5.7 ÂDice JesĂșs:
«LevĂĄntate y apresĂșrate, pequeña amiga. Siento ardiente deseo de llevarte conmigo al azul paradisĂaco de la contemplaciĂłn de la Virginidad de MarĂa. SaldrĂĄs de Ă©l con el alma fresca como si tĂș tambiĂ©n hubieras sido recientemente creada por el Padre, una pequeña Eva antes de conocer carne; saldrĂĄs con el espĂritu lleno de luz, pues te habrĂĄs abismado en la contemplaciĂłn de la obra maestra de Dios; con todo tu ser repleto de amor, pues habrĂĄs comprendido cĂłmo sabe amar Dios. Hablar de la concepciĂłn de MarĂa, la Sin Mancha, significa sumergirse en lo azul, en la luz, en el amor.
5.8 ÂVen y lee sus glorias en el Libro del Antepasado: âDios me poseyĂł al inicio de sus obras, desde el principio, antes de la creaciĂłn. Ab aeterno fui erigida, al principio, antes de que la tierra fuera hecha; aĂșn no existĂan los abismos, y yo ya habĂa sido concebida. AĂșn no manaba agua de los manantiales, aĂșn no se elevaban con su pesada mole los montes, aĂșn las colinas no eran para el Sol collares... y yo ya habĂa nacido. Dios no habĂa hecho todavĂa la tierra ni los rĂos ni las columnas del mundo, y yo ya existĂa. Cuando preparaba los cielos, yo estaba presente, cuando con ley inmutable clausurĂł el abismo bajo la bĂłveda, cuando fijĂł arriba la bĂłveda celeste y colgĂł de ella las fuentes de las aguas, cuando al mar le establecĂa sus confines y daba leyes a las aguas, cuando daba leyes a las aguas de no sobrepasar su lĂmite, cuando echaba los fundamentos de la tierra, yo estaba con Ăl ordenando todas las cosas. Siempre alegre jugueteaba ante Ăl continuamente, jugueteaba en el universo...â. Las habĂ©is aplicado a la SabidurĂa, pero hablan de Ella: la hermosa Madre, la santa Madre, la Virgen Madre de la SabidurĂa, que soy Yo, el que te habla.
5.9 ÂHe querido que escribieras, como encabezamiento del libro que habla de Ella, el primer verso de este himno, para que fuera confesado y conocido el consuelo y la alegrĂa de Dios; la razĂłn de la constante, perfecta, Ăntima alegrĂa de este Dios Uno y Trino que os sostiene y ama y que del hombre recibiĂł tantos motivos de tristeza; la razĂłn de que perpetuara la raza aun cuando Ă©sta, con la primera prueba, habĂa merecido la destrucciĂłn; la razĂłn del perdĂłn que habĂ©is recibido.
Que MarĂa le amara... ÂĄOh, bien merecĂa la pena crear al hombre y dejarle vivir y decretar perdonarle, para tener a la Virgen bella, a la Virgen santa, a la Virgen inmaculada, a la Virgen enamorada, a la Hija dilecta, a la Madre purĂsima, a la Esposa amorosa! Mucho os ha dado, y mĂĄs aĂșn os habrĂa dado, Dios, con tal de poseer a la Criatura de sus delicias, al Sol de su sol y Flor de su jardĂn. Y mucho os sigue dando por Ella, a peticiĂłn de Ella, para alegrĂa de Ella, porque su alegrĂa se vierte en la alegrĂa de Dios y la aumenta con destellos que llenan de resplandores la luz, la gran luz del ParaĂso, y cada resplandor es una gracia para el universo, para la raza del hombre, para los mismos bienaventurados, que responden con un esplendoroso grito de aleluya a cada milagro que sale de Dios, creado por el deseo del Dios Trino de ver la esplendorosa sonrisa de alegrĂa de la Virgen.
