Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 213

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo: En Kerioth, una profecĂ­a de JesĂșs y el comienzo de la predicaciĂłn apostĂłlica.

Fecha de la visiĂłn: Lunes 9 de julio de 1945.

Calendario: SĂĄbado 15 de abril 28 (3 lyar 3788) segĂșn maria-valtorta.org, sĂĄbado 22 de abril 28 segĂșn Valtorta.fr

LocalizaciĂłn (mapa): Kerioth

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: JesĂșs estĂĄ dentro de la sinagoga de Keriot. Se produce un alboroto, y Judas obtiene silencio golpeando las lĂĄmparas que hay sobre ellos. A continuaciĂłn, Cristo hace leer al jefe de la sinagoga el capĂ­tulo cuarto del segundo libro de los Macabeos. Una vez hecho esto, JesĂșs tomĂł la palabra y explicĂł que iba a comenzar la predicaciĂłn apostĂłlica en la ciudad de su muy querido discĂ­pulo, porque el Maestro ya no era suficiente para satisfacer las necesidades de las multitudes y era mĂĄs prudente que los apĂłstoles practicaran la palabra mientras el Señor estuviera todavĂ­a con ellos.

AsĂ­ pues, JesĂșs no dio ninguna enseñanza pĂșblica, pero sĂ­ una profecĂ­a a los habitantes de Keriot, para que, cuando llegara la hora del crimen, recordaran que los amaba y que los defendĂ­a de una acusaciĂłn injusta. Al fin y al cabo, su ciudad no es enemiga de Cristo.

AsĂ­ que llegarĂĄ un momento en que se hablarĂĄ mal del verdadero Sumo Sacerdote y se atacarĂĄ al Inocente. Un ser infame acudirĂĄ a los poderosos de Israel y entregarĂĄ al Sumo Sacerdote a sus enemigos. Cristo ya ha hablado de su muerte y de las acciones de Judas en la noche del Jueves Santo. TambiĂ©n predice el castigo eterno del traidor y el castigo de Israel. Exhorta a los habitantes de Kerioth a recordar sus palabras, para que cuando les digan que el Maestro es un malhechor, puedan responder que JesĂșs predijo todos estos acontecimientos y que la VĂ­ctima muriĂł para expiar los pecados del mundo.

La sinagoga se vacĂ­a, mientras Judas se emociona hasta las lĂĄgrimas por el aprecio que JesĂșs siente por Ă©l. Pedro, por su parte, se asusta mĂĄs ante la idea de hablar. Finalmente, llega el jefe de la sinagoga, regocijado por la elecciĂłn de Judas, pero entristecido por el hombre indigno que le traicionarĂĄ. Espera que Judas compense esta traiciĂłn, y Judas promete que harĂĄ todo lo posible por hacerlo...

Contenido del capĂ­tulo: 213.1: Judas obtiene silencio en la sinagoga y JesĂșs hace leer 2 Macabeos,4. 213.2: Los apĂłstoles hablarĂĄn en mi lugar y os doy una profecĂ­a sobre Keriot. 213.3: LlegarĂĄ el momento de una gran traiciĂłn. Muerte del Sumo Sacerdote y castigo. 213,4: Kerioth admira la estima de JesĂșs por Judas, que se conmueve hasta las lĂĄgrimas. En Keriot habrĂĄ un favorito y un indigno.

EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂ­tulo 75

Palabras clave

ECR 213.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente se calma. Por fin se le puede escuchar a JesĂșs.

Dice al arquisinagogo: «Dame el dĂ©cimo rollo de aquel estante». Se lo dan. Lo desata y se lo pasa al arquisinagogo diciendo: «Lee el 4Âș capĂ­tulo de la historia, IIÂș de los Macabeos».

El arquisinagogo, obediente, lee. AsĂ­, ante el pensamiento de los presentes desfilan las vicisitudes de OnĂ­as, los errores de JasĂłn, las traiciones y los robos de Menelao. Terminado el capĂ­tulo, el arquisinagogo mira a JesĂșs, que ha estado escuchando con atenciĂłn.

