ECR 80.5
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
«TĂș nos dignificas queriĂ©ndonos contigo en esta redenciĂłn».
Notas del tema
ECR 80.5
«TĂș nos dignificas queriĂ©ndonos contigo en esta redenciĂłn».
ECR 80.5
Yo necesito arrancar dos almas a SatanĂĄs. SĂłlo la penitencia lo puede. Os pido ayuda. SupondrĂĄ una formaciĂłn tambiĂ©n para vosotros. AprenderĂ©is cĂłmo se arrebatan las presas a SatanĂĄs: no tanto con las palabras cuanto con el sacrificio... ÂĄLas palabras!... El estrĂ©pito satĂĄnico impide oĂrlas... Toda alma en manos del Enemigo se encuentra envuelta en torbellinos de voces infernales...
ECR 80.6
«SĂ, nuestra permanencia aquĂ ha terminado. Ăsta. La mĂa durĂł cuarenta dĂas... Y os digo mĂĄs: era todavĂa invierno en estas pendientes... y no tenĂa comida. Un poco mĂĄs difĂcil que esta vez, Âżno es verdad? SĂ© que habĂ©is sufrido tambiĂ©n en este tiempo. Lo poco que tenĂamos y que os daba no era nada, especialmente para el hambre de los jĂłvenes; era suficiente sĂłlo para impedir que languidecierais. El agua, todavĂa mĂĄs escasa. El calor es tĂłrrido durante el dĂa; dirĂ©is que no hacĂa este calor en invierno; pero sĂ habĂa un viento seco que bajaba quemando los pulmones desde aquella cima, y subĂa desde aquella bajura cargado de polvo desĂ©rtico, y secaba mĂĄs aĂșn que este calor estivo que se puede aliviar sorbiendo el jugo de estos frutos agraces ya casi maduros. En cambio, entonces, el monte sĂłlo proporcionaba viento y yerbas quemadas por el hielo en torno a las esquelĂ©ticas acacias. No os he dado todo porque he reservado para el regreso los Ășltimos panes y el Ășltimo queso con el Ășltimo odre... Yo sĂ© lo que fue el regreso, estando exhausto, en la soledad del desierto... Recojamos nuestras cosas y pongĂĄmonos en camino. La noche es aĂșn mĂĄs clara que la que nos condujo aquĂ. No hay luna, pero el cielo llueve luz. Vamos. Recordad este lugar, sabed recordar cĂłmo se preparĂł Cristo y cĂłmo se preparan los apĂłstoles, cuĂĄl es el modo que enseño de prepararse los apĂłstoles».
JesĂșs permaneciĂł unos dĂas con Juan, Judas y SimĂłn el Zelote en el desierto, donde fue tentado por el diablo. Esto confirma que su estancia, tras el bautismo, durĂł 40 dĂas.
ECR 80.8-11
« (...) OĂd. Una vez hubo uno, un hombre, que me preguntĂł si habĂa sido tentado alguna vez; que me preguntĂł si no habĂa pecado nunca; que me preguntĂł si, en la tentaciĂłn, no habĂa cedido nunca; y que se maravillĂł porque Yo, el MesĂas, habĂa solicitado, para resistir, la ayuda del Padre diciendo: âPadre, no me dejes caer en la tentaciĂłnâ».
JesĂșs habla despacio, con calma, como si estuviera narrando un hecho desconocido para todos... Judas baja la cabeza como cohibido, pero los otros estĂĄn tan centrados en mirar a JesĂșs que eso les pasa desapercibido.
JesĂșs continĂșa: «Ahora vosotros, mis amigos, podrĂ©is saber lo que sĂłlo atisbĂł aquel hombre. DespuĂ©s del bautismo â estaba limpio, pero no se estĂĄ nunca suficientemente limpio respecto al AltĂsimo, y la humildad de decir âsoy hombre y pecadorâ es ya bautismo que hace limpio al corazĂłn â vine aquĂ. Me habĂa llamado âel Cordero de Diosâ aquel que â santo y profeta â veĂa la Verdad y veĂa bajar al EspĂritu sobre el Verbo y ungirle con su crisma de amor, mientras la voz del Padre llenaba los cielos de su sonido diciendo: âHe aquĂ a mi Hijo muy amado en quien me he complacidoâ. TĂș, Juan, estabas presente cuando el Bautista repitiĂł las palabras... DespuĂ©s del bautismo, a pesar de estar limpio por naturaleza y limpio por figura, quise âprepararmeâ. SĂ, Judas; mĂrame, que mi ojo te diga lo que aĂșn calla la boca. MĂrame, Judas. Mira a tu Maestro, que no se sintiĂł superior al hombre por ser el MesĂas y que, antes bien, sabiendo que era el Hombre, quiso serlo en todo, excepto en condescender al mal. Eso es. AsĂ».
