«¥La Luz descienda sobre todos vosotros!».
«¥Salve, Maestro!» es el saludo de Quintiliano, que estå vestido de paisano.
Las damas se ponen en pie para saludar a JesĂșs (son Plautina, Valeria y Lidia, y otra, anciana, que no sĂ© ni quiĂ©n es ni quĂ© es, o sea, si es del mismo grado o de grado inferior; estĂĄn todas vestidas con mucha sencillez y nada las distingue).
«Hemos venido porque querĂamos oĂrte hablar. No has venido nunca. Estaba de guardia cuando llegaste, pero no te he visto nunca».
«Yo tampoco he visto nunca en la Puerta de los Peces a un soldado amigo mĂo. Se llamaba Alejandro...».
«¿Alejandro? No sĂ© exactamente si es Ă©l, pero sĂ© que hace un tiempo tuvimos que quitar, para calmar a los judĂos, a un soldado acusado de... haber hablado de ti. Ahora estĂĄ en AntioquĂa. QuizĂĄs vuelva. ÂĄCaray, quĂ© molestos son esos... los que quieren mandar incluso ahora, que estĂĄn sometidos! Y no hay mĂĄs remedio que moverse con maña para no provocar cosas graves... Nos hacen la vida difĂcil, crĂ©elo... Sin embargo, TĂș eres bueno y sabio. ÂżNos hablas? QuizĂĄs pronto tenga que irme de Palestina, quisiera llevarme conmigo algo tuyo que recordar».
«Os hablarĂ©, sĂ. No decepciono nunca a nadie. ÂżQuĂ© es lo que querĂ©is saber?».
Quintiliano mira a las damas con ademĂĄn interrogativo...
«Lo que TĂș quieras, Maestro» dice Valeria.
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Plautina se pone de nuevo en pie y dice: «He pensado mucho... deberĂa conocer muchas cosas... todo, para poder juzgar. No obstante, si se puede preguntar, yo querrĂa saber cĂłmo se construye una fe, la tuya, por ejemplo, sobre un terreno que dices que estĂĄ privado de verdadera fe. Dices que nuestras creencias son vanas. Si es asĂ nos quedamos vacĂos. ÂżCĂłmo se puede... tener?».
«TomarĂ© como ejemplo una cosa que vosotros tenĂ©is: los templos. Vuestros edificios sagrados, verdaderamente bonitos, cuya Ășnica imperfecciĂłn es el hecho de estar dedicados a la Nada, os pueden enseñar cĂłmo se puede alcanzar una fe y dĂłnde colocarla. Observad: ÂżDĂłnde los construĂs?, ÂżquĂ© lugar se prefiere para construirlos?, ÂżcĂłmo los construĂs? El lugar, generalmente, es espacioso, abierto, elevado; para este fin incluso se derriba lo que estorba o aprisiona; y, si no es un lugar elevado, se construye sobre un estereĂłbato mĂĄs elevado del comĂșn de tres gradas que se usa para los templos que ya de por sĂ se alzan en un elevaciĂłn natural. EstĂĄn rodeados de muros sagrados, por lo general, y formados por columnatas y pĂłrticos. Dentro estĂĄn los ĂĄrboles consagrados a los dioses, hay fuentes y altares, estatuas y estelas. Generalmente los precede el propileo, pasado el cual se yergue el altar en que se elevan las preces al numen; frente a Ă©ste, estĂĄ el lugar del sacrificio, porque el sacrificio precede a la oraciĂłn. Muchas veces, especialmente en los templos mĂĄs grandiosos, el peristilo los rodea con una guirnalda de preciosos mĂĄrmoles. En su interior estĂĄ el vestĂbulo anterior, externo o interno respecto al peristilo, la celda del numen, el vestĂbulo posterior... MĂĄrmoles, estatuas, frontones, acroteras, tĂmpanos, perfectamente acicalados, de gran valor, perfectamente decorados, hacen del templo un edificio nobilĂsimo para todos, incluso para el ojo mĂĄs inculto. ÂżNo es asĂ?».
«Asà es, Maestro. Los has visto y estudiado muy bien» dice Plautina, confirmando y en tono de alabanza.
«¥Pero si nos consta que no ha salido nunca de Palestina!» exclama Quintiliano.
