El lĂder lee. Y asĂ pasan ante el pĂșblico las pruebas de OnĂas, los errores de JasĂłn, las traiciones y los robos de Menelao. El capĂtulo ha terminado. El lector mira a JesĂșs, que ha estado escuchando atentamente. Cf. el segundo libro de los Macabeos, 2 M 4.
Quiero que comience el contacto directo, el contacto continuo entre los apĂłstoles y el pueblo. Esto se decidiĂł en la Alta Galilea y allĂ se vio la primera luz. JesĂșs los envĂa a predicar por primera vez en EMV 166,2-3. Dan su primer sermĂłn en EMV 166.4-12 (especialmente SimĂłn el Zelote y Juan). Fue cerca de la casa de Elisa, en Judea, donde JesĂșs declarĂł que ya no era suficiente para satisfacer las necesidades de la multitud(EMV 209,5).
En cuanto al destino de la masa de cómplices, podemos leerlo en estas palabras: "La voz de esta sangre me grita desde la tierra. Seréis, pues, malditos...". Y es Dios quien pronunciarå estas palabras a todo un pueblo que no ha sabido proteger el don del Cielo. Porque si es verdad que he venido a redimir, ¥ay de los que serån asesinos y no serån redimidos, en este pueblo cuya primera redención fue mi Palabra! Cf. Gn 4,10-11 infra.
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Segundo libro de los Macabeos, 4
2 M 4 : SimĂłn, el delator del tesoro y de su paĂs, hablĂł mal de OnĂas: era Ă©l, dijo, quien habĂa azuzado a Heliodoro y quien era el autor de todo el mal. Al benefactor de la ciudad, defensor de sus conciudadanos y fiel observador de las leyes, se atrevĂa a hacerlo pasar por adversario del Estado. Este odio llegĂł tan lejos que uno de los partidarios de SimĂłn cometiĂł un asesinato. Entonces OnĂas, considerando el peligro de estas divisiones y los arrebatos de Apolonio, gobernador militar de Coele-Siria y Fenicia, que alentaba la maldad de SimĂłn, fue a ver al rey, no para acusar a sus conciudadanos, sino con vistas a los intereses generales y particulares de todo su pueblo. Porque veĂa que sin la intervenciĂłn del rey serĂa imposible apaciguar la situaciĂłn, y que SimĂłn no renunciarĂa a sus empresas criminales.
Pero tras la muerte de Seleuco, le sucediĂł AntĂoco, apodado EpĂfanes, y JasĂłn, hermano de OnĂas, se propuso usurpar el pontificado. En una reuniĂłn con el rey, le prometiĂł trescientos sesenta talentos de plata y ochenta talentos tomados de otros ingresos. TambiĂ©n prometiĂł comprometerse por escrito con otros ciento cincuenta talentos si se le permitĂa establecer, bajo su propia autoridad y segĂșn sus propios deseos, un gimnasio con un efebo y registrar a los habitantes de JerusalĂ©n como ciudadanos de AntioquĂa. El rey accediĂł a todo. En cuanto JasĂłn obtuvo el poder, se dedicĂł a introducir las costumbres griegas entre sus conciudadanos. AboliĂł las franquicias que los reyes, por humanidad, habĂan concedido a los judĂos gracias a la empresa de Juan, padre de Eupolemo, que habĂa sido enviado en embajada para concluir un tratado de alianza y amistad con los romanos, y, destruyendo las instituciones legĂtimas, estableciĂł costumbres contrarias a la ley. Se complacĂa en fundar un gimnasio al pie mismo de la AcrĂłpolis y educaba a los niños mĂĄs nobles poniĂ©ndolos bajo su sombrero. El helenismo creciĂł entonces hasta tal punto, y habĂa tal inclinaciĂłn hacia las costumbres extranjeras, como resultado de la excesiva perversidad de JasĂłn, un hombre impĂo y de ninguna manera un sumo sacerdote, que los sacerdotes ya no mostraban ningĂșn celo por el servicio del altar y, despreciando el templo y descuidando los sacrificios, se apresuraban a participar, en la palestra, en los ejercicios proscritos por la ley, tan pronto como se oĂa la llamada para lanzar el disco. Sin prestar atenciĂłn a los honores de su paĂs, tenĂan en gran estima las distinciones de los griegos. Como consecuencia, les sobrevinieron graves calamidades, y en el mismo pueblo cuyo modo de vida imitaban y al que querĂan parecerse en todo, encontraron enemigos y opresores. Porque no se violan impunemente las leyes divinas; pero esto es lo que demostrarĂĄn los acontecimientos posteriores.
Mientras se celebraban en Tiro los juegos quinquenales, a los que asistĂa el rey, el criminal JasĂłn enviĂł espectadores desde JerusalĂ©n, que eran ciudadanos de AntioquĂa, portando trescientas dracmas de plata para el sacrificio de HĂ©rcules; pero los que las llevaban pidieron que el dinero se empleara, no para sacrificios, que no convenĂa, sino para cubrir otros gastos. AsĂ pues, los trescientos dracmas estaban destinados, en efecto, por quien los enviaba, al sacrificio en honor de HĂ©rcules; pero fueron utilizados, segĂșn el deseo de quienes los llevaban, para la construcciĂłn de trirremes.
Habiendo sido enviado Apolonio, hijo de Menesteo, a Egipto con motivo de la entronizaciĂłn del rey Ptolomeo Filometor, supo AntĂoco que el rey le tenĂa mala disposiciĂłn y, deseando ponerse a salvo de Ă©l, se dirigiĂł a Jope y luego a JerusalĂ©n. Recibido magnĂficamente por JasĂłn y por toda la ciudad, hizo su entrada a la luz de las antorchas y en medio de aclamaciones; despuĂ©s condujo a su ejĂ©rcito a Fenicia por el mismo camino.
