Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 185.5-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

JesĂșs dice luego:

«No te voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos. Voy a ilustrarte los preliminares del pasaje evangélico.

¿Por qué dormía Yo? ¿No sabía, acaso, que la borrasca estaba llegando? Sí, Yo lo sabía, Yo sólo lo sabía. Y entonces, ¿por qué dormía?

Los apóstoles eran hombres, María; animados, sí, de buena voluntad, pero todavía muy “hombres”. El hombre se cree siempre capaz de todo. Y si se da el caso de que realmente sea hábil en algo, se envanece y se llena de apego a su “habilidad”.

Pedro, AndrĂ©s, Santiago y Juan eran buenos pescadores y, por tanto, se creĂ­an insuperables en las maniobras marineras. Yo, para ellos, era un gran “rabí”, pero no valĂ­a nada como marinero. Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos, y, cuando subĂ­an a la barca para atravesar el Mar de Galilea, me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de nada mĂĄs. TambiĂ©n lo hacĂ­an por afecto, porque no querĂ­an darme trabajos fĂ­sicos, si bien el apego a sus capacidades era el elemento mĂĄs importante.

MarĂ­a, Yo sĂłlo me impongo en casos excepcionales. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel dĂ­a, cansado como estaba y habiĂ©ndome solicitado que descansara, o sea, que les dejase actuar a ellos — a ellos que tan duchos eran — me puse a dormir... y a constatar cĂłmo el hombre “es hombre” y quiere actuar por sĂ­ solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. VeĂ­a en esos “sordos espirituales”, “ciegos espirituales”, a todos los sordos y ciegos del espĂ­ritu que durante siglos y siglos acarrearĂ­an su propia ruina por querer “actuar por sĂ­ solos”, teniĂ©ndome a mĂ­, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.

Cuando Pedro gritó: “¡Sálvanos!”, mi amargura descendió como una piedra por su propio peso.

Yo no soy “hombre”, soy el Dios-Hombre. No actĂșo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seĂĄis tan malos que os alegrĂ©is de ello, sĂ­ lo sois siempre en cuanto que os le quedĂĄis mirando desdeñosamente y con indiferencia — y no os conmovĂ©is ante su grito que pide ayuda — con grave ademĂĄn que significa: “¿No me has aceptado cuando te querĂ­a ayudar? Pues ahora arrĂ©glatelas solo”. No, Yo soy JesĂșs, soy Salvador, y salvo, MarĂ­a; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

185.6

Mas vosotros, bienquistos hombres, podrĂ­ais objetar: “¿Y por quĂ© permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?”.

Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabarĂ­ais creyĂ©ndoos autores del Bien — que en realidad es un don mĂ­o — y no os volverĂ­ais a acordar jamĂĄs de mĂ­, jamĂĄs.

TenĂ©is necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenĂ©is un Padre; como el hijo prĂłdigo, que se acordĂł de que lo tenĂ­a cuando sintiĂł hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia — causa de tantos errores — y de vuestra maldad — causa de tantos lutos y dolores —, de vuestras culpas — causa de castigo que vosotros mismos os proporcionĂĄis — y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, “vuestro” evangelio de la hora presente, pobres hijos mĂ­os. Llamadme. JesĂșs duerme sĂłlo porque estĂĄ angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré».

Detalle

MarĂ­a acaba de ver amainar la tormenta.

AnotaciĂłn

Evangelio de Mateo 8, 23-27

Mt 8, 23-27 : Mientras JesĂșs subĂ­a a la barca, sus discĂ­pulos le seguĂ­an. Y he aquĂ­ que el mar se embraveciĂł tanto que la barca quedĂł cubierta por las olas. Pero Ă©l estaba dormido. Los discĂ­pulos se acercaron a Ă©l y le despertaron, diciendo: "ÂĄSeñor, sĂĄlvanos! Estamos perdidos. Pero Ă©l les dijo: "ÂżPor quĂ© tenĂ©is tanto miedo, hombres de poca fe? JesĂșs se levantĂł, reprendiĂł a los vientos y al mar, y se produjo una gran calma. La gente, asombrada, decĂ­a: "ÂżQuiĂ©n es Ă©ste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?