«Nunca he salido para ir a Roma o a Atenas, pero no ignoro la arquitectura de Grecia ni la de Roma. En el genio del hombre que decorĂł el PartenĂłn Yo estaba presente, porque Yo estoy dondequiera que haya vida y manifestaciĂłn de vida; dondequiera que un sabio piense, un escultor esculpa, un poeta componga, una madre cante curvada hacia una cuna, un hombre trabaje los surcos, un mĂ©dico luche contra las enfermedades, un ser vivo respire, un animal viva, un ĂĄrbol vegete, allĂ estoy Yo, junto a aquel de quien procedo. En el estruendo del terremoto o el fragor de los rayos, en la luz de las estrellas o en el curso de las mareas, en el vuelo del ĂĄguila y en el zumbido del mosquito, Yo estoy presente con el Creador altĂsimo».
«¿Entonces... TĂș... TĂș sabes todo?, Âżconoces tanto el pensamiento como las obras humanas?» pregunta Quintiliano.
«Yo sé».
Los romanos se miran estupefactos.
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Se produce un largo silencio. Luego, tĂmidamente, Valeria solicita: «ExpĂłn tu pensamiento, Maestro, para que sepamos quĂ© debemos hacer».
«SĂ. La Fe se construye como se construyen esos templos de que os sentĂs tan orgullosos: se hace espacio al templo, se libera la zona de alrededor, se eleva el templo».
«Pero, ¿y el templo para colocar la fe, esta deidad verdadera, dónde estå?» pregunta Plautina.
«Plautina, la fe no es deidad; es una virtud. En la fe verdadera no hay deidades; sĂłlo hay un Ășnico y verdadero Dios».
«¿Entonces... Ăl estĂĄ allĂĄ arriba, solo, en su Olimpo? ÂżY quĂ© hace si estĂĄ solo?».
«Se basta a sĂ mismo, aunque se ocupa de todas las cosas de la creaciĂłn. Te he dicho que hasta en el zumbido del mosquito Dios estĂĄ presente. No se aburre, no lo pongas en duda. No es un pobre hombre, dueño de un inmenso imperio en que se siente odiado y vive temblando. Ăl es el Amor y vive amando. Su Vida es Amor continuo. Se basta a sĂ mismo porque es infinito y potentĂsimo; es la PerfecciĂłn. Y tantas son las cosas creadas, las cuales viven porque Ăl continuamente lo quiere, que no tiene tiempo de aburrirse. El aburrimiento es fruto del ocio y del vicio. En el Cielo del verdadero Dios no hay ni ocio ni vicio. Pronto tendrĂĄ, ademĂĄs de los ĂĄngeles que ahora le sirven, un pueblo de justos que en Ăl exultarĂĄn, y este pueblo irĂĄ creciendo cada vez mĂĄs por los que en el futuro creerĂĄn en el verdadero Dios».
«¿Los ångeles son los genios?» pregunta Lidia.
«No. Son seres espirituales, como lo es Dios, que los ha creado».
«¿Y los genios qué son entonces?».
«Como vosotros los imaginĂĄis son una falsedad. Como los imaginĂĄis vosotros no existen. Lo que sucede es que, por esa instintiva necesidad del hombre de buscar la verdad, tambiĂ©n vosotros habĂ©is sentido que el hombre no es sĂłlo carne y que una realidad inmortal estĂĄ unida a su cuerpo perecedero. El hombre busca la verdad aguijoneado por el alma, que vive y estĂĄ presente tambiĂ©n en los paganos, aunque atribulada porque en ellos su deseo estĂĄ ahogado, porque se siente hambrienta en su nostalgia del Dios verdadero, que sĂłlo ella recuerda, en ese cuerpo en que vive, gobernado por una mente pagana. Y tambiĂ©n las ciudades y las naciones posean una realidad inmortal. Por eso creĂ©is, sentĂs la necesidad de creer, en los âgeniosâ; y os dais el genio individual, el de la familia, el de la ciudad, el de las naciones. AsĂ, tenĂ©is el âgenio de Romaâ, el âgenio del emperadorâ... y los adorĂĄis como divinidades menores. Entrad en la verdadera fe: conocerĂ©is a vuestro ĂĄngel, serĂ©is amigos de Ă©l y le venerarĂ©is, aunque sin adorarle, porque sĂłlo a Dios se le adora».
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«Has dicho: âAguijĂłn del alma, viva y presente tambiĂ©n en los paganos, atribulada en ellos porque su deseo estĂĄ frustradoâ. Pero, Âżde quiĂ©n procede el alma?» pregunta Publio Quintiliano.
«De Dios. Ăl es el Creador».