Transcurridos tres años, JasĂłn enviĂł a Menelao, el hermano de SimĂłn antes mencionado, para que llevara el dinero al rey y pagara los derechos de registro de los asuntos importantes. Sin embargo, Menelao se recomendĂł a sĂ mismo al rey, lo honrĂł con la apariencia de un hombre de alta posiciĂłn e hizo que se le concediera el pontificado soberano, ofreciendo trescientos talentos de plata mĂĄs de lo que habĂa hecho JasĂłn. Recibidas las cartas de investidura del rey, regresĂł a JerusalĂ©n sin nada digno del sacerdocio, salvo los instintos de un tirano cruel y la furia de una fiera salvaje. AsĂ JasĂłn, que habĂa engañado a su propio hermano, engañado a su vez por otro, tuvo que huir al paĂs de los amonitas. En cuanto a Menelao, obtuvo el poder; pero, como no cumplĂa con la suma prometida al rey, a pesar de las quejas de SĂłstrato, comandante de la AcrĂłpolis, encargado de recaudar los impuestos, ambos fueron convocados ante el rey.
Menelao dejĂł a su hermano LisĂmaco en su lugar como sumo sacerdote, y SĂłstrato a Crates, gobernador de Chipre, como su sustituto. Mientras tanto, los habitantes de Tarso y Mallas se rebelaron, porque estas dos ciudades habĂan sido regaladas a AntĂococida, la concubina del rey. El rey se apresurĂł a sofocar la sediciĂłn, dejando como lugarteniente a AndrĂłnico, uno de los grandes dignatarios. Menelao, juzgando favorables las circunstancias, tomĂł algunos vasos de oro del templo y se los entregĂł a AndrĂłnico, y consiguiĂł vender otros a Tiro y a las ciudades vecinas.
Cuando OnĂas supo con certeza que Menelao habĂa cometido este nuevo delito, se lo reprochĂł, tras retirarse a un lugar de refugio en Dafne, cerca de AntioquĂa. Menelao, por lo tanto, llevĂł aparte a AndrĂłnico y le instĂł a dar muerte a OnĂas. AndrĂłnico se acercĂł a OnĂas y, con engaños, le hizo un juramento sobre su mano derecha; luego, aunque desconfiado, le persuadiĂł para que saliera de su refugio y le dio muerte de inmediato, sin ningĂșn miramiento por la justicia. AsĂ que no sĂłlo los judĂos, sino tambiĂ©n muchas de las demĂĄs naciones se indignaron y entristecieron por el injusto asesinato de este hombre.
Cuando el rey regresĂł de Cilicia, los judĂos de AntioquĂa, junto con los griegos que tambiĂ©n eran enemigos de la violencia, acudieron a Ă©l para informarle del injusto asesinato de OnĂas. AntĂoco se entristeciĂł profundamente y, movido a compasiĂłn por OnĂas, derramĂł lĂĄgrimas al recordar la moderaciĂłn y sabia conducta del difunto. Rojo de ira, inmediatamente hizo despojar a AndrĂłnico de su pĂșrpura, rasgĂł sus vestiduras y, habiĂ©ndole hecho conducir por toda la ciudad, degradĂł al canalla en el mismo lugar donde habĂa llevado a cabo su impĂo ataque contra OnĂas, golpeĂĄndole asĂ el Señor con un justo castigo.
Ahora bien, cuando LisĂmaco, de acuerdo con Menelao, habĂa cometido en la ciudad un gran nĂșmero de robos sacrĂlegos, y se habĂa corrido la voz de ellos, el pueblo se levantĂł contra LisĂmaco, a pesar de que muchos vasos de oro ya habĂan sido esparcidos. Cuando LisĂmaco vio que la multitud se habĂa agitado y sus ĂĄnimos se habĂan inflamado, armĂł a unos tres mil hombres y comenzĂł a cometer actos de violencia bajo el mando de un tal Tirano, hombre de edad avanzada y no menos perverso. Pero cuando se enteraron del ataque de LisĂmaco, algunos cogieron piedras, otros grandes palos, y algunos recogieron cenizas que habĂa por los alrededores, y las arrojaron tumultuosamente contra los partidarios de LisĂmaco. AsĂ hirieron a muchos de sus hombres, mataron a varios de ellos, pusieron en fuga a todos los demĂĄs y masacraron al propio sacrĂlego cerca del tesoro del templo.
Se iniciĂł entonces una investigaciĂłn contra Menelao basada en estos hechos. Cuando el rey llegĂł a Tiro, los tres hombres enviados por los ancianos le explicaron la justicia de su caso. ViĂ©ndose convencido, Menelao prometiĂł a Ptolomeo, hijo de Dorymene, una gran suma de dinero para que el rey le favoreciera. Ptolomeo llevĂł entonces al rey bajo el peristilo, como para que se tranquilizara, y le hizo cambiar de opiniĂłn. El rey declarĂł a Menelao inocente de los cargos que se le imputaban, aunque era culpable de todos los delitos, y condenĂł a muerte a hombres desgraciados que, si hubieran alegado su caso incluso ante los escitas, habrĂan sido declarados inocentes; y hombres que habĂan defendido la ciudad, el pueblo y los objetos sagrados, sufrieron este injusto castigo sin demora. Los propios tirios se indignaron y ofrecieron a las vĂctimas un magnĂfico funeral. En cuanto a Menelao, gracias a la codicia de los poderosos, mantuvo su dignidad, creciendo en malicia y azote cruel de sus conciudadanos.
Libro del Génesis 4, 10-11
Gn 4, 10-11 : YahvĂ© dijo: "ÂżQuĂ© has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama desde la tierra hasta mĂ. Ahora te maldice la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano."