Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 9.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

9.1 Dice JesĂșs:

«Como un rĂĄpido crepĂșsculo de invierno en que un viento de nieve acumule nubes en el cielo, la vida de mis abuelos conociĂł rĂĄpida la noche, una vez que su Sol se habĂ­a quedado fijo resplandeciendo ante la sagrada Cortina del Templo.

9.2 ­Pero, Âżacaso no fue dicho: “La SabidurĂ­a inspira vida a sus hijos, toma bajo su protecciĂłn a los que la buscan... Quien la ama ama la vida, y quien estĂĄ en vela por ella gozarĂĄ de su paz. Quien la posee heredarĂĄ la vida... Quien la sirve rendirĂĄ obediencia al Santo, y a quien la ama Dios lo ama mucho... Si cree en ella la tendrĂĄ como herencia y le serĂĄ como tal confirmada a su posteridad porque lo acompaña en la prueba. En primer lugar le elige, luego enviarĂĄ sobre Ă©l temores, miedos y pruebas, le atormentarĂĄ con el flagelo de su disciplina, hasta haberle probado en sus pensamientos y poder fiarse de Ă©l. Mas luego le darĂĄ estabilidad, volverĂĄ a Ă©l por recto camino y le alegrarĂĄ. Le descubrirĂĄ sus arcanos, pondrĂĄ en Ă©l tesoros de ciencia y de inteligencia en la justicia”?

SĂ­, todo esto fue dicho. Los libros sapienciales son aplicables a todos los hombres, que en ellos tienen un espejo de sus comportamientos y una guĂ­a. Mas dichosos aquellos que puedan ser reconocidos como amantes espirituales de la SabidurĂ­a.

Yo me circundĂ© de una parentela mortal de sabios. Ana, JoaquĂ­n, JosĂ©, ZacarĂ­as y, mĂĄs aĂșn, Isabel y luego el Bautista, Âżno son, acaso, verdaderos sabios? Y eso sin hablar de mi Madre, en la cual la SabidurĂ­a habĂ­a hecho morada.

9.3 ­Desde la juventud hasta la tumba, la Sabiduría había inspirado a mis abuelos la manera de vivir de forma grata a Dios; y, como un toldo que protege de la violencia de los elementos, los había protegido del peligro de pecar. El santo temor de Dios es base del årbol de la sabiduría, que, a partir de aquél, se desarrolla impetuoso con todas sus ramas para alcanzar con su copa el amor tranquilo en su paz, el amor pacífico en su seguridad, el amor seguro en su fidelidad, el amor fiel en su intensidad, el amor total, generoso, activo de los santos.

“Quien la ama ama la vida y recibirá en herencia la Vida” dice el Eclesiástico. Pues bien, esto se funde con mi: “Aquel que pierda la vida por amor mío, la salvará”. Porque no se habla de la pobre vida de esta tierra, sino de la eterna; no de las alegrías de una hora, sino de las inmortales.

JoaquĂ­n y Ana la amaron en ese sentido. Y ella estuvo con ellos en las pruebas.

ÂĄCuĂĄntas, vosotros, que, pensando que no sois completamente malvados, querrĂ­ais no tener que llorar ni sufrir nunca! ÂĄCuĂĄntas pruebas sufrieron estos dos justos que merecieron tener por hija a MarĂ­a! La persecuciĂłn polĂ­tica que los arrojĂł de la tierra de David, empobreciĂ©ndolos excesivamente. La tristeza de ver caer en la nada los años sin que una flor les dijese: “Yo os continuarĂ©â€. Y luego la congoja por haberla tenido a una edad en que ciertamente no la iban a ver hacerse mujer. Y, mĂĄs tarde, el tener que arrancarse de su corazĂłn esta flor para depositarla sobre el altar de Dios. Y el vivir en un silencio mĂĄs oprimente aĂșn que el primero, ahora que se habĂ­an acostumbrado al gorjeo de su tortolita, al rumor de sus pasitos, a las sonrisas, a los besos de su criatura; y esperar en el recuerdo la hora de Dios. Y mĂĄs, y mĂĄs todavĂ­a: enfermedades, calamidades por la intemperie, abusos de los poderosos... muchos golpes de ariete contra el dĂ©bil castillo de su modesta prosperidad. Y no acaba aquĂ­ todo: el dolor de esa criatura lejana, que se quedaba sola y pobre, y que, a pesar de todas las atenciones y todos los sacrificios, no tendrĂ­a sino un resto del bien paterno. ÂżY cĂłmo podĂ­a encontrarlo, si durante años todavĂ­a quedarĂ­a yermo, cerrado, esperĂĄndola? Temores, miedos, pruebas y tentaciones. Y fidelidad, fidelidad, fidelidad, siempre, a Dios.

