«Escuchad. Se trata de una hermosa paråbola que os guiarå con su luz en muchos casos.
Un hombre tenĂa dos hijos. El mayor era serio, trabajador, inclinado al afecto, obediente. El segundo era mĂĄs inteligente que el mayor â el cual realmente era un poco tardo y se dejaba guiar para no tener que esforzarse en decidir por sĂ â, si bien era rebelde, distraĂdo, amante del lujo y el placer, gastador, ocioso. La inteligencia es un gran don de Dios, pero debe ser usado con sabidurĂa; si no, es como ciertas medicinas, que, si se usan mal, en vez de curar matan. Su padre â estaba en su derecho y cumplĂa su deber â le instaba para que viviera con mĂĄs sensatez. Mas no obtenĂa ningĂșn resultado, aparte del de recibir contestaciones y de que el hijo se solidificara mĂĄs en sus torcidas ideas.
Finalmente, un dĂa, tras una discusiĂłn mĂĄs acalorada que las precedentes, el hijo menor dijo: âDame la parte de los bienes que me corresponde; asĂ ya no tendrĂ© que oĂr ni tus reprensiones ni las quejas de mi hermano; a cada uno lo suyo y se acabĂłâ. âPiensa â respondiĂł el padre â que dentro de poco te quedarĂĄs sin nada; ÂżquĂ© harĂĄs entonces? Ten en cuenta que no me voy a comportar con injusticia para favorecerte y que no voy a coger ni un cĂ©ntimo de la parte de tu hermano para dĂĄrtelo a tiâ. âNo te pedirĂ© nada, puedes estar seguro; dame mi parteâ.
El padre encargĂł la valoraciĂłn de las tierras y de los objetos preciosos, y, viendo que dinero y joyas sumaban lo que las tierras, dio al mayor los campos y las viñas, hatos de ganado y olivos, y al menor el dinero y las joyas. El mĂĄs joven lo vendiĂł inmediatamente, transformando asĂ todo en dinero. Hecho esto, pasados pocos dĂas, se marchĂł a un paĂs lejano. AllĂ viviĂł como un gran señor, despilfarrando todo lo que tenĂa en todo tipo de juergas, haciĂ©ndose pasar por el hijo de un rey (pues se avergonzaba de decir: âsoy un aldeanoâ), con lo cual renegaba de su padre. Festines, amigos y amigas, vestidos, vinos, juego... vida disoluta... Pronto vio mermar sus fondos y aproximĂĄrsele la pobreza; ademĂĄs, para agravar la pobreza, se abatiĂł sobre la regiĂłn una gran carestĂa, con lo cual se agotaron los pocos fondos que le quedaban.
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HabrĂa podido volver con su padre, pero, como era soberbio, no quiso. Se dirigiĂł entonces a un hombre rico de la regiĂłn, que habĂa sido amigo suyo en los buenos tiempos, y le suplicĂł: âAcuĂ©rdate de cuando gozaste de mi riqueza, acĂłgeme como siervo tuyoâ. ÂĄDaos cuenta de lo necio que es el hombre!: prefiere someterse al lĂĄtigo de un patrĂłn antes que decir a un padre: âÂĄPerdĂłn, reconozco mi error!â. Aquel joven habĂa aprendido muchas cosas inĂștiles con su despierta inteligencia, pero no habĂa querido aprender lo que dice el Libro del EclesiĂĄstico: âÂĄQuĂ© infame es el que abandona a su padre!, ÂĄcuĂĄnto maldice Dios a quien angustia el corazĂłn de su madre!â. Era inteligente, pero no sabio.
