Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 205

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo : Los primeros oficios confiados a Juan de En-Dor. La parĂĄbola del hijo prĂłdigo. Judas devuelto a JesĂșs por MarĂ­a.

Fecha de la visiĂłn: SĂĄbado 30 de junio de 1945.

Calendario: Miércoles 5 de abril 28 (23 Nissan 3788)

Lugar (mapa) : Betania

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: JesĂșs llama a Juan de Endor y le dice que Isaac probablemente vendrĂĄ hoy con los campesinos de Yokhanan. El pastor de la Natividad los llevarĂĄ a casa mĂĄs rĂĄpidamente gracias a un carro de LĂĄzaro. Cristo pide, pues, a Juan que divida el dinero que tiene en su poder en varias partes iguales para que los siervos del fariseo puedan ser consolados. El discĂ­pulo promete obedecer, y el Maestro le dice que formarĂĄ compañía con Isaac en Yutta. TambiĂ©n le cuenta una parĂĄbola para asegurarle que Dios le ama. UniĂ©ndose a los demĂĄs, JesĂșs cuenta entonces la historia del hijo prĂłdigo. Cuando terminĂł, los apĂłstoles y las discĂ­pulas volvieron a la casa y Marziam fue a buscar a MarĂ­a para llevarla a un pozo. AllĂ­ estaba Judas, que no se atrevĂ­a a ir con sus compañeros ni con el Señor. Le pide ayuda, pero MarĂ­a es recta y le pregunta si no siente el dolor del Padre, del Verbo, y el dolor que estĂĄ causando. No obstante, ella le lleva ante sus compañeros y Judas pide perdĂłn a Pedro.

Contenido del capĂ­tulo: 205.1: MisiĂłn confiada a Juan de En-Dor. 205.2 : Se forma con Isaac de Yutta. 205.3 : La parĂĄbola del hijo prĂłdigo: la vida disoluta. 205.4 : La caĂ­da en desgracia. 205.5 : El arrepentimiento. 205.6 : Los celos del hermano fiel. 205.7: Y asĂ­ serĂĄ con MarĂ­a Magdalena. 205.8: Judas llega para pedir perdĂłn a MarĂ­a y a Pedro.

EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂ­tulos 66

Palabras clave

ECR 205.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Bajan hacia el lugar indicado y, a medida que se van acercando, los demås se van reuniendo en torno a ellos. Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos. Låzaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo. Son en total veinte personas.

AnotaciĂłn

Es difĂ­cil determinar con exactitud quiĂ©nes son las veinte personas. Con JesĂșs y los apĂłstoles, son doce, excluyendo a Judas. Podemos añadir a MarĂ­a SalomĂ© y MarĂ­a de Alfeo, ya que hicieron el viaje en AMV 198 y MarĂ­a menciona su presencia en los capĂ­tulos precedentes. TambiĂ©n estĂĄn presentes la Virgen, Marziam, LĂĄzaro y Juan de Endor. Marta y Maximino tienen por fin motivos para asistir a la lecciĂłn de JesĂșs.

En cualquier caso, el grupo presente escucharĂĄ la parĂĄbola del hijo prĂłdigo.

Palabras clave

ECR 205.3-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Escuchad. Se trata de una hermosa paråbola que os guiarå con su luz en muchos casos.

Un hombre tenĂ­a dos hijos. El mayor era serio, trabajador, inclinado al afecto, obediente. El segundo era mĂĄs inteligente que el mayor — el cual realmente era un poco tardo y se dejaba guiar para no tener que esforzarse en decidir por sĂ­ —, si bien era rebelde, distraĂ­do, amante del lujo y el placer, gastador, ocioso. La inteligencia es un gran don de Dios, pero debe ser usado con sabidurĂ­a; si no, es como ciertas medicinas, que, si se usan mal, en vez de curar matan. Su padre — estaba en su derecho y cumplĂ­a su deber — le instaba para que viviera con mĂĄs sensatez. Mas no obtenĂ­a ningĂșn resultado, aparte del de recibir contestaciones y de que el hijo se solidificara mĂĄs en sus torcidas ideas.