9.4 ­La tentaciĂłn mĂĄs fuerte: no negarse el consuelo de su hija en torno a su vida ya declinante. Pero, los hijos son de Dios antes que de los padres. Todos los hijos pueden decir lo que Yo le dije a mi Madre: “¿No sabes que debo ocuparme de los intereses del Padre de los Cielos?”. Y todas las madres y todos los padres deben aprender la actitud a guardar en estos casos, mirando a MarĂ­a y a JosĂ© en el Templo, a Ana y a JoaquĂ­n en la casa de Nazaret, cada vez mĂĄs vacĂ­a y triste, aunque, no obstante, en ella una cosa no disminuyese nunca, sino que, al contrario, crecĂ­a cada vez mĂĄs: la santidad de dos corazones, la santidad de una uniĂłn matrimonial.

ÂżQuĂ© luz le queda a JoaquĂ­n, enfermo; quĂ© luz le queda a su adolorada esposa en las largas y silenciosas tardes propias de ancianos que se sienten morir? Los vestiditos, las primeras sandalitas, los pobres juguetitos de su criatura lejana, y los recuerdos, los recuerdos, los recuerdos. Y, con Ă©stos, una paz que proviene del poder decir: “Sufro, pero he cumplido mi deber de amor hacia Dios”.

Pues bien, he aquí que se produce una alegría sobrehumana de celestial brillo, no conocida por los hijos de este mundo, y que no se opaca por el hecho de que un grave pårpado descienda sobre dos ojos que mueren, sino que en la postrera hora resplandece mås, e ilumina verdades que habían estado dentro durante toda la vida, cerradas como mariposas en su capullo, que daban señales de estar dentro de ellos sólo por unos suaves movimientos de ligeros destellos, mientras que ahora abren sus alas de sol mostrando las palabras que las decoran. Y la vida se apaga en el conocimiento de un futuro beato para ellos y para su estirpe, bendiciendo a su Dios.

9.5 ­Así fue la muerte de mis abuelos, como era justo que fuera por su vida santa. Por la santidad merecieron ser los primeros depositarios de la Amada de Dios, y, sólo cuando un Sol mayor se mostró en su vital ocaso, ellos intuyeron la gracia que Dios les había concedido.

Por la santidad que tuvieron, Ana no padeció la tortura propia de la puérpera, sino que experimentó el éxtasis de quien llevó a la Sin Culpa. No sufrieron la angustia de la agonía, sino que fueron languor que se apaga, como dulcemente se apaga una estrella cuando el Sol sale con la aurora. Y, si bien no experimentaron el consuelo de tenerme como Encarnada Sabiduría, como me tuvo José, Yo, no obstante, estaba allí, invisible Presencia que decía sublimes palabras, inclinado hacia su almohada para adormecerlos en la paz en espera del triunfo.

Hay quien dice: “¿Por quĂ© no debieron sufrir al generar y al morir, puesto que eran hijos de AdĂĄn?”. A Ă©ste le respondo: “Si el Bautista, hijo de AdĂĄn y concebido con la culpa de origen, fue presantificado en el seno de su madre porque Yo le visitĂ©, Âżninguna gracia va a haber recibido la madre santa de la Santa sin Mancha, de la Preservada por Dios que llevĂł consigo a Dios en su espĂ­ritu casi divino y en el corazĂłn embrional, y que no se separĂł nunca de Él desde que fue pensada por el Padre, desde que fue concebida en un seno, hasta que retornĂł a poseer a Dios plenamente en el Cielo para una eternidad gloriosa?”. A Ă©ste le respondo: “La recta conciencia proporciona una muerte serena y las oraciones de los santos os obtienen tal muerte”.

Joaquín y Ana tenían toda una vida de recta conciencia a sus espaldas, y ésta se alzaba como sosegado panorama y los guió hasta el Cielo; y tenían a la Santa en oración por ellos, sus padres lejanos, ante el Tabernåculo de Dios. Dios, Bien supremo, era antes que ellos, pero Ella amaba a sus padres, como querían la ley y el sentimiento, con un amor sobrenaturalmente perfecto».