213.2

JesĂșs hace un gesto para indicar que es suficiente y luego se dirige al pueblo:

«En la ciudad de mi queridĂ­simo discĂ­pulo no voy a pronunciar las palabras habituales de adoctrinamiento. Nos quedaremos aquĂ­ unos dĂ­as, pero quiero que sea Ă©l quien os las diga. Quiero que empiece aquĂ­ el contacto directo, el continuo contacto entre los apĂłstoles y el pueblo. HabĂ­a sido decidido en la alta Galilea y allĂ­ tuvo su primera, fugaz manifestaciĂłn radiante[1], pero la humildad de mis discĂ­pulos hizo que ellos mismos se retirasen a un segundo plano, porque tenĂ­an miedo a no saber actuar y a usurpar mi puesto. No, no; deben actuar, lo harĂĄn bien y ayudarĂĄn a su Maestro. AsĂ­ que aquĂ­, uniendo en un Ășnico amor las fronteras galileo-fenicias con las tierras de JudĂĄ, las mĂĄs meridionales, las que lindan con las comarcas del sol y las arenas, comenzarĂĄ la verdadera predicaciĂłn apostĂłlica. El Maestro solo ya no puede responder a las necesidades de las muchedumbres; ademĂĄs, conviene que los aguiluchos dejen el nido y emprendan sus primeros vuelos mientras estĂĄ todavĂ­a con ellos el Sol, y Él con su ala fuerte los sostiene.

Por tanto, Yo, durante estos dĂ­as, serĂ©, sĂ­, amigo y consuelo vuestro; pero, la palabra vendrĂĄ de ellos, que irĂĄn esparciendo la semilla que de mĂ­ han recibido. No os adoctrinarĂ©, por tanto, pĂșblicamente; de todas formas, os voy a hacer entrega de algo especialmente valioso, una profecĂ­a. Recordadla en el futuro, cuando el suceso mĂĄs horrendo de la Humanidad vele el Sol y, en las tinieblas, los corazones corran el riesgo de ser inducidos a juicio errĂłneo. No quiero que vosotros, que desde el principio fuisteis buenos conmigo, seĂĄis inducidos a error; no quiero que el mundo pueda decir: “Keriot fue enemiga de Cristo”. Yo soy justo y no quiero que os carguen culpas respecto a mĂ­ ni los que me odian ni los que me aman, espoleados por su respectivos sentimientos. Y si no se puede pretender de una numerosa familia igual santidad en todos los hijos, tampoco de una ciudad muy poblada. De forma que serĂ­a grave anticaridad decir, por un hijo malo o por uno de los ciudadanos no bueno: “Toda la familia, o toda la ciudad, sea maldita”.

Escuchad, pues; recordad; sed fieles siempre; que, de la misma forma que Yo os amo tanto que quiero defenderos de una acusaciĂłn injusta, asĂ­ vosotros sepĂĄis amar a los no culpables, siempre, quienesquiera que sean, cualesquiera fueren sus relaciones de parentesco con los culpables.

213.3

Escuchad. LlegarĂĄ un dĂ­a en que en Israel habrĂĄ delatores del tesoro y de la patria que, queriendo atraerse la amistad de los extranjeros, hablarĂĄn mal del verdadero Sumo Sacerdote, acusĂĄndole de alianza con los enemigos de Israel y de malas acciones hacia los hijos de Dios. Para conseguir esto, estarĂĄn dispuestos incluso a cometer delitos y a culpar de ellos al Inocente. Y llegarĂĄ tambiĂ©n el momento en que, en Israel — mĂĄs aĂșn que en los tiempos de OnĂ­as —, un hombre infame, tramando ser Ă©l el PontĂ­fice, se presentarĂĄ a los poderosos de Israel y los corromperĂĄ con un oro, mĂĄs infame aĂșn, de falaces palabras; desfigurarĂĄ la verdad de los hechos, no hablarĂĄ contra las inmoralidades, antes al contrario, persiguiendo sus indignos proyectos, se dedicarĂĄ a corromper la moralidad para poder apoderarse mĂĄs fĂĄcilmente de los corazones privos de la amistad con Dios: todo para conseguir lo que pretende. Lo lograrĂĄ, sin duda. Tened en cuenta que, si bien los gimnasios del impĂ­o JasĂłn no estĂĄn en el Monte Moria, sĂ­ que estĂĄn en los corazones de quienes habitan en el monte, y Ă©stos, por obtener una franquicia, estĂĄn dispuestos a vender algo que vale mucho mĂĄs que un terreno, o sea, la misma conciencia; los frutos del antiguo error se ven ahora: quien tiene ojos para ver percibe lo que estĂĄ sucediendo allĂ­, donde deberĂ­a haber caridad, pureza, justicia, bondad, religiĂłn santa y profunda... Pues si ya son frutos que hacen temblar, los frutos de sus semillas serĂĄn, ademĂĄs, objeto de maldiciĂłn divina.

