Deseabais oĂrme. La Palabra habla. Habla a los honestos con alegrĂa, habla a los deshonestos con dolor, habla a los santos y a los puros con gozo, habla a los pecadores con piedad. No se niega. Ha venido para derramarse como rĂo que riega tierras necesitadas de agua y que de Ă©l reciben alivio de olas y nutriciĂłn de limo.
Vosotros querĂ©is saber quĂ© se requiere para ser discĂpulos de la Palabra de Dios, del MesĂas, Verbo del Padre, que viene a reunir a Israel para que oiga una vez mĂĄs las palabras del DecĂĄlogo santo e inmutable y se santifique en ellas para estar limpio, en la medida en que el hombre puede hacerlo de por sĂ, para la hora de la RedenciĂłn y del Reino.
Mirad. Yo digo a los sordos, a los ciegos, a los mudos, a los leprosos, a los paralĂticos, a los muertos: âLevantaos, sanad, resucitad, caminad, ĂĄbranse en vosotros los rĂos de la luz, de la palabra, del sonido, para que podĂĄis ver, oĂr, hablar de mĂâ. Pero, mĂĄs que a los cuerpos, esto se lo digo a vuestros espĂritus. Hombres de buena voluntad, venid a mĂ sin temor. Si el espĂritu estĂĄ lesionado, Yo le devuelvo la salud. Si estĂĄ enfermo, le curo; si muerto, le resucito. Quiero sĂłlo vuestra buena voluntad.
ÂżEs difĂcil esto que os pido? No. No os impongo los cientos de preceptos de los rabinos. Os digo: seguid el DecĂĄlogo. La Ley es una e inmutable. Muchos siglos han pasado desde la hora en que fue promulgada, hermosa, pura, fresca, como criatura reciĂ©n nacida, como rosa reciĂ©n abierta en el tallo. Simple, sin mancha, ligera de seguir. Durante los siglos, las culpas y las inclinaciones la han complicado con leyes y mĂĄs leyes menores, pesos y restricciones, demasiadas clĂĄusulas penosas. Yo os conduzco de nuevo a la Ley como Ă©sta era cuando el AltĂsimo la dio. Pero, os lo ruego por vuestro bien, recibidla con el corazĂłn sincero de los verdaderos israelitas de entonces.
Vosotros susurrĂĄis â mĂĄs en vuestro corazĂłn que con los labios â que la culpa estĂĄ arriba, mĂĄs que en vosotros, gente humilde. Lo sĂ©. En el Deuteronomio estĂĄ dicho todo lo que debe hacerse, y no era necesario mĂĄs. Pero no juzguĂ©is a quien actuĂł no para sĂ, sino para los demĂĄs. Vosotros haced lo que Dios dice. Y, sobre todo, esforzaos en ser perfectos en los dos preceptos principales. Si amĂĄis a Dios con todo vuestro ser, no pecarĂ©is, porque el pecado produce dolor a Dios. Quien ama no quiere causar dolor. Si amĂĄis al prĂłjimo como a vosotros mismos, sĂłlo podrĂ©is ser hijos respetuosos para con los padres, esposos fieles a los consortes, hombres honestos en las transacciones, sin violencias para con los enemigos, sinceros a la hora de testificar, sin envidia de quien posee, sin fomes de lujuria hacia la mujer del prĂłjimo. No queriendo hacer a los demĂĄs lo que no querrĂais que se os hiciera a vosotros, no robarĂ©is, no matarĂ©is, no calumniarĂ©is, no entrarĂ©is como los cucos en el nido de los demĂĄs.
Pero incluso os digo: âPortad a perfecciĂłn vuestra obediencia a los dos preceptos de amor: amad tambiĂ©n a vuestros enemigosâ.
ÂĄOh, si sabĂ©is amar como Ăl, cĂłmo os amarĂĄ el AltĂsimo, que ama al hombre â transformado en enemigo suyo por la culpa original y por los pecados individuales â hasta el punto de enviarle el Redentor, el Cordero que es su Hijo, Yo, quien os estĂĄ hablando, el MesĂas, prometido para redimiros de toda culpa!
Amad. El amor sea para vosotros escalera por la cual, hechos ĂĄngeles, subĂĄis (como vio Jacob) hasta el Cielo, oyendo al Padre decir a todos y a cada uno: âYo serĂ© tu protector dondequiera que vayas, y te traerĂ© de nuevo a este lugar: al Cielo, al Reino Eternoâ.
La paz esté con vosotros.