Ahora Judas ha levantado la cara y mira a JesĂșs, que estĂĄ frente a Ă©l. La luz de las estrellas hace brillar los ojos de JesĂșs como si fueran dos estrellas fijas en un pĂĄlido rostro.
80.9 «Para prepararse a ser maestro, hay que haber sido escolar. Yo, como Dios, sabĂa todo, con mi inteligencia, incluso, Yo podĂa comprender las luchas del hombre, por poder intelectivo e intelectualmente. Pero un dĂa algĂșn pobre amigo mĂo, algĂșn pobre hijo mĂo, habrĂa podido decir y decirme: âTĂș no sabes quĂ© es ser hombre y tener sentido y pasionesâ. HabrĂa sido un reproche justo. Vine aquĂ, o mejor, allĂ, a aquel monte, para prepararme... no sĂłlo a la misiĂłn... sino tambiĂ©n a la tentaciĂłn. ÂżVeis? AquĂ, donde vosotros estĂĄis, Yo fui tentado. ÂżPor quiĂ©n? ÂżPor un mortal? No. Demasiado dĂ©bil habrĂa sido su poder. Fui tentado por SatanĂĄs directamente.
Estaba agotado. HacĂa cuarenta dĂas que no comĂa... Pero, mientras habĂa estado sumergido en la oraciĂłn, todo se habĂa anulado en la alegrĂa que significa el hablar con Dios; mĂĄs que anulado, se habĂa hecho soportable. Lo sentĂa como una molestia de la materia, circunscrito a la sola materia... Luego volvĂ al mundo... a los caminos del mundo... y sentĂ las necesidades de quien estĂĄ en el mundo: tuve hambre, tuve sed, sentĂ el frĂo punzante de la noche desĂ©rtica, sentĂ el cuerpo agotado por la falta de descanso y de lecho y por el largo camino recorrido en condiciones de debilidad tal, que me impedĂan continuar...
Porque Yo tambiĂ©n tengo una carne, amigos, una verdadera carne, sujeta a las mismas debilidades que tiene toda carne, y con la carne tengo un corazĂłn. SĂ. Del hombre he tomado la primera y la segunda de las tres partes que le constituyen. He tomado la materia con sus exigencias y lo moral con sus pasiones. Y, si por voluntad propia he doblegado en el momento de su nacimiento todas las pasiones no buenas, he dejado que crecieran poderosas como cedros seculares las santas pasiones del amor filial, del amor patrio, de las amistades, del trabajo, de todo lo que es Ăłptimo y santo. AquĂ sentĂ nostalgia de mi Madre lejana, aquĂ sentĂ necesidad de que Ella prodigara sus cuidados a mi fragilidad humana, aquĂ sentĂ renovarse el dolor de haberme separado de la Ănica que me amaba perfectamente, aquĂ presentĂ el dolor que me estĂĄ reservado y el dolor de su dolor; pobre MamĂĄ, se le agotarĂĄn las lĂĄgrimas de tantas como deberĂĄ esparcir por su Hijo y por obra de los hombres. AquĂ sentĂ el cansancio del hĂ©roe y del asceta que en una hora de premoniciĂłn se hace conocedor de la inutilidad de su esfuerzo... LlorĂ©... La tristeza... reclamo mĂĄgico para SatanĂĄs. No es pecado estar tristes si la hora es penosa, es pecado ceder mĂĄs allĂĄ de la tristeza y caer en inercia o desesperaciĂłn. Y SatanĂĄs en seguida acude cuando ve a uno caĂdo en languidez de espĂritu.
Vino. Bajo apariencia de benigno viandante. Toma siempre formas benignas... Yo tenĂa hambre... y tenĂa mis treinta años en la sangre. Me ofreciĂł su ayuda. En primer lugar me dijo: âDi a estas piedras que se conviertan en panâ. Pero antes... sĂ... antes me habĂa hablado de la mujer... ÂĄOh, Ă©l sabe hablar de ella, la conoce a fondo! La corrompiĂł primero, para hacerla su aliada de corrupciĂłn. No soy sĂłlo el Hijo de Dios, soy JesĂșs, el obrero de Nazaret. A aquel hombre que me hablaba, preguntĂĄndome si conocĂa tentaciĂłn, y casi me acusaba de ser injustamente beato por no haber pecado, le dije: âEl acto se aplaca en la satisfacciĂłn. La tentaciĂłn rechazada no cae, sino que se hace mĂĄs fuerte, y a ello concurre SatanĂĄs azuzĂĄndolaâ. RechacĂ© la tentaciĂłn tanto del hambre de la mujer como del hambre del pan. Y debĂ©is saber que SatanĂĄs me presentaba la primera â y no estaba equivocado, humanamente hablando â como la mejor aliada para afirmarse en el mundo.
