ECR 10.9
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Un alma "no estĂĄ en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley divina, cuyos preceptos son muy claros".
Notas del tema
ECR 10.9
Un alma "no estĂĄ en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley divina, cuyos preceptos son muy claros".
ECR 10.10
10.10 ÂMarĂa era la Llena de Gracia. Toda la Gracia Una y Trina estaba en Ella. Toda la Gracia Una y Trina la preparaba como esposa para la boda, como tĂĄlamo para la prole, como divina para su maternidad y para su misiĂłn. Ella es la que cierra el ciclo de la profetisas del Antiguo Testamento y abre el de los âportavoces de Diosâ en el Nuevo Testamento.
Verdadera Arca de la Palabra de Dios, mirando en su interior eternamente inviolado, descubrĂa, trazadas por el dedo de Dios sobre su corazĂłn inmaculado, las palabras de ciencia eterna, y recordaba, como todos los santos, haberlas oĂdo ya al ser generada con su espĂritu inmortal por Dios Padre, creador de todo lo que tiene vida. Y, si no recordaba todo de su futura misiĂłn, era porque en toda perfecciĂłn humana Dios deja algunas lagunas, por ley de una divina prudencia que es bondad y mĂ©rito para y hacia la criatura.
MarĂa, segunda Eva, tuvo que conquistarse su parte de mĂ©rito de ser la Madre del Cristo; con una fiel, buena voluntad. Esto quiso tambiĂ©n Dios en su Cristo para hacerle Redentor.
El espĂritu de MarĂa estaba en el Cielo. Su parte moral y su carne estaban en la tierra, y tenĂan que pisotear tierra y carne para llegar hasta el espĂritu y unirlo al EspĂritu en un abrazo fecundo.
ECR 11
TĂtulo del capĂtulo: MarĂa confĂa su voto al Sumo Sacerdote.
Fecha de la visiĂłn: Domingo 3 de septiembre de 1944
Calendario:Noviembre del año 7 (Elul 3754).
Lugar (mapa) : Jerusalén
Ciclo: Matrimonio con José
Resumen: MarĂa vuelve a su celda con otras vĂrgenes. Cuando estĂĄ a punto de entrar en su habitaciĂłn, un ama le dice que el sumo sacerdote quiere verla. AsĂ que va y encuentra al sacerdote, asĂ como a ZacarĂas y Ana de Fanuel. SimĂłn ben Boethos le dice que conoce su santidad y que le gustarĂa que se quedara en el Templo y rezara al Señor todas las mañanas. Pero la Ley dice otra cosa y ella debe casarse. Ăl la tranquilizĂł diciĂ©ndole que no habĂa olvidado que ella pertenecĂa al linaje de David y que, como no conocĂa a nadie, confiarĂan en Dios para elegir a su esposo. MarĂa confiĂł entonces su voto de virginidad al sumo sacerdote, que le preguntĂł cuĂĄndo lo habĂa cumplido. La Madre del Señor se sumergiĂł en sus recuerdos para responderle. Le dijo que no se oponĂa al matrimonio, pero que querĂa seguir siendo virgen. El sumo sacerdote le dijo que Dios le darĂa un esposo, que serĂa santo porque ella se habĂa encomendado al AltĂsimo. Ella le cuenta a su futuro marido su voto.
Contenido del capĂtulo: 11.1: MarĂa Valtorta se alegra de la sonrisa de MarĂa en medio de un bombardeo. 11.2: MarĂa vuelve a su celda con las vĂrgenes. 11.3: El PontĂfice le recuerda que debe casarse. 11.4: Pero MarĂa se ha prometido al Señor y le dice cĂłmo. 11.5: Le dirĂĄs a tu marido tu voto.
ECR 11.2-5
11.2 MarĂa sigue estando en el Templo, y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vĂrgenes.
Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmĂłsfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo dirĂa que es de otoño avanzado, porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo estĂĄ en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de JerusalĂ©n, en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerĂĄn dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.
La comitiva â mejor serĂa llamarla enjambre â cĂĄndida de las vĂrgenes cruza el patio posterior, sube la escalinata, atraviesa un pĂłrtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado, que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a Ă©l. Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vĂrgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido, y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separĂĄndose tras haberlas tenido agrupadas. Muchas â podrĂa decir todas â hablan entre sĂ antes de dejarse, en voz baja pero al mismo tiempo festiva. MarĂa guarda silencio. SĂłlo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que estĂĄ en una de las esquinas a la derecha.
11.3 Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel. «MarĂa, el Sumo Sacerdote te espera».
MarĂa la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas. Se limita a responder: «Voy inmediatamente».
No sĂ© si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que estĂĄn dedicadas al Templo. SĂ© que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, ademĂĄs del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), estĂĄn ZacarĂas y Ana de Fanuel.
MarĂa se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote no le dice: «Pasa, MarĂa. No temas». Ella se yergue y alza la cara, y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer mĂĄs mujer.
Ana le sonrĂe para animarla y ZacarĂas la saluda con un: «Paz a ti, prima».
El PontĂfice la observa atentamente. Luego le dice a ZacarĂas: «Es patente en Ella la estirpe de David y AarĂłn».
«Hija, conozco tu gracia y tu bondad. SĂ© que cada dĂa has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres. SĂ© que la voz de Dios susurra a tu corazĂłn las mĂĄs dulces palabras. SĂ© que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubĂn estĂĄ ante el Testimonio desde que tĂș llegaste; y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo dĂa. Pero, la Ley se expresa en modo distinto. TĂș ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varĂłn al Señor. TĂș seguirĂĄs el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu regalidad. De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera asĂ, yo lo harĂa, para no corromper tu magnĂfica sangre. ÂżNo conoces, MarĂa, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?».
MarĂa levanta su cara, todo roja de pudor, y, con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los pĂĄrpados, y con voz temblorosa, responde: «Ninguno».
«No puede conocer a ninguno, puesto que entrĂł aquĂ siendo niña, y la estirpe de David estĂĄ demasiado castigada y demasiado dispersa como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia» dice ZacarĂas.
«Entonces le dejaremos a Dios que elija».
11.4 ÂLas lĂĄgrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trĂ©mula boca. MarĂa dirige una mirada suplicante a su maestra.
Ana la socorre diciendo: «MarĂa se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvaciĂłn de Israel. Era sĂłlo una niña que apenas sabĂa pronunciar y ya se habĂa ligado con un voto».
«Se debe a esto entonces tu llanto. No es por resistencia a la Ley».
«Es por esto... no por otro motivo. Yo te obedezco, Sacerdote de Dios».
«Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre. ¿Desde hace cuåntos años eres virgen consagrada?».
«Yo creo que desde siempre. Antes de venir a este Templo ya me habĂa ofrecido al Señor».
«Pero, Âżno eres tĂș la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?».
«SĂ».
«Y ¿cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?».
