43.1 Dice MarĂa:
«Antes de que entregues estos cuadernos, uno a ellos mi bendición.
Ahora â tan sĂłlo se necesita que querĂĄis hacerlo con un poco de paciencia â podĂ©is tener una colecciĂłn completa de los hechos de la vida Ăntima de mi JesĂșs. TenĂ©is, desde la AnunciaciĂłn hasta el momento en que sale de Nazaret para predicar, no sĂłlo los dictados, sino tambiĂ©n la ilustraciĂłn de los hechos que acompañaron la vida familiar de JesĂșs.
Los Evangelios, al describir el vasto cuadro de la vida de mi Hijo, engloban, en breves referencias, sus primeros años, su niñez, su adolescencia y su juventud. En los Evangelios, Ăl es el Maestro. AquĂ, es el Hombre, el Dios que se humilla por amor al hombre.
43.2 Mas tambiĂ©n obra milagros aquĂ, en el anonadamiento de una vida corriente; los obra en mĂ, sintiendo mi alma llevada a la perfecciĂłn al vivir en contacto con este Hijo mĂo que estaba formĂĄndose en mi seno; los obra en casa de ZacarĂas, santificando al Bautista, ayudando a Isabel en el momento del parto, devolviĂ©ndole la palabra, y la fe, a ZacarĂas; los obra en JosĂ©, abriĂ©ndole el espĂritu a la luz de una verdad tan excelsa que no hubiera podido comprenderla por sĂ solo, a pesar de ser justo.
43.3 JosĂ©, despuĂ©s de mĂ, fue el mĂĄs consolado de esta lluvia de divinos beneficios.
Observa cuĂĄnto camino recorre, espiritual camino, desde que viene a mi casa hasta el momento de la huida a Egipto. Al principio era solamente un hombre justo segĂșn los cĂĄnones de su tiempo; luego, por fases, deviene el justo del tiempo cristiano. Se enriquece de la fe en Cristo y, tanto se abandona a esta fe segura, que de la frase pronunciada al principio del viaje de Nazaret hacia BelĂ©n â âÂżCĂłmo nos las arreglaremos?â â, frase en que estaba comprendido todo el hombre, todo ese hombre que se revela con sus temores humanos, con sus humanas preocupaciones, pasa a la esperanza. AsĂ, en la gruta, antes del nacimiento, dice: âMañana irĂĄ mejorâ. JesĂșs, ya cercano, le fortifica con esta esperanza, que entre los dones de Dios es uno de los mĂĄs bellos. Y luego, cuando el contacto con JesĂșs le santifica, pasa de esta esperanza a la intrepidez. Siempre se habĂa dejado dirigir por mĂ, llevado del respeto de altĂsima veneracĂon que hacia mĂ abrigaba. Ahora, por el contrario, dirige Ă©l, tanto las cosas de orden material como las de otro orden superior, y, en calidad de cabeza de la Familia, decide todo Ă©l. Es mĂĄs, cuando, tras los meses de uniĂłn con el Hijo divino que le saturaron de santidad, llega la penosa hora de la huida, es Ă©l quien alivia mi pena, y me dice: âAun en el caso de perderlo todo, teniĂ©ndole a Ăl tenemos todoâ.
43.4 Y tambiĂ©n en los pastores mi JesĂșs obra milagros de gracia. AsĂ, el Ăngel se dirige al pastor ya predispuesto a la Gracia por su fugaz encuentro conmigo, y le conduce a la Gracia, para que sea de ella salvado para siempre.
Obra milagros por doquiera que pasa, ya en exilio, ya de nuevo en su pequeña patria de Nazaret. Dondequiera que estuviese, en efecto, la santidad se expandĂa como el aceite sobre un lienzo, o la fragancia de las flores por el aire, y todo aquel que recibĂa su toque, a menos que no fuera un demonio, salĂa ansioso de santidad. Tal anhelo es ya raĂz de vida eterna, pues quien quiere ser bueno consigue la bondad, que lleva al Reino de Dios.
43.5 Ahora ya tenĂ©is, en escenas que reflejan momentos diversos, la santa Humanidad de mi Hijo, desde el alba al ocaso. Si el padre M. lo considera oportuno, puede componer una secuencia ordenada, de forma que quede un todo sin lagunas. Si es que lo estima Ăștil.
PodrĂamos haber dado todo junto, pero la Providencia juzgĂł que asĂ estaba bien; por ti, alma mĂa. En cada uno de los dictados te hemos dado la medicina para aquellas heridas que te serĂan infligidas. Te la hemos ido dando con antelaciĂłn, para prepararte. Mientras estĂĄ granizando, nada parece protegernos, mas no es asĂ. Si bien es cierto que la tempestad reaviva la humanidad que duerme sepultada bajo las aguas espirituales, no lo es menos que tambiĂ©n saca a la superficie las gemas de una doctrina sobrenatural que, habiendo sido depositadas en vuestro corazĂłn, esperaban precisamente esa hora de tempestad para emerger y deciros: âAcordaos de que tambiĂ©n existimos nosotrosâ.
