Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 20.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No puede imaginarse quĂ© paz me da el tenerla cerca. Creo que morir viĂ©ndola tiene que ser tan dulce como la mĂĄs dulce hora de vida; mĂĄs dulce aĂșn.

Detalle

MarĂ­a Valtorta habla de MarĂ­a y dice:

Palabras clave

ECR 20.6-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.6 Dice MarĂ­a:

«Voy a hablar poco porque estĂĄs muy cansada, pobre hija mĂ­a. SĂłlo quiero que pongas — como tambiĂ©n quien lee — tu atenciĂłn en la costumbre constante de JosĂ© y mĂ­a de reservar siempre el primer puesto a la oraciĂłn. Ni el cansancio ni la prisa ni los pesares ni las ocupaciones impedĂ­an la oraciĂłn; antes al contrario, la favorecĂ­an. Era siempre la reina de nuestras ocupaciones. Nuestro refrigerio, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las felices canto; pero siempre, la amiga constante de nuestra alma: era la que nos desligaba de la tierra, del destierro, y nos mantenĂ­a en suspensiĂłn hacia el Cielo, la Patria.

No sĂłlo yo — que ya tenĂ­a dentro de mĂ­ a Dios y me bastaba con mirarme dentro para adorar al Santo de los santos — me sentĂ­a unida a Dios cuando oraba, sino que tambiĂ©n lo sentĂ­a JosĂ©, porque nuestra oraciĂłn era adoraciĂłn verdadera de todo el ser, que se fundĂ­a con Dios adorĂĄndole y recibiendo a su vez su abrazo.

Fijaos que ni siquiera yo, que ya tenĂ­a en mĂ­ al Eterno, me sentĂ­ exenta de prestar veneraciĂłn al Templo. La mĂĄs alta santidad no exime de sentirse una nada respecto a Dios y de humillar esta nada, puesto que Él nos lo permite, en un continuo grito de jĂșbilo a su gloria.

20.7 ÂżSois dĂ©biles, pobres, imperfectos? Invocad la santidad del Señor: “¡Santo, Santo, Santo!”. Invocad al Santo bendito para que socorra vuestra miseria. VendrĂĄ, transfundiĂ©ndoos su santidad. ÂżSois santos, ricos de mĂ©ritos ante sus ojos? Invocad igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentarĂĄ cada vez mĂĄs la vuestra. Los ĂĄngeles, seres que estĂĄn por encima de las debilidades de la humanidad, no cesan un instante de cantar su “Sanctus”, y su belleza sobrenatural crece con cada acto de invocaciĂłn de la santidad de nuestro Dios. Imitad, pues, a los ĂĄngeles.

No os despojéis nunca del amparo de la oración. Contra ella se despuntan las armas de Satanås, las malicias del mundo, los apetitos de la carne, las soberbias de la mente. No bajéis jamås esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias y bendiciones.

La tierra tiene necesidad de un lavacro de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios. Y, dado que pocos oran, esos pocos deben orar como si fueran muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma necesaria para conseguir gracia; y las oraciones viven cuando estĂĄn sazonadas con verdadero amor y sacrificio.

20.8 Que tĂș, hija, sufras, ademĂĄs de por tu sufrimiento, por el mĂ­o y el de mi JesĂșs, es bueno, es meritorio y grato a Dios. Tengo en gran estima tu amor compasivo. ÂżQuerĂ­as besarme? Besa las llagas de mi Hijo. Úngelas con el bĂĄlsamo de tu amor. Yo sentĂ­ espiritualmente el agudo dolor de los azotes y de las espinas y la tortura de los clavos y de la cruz. Mas, de la misma forma, siento espiritualmente todas las caricias hechas a mi JesĂșs, y son otros tantos besos que yo recibo. Bueno, ven de todas formas; verdad es que soy la Reina del Cielo, pero sigo siendo la Madre...».

Y yo me siento beata.

