Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 203.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Vosotros, cuando dirigĂ­s vuestra oraciĂłn al Padre, no os dirigĂ­s a un amigo de este mundo, sino al Amigo perfecto que es el Padre del Cielo. Por tanto, os digo: “Pedid y se os darĂĄ, buscad y hallarĂ©is, llamad y se os abrirá”, pues a quien pide se le da, quien busca halla, y a quien llama se le abre la puerta.

Palabras clave

ECR 203.12 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Orad con humildad para que Dios impida las tentaciones. ÂĄAh, la humildad! ÂĄConocerse como uno es! Sin deprimirse, pero conocerse. Decir: “Soy juez imperfecto de mĂ­ mismo y, aunque no me lo parezca, podrĂ­a ceder. Por tanto, Padre mĂ­o, tenme, si es posible, libre de las tentaciones; tan cerca de ti que no permitas al Maligno que me dañe”. DebĂ©is recordar, en efecto, que no es Dios quien tienta al Mal, sino que es el Mal el que tienta. Rogad al Padre para que sostenga vuestra debilidad, de forma que no pueda el Maligno introducirla en la tentaciĂłn.

Palabras clave

ECR 204

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo : La fe y el alma explicadas a los paganos por la parĂĄbola de los templos.

Fecha de la visiĂłn: Viernes 29 de junio de 1945

Calendario: SĂĄbado 1 de abril 28 (19 Nissan 3788)

Lugar (mapa) : Betania

Ciclo :

Resumen: x

Contenido del capĂ­tulo: x

EdiciĂłn anterior : Tome 3, chapitre 65

Palabras clave

ECR 204.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En la paz del sĂĄbado, JesĂșs estĂĄ descansando junto a un campo de lino todo florecido, propiedad de LĂĄzaro. MĂĄs que estar junto al campo, yo dirĂ­a que estĂĄ sumergido en el alto lino. Sentado en un caballĂłn, se absorbe en sus pensamientos. Con Él no hay sino alguna silenciosa mariposa o alguna rumorosa lagartija, que le mira con sus ojitos de azabache, levantando su cabecita triangular de garganta clara y palpitante. Nada mĂĄs. En la tarde caliente, calla hasta el mĂĄs mĂ­nimo soplo de viento por entre los altos tallos.

De lejos, quizĂĄs del jardĂ­n de LĂĄzaro, llega la canciĂłn de una mujer, y con ella los alegres gritos del niño, que estĂĄ jugando con alguien. Luego una, dos, tres voces: «¥Maestro! ÂĄJesĂșs!».

JesĂșs sale bruscamente de su ensimismamiento y se pone en pie. A pesar de que el lino, ya completamente crecido, estĂ© muy alto, JesĂșs descuella ampliamente por encima de este mar verde y azul.

«¥Ahí estå, Juan!» grita Simón Zelote.

Y Juan, a su vez: «¥Madre, el Maestro estå aquí, en el lino!».

Mientras JesĂșs se acerca al sendero que conduce a las casas, llega MarĂ­a.

«¿Qué quieres, Madre?».

«Hijo mío, han llegado unos gentiles, con algunas mujeres. Dicen que han sabido por Juana que estabas aquí, y que durante todos estos días te han esperado junto a la Antonia...».

«¥Ah, ya sé! Voy en seguida. ¿Dónde estån?».

«En casa de Låzaro, en el jardín. A Låzaro le estiman los romanos; él, por su parte, no siente por ellos esa aversión propia de nuestro pueblo. Los ha introducido en su casa, con sus carros; en el vasto jardín, para no dar escåndalo a nadie».

«De acuerdo, Madre.

204.2

Son soldados y damas romanas, lo sé».

«¿Qué quieren de ti?».

«Lo que muchos en Israel no quieren: Luz».

«¿Cómo creen en ti? ¿Qué te creen: Dios, quizås?».

«A su manera, sí. Para ellos, mås que para nosotros, es fåcil aceptar la idea de la encarnación de un dios en carne mortal».

«Entonces ya creen en tu fe...».

«Todavía no, Mamå. Primero debo demoler la suya. Por el momento soy para ellos un hombre sabio, un filósofo, como ellos dicen. De todas formas, tanto ese deseo de conocer doctrinas filosóficas, como su tendencia a creer posible la encarnación de un dios, me ayudan mucho a conducirlos a la verdadera Fe. Créeme que son mås simples en su modo de pensar que muchos de Israel».

«Pero, ¿serån sinceros? Se dice que Juan el Bautista...».

«No. Si de ellos hubiera dependido, Juan estarĂ­a libre y seguro. Dejan tranquilos a todos, con tal de que no sean rebeldes. Es mĂĄs, te dirĂ© que con ellos el hecho de ser profeta — usan la palabra “filĂłsofo” porque la altura propia de la sabidurĂ­a sobrenatural es igualmente filosofĂ­a para ellos — es una garantĂ­a de que te respetarĂĄn. No estĂ©s preocupada, MamĂĄ, que el mal no me vendrĂĄ por esa vĂ­a...».