Evangelio de Marcos 4, 37-41

Mc 4, 37-41 : HabĂ­a una violenta tempestad. Las olas chocaban contra la barca, que ya se estaba llenando. Él dormĂ­a sobre el cojĂ­n de popa. Los discĂ­pulos le despertaron y le dijeron: "Maestro, estamos perdidos; Âżno te importa? Despertado, amenazĂł al viento y dijo al mar: "ÂĄSilencio, calla!". El viento se calmĂł y reinĂł una gran calma. JesĂșs les dijo: "ÂżPor quĂ© tenĂ©is tanto miedo? ÂżAĂșn no tenĂ©is fe? Ellos, muy asustados, se decĂ­an unos a otros: "ÂżQuiĂ©n es Ă©ste, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Evangelio de Lucas 8, 23-25

Lc 8, 23-25 : Mientras navegaban, JesĂșs se durmiĂł. Se levantĂł una tempestad en el lago. Estaban sumergidos y en grave peligro. Los discĂ­pulos fueron a verle y le despertaron, diciendo: "ÂĄMaestro, maestro! ÂĄEstamos perdidos! Y Ă©l se despertĂł y reprendiĂł al viento y a las turbulentas olas. Se calmaron y reinĂł la paz. Entonces JesĂșs les dijo: "ÂżDĂłnde estĂĄ vuestra fe? Llenos de miedo, se asombraron y se decĂ­an unos a otros: "ÂżQuiĂ©n es Ă©ste que manda hasta a los vientos y a las olas, y le obedecen?

Palabras clave

ECR 185.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El hombre “es hombre” y quiere actuar por sĂ­ solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. (...) [Quieren] “actuar por sĂ­ solos”, teniĂ©ndome a mĂ­, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.

Palabras clave

ECR 185.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo no soy “hombre”, soy el Dios-Hombre. No actĂșo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seĂĄis tan malos que os alegrĂ©is de ello, sĂ­ lo sois siempre en cuanto que os le quedĂĄis mirando desdeñosamente y con indiferencia — y no os conmovĂ©is ante su grito que pide ayuda — con grave ademĂĄn que significa: “¿No me has aceptado cuando te querĂ­a ayudar? Pues ahora arrĂ©glatelas solo”. No, Yo soy JesĂșs, soy Salvador, y salvo, MarĂ­a; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

Palabras clave

ECR 185.5 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo soy JesĂșs, soy Salvador, y salvo, MarĂ­a; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

Palabras clave

ECR 185.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mas vosotros, bienquistos hombres, podrĂ­ais objetar: “¿Y por quĂ© permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?”.

Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabarĂ­ais creyĂ©ndoos autores del Bien — que en realidad es un don mĂ­o — y no os volverĂ­ais a acordar jamĂĄs de mĂ­, jamĂĄs.

TenĂ©is necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenĂ©is un Padre; como el hijo prĂłdigo, que se acordĂł de que lo tenĂ­a cuando sintiĂł hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia — causa de tantos errores — y de vuestra maldad — causa de tantos lutos y dolores —, de vuestras culpas — causa de castigo que vosotros mismos os proporcionĂĄis — y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, “vuestro” evangelio de la hora presente, pobres hijos mĂ­os. Llamadme. JesĂșs duerme sĂłlo porque estĂĄ angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré».

Detalle

El significado de la desgracia.

Palabras clave

ECR 186

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo: Los dos endemoniados gerasenos.

Fecha de la visiĂłn: Lunes 11 de junio de 1945

Calendario: jueves 16 marzo 28 (5 Nisan 3788)

LocalizaciĂłn (mapa) : Cerca de Gamla (o Gamala) e Ippo (Hipos).

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: JesĂșs cruza el lago y desembarca cerca de Hipos. El grupo apostĂłlico camina por un sendero que sube por una roca. AllĂ­ hay una piara de cerdos. Los discĂ­pulos estĂĄn asqueados y hablan de los alrededores, que conoce SimĂłn el Zelote. Empiezan a hablar de su repugnancia por los cerdos y JesĂșs señala que el pecado es mucho mĂĄs impuro que los animales. Los apĂłstoles preguntan entonces por quĂ© los cerdos han sido declarados impuros, y JesĂșs les responde.

Al final de la explicaciĂłn, llegan dos endemoniados. El episodio es fiel al relato evangĂ©lico: los demonios hablan, piden a JesĂșs que los envĂ­e al ganado que los rodea y la piara se arroja por el precipicio. Sus guardianes se asustan y piden a JesĂșs que se marche. El obedece amablemente y regresa a su barca.