La TentaciĂłn â no vencida por mi respuesta: âno sĂłlo de sentido vive el hombreâ â me hablĂł entonces de mi misiĂłn. QuerĂa seducir al MesĂas despuĂ©s de haber tentado al Joven, y me incitĂł a aniquilar a los indignos ministros del Templo con un milagro... No se rebaja el milagro, llama del cielo, a hacer de Ă©l un cĂrculo de mimbre con que coronarse... No se tienta a Dios pidiendo milagros para fines humanos. Esto querĂa SatanĂĄs. El motivo presentado era el pretexto, la verdad era: âGlorĂate de ser el MesĂasâ; para llevarme a la otra concupiscencia, la del orgullo.
No vencido por mi âno tentarĂĄs al Señor tu Diosâ, me insidiĂł con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro. ÂĄOh, el oro! Gran cosa el pan y mayor aĂșn la mujer, para quien anhela el alimento o el placer; grandĂsima cosa es para el hombre la aclamaciĂłn de las multitudes... Por estas tres cosas, ÂĄcuĂĄntos delitos se cometen! ÂĄAh!, pero el oro... el oro... llave que abre, cĂrculo que suelda, es el alfa y el omega de noventa y nueve de cada cien de las acciones humanas. Por el pan y la mujer, el hombre se hace ladrĂłn; por el poder, homicida incluso; pero por el oro se hace idĂłlatra. SatanĂĄs, el rey del oro, me ofreciĂł su oro a condiciĂłn de que le adorase... Le traspasĂ© con las palabras eternas: âAdorarĂĄs sĂłlo al Señor tu Diosâ.
AquĂ, aquĂ sucediĂł esto».
80.10 JesĂșs se ha puesto en pie. En el marco de la naturaleza llana que le circunda y de la luz ligeramente fosforescente que llueve de las estrellas, parece mĂĄs alto que de costumbre. TambiĂ©n los discĂpulos se levantan. JesĂșs sigue hablando, mirando fija e intensamente a Judas.
«Entonces vinieron los ĂĄngeles del Señor... El Hombre habĂa vencido la triple batalla. El hombre sabĂa quĂ© querĂa decir ser hombre, y habĂa vencido; estaba exhausto, la lucha habĂa sido mĂĄs agotadora que el largo ayuno... Mas el espĂritu descollaba en gran medida... Yo creo que ante este completarme como criatura dotada de cogniciĂłn se estremecieron los Cielos. Yo creo que desde ese momento vino a mĂ el poder de milagros. HabĂa sido Dios. Yo me habĂa hecho el Hombre. Ahora, venciendo al animal que estaba unido a la naturaleza del hombre, he aquĂ que Yo era el Hombre-Dios, lo soy. Como Dios todo lo puedo, como Hombre todo lo conozco. Haced tambiĂ©n vosotros como Yo si querĂ©is hacer lo que Yo hago, y hacedlo en memoria mĂa.
Aquel hombre se maravillaba de que hubiera solicitado la ayuda del Padre, y de que le hubiera rogado que no me dejara caer en tentaciĂłn, es decir, que no me dejara a merced de la TentaciĂłn mĂĄs allĂĄ de mis fuerzas. Creo que aquel hombre, ahora que sabe, ya no se asombrarĂĄ. Actuad tambiĂ©n vosotros asĂ, en memoria mĂa y para vencer como Yo, y no dudĂ©is nunca viĂ©ndome fuerte en todas las tentaciones de la vida, victorioso en las batallas de los cinco sentidos, del sentido y del sentimiento, sobre mi naturaleza de verdadero Hombre (la que tengo ademĂĄs de mi naturaleza de Dios). Recordad todo esto.
80.11 Os habĂa prometido llevaros a donde hubierais podido conocer al Maestro... desde el alba de su dĂa (un alba pura como esta que estĂĄ naciendo) hasta el mediodĂa de su vida, aquĂ©l del cual me alejĂ© para ir hacia mi humana tarde... Le dije a uno de vosotros: âYo tambiĂ©n me he preparadoâ; ahora veis que era verdad.