«Pero los fariseos... Si vienen a saberlo, Âżque dirĂĄn de LĂĄzaro? TĂș... eres TĂș y debes manifestar la Palabra al mundo. ÂĄPero LĂĄzaro... ya de por sĂ­ le ofenden mucho...!».

«Pero es intocable. Saben que Roma le protege».

«Te dejo, Hijo mĂ­o. AquĂ­ estĂĄ Maximino que te llevarĂĄ adonde los gentiles». Y MarĂ­a, que habĂ­a caminado al lado de JesĂșs durante todo este tiempo, ahora se retira, ligera, y se encamina hacia la casa de SimĂłn Zelote. JesĂșs, por su parte, entra por una puertecita de hierro abierta en el muro que rodea el jardĂ­n, en una parte alejada, en que ya no es jardĂ­n sino pomar, es decir, cerca del lugar en que, pasado el tiempo, serĂ­a enterrado LĂĄzaro.

Ahora estå allí Låzaro, nadie mås: «Maestro, he tomado la iniciativa de acogerlos en mi casa...».

«Has hecho bien. ¿Dónde estån?».

«Allå, a la sombra de aquellos bojes y laureles. Como puedes observar, estån a no menos de quinientos pasos de la casa».

«Bien, bien, bueno...

204.3

¥La Luz descienda sobre todos vosotros!».

Palabras clave

ECR 204.3-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¥La Luz descienda sobre todos vosotros!».

«¥Salve, Maestro!» es el saludo de Quintiliano, que estå vestido de paisano.

Las damas se ponen en pie para saludar a JesĂșs (son Plautina, Valeria y Lidia, y otra, anciana, que no sĂ© ni quiĂ©n es ni quĂ© es, o sea, si es del mismo grado o de grado inferior; estĂĄn todas vestidas con mucha sencillez y nada las distingue).

«Hemos venido porque queríamos oírte hablar. No has venido nunca. Estaba de guardia cuando llegaste, pero no te he visto nunca».

«Yo tampoco he visto nunca en la Puerta de los Peces a un soldado amigo mío. Se llamaba Alejandro...».

«¿Alejandro? No sĂ© exactamente si es Ă©l, pero sĂ© que hace un tiempo tuvimos que quitar, para calmar a los judĂ­os, a un soldado acusado de... haber hablado de ti. Ahora estĂĄ en AntioquĂ­a. QuizĂĄs vuelva. ÂĄCaray, quĂ© molestos son esos... los que quieren mandar incluso ahora, que estĂĄn sometidos! Y no hay mĂĄs remedio que moverse con maña para no provocar cosas graves... Nos hacen la vida difĂ­cil, crĂ©elo... Sin embargo, TĂș eres bueno y sabio. ÂżNos hablas? QuizĂĄs pronto tenga que irme de Palestina, quisiera llevarme conmigo algo tuyo que recordar».

«Os hablaré, sí. No decepciono nunca a nadie. ¿Qué es lo que queréis saber?».

Quintiliano mira a las damas con ademĂĄn interrogativo...

«Lo que TĂș quieras, Maestro» dice Valeria.

204.4

Plautina se pone de nuevo en pie y dice: «He pensado mucho... debería conocer muchas cosas... todo, para poder juzgar. No obstante, si se puede preguntar, yo querría saber cómo se construye una fe, la tuya, por ejemplo, sobre un terreno que dices que estå privado de verdadera fe. Dices que nuestras creencias son vanas. Si es así nos quedamos vacíos. ¿Cómo se puede... tener?».

«TomarĂ© como ejemplo una cosa que vosotros tenĂ©is: los templos. Vuestros edificios sagrados, verdaderamente bonitos, cuya Ășnica imperfecciĂłn es el hecho de estar dedicados a la Nada, os pueden enseñar cĂłmo se puede alcanzar una fe y dĂłnde colocarla. Observad: ÂżDĂłnde los construĂ­s?, ÂżquĂ© lugar se prefiere para construirlos?, ÂżcĂłmo los construĂ­s? El lugar, generalmente, es espacioso, abierto, elevado; para este fin incluso se derriba lo que estorba o aprisiona; y, si no es un lugar elevado, se construye sobre un estereĂłbato mĂĄs elevado del comĂșn de tres gradas que se usa para los templos que ya de por sĂ­ se alzan en un elevaciĂłn natural. EstĂĄn rodeados de muros sagrados, por lo general, y formados por columnatas y pĂłrticos. Dentro estĂĄn los ĂĄrboles consagrados a los dioses, hay fuentes y altares, estatuas y estelas. Generalmente los precede el propileo, pasado el cual se yergue el altar en que se elevan las preces al numen; frente a Ă©ste, estĂĄ el lugar del sacrificio, porque el sacrificio precede a la oraciĂłn. Muchas veces, especialmente en los templos mĂĄs grandiosos, el peristilo los rodea con una guirnalda de preciosos mĂĄrmoles. En su interior estĂĄ el vestĂ­bulo anterior, externo o interno respecto al peristilo, la celda del numen, el vestĂ­bulo posterior... MĂĄrmoles, estatuas, frontones, acroteras, tĂ­mpanos, perfectamente acicalados, de gran valor, perfectamente decorados, hacen del templo un edificio nobilĂ­simo para todos, incluso para el ojo mĂĄs inculto. ÂżNo es asĂ­?».

