantadoras. Inclina su cabeza ante los hombres, y especialmente ante uno de ellos, que quizĂĄs es el rabino o la personalidad principal del pueblo.

El carro prosigue por la calle principal a paso lento, seguido de la muchedumbre por un buen trecho, muchedumbre para la que esta llegada es un acontecimiento.

14.3 «Ésa es tu casa, MarĂ­a» dice JosĂ© señalando con el lĂĄtigo una casita que estĂĄ justo en la base de una ondulaciĂłn de la colina, y que tiene en la parte de atrĂĄs un hermoso y amplio huerto, exuberante, que termina en un pequeño olivar. MĂĄs allĂĄ, la consabida cerca de espino albar y cĂĄcteas señala el lĂ­mite de la propiedad. Las tierras, que fueron de JoaquĂ­n, estĂĄn al otro lado...

«Te ha quedado poco, ¿ves?». dice Zacarías. «La enfermedad de tu padre fue larga y económicamente cara. Y caros fueron también los gastos para reparar el daño que hizo Roma. ¿Lo ves? La calle le ha cortado a la casa sus tres principales habitaciones. Se ha quedado mås pequeña. Para ampliarla sin gastos excesivos, se cogió una parte del monte que forma una gruta; Joaquín tenía en ese lugar las provisiones y Ana sus telares. Haz con esto lo que creas mås oportuno».

«¥Que sea poco no importa! Siempre me serå suficiente. Me pondré a trabajar...».

«No, MarĂ­a» — es JosĂ© quien habla —. «Yo serĂ© quien trabaje. TĂș sĂłlo tejerĂĄs y coserĂĄs las cosas de la casa. Soy joven y fuerte, y soy tu esposo. No me atormentes viĂ©ndote trabajar».

«HarĂ© como tĂș quieras».

«Sí, en esto yo quiero. Para todas las demås cosas tu deseo es ley, pero en esto no».

14.4 Ya han llegado. El carro se detiene.

Dos mujeres y dos hombres, respectivamente de unos cuarenta y cincuenta años, estån a la puerta, y muchos niños y jovencitos estån con ellos.

«Dios te dé paz, María» dice el hombre mås anciano. Una de las mujeres se acerca a María, la abraza y la besa.

«Es mi hermano Alfeo, y María, su mujer, y éstos son sus hijos. Han venido expresamente para recibirte y felicitarte y decirte que su casa es tuya, si así lo deseas» dice José.

«SĂ­, ven, MarĂ­a, si te resulta penoso vivir sola. El campo es bonito en primavera y nuestra casa estĂĄ en medio de campos floridos. TĂș serĂĄs su mĂĄs hermosa flor» dice MarĂ­a de Alfeo.

«Gracias, MarĂ­a. Yo irĂ­a con mucho gusto, y alguna vez irĂ©; irĂ©, sin duda, para la boda... Pero, deseo vivamente ver, reconocer mi casa. La dejĂ© siendo muy pequeña y se me ha desdibujado su imagen... Ahora esta imagen la encuentro de nuevo... y me parece como si encontrara de nuevo a mi madre perdida, a mi padre amado, el eco de las palabras de ellos... y el aroma de su Ășltimo respiro. Siento como si ya no fuera huĂ©rfana, porque me abrazan de nuevo estas paredes... ComprĂ©ndeme, MarĂ­a». Aparece un poco el llanto en la voz de MarĂ­a, y tambiĂ©n en sus pestañas.

MarĂ­a de Alfeo responde: «Querida mĂ­a, como tĂș quieras. Quiero que me sientas hermana y amiga y un poco madre incluso, porque soy mucho mĂĄs mayor que tĂș».

La otra mujer, que se ha acercado entretanto, dice: «MarĂ­a, quiero saludarte. Soy LĂ­a, la amiga de tu madre. Te vi nacer. Éste es Alfeo, sobrino de Alfeo y muy amigo de tu madre. Lo que hice por tu madre, si quieres, lo harĂ© por ti. Mira, mi casa es la que estĂĄ mĂĄs cerca de la tuya y tus parcelas de terreno son ahora nuestras. Pero, si quieres venir hazlo cuando te apetezca, en cualquier momento. Abrimos un paso en el cercado y asĂ­ estaremos juntas, sin dejar de estar cada una en su casa. Éste es mi marido».

«Os doy las gracias a todos y por todo; por todo el amor que habéis tenido a los míos, y por todo el amor que me tenéis a mí. Que Dios todopoderoso os bendiga por ello».