Y así llegamos a la verdadera profecía. En verdad os digo que el que, mediante un juego largo y astuto, se ha apoderado del puesto y ha usurpado la confianza pondrå, por dinero, en manos de los enemigos al Sumo Sacerdote, al verdadero Sacerdote, al cual, trampeado con protestas de afecto, señalado a sus verdugos con un acto de amor, le matarån sin respeto a la justicia.

ÂżQuĂ© acusaciones dirigirĂĄn contra Cristo — pues estoy hablando de mĂ­ — para justificar el derecho a matarle? ÂżCuĂĄl es la suerte reservada a los que cumplan este acto? Un destino inmediato de horrenda justicia. Un destino no individual sino colectivo para los cĂłmplices del traidor, menos inmediato pero mĂĄs terrible que el del hombre cuyo remordimiento conducirĂĄ a coronar su corazĂłn de demonio con un Ășltimo delito contra sĂ­ mismo. En efecto, Ă©ste acabarĂĄ en un momento, mientras que este Ășltimo castigo serĂĄ largo, tremendo. Leed esto en la frase: “y encendido de cĂłlera ordenĂł que AndrĂłnico fuera despojado de la pĂșrpura y ejecutado en el mismo lugar en que habĂ­a cometido el delito contra OnĂ­as”. SĂ­, en la casta sacerdotal el castigo alcanzarĂĄ no sĂłlo a los responsables directos sino tambiĂ©n a sus hijos. El destino de la masa cĂłmplice, leedlo en Ă©sta: “La voz de esta sangre grita a mĂ­ desde la tierra. AsĂ­ pues, maldito serĂĄs...”. Dios la dirĂĄ para todo un pueblo que no sabrĂĄ tutelar el don del Cielo. Porque, si bien es cierto que Yo he venido para redimir, ÂĄay de aquellos de este pueblo — que como primicia de redenciĂłn recibe mi Palabra — que en vez de redimidos resulten asesinos!

He terminado. Tenedlo presente. Cuando oigĂĄis decir que soy un malhechor, replicad: “No. Ya lo dijo. Se cumple lo establecido. Es la VĂ­ctima sacrificada por los pecados del mundo”»....

213.4

La sinagoga se vacĂ­a y todos hablan de la profecĂ­a y gesticulan por la estima de JesĂșs por Judas. Los de Keriot estĂĄn exaltados por el honor que les ha hecho el MesĂ­as al elegir el lugar de un apĂłstol, y precisamente el apĂłstol de Keriot, para comienzo del magisterio apostĂłlico, y tambiĂ©n por el regalo de la profecĂ­a. A pesar de su triste contenido, es un gran honor haberla recibido, y ademĂĄs con las palabras de amor que la han precedido...

En la sinagoga quedan solamente JesĂșs y el grupo de los apĂłstoles; mejor dicho, pasan al jardincito que estĂĄ entre la sinagoga y la casa del arquisinagogo. Judas, que se ha sentado, llora.

«¿Por qué lloras? No veo el motivo...» dice el otro Judas.

«Bueno, la verdad es que casi me pondría yo también a llorar. ¿Habéis oído? Ahora tenemos que hablar nosotros...» dice Pedro.