«Así es, Maestro. Los has visto y estudiado muy bien» dice Plautina, confirmando y en tono de alabanza.

«¥Pero si nos consta que no ha salido nunca de Palestina!» exclama Quintiliano.

«Nunca he salido para ir a Roma o a Atenas, pero no ignoro la arquitectura de Grecia ni la de Roma. En el genio del hombre que decoró el Partenón Yo estaba presente, porque Yo estoy dondequiera que haya vida y manifestación de vida; dondequiera que un sabio piense, un escultor esculpa, un poeta componga, una madre cante curvada hacia una cuna, un hombre trabaje los surcos, un médico luche contra las enfermedades, un ser vivo respire, un animal viva, un årbol vegete, allí estoy Yo, junto a aquel de quien procedo. En el estruendo del terremoto o el fragor de los rayos, en la luz de las estrellas o en el curso de las mareas, en el vuelo del åguila y en el zumbido del mosquito, Yo estoy presente con el Creador altísimo».

«¿Entonces... TĂș... TĂș sabes todo?, Âżconoces tanto el pensamiento como las obras humanas?» pregunta Quintiliano.

«Yo sé».

Los romanos se miran estupefactos.

204.5

Se produce un largo silencio. Luego, tímidamente, Valeria solicita: «Expón tu pensamiento, Maestro, para que sepamos qué debemos hacer».

«Sí. La Fe se construye como se construyen esos templos de que os sentís tan orgullosos: se hace espacio al templo, se libera la zona de alrededor, se eleva el templo».

«Pero, ¿y el templo para colocar la fe, esta deidad verdadera, dónde estå?» pregunta Plautina.

«Plautina, la fe no es deidad; es una virtud. En la fe verdadera no hay deidades; sĂłlo hay un Ășnico y verdadero Dios».

«¿Entonces... Él estĂĄ allĂĄ arriba, solo, en su Olimpo? ÂżY quĂ© hace si estĂĄ solo?».

«Se basta a sĂ­ mismo, aunque se ocupa de todas las cosas de la creaciĂłn. Te he dicho que hasta en el zumbido del mosquito Dios estĂĄ presente. No se aburre, no lo pongas en duda. No es un pobre hombre, dueño de un inmenso imperio en que se siente odiado y vive temblando. Él es el Amor y vive amando. Su Vida es Amor continuo. Se basta a sĂ­ mismo porque es infinito y potentĂ­simo; es la PerfecciĂłn. Y tantas son las cosas creadas, las cuales viven porque Él continuamente lo quiere, que no tiene tiempo de aburrirse. El aburrimiento es fruto del ocio y del vicio. En el Cielo del verdadero Dios no hay ni ocio ni vicio. Pronto tendrĂĄ, ademĂĄs de los ĂĄngeles que ahora le sirven, un pueblo de justos que en Él exultarĂĄn, y este pueblo irĂĄ creciendo cada vez mĂĄs por los que en el futuro creerĂĄn en el verdadero Dios».

«¿Los ångeles son los genios?» pregunta Lidia.

«No. Son seres espirituales, como lo es Dios, que los ha creado».

«¿Y los genios qué son entonces?».

«Como vosotros los imaginĂĄis son una falsedad. Como los imaginĂĄis vosotros no existen. Lo que sucede es que, por esa instintiva necesidad del hombre de buscar la verdad, tambiĂ©n vosotros habĂ©is sentido que el hombre no es sĂłlo carne y que una realidad inmortal estĂĄ unida a su cuerpo perecedero. El hombre busca la verdad aguijoneado por el alma, que vive y estĂĄ presente tambiĂ©n en los paganos, aunque atribulada porque en ellos su deseo estĂĄ ahogado, porque se siente hambrienta en su nostalgia del Dios verdadero, que sĂłlo ella recuerda, en ese cuerpo en que vive, gobernado por una mente pagana. Y tambiĂ©n las ciudades y las naciones posean una realidad inmortal. Por eso creĂ©is, sentĂ­s la necesidad de creer, en los “genios”; y os dais el genio individual, el de la familia, el de la ciudad, el de las naciones. AsĂ­, tenĂ©is el “genio de Roma”, el “genio del emperador”... y los adorĂĄis como divinidades menores. Entrad en la verdadera fe: conocerĂ©is a vuestro ĂĄngel, serĂ©is amigos de Ă©l y le venerarĂ©is, aunque sin adorarle, porque sĂłlo a Dios se le adora».