Finalmente, un dĂ­a, tras una discusiĂłn mĂĄs acalorada que las precedentes, el hijo menor dijo: “Dame la parte de los bienes que me corresponde; asĂ­ ya no tendrĂ© que oĂ­r ni tus reprensiones ni las quejas de mi hermano; a cada uno lo suyo y se acabó”. “Piensa — respondiĂł el padre — que dentro de poco te quedarĂĄs sin nada; ÂżquĂ© harĂĄs entonces? Ten en cuenta que no me voy a comportar con injusticia para favorecerte y que no voy a coger ni un cĂ©ntimo de la parte de tu hermano para dĂĄrtelo a ti”. “No te pedirĂ© nada, puedes estar seguro; dame mi parte”.

El padre encargĂł la valoraciĂłn de las tierras y de los objetos preciosos, y, viendo que dinero y joyas sumaban lo que las tierras, dio al mayor los campos y las viñas, hatos de ganado y olivos, y al menor el dinero y las joyas. El mĂĄs joven lo vendiĂł inmediatamente, transformando asĂ­ todo en dinero. Hecho esto, pasados pocos dĂ­as, se marchĂł a un paĂ­s lejano. AllĂ­ viviĂł como un gran señor, despilfarrando todo lo que tenĂ­a en todo tipo de juergas, haciĂ©ndose pasar por el hijo de un rey (pues se avergonzaba de decir: “soy un aldeano”), con lo cual renegaba de su padre. Festines, amigos y amigas, vestidos, vinos, juego... vida disoluta... Pronto vio mermar sus fondos y aproximĂĄrsele la pobreza; ademĂĄs, para agravar la pobreza, se abatiĂł sobre la regiĂłn una gran carestĂ­a, con lo cual se agotaron los pocos fondos que le quedaban.

205.4

HabrĂ­a podido volver con su padre, pero, como era soberbio, no quiso. Se dirigiĂł entonces a un hombre rico de la regiĂłn, que habĂ­a sido amigo suyo en los buenos tiempos, y le suplicĂł: “AcuĂ©rdate de cuando gozaste de mi riqueza, acĂłgeme como siervo tuyo”. ÂĄDaos cuenta de lo necio que es el hombre!: prefiere someterse al lĂĄtigo de un patrĂłn antes que decir a un padre: “¡PerdĂłn, reconozco mi error!”. Aquel joven habĂ­a aprendido muchas cosas inĂștiles con su despierta inteligencia, pero no habĂ­a querido aprender lo que dice el Libro del EclesiĂĄstico: “¡QuĂ© infame es el que abandona a su padre!, ÂĄcuĂĄnto maldice Dios a quien angustia el corazĂłn de su madre!”. Era inteligente, pero no sabio.

Aquel hombre a quien se habĂ­a dirigido, como paga de lo mucho que habĂ­a recibido del joven necio, le puso a cuidar los cerdos (estaban en una regiĂłn pagana y habĂ­a muchos cerdos); le encargĂł de llevar las piaras a sus pastos. El joven, todo sucio, andrajoso, maloliente, hambriento — la comida escaseaba para todos los siervos y especialmente para los Ă­nfimos (Ă©l, porquerizo, extranjero, escarnecido, estaba entre los Ă­nfimos) —, veĂ­a que los cerdos se saciaban de bellotas, y suspiraba: “¡Si al menos pudiera llenar mi estĂłmago de estos frutos! ÂĄPero son demasiado amargos! ÂĄNi siquiera el hambre me los hace apetecer!”. Y lloraba al pensar en los ricos festines de sĂĄtrapa que poco tiempo antes celebraba entre risas, canciones, bailes... y tambiĂ©n en la honrada y bien provista mesa de su casa, ahora lejana, y en cĂłmo su padre dividĂ­a para todos imparcialmente, reservĂĄndose para sĂ­ siempre la parte menor, contento de ver en sus hijos un sano apetito... y pensaba tambiĂ©n en la parte que aquel hombre justo reservaba para los siervos; y suspiraba: “Los peones que trabajan para mi padre, incluso los Ă­nfimos, tienen pan en abundancia... y yo aquĂ­ me estoy muriendo de hambre...”. SiguiĂł un largo y trabajoso proceso de reflexiĂłn, un largo combate para estrangular a la soberbia...