«Bien, pero ya hemos empezado un poco en el monte. Lo haremos cada vez mejor. TĂș y Juan en seguida os habĂ©is mostrado capaces» dice Santiago de Zebedeo para dar ĂĄnimos.

«Lo peor es para mí... pero Dios me ayudarå. ¿Verdad, Maestro?» pregunta Andrés.

JesĂșs, que estaba pasando unos rollos que se habĂ­a traĂ­do, se vuelve y dice: «¿QuĂ© decĂ­as?».

«Que Dios me ayudarå cuando tenga que hablar. Trataré de repetir tus palabras lo mejor que pueda. Pero mi hermano tiene miedo, y Judas llora».

«¿EstĂĄs llorando? ÂżPor quĂ©?» pregunta JesĂșs.

«Porque verdaderamente he pecado. AndrĂ©s y TomĂĄs lo pueden decir. Yo he murmurado contra ti y TĂș usas conmigo benevolencia llamĂĄndome “queridĂ­simo discĂ­pulo” y queriendo que adoctrine aquĂ­... ÂĄCuĂĄnto amor!...».

«¿No sabías que te quería?».

«SĂ­, pero... gracias, Maestro. No volverĂ© a murmurar pues verdaderamente yo soy tinieblas y TĂș Luz...».

En esto regresa el jefe de la sinagoga y le invita a ir a su casa. Mientras van, dice: «Estoy pensando en lo que has dicho. Si no he entendido mal, en Keriot, de la misma forma que has encontrado a un hombre predilecto, nuestro Judas de Simón, has profetizado que encontrarås también a un hombre infame. Me causa mucho dolor. Menos mal que Judas compensarå por el otro...».

«Con todo mí mismo» dice Judas, que ya se ha tranquilizado.

JesĂșs no dice nada, pero mira a sus interlocutores y abre los brazos en un gesto que quiere decir: «Es así».

AnotaciĂłn

El lĂ­der lee. Y asĂ­ pasan ante el pĂșblico las pruebas de OnĂ­as, los errores de JasĂłn, las traiciones y los robos de Menelao. El capĂ­tulo ha terminado. El lector mira a JesĂșs, que ha estado escuchando atentamente. Cf. el segundo libro de los Macabeos, 2 M 4.

Quiero que comience el contacto directo, el contacto continuo entre los apĂłstoles y el pueblo. Esto se decidiĂł en la Alta Galilea y allĂ­ se vio la primera luz. JesĂșs los envĂ­a a predicar por primera vez en EMV 166,2-3. Dan su primer sermĂłn en EMV 166.4-12 (especialmente SimĂłn el Zelote y Juan). Fue cerca de la casa de Elisa, en Judea, donde JesĂșs declarĂł que ya no era suficiente para satisfacer las necesidades de la multitud(EMV 209,5).

En cuanto al destino de la masa de cómplices, podemos leerlo en estas palabras: "La voz de esta sangre me grita desde la tierra. Seréis, pues, malditos...". Y es Dios quien pronunciarå estas palabras a todo un pueblo que no ha sabido proteger el don del Cielo. Porque si es verdad que he venido a redimir, ¥ay de los que serån asesinos y no serån redimidos, en este pueblo cuya primera redención fue mi Palabra! Cf. Gn 4,10-11 infra.

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Segundo libro de los Macabeos, 4

2 M 4 : Simón, el delator del tesoro y de su país, habló mal de Onías: era él, dijo, quien había azuzado a Heliodoro y quien era el autor de todo el mal. Al benefactor de la ciudad, defensor de sus conciudadanos y fiel observador de las leyes, se atrevía a hacerlo pasar por adversario del Estado. Este odio llegó tan lejos que uno de los partidarios de Simón cometió un asesinato. Entonces Onías, considerando el peligro de estas divisiones y los arrebatos de Apolonio, gobernador militar de Coele-Siria y Fenicia, que alentaba la maldad de Simón, fue a ver al rey, no para acusar a sus conciudadanos, sino con vistas a los intereses generales y particulares de todo su pueblo. Porque veía que sin la intervención del rey sería imposible apaciguar la situación, y que Simón no renunciaría a sus empresas criminales.