Os doy las gracias por haberme hecho compañĂa en este retorno al lugar natal y al lugar penitencial. Los primeros contactos con el mundo me habĂan nauseado y desilusionado; es demasiado feo. Ahora mi alma estĂĄ nutrida de la mĂ©dula del leĂłn: de la fusiĂłn con el Padre en la oraciĂłn y en la soledad. Puedo volver al mundo para coger de nuevo mi cruz, mi primera cruz de Redentor, la del contacto con el mundo, con el mundo en el que demasiado pocas son las almas cuyo nombre es MarĂa, cuyo nombre es Juan...
Resumen: Lección sobre la tentación de Cristo. En ella se aborda el tema de Satanås, la tentación del Señor, el hecho de que es el Hombre-Dios y, por lo tanto, el Hijo del Hombre...
Mateo 3, 13-17 y 4, 1-11: Entonces apareciĂł JesĂșs. HabĂa venido desde Galilea hasta el JordĂĄn, junto a Juan, para que Ă©l lo bautizara. Juan querĂa impedĂrselo y le decĂa: «¥Soy yo quien necesita que tĂș me bautices, y eres tĂș quien viene a mĂ!». Pero JesĂșs le respondiĂł: «DĂ©jalo asĂ por ahora, porque conviene que cumplamos asĂ toda justicia». Entonces Juan lo dejĂł hacer. En cuanto JesĂșs fue bautizado, saliĂł del agua, y he aquĂ que se abrieron los cielos: vio al EspĂritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre Ă©l. Y desde los cielos se oyĂł una voz que decĂa: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias».
Entonces JesĂșs fue llevado por el EspĂritu al desierto para ser tentado por el diablo. Tras ayunar cuarenta dĂas y cuarenta noches, tuvo hambre.
El tentador se le acercĂł y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes». Pero JesĂșs respondiĂł: «EstĂĄ escrito: El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».
Entonces el diablo lo llevĂł a la Ciudad Santa, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tĂrate abajo; porque estĂĄ escrito: Ăl darĂĄ Ăłrdenes a sus ĂĄngeles a tu favor, y: Te sostendrĂĄn en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». JesĂșs le respondiĂł: «TambiĂ©n estĂĄ escrito: No pondrĂĄs a prueba al Señor tu Dios».
El diablo lo llevĂł de nuevo a una montaña muy alta y le mostrĂł todos los reinos del mundo y su gloria. Le dijo: «Todo esto te lo darĂ© si, postrĂĄndote a mis pies, me rindes culto». Entonces JesĂșs le dijo: «¥ApĂĄrtate, SatanĂĄs! Porque estĂĄ escrito: âAl Señor tu Dios adorarĂĄs, y a Ă©l solo le rendirĂĄs cultoâ».
Entonces el diablo lo abandonĂł. Y he aquĂ que se acercaron unos ĂĄngeles y le servĂan.
Marcos 1, 9-13
En aquellos dĂas, JesĂșs vino de Nazaret, ciudad de Galilea, y fue bautizado por Juan en el JordĂĄn. Y, al salir del agua, vio que los cielos se abrĂan y que el EspĂritu descendĂa sobre Ă©l como una paloma. Se oyĂł una voz que venĂa de los cielos: «TĂș eres mi Hijo amado; en ti tengo mis delicias». » Inmediatamente, el EspĂritu llevĂł a JesĂșs al desierto, donde permaneciĂł cuarenta dĂas, tentado por SatanĂĄs. VivĂa entre las bestias salvajes, y los ĂĄngeles le servĂan.
Lucas 3, 21-22 y 4, 1-13: Mientras todo el pueblo se hacĂa bautizar y, tras haber sido bautizado tambiĂ©n Ă©l, JesĂșs oraba, se abriĂł el cielo. El EspĂritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendiĂł sobre JesĂșs, y se oyĂł una voz que venĂa del cielo: «TĂș eres mi Hijo amado; en ti encuentro mi alegrĂa».
JesĂșs, lleno del EspĂritu Santo, saliĂł de las orillas del JordĂĄn; impulsado por el EspĂritu, fue llevado por el desierto, donde, durante cuarenta dĂas, fue tentado por el diablo. No comiĂł nada durante esos dĂas y, cuando se cumpliĂł ese tiempo, tuvo hambre.
Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena a esta piedra que se convierta en pan». JesĂșs respondiĂł: «EstĂĄ escrito: El hombre no vive solo de pan».