Aquel hombre a quien se habĂa dirigido, como paga de lo mucho que habĂa recibido del joven necio, le puso a cuidar los cerdos (estaban en una regiĂłn pagana y habĂa muchos cerdos); le encargĂł de llevar las piaras a sus pastos. El joven, todo sucio, andrajoso, maloliente, hambriento â la comida escaseaba para todos los siervos y especialmente para los Ănfimos (Ă©l, porquerizo, extranjero, escarnecido, estaba entre los Ănfimos) â, veĂa que los cerdos se saciaban de bellotas, y suspiraba: âÂĄSi al menos pudiera llenar mi estĂłmago de estos frutos! ÂĄPero son demasiado amargos! ÂĄNi siquiera el hambre me los hace apetecer!â. Y lloraba al pensar en los ricos festines de sĂĄtrapa que poco tiempo antes celebraba entre risas, canciones, bailes... y tambiĂ©n en la honrada y bien provista mesa de su casa, ahora lejana, y en cĂłmo su padre dividĂa para todos imparcialmente, reservĂĄndose para sĂ siempre la parte menor, contento de ver en sus hijos un sano apetito... y pensaba tambiĂ©n en la parte que aquel hombre justo reservaba para los siervos; y suspiraba: âLos peones que trabajan para mi padre, incluso los Ănfimos, tienen pan en abundancia... y yo aquĂ me estoy muriendo de hambre...â. SiguiĂł un largo y trabajoso proceso de reflexiĂłn, un largo combate para estrangular a la soberbia...
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Por fin llegĂł el dĂa en que, renacido en humildad y sabidurĂa, se alzĂł y dijo: âÂĄIrĂ© donde mi padre! Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ÂżOrgullo por quĂ©? ÂżPor quĂ© ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y mĂĄs aĂșn mi corazĂłn, pudiendo obtener perdĂłn y consuelo? IrĂ© donde mi padre. Ya estĂĄ decidido. ÂżQue quĂ© le voy a decir? ÂĄPues lo que me ha nacido aquĂ dentro, en esta abyecciĂłn, entre esta inmundicia, por las dentelladas del hambre! Le dirĂ©: âPadre, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trĂĄtame, pues, como al Ășltimo de tus peones... pero dĂ©jame estar bajo tu techo. Que yo te vea pasar...â. No podrĂ© decirle: â...porque te quieroâ. No lo creerĂa. Se lo dirĂĄ mi vida. Ăl lo comprenderĂĄ, y antes de morir me volverĂĄ a bendecir... ÂĄSĂ, lo espero, porque mi padre me quiere!â. Habiendo decidido esto, cuando regresĂł al atardecer al pueblo, se despidiĂł del patrĂłn y se puso en camino hacia su casa, mendigando...
Ya ve los campos paternos, ya la casa... y a su padre, dirigiendo el trabajo de los hombres... ÂĄOh, estĂĄ mĂĄs viejo y mĂĄs delgado, por el dolor, pero sigue emanando bondad!... ÂĄAh, el transgresor, al ver el deterioro que habĂa causado, se detuvo atemorizado! Pero el padre, volviendo la mirada, le vio... ÂĄAh, fue corriendo a su encuentro, pues todavĂa estaba lejos; se llegĂł a Ă©l, le echĂł los brazos al cuello, le besĂł! El padre fue el Ășnico que lo reconociĂł, que vio en ese mendigo abatido a su hijo, y fue el Ășnico que tuvo hacia Ă©l un movimiento de amor. El hijo, abarcado por esos brazos, con la cabeza apoyada en el hombro paterno, susurrĂł sollozando: âPadre, deja que me postre a tus piesâ. âÂĄNo, hijo mĂo, a mis pies no; reclina tu cabeza en este pecho mĂo que tanto ha sufrido por tu ausencia y necesita revivir sintiendo tu calorâ. El hijo, llorando mĂĄs fuerte, dijo: âÂĄPadre mĂo, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de que me llames hijo; permĂteme vivir con tus siervos, bajo tu techo; que pueda verte y comer tu pan y servirte y aspirar tu respiro: con cada uno de los bocados de tu pan, con cada movimiento de tu respiraciĂłn, mi corazĂłn, harto corrompido ahora, se reformarĂĄ, y yo me harĂ© honesto...â. Pero el padre, sin dejar de abrazarle, le condujo a donde estaban los siervos, que se habĂan arremolinado a distancia a observar lo que sucedĂa, y les dijo: âRĂĄpido, traed el vestido mejor, palanganas con agua perfumada; lavadle, perfumadle, vestidle, ponedle calzado nuevo y un anillo en el dedo. Luego, tomad un ternero cebado, matadlo, y preparad un banquete. Porque este hijo mĂo habĂa muerto y ahora ha resucitado, lo habĂa perdido y ha sido hallado. Quiero que encuentre de nuevo su sencillo amor de cuando era niño; mi amor y la fiesta de la casa por su regreso se lo deben dar. Debe comprender que sigue siendo para mĂ el amado hijo Ășltimo en nacer, como era en su ya lejana infancia, cuando caminaba a mi lado alegrĂĄndome con su sonrisa y con sus balbuceosâ. Y asĂ lo hicieron los siervos.