«¿Pero no nacemos de mujer, por unión con el hombre? Nuestros dioses también han sido engendrados de la misma manera».
«Vuestros dioses no son reales: son los fantasmas de vuestro pensamiento, que tiene necesidad de creer. En efecto, esta necesidad es mĂĄs imperiosa que la de respirar. Aun quien dice que no cree cree, en algo cree; el simple hecho de decir âno creo en Diosâ presupone otra fe, que puede ser fe en sĂ mismo, en su propia, soberbia mente. Creer, se cree siempre. Es como el pensamiento. Si decĂs âno quiero pensarâ o âno creo en Diosâ, con el simple hecho de decir estas dos frases manifestĂĄis vuestro pensamiento de no querer pensar, o de no querer creer en Aquel que sabĂ©is que existe. Y acerca del hombre, para ser exactos en la expresiĂłn del concepto, debĂ©is decir: âEl hombre es engendrado, como todos los animales, por uniĂłn de macho y hembra, de varĂłn y mujer. Pero el alma, o sea, lo que diferencia al animal-hombre del animal-bruto, viene de Dios, que la crea cada vez que un hombre es engendrado â o, mejor, es concebido â en un seno, y la inserta en esa carne que, si no, serĂa solamente animalâ».
«¿Y nosotros, que somos paganos, la tenemos? SegĂșn lo que dicen tus connacionales no lo parece...» dice Quintiliano irĂłnico.
«Todo nacido de mujer la tiene».
«Pero TĂș dices que el pecado la mata. ÂżCĂłmo es que entonces en nosotros, pecadores, estĂĄ viva?» pregunta Plautina.
«Vosotros no pecĂĄis en la fe, pues creĂ©is que estĂĄis en la Verdad. Cuando conozcĂĄis la Verdad, si persistĂs en el error, cometerĂ©is pecado. De la misma forma, muchas cosas que para los israelitas son pecado, para vosotros no lo son, porque ninguna ley divina os lo prohĂbe. Existe pecado cuando uno, a sabiendas, se rebela contra el mandato de Dios y dice: âSĂ© que lo que hago estĂĄ mal, pero lo quiero hacer de todas formasâ. Dios es justo. No puede castigar a quien hace el mal creyendo que estĂĄ haciendo el bien; castiga a quien habiendo tenido cĂłmo conocer el Bien y el Mal, elige este Ășltimo y en Ă©l persiste».
«¿Entonces el alma estå en nosotros, viva y presente?».
«SĂ».
«¿Atribulada? ÂżPero estĂĄs seguro de que se acuerda de Dios? No nos acordamos del seno que nos criĂł, no podrĂamos describirlo internamente. El alma, si no he entendido mal, es engendrada espiritualmente por Dios. ÂżPodrĂĄ acordarse de esto Ășltimo, si el cuerpo no recuerda su larga permanencia en el seno materno?».
«El alma no es animal, Plautina; el embriĂłn, sĂ. El alma es, a semejanza de Dios, eterna y espiritual; eterna desde el momento en que es creada; sin embargo, Dios es el perfectĂsimo Eterno, y, por tanto, no tiene principio en el tiempo, como tampoco tendrĂĄ fin. El alma[1], lĂșcida, inteligente, espiritual, obra de Dios, recuerda... y sufre, porque desea a Dios, al verdadero Dios de que procede... y tiene hambre de Dios: por eso aguijonea al cuerpo, torpe en lo que se refiere a tratar de acercarse a Dios».
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«Entonces, Âżtenemos un alma exactamente igual que la de los israelitas que llamĂĄis âjustosâ?».
«No, Plautina. Cambia segĂșn a lo que te refieras; si te refieres al origen y naturaleza, es exactamente igual que la de nuestros santos; si te refieres a la formaciĂłn, entonces te digo que es distinta; si te refieres a la perfecciĂłn que alcanza antes de la muerte, entonces la diversidad puede ser absoluta. No obstante, esto no sucede sĂłlo con vosotros, paganos: un hijo de este pueblo puede tambiĂ©n ser absolutamente distinto de un santo en la vida futura. El alma sufre tres fases. La primera es de creaciĂłn; la segunda, de nueva creaciĂłn; la tercera, de perfecciĂłn. La primera es comĂșn a todos los hombres. La segunda es propia de los justos que con su voluntad llevan a su alma hacia un renacimiento mĂĄs lleno, uniendo sus buenas acciones a la bondad de la obra de Dios; edifican, por tanto, un alma que ya es espiritualmente mĂĄs perfecta que la primera: son, asĂ, eslabĂłn entre la primera y la tercera. Ăsta, la tercera, es propia de los beatos, o santos si lo preferĂs, los cuales han superado en miles de grados a su alma inicial, adecuada sĂłlo al hombre, y han hecho de ella una cosa que puede descansar en Dios».