Contenido del capĂ­tulo: 186.1: Instrucciones. 186.2: Cerca de Hipona, a travĂ©s de una piara de cerdos. 186.3: Panorama desde lo alto de una roca. 186.4 : Discurso: Âżpor quĂ© la impureza de los cerdos? 186.5 : El exorcismo de los dos poseĂ­dos. Sus demonios son expulsados en cerdos. 186.6: Los dos milagrosos quedan aturdidos. 186.7: Los habitantes echan a JesĂșs. 186.8: Vuelta a las barcas. Uno de los milagreros se queda para dar testimonio.

EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂ­tulo 47

Palabras clave

ECR 186.2.5-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

JesĂșs, cortado el lago en direcciĂłn noroeste-sudeste, manifiesta a Pedro su vivo interĂ©s porque desembarque en Ippo. Pedro obedece, sin discutir, descendiendo con la barca hasta la embocadura de un riachuelo que ahora, debido a que es primavera, y tambiĂ©n debido al reciente temporal, fluye lleno y fragoroso. Desemboca este curso de agua en el lago, por una hoz escabrosa y llena de escollos, como es toda la costa en este punto. Los mozos aseguran las barcas — hay uno por cada barca — y reciben la orden de esperar hasta la tarde para volver a CafarnaĂșm.

«Y haceos los despistados con quien os pregunte» aconseja Pedro. «A quien os pregunte dĂłnde estĂĄ el Maestro respondedle sin vacilar: “No lo sĂ©â€; a quien quiera saber hacia dĂłnde se dirige, lo mismo. AdemĂĄs es verdad, no lo sabĂ©is».

Se separan. JesĂșs emprende la ascensiĂłn de un escarpado sendero que trepa por el cantil casi a pico. Los apĂłstoles le siguen por la penosa senda hasta la cima del cantil, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

«¥Estos fétidos animales no nos dejan pasar!» exclama Bartolomé.

«No. No nos obstaculizan el paso, hay espacio para todos» responde con serenidad JesĂșs.

Por su parte, los porquerizos, viendo a israelitas, tratan de reunir a los cerdos bajo las encinas para dejar libre el sendero. Los apĂłstoles pasan, haciendo mil muecas de desagrado, entre las porquerĂ­as que van dejando estos animales que hozan bien pingĂŒes, buscando siempre aumento de pinguosidad.

JesĂșs pasa sin hacer tanto teatro, y dice a los encargados de la piara: «Que Dios os pague vuestra amabilidad».

Los porquerizos — gente pobre y sĂłlo poco menos sucia que sus cerdos, aunque, eso sĂ­, infinitamente mĂĄs delgados — le miran perplejos y se ponen a cuchichear entre sĂ­. Uno dice: «A lo mejor no es israelita». A lo cual los otros contestan: «¿No ves las franjas de la tĂșnica?».

El grupo apostĂłlico se une, ahora que pueden continuar el camino juntos por una vereda bastante ancha.

(...) «Pero... ¿este argayo!».

Se separan todos de la ladera del monte porque estĂĄn rodando y rebotando pendiente abajo piedras y tierra, y miran en torno a sĂ­ perplejos.

«¥Allí!, ¥allí!, ¥mirad allí! Dos... completamente desnudos... vienen hacia aquí gesticulando. Locos...».

«O endemoniados» responde JesĂșs a Judas Iscariote, que ha sido el primero en ver a los dos posesos que vienen hacia JesĂșs.

Deben haber salido de alguna caverna del monte. Vienen gritando. Uno de ellos, el que mĂĄs corre, se lanza hacia JesĂșs: parece un pajarraco extraño desplumado, pues mucho corre y mucho bracea (en vez de brazos parece tener alas). Se desploma a los pies de JesĂșs gritando: «¿Has venido aquĂ­, Amo del mundo? ÂżQuĂ© tengo que ver contigo, JesĂșs, Hijo de Dios altĂ­simo? ÂżHa llegado ya la hora de nuestro castigo? ÂżPor quĂ© has venido antes de tiempo a atormentarnos?».

El otro endemoniado, bien porque tenga impedida la capacidad de hablar, bien porque estĂ© poseĂ­do por un demonio que le hace tardo, lo Ășnico que hace es echarse de bruces contra el suelo y llorar bajo, para luego, sentado, quedarse como inerte, sĂłlo jugando con las piedras y con sus pies desnudos.

El demonio sigue hablando por boca del primero, que se retuerce en el suelo en un paroxismo de terror. Parece como si quisiera oponerse y no pudiera hacer otra cosa sino adorar, atraĂ­do y repelido al mismo tiempo por el poder de JesĂșs. Grita: «¥Te conjuro en nombre de Dios, no me atormentes mĂĄs. DĂ©jame marcharme!».

«Sí. Pero fuera de éste. Espíritu impuro, sal de éstos. Di tu nombre».

«Legión es mi nombre, porque somos muchos. Tenemos poseídos a éstos desde hace años, con sus miembros deshacemos lazos y rompemos cadenas, y no hay fuerza humana que los pueda tener sujetos. Siembran el terror por causa nuestra, de ellos nos servimos para que contra ti se blasfeme; en ellos nos vengamos de tu maldición. Rebajamos al hombre a nivel inferior al de las fieras, para escarnecerte; no hay lobo, chacal o hiena, buitre o vampiro, que se pueda equiparar a los que estån poseídos por nosotros. Pero, no nos eches. ¥El infierno es demasiado horrendo!...».

«¥Salid! ÂĄEn nombre de JesĂșs, salid!». JesĂșs habla con voz de trueno, sus ojos centellean.

«Déjanos, al menos, entrar en esa piara que has visto antes».

«Id».

Con un alarido bestial los demonios se separan de los dos desgraciados, y, entre un improviso remolino de viento que hace cimbrearse a las encinas como si fueran tallos herbĂĄceos, caen sobre los numerosĂ­simos cerdos, los cuales, emitiendo chillidos verdaderamente demoniacos, dan en correr por entre las encinas como posesos; se chocan unos con otros, se hieren, se muerden y, llegados al borde del alto cantil, no teniendo ya mĂĄs amparo que el agua del fondo, se arrojan al lago. Mientras los porquerizos, trastornados y desolados, gritan aterrorizados, los animales, a centenares, en una sucesiĂłn de golpes sordos, zambullen su cuerpo en las aguas serenas, y las rompen en multitud de borbollones de espumas; se hunden, vuelven a emerger, mostrando ora los redondeados vientres, ora los morros puntiagudos en cuyos ojos se lee el terror, para acabar ahogĂĄndose.

Los pastores, gritando, se echan a correr hacia la ciudad.

186.6

Los apóstoles, que han ido al lugar del desastre, vuelven y dicen: «¥Ni uno se ha salvado! ¥Les has procurado un triste servicio!».

JesĂșs, sereno, responde: «Es mejor que perezcan dos mil cerdos que no un solo hombre. Dadles un vestido a Ă©stos. No pueden estar así».

El Zelote abre un saco y ofrece uno de sus indumentos; Tomås da el otro. Los dos hombres estån todavía un poco atónitos, como si se acabaran de despertar de un sueño muy molesto lleno de pesadillas.

«Dadles algo de comer. Que vuelvan a vivir como hombres».

Y mientras los dos hombres comen el pan y las aceitunas que les han ofrecido y beben del boto de Pedro, JesĂșs los observa.

Por fin hablan: «¿Quién eres?» dice uno de ellos.

«JesĂșs de Nazaret».

«No te conocemos» dice el otro.

«Vuestra alma me ha conocido. Ahora levantaos y marchad a vuestras casas».

«Creo que hemos sufrido mucho, pero no recuerdo bien. ¿Quién es éste?» dice el hombre que hablaba por el demonio señalando a su compañero.

«No lo sé. Estaba contigo».

«¿Quién eres? ¿Por qué estås aquí?» pregunta a su compañero.

El que era como mudo, que todavía es el mås inactivo, dice: «Me llamo Demetrio. ¿Aquí estå Sidón?».

«Sidón estå en la costa. Aquí estås al otro lado del lago de Galilea».

«¿Y por qué estoy aquí?».

Ninguno le puede dar una respuesta.

186.7

En ese momento estĂĄ llegando un grupo de personas seguidas por los pastores. La gente parece asustada y curiosa, y su estupor aumenta al ver a los dos hombres vestidos y en orden.

«¥Aquél es Marcos de Josías!... ¥Y aquél es el hijo del mercader pagano!...».

«Y aquĂ©l es el que los ha curado. Por Él han muerto nuestros cerdos, porque han enloquecido al entrar en ellos los demonios» dicen los custodios de los animales.

«Señor, reconocemos que eres poderoso, pero ya nos has perjudicado demasiado; nos has hecho un daño de muchos talentos. Te rogamos que te marches, no vaya a ser que por tu poder se derrumbe el monte y se hunda en el lago. Vete...».

«Me voy. Yo no me impongo a nadie». JesĂșs, sin rebatir, regresa por el mismo camino por el que habĂ­a venido.