5.10 ÂDios quiso poner un rey en ese universo que habĂa creado de la nada. Un rey que, por naturaleza material, fuera el primero entre todas las criaturas creadas con materia y dotadas de materia. Un rey que, por naturaleza espiritual, fuera poco menos que divino, fundido con la Gracia, como en su inocente primer dĂa. Pero la Mente suprema, que conoce la totalidad de los hechos mĂĄs lejanos en el tiempo, la Mente cuya vista ve incesantemente todo cuanto era, es y serĂĄ, y que, mientras contempla el pasado y observa el presente, hunde su mirada en el extremo futuro, no ignorando cĂłmo serĂĄ el morir del Ășltimo hombre, sin confusiĂłn ni discontinuidad, esa Mente no ignorĂł nunca que ese rey, creado para ser semidivino a su lado en el Cielo, heredero del Padre, cuando llegara como adulto a su Reino despuĂ©s de haber vivido en la casa de su madre â la tierra con la que fue hecho â, durante su niñez de pĂĄrvulo del Eterno en su jornada sobre la tierra, cometerĂa hacia sĂ mismo el delito de matarse en la Gracia y el latrocinio de despojarse del cielo.
ÂżPor quĂ© le creĂł entonces? Sin duda muchos se hacen esta pregunta. ÂżHabrĂais preferido no existir? ÂżNo merece ser vivida esta jornada incluso por sĂ misma, a pesar de ser tan pobre y desnuda, y tan severa a causa de vuestra maldad, para conocer y admirar la Belleza infinita que la mano de Dios ha sembrado en el universo?
ÂżPara quiĂ©n, si no, habrĂa hecho estos astros y planetas que pasan como saetas, como flechas, rayando la bĂłveda del firmamento, o van â y parecen lentos â, van majestuosos con su paso veloz de bĂłlidos, regalĂĄndoos luces y estaciones, y dĂĄndoos, eternos, inmutables aunque siempre mutables, a leer en el cielo una nueva pĂĄgina, cada noche, cada mes, cada año, como queriendo deciros: âOlvidaos de la cĂĄrcel, abandonad esa imagen vuestra llena de cosas oscuras, podridas, sucias, venenosas, mentirosas, blasfemas, corruptoras, y elevaos, al menos con la mirada, a la ilimitada libertad de los firmamentos; haceos un alma azul mirando tanta limpidez de cielo, haceos con una reserva de luz que podĂĄis llevar a vuestra oscura cĂĄrcel; leed la palabra que escribimos cantando en coro nuestra melodĂa sideral, mĂĄs armoniosa que si proviniera de un Ăłrgano de catedral, la palabra que escribimos resplandeciendo, la palabra que escribimos amando, porque siempre tenemos presente a Aquel que nos dio la alegrĂa de existir, y le amamos por habernos dado este existir, este resplandecer, este movernos, este ser libres y bellos en medio de este cielo delicado allende el cual vemos un cielo aĂșn mĂĄs sublime, el ParaĂso; a Aquel cuyo precepto de amor en su segunda parte cumplimos al amaros a vosotros, prĂłjimo universal nuestro, al amaros proporcionĂĄndoos guĂa y luz, calor y belleza. Leed la palabra que decimos, la palabra a la que ajustamos nuestro canto, nuestro resplandecer, nuestro reĂr: Diosâ?
ÂżPara quiĂ©n habrĂa hecho ese lĂquido azul: para el cielo, espejo; para la tierra, camino; sonrisa de aguas; voz de olas; palabra, tambiĂ©n, que, con frufrĂș de roce de seda, con risitas de muchachas serenas, con suspiros de ancianos que recuerdan y lloran, con bofetadas de violentos, y con envites y bramidos y estruendos, siempre habla y dice: âDiosâ? El mar es para vosotros, como lo son el cielo y los astros. Y con el mar los lagos y los rĂos, los estanques y los arroyos, y los manantiales puros, que sirven, todos, para transportaros, para nutriros, para apagar vuestra sed y limpiaros, y que os sirven, sirviendo al Creador, sin salir a sumergiros, como merecĂ©is.
ÂżPara quiĂ©n habrĂa hecho las innumerables familias de los animales, que son flores que vuelan cantando, que son siervos que trabajan, que corren, que os alimentan, que os recrean a vosotros, los reyes?