204.6

«Has dicho: “AguijĂłn del alma, viva y presente tambiĂ©n en los paganos, atribulada en ellos porque su deseo estĂĄ frustrado”. Pero, Âżde quiĂ©n procede el alma?» pregunta Publio Quintiliano.

«De Dios. Él es el Creador».

«¿Pero no nacemos de mujer, por unión con el hombre? Nuestros dioses también han sido engendrados de la misma manera».

«Vuestros dioses no son reales: son los fantasmas de vuestro pensamiento, que tiene necesidad de creer. En efecto, esta necesidad es mĂĄs imperiosa que la de respirar. Aun quien dice que no cree cree, en algo cree; el simple hecho de decir “no creo en Dios” presupone otra fe, que puede ser fe en sĂ­ mismo, en su propia, soberbia mente. Creer, se cree siempre. Es como el pensamiento. Si decĂ­s “no quiero pensar” o “no creo en Dios”, con el simple hecho de decir estas dos frases manifestĂĄis vuestro pensamiento de no querer pensar, o de no querer creer en Aquel que sabĂ©is que existe. Y acerca del hombre, para ser exactos en la expresiĂłn del concepto, debĂ©is decir: “El hombre es engendrado, como todos los animales, por uniĂłn de macho y hembra, de varĂłn y mujer. Pero el alma, o sea, lo que diferencia al animal-hombre del animal-bruto, viene de Dios, que la crea cada vez que un hombre es engendrado — o, mejor, es concebido — en un seno, y la inserta en esa carne que, si no, serĂ­a solamente animal”».

«¿Y nosotros, que somos paganos, la tenemos? SegĂșn lo que dicen tus connacionales no lo parece...» dice Quintiliano irĂłnico.

«Todo nacido de mujer la tiene».

«Pero TĂș dices que el pecado la mata. ÂżCĂłmo es que entonces en nosotros, pecadores, estĂĄ viva?» pregunta Plautina.

«Vosotros no pecĂĄis en la fe, pues creĂ©is que estĂĄis en la Verdad. Cuando conozcĂĄis la Verdad, si persistĂ­s en el error, cometerĂ©is pecado. De la misma forma, muchas cosas que para los israelitas son pecado, para vosotros no lo son, porque ninguna ley divina os lo prohĂ­be. Existe pecado cuando uno, a sabiendas, se rebela contra el mandato de Dios y dice: “SĂ© que lo que hago estĂĄ mal, pero lo quiero hacer de todas formas”. Dios es justo. No puede castigar a quien hace el mal creyendo que estĂĄ haciendo el bien; castiga a quien habiendo tenido cĂłmo conocer el Bien y el Mal, elige este Ășltimo y en Ă©l persiste».

«¿Entonces el alma estå en nosotros, viva y presente?».

«Sí».

«¿Atribulada? ÂżPero estĂĄs seguro de que se acuerda de Dios? No nos acordamos del seno que nos criĂł, no podrĂ­amos describirlo internamente. El alma, si no he entendido mal, es engendrada espiritualmente por Dios. ÂżPodrĂĄ acordarse de esto Ășltimo, si el cuerpo no recuerda su larga permanencia en el seno materno?».

«El alma no es animal, Plautina; el embriĂłn, sĂ­. El alma es, a semejanza de Dios, eterna y espiritual; eterna desde el momento en que es creada; sin embargo, Dios es el perfectĂ­simo Eterno, y, por tanto, no tiene principio en el tiempo, como tampoco tendrĂĄ fin. El alma[1], lĂșcida, inteligente, espiritual, obra de Dios, recuerda... y sufre, porque desea a Dios, al verdadero Dios de que procede... y tiene hambre de Dios: por eso aguijonea al cuerpo, torpe en lo que se refiere a tratar de acercarse a Dios».

204.7

«Entonces, Âżtenemos un alma exactamente igual que la de los israelitas que llamĂĄis “justos”?».

«No, Plautina. Cambia segĂșn a lo que te refieras; si te refieres al origen y naturaleza, es exactamente igual que la de nuestros santos; si te refieres a la formaciĂłn, entonces te digo que es distinta; si te refieres a la perfecciĂłn que alcanza antes de la muerte, entonces la diversidad puede ser absoluta. No obstante, esto no sucede sĂłlo con vosotros, paganos: un hijo de este pueblo puede tambiĂ©n ser absolutamente distinto de un santo en la vida futura. El alma sufre tres fases. La primera es de creaciĂłn; la segunda, de nueva creaciĂłn; la tercera, de perfecciĂłn. La primera es comĂșn a todos los hombres. La segunda es propia de los justos que con su voluntad llevan a su alma hacia un renacimiento mĂĄs lleno, uniendo sus buenas acciones a la bondad de la obra de Dios; edifican, por tanto, un alma que ya es espiritualmente mĂĄs perfecta que la primera: son, asĂ­, eslabĂłn entre la primera y la tercera. Ésta, la tercera, es propia de los beatos, o santos si lo preferĂ­s, los cuales han superado en miles de grados a su alma inicial, adecuada sĂłlo al hombre, y han hecho de ella una cosa que puede descansar en Dios».