Le sigue, al final de la fila de los apĂłstoles, el endemoniado que hablaba; detrĂĄs, a distancia, muchos habitantes de la ciudad para asegurarse de que se marcha.

186.8

Salvan en sentido inverso el pronunciado declive del sendero. Regresan a la hoz del torrente, donde estĂĄn las barcas. Los habitantes de la ciudad permanecen todavĂ­a en el borde de la cima del promontorio, mirando. El hombre liberado baja detrĂĄs de JesĂșs.

Los mozos de las barcas estĂĄn aterrados: han visto la lluvia de cerdos en el lago y todavĂ­a contemplan los cuerpos que emergen — cada vez mĂĄs y cada vez mĂĄs hinchados — con las redondeadas panzas al aire y las cortas patitas tiesas, como cuatro estacas clavadas en una voluminosa vejiga sebosa. «Pero, ÂżquĂ© ha pasado?» preguntan.

«Ya os lo contaremos. Ahora soltad y vamos... ¿A dónde, Señor?» dice Pedro.

«Al golfo de Tariquea».

El hombre que los ha seguido, viéndolos subir a las barcas, suplica: «Tómame contigo, Señor».

«No. Ve a tu casa; los tuyos tienen derecho a tenerte. Håblales de las grandes cosas que te ha hecho el Señor y de cómo ha tenido piedad de ti. Esta zona tiene necesidad de creer. Enciende la llama de la fe en señal de agradecimiento al Señor. Ve. Adiós».

«Dame al menos la fuerza de tu bendición, para que el demonio no se vuelva a apoderar de mí».

«No temas. Si tĂș no quieres, no vendrĂĄ. De todas formas, te bendigo. Ve en paz». Las barcas se separan de la orilla en direcciĂłn Este-Oeste. SĂłlo entonces, cuando aquĂ©llas hienden las olas sembradas de vĂ­ctimas porcinas, los habitantes de la ciudad que no ha recibido al Señor se retiran del borde de la cima y se marchan.

AnotaciĂłn

Los empleados amarran las barcas -hay una por barca- y se les dice que esperen hasta la noche para regresar a CafarnaĂșn. Se trata de dos figuras anĂłnimas, que evidentemente realizan maniobras. Sin duda estaban presentes en EMV 185.

Al menos, déjame entrar en esta piara de cerdos: El texto original habla aquí en singular: Lasciami. Esta petición en singular es interpretada ingenuamente por Pedro en EMV 203,3.

Evangelio de Mateo 8, 28-34

Mt 8, 28-34 : Cuando JesĂșs llegaba a la otra orilla del rĂ­o, al paĂ­s de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros a su encuentro; eran tan agresivos que nadie podĂ­a pasar por allĂ­. Y he aquĂ­ que se pusieron a gritar: "ÂżQuĂ© quieres de nosotros, Hijo de Dios? ÂżHas venido a atormentarnos antes de tiempo?". HabĂ­a a lo lejos una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios suplicaron a JesĂșs: "Si vas a expulsarnos, envĂ­anos a la piara de cerdos". Él les dijo: "Id". Salieron y entraron en la piara de cerdos; y he aquĂ­ que toda la piara se precipitĂł por el acantilado al mar, y los cerdos murieron en las olas. Los centinelas huyeron y fueron a la ciudad a contar todo esto, y especialmente lo que habĂ­a sucedido a los endemoniados. Y he aquĂ­ que todo el pueblo saliĂł al encuentro de JesĂșs; y al verle, la gente le rogĂł que se fuera de su tierra.

Evangelio de Marcos 5, 1-20

Mc 5, 1-20 : Llegaron a la otra orilla del mar de Galilea, al paĂ­s de los gerasenos. Cuando JesĂșs bajĂł de la barca, en seguida saliĂł a su encuentro de entre los sepulcros un hombre que tenĂ­a un espĂ­ritu inmundo; vivĂ­a en los sepulcros, y ya nadie podĂ­a atarlo, ni siquiera con una cadena; en efecto, muchas veces lo habĂ­an atado con grilletes y cadenas, pero Ă©l habĂ­a roto las cadenas y los grilletes, y nadie podĂ­a retenerlo. Todo el dĂ­a y toda la noche estaba entre los sepulcros y en los montes, gritando y haciĂ©ndose daño con las piedras. Cuando vio de lejos a JesĂșs, corriĂł hacia Ă©l, se postrĂł ante Ă©l y gritĂł con fuerza: "ÂżQuĂ© quieres de mĂ­, JesĂșs, Hijo del Dios AltĂ­simo? ÂĄTe conjuro por Dios que no me atormentes! JesĂșs le dijo: "ÂĄEspĂ­ritu inmundo, sal de este hombre! Y le preguntĂł: "ÂżCĂłmo te llamas? El hombre le respondiĂł: "Me llamo LegiĂłn, porque somos muchos. Y le rogaron con insistencia que no los expulsara del paĂ­s.