205.5

Por fin llegĂł el dĂ­a en que, renacido en humildad y sabidurĂ­a, se alzĂł y dijo: “¡IrĂ© donde mi padre! Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ÂżOrgullo por quĂ©? ÂżPor quĂ© ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y mĂĄs aĂșn mi corazĂłn, pudiendo obtener perdĂłn y consuelo? IrĂ© donde mi padre. Ya estĂĄ decidido. ÂżQue quĂ© le voy a decir? ÂĄPues lo que me ha nacido aquĂ­ dentro, en esta abyecciĂłn, entre esta inmundicia, por las dentelladas del hambre! Le dirĂ©: ‘Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trĂĄtame, pues, como al Ășltimo de tus peones... pero dĂ©jame estar bajo tu techo. Que yo te vea pasar...’. No podrĂ© decirle: ‘...porque te quiero’. No lo creerĂ­a. Se lo dirĂĄ mi vida. Él lo comprenderĂĄ, y antes de morir me volverĂĄ a bendecir... ÂĄSĂ­, lo espero, porque mi padre me quiere!”. Habiendo decidido esto, cuando regresĂł al atardecer al pueblo, se despidiĂł del patrĂłn y se puso en camino hacia su casa, mendigando...

Ya ve los campos paternos, ya la casa... y a su padre, dirigiendo el trabajo de los hombres... ÂĄOh, estĂĄ mĂĄs viejo y mĂĄs delgado, por el dolor, pero sigue emanando bondad!... ÂĄAh, el transgresor, al ver el deterioro que habĂ­a causado, se detuvo atemorizado! Pero el padre, volviendo la mirada, le vio... ÂĄAh, fue corriendo a su encuentro, pues todavĂ­a estaba lejos; se llegĂł a Ă©l, le echĂł los brazos al cuello, le besĂł! El padre fue el Ășnico que lo reconociĂł, que vio en ese mendigo abatido a su hijo, y fue el Ășnico que tuvo hacia Ă©l un movimiento de amor. El hijo, abarcado por esos brazos, con la cabeza apoyada en el hombro paterno, susurrĂł sollozando: “Padre, deja que me postre a tus pies”. “¡No, hijo mĂ­o, a mis pies no; reclina tu cabeza en este pecho mĂ­o que tanto ha sufrido por tu ausencia y necesita revivir sintiendo tu calor”. El hijo, llorando mĂĄs fuerte, dijo: “¡Padre mĂ­o, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de que me llames hijo; permĂ­teme vivir con tus siervos, bajo tu techo; que pueda verte y comer tu pan y servirte y aspirar tu respiro: con cada uno de los bocados de tu pan, con cada movimiento de tu respiraciĂłn, mi corazĂłn, harto corrompido ahora, se reformarĂĄ, y yo me harĂ© honesto...”. Pero el padre, sin dejar de abrazarle, le condujo a donde estaban los siervos, que se habĂ­an arremolinado a distancia a observar lo que sucedĂ­a, y les dijo: “RĂĄpido, traed el vestido mejor, palanganas con agua perfumada; lavadle, perfumadle, vestidle, ponedle calzado nuevo y un anillo en el dedo. Luego, tomad un ternero cebado, matadlo, y preparad un banquete. Porque este hijo mĂ­o habĂ­a muerto y ahora ha resucitado, lo habĂ­a perdido y ha sido hallado. Quiero que encuentre de nuevo su sencillo amor de cuando era niño; mi amor y la fiesta de la casa por su regreso se lo deben dar. Debe comprender que sigue siendo para mĂ­ el amado hijo Ășltimo en nacer, como era en su ya lejana infancia, cuando caminaba a mi lado alegrĂĄndome con su sonrisa y con sus balbuceos”. Y asĂ­ lo hicieron los siervos.