204.8

«¿Y cuål es el modo de dar espacio, libertad y elevación al alma?».

«Derribando las cosas inĂștiles que tenĂ©is en vuestro yo; liberĂĄndolo de todas las ideas erradas; construyendo, con los fragmentos resultantes de la demoliciĂłn, la elevaciĂłn para el templo soberano. Se ha de conducir al alma cada vez mĂĄs arriba subiendo los tres peldaños. ÂĄOh, a vosotros, romanos, os gustan los sĂ­mbolos! Ved los tres peldaños a la luz del sĂ­mbolo. Os pueden decir sus nombres: penitencia, paciencia, constancia; o: humildad, pureza, justicia; o: sabidurĂ­a, generosidad, misericordia; o, en fin, el trinomio esplĂ©ndido: fe, esperanza, caridad. Fijaos quĂ© simbolizan los muros que, ornamentados y al mismo tiempo resistentes, rodean el ĂĄrea del templo. Es necesario saber circundar al alma, reina del cuerpo, templo del EspĂ­ritu eterno, con una barrera que la defienda, sin quitarle la luz, y no agobiarla con la visiĂłn de cosas inmundas. Sea muralla segura, y cincelada con el deseo del amor para, quitando las esquirlas de lo que es inferior, la carne y la sangre, formar lo superior, el espĂ­ritu. Cincelar con la voluntad: eliminar aristas, desportilladuras, manchas, vetas de debilidad, del mĂĄrmol de nuestro yo, para que sea perfecto en torno al alma. Al mismo tiempo, hacer, de la muralla que habrĂĄ de proteger al templo, misericordioso refugio para los desdichados que no conocen lo que es Caridad. ÂżY los pĂłrticos?: la expansiĂłn del amor, la piedad, el deseo de que otros vayan a Dios; son semejantes a amorosos brazos que se extienden para amparar la cuna de un huĂ©rfano. En el interior del recinto estĂĄn, como ofrenda al Creador, los mĂĄs bellos y olorosos ĂĄrboles. Sembrad en el terreno que antes estaba desnudo, cultivad luego estos ĂĄrboles, que son las virtudes de todo tipo, segundo cĂ­rculo protector, vivo y florido, en torno al sagrario; y, entre los ĂĄrboles, entre las virtudes, las fuentes (que son tambiĂ©n amor, purificaciĂłn), antes de acercarse al propileo, junto al cual, antes de subir al altar, se debe cumplir el sacrificio de la carnalidad, vaciarse de toda lujuria. Luego, continuar mĂĄs adentro, hasta el altar, para depositar la ofrenda, y seguir, atravesando el vestĂ­bulo, hasta la celda de Dios. ÂżQuĂ© serĂĄ esta morada?: copiosidad de riquezas espirituales, porque nunca es demasiado como marco para Dios. ÂżHabĂ©is comprendido esto? Me habĂ©is pedido que os explique cĂłmo se construye la Fe. Os he dicho: “SegĂșn el mĂ©todo con que se elevan los templos”. Como podĂ©is observar, es asĂ­.

204.9

¿Alguna otra cosa mås?».

«No, Maestro. Creo que Flavia ha escrito lo que has dicho. Claudia lo quiere saber. ¿Has escrito?».

«Fielmente» dice la mujer mientras pasa las tablas enceradas.

«Las tendremos para poderlo leer otras veces» dice Plautina.

«Es cera. Se borra. Escribidlo en vuestros corazones y no se borrarå».

«Maestro, estĂĄn ocupados por una serie de templos inĂștiles, contra los cuales, sĂ­, lanzamos tu Palabra para demolerlos, pero es un trabajo largo» dice Plautina con un suspiro; y termina: «AcuĂ©rdate de nosotros en tu Cielo...».

«Marchaos con la seguridad de que lo harĂ©. Os dejo. Sabed que vuestra visita me ha sido grata. AdiĂłs, Publio Quintiliano. AcuĂ©rdate de JesĂșs de Nazaret».

Las damas se despiden y son las primeras en marcharse; luego, pensativo, se marcha Quintiliano. JesĂșs los mira mientras se van en compañía de Maximino, que los acompaña hasta sus carros.

Detalle

Las damas romanas salieron al encuentro de JesĂșs en Betania.

AnotaciĂłn

Las damas se levantan para saludar. EstĂĄn Plautina, ValĂ©ria y Lidia y, ademĂĄs, otra anciana, que no sĂ© quiĂ©n es ni quĂ© es, si del mismo rango o de uno inferior. Es Flavia Domitilla, que escribe lo que dice JesĂșs en tablillas de cera (EMV 204,9).