Pero tras la muerte de Seleuco, le sucediĂł AntĂ­oco, apodado EpĂ­fanes, y JasĂłn, hermano de OnĂ­as, se propuso usurpar el pontificado. En una reuniĂłn con el rey, le prometiĂł trescientos sesenta talentos de plata y ochenta talentos tomados de otros ingresos. TambiĂ©n prometiĂł comprometerse por escrito con otros ciento cincuenta talentos si se le permitĂ­a establecer, bajo su propia autoridad y segĂșn sus propios deseos, un gimnasio con un efebo y registrar a los habitantes de JerusalĂ©n como ciudadanos de AntioquĂ­a. El rey accediĂł a todo. En cuanto JasĂłn obtuvo el poder, se dedicĂł a introducir las costumbres griegas entre sus conciudadanos. AboliĂł las franquicias que los reyes, por humanidad, habĂ­an concedido a los judĂ­os gracias a la empresa de Juan, padre de Eupolemo, que habĂ­a sido enviado en embajada para concluir un tratado de alianza y amistad con los romanos, y, destruyendo las instituciones legĂ­timas, estableciĂł costumbres contrarias a la ley. Se complacĂ­a en fundar un gimnasio al pie mismo de la AcrĂłpolis y educaba a los niños mĂĄs nobles poniĂ©ndolos bajo su sombrero. El helenismo creciĂł entonces hasta tal punto, y habĂ­a tal inclinaciĂłn hacia las costumbres extranjeras, como resultado de la excesiva perversidad de JasĂłn, un hombre impĂ­o y de ninguna manera un sumo sacerdote, que los sacerdotes ya no mostraban ningĂșn celo por el servicio del altar y, despreciando el templo y descuidando los sacrificios, se apresuraban a participar, en la palestra, en los ejercicios proscritos por la ley, tan pronto como se oĂ­a la llamada para lanzar el disco. Sin prestar atenciĂłn a los honores de su paĂ­s, tenĂ­an en gran estima las distinciones de los griegos. Como consecuencia, les sobrevinieron graves calamidades, y en el mismo pueblo cuyo modo de vida imitaban y al que querĂ­an parecerse en todo, encontraron enemigos y opresores. Porque no se violan impunemente las leyes divinas; pero esto es lo que demostrarĂĄn los acontecimientos posteriores.

Mientras se celebraban en Tiro los juegos quinquenales, a los que asistĂ­a el rey, el criminal JasĂłn enviĂł espectadores desde JerusalĂ©n, que eran ciudadanos de AntioquĂ­a, portando trescientas dracmas de plata para el sacrificio de HĂ©rcules; pero los que las llevaban pidieron que el dinero se empleara, no para sacrificios, que no convenĂ­a, sino para cubrir otros gastos. AsĂ­ pues, los trescientos dracmas estaban destinados, en efecto, por quien los enviaba, al sacrificio en honor de HĂ©rcules; pero fueron utilizados, segĂșn el deseo de quienes los llevaban, para la construcciĂłn de trirremes.

Habiendo sido enviado Apolonio, hijo de Menesteo, a Egipto con motivo de la entronización del rey Ptolomeo Filometor, supo Antíoco que el rey le tenía mala disposición y, deseando ponerse a salvo de él, se dirigió a Jope y luego a Jerusalén. Recibido magníficamente por Jasón y por toda la ciudad, hizo su entrada a la luz de las antorchas y en medio de aclamaciones; después condujo a su ejército a Fenicia por el mismo camino.