205.6

El hijo mayor estaba en el campo. No supo nada de lo sucedido hasta su regreso. Al anochecer, de vuelta al hogar, vio que la casa estaba radiante de luces, y oyĂł que de ella provenĂ­an mĂșsica y rumor de danzas. LlamĂł a uno de la servidumbre, que corrĂ­a atareado, y le dijo: “¿QuĂ© sucede?”. El siervo respondiĂł: “¡Ha vuelto tu hermano! Tu padre ha mandado matar el ternero cebado porque ha recuperado a su hijo, y sano, curado de su grave mal. Y ha ordenado celebrar un banquete. SĂłlo faltas tĂș para que empiece la fiesta”. Mas el hijo primogĂ©nito montĂł en cĂłlera, porque le parecĂ­a una injusticia el que se hiciera tanta fiesta por el menor, el cual, ademĂĄs de ser el menor, habĂ­a sido malo; y no quiso entrar; no sĂłlo eso, sino que querĂ­a alejarse de la casa.

Advirtieron al padre de lo que estaba sucediendo. Se apresurĂł a salir, siguiĂł al hijo y le dio alcance. TratĂł de convencerle y le rogĂł que no amargase su gozo. Pero el primogĂ©nito respondiĂł a su padre: “¿CĂłmo quieres que no me altere? EstĂĄs actuando injustamente con tu primogĂ©nito, le estĂĄs despreciando. Desde que he podido empezar a trabajar, hace ya muchos años, te he servido. No he transgredido nunca ninguna disposiciĂłn tuya, no he contrariado tan siquiera un deseo tuyo; he estado siempre a tu lado, y te he amado por dos para que sanara la llaga que te habĂ­a producido mi hermano... Y no me has dado ni siquiera un cabritillo para que lo disfrutara con mis amigos. Sin embargo, a este que te ha ofendido, que te ha abandonado, haragĂĄn y gastador, y que vuelve ahora traĂ­do por el hambre, le haces los honores y matas para Ă©l el mejor ternero. ÂżVale la pena, entonces, ser trabajador y abstenerse de los vicios? ÂĄNo has actuado correctamente conmigo!”.

Entonces dijo el padre, estrechĂĄndole contra su pecho: “¡Oh, hijo mĂ­o, ÂżcĂłmo puedes creer que no te quiero, por el hecho de que no haya extendido sobre tus obras un velo de fiesta? Tus obras son de por sĂ­ santas. Por tus obras te alaba el mundo. Sin embargo, este hermano tuyo necesita que su imagen, ante el mundo y ante sĂ­ mismo, sea restaurada. ÂżAcaso crees que no te quiero por el hecho de que no te recompense visiblemente? Durante todo el dĂ­a, en cada movimiento de mi respiraciĂłn, en cada pensamiento, te tengo presente en mi corazĂłn; cada instante que pasa yo te bendigo. Tienes el premio continuo de estar siempre conmigo. Todo lo mĂ­o es tuyo... Era justo hacer un banquete, celebrar una fiesta, por este hermano tuyo que habĂ­a muerto y ha resucitado para el Bien; que se habĂ­a extraviado y ha sido restituido a nuestro amor”. Y el primogĂ©nito cediĂł.

205.7

Lo mismo, amigos mĂ­os, sucede en la Casa del Padre. Todo aquel que se vea como el hijo menor de la parĂĄbola piense igualmente que, si le imita en su retorno al Padre, el Padre le dirĂĄ: “No te arrojes a mis pies. Reclina tu cabeza sobre este corazĂłn mĂ­o que ha sufrido por tu ausencia y que ahora goza con tu regreso”. El que estĂ© en la condiciĂłn del hijo primogĂ©nito, sin culpa ante el Padre, que no se muestre celoso de la alegrĂ­a paterna; antes bien, se una a ella amando a su hermano redimido. »

AnotaciĂłn

Libro del EclesiĂĄstico 3, 16

Si 3, 16 : El que abandona a su padre es como un blasfemo; el que provoca a ira a su madre es maldito por el Señor.

