ECR 9.1-5
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
9.1 Dice JesĂșs:
«Como un rĂĄpido crepĂșsculo de invierno en que un viento de nieve acumule nubes en el cielo, la vida de mis abuelos conociĂł rĂĄpida la noche, una vez que su Sol se habĂa quedado fijo resplandeciendo ante la sagrada Cortina del Templo.
9.2 ÂPero, Âżacaso no fue dicho: âLa SabidurĂa inspira vida a sus hijos, toma bajo su protecciĂłn a los que la buscan... Quien la ama ama la vida, y quien estĂĄ en vela por ella gozarĂĄ de su paz. Quien la posee heredarĂĄ la vida... Quien la sirve rendirĂĄ obediencia al Santo, y a quien la ama Dios lo ama mucho... Si cree en ella la tendrĂĄ como herencia y le serĂĄ como tal confirmada a su posteridad porque lo acompaña en la prueba. En primer lugar le elige, luego enviarĂĄ sobre Ă©l temores, miedos y pruebas, le atormentarĂĄ con el flagelo de su disciplina, hasta haberle probado en sus pensamientos y poder fiarse de Ă©l. Mas luego le darĂĄ estabilidad, volverĂĄ a Ă©l por recto camino y le alegrarĂĄ. Le descubrirĂĄ sus arcanos, pondrĂĄ en Ă©l tesoros de ciencia y de inteligencia en la justiciaâ?
SĂ, todo esto fue dicho. Los libros sapienciales son aplicables a todos los hombres, que en ellos tienen un espejo de sus comportamientos y una guĂa. Mas dichosos aquellos que puedan ser reconocidos como amantes espirituales de la SabidurĂa.
Yo me circundĂ© de una parentela mortal de sabios. Ana, JoaquĂn, JosĂ©, ZacarĂas y, mĂĄs aĂșn, Isabel y luego el Bautista, Âżno son, acaso, verdaderos sabios? Y eso sin hablar de mi Madre, en la cual la SabidurĂa habĂa hecho morada.
9.3 ÂDesde la juventud hasta la tumba, la SabidurĂa habĂa inspirado a mis abuelos la manera de vivir de forma grata a Dios; y, como un toldo que protege de la violencia de los elementos, los habĂa protegido del peligro de pecar. El santo temor de Dios es base del ĂĄrbol de la sabidurĂa, que, a partir de aquĂ©l, se desarrolla impetuoso con todas sus ramas para alcanzar con su copa el amor tranquilo en su paz, el amor pacĂfico en su seguridad, el amor seguro en su fidelidad, el amor fiel en su intensidad, el amor total, generoso, activo de los santos.
âQuien la ama ama la vida y recibirĂĄ en herencia la Vidaâ dice el EclesiĂĄstico. Pues bien, esto se funde con mi: âAquel que pierda la vida por amor mĂo, la salvarĂĄâ. Porque no se habla de la pobre vida de esta tierra, sino de la eterna; no de las alegrĂas de una hora, sino de las inmortales.
JoaquĂn y Ana la amaron en ese sentido. Y ella estuvo con ellos en las pruebas.
ÂĄCuĂĄntas, vosotros, que, pensando que no sois completamente malvados, querrĂais no tener que llorar ni sufrir nunca! ÂĄCuĂĄntas pruebas sufrieron estos dos justos que merecieron tener por hija a MarĂa! La persecuciĂłn polĂtica que los arrojĂł de la tierra de David, empobreciĂ©ndolos excesivamente. La tristeza de ver caer en la nada los años sin que una flor les dijese: âYo os continuarĂ©â. Y luego la congoja por haberla tenido a una edad en que ciertamente no la iban a ver hacerse mujer. Y, mĂĄs tarde, el tener que arrancarse de su corazĂłn esta flor para depositarla sobre el altar de Dios. Y el vivir en un silencio mĂĄs oprimente aĂșn que el primero, ahora que se habĂan acostumbrado al gorjeo de su tortolita, al rumor de sus pasitos, a las sonrisas, a los besos de su criatura; y esperar en el recuerdo la hora de Dios. Y mĂĄs, y mĂĄs todavĂa: enfermedades, calamidades por la intemperie, abusos de los poderosos... muchos golpes de ariete contra el dĂ©bil castillo de su modesta prosperidad. Y no acaba aquĂ todo: el dolor de esa criatura lejana, que se quedaba sola y pobre, y que, a pesar de todas las atenciones y todos los sacrificios, no tendrĂa sino un resto del bien paterno. ÂżY cĂłmo podĂa encontrarlo, si durante años todavĂa quedarĂa yermo, cerrado, esperĂĄndola? Temores, miedos, pruebas y tentaciones. Y fidelidad, fidelidad, fidelidad, siempre, a Dios.