ÂżPara quiĂ©n habrĂa hecho las innumerables familias de las plantas y de las flores, que parecen mariposas, que parecen gemas e inmĂłviles avecillas; de los frutos, que parecen collares de oro y piedras preciosas o cofres de gemas? Son alfombra para vuestros pies, protecciĂłn para vuestras cabezas, recreo, beneficio, alegrĂa para la mente, para los miembros del cuerpo, para la vista y el olfato.
ÂżPara quiĂ©n, si no, habrĂa hecho los minerales en las entrañas de la Tierra y las sales disueltas en manantiales de ĂĄlgidas aguas o de agua hirviendo: los azufres, los yodos, los bromos?... Ciertamente, para que los gozara uno que no fuera Dios, sino hijo de Dios. Uno: el hombre.
Nada le faltaba a la alegrĂa de Dios, nada necesitaba Dios. Ăl se basta a sĂ mismo. No tiene sino que contemplarse para deleitarse, nutrirse, vivir y descansar. Toda la creaciĂłn no ha aumentado ni en un ĂĄtomo su infinidad de alegrĂa, de belleza, de vida, de potencia. He aquĂ que todo lo ha hecho para la criatura a la que ha querido poner como rey de la obra de sus manos: para el hombre.
Aunque sĂłlo fuera por ver una obra divina de tal magnitud y por manifestarle reconocimiento a Dios, que os la otorga, merecerĂa la pena vivir. Y debĂ©is sentir gratitud por el hecho de vivir. Gratitud que deberĂais haber tenido aunque no hubierais sido redimidos sino al final de los siglos, porque, a pesar de que hayĂĄis sido, en los Primeros, y ahora aun individualmente, prevaricadores, soberbios, lujuriosos, homicidas, Dios os concede todavĂa gozar de lo bello del universo, de lo bueno del universo, y os trata como si fuerais personas buenas, hijos buenos a los cuales todo se enseña y todo se concede para hacerles mĂĄs suave y sana la vida. Cuanto sabĂ©is, lo sabĂ©is por luz de Dios. Cuanto descubrĂs, lo descubrĂs porque Dios os lo señala. Esto, en el Bien. Los otros conocimientos y descubrimientos que llevan el signo del mal vienen del Mal supremo: SatanĂĄs.
5.11 ÂLa Mente suprema, que nada ignora, antes de que el hombre fuese, sabĂa que serĂa ladrĂłn y homicida de sĂ mismo. Y, dado que la Bondad eterna no conoce lĂmites en su ser buena, antes de que la Culpa fuera, pensĂł el medio para anular la Culpa. El medio, Yo; el instrumento para hacer del medio un instrumento operante, MarĂa. Y la Virgen fue creada en el pensamiento sublime de Dios.
5.12 ÂTodas las cosas han sido creadas para mĂ, Hijo dilecto del Padre. Yo-Rey habrĂa debido tener bajo mi pie de Rey divino alfombras y joyas como palacio alguno jamĂĄs tuviera, y cantos y voces, y tantos siervos y ministros en torno a mĂ como soberano alguno jamĂĄs tuviera, y flores y gemas, y todo lo sublime, lo grandioso, lo fino, lo delicado que es posible extraer del pensamiento de todo un Dios.
Mas Yo debĂa ser Carne ademĂĄs de EspĂritu. Carne para salvar a la carne. Carne para sublimar la carne, llevĂĄndola al Cielo muchos siglos antes de la hora. Porque la carne habitada por el espĂritu es la obra maestra de Dios, y para ella habĂa sido hecho el Cielo. Para ser Carne tenĂa necesidad de una Madre. Para ser Dios tenĂa necesidad de que el Padre fuese Dios.
He aquĂ que entonces Dios se crea a su Esposa y le dice: âVen conmigo. Junto a mĂ ve cuanto Yo hago para el Hijo nuestro. Mira y regocĂjate, eterna Virgen, Doncella eterna, y tu risa llene este empĂreo y dĂ© a los ĂĄngeles la nota inicial y al ParaĂso le enseñe la armonĂa celeste. Yo te miro, y te veo como serĂĄs, ÂĄoh, Mujer inmaculada que ahora eres sĂłlo espĂritu: el espĂritu en que Yo me deleito! Yo te miro y doy al mar y al firmamento el azul de tu mirada; el color de tus cabellos, al trigo santo; el candor, a la azucena; el color rosa como tu epidermis de seda, a la rosa; de tus dientes delicados copio las perlas; hago las dulces fresas mirando tu boca; a los ruiseñores les pongo en la garganta tus notas y a las tĂłrtolas tu llanto. Leyendo tus futuros pensamientos, oyendo los latidos de tu corazĂłn, tengo el motivo guĂa para crear. Ven, AlegrĂa mĂa, sĂ©ante los mundos juguete hasta que me seas luz danzarina en el pensamiento, sean los mundos para reĂr tuyo. Tente las guirnaldas de estrellas y los collares de astros, ponte la luna bajo tus nobles pies, adĂłrnate con el chal estelar de Galatea. Son para ti las estrellas y los planetas. Ven y goza viendo las flores que le servirĂĄn a tu Niño como juego y de almohada al Hijo de tu vientre. Ven y ve crear las ovejas y los corderos, las ĂĄguilas y las palomas. EstĂĄte a mi lado mientras hago las cuencas de los mares y de los rĂos, y alzo las montañas y las pinto de nieve y de bosques; mientras siembro los cereales y los ĂĄrboles y las vides, y hago el olivo para ti, PacĂfica mĂa, y la vid para ti, Sarmiento mĂo que llevarĂĄs el Racimo eucarĂstico. Camina, vuela, regocĂjate, ÂĄoh, Hermosa mĂa!, y que el mundo universo, que en diversas fases voy creando, aprenda de ti a amarme, Amorosa, y que tu risa le haga mĂĄs bello, Madre de mi Hijo, Reina de mi ParaĂso, Amor de tu Diosâ. Y, viendo a quien es el Error y mirando a la Sin Error, dice: âVen a mĂ, tĂș que cancelas la amargura de la desobediencia humana, de la fornicaciĂłn humana con SatanĂĄs y de la humana ingratitud. Contigo me tomarĂ© la revancha contra SatanĂĄsâ.
5.13 ÂDios, Padre Creador, habĂa creado al hombre y a la mujer con una ley de amor tan perfecta, que vosotros no podĂ©is ni siquiera comprender sus perfecciones; vuestra mente se pierde pensando en cĂłmo habrĂa venido la especie si el hombre no la hubiera obtenido con la enseñanza de SatanĂĄs.
Observad las plantas de fruto y de grano. ÂżObtienen la semilla o el fruto mediante fornicaciĂłn, mediante una fecundaciĂłn por cada cien uniones? No. De la flor masculina sale el polen y, guiado por un complejo de leyes meteĂłricas y magnĂ©ticas, va hacia el ovario de la flor femenina. Ăste se abre y lo recibe y produce; no â como hacĂ©is vosotros, para experimentar al dĂa siguiente la misma sensaciĂłn â se mancha y luego lo rechaza. Produce, y hasta la nueva estaciĂłn no florece, y cuando florece es para reproducirse.
Observad a los animales. Todos. ÂżHabĂ©is visto alguna vez a un animal macho y a uno hembra ir el uno hacia el otro para estĂ©ril abrazo y lascivo comercio? No. Desde cerca o desde lejos, volando, arrastrĂĄndose, saltando o corriendo, van, llegada la hora, al rito fecundativo, y no se substraen a Ă©l deteniĂ©ndose en el goce, sino que van mĂĄs allĂĄ de Ă©ste, van a las consecuencias serias y santas de la prole, Ășnica finalidad que en el hombre, semidiĂłs por el origen de Gracia, de esa Gracia que Yo he devuelto completa, deberĂa hacer aceptar la animalidad del acto, necesario desde que descendisteis un grado hacia los brutos.
Vosotros no hacĂ©is como las plantas y los animales. Vosotros habĂ©is tenido como maestro a SatanĂĄs, le habĂ©is querido y le querĂ©is como maestro. Y las obras que realizĂĄis son dignas del maestro que habĂ©is querido. Mas si hubieseis sido fieles a Dios, habrĂais recibido la alegrĂa de los hijos santamente, sin dolor, sin extenuaros en cĂłpulas obscenas, indignas, ignoradas incluso por las bestias, las bestias sin alma racional y espiritual.