Evangelio de Lucas 15, 11-32

Lc 15, 11-32 : JesĂșs volviĂł a decir: "Un hombre tenĂ­a dos hijos. El menor dijo a su padre: 'Padre, dame mi parte de la riqueza'. Y el padre repartiĂł sus bienes entre los dos. Pocos dĂ­as despuĂ©s, el hijo menor recogiĂł todo lo que tenĂ­a y se marchĂł a un paĂ­s lejano, donde dilapidĂł su fortuna llevando una vida desordenada. Lo habĂ­a gastado todo, cuando sobrevino una gran hambruna en aquel paĂ­s, y empezĂł a verse necesitado. Se puso a trabajar para un habitante de aquel paĂ­s, que lo enviĂł a cuidar los cerdos de sus campos. Le hubiera gustado llenarse la barriga con las vainas que comĂ­an los cerdos, pero nadie le daba nada.

AsĂ­ que entrĂł en sĂ­ mismo y se dijo: "ÂĄCuĂĄntos trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, y yo aquĂ­ me muero de hambre! Me levantarĂ©, irĂ© a ver a mi padre y le dirĂ©: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo. TrĂĄtame como a uno de tus obreros". Se levantĂł y fue a ver a su padre. Cuando aĂșn estaba lejos, su padre le vio y se compadeciĂł de Ă©l; corriĂł, se echĂł a su cuello y le colmĂł de besos. El hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo". Pero el padre dijo a sus siervos: "RĂĄpido, traed el mejor vestido para vestirle, ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies, id a buscar el ternero cebado, matadlo, comamos y hagamos fiesta, porque mi hijo, que he aquĂ­ estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado." Y comenzaron a festejar.

Pero el hijo mayor estaba en el campo. Cuando regresĂł y estuvo cerca de la casa, oyĂł mĂșsica y danzas. LlamĂł a uno de los criados y le preguntĂł quĂ© pasaba. El criado le contestĂł: "Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque ha encontrado a tu hermano con buena salud". Entonces el hijo mayor se enfadĂł y se negĂł a entrar. Su padre saliĂł a rogarle. Pero Ă©l contestĂł a su padre: "Llevo tantos años a tu servicio sin quebrantar nunca tus Ăłrdenes, y nunca me has dado un cabrito para que lo festeje con mis amigos. Pero cuando este hijo tuyo volviĂł de devorar tus bienes con prostitutas, ÂĄhiciste matar para Ă©l el ternero cebado!". El padre replicĂł: "TĂș, hijo mĂ­o, estĂĄs siempre conmigo, y todo lo mĂ­o es tuyo". HabĂ­a necesidad de festejar y alegrarse; porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; ÂĄestaba perdido y ha sido encontrado!"""

Palabras clave

ECR 205.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

ÂĄIrĂ© donde mi padre! Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ÂżOrgullo por quĂ©? ÂżPor quĂ© ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y mĂĄs aĂșn mi corazĂłn, pudiendo obtener perdĂłn y consuelo? IrĂ© donde mi padre. Ya estĂĄ decidido.

Palabras clave

ECR 205.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Los apĂłstoles, la Madre de JesĂșs y las otras mujeres se dirigen hacia la casa, precedidos todos por Margziam, que va saltando, presuroso, delante. No obstante, el niño en seguida vuelve hacia atrĂĄs, toma a MarĂ­a de la mano y le dice: «Ven conmigo, que te tengo que decir a solas una cosa». Ella accede a su peticiĂłn; asĂ­ que tuercen hacia el pozo, que estĂĄ en un ĂĄngulo del patio, enteramente cubierto por una tupida pĂ©rgola, que desde el nivel del suelo sube, formando un arco, hasta la terraza. DetrĂĄs estĂĄ Judas Iscariote.

«Judas, ¿qué quieres? Déjanos, Margziam... Habla. ¿Qué quieres?».

«He obrado mal... No me atrevo a ir al Maestro, ni a presentarme ante mis compañeros... AyĂșdame...».