AnotaciĂłn

Libro de Ben Sira el Sabio 4, 11-18

Si 4, 11-18 : La Sabiduría conduce a sus hijos a la grandeza; cuida de los que la buscan. Amarla es amar la vida; los que la buscan desde el alba se colmarån de felicidad; el que la posee heredarå la gloria; donde entra, el Señor da su bendición.

Los que adoran la sabiduría celebran al Dios santo; los que la aman son amados por el Señor; el que la escucha juzgarå a las naciones; el que se aferra a ella estarå seguro en su morada. Si confía en ella, la poseerå, y todos sus descendientes la heredarån.

Al principio, ella le conducirå por caminos tortuosos, infundiéndole temor y aprensión, atormentåndole con la severidad de su educación, hasta que pueda confiar en ella; le pondrå a prueba con sus exigencias. Entonces volverå directamente a él y le colmarå de felicidad revelåndole sus secretos.

Todo hijo puede decir lo que yo dije a mi Madre: "ÂżNo sabes que tengo que velar por los intereses del Padre que estĂĄ en los Cielos? " En Lucas 2, 49 (cf. EMV 41.12).

Palabras clave

ECR 9.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo me circundĂ© de una parentela mortal de sabios. Ana, JoaquĂ­n, JosĂ©, ZacarĂ­as y, mĂĄs aĂșn, Isabel y luego el Bautista, Âżno son, acaso, verdaderos sabios? Y eso sin hablar de mi Madre, en la cual la SabidurĂ­a habĂ­a hecho morada.

Detalle

JesĂșs dijo:

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ECR 9.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El santo temor de Dios es base del årbol de la sabiduría, que, a partir de aquél, se desarrolla impetuoso con todas sus ramas para alcanzar con su copa el amor tranquilo en su paz, el amor pacífico en su seguridad, el amor seguro en su fidelidad, el amor fiel en su intensidad, el amor total, generoso, activo de los santos.

Palabras clave

ECR 9.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

ÂĄCuĂĄntas, vosotros, que, pensando que no sois completamente malvados, querrĂ­ais no tener que llorar ni sufrir nunca!

Palabras clave

ECR 9.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

[JoaquĂ­n y Ana] TenĂ­an a la Santa en oraciĂłn por ellos, sus padres lejanos, ante el TabernĂĄculo de Dios.Dios, Bien supremo, era antes que ellos, pero Ella amaba a sus padres, como querĂ­an la ley y el sentimiento, con un amor sobrenaturalmente perfecto.

Detalle

Los sentimientos de Mary hacia sus padres

Palabras clave

ECR 10

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo : CĂĄntico de MarĂ­a. RecordĂł lo que su alma habĂ­a visto en Dios.

Fecha de la visiĂłn y del dictado: SĂĄbado 2 de septiembre de 1944

Calendario: Verano del 9 a.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de la Virgen MarĂ­a

Resumen: MarĂ­a debe tener unos doce años. EstĂĄ rezando y cantando un himno. Luego se sumerge en una oraciĂłn aĂșn mĂĄs ardiente y mientras tanto llega Ana de Fanuel. La Inmaculada la saluda y comienza una conversaciĂłn entre las dos mujeres. Hablan de su virginidad, de la Ley que la obliga a casarse y de su voto de permanecer virgen a pesar de todo. TambiĂ©n hablaron del MesĂ­as que habĂ­a de venir. MarĂ­a ya intuĂ­a que serĂ­a el MĂĄrtir y que era necesaria una gran pureza para preparar su venida. Revela que es virgen, no porque espere ser la Madre del Señor, sino porque la pureza tiene un valor inmenso a los ojos del AltĂ­simo.

Finalmente, JesĂșs da un dictado y revela que MarĂ­a se acordĂł de Dios. Ella recordaba lo que habĂ­a visto cuando su alma fue creada, y el Maestro explica que el espĂ­ritu tiene la capacidad de recordar, de ver y de prever. Dios dotĂł al hombre de inteligencia, pero no todos los conocimientos son buenos y, ademĂĄs, las capacidades humanas son limitadas. Sin embargo, el EspĂ­ritu puede hablarnos e instruirnos, pero para poseer al EspĂ­ritu Santo necesitamos la Gracia. Los santos tambiĂ©n se acuerdan de Dios", dijo JesĂșs, antes de continuar su dictado sobre MarĂ­a, que estaba llena de Gracia, y que por eso vivĂ­a en el EspĂ­ritu.