14.5 Descargan los pesados baĂșles y los meten en la casa. Entran. Reconozco ahora que es la casita de Nazaret, como serĂĄ luego, durante la vida de JesĂșs.

JosĂ© toma de la mano — un gesto habitual en Ă©l — a MarĂ­a, y entra asĂ­. Pero en el umbral de la puerta le dice: «Ahora, aquĂ­, en el umbral de esta puerta, quiero de ti una promesa: que cualquier cosa que te suceda, o cualquier cosa que necesites, tu Ășnico amigo, la Ășnica persona en quien pienses para solicitar ayuda, sea yo, y que, bajo ningĂșn motivo, debas sufrir sola ninguna pena. Yo estoy a tu entera disposiciĂłn, y para mĂ­ serĂĄ una satisfacciĂłn el hacerte feliz el camino, y, dado que la felicidad no siempre estĂĄ en nuestra mano, al menos, hacĂ©rtelo tranquilo y seguro».

«Te lo prometo, José».

La siguiente cosa es abrir puertas y ventanas... El Ășltimo sol entra curioso.

María se ha quitado el manto y el velo. Menos las flores de mirto, todavía va vestida como en los esponsales. Sale al huerto, que presenta un aspecto exuberante. Mira, sonríe, y, todavía de la mano de José, da un paseo. Se la ve como quien volviera a tomar posesión de un lugar perdido.

JosĂ© le muestra el resultado de sus trabajos: «Mira, aquĂ­ he cavado para recoger el agua de la lluvia, porque estas cepas estĂĄn siempre sedientas. A este olivo le he vuelto a cortar las ramas mĂĄs viejas para darle vigor; y he plantado estos manzanos, porque dos estaban muertos; y luego, allĂ­ he plantado unas higueras. Cuando crezcan resguardarĂĄn a la casa del sol excesivo y de las miradas curiosas. La pĂ©rgola es la misma que habĂ­a; lo Ășnico que he hecho ha sido cambiar los palos que estaban deteriorados, y tambiĂ©n una labor de poda. Espero que dĂ© mucha uvas. Y aquĂ­, mira» y la lleva, orgulloso, hacia el terreno en pendiente que resguarda la casa por detrĂĄs y que es lĂ­mite del huerto por el lado de tramontana, «y aquĂ­ he excavado una pequeña gruta, y la he reforzado, y, cuando agarren estas plantas, serĂĄ casi igual que la que tenĂ­as. Falta el manantial... pero, espero hacer llegar aquĂ­ desde el manantial un regatillo. Pienso trabajar durante las largas tardes de verano cuando venga a verte...».

14.6 «¿Cómo es eso?» dice Alfeo. «¿No vais a celebrar la boda este verano?».

«No. MarĂ­a quiere tejer los paños de lana, que es lo Ășnico que le falta a su ajuar. Y a mĂ­ eso me satisface. MarĂ­a es tan joven, que el esperar un año o mĂĄs no es nada. Entretanto se ambienta a la casa...».

«¥Bueno! TĂș siempre has sido un poco distinto de los demĂĄs, y lo sigues siendo. No sĂ© quiĂ©n pudiera no tener prisa en tener por esposa a una flor como MarĂ­a, ÂĄy tĂș metes meses por medio!...».

«Alegría muy esperada, alegría mås intensamente gustada» responde José con una sonrisa sutil.

El hermano se encoge de hombros y dice: «¿Y entonces?, segĂșn tus planes, ÂżcuĂĄndo vas a pensar en la boda?».

«Cuando María cumpla dieciséis años. Después de la fiesta de los Tabernåculos. ¥Dulces serån las tardes de invierno para los recién casados!...». Y sigue sonriendo mirando a María: una sonrisa que conlleva un pacto secreto y delicado; de una castidad fraterna consoladora.

Luego continĂșa caminando y explicando: «Ésta es la habitaciĂłn grande que habĂ­a en el monte. Si te parece bien, cuando venga, instalarĂ© en ella mi taller. EstĂĄ unida, pero no forma parte de la casa. AsĂ­ no molestarĂ© con los ruidos, o creando otros trastornos. No obstante, si no quieres que sea asĂ­...».

«No, José; así estå muy bien».

14.7 Vuelven a entrar en la casa. Encienden las lĂĄmparas.

«María estå cansada» dice José. «Dejémosla tranquila con sus primos».

Saludos de todos los que se marchan... José se queda todavía unos minutos y habla con Zacarías en voz baja.