«Te ayudaré. Sí. De todas formas, ¿es que no piensas en el mucho dolor que causas? Mi Hijo ha llorado por causa tuya, lo cual a su vez ha hecho sufrir a tus compañeros. Ven, de todas formas, que ninguno te dirå nada. Y, si puedes, no vuelvas a caer en esto mismo, que es indigno de un hombre y sacrílego respecto al Verbo de Dios».

«¿TĂș, Madre, me perdonas?».

«¿Yo? Yo no cuento nada al lado de ti, que te sientes tan grande. Soy la menor de las siervas del Señor. ¿Por qué te preocupas de mí, si no tienes piedad de mi Hijo?».

«Pienso en mi madre, pienso que si tĂș me perdonas ella tambiĂ©n me perdonarå».

«No sabe lo que has hecho».

«Pero me había hecho jurar que sería bueno con el Maestro. Soy un perjuro. Percibo la reprensión del alma de mi madre».

«¿Eso es lo que sientes? ¿Y no percibes la queja y la desaprobación del Padre y del Verbo? ¥Oh, eres un desdichado, Judas! Vas sembrando el dolor en ti y en quienes te quieren».

MarĂ­a estĂĄ muy seria y triste. Habla sin acritud, pero muy seria. Judas llora.

«No llores; mas bien, cambia. Ven» y le toma de la mano y entra así con él en la cocina.

VivĂ­simo es el estupor de todos. MarĂ­a previene posibles reacciones poco compasivas diciendo: «Judas ha vuelto. Haced como el primogĂ©nito despuĂ©s de que le hablĂł su padre. Juan, ve a avisar a JesĂșs».

Juan de Zebedeo sale a la carrera.

El silencio gravita sobre la cocina... Lo rompe Judas diciendo: «Perdonadme. TĂș el primero, SimĂłn, tĂș que tienes un gran corazĂłn paternal. Yo tambiĂ©n soy huĂ©rfano».

«SĂ­, sĂ­, te perdono. Por favor, no hables mĂĄs de ello. Somos hermanos... y no me gustan estos altibajos de pedir perdĂłn y volver a caer; son denigrantes, tanto para quien lo comete como para quien lo concede. AhĂ­ viene JesĂșs. Ve a Él y basta».

Judas va hacia JesĂșs. Mientra, Pedro, no pudiendo hacer otra cosa, se pone a partir con vehemencia madera seca...

Palabras clave

ECR 206

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo : La estancia en Betania termina con dos parĂĄbolas sobre el Reino de los Cielos.

Fecha de la visiĂłn: Domingo 1 de julio de 1945.

Calendario: miércoles 5 de abril de 28 (23 Nissan 3788)

Lugar (mapa) : Betania

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: JesĂșs da una parĂĄbola para calmar el miedo de algunos: serĂĄ dulce para los de buena voluntad, amarga para los demĂĄs, pero tienen los medios para corregirse. Cristo da la parĂĄbola de las diez vĂ­rgenes. Se preparan y entran en el vestĂ­bulo de la casa del novio: hablan, cuentan buenas historias, pero la velada se alarga. Al final se callan y se duermen. Luego, hacia medianoche, llega el cortejo nupcial, asĂ­ que se levantan a buscar sus lĂĄmparas. Cinco de ellos son prudentes y ya han puesto aceite de antemano, pero los otros cinco no lo han hecho e incluso les falta aceite. Piden a sus compañeras que les den un poco, pero Ă©stas les señalan que lo necesitan para resistir el viento y la humedad: las vĂ­rgenes necias deben, pues, ir a buscar un poco al mercader. Y asĂ­ lo hicieron. Sin embargo, entretanto llega la comitiva, entran en la casa, se cierra la puerta y las vĂ­rgenes necias se quedan atrĂĄs.

JesĂșs explica la parĂĄbola. El Novio es Dios. La novia es el alma de un hombre justo. Las doncellas son las almas de los fieles, que buscan alcanzar el mismo honor que la novia santificĂĄndose. EstĂĄn vestidas de blanco: deben practicar la justicia con firmeza. Sus vestidos son limpios: sus corazones son humildes y puros. EstĂĄn reciĂ©n vestidas, lo que significa que tienen el corazĂłn de un niño. Llevan velos blancos, que caracterizan la humildad. Por Ășltimo, estĂĄn coronadas de flores, lo que significa que el alma debe continuar realizando actos virtuosos dĂ­a tras dĂ­a, y tienen sus lĂĄmparas encendidas, lo que simboliza la fe. AsĂ­, JesĂșs exhorta a todos a estar vigilantes.