Contenido del capítulo: 10.1: María cose y canta un himno. 10.2: Ana de Fanuel sorprendida por la aparición de María. 10.3: La presencia de Dios en María. 10.4: Su deseo de permanecer virgen. 10.5: La espera del Mesías se acorta. Me pondré totalmente a su servicio. 10.6: Serå el Varón de dolores. 10.7 : Todos ebrios de la Presencia Invisible. 10.8 : María se acordó de Dios. 10.9 : Participación en la Suprema Inteligencia. 10.10 : Lleno de Gracia. 10.11 : Todo viene de otra fuente, constata María Valtorta, que se tranquiliza.

EdiciĂłn anterior: Volumen 1, capĂ­tulo 16

Palabras clave

ECR 10.1-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

10.1 ­Hasta ayer por la tarde, viernes, no se me ha iluminado la mente para ver. Y he visto solamente esto. He visto a una MarĂ­a muy joven, una MarĂ­a de como mucho doce años, cuyo rostro no presenta ya esas redondeces propias de la infancia, sino que devela los futuros contornos de la mujer en el perfil oval que ya se va alargando. Por lo que respecta al pelo, ya no es aquel que caĂ­a suelto sobre el cuello con sus ligeros rizos, sino que estĂĄ recogido en dos gruesas trenzas de un oro palidĂ­simo — de lo claro que es el pelo, parece como si estuviera mezclado con plata — que siguiendo los hombros bajan hasta las caderas. El rostro aparece mĂĄs pensativo, mĂĄs maduro, aunque siga siendo el rostro de una niña, de una hermosa y pura niña que, toda vestida de blanco, cose en una habitacioncita muy pequeña y tambiĂ©n toda blanca, por cuya ventana abierta de par en par se ve el edificio imponente y central del Templo, y toda la bajada de las escalinatas de los patios, de los pĂłrticos, y, al otro lado de la muralla, la ciudad con sus calles y casas y jardines, y, al fondo, la cima protuberante y verde del Monte de los Olivos.

Cose y canta en voz baja. No sé si se trata de un canto sacro. Dice:

«Como una estrella dentro de un agua clara

me resplandece una luz en el fondo del corazĂłn.

Desde la infancia, de mĂ­ no se separa

y dulcemente me guĂ­a con amor.

En lo mĂĄs hondo del corazĂłn hay un canto.

ÂżDe dĂłnde venir podrĂĄ?

ÂĄOh, hombre, tĂș lo ignoras!

De donde descansa el Santo.

Yo miro mi estrella clara

y no quiero cosa que no sea,

aunque fuera la mĂĄs dulce y estimada,

esta dulce luz que es toda mĂ­a.

Me trajiste de los altos Cielos,

Estrella, al interior de un seno de madre.

Ahora vives en mĂ­; mas allende los velos

te veo, rostro glorioso del Padre.

ÂżCuĂĄndo a tu sierva darĂĄs el honor

de ser humilde esclava del Salvador?

Manda, del Cielo mĂĄndanos al MesĂ­as.

Acepta, Padre Santo, la ofrenda de María».

10.2 ­María calla, sonríe y suspira, y luego se pone de rodillas en oración. Su carita es toda una luz. Alta, elevada hacia el azul terso de un bonito cielo estival, parece como si aspirase toda su luminosidad y la irradiara. O, mås exactamente, parece como si de su interior un escondido Sol irradiase sus luces y encendiera la nieve apenas rosada de la carne de María y se vertiera, llegando a las cosas y al Sol que resplandece sobre la tierra, bendiciendo y prometiendo abundancia de bienes.

Estando María a punto de ponerse en pie después de su amorosa oración, permaneciendo en su rostro una luminosidad de éxtasis, entra la anciana Ana de Fanuel y se detiene atónita, o, por lo menos, admirada del acto y del aspecto de María.

La llama: «María», y la Niña se vuelve con una sonrisa, distinta pero como siempre muy bonita, y saluda dicendo: «Ana, paz a ti».

10.3 ­«¿Estabas orando? ¿No te es suficiente nunca la oración?».