En la ladera habĂ­a una gran piara de cerdos en busca de comida. Entonces los espĂ­ritus inmundos suplicaron a JesĂșs: "EnvĂ­anos a esos cerdos y entraremos en ellos". Él se lo permitiĂł. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Eran unos dos mil y se ahogaban en el mar. Difundieron la noticia en la ciudad y en el campo, y la gente acudiĂł a ver lo que habĂ­a sucedido.

Cuando se acercaron a JesĂșs, vieron al endemoniado sentado, vestido y volviendo en sĂ­, al que habĂ­a tenido la legiĂłn de demonios, y se llenaron de miedo. Los que habĂ­an visto todo aquello les contaron la historia del endemoniado y lo que habĂ­a sucedido con los cerdos. Entonces empezaron a rogar a JesĂșs que abandonara su territorio.

Cuando JesĂșs volviĂł a subir a la barca, el endemoniado le rogĂł que le permitiera estar con Ă©l. Él no consintiĂł, sino que le dijo: "Vete a casa con tu familia y cuĂ©ntales todo lo que el Señor ha hecho por ti en su misericordia". El hombre se fue y comenzĂł a proclamar por la regiĂłn de la DecĂĄpolis lo que JesĂșs habĂ­a hecho por Ă©l, y todos se maravillaban.

Evangelio de Lucas 8, 26-39

Lc 8, 26-39 : Llegaron al paĂ­s de los gerasenos, que estĂĄ enfrente de Galilea. Cuando JesĂșs desembarcĂł, le saliĂł al encuentro un endemoniado de la ciudad. HacĂ­a mucho tiempo que no se vestĂ­a y no vivĂ­a en una casa, sino en los sepulcros. Cuando vio a JesĂșs, gritĂł, cayĂł a sus pies y le dijo a gran voz: "ÂżQuĂ© quieres de mĂ­, JesĂșs, Hijo del Dios AltĂ­simo? Por favor, no me atormentes". De hecho, JesĂșs estaba ordenando al espĂ­ritu inmundo que saliera de aquel hombre, pues el espĂ­ritu se habĂ­a apoderado de Ă©l muchas veces. Lo tenĂ­an atado con cadenas y grilletes en los pies, pero Ă©l rompiĂł las cadenas y el demonio lo arrastrĂł a lugares desiertos. JesĂșs le preguntĂł: "ÂżCĂłmo te llamas? El respondiĂł: "LegiĂłn". HabĂ­an entrado en Ă©l muchos demonios. Y estos demonios rogaron a JesĂșs que no les ordenara ir al abismo. En la colina habĂ­a una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios le rogaron a JesĂșs que les permitiera entrar en los cerdos, y asĂ­ lo hizo. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Desde lo alto del acantilado, la piara se precipitĂł al lago y se ahogĂł. Cuando los pastores vieron lo que habĂ­a pasado, huyeron; difundieron la noticia en el pueblo y en el campo, y la gente saliĂł a ver quĂ© habĂ­a pasado.

Cuando llegaron a JesĂșs, encontraron al hombre que los demonios habĂ­an abandonado; estaba sentado a los pies de JesĂșs, vestido y volviendo en sĂ­. Y estaban aterrorizados. Los que lo habĂ­an visto les contaron cĂłmo se habĂ­a salvado. Entonces toda la gente del territorio de los gerasenos le pidiĂł a JesĂșs que se fuera, porque tenĂ­an mucho miedo. JesĂșs volviĂł a subir a la barca y regresĂł.

El hombre que habĂ­an dejado los demonios le preguntĂł si podĂ­a estar con Ă©l. Pero JesĂșs lo despidiĂł diciĂ©ndole: "Vuelve a tu casa y cuenta a todos lo que Dios ha hecho por ti. El hombre saliĂł y proclamĂł por toda la ciudad lo que JesĂșs habĂ­a hecho por Ă©l.

Palabras clave

ECR 186.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El hombre debe recordar su dignidad, "incluso en una acciĂłn tan comĂșn como es comer."

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