- El alma no es materia prima, Plautina. El embriĂłn lo es. Tan cierto es que el alma sĂłlo se da cuando el feto ya estĂĄ formado INFUSIÓN DEL ALMA: El embriĂłn, sĂ­, en lugar de:el feto, sĂ­, es una correcciĂłn de Maria Valtorta sobre el manuscrito original, donde inserta: "Tan cierto es que el alma sĂłlo se da cuando el feto ya estĂĄ formado". Esta frase estĂĄ presente en la traducciĂłn francesa de FĂ©lix Sauvage de 1985, pero fue suprimida por considerar que entrarĂ­a en contradicciĂłn con otras afirmaciones del capĂ­tulo, pero esta afirmaciĂłn, que coincide con la de Santo TomĂĄs de Aquino (vĂ©ase mĂĄs adelante), se ve confirmada por otras afirmaciones como en EMV 118: El hombre no es ante todo mĂĄs que un embriĂłn animal, no diferente del de una oveja.

El alma es, a semejanza de Dios, eterna y espiritual. Esta posición fue apoyada por Santo Tomås de Aquino, Doctor de la Iglesia, en la tradición de Aristóteles. Estimó el tiempo de insuflación en 40 días (unas 6 semanas). Hoy, con los avances de la ciencia, Juan Pablo II, sin pronunciarse sobre el momento exacto de la insuflación, nos recuerda que, desde el origen mismo del embrión, existe una definición personal que hay que respetar (todos procedemos de él). El estudio antropológico nos lleva a reconocer que, en virtud de la unidad sustancial del cuerpo con el espíritu, el genoma humano no tiene sólo un significado biológico; es portador de una dignidad antropológica que tiene su fuente en el alma espiritual que lo penetra y le da vida"(Discurso a los miembros de la Academia Pontificia para la Vida, 24 de febrero de 1998 {it}). Por su parte, Santo Tomås de Aquino afirmaba "El alma preexiste en el embrión; allí es primero nutritiva, luego sensitiva y finalmente intelectiva"(Suma Teológica, Parte I, Cuestión 118, De dónde procede el alma del hombre, Artículo 2, Respuesta).

El alma, lĂșcida, inteligente, espiritual, obra de Dios, recuerda esto. De esto ya se ha hablado mĂĄs arriba, en EMV 204,5, asĂ­ como en EMV 94,7, EMV 121,7, EMV 154,7 (con nota), EMV 157,5, EMV 169,5, EMV 344,7 (en boca de un niño), EMV 428,4 (con nota), EMV 534,6 (en boca de un anciano), EMV 554,10, EMV 556,8.

La memoria que las almas tienen de Dios se trata mĂĄs especĂ­ficamente en : EMV 10.9 | EMV 286.7 | EMV 290.9. AdemĂĄs, MarĂ­a "nunca estuvo privada del recuerdo de Dios", como podemos leer en EMV 4.6; esto se ilustra en EMV 10.8/10 y en las Ășltimas lĂ­neas deEMV 11.4. El alma de MarĂ­a tambiĂ©n se menciona en EMV 136.6 asĂ­ como en EMV 348.9/10.

Palabras clave

ECR 204.4-5.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Plautina se pone de nuevo en pie y dice: «He pensado mucho... debería conocer muchas cosas... todo, para poder juzgar. No obstante, si se puede preguntar, yo querría saber cómo se construye una fe, la tuya, por ejemplo, sobre un terreno que dices que estå privado de verdadera fe. Dices que nuestras creencias son vanas. Si es así nos quedamos vacíos. ¿Cómo se puede... tener?».

«TomarĂ© como ejemplo una cosa que vosotros tenĂ©is: los templos. Vuestros edificios sagrados, verdaderamente bonitos, cuya Ășnica imperfecciĂłn es el hecho de estar dedicados a la Nada, os pueden enseñar cĂłmo se puede alcanzar una fe y dĂłnde colocarla. Observad: ÂżDĂłnde los construĂ­s?, ÂżquĂ© lugar se prefiere para construirlos?, ÂżcĂłmo los construĂ­s? El lugar, generalmente, es espacioso, abierto, elevado; para este fin incluso se derriba lo que estorba o aprisiona; y, si no es un lugar elevado, se construye sobre un estereĂłbato mĂĄs elevado del comĂșn de tres gradas que se usa para los templos que ya de por sĂ­ se alzan en un elevaciĂłn natural. EstĂĄn rodeados de muros sagrados, por lo general, y formados por columnatas y pĂłrticos. Dentro estĂĄn los ĂĄrboles consagrados a los dioses, hay fuentes y altares, estatuas y estelas. Generalmente los precede el propileo, pasado el cual se yergue el altar en que se elevan las preces al numen; frente a Ă©ste, estĂĄ el lugar del sacrificio, porque el sacrificio precede a la oraciĂłn. Muchas veces, especialmente en los templos mĂĄs grandiosos, el peristilo los rodea con una guirnalda de preciosos mĂĄrmoles. En su interior estĂĄ el vestĂ­bulo anterior, externo o interno respecto al peristilo, la celda del numen, el vestĂ­bulo posterior... MĂĄrmoles, estatuas, frontones, acroteras, tĂ­mpanos, perfectamente acicalados, de gran valor, perfectamente decorados, hacen del templo un edificio nobilĂ­simo para todos, incluso para el ojo mĂĄs inculto. ÂżNo es asĂ­?».