«La oraciĂłn me serĂ­a suficiente. Pero yo hablo con Dios. Ana, tĂș no puedes saber quĂ© cercano a mĂ­ le siento; mĂĄs que cercano, en el corazĂłn. Dios me perdone tal soberbia. Es que yo no me siento sola. ÂżVes? AllĂ­, en aquella casa de oro y de nieve, detrĂĄs de la doble Cortina, estĂĄ el Santo de los Santos, y jamĂĄs ojo alguno, aparte del del Sumo Sacerdote, puede detenerse en el Propiciatorio, sobre el que descansa la gloria del Señor. Mas yo no tengo necesidad de mirar con toda el alma veneradora a ese doble Velo bordado, que palpita con las ondas de los cantos virginales y de los levitas y que huele a preciosos inciensos, como para perforar su cohesiĂłn y ver asĂ­ la luz irradiada por el Testimonio. ÂĄPero sĂ­ que miro! No temas que no mire con ojo venerador como todo hijo de Israel. No temas que el orgullo me ciegue haciĂ©ndome pensar esto que ahora te digo. Yo miro, y no hay ningĂșn humilde siervo en el pueblo de Dios que mire mĂĄs humildemente la Casa de su Señor que como yo la miro, convencida como estoy de ser la mĂĄs pequeña de todos. Pero, ÂżquĂ© es lo que veo? Un velo. ÂżQuĂ© pienso al otro lado del Velo? Un TabernĂĄculo. ÂżY en Ă©l? Mas si miro a mi corazĂłn, he aquĂ­ que veo a Dios resplandecer en su gloria de amor y decirme: “Te amo”, y yo le digo: “Te amo”, y me deshago y me rehago con cada uno de los latidos del corazĂłn en este beso recĂ­proco... Estoy entre vosotras, mis queridas maestras y compañeras, pero un cĂ­rculo de fuego me aĂ­sla de vosotras. Dentro de ese cĂ­rculo, Dios y yo. Y os veo a travĂ©s del Fuego de Dios y asĂ­ os amo... mas no puedo amaros segĂșn la carne, como jamĂĄs podrĂ© amar a nadie segĂșn la carne, sino sĂłlo a Este que me ama, y segĂșn el espĂ­ritu.

10.4 ­Conozco mi destino. La Ley secular de Israel quiere de toda niña una esposa y de toda esposa una madre. Pero yo, no sin obedecer a la Ley, obedezco a la Voz que me dice: “Yo te quiero par mí”, y permanecerĂ© siempre virgen. ÂżCĂłmo podrĂ© hacerlo? Esta dulce, invisible Presencia que estĂĄ conmigo me ayudarĂĄ, porque ella desea eso. Yo no temo. Ya no tengo ni padre ni madre... y sĂłlo el Eterno sabe cĂłmo en ese dolor se quemĂł cuanto yo tenĂ­a de humano. ArdiĂł con dolor atroz. Ahora sĂłlo tengo a Dios. A Él, por tanto, le presto obediencia ciegamente... Lo habrĂ­a hecho incluso contra el padre y la madre, porque la Voz me enseña que quien quiere seguirla debe pasar por encima del padre y de la madre, amorosas patrullas de ronda en torno a los muros del corazĂłn filial, al que quieren conducir a la alegrĂ­a segĂșn sus caminos... y no saben que hay otros caminos de infinita alegrĂ­a. Yo les habrĂ­a dejado los vestidos y el manto, con tal de seguir la Voz que me dice: “¡Ven, dilecta mĂ­a, esposa mĂ­a!”. Les habrĂ­a dejado todo; y las perlas de las lĂĄgrimas — porque habrĂ­a llorado por tener que desobedecer —, y los rubĂ­es de mi sangre — que hasta a la muerte habrĂ­a desafiado por seguir la Voz que llama — les habrĂ­an dicho que hay algo mĂĄs grande que el amor de un padre y una madre, y mĂĄs dulce: la Voz de Dios. Pero ahora su voluntad me ha dejado libre incluso de este lazo de piedad filial. Ya de por sĂ­ no habrĂ­a habido lazo. Eran dos justos, y Dios, ciertamente, hablaba en ellos como me habla a mĂ­. HabrĂ­an seguido la justicia y la verdad. Cuando pienso en ellos, pienso que estĂĄn en la quietud de la espera entre los Patriarcas, y acelero con mi sacrificio la venida del MesĂ­as para abrirles las puertas del Cielo. En la tierra yo me rijo, o sea, es Dios quien rige a su pobre sierva diciĂ©ndole sus preceptos, y yo los cumplo, porque cumplirlos es mi alegrĂ­a. Cuando llegue la hora, le dirĂ© a mi esposo mi secreto... y Ă©l lo acogerĂĄ en su interior».