Dios quiso oponer, frente al hombre y a la mujer pervertidos por SatanĂĄs, al Hombre nacido de una Mujer suprasublimada por Dios hasta el punto de generar sin haber conocido varĂłn: Flor que genera Flor sin necesidad de semilla; sĂłlo por el beso del Sol en el cĂĄliz inviolado de la Azucena-MarĂa.
5.14 ÂÂĄLa revancha de Dios!...
Echa resoplidos de odio, SatanĂĄs, mientras Ella nace. ÂĄEsta PĂĄrvula te ha vencido! Antes de que fueras el Rebelde, el Tortuoso, el Corruptor, eras ya el Vencido, y Ella es tu Vencedora. Mil ejĂ©rcitos en formaciĂłn nada pueden contra tu potencia, ceden las armas de los hombres contra tus escamas, ÂĄoh, Perenne!, y no hay viento capaz de llevarse el hedor de tu hĂĄlito. Y sin embargo este calcañar de reciĂ©n nacida, tan rosa que parece el interior de una camelia rosada, tan liso y suave que comparada con Ă©l la seda es ĂĄspera, tan pequeño que podrĂa caber en el cĂĄliz de un tulipĂĄn y hacerse un zapatito de ese raso vegetal, he aquĂ que te comprime sin miedo, te confina en tu caverna. Y su vagido te pone en fuga, a ti que no tienes miedo de los ejĂ©rcitos; y su aliento libera al mundo de tu hedor. EstĂĄs derrotado. Su nombre, su mirada, su pureza son lanza, rayo, losa que te traspasan, que te abaten, que te encierran en tu hura de Infierno, ÂĄoh, Maldito, que le has arrebatado a Dios la alegrĂa de ser Padre de todos los hombres creados!
Se demuestra inĂștil ahora el haber corrompido a quienes habĂan sido creados inocentes, conduciĂ©ndolos a conocer y a concebir por caminos sinuosos de lujuria, privĂĄndole a Dios, en su criatura dilecta, de ser Ăl quien distribuyera magnĂĄnimamente los hijos segĂșn reglas que, si hubieran sido respetadas, habrĂan mantenido en la tierra un equilibrio entre los sexos y las razas que hubiera podido evitar guerras entre los hombres y desgracias en las familias.
Obedeciendo, habrĂan conocido tambiĂ©n el amor. Es mĂĄs, sĂłlo obedeciendo lo habrĂan conocido y lo habrĂan poseĂdo. Una posesiĂłn llena y tranquila de esta emanaciĂłn de Dios, que de lo sobrenatural desciende hacia lo inferior, para que la carne tambiĂ©n se goce santamente en ella, la carne que estĂĄ unida al espĂritu y que ha sido creada por el Mismo que le creĂł el espĂritu.
ÂżAhora, ÂĄoh, hombres!, vuestro amor, vuestros amores, quĂ© son? O libĂdine vestida de amor o miedo incurable de perder el amor del cĂłnyuge por libĂdine suya y de otros. Desde que la libĂdine estĂĄ en el mundo, ya nunca os sentĂs seguros de la posesiĂłn del corazĂłn del esposo o de la esposa; y temblĂĄis y llorĂĄis y enloquecĂ©is de celos, asesinĂĄis a veces para vengar una traiciĂłn, os desesperĂĄis otras veces u os volvĂ©is abĂșlicos o dementes.
Eso es lo que has hecho, SatanĂĄs, a los hijos de Dios. Estos que tĂș has corrompido habrĂan conocido la dicha de tener hijos sin padecer dolor, la dicha de nacer y no tener miedo a morir. Mas ahora has sido derrotado en una Mujer y por la Mujer. De ahora en adelante quien la ame volverĂĄ a ser de Dios, venciendo a tus tentaciones para poder mirar a su inmaculada pureza. De ahora en adelante, no pudiendo concebir sin dolor, las madres la tendrĂĄn a Ella como consuelo. De ahora en adelante serĂĄ guĂa para las esposas y madre para los moribundos, por lo que dulce serĂĄ el morir sobre ese seno que es escudo contra ti, Maldito, y contra el juicio de Dios.
MarĂa, pequeña voz, has visto el nacimiento del Hijo de la Virgen y el nacimiento de la Virgen al Cielo. Has visto, por tanto, que los sin culpa desconocen la pena del dar a luz y la pena del morir. Y, si a la superinocente Madre de Dios le fue reservada la perfecciĂłn de los dones celestes, igualmente, si todos hubieran conservado la inocencia y hubieran permanecido como hijos de Dios en los Primeros, habrĂan recibido el generar sin dolores (como era justo por haber sabido unirse y concebir sin lujuria) y el morir sin aflicciĂłn.
La sublime revancha de Dios contra la venganza de SatanĂĄs ha consistido en llevar la perfecciĂłn de la dilecta criatura a una superperfecciĂłn que anulara, al menos en una, cualquier vestigio de humanidad susceptible de recibir el veneno de SatanĂĄs, por lo cual el Hijo vendrĂa no de casto abrazo de hombre sino de un abrazo divino que, en el Ă©xtasis del Fuego, arrebola el espĂritu.
5.15 ÂÂÂĄLa Virginidad de la Virgen!...
Ven. ÂĄMedita en esta virginidad profunda que produce al contemplarla vĂ©rtigos de abismo! ÂżQuĂ© es, comparada con ella, la pobre virginidad forzada de la mujer con la que ningĂșn hombre se ha desposado? Menos que nada. ÂżY la virginidad de la mujer que quiso ser virgen para ser de Dios, pero sabe serlo sĂłlo en el cuerpo y no en el espĂritu, en el cual deja entrar muchos pensamientos de otro tipo, y acaricia y acepta caricias de pensamientos humanos? Empieza a ser una sombra de virginidad. Pero bien poco aĂșn. ÂżQuĂ© es la virginidad de una religiosa de clausura que vive sĂłlo de Dios? Mucho. Pero nunca es perfecta virginidad comparada con la de mi Madre.
Hasta en el mĂĄs santo ha habido al menos un contubernio: el de origen, entre el espĂritu y la Culpa, esa uniĂłn que sĂłlo el Bautismo disuelve. La disuelve, sĂ, pero â como en el caso de una mujer separada de su marido por la muerte â no devuelve la virginidad total como era la de los Primeros antes del pecado. Una cicatriz queda, y duele, recordando asĂ su presencia, cicatriz que puede siempre en cualquier momento traducirse de nuevo en una llaga, como ciertas enfermedades agudizadas periĂłdicamente por sus virus. En la Virgen no existe esta señal de un disuelto ligamen con la Culpa. Su alma aparece bella e intacta como cuando el Padre la pensĂł reuniendo en Ella todas las gracias.
Es la Virgen. Es la Ănica. Es la Perfecta. Es la Completa. Pensada asĂ. Engendrada asĂ. Que ha permanecido asĂ. Coronada asĂ. Eternamente asĂ. Es la Virgen. Es el abismo de la intangibilidad, de la pureza, de la gracia que se pierde en el Abismo de que procede, es decir, en Dios, Intangibilidad, Pureza, Gracia perfectĂsimas.
AsĂ se ha desquitado el Dios Trino y Uno: Ăl ha alzado contra la profanaciĂłn de las criaturas esta Estrella de perfecciĂłn; contra la curiosidad malsana, esta Mujer Reservada que sĂłlo se siente satisfecha amando a Dios; contra la ciencia del mal, esta Sublime Nesciente. Ignorante no sĂłlo en lo que toca al amor degradado, o al amor que Dios habĂa dado a los cĂłnyuges, sino mĂĄs todavĂa: en Ella se trata de ignorancia del fomes, herencia del Pecado. En Ella sĂłlo se da la gĂ©lida e incandescente sabidurĂa del Amor divino. Fuego que encoraza de hielo la carne para que sea espejo transparente en el altar en que un Dios se desposa con una Virgen, y no por ello se rebaja, porque su perfecciĂłn envuelve a Aquella que, como conviene a una esposa, es sĂłlo inferior en un grado al Esposo, sujeta a Ăl por ser Mujer, pero, come Ăl, sin mancha».