«Así es, Maestro. Los has visto y estudiado muy bien» dice Plautina, confirmando y en tono de alabanza.

«¥Pero si nos consta que no ha salido nunca de Palestina!» exclama Quintiliano.

«Nunca he salido para ir a Roma o a Atenas, pero no ignoro la arquitectura de Grecia ni la de Roma. En el genio del hombre que decoró el Partenón Yo estaba presente, porque Yo estoy dondequiera que haya vida y manifestación de vida; dondequiera que un sabio piense, un escultor esculpa, un poeta componga, una madre cante curvada hacia una cuna, un hombre trabaje los surcos, un médico luche contra las enfermedades, un ser vivo respire, un animal viva, un årbol vegete, allí estoy Yo, junto a aquel de quien procedo. En el estruendo del terremoto o el fragor de los rayos, en la luz de las estrellas o en el curso de las mareas, en el vuelo del åguila y en el zumbido del mosquito, Yo estoy presente con el Creador altísimo».

«¿Entonces... TĂș... TĂș sabes todo?, Âżconoces tanto el pensamiento como las obras humanas?» pregunta Quintiliano.

«Yo sé».

Los romanos se miran estupefactos.

204.5

Se produce un largo silencio. Luego, tímidamente, Valeria solicita: «Expón tu pensamiento, Maestro, para que sepamos qué debemos hacer».

«Sí. La Fe se construye como se construyen esos templos de que os sentís tan orgullosos: se hace espacio al templo, se libera la zona de alrededor, se eleva el templo».

«Pero, ¿y el templo para colocar la fe, esta deidad verdadera, dónde estå?» pregunta Plautina.

«Plautina, la fe no es deidad; es una virtud. En la fe verdadera no hay deidades; sĂłlo hay un Ășnico y verdadero Dios».

(...) 204.8 «¿Y cuål es el modo de dar espacio, libertad y elevación al alma?».

«Derribando las cosas inĂștiles que tenĂ©is en vuestro yo; liberĂĄndolo de todas las ideas erradas; construyendo, con los fragmentos resultantes de la demoliciĂłn, la elevaciĂłn para el templo soberano. Se ha de conducir al alma cada vez mĂĄs arriba subiendo los tres peldaños. ÂĄOh, a vosotros, romanos, os gustan los sĂ­mbolos! Ved los tres peldaños a la luz del sĂ­mbolo. Os pueden decir sus nombres: penitencia, paciencia, constancia; o: humildad, pureza, justicia; o: sabidurĂ­a, generosidad, misericordia; o, en fin, el trinomio esplĂ©ndido: fe, esperanza, caridad. Fijaos quĂ© simbolizan los muros que, ornamentados y al mismo tiempo resistentes, rodean el ĂĄrea del templo. Es necesario saber circundar al alma, reina del cuerpo, templo del EspĂ­ritu eterno, con una barrera que la defienda, sin quitarle la luz, y no agobiarla con la visiĂłn de cosas inmundas. Sea muralla segura, y cincelada con el deseo del amor para, quitando las esquirlas de lo que es inferior, la carne y la sangre, formar lo superior, el espĂ­ritu. Cincelar con la voluntad: eliminar aristas, desportilladuras, manchas, vetas de debilidad, del mĂĄrmol de nuestro yo, para que sea perfecto en torno al alma. Al mismo tiempo, hacer, de la muralla que habrĂĄ de proteger al templo, misericordioso refugio para los desdichados que no conocen lo que es Caridad. ÂżY los pĂłrticos?: la expansiĂłn del amor, la piedad, el deseo de que otros vayan a Dios; son semejantes a amorosos brazos que se extienden para amparar la cuna de un huĂ©rfano. En el interior del recinto estĂĄn, como ofrenda al Creador, los mĂĄs bellos y olorosos ĂĄrboles. Sembrad en el terreno que antes estaba desnudo, cultivad luego estos ĂĄrboles, que son las virtudes de todo tipo, segundo cĂ­rculo protector, vivo y florido, en torno al sagrario; y, entre los ĂĄrboles, entre las virtudes, las fuentes (que son tambiĂ©n amor, purificaciĂłn), antes de acercarse al propileo, junto al cual, antes de subir al altar, se debe cumplir el sacrificio de la carnalidad, vaciarse de toda lujuria. Luego, continuar mĂĄs adentro, hasta el altar, para depositar la ofrenda, y seguir, atravesando el vestĂ­bulo, hasta la celda de Dios. ÂżQuĂ© serĂĄ esta morada?: copiosidad de riquezas espirituales, porque nunca es demasiado como marco para Dios. ÂżHabĂ©is comprendido esto? Me habĂ©is pedido que os explique cĂłmo se construye la Fe. Os he dicho: “SegĂșn el mĂ©todo con que se elevan los templos”. Como podĂ©is observar, es asĂ­.»