«Pero, María... ¿con qué palabras le vas a persuadir? Tendrås en contra el amor de un hombre, la Ley y la vida».

«Tendré conmigo a Dios... Dios abrirå a la luz el corazón de mi esposo... la vida perderå sus aguijones de sentido para ser pura flor con perfume de caridad.

10.5 La Ley... Ana, no me llames blasfema. Yo creo que la Ley pronto va a sufrir un cambio. PensarĂĄs: “¿quiĂ©n puede cambiarla, si es divina?”. SĂłlo quien la puede mutar: Dios. El tiempo estĂĄ mĂĄs prĂłximo de lo que pensĂĄis, yo os lo digo. Leyendo a Daniel, una gran luz que venĂ­a del centro del corazĂłn se me ha iluminado, y la mente ha comprendido el sentido de las arcanas palabras. SerĂĄn abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos. ÂżSerĂĄ cambiado el nĂșmero de los años? No. La profecĂ­a no miente; mas, la medida del tiempo profĂ©tico no es el curso del Sol, sino el de la Luna, y por ello os digo: “Cercana estĂĄ la hora que oirĂĄ el vagido del Nacido de una Virgen”. ÂĄOh, si esta Luz que me ama quisiera decirme — pues muchas cosas me dice — dĂłnde estĂĄ la mujer feliz que darĂĄ a luz el Hijo a Dios y el MesĂ­as a su pueblo! Caminando descalza recorrerĂ­a la tierra; ni frĂ­o y hielo, ni polvo y canĂ­cula, ni fieras y hambre me serĂ­an obstĂĄculo para llegar a Ella y decirle: “ConcĂ©dele a tu sierva y a la sierva de los siervos del Cristo vivir bajo tu techo. HarĂ© girar la rueda del molino y la prensa; como esclava ponme en el molino; como pastora, a tu rebaño; o para lavar los pañalitos a tu Nacido; ponme en tus cocinas, en tus hornos... donde tĂș quieras, pero recĂ­beme. ÂĄQue yo le pueda ver, que pueda oĂ­r su voz, recibir su mirada!”. Y, si no me admitiese, yo vivirĂ­a, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oĂ­r la voz del MesĂ­as niño y el eco de su risa, y luego verle pasar... y, quizĂĄs, un dĂ­a recibirĂ­a de Él el Ăłbolo de un pan... ÂĄOh, aunque el hambre me desgarrara las entrañas y desfalleciera despuĂ©s de tanto ayuno, yo no me comerĂ­a ese pan! Lo tendrĂ­a como un saquito de perlas contra mi corazĂłn y lo besarĂ­a para sentir el perfume de la mano del Cristo, y ya no tendrĂ­a ni hambre ni frĂ­o, porque su contacto me proporcionarĂ­a Ă©xtasis y calor, Ă©xtasis y alimento...».

10.6 ­«¥TĂș deberĂ­as ser la Madre del Cristo, tĂș que le amas de esa forma! ÂżPor eso es por lo que quieres permanecer virgen?».

«¥Oh, no! Yo soy miseria y polvo. No oso levantar la mirada hacia la Gloria. Por eso es por lo que prefiero mirar dentro de mi corazón mås que mirar al doble Velo, tras el cual sé que estå la invisible Presencia de Yeohvah. Allí estå el Dios terrible del Sinaí. Aquí, en mí, veo al Padre nuestro, veo un amoroso Rostro que me sonríe y bendice, porque soy pequeña como un pajarillo que el viento sujeta sin sentir su peso, y débil como tallito de muguete silvestre que sólo sabe florecer y perfumar, y no opone mås resistencia al viento que la de su perfumada y pura dulzura. ¥Dios, mi viento de amor! No, no es por eso, sino porque al Nacido de Dios y de una Virgen, al Santo del Santísimo no le puede gustar sino lo que en el Cielo ha elegido como Madre y lo que en la tierra le habla del Padre celestial: la Pureza. Si la Ley meditara en esto, si los rabíes, que la han multiplicado con todas las sutilezas de su enseñanza, volviendo la mente a horizontes mås altos, se sumergieran en lo sobrenatural, dejando de lado lo humano y la ganancia que pretenden olvidando el Fin supremo, deberían, sobre todo, volver su enseñanza a la Pureza, para que el Rey de Israel, cuando venga, la encuentre. Con el olivo del Pacífico, con las palmas del Triunfador, esparcid azucenas y azucenas y azucenas... ¥Cuånta Sangre tendrå que derramar para redimirnos el Salvador! ¥Cuånta! De los miles de heridas que Isaías vio en el Hombre de dolores, cae, cual rocío de un recipiente poroso, una lluvia de Sangre. ¥Que no caiga en el lugar de la profanación y la blasfemia esta Sangre divina, sino en copas de fragante pureza que la acojan y recojan, para luego esparcirla sobre los enfermos del espíritu, sobre los leprosos del alma, sobre los muertos a Dios! ¥Dad azucenas, azucenas dad para enjugar, con la cåndida vestidura de los pétalos puros, los sudores y las lågrimas del Cristo! ¥Dad azucenas, azucenas dad para el ardor de su fiebre de Mårtir! ¥Oh, ¿dónde estarå esa Azucena que te lleva dentro; dónde, la que aplacarå la quemazón que padeces; dónde, la que se pondrå roja con tu Sangre y morirå por el dolor de verte morir; dónde, la que llorarå ante tu Cuerpo desangrado?! ¥Oh, Cristo, Cristo, suspiro mío!...».

MarĂ­a queda en silencio, llorando y abatida.

10.7 ­Ana estå un rato en silencio. Luego, con su voz blanca de anciana conmovida, dice: «¿Tienes algo mås que enseñarme, María?».

MarĂ­a se estremece. Debe haber creĂ­do, en su humildad, que su maestra la haya reprendido y dice: «¥PerdĂłn! TĂș eres maestra, yo soy una pobre nada. Es que esta Voz me sube del corazĂłn. Yo la tengo bien vigilada, para no hablar; pero, cual rĂ­o que por el Ă­mpetu de la ola rompe las presas, ahora me ha prendido y se ha desbordado. No tengas en cuenta mis palabras y mortifica mi presunciĂłn. Las arcanas palabras deberĂ­an estar en el arca secreta del corazĂłn al que Dios, en su bondad, favorece. Lo sĂ©. Pero, tan dulce es esta invisible Presencia, que me embriaga... ÂĄAna, perdona a tu pequeña sierva!».

Ana la estrecha contra sĂ­, y todo el viejo rostro rugoso tiembla y brilla de llanto. Las lĂĄgrimas se insinĂșan entre las arrugas como agua por terreno accidentado que se transforma en un trĂ©mulo regatillo. No obstante, la anciana maestra no suscita risa, sino que, al contrario, su llanto promueve la mĂĄs alta veneraciĂłn.

MarĂ­a estĂĄ entre sus brazos, su carita contra el pecho de la anciana maestra, y todo termina asĂ­.

Palabras clave

ECR 10.8-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

10.8 Dice JesĂșs:

«María tenía el recuerdo de Dios. Soñaba con Dios. Creía soñar. No hacía sino ver de nuevo cuanto su espíritu había visto en el fulgor del Cielo de Dios, en el instante en que había sido creada para ser unida a la carne concebida en la tierra. Condividía con Dios, si bien de forma mucho menor, por exigencia de justicia, una de las propiedades de Dios: la de recordar, ver y prever, por el atributo de una inteligencia no lesionada por la Culpa, y, por tanto, poderosa y perfecta.

10.9 ­El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Una de las semejanzas estå en la posibilidad, para el espíritu, de recordar, ver y prever. Esto explica la facultad de leer el futuro, facultad que viene, muchas veces y directamente, por voluntad divina, otras por el recuerdo, que se alza, como Sol en una mañana, iluminando un cierto punto del horizonte de los siglos precedentemente visto desde el seno de Dios.

Son misterios demasiado altos como para que podĂĄis comprenderlos plenamente. Eso sĂ­, reflexionad.

ÂżEsa Inteligencia suprema, ese Pensamiento que lo sabe todo, esa Vista que lo ve todo, que os crea con un movimiento de su voluntad y con el hĂĄlito de su amor infinito, haciĂ©ndoos hijos suyos por origen e hijos suyos por destino, podrĂĄ daros algo que sea distinto de Él? Os lo da en proporciĂłn infinitesimal, porque la criatura no podrĂ­a contener al Creador, mas esa parte es, en su infinitesimalidad, perfecta y completa.