Palabras clave

ECR 20.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.6 Dice MarĂ­a:

«Voy a hablar poco porque estĂĄs muy cansada, pobre hija mĂ­a. SĂłlo quiero que pongas — como tambiĂ©n quien lee — tu atenciĂłn en la costumbre constante de JosĂ© y mĂ­a de reservar siempre el primer puesto a la oraciĂłn. Ni el cansancio ni la prisa ni los pesares ni las ocupaciones impedĂ­an la oraciĂłn; antes al contrario, la favorecĂ­an. Era siempre la reina de nuestras ocupaciones. Nuestro refrigerio, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las felices canto; pero siempre, la amiga constante de nuestra alma: era la que nos desligaba de la tierra, del destierro, y nos mantenĂ­a en suspensiĂłn hacia el Cielo, la Patria.

No sĂłlo yo — que ya tenĂ­a dentro de mĂ­ a Dios y me bastaba con mirarme dentro para adorar al Santo de los santos — me sentĂ­a unida a Dios cuando oraba, sino que tambiĂ©n lo sentĂ­a JosĂ©, porque nuestra oraciĂłn era adoraciĂłn verdadera de todo el ser, que se fundĂ­a con Dios adorĂĄndole y recibiendo a su vez su abrazo.

Fijaos que ni siquiera yo, que ya tenĂ­a en mĂ­ al Eterno, me sentĂ­ exenta de prestar veneraciĂłn al Templo. La mĂĄs alta santidad no exime de sentirse una nada respecto a Dios y de humillar esta nada, puesto que Él nos lo permite, en un continuo grito de jĂșbilo a su gloria.

20.7 ÂżSois dĂ©biles, pobres, imperfectos? Invocad la santidad del Señor: “¡Santo, Santo, Santo!”. Invocad al Santo bendito para que socorra vuestra miseria. VendrĂĄ, transfundiĂ©ndoos su santidad. ÂżSois santos, ricos de mĂ©ritos ante sus ojos? Invocad igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentarĂĄ cada vez mĂĄs la vuestra. Los ĂĄngeles, seres que estĂĄn por encima de las debilidades de la humanidad, no cesan un instante de cantar su “Sanctus”, y su belleza sobrenatural crece con cada acto de invocaciĂłn de la santidad de nuestro Dios. Imitad, pues, a los ĂĄngeles.

No os despojéis nunca del amparo de la oración. Contra ella se despuntan las armas de Satanås, las malicias del mundo, los apetitos de la carne, las soberbias de la mente. No bajéis jamås esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias y bendiciones.

La tierra tiene necesidad de un lavacro de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios. Y, dado que pocos oran, esos pocos deben orar como si fueran muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma necesaria para conseguir gracia; y las oraciones viven cuando estĂĄn sazonadas con verdadero amor y sacrificio.

Palabras clave

ECR 20.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.7 ÂżSois dĂ©biles, pobres, imperfectos? Invocad la santidad del Señor: “¡Santo, Santo, Santo!”. Invocad al Santo bendito para que socorra vuestra miseria. VendrĂĄ, transfundiĂ©ndoos su santidad. ÂżSois santos, ricos de mĂ©ritos ante sus ojos? Invocad igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentarĂĄ cada vez mĂĄs la vuestra. Los ĂĄngeles, seres que estĂĄn por encima de las debilidades de la humanidad, no cesan un instante de cantar su “Sanctus”, y su belleza sobrenatural crece con cada acto de invocaciĂłn de la santidad de nuestro Dios. Imitad, pues, a los ĂĄngeles.

Palabras clave

ECR 20.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La tierra tiene necesidad de un lavacro de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios. Y, dado que pocos oran, esos pocos deben orar como si fueran muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma necesaria para conseguir gracia; y las oraciones viven cuando estĂĄn sazonadas con verdadero amor y sacrificio.

Palabras clave

ECR 20.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.8 Que tĂș, hija, sufras, ademĂĄs de por tu sufrimiento, por el mĂ­o y el de mi JesĂșs, es bueno, es meritorio y grato a Dios. Tengo en gran estima tu amor compasivo. ÂżQuerĂ­as besarme? Besa las llagas de mi Hijo. Úngelas con el bĂĄlsamo de tu amor. Yo sentĂ­ espiritualmente el agudo dolor de los azotes y de las espinas y la tortura de los clavos y de la cruz. Mas, de la misma forma, siento espiritualmente todas las caricias hechas a mi JesĂșs, y son otros tantos besos que yo recibo. Bueno, ven de todas formas; verdad es que soy la Reina del Cielo, pero sigo siendo la Madre...».