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El hijo mayor estaba en el campo. No supo nada de lo sucedido hasta su regreso. Al anochecer, de vuelta al hogar, vio que la casa estaba radiante de luces, y oyĂł que de ella provenĂan mĂșsica y rumor de danzas. LlamĂł a uno de la servidumbre, que corrĂa atareado, y le dijo: âÂżQuĂ© sucede?â. El siervo respondiĂł: âÂĄHa vuelto tu hermano! Tu padre ha mandado matar el ternero cebado porque ha recuperado a su hijo, y sano, curado de su grave mal. Y ha ordenado celebrar un banquete. SĂłlo faltas tĂș para que empiece la fiestaâ. Mas el hijo primogĂ©nito montĂł en cĂłlera, porque le parecĂa una injusticia el que se hiciera tanta fiesta por el menor, el cual, ademĂĄs de ser el menor, habĂa sido malo; y no quiso entrar; no sĂłlo eso, sino que querĂa alejarse de la casa.
Advirtieron al padre de lo que estaba sucediendo. Se apresurĂł a salir, siguiĂł al hijo y le dio alcance. TratĂł de convencerle y le rogĂł que no amargase su gozo. Pero el primogĂ©nito respondiĂł a su padre: âÂżCĂłmo quieres que no me altere? EstĂĄs actuando injustamente con tu primogĂ©nito, le estĂĄs despreciando. Desde que he podido empezar a trabajar, hace ya muchos años, te he servido. No he transgredido nunca ninguna disposiciĂłn tuya, no he contrariado tan siquiera un deseo tuyo; he estado siempre a tu lado, y te he amado por dos para que sanara la llaga que te habĂa producido mi hermano... Y no me has dado ni siquiera un cabritillo para que lo disfrutara con mis amigos. Sin embargo, a este que te ha ofendido, que te ha abandonado, haragĂĄn y gastador, y que vuelve ahora traĂdo por el hambre, le haces los honores y matas para Ă©l el mejor ternero. ÂżVale la pena, entonces, ser trabajador y abstenerse de los vicios? ÂĄNo has actuado correctamente conmigo!â.
Entonces dijo el padre, estrechĂĄndole contra su pecho: âÂĄOh, hijo mĂo, ÂżcĂłmo puedes creer que no te quiero, por el hecho de que no haya extendido sobre tus obras un velo de fiesta? Tus obras son de por sĂ santas. Por tus obras te alaba el mundo. Sin embargo, este hermano tuyo necesita que su imagen, ante el mundo y ante sĂ mismo, sea restaurada. ÂżAcaso crees que no te quiero por el hecho de que no te recompense visiblemente? Durante todo el dĂa, en cada movimiento de mi respiraciĂłn, en cada pensamiento, te tengo presente en mi corazĂłn; cada instante que pasa yo te bendigo. Tienes el premio continuo de estar siempre conmigo. Todo lo mĂo es tuyo... Era justo hacer un banquete, celebrar una fiesta, por este hermano tuyo que habĂa muerto y ha resucitado para el Bien; que se habĂa extraviado y ha sido restituido a nuestro amorâ. Y el primogĂ©nito cediĂł.
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Lo mismo, amigos mĂos, sucede en la Casa del Padre. Todo aquel que se vea como el hijo menor de la parĂĄbola piense igualmente que, si le imita en su retorno al Padre, el Padre le dirĂĄ: âNo te arrojes a mis pies. Reclina tu cabeza sobre este corazĂłn mĂo que ha sufrido por tu ausencia y que ahora goza con tu regresoâ. El que estĂ© en la condiciĂłn del hijo primogĂ©nito, sin culpa ante el Padre, que no se muestre celoso de la alegrĂa paterna; antes bien, se una a ella amando a su hermano redimido. »