«Tu primo te deja a Isabel durante un poco. ¿Contenta? Yo sí, porque te ayudarå a... ser una perfecta ama de casa; con ella podrås colocar como quieras tus cosas y tu ajuar, y yo vendré todas las tardes a ayudarte; con ella podrås conseguir lana y todo lo que necesites, y yo me encargaré de los gastos. Acuérdate de que has prometido que recurrirías a mí para todo. Adiós, María. Duerme el primer sueño de señora en esta casa tuya, y que el ångel de Dios te le haga sereno. Que el Señor sea siempre contigo».

«AdiĂłs, JosĂ©. Queda tĂș tambiĂ©n bajo las alas del ĂĄngel de Dios. Gracias, JosĂ©, por todo. En la medida en que pueda, te pagarĂ© por tu amor, con el mĂ­o».

José saluda a los primos y sale.

Y con él cesa la visión.

Palabras clave

ECR 14.5.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

14.5 Descargan los pesados baĂșles y los meten en la casa. Entran. Reconozco ahora que es la casita de Nazaret, como serĂĄ luego, durante la vida de JesĂșs.

JosĂ© toma de la mano — un gesto habitual en Ă©l — a MarĂ­a, y entra asĂ­. Pero en el umbral de la puerta le dice: «Ahora, aquĂ­, en el umbral de esta puerta, quiero de ti una promesa: que cualquier cosa que te suceda, o cualquier cosa que necesites, tu Ășnico amigo, la Ășnica persona en quien pienses para solicitar ayuda, sea yo, y que, bajo ningĂșn motivo, debas sufrir sola ninguna pena. Yo estoy a tu entera disposiciĂłn, y para mĂ­ serĂĄ una satisfacciĂłn el hacerte feliz el camino, y, dado que la felicidad no siempre estĂĄ en nuestra mano, al menos, hacĂ©rtelo tranquilo y seguro».

«Te lo prometo, José». (...)

(...) [El hermano de José, Alfeo, pregunta:]

«SegĂșn tus planes, ÂżcuĂĄndo vas a pensar en la boda?».

«Cuando María cumpla dieciséis años. Después de la fiesta de los Tabernåculos. ¥Dulces serån las tardes de invierno para los recién casados!...». Y sigue sonriendo mirando a María: una sonrisa que conlleva un pacto secreto y delicado; de una castidad fraterna consoladora.

Luego continĂșa caminando y explicando: «Ésta es la habitaciĂłn grande que habĂ­a en el monte. Si te parece bien, cuando venga, instalarĂ© en ella mi taller. EstĂĄ unida, pero no forma parte de la casa. AsĂ­ no molestarĂ© con los ruidos, o creando otros trastornos. No obstante, si no quieres que sea asĂ­...».

«No, José; así estå muy bien».

Detalle

María regresa a Nazaret tras años de vivir en el Templo. Estå prometida a José y éste la acompaña, junto con Zacarías e Isabel.

Palabras clave

ECR 15

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: En guise de conclusion au Protévangile

Fecha de los dictados: SĂĄbado 16 septiembre 1944.

Ciclo: Matrimonio con José

Resumen: JesĂșs anuncia que el Evangelio estĂĄ terminado. MarĂ­a estĂĄ exiliada en ese momento, y Ă©l le dice que le hizo ver estas visiones durante estos tiempos tan duros porque querĂ­a cuidar de ella. Pronto le anuncia el final de la guerra y de su exilio. TambiĂ©n le da las gracias porque ha ayudado tanto a Italia y a su pueblo con su espĂ­ritu de vĂ­ctima. Luego la anima a continuar, porque es a travĂ©s de las almas-huĂ©spedes como se puede evitar la ruina total de una patria. Entonces llega una breve intervenciĂłn de la Virgen: MarĂ­a ha visto estos episodios para este periodo problemĂĄtico y ha recibido una cadena de regalos. La Virgen la invita a amarlo cada vez mĂĄs.

Contenido del capítulo: 15.1: Benditas visiones lejos de la ferocidad que rodea a María Valtorta. 15.2: Algunos de tus sufrimientos cesarån. 15.3: Muchas huestes se consumieron a causa de su ejemplo. 15.4: La Sabiduría te instruye cada vez mås en la comprensión y pråctica de la Ciencia de la Vida. 15.5: María a María: Te llevé conmigo en el secreto de mis primeros años; ahora åmame como hija y hermana en tu destino de víctima.