Detalle

Plautina, dama romana y, por tanto, pagana, se dirige al Maestro.

Palabras clave

ECR 204.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

[El hombre] necesidad de creer. En efecto, esta necesidad es mĂĄs imperiosa que la de respirar. Aun quien dice que no cree cree, en algo cree; el simple hecho de decir “no creo en Dios” presupone otra fe, que puede ser fe en sĂ­ mismo, en su propia, soberbia mente. Creer, se cree siempre. Es como el pensamiento. Si decĂ­s “no quiero pensar” o “no creo en Dios”, con el simple hecho de decir estas dos frases manifestĂĄis vuestro pensamiento de no querer pensar, o de no querer creer en Aquel que sabĂ©is que existe.

Palabras clave

ECR 204.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Existe pecado cuando uno, a sabiendas, se rebela contra el mandato de Dios y dice: “SĂ© que lo que hago estĂĄ mal, pero lo quiero hacer de todas formas”. Dios es justo. No puede castigar a quien hace el mal creyendo que estĂĄ haciendo el bien; castiga a quien habiendo tenido cĂłmo conocer el Bien y el Mal, elige este Ășltimo y en Ă©l persiste.

Palabras clave

ECR 204.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y cuål es el modo de dar espacio, libertad y elevación al alma?».

«Derribando las cosas inĂștiles que tenĂ©is en vuestro yo; liberĂĄndolo de todas las ideas erradas; construyendo, con los fragmentos resultantes de la demoliciĂłn, la elevaciĂłn para el templo soberano. Se ha de conducir al alma cada vez mĂĄs arriba subiendo los tres peldaños. ÂĄOh, a vosotros, romanos, os gustan los sĂ­mbolos! Ved los tres peldaños a la luz del sĂ­mbolo. Os pueden decir sus nombres: penitencia, paciencia, constancia; o: humildad, pureza, justicia; o: sabidurĂ­a, generosidad, misericordia; o, en fin, el trinomio esplĂ©ndido: fe, esperanza, caridad. Fijaos quĂ© simbolizan los muros que, ornamentados y al mismo tiempo resistentes, rodean el ĂĄrea del templo. Es necesario saber circundar al alma, reina del cuerpo, templo del EspĂ­ritu eterno, con una barrera que la defienda, sin quitarle la luz, y no agobiarla con la visiĂłn de cosas inmundas. Sea muralla segura, y cincelada con el deseo del amor para, quitando las esquirlas de lo que es inferior, la carne y la sangre, formar lo superior, el espĂ­ritu. Cincelar con la voluntad: eliminar aristas, desportilladuras, manchas, vetas de debilidad, del mĂĄrmol de nuestro yo, para que sea perfecto en torno al alma. Al mismo tiempo, hacer, de la muralla que habrĂĄ de proteger al templo, misericordioso refugio para los desdichados que no conocen lo que es Caridad. ÂżY los pĂłrticos?: la expansiĂłn del amor, la piedad, el deseo de que otros vayan a Dios; son semejantes a amorosos brazos que se extienden para amparar la cuna de un huĂ©rfano. En el interior del recinto estĂĄn, como ofrenda al Creador, los mĂĄs bellos y olorosos ĂĄrboles. Sembrad en el terreno que antes estaba desnudo, cultivad luego estos ĂĄrboles, que son las virtudes de todo tipo, segundo cĂ­rculo protector, vivo y florido, en torno al sagrario; y, entre los ĂĄrboles, entre las virtudes, las fuentes (que son tambiĂ©n amor, purificaciĂłn), antes de acercarse al propileo, junto al cual, antes de subir al altar, se debe cumplir el sacrificio de la carnalidad, vaciarse de toda lujuria. Luego, continuar mĂĄs adentro, hasta el altar, para depositar la ofrenda, y seguir, atravesando el vestĂ­bulo, hasta la celda de Dios. ÂżQuĂ© serĂĄ esta morada?: copiosidad de riquezas espirituales, porque nunca es demasiado como marco para Dios. ÂżHabĂ©is comprendido esto? Me habĂ©is pedido que os explique cĂłmo se construye la Fe. Os he dicho: “SegĂșn el mĂ©todo con que se elevan los templos”. Como podĂ©is observar, es asĂ­.

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