Entonces el diablo lo llevĂł a un lugar mĂĄs alto y le mostrĂł en un instante todos los reinos de la tierra. Le dijo: «Te darĂ© todo este poder y la gloria de estos reinos, pues a mĂ me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. AsĂ pues, si te postras ante mĂ, todo esto serĂĄ tuyo». JesĂșs le respondiĂł: «EstĂĄ escrito: âAl Señor tu Dios te postrarĂĄs, y solo a Ă©l rendirĂĄs cultoâ».
A continuaciĂłn, el diablo lo llevĂł a JerusalĂ©n, lo colocĂł en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tĂrate desde aquĂ abajo; pues estĂĄ escrito: âĂl ordenarĂĄ a sus ĂĄngeles que te protejan; y tambiĂ©n: âTe sostendrĂĄn en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedraâ». JesĂșs le respondiĂł: «EstĂĄ escrito: âNo pondrĂĄs a prueba al Señor tu Diosâ».
Habiendo agotado asĂ todas las formas de tentaciĂłn, el diablo se alejĂł de JesĂșs hasta el momento señalado.
Juan 1, 29-34: Al dĂa siguiente, al ver a JesĂșs que venĂa hacia Ă©l, Juan exclamĂł: «He aquĂ el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de Ă©l es de quien dije: âEl que viene detrĂĄs de mĂ me ha precedido, porque existĂa antes que yoâ. Y yo no lo conocĂa; pero si he venido a bautizar con agua, es para que se manifieste a Israel». Entonces Juan dio este testimonio: «He visto al EspĂritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre Ă©l. Y yo no lo conocĂa; pero aquel que me enviĂł a bautizar con agua me dijo: âAquel sobre quien veas descender el EspĂritu y permanecer, ese es el que bautiza en el EspĂritu Santoâ. Yo lo he visto y doy testimonio: este es el Hijo de Dios».
ECR 80.9
No es pecado estar tristes si la hora es penosa, es pecado ceder mĂĄs allĂĄ de la tristeza y caer en inercia o desesperaciĂłn.
ECR 80.9
Para prepararse a ser maestro, hay que haber sido escolar.
ECR 80.9
Yo tambiĂ©n tengo una carne, amigos, una verdadera carne, sujeta a las mismas debilidades que tiene toda carne, y con la carne tengo un corazĂłn. SĂ. Del hombre he tomado la primera y la segunda de las tres partes que le constituyen. He tomado la materia con sus exigencias y lo moral con sus pasiones. Y, si por voluntad propia he doblegado en el momento de su nacimiento todas las pasiones no buenas, he dejado que crecieran poderosas como cedros seculares las santas pasiones del amor filial, del amor patrio, de las amistades, del trabajo, de todo lo que es Ăłptimo y santo.
JesĂșs les cuenta a los apĂłstoles su tentaciĂłn y les dice:
ECR 80.9
Yo, como Dios, sabĂa todo, con mi inteligencia, incluso, Yo podĂa comprender las luchas del hombre, por poder intelectivo e intelectualmente. Pero un dĂa algĂșn pobre amigo mĂo, algĂșn pobre hijo mĂo, habrĂa podido decir y decirme: âTĂș no sabes quĂ© es ser hombre y tener sentido y pasionesâ. HabrĂa sido un reproche justo. Vine aquĂ, o mejor, allĂ, a aquel monte, para prepararme... no sĂłlo a la misiĂłn... sino tambiĂ©n a la tentaciĂłn. ÂżVeis? AquĂ, donde vosotros estĂĄis, Yo fui tentado. ÂżPor quiĂ©n? ÂżPor un mortal? No. Demasiado dĂ©bil habrĂa sido su poder. Fui tentado por SatanĂĄs directamente.
ECR 80.9
AquĂ sentĂ nostalgia de mi Madre lejana, aquĂ sentĂ necesidad de que Ella prodigara sus cuidados a mi fragilidad humana, aquĂ sentĂ renovarse el dolor de haberme separado de la Ănica que me amaba perfectamente, aquĂ presentĂ el dolor que me estĂĄ reservado y el dolor de su dolor; pobre MamĂĄ, se le agotarĂĄn las lĂĄgrimas de tantas como deberĂĄ esparcir por su Hijo y por obra de los hombres.
JesĂșs habla de su tentaciĂłn en el desierto.
ECR 80.9
SatanĂĄs en seguida acude cuando ve a uno caĂdo en languidez de espĂritu.