9.4 ÂLa tentaciĂłn mĂĄs fuerte: no negarse el consuelo de su hija en torno a su vida ya declinante. Pero, los hijos son de Dios antes que de los padres. Todos los hijos pueden decir lo que Yo le dije a mi Madre: âÂżNo sabes que debo ocuparme de los intereses del Padre de los Cielos?â. Y todas las madres y todos los padres deben aprender la actitud a guardar en estos casos, mirando a MarĂa y a JosĂ© en el Templo, a Ana y a JoaquĂn en la casa de Nazaret, cada vez mĂĄs vacĂa y triste, aunque, no obstante, en ella una cosa no disminuyese nunca, sino que, al contrario, crecĂa cada vez mĂĄs: la santidad de dos corazones, la santidad de una uniĂłn matrimonial.
ÂżQuĂ© luz le queda a JoaquĂn, enfermo; quĂ© luz le queda a su adolorada esposa en las largas y silenciosas tardes propias de ancianos que se sienten morir? Los vestiditos, las primeras sandalitas, los pobres juguetitos de su criatura lejana, y los recuerdos, los recuerdos, los recuerdos. Y, con Ă©stos, una paz que proviene del poder decir: âSufro, pero he cumplido mi deber de amor hacia Diosâ.
Pues bien, he aquĂ que se produce una alegrĂa sobrehumana de celestial brillo, no conocida por los hijos de este mundo, y que no se opaca por el hecho de que un grave pĂĄrpado descienda sobre dos ojos que mueren, sino que en la postrera hora resplandece mĂĄs, e ilumina verdades que habĂan estado dentro durante toda la vida, cerradas como mariposas en su capullo, que daban señales de estar dentro de ellos sĂłlo por unos suaves movimientos de ligeros destellos, mientras que ahora abren sus alas de sol mostrando las palabras que las decoran. Y la vida se apaga en el conocimiento de un futuro beato para ellos y para su estirpe, bendiciendo a su Dios.
9.5 ÂAsĂ fue la muerte de mis abuelos, como era justo que fuera por su vida santa. Por la santidad merecieron ser los primeros depositarios de la Amada de Dios, y, sĂłlo cuando un Sol mayor se mostrĂł en su vital ocaso, ellos intuyeron la gracia que Dios les habĂa concedido.
Por la santidad que tuvieron, Ana no padeciĂł la tortura propia de la puĂ©rpera, sino que experimentĂł el Ă©xtasis de quien llevĂł a la Sin Culpa. No sufrieron la angustia de la agonĂa, sino que fueron languor que se apaga, como dulcemente se apaga una estrella cuando el Sol sale con la aurora. Y, si bien no experimentaron el consuelo de tenerme como Encarnada SabidurĂa, como me tuvo JosĂ©, Yo, no obstante, estaba allĂ, invisible Presencia que decĂa sublimes palabras, inclinado hacia su almohada para adormecerlos en la paz en espera del triunfo.
Hay quien dice: âÂżPor quĂ© no debieron sufrir al generar y al morir, puesto que eran hijos de AdĂĄn?â. A Ă©ste le respondo: âSi el Bautista, hijo de AdĂĄn y concebido con la culpa de origen, fue presantificado en el seno de su madre porque Yo le visitĂ©, Âżninguna gracia va a haber recibido la madre santa de la Santa sin Mancha, de la Preservada por Dios que llevĂł consigo a Dios en su espĂritu casi divino y en el corazĂłn embrional, y que no se separĂł nunca de Ăl desde que fue pensada por el Padre, desde que fue concebida en un seno, hasta que retornĂł a poseer a Dios plenamente en el Cielo para una eternidad gloriosa?â. A Ă©ste le respondo: âLa recta conciencia proporciona una muerte serena y las oraciones de los santos os obtienen tal muerteâ.
JoaquĂn y Ana tenĂan toda una vida de recta conciencia a sus espaldas, y Ă©sta se alzaba como sosegado panorama y los guiĂł hasta el Cielo; y tenĂan a la Santa en oraciĂłn por ellos, sus padres lejanos, ante el TabernĂĄculo de Dios. Dios, Bien supremo, era antes que ellos, pero Ella amaba a sus padres, como querĂan la ley y el sentimiento, con un amor sobrenaturalmente perfecto».
AnotaciĂłn
Libro de Ben Sira el Sabio 4, 11-18
Si 4, 11-18 : La SabidurĂa conduce a sus hijos a la grandeza; cuida de los que la buscan. Amarla es amar la vida; los que la buscan desde el alba se colmarĂĄn de felicidad; el que la posee heredarĂĄ la gloria; donde entra, el Señor da su bendiciĂłn.
Los que adoran la sabidurĂa celebran al Dios santo; los que la aman son amados por el Señor; el que la escucha juzgarĂĄ a las naciones; el que se aferra a ella estarĂĄ seguro en su morada. Si confĂa en ella, la poseerĂĄ, y todos sus descendientes la heredarĂĄn.
Al principio, ella le conducirå por caminos tortuosos, infundiéndole temor y aprensión, atormentåndole con la severidad de su educación, hasta que pueda confiar en ella; le pondrå a prueba con sus exigencias. Entonces volverå directamente a él y le colmarå de felicidad revelåndole sus secretos.
Todo hijo puede decir lo que yo dije a mi Madre: "ÂżNo sabes que tengo que velar por los intereses del Padre que estĂĄ en los Cielos? " En Lucas 2, 49 (cf. EMV 41.12).