ÂĄCuĂĄn grande el tesoro de inteligencia que dio Dios al hombre, a AdĂĄn! La culpa lo ha menoscabado, mas mi Sacrificio lo reintegra y os abre los fulgores de la Inteligencia, sus rĂ­os, su ciencia. ÂĄOh, sublimidad de la mente humana unida por la Gracia a Dios, copartĂ­cipe de la capacidad de Dios de conocer!... De la mente humana unida por la Gracia a Dios.

No hay otro modo; que lo tengan presente los que anhelan conocer secretos ultrahumanos. Toda cogniciĂłn que no venga de alma en gracia — y no estĂĄ en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley divina, cuyos preceptos son muy claros — sĂłlo puede venir de SatanĂĄs, y difĂ­cilmente corresponde a verdad por lo que se refiere a cuestiones humanas, y nunca responde a verdad por lo que respecta a lo sobrehumano, porque el Demonio es padre de la mentira y a quien arrastra consigo le lleva por el sendero de la mentira. No existe ningĂșn otro mĂ©todo para conocer la verdad, sino el que viene de Dios. Y Dios habla y dice o hace recordar, del mismo modo como un padre a un hijo le hace recordar la casa paterna y dice: “¿Te acuerdas cuando conmigo hacĂ­as esto, veĂ­as aquello, oĂ­as aquello otro? ÂżTe acuerdas cuando yo te despedĂ­a con un beso? ÂżTe acuerdas cuando me viste por primera vez, cuando viste el fulgurante sol de mi rostro en tu alma virgen, instantes antes creada y aĂșn exenta — puesto que acababa de salir de mĂ­ — de la tabes que despuĂ©s te consumiera? ÂżTe acuerdas de cuando comprendiste en un latido de amor lo que es el Amor y cuĂĄl es el misterio de nuestro Ser y Proceder?”. Y cuando la capacidad limitada del hombre en gracia no llega a comprender, entonces el EspĂ­ritu de ciencia habla y enseña.

Pero para poseer al EspĂ­ritu es necesaria la Gracia. Y para poseer la Verdad y la Ciencia es necesaria la Gracia. Y para tener consigo al Padre es necesaria la Gracia, Tienda en que las tres Personas hacen morada, Propiciatorio en que reside el Eterno y habla, no desde dentro de la nube, sino mostrando su Rostro al hijo fiel. Los santos tienen el recuerdo de Dios, de las palabras oĂ­das en la Mente creadora y resucitadas por la Bondad en su corazĂłn para elevarlos como ĂĄguilas en la contemplaciĂłn de la Verdad, en el conocimiento del Tiempo.

10.10 ­María era la Llena de Gracia. Toda la Gracia Una y Trina estaba en Ella. Toda la Gracia Una y Trina la preparaba como esposa para la boda, como tálamo para la prole, como divina para su maternidad y para su misión. Ella es la que cierra el ciclo de la profetisas del Antiguo Testamento y abre el de los “portavoces de Dios” en el Nuevo Testamento.

Verdadera Arca de la Palabra de Dios, mirando en su interior eternamente inviolado, descubría, trazadas por el dedo de Dios sobre su corazón inmaculado, las palabras de ciencia eterna, y recordaba, como todos los santos, haberlas oído ya al ser generada con su espíritu inmortal por Dios Padre, creador de todo lo que tiene vida. Y, si no recordaba todo de su futura misión, era porque en toda perfección humana Dios deja algunas lagunas, por ley de una divina prudencia que es bondad y mérito para y hacia la criatura.

María, segunda Eva, tuvo que conquistarse su parte de mérito de ser la Madre del Cristo; con una fiel, buena voluntad. Esto quiso también Dios en su Cristo para hacerle Redentor.

El espíritu de María estaba en el Cielo. Su parte moral y su carne estaban en la tierra, y tenían que pisotear tierra y carne para llegar hasta el espíritu y unirlo al Espíritu en un abrazo fecundo».

Palabras clave

ECR 10.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

10.8 Dice JesĂșs:

«María tenía el recuerdo de Dios. Soñaba con Dios. Creía soñar. No hacía sino ver de nuevo cuanto su espíritu había visto en el fulgor del Cielo de Dios, en el instante en que había sido creada para ser unida a la carne concebida en la tierra. Condividía con Dios, si bien de forma mucho menor, por exigencia de justicia, una de las propiedades de Dios: la de recordar, ver y prever, por el atributo de una inteligencia no lesionada por la Culpa, y, por tanto, poderosa y perfecta.

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