Palabras clave

ECR 15.1-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dice JesĂșs:

«El ciclo ha terminado. Y con Ă©l, tan dulce y delicado como ha sido, tu JesĂșs te ha mantenido, sin movimientos bruscos, al margen de la agitaciĂłn de estos dĂ­as. Como a niño envuelto en blandos paños de lana y depositado sobre mullidos almohadones, a ti te han envuelto estas beatas visiones, para que no sintieras, con el consiguiente terror, la crueldad de los hombres que se odian en vez de amarse. No serĂ­as capaz ya de soportar ciertas cosas, y no quiero que mueras por causa de ello: Yo cuido a mi “portavoz”.

15.2

EstĂĄ para desaparecer del mundo ya la causa de todas las desesperaciones que han torturado a las vĂ­ctimas. Por tanto, MarĂ­a, tambiĂ©n cesa para ti el tiempo de este tremendo sufrimiento por demasia­das causas tan en contraposiciĂłn con tu modo de sentir. No terminarĂĄ tu sufrir: eres vĂ­ctima; pero, parte de Ă©l, Ă©sta, cesa. DespuĂ©s llegarĂĄ el dĂ­a en que Yo te diga, como a MarĂ­a de Magdala moribunda: “Descansa. Ahora es tiempo de descanso para ti. Dame tus espinas. Ahora es tiempo de rosas. Descansa y espera. Te bendigo, mujer bendita”.

Esto es lo que te decĂ­a — y era una promesa y tĂș no la entendiste — cuando llegaba el tiempo en que habĂ­as de ser sumergida, revolcada, en espinas, encadenada, colmada de espinas hasta en los mĂĄs hondos recovecos de tu ser... Esto es lo que ahora te repito, con una alegrĂ­a como sĂłlo el Amor puede experimentar — y Yo soy el Amor —, cuando puede hacer cesar un dolor en su dilecto amado. Esto es lo que te digo ahora, ahora que ese tiempo de sacrificio cesa. Y Yo, que sĂ©, por el mundo que no sabe, por Italia, por Viareggio, por esta pequeña poblaciĂłn, a donde tĂș me has portado — medita el sentido de estas palabras —, Yo te expreso mi agradecimiento, como corresponde a las vĂ­ctimas por su sacrificio.

15.3

Cuando te mostrĂ© a Cecilia, virgen-esposa, te dije que ella se habĂ­a echado mis perfumes, y con ellos atrajo a su marido, a su cuñado, a sus domĂ©sticos, a sus familiares, a sus amigos. TĂș has hecho — no lo sabes, pero te lo digo Yo, Yo que conozco las cosas — el papel de Cecilia en medio de este mundo enloquecido. Te has saturado de mĂ­, de mi palabra, has llevado mis deseos a las personas, y las mejores han comprendido, y siguiĂ©ndote a ti, que eres vĂ­ctima, muchĂ­simas otras vĂ­ctimas han surgido. Si tu patria, y los lugares que tĂș mĂĄs quieres, no han sido completamente destruidos, ha sido porque muchas hostias han sido sacrificadas a raĂ­z de tu ejemplo y de tu ministerio.

Gracias, mujer bendita. ContinĂșa asĂ­. Tengo gran necesidad de salvar a la Tierra, de volver a comprar la Tierra; las monedas sois vosotras, las vĂ­ctimas.

15.4

La SabidurĂ­a que ha instruido a los santos, y que te instruye a ti con un magisterio directo, te eleve cada vez mĂĄs en la comprensiĂłn de la Ciencia de vida y en practicarla. Levanta tĂș tambiĂ©n tu pequeña tienda ante la casa del Señor. Te digo mĂĄs aĂșn: hinca las estacas que sostienen tu misma morada en la morada de la SabidurĂ­a y mora en ella sin jamĂĄs dejarla. DescansarĂĄs asĂ­, protegida por el Señor, que te ama, como ave entre ramas florecidas, y Él serĂĄ tu amparo ante cualquier tipo de intemperie espiritual y estarĂĄs en la luz de la gloria de Dios de donde descenderĂĄn para ti palabras de paz y verdad.

Puedes ir en paz. Te bendigo, mujer bendita».

Detalle

JesĂșs mostrĂł a MarĂ­a el Evangelio y le hizo el siguiente dictado.

La visión de María Magdalena moribunda se encuentra en los Cuadernos de 1944 (30 de marzo de 1944). Cécile, la virgen esposa, aparece en las visiones y dictados del 22 y 23 de julio de 1944.

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