«Si miro hacia atrĂĄs yo me veo ya consagrada... No tengo memoria de la hora en que nacĂ, ni de cĂłmo empecĂ© a amar a mi madre y a decirle a mi padre: âÂĄOh, padre, yo soy tu hija!â... Pero sĂ recuerdo, aunque no a partir de cuĂĄndo, haber dado mi corazĂłn a Dios. QuizĂĄs fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar... SĂ, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro... Mi casa... Mi casa tenĂa un jardĂn lleno de flores... un huerto de ĂĄrboles frutales y campos cultivados... y habĂa un manantial allĂ, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta... estaba llena de hierbas largas y finas que pendĂan de todas partes asemejando cascaditas verdes, y parecĂa como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecĂan un bordado, tenĂan, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto. Y tambiĂ©n cantaba el manantial. Y habĂa aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial, y palomas blancas venĂan a lavarse en la balsa lĂmpida de la fuente... Ya no me acordaba de todo esto porque habĂa puesto todo mi corazĂłn en Dios y, aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amĂ© en vida y despuĂ©s de muertos, todas las demĂĄs cosas de la tierra habĂan desaparecido de mi corazĂłn... Pero tĂș me haces pensar en ello, Sacerdote... Debo buscar el momento en que me di a Dios... y vuelven a la mente las cosas de los primeros años... Me gustaba esa gruta porque en ella oĂa una Voz, mĂĄs dulce que el canto del agua y de los pĂĄjaros, que me decĂa: âVen, dilecta mĂaâ. Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veĂa el signo de mi Señor y me perdĂa diciĂ©ndome: âÂżVes quĂ© grande es tu Dios, alma mĂa! El mismo que ha hecho los cedros del LĂbano para el aquilĂłn ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegrĂa de tu ojo y para que protejan tu piececitoâ. Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas... me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos... Y, no sĂ©... me parecĂa que la Voz me dijese a mĂ, justamente a mĂ: âVen, tĂș, aceituna especiosa; ven, tĂș, dulce pomo; ven, tĂș, fuente sigilada; ven, tĂș, paloma mĂaâ... Dulce era el amor de mi padre y de mi madre... dulce su voz cuando me llamaba... ÂĄAh, pero Ă©sta, Ă©sta...! ÂĄOh!, yo creo que asĂ la oirĂa en el ParaĂso Terrenal aquella que fue culpable, y no sĂ© cĂłmo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cĂłmo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios... AĂșn con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazĂłn ebrio de miel celestial, yo dije entonces: âSĂ, voy. Tuya. Y mi carne no tendrĂĄ otro señor aparte de ti, Señor, de la misma forma que mi espĂritu no tiene otro amorâ... Y al decir esto me parecĂa estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya habĂa sido cumplido, y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocĂa su ardor y mi vista se habĂa formado bajo su luz y mi capacidad de amar habĂa hallado cumplimiento entre sus brazos. ÂżCuĂĄndo?... No lo sĂ©. Yo dirĂa que mĂĄs allĂĄ de la vida, porque tengo la impresiĂłn de que siempre ha sido mĂo, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Ăl me ha querido para sĂ, para alegrĂa de su EspĂritu y del mĂo...
11.5 Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tĂș cĂłmo debo actuar... No tengo ni padre ni madre. SĂ© tĂș mi guĂa».
«Dios te darå el esposo, y serå santo, dado que en Dios te abandonas. Lo que harås serå manifestarle tu voto».
«¿Y aceptarå?».
«Espero que sĂ. Ora, hija, para que Ă©l pueda comprender tu corazĂłn. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre».
MarĂa se retira con Ana y ZacarĂas se queda con el PontĂfice.
La visiĂłn cesa aquĂ.
ECR 11.4
Yo existo porque Ăl me ha querido para sĂ, para alegrĂa de su EspĂritu y del mĂo...
ECR 12
TĂtulo del capĂtulo: JosĂ© elegido esposo de la Virgen.
Fecha de la visiĂłn: Lunes 4 de septiembre de 1944
Calendario:Viernes 23 de diciembre 7 d.C.
Lugares (mapa) : Jerusalén
Ciclo: Matrimonio con José
Resumen: El sumo sacerdote reuniĂł a los hombres de la tribu de David en el Templo. En este capĂtulo, nos enteramos de que pidiĂł a todos que trajeran una rama de almendro. De este grupo se elegirĂa al esposo de la Virgen. Todos sienten curiosidad y ZacarĂas estĂĄ presente. El sumo sacerdote llega por fin y revela que una de las ramas ha florecido en pleno invierno y que esa es la que se casarĂĄ con MarĂa. JosĂ© es elegido como el afortunado y el sumo sacerdote manda llamar a la futura Madre de Cristo. Mientras tanto, SimĂłn ben Boethos revela que MarĂa ha hecho un voto. JosĂ© debe ayudar al Todopuro a decĂrselo. Cuando llega, todos se retiran y los dos prometidos se conocen. JosĂ© habla de la casa de Nazaret, de Ana, de JoaquĂn, y esto da confianza a la Virgen. Su marido le dice que es un Nazir, y esto la anima a contarle su voto, que Ă©l acepta: incluso le pide que una su voto al suyo. Por Ășltimo, San JosĂ© le dice que va a cuidar de la casa de Nazaret hasta que MarĂa abandone definitivamente el Templo.
Contenido del capĂtulo: 12.1: ReuniĂłn de hombres vestidos de fiesta. 12.2: JosĂ© habla con un anciano. 12.3: Un levita trae un manojo de ramas secas con una rama florecida. 12.4: JosĂ© es designado esposo de MarĂa gracias a la rama milagrosamente florecida. 12.5: El PontĂfice presenta a JosĂ© a MarĂa. 12.6: JosĂ© es nazireo. 12.7: MarĂa confĂa su consagraciĂłn a Dios a JosĂ©, que la acepta. VivirĂĄn en castidad. 12.8: En Nazaret, la pareja vive separada y JosĂ© se ocupa de todo.
ECR 12.5
En Israel no hay flor alguna tan linda y pura como Ella.
ECR 12.6-8
12.6 Los dos prometidos estĂĄn el uno enfrente del otro. MarĂa, toda colorada, tiene la cabeza agachada. JosĂ©, tambiĂ©n ruborizado, la observa buscando las primeras palabras que decir.
Al fin las encuentra y una sonrisa ilumina su rostro. Dice: «Te saludo, MarĂa. Te vi cuando eras una niña de pocos dĂas... Yo era amigo de tu padre y tengo un sobrino de mi hermano Alfeo que era muy amigo de tu madre, su pequeño amigo, pues ahora no tiene mĂĄs que dieciocho años, y, cuando tĂș todavĂa no habĂas nacido, siendo sĂłlo un niñito, ya alegraba las tristezas de tu madre, que le querĂa mucho. No nos conoces porque viniste aquĂ siendo muy pequeñita. Pero en Nazaret todos te quieren y piensan en ti, y hablan de la pequeña MarĂa de JoaquĂn, cuyo nacimiento fue un milagro del Señor, que hizo verdecer a la estĂ©ril... Yo me acuerdo de la tarde en que naciste... Todos la recordamos por el prodigio de una gran lluvia que salvĂł los campos, y de una violenta tormenta durante la cual los rayos no quebraron ni siquiera un tallito de brezo silvestre, tormenta que terminĂł con un arco iris de dimensiones y belleza no vistas nunca mĂĄs. Y... ÂżquiĂ©n no recuerda la alegrĂa de JoaquĂn? Te mecĂa enseñåndote a los vecinos... ConsiderĂĄndote una flor venida del Cielo, te admiraba, y querĂa que todos te admirasen. ÂĄOh, dichoso y anciano padre que muriĂł hablando de su MarĂa, tan bonita y buena y que decĂa palabras llenas de gracia y de saber!... ÂĄTenĂa razĂłn al admirarte y al decir que no existe ninguna mĂĄs hermosa que tĂș! ÂżY tu madre? Llenaba con su canto el ĂĄngulo en que estaba tu casa. ParecĂa una alondra en primavera durante la gestaciĂłn, y luego, cuando te amamantaba. Yo hice tu cuna, una cunita toda de entalladuras de rosas, porque asĂ la quiso tu madre. QuizĂĄs estĂ© todavĂa en la casa, ahora cerrada... Yo soy viejo, MarĂa. Cuando naciste, yo ya hacĂa mis primeros trabajos. Ya trabajaba... ÂĄQuiĂ©n me iba a decir que te hubiera tenido por esposa! QuizĂĄs hubieran muerto mĂĄs felices los tuyos, porque Ă©ramos amigos. Yo enterrĂ© a tu padre, llorĂĄndole con corazĂłn sincero porque fue para mĂ maestro bueno durante la vida».
MarĂa levanta muy despacio el rostro, sintiĂ©ndose cada vez mĂĄs segura al oĂr cĂłmo le habla JosĂ©, y cuando alude a la cuna sonrĂe levemente, y cuando JosĂ© habla de su padre le tiende una mano y dice: «Gracias, José». Un âgraciasâ tĂmido y delicado.
JosĂ© toma entre sus cortas y fuertes manos de carpintero esa manita de jazmĂn, y la acaricia con un afecto que pretende inspirar cada vez mĂĄs tranquilidad. QuizĂĄs espera otras palabras, pero MarĂa vuelve a guardar silencio. Entonces continĂșa hablando Ă©l: «La casa, como sabes, estĂĄ intacta, menos la parte que fue derribada por orden consular para transformar en calle el sendero para los convoyes de Roma. Pero las parcelas de cultivo, las que te han quedado â porque ya sabes... la enfermedad de tu padre consumiĂł mucho tus haberes â estĂĄn un poco abandonadas. Hace ya mĂĄs de tres primaveras que los ĂĄrboles y las cepas no conocen podadera de hortelano, y la tierra estĂĄ sin cultivar y, por tanto, dura. Pero los ĂĄrboles que te vieron cuando eras pequeñita estĂĄn todavĂa allĂ, y, si me lo permites, yo me ocuparĂ© inmediatamente de ellos».
«Gracias, José. Pero, ya trabajas...».
«TrabajarĂ© en tu huerto durante las primeras y las Ășltimas horas del dĂa. Ahora el tiempo de luz se va alargando cada vez mĂĄs. Para la primavera quiero que todo estĂ© en orden, para alegrĂa tuya. Mira, Ă©sta es una ramilla del almendro que estĂĄ frente a la casa. Quise coger Ă©sta... â se puede entrar por cualquier parte por el seto destruido, pero ahora le harĂ© de nuevo sĂłlido y fuerte â, quise coger Ă©sta pensando que si yo hubiera sido el elegido â no lo esperaba porque soy consagrado nazareno, y he obedecido porque se trataba de una orden del Sacerdote, no por deseos de casamiento â, pensando, te decĂa, que el tener una flor de tu jardĂn te habrĂa alegrado. AquĂ la tienes, MarĂa. Con ella te doy mi corazĂłn, que, como ella, hasta ahora, ha florecido sĂłlo para el Señor, y que ahora florece para ti, esposa mĂa».
12.7 MarĂa coge la ramita. Se la ve emocionada, y mira a JosĂ© con una cara cada vez mĂĄs segura y radiante. Se siente segura de Ă©l. Cuando Ă©l dice: «Soy consagrado nazareno», su rostro se muestra todo luminoso y encuentra fuerzas para decir: «Yo tambiĂ©n soy toda de Dios, JosĂ©. No sĂ© si el Sumo Sacerdote te lo ha dicho...».
«Me ha dicho sĂłlo que tĂș eres buena y pura y que debes manifestarme un voto tuyo, y que fuera bueno para contigo. Habla, MarĂa. Tu JosĂ© desea hacerte feliz en todos tus deseos. No te amo con la carne. ÂĄTe amo con mi espĂritu, santa doncella que Dios me otorga! Debes ver en mĂ un padre y un hermano, ademĂĄs de un esposo. Ăbrete a mĂ como con un padre, abandĂłnate en mĂ como con un hermano».
«Ya desde la infancia me consagrĂ© al Señor. SĂ© que esto no se hace en Israel, pero yo sentĂa una Voz que me pedĂa mi virginidad en sacrificio de amor por la venida del MesĂas. ÂĄHace mucho tiempo que Israel lo espera!... ÂĄNo es demasiado el renunciar por esto a la alegrĂa de ser madre!».
JosĂ© la mira fijamente, como queriendo leer en su corazĂłn, y luego coge las dos manitas que tienen todavĂa entre los dedos la ramita florecida, y dice: «Pues yo tambiĂ©n unirĂ© mi sacrificio al tuyo, y amaremos tanto con nuestra castidad al Eterno, que Ăl darĂĄ antes a la Tierra al Salvador, permitiĂ©ndonos ver su Luz resplandecer en el mundo. Ven, MarĂa. Vamos ante su Casa y juremos amarnos como lo hacen los ĂĄngeles entre sĂ.
12.8 Luego iré a Nazaret a prepararlo todo para ti, en tu casa si quieres ir a ella, en otra parte si asà lo deseas».
«En mi casa... En el fondo habĂa una gruta... ÂżTodavĂa estĂĄ?».
«Estå, pero ya no es tuya... Yo, de todas formas, te haré otra gruta donde estarås fresca y tranquila en las horas mås calurosas. La haré lo mås parecida posible. Y... dime, ¿quién quieres que esté contigo?».
«Nadie. No tengo miedo. La madre de Alfeo, que siempre viene a verme, me harĂĄ compañĂa un poco durante el dĂa, y por la noche prefiero estar sola. NingĂșn mal me puede suceder».
«Bueno, y ahora estoy yo... ¿Cuåndo debo venir a recogerte?».
«Cuando tĂș quieras, José».
«Pues entonces vendrĂ© cuando la casa estĂ© en orden. No pienso tocar nada. Quiero que encuentres todo como lo dejĂł tu madre, pero quiero tambiĂ©n que estĂ© llena de luz y bien limpia para acogerte sin tristeza. Ven, MarĂa. Vamos a decirle al AltĂsimo que le bendecimos».
Y no veo nada mĂĄs. Me queda, eso sĂ, en el corazĂłn el sentido de seguridad que experimenta MarĂa...
ECR 12.7
Juremos amarnos como lo hacen los ĂĄngeles entre sĂ.
ECR 13
TĂtulo del capĂtulo: Desposorio de la Virgen con JosĂ©, instruido por la SabidurĂa para que fuera el guardiĂĄn del Misterio.
Fecha de la visiĂłn y del dictado: Martes 5 de septiembre de 1944
Calendario: 6 de marzo d.C.
Lugar (mapa) : Jerusalén
Ciclo: Matrimonio con José
Resumen: JosĂ© y MarĂa estĂĄn comprometidos en el Templo de JerusalĂ©n. MarĂa luce hermosa con su ajuar de novia. Las vĂrgenes que la rodean se extasĂan ante su belleza, y sus amantes acuden al rescate de su protegida. Las doncellas se marchan y llega Isabel. Ăsta le habla del ajuar nupcial diseñado por Ana, y la Virgen habla entonces de JosĂ©, al que describe como un joven santo. Llega el novio y los dos prometidos se reencuentran. JosĂ© es soberbio y le dice que ha pensado en el voto de la Virgen. Ăl lo comprende y se une a ella en un nazirĂ©at perpetuo. El sumo sacerdote los desposa entonces. DespuĂ©s de esto, MarĂa y JosĂ© abandonan JerusalĂ©n para ir a Nazaret... A continuaciĂłn, JesĂșs da un dictado sobre su padre putativo.
Contenido del capĂtulo: 13.1: La belleza de MarĂa con sus vestidos de novia. 13.2: Sus compañeras la admiran. 13.3: Sus vestidos son la caricia de su madre. 13.4: JosĂ© llega con sus vestidos mĂĄs hermosos. Su discurso de bienvenida. 13.5: JosĂ© habla del voto de castidad absoluta. 13.6: El PontĂfice preside la boda. 13.7: Los novios salen en carroza con ZacarĂas e Isabel. 13.8: Elogio de la SabidurĂa. 13.9: JosĂ©, guardiĂĄn de la Esposa y del Hijo de Dios. 13.10: JosĂ©, un nuevo AarĂłn que creyĂł sin ver. 13.11: JosĂ©, ejemplo corredentor de pureza, fidelidad y amor perfecto.