Y no es sĂłlo una razĂłn de Providencia, alma mĂa, sino que tambiĂ©n hay en ello una razĂłn de bondad. En efecto, ÂżcĂłmo te hubiera sido posible, en el actual estado de postraciĂłn en que te encuentras, ver u oĂr ciertas visiones o ciertos dictados? Te habrĂan lesionado en modo tal, que te habrĂan incapacitado para tu misiĂłn de âportavozâ. Por eso, los hemos dado antes, evitando asĂ quebrarte el corazĂłn â pues somos buenos â con visiones y palabras demasiado acordes con tu sufrir, que te lo habrĂan agudizado hasta portarlo al espasmo. No somos crueles, MarĂa. Siempre actuamos de forma que recibĂĄis de Nosotros consuelo, y no temor o aumento de vuestro dolor. Nos es suficiente que os fiĂ©is de Nosotros. Nos es suficiente que, con JosĂ©, digĂĄis: âSi me queda JesĂșs, todo me quedaâ, para que vayamos con dones celestes a consolar vuestro espĂritu.
43.6 No te prometo dones y consolaciones humanas; sĂ, las mismas consolaciones que tuvo JosĂ©: sobrenaturales. Todos han de saber, efectivamente, que, bajo la presiĂłn de la usura, que sofoca a todo pobre fugitivo, los dones de los Magos se disiparon, con la rapidez del relĂĄmpago, en conseguir un techo y ese mĂnimo de enseres o del necesario alimento, proveniente de aquella Ășnica fuente mientras no pudimos encontrar trabajo.
En la comunidad hebrea ha habido siempre mucha ayuda mutua, pero la de Egipto en concreto estaba formada en su mayor parte por gente perseguida que habĂa tenido que expatriarse; gente pobre, por tanto, como nosotros, que nos añadĂamos a su nĂșmero. Y una pequeña parte de aquella riqueza, que querĂamos reservarla para JesĂșs, para cuando fuera adulto, (la que se habĂa salvado de los gastos de asentarnos en Egipto) nos sirviĂł para cubrir las necesidades del regreso a la patria, y fue apenas suficiente para organizar de nuevo en Nazaret casa y taller. Los tiempos cambian, pero la avidez humana es siempre la misma, y siempre aprovecha la necesidad ajena para, abusivamente, succionar su parte.
No. El tener con nosotros a JesĂșs no nos procurĂł bienes materiales. Muchos de vosotros es esto lo que pretendĂ©is en cuanto os sentĂs un poquito unidos a JesĂșs. Os olvidĂĄis de que Ăl dijo: âBuscad las cosas del espĂrituâ. Todo lo demĂĄs es añadidura. Es verdad que Dios proporciona tambiĂ©n el alimento a los hombres, como a las aves, pues sabe que, mientras la carne sea armadura de vuestra alma, lo necesitĂĄis. Cierto; pero, pedid primero su Gracia, pedid primero por vuestro espĂritu. El resto se os darĂĄ por añadidura.
A JosĂ©, humanamente hablando, la uniĂłn con JesĂșs no le procurĂł sino trabajos, esfuerzos, persecuciones, hambre. Pero, dado que tendĂa sĂłlo hacia JesĂșs, todo esto se transformĂł en paz espiritual, en alegrĂa sobrenatural. Yo quisiera conduciros al punto en que estaba mi esposo cuando decĂa: âAunque nos quedĂĄramos sin nada, tendremos siempre todo, porque tenemos a JesĂșsâ.
43.7 SĂ© que el corazĂłn se rompe, sĂ© que la mente se nubla, sĂ© que la vida se consume. SĂ, MarĂa, pero... ÂżEres de JesĂșs? ÂżQuieres serlo? ÂżDĂłnde, cĂłmo muriĂł JesĂșs? Niña querida mĂa, llora, pero persevera en la fortaleza. El martirio no estĂĄ en la forma del tormento, estĂĄ en la constancia con que el mĂĄrtir lo soporta. Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquĂ©lla se soporta con la misma finalidad. TĂș soportas por amor a mi Hijo. Todo lo que haces por los hermanos es siempre amor a JesĂșs, el cual los quiere salvos. Por tanto, lo que vives es martirio; persevera en Ă©l. No quieras actuar por ti sola. Es suficiente â puesto que estĂĄs sometida a presiĂłn demasiado fuerte como para poder tener todavĂa el vigor de guiarte por ti sola y de dominar incluso tu humanidad, impidiĂ©ndole llorar â, es suficiente con que dejes que el dolor te torture sin rebelarte. Basta que le digas a JesĂșs: âÂĄAyĂșdame!â. Lo que tĂș no puedes hacer, Ăl lo harĂĄ en ti. Permanece en Ăl. Siempre en Ăl. No quieras salir de Ăl; y no saldrĂĄs si tĂș no lo quieres. Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dĂłnde estĂĄs, tĂș estarĂĄs siempre en JesĂșs.
Te bendigo. Di conmigo: âGloria Patri et Filio et Spiritui Sanctoâ. Que Ă©ste sea siempre tu grito. Hasta que lo digas en el Cielo. La gracia del Señor estĂ© siempre en ti».