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«¿Y cuål es el modo de dar espacio, libertad y elevación al alma?».
«Derribando las cosas inĂștiles que tenĂ©is en vuestro yo; liberĂĄndolo de todas las ideas erradas; construyendo, con los fragmentos resultantes de la demoliciĂłn, la elevaciĂłn para el templo soberano. Se ha de conducir al alma cada vez mĂĄs arriba subiendo los tres peldaños. ÂĄOh, a vosotros, romanos, os gustan los sĂmbolos! Ved los tres peldaños a la luz del sĂmbolo. Os pueden decir sus nombres: penitencia, paciencia, constancia; o: humildad, pureza, justicia; o: sabidurĂa, generosidad, misericordia; o, en fin, el trinomio esplĂ©ndido: fe, esperanza, caridad. Fijaos quĂ© simbolizan los muros que, ornamentados y al mismo tiempo resistentes, rodean el ĂĄrea del templo. Es necesario saber circundar al alma, reina del cuerpo, templo del EspĂritu eterno, con una barrera que la defienda, sin quitarle la luz, y no agobiarla con la visiĂłn de cosas inmundas. Sea muralla segura, y cincelada con el deseo del amor para, quitando las esquirlas de lo que es inferior, la carne y la sangre, formar lo superior, el espĂritu. Cincelar con la voluntad: eliminar aristas, desportilladuras, manchas, vetas de debilidad, del mĂĄrmol de nuestro yo, para que sea perfecto en torno al alma. Al mismo tiempo, hacer, de la muralla que habrĂĄ de proteger al templo, misericordioso refugio para los desdichados que no conocen lo que es Caridad. ÂżY los pĂłrticos?: la expansiĂłn del amor, la piedad, el deseo de que otros vayan a Dios; son semejantes a amorosos brazos que se extienden para amparar la cuna de un huĂ©rfano. En el interior del recinto estĂĄn, como ofrenda al Creador, los mĂĄs bellos y olorosos ĂĄrboles. Sembrad en el terreno que antes estaba desnudo, cultivad luego estos ĂĄrboles, que son las virtudes de todo tipo, segundo cĂrculo protector, vivo y florido, en torno al sagrario; y, entre los ĂĄrboles, entre las virtudes, las fuentes (que son tambiĂ©n amor, purificaciĂłn), antes de acercarse al propileo, junto al cual, antes de subir al altar, se debe cumplir el sacrificio de la carnalidad, vaciarse de toda lujuria. Luego, continuar mĂĄs adentro, hasta el altar, para depositar la ofrenda, y seguir, atravesando el vestĂbulo, hasta la celda de Dios. ÂżQuĂ© serĂĄ esta morada?: copiosidad de riquezas espirituales, porque nunca es demasiado como marco para Dios. ÂżHabĂ©is comprendido esto? Me habĂ©is pedido que os explique cĂłmo se construye la Fe. Os he dicho: âSegĂșn el mĂ©todo con que se elevan los templosâ. Como podĂ©is observar, es asĂ.
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¿Alguna otra cosa mås?».
«No, Maestro. Creo que Flavia ha escrito lo que has dicho. Claudia lo quiere saber. ¿Has escrito?».
«Fielmente» dice la mujer mientras pasa las tablas enceradas.
«Las tendremos para poderlo leer otras veces» dice Plautina.
«Es cera. Se borra. Escribidlo en vuestros corazones y no se borrarå».
«Maestro, estĂĄn ocupados por una serie de templos inĂștiles, contra los cuales, sĂ, lanzamos tu Palabra para demolerlos, pero es un trabajo largo» dice Plautina con un suspiro; y termina: «AcuĂ©rdate de nosotros en tu Cielo...».
«Marchaos con la seguridad de que lo harĂ©. Os dejo. Sabed que vuestra visita me ha sido grata. AdiĂłs, Publio Quintiliano. AcuĂ©rdate de JesĂșs de Nazaret».
Las damas se despiden y son las primeras en marcharse; luego, pensativo, se marcha Quintiliano. JesĂșs los mira mientras se van en compañĂa de Maximino, que los acompaña hasta sus carros.