Los campesinos parten en el carro preparado por LĂĄzaro. Juan de Endor les acompaña. JesĂșs prometiĂł que volverĂ­a a hablar a la gente de Betania, y asĂ­ lo hizo aquella tarde. Les dijo que la Palabra era pobre y querĂ­a seguir siĂ©ndolo. AdemĂĄs, compara a los pobres con los ricos. Los primeros guardan la Palabra de Dios, mientras que los segundos pueden perderla de vista con sus otros tesoros.

El Maestro cuenta la parĂĄbola del rey que casa a su hijo. EnvĂ­a a sus siervos a avisar a sus amigos, a sus aliados y a los grandes notables de su reino, pero nadie acude. Insiste, y sus invitados se excusan o la toman con el criado. DespuĂ©s de que el soberano se indigne y castigue a los asesinos, vuelve a enviar a los criados a buscar a los transeĂșntes, a los buenos y a los malos, a los ricos y a los pobres. Finalmente, entra en la sala del banquete y ve a un hombre que no se ha puesto el traje nupcial, a pesar de que le habĂ­a dado todo lo necesario. Como el invitado permaneciĂł en silencio, hizo que lo echaran y JesĂșs le explicĂł entonces la parĂĄbola. Los grandes son grandes sĂłlo de nombre y rechazan la Palabra y la invitaciĂłn de su Rey. Son duros y malvados. El Padre enviarĂĄ por las calles a personas que no son ni sus amigos, ni sus grandes, ni sus aliados, sino simplemente la gente que anda fuera, y las limpiarĂĄ para el Reino de Dios.

JesĂșs se despide y pide a todos que recen el Padrenuestro por medio de Pedro. LĂĄzaro le saluda entonces, y aunque se entristece al verle partir, se alegra de haber visto al Maestro mĂĄs sereno. En respuesta a un comentario de Judas, JesĂșs recuerda la Ășltima Pascua, cuando no era mĂĄs que un desconocido; pero este año ha visto que nada ha cambiado, y que el Templo estĂĄ aĂșn peor, porque es un lugar donde la gente conjura. JesĂșs se muestra severo e incluso habla de su muerte inminente. Ante la Virgen que llora, y Marziam con ella, anima a todos a no llorar. Por Ășltimo, hace algunas recomendaciones a Isaac y a Juan de Endor, y luego saluda a LĂĄzaro, a Maximino y a la gente de Betania, pues partirĂĄn al dĂ­a siguiente.

Contenido del capĂ­tulo: 206.1: JesĂșs propone una parĂĄbola para calmar los temores de algunas personas. 206.2: La parĂĄbola de las vĂ­rgenes: la boda se prolonga. 206.3 : La parĂĄbola de las vĂ­rgenes previsoras y las vĂ­rgenes miopes. 206.4 : El significado de la palabra contenida en la parĂĄbola. 206.5 : La actitud y los atributos de las vĂ­rgenes prudentes, aplicados a las almas de los fieles. 206.6 : Por quĂ© tienen sus lĂĄmparas encendidas. 206.7: La partida de los campesinos de Yokhanan y la promesa de volver a hablar a los de Betania. 206.8: Al anochecer, JesĂșs lleva a los discĂ­pulos de Betania a un prado. 206.9: Su estado privilegiado. 206.10: Los pobres y los ricos. 206.11: La parĂĄbola de las bodas reales. 206.12: Id por las plazas y los caminos. 206.13: Lo mismo se harĂĄ con el MesĂ­as. 206.14: BendiciĂłn y rezo pĂșblico del Padre Nuestro. 206.15: JesĂșs sonrĂ­e, LĂĄzaro se alegra, Judas huye. 206.16: Recordatorio de la Ășltima Pascua. 206.17: Fin de la estancia en Betania.

EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂ­tulos 67 y 68

Palabras clave

ECR 206.1.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

JesĂșs estĂĄ hablando en presencia de los campesinos de JocanĂĄn, en presencia de Isaac y muchos discĂ­pulos, de las mujeres, entre las cuales se encuentran MarĂ­a Stma. y Marta, y en presencia de muchos de Betania. Todos los apĂłstoles estĂĄn escuchando. El niño, sentado frente a JesĂșs, no se pierde ni una palabra. El discurso ha debido empezar poco antes porque todavĂ­a estĂĄ llegando gente...

Dice JesĂșs:

«... por este temor que tan vivo siento en muchos, es por lo que hoy quiero proponeros una dulce parĂĄbola; dulce para los hombres de buena voluntad, amarga para los otros; de todas formas, estos Ășltimos disponen del modo de abolir esa amargura: transformarse en hombres de buena voluntad, pues, si asĂ­ lo hacen, cesarĂĄ el reproche que la parĂĄbola suscita en la conciencia. (...)

[JesĂșs cuenta la parĂĄbola de las diez vĂ­rgenes.]

Queridos discĂ­pulos mĂ­os, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad. Tanto los que os quedĂĄis como los que os marchĂĄis, pensad que, si hacĂ©is lo que hicieron las vĂ­rgenes sensatas, serĂ©is llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo, sino que — como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en substituciĂłn de VastĂ­ — serĂ©is escogidos y elegidos como esposas, pues el Esposo “habrĂĄ encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia”. A los que os marchĂĄis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mĂ­as, transmitĂ­dselas a vuestros compañeros. La paz del Señor estĂ© siempre con vosotros».

JesĂșs se acerca a los campesinos para reiterarles su saludo. Juan de Endor le susurra: «Maestro, ya estĂĄ aquĂ­ Judas...».

«No importa. Acompåñalos al carro y haz lo que te he indicado».

La asamblea se disuelve lentamente. Muchos hablan con LĂĄzaro... el cual se vuelve a JesĂșs — que, habiendo dejado ya a los campesinos, estaba viniendo en este sentido — y le dice: «Maestro, los corazones de Betania quieren oĂ­r todavĂ­a tu palabra; hĂĄblanos antes de marcharte».

«Declina el día, pero el ambiente estå tranquilo y sereno... Si queréis reuniros en los prados recientemente segados, os hablaré antes de marcharme de esta ciudad amiga. O, si no, mañana, al alba. Sí, llega la hora de despedirnos».

«¥Luego! ¥Esta noche!» gritan todos.

«Como queråis. Ahora retiraos. A la mitad de la primera vigilia os hablaré»...

AnotaciĂłn

Si actuåis como vírgenes prudentes, no sólo seréis llamadas a escoltar al Esposo, sino que, como la joven Ester, que se convirtió en reina en lugar de Vasti, seréis elegidas y elegidos como novias. Vasti - Vasti significa "amada" en persa. Primera esposa de Asuero (= Jerjes, 486-465), rey de Persia, que la repudió porque se negó a asistir a un banquete (Ester 2, 1-18). Ester también se menciona en EMV 136.2 y EMV 414.1.

Palabras clave

ECR 206.5 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es necesario tener, con la humildad, siempre limpio el vestido. Es muy fĂĄcil empañar la pureza del corazĂłn. Quien no tiene corazĂłn limpio no puede ver a Dios. La humildad es como agua que lava. Quien es humilde se da cuenta en seguida — su ojo no estĂĄ empañado por el humo del orgullo — de que ha manchado su vestido y corre hacia su Señor y dice: “He privado de pureza a mi corazĂłn. Lloro para purificarme. A tus pies lloro. ÂĄSol mĂ­o, da blancura con tu benigno perdĂłn, con tu amor paterno, a este vestido mĂ­o!”.

Detalle

JesĂșs cuenta la parĂĄbola de las diez vĂ­rgenes y señala que tienen ropa limpia.

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