Y yo me siento beata.

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ECR 21

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo : Visita a Isabel

Fecha de la visiĂłn: SĂĄbado 1 de abril de 1944

Calendario: Domingo 24 de marzo d.C. -5

LocalizaciĂłn (mapa) : HebrĂłn

Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs

Resumen: María llega a Hebrón. María describe el lugar, luego describe mås concretamente la llegada de la Virgen. Se detiene ante una casa bastante lujosa, donde no falta de nada, y la Inmaculada Concepción intenta hacer notar su presencia. Una ancianita curiosa le presenta una campanilla y la bombardea a preguntas. Afortunadamente, llegó un criado -probablemente un jardinero- y salvó a la Madre de las habladurías. María entró råpidamente después de dar las gracias a la ancianita. El criado la lleva dentro y le cuenta lo que ha sucedido en la casa: habla del parto de Isabel, pero también del silencio de Zacarías, que ya no puede hablar. Intenta llamar a su mujer, Sara, que es otra criada, pero en su lugar llega Isabel. Ella ve a María, María ve a Isabel, y ambas corren la una hacia la otra. Se estrechan en un cålido abrazo, y es entonces cuando el Espíritu Santo envuelve a Isabel. El Precursor es santificado, y Juan el Bautista se vuelve sin mancha. Isabel y María pronuncian las palabras del Evangelio, y entonces llega Zacarías, pero no es consciente del estado espiritual de María. En cambio, pregunta por la Virgen y José, e Isabel se limita a decirle que es madre. Pero ninguno de los dos dijo nada mås.

A continuaciĂłn, MarĂ­a escribe sobre cĂłmo recibiĂł la visiĂłn y declara que vio a MarĂ­a en la sepultura de Cristo.

Contenido del capĂ­tulo: 21.1: A travĂ©s de las montañas de Judea. 21.2: La rica finca de ZacarĂ­as en HebrĂłn. 21.3: La extraña campana y la apertura de la puerta. 21.4: El viejo Samuel da noticias de ZacarĂ­as e Isabel. 21.5: El abrazo de Isabel y MarĂ­a, la iluminaciĂłn interior, el Magnificat. 21.6: La llegada de ZacarĂ­as. 21.7: Visiones segĂșn sus necesidades espirituales.

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ECR 21.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

21.2 María sube en su burrito por una vía que estå en bastante buen estado, y que debe ser de primer orden. Sube, porque, efectivamente, el pueblo, de aspecto bastante ordenado, estå mås arriba. Mi interno consejero me dice: «Este lugar es Hebrón». Usted me hablaba de Montana. Yo no sé qué hacer. A mí se me indica con este nombre. No sé si serå «Hebrón» toda la zona o sólo el pueblo. Yo oigo esto, y esto es lo que digo.

MarĂ­a estĂĄ entrando en el pueblo. Atardece. Algunas mujeres, en las puertas de las casas, observan la llegada de la forastera y chismean entre sĂ­. La siguen con la mirada y no se quedan tranquilas hasta que la ven detenerse delante de una de las casas mĂĄs lindas, situada en el centro del pueblo y que tiene delante un huerto-jardĂ­n, y detrĂĄs y alrededor un huerto de ĂĄrboles frutales bien cuidado, que se extiende luego dando lugar a un vasto prado que sube y baja por las sinuosidades del monte, para terminar en un bosque de altos ĂĄrboles, tras el cual no sĂ© quĂ© mĂĄs hay. Todo ello cercado por un seto de morales o rosales silvestres. No lo distingo bien porque — no sĂ© si usted lo tiene presente — tanto la flor como el ramaje de estas matas espinosas son muy semejantes, y mientras no aparece el fruto en las ramas es fĂĄcil confundirse. En la parte delantera de la casa, es decir, por el lado paralelo al pueblo, la propiedad estĂĄ cercada por un pequeño muro blanco, a lo largo de cuya parte alta hay ramas de verdaderos rosales, todavĂ­a sin flores, aunque ya llenas de capullos. En el centro, una cancilla de hierro, cerrada. Se comprende que se trata de la casa de una de las personalidades del pueblo, y de gente que vive desahogadamente, pues, efectivamente, todo en ella da signos, si no de riqueza y de pompa, sĂ­, sin duda, de bienestar. Y mucho orden.

21.3 María se baja del burrito y se acerca a la puerta de hierro. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Entonces trata de que la oigan. Una mujercita (la mås curiosa de todas, que la ha seguido) le hace señales para que se fije en un extraño objeto que sirve para llamar: dos piezas de metal dispuestas en equilibrio en una especie de yugo, las cuales, moviendo el yugo con una gruesa cuerda, chocan entre sí haciendo el sonido de una campana o de un gong.

María tira de la cuerda, pero lo hace de forma tan delicada que el sonido es sólo un ligero tintineo que nadie oye. Entonces la mujercita, una viejecilla toda ella nariz y barbilla puntiaguda, y con una lengua que vale por diez juntas, se agarra a la cuerda y se pone a tirar, a tirar, a tirar. Una llamada que despertaría a un muerto. «Se hace así, mujer. Si no, ¿cómo va a querer que la oigan? Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora, ademås de sordo, estå mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe? ¿Ha venido alguna otra vez? ¿Conoce a Zacarías? ¿Es usted...?».

Aparece un viejecillo renco que salva a María de este diluvio de informaciones y preguntas. Debe ser jardinero o labrador. Lleva en la mano un pequeño rastrillo y una hoz atada a la cintura. Abre. María entra mientras le da las gracias a la mujer, pero... ¥ay!, la deja sin respuesta. ¥Qué desilusión para la curiosa!

Nada mås entrar, dice: «Soy María de Joaquín y Ana, de Nazaret. Prima de vuestros señores».

21.4 El viejecillo inclina la cabeza y saluda, luego da una voz: «¥Sara! ¥Sara!». Y abre otra vez la verja para coger el borriquillo, que se había quedado afuera porque María, para librarse de la pegajosa mujercita, se había colado dentro muy råpida, y el jardinero, tan råpidamente como Ella, había cerrado la verja delante de las narices de la chismosa.

Detalle

Cuando MarĂ­a llegĂł a HebrĂłn para la visita, una anciana saliĂł a su encuentro. Era muy habladora y curiosa, y MarĂ­a la describiĂł como una cotilla...

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ECR 21.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¥Ah..., gran dicha y gran desgracia para esta casa! El Cielo ha concedido un hijo a la estĂ©ril. ÂĄBendito sea por ello el AltĂ­simo! Pero ZacarĂ­as volviĂł de JerusalĂ©n mudo hace ya siete meses. Se hace entender con gestos, o escribiendo. ÂżHa tenido noticia de ello? Mi señora, en medio de esta alegrĂ­a y este dolor, la ha echado mucho de menos. Siempre hablaba de usted con Sara. DecĂ­a: “¡Si estuviese aquĂ­ conmigo mi pequeña MarĂ­a...! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, habrĂ­a enviado a ZacarĂ­as a traerla. Pero el Señor ha querido que fuese la esposa de JosĂ© de Nazaret. SĂłlo Ella podrĂ­a consolarme en este dolor y ayudarme a rezar a Dios, porque todo en Ella es bondad. En el Templo todos la echan de menos y estĂĄn tristes. La pasada fiesta, cuando fui con ZacarĂ­as la Ășltima vez a JerusalĂ©n a dar gracias a Dios por haberme dado un hijo, oĂ­ de sus maestras estas palabras: ‘Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria desde que la voz de MarĂ­a no suena ya entre estas paredes’ ”. ÂĄSara! ÂĄSara! Mi mujer es un poco sorda. Ven, ven, que te llevo yo».

Detalle

Un criado de la casa de Isabel se dirigiĂł a MarĂ­a y le dijo:

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