Transcurridos tres años, Jasón envió a Menelao, el hermano de Simón antes mencionado, para que llevara el dinero al rey y pagara los derechos de registro de los asuntos importantes. Sin embargo, Menelao se recomendó a sí mismo al rey, lo honró con la apariencia de un hombre de alta posición e hizo que se le concediera el pontificado soberano, ofreciendo trescientos talentos de plata mås de lo que había hecho Jasón. Recibidas las cartas de investidura del rey, regresó a Jerusalén sin nada digno del sacerdocio, salvo los instintos de un tirano cruel y la furia de una fiera salvaje. Así Jasón, que había engañado a su propio hermano, engañado a su vez por otro, tuvo que huir al país de los amonitas. En cuanto a Menelao, obtuvo el poder; pero, como no cumplía con la suma prometida al rey, a pesar de las quejas de Sóstrato, comandante de la Acrópolis, encargado de recaudar los impuestos, ambos fueron convocados ante el rey.

Menelao dejĂł a su hermano LisĂ­maco en su lugar como sumo sacerdote, y SĂłstrato a Crates, gobernador de Chipre, como su sustituto. Mientras tanto, los habitantes de Tarso y Mallas se rebelaron, porque estas dos ciudades habĂ­an sido regaladas a AntĂ­ococida, la concubina del rey. El rey se apresurĂł a sofocar la sediciĂłn, dejando como lugarteniente a AndrĂłnico, uno de los grandes dignatarios. Menelao, juzgando favorables las circunstancias, tomĂł algunos vasos de oro del templo y se los entregĂł a AndrĂłnico, y consiguiĂł vender otros a Tiro y a las ciudades vecinas.

Cuando OnĂ­as supo con certeza que Menelao habĂ­a cometido este nuevo delito, se lo reprochĂł, tras retirarse a un lugar de refugio en Dafne, cerca de AntioquĂ­a. Menelao, por lo tanto, llevĂł aparte a AndrĂłnico y le instĂł a dar muerte a OnĂ­as. AndrĂłnico se acercĂł a OnĂ­as y, con engaños, le hizo un juramento sobre su mano derecha; luego, aunque desconfiado, le persuadiĂł para que saliera de su refugio y le dio muerte de inmediato, sin ningĂșn miramiento por la justicia. AsĂ­ que no sĂłlo los judĂ­os, sino tambiĂ©n muchas de las demĂĄs naciones se indignaron y entristecieron por el injusto asesinato de este hombre.

Cuando el rey regresĂł de Cilicia, los judĂ­os de AntioquĂ­a, junto con los griegos que tambiĂ©n eran enemigos de la violencia, acudieron a Ă©l para informarle del injusto asesinato de OnĂ­as. AntĂ­oco se entristeciĂł profundamente y, movido a compasiĂłn por OnĂ­as, derramĂł lĂĄgrimas al recordar la moderaciĂłn y sabia conducta del difunto. Rojo de ira, inmediatamente hizo despojar a AndrĂłnico de su pĂșrpura, rasgĂł sus vestiduras y, habiĂ©ndole hecho conducir por toda la ciudad, degradĂł al canalla en el mismo lugar donde habĂ­a llevado a cabo su impĂ­o ataque contra OnĂ­as, golpeĂĄndole asĂ­ el Señor con un justo castigo.

Ahora bien, cuando LisĂ­maco, de acuerdo con Menelao, habĂ­a cometido en la ciudad un gran nĂșmero de robos sacrĂ­legos, y se habĂ­a corrido la voz de ellos, el pueblo se levantĂł contra LisĂ­maco, a pesar de que muchos vasos de oro ya habĂ­an sido esparcidos. Cuando LisĂ­maco vio que la multitud se habĂ­a agitado y sus ĂĄnimos se habĂ­an inflamado, armĂł a unos tres mil hombres y comenzĂł a cometer actos de violencia bajo el mando de un tal Tirano, hombre de edad avanzada y no menos perverso. Pero cuando se enteraron del ataque de LisĂ­maco, algunos cogieron piedras, otros grandes palos, y algunos recogieron cenizas que habĂ­a por los alrededores, y las arrojaron tumultuosamente contra los partidarios de LisĂ­maco. AsĂ­ hirieron a muchos de sus hombres, mataron a varios de ellos, pusieron en fuga a todos los demĂĄs y masacraron al propio sacrĂ­lego cerca del tesoro del templo.

Se inició entonces una investigación contra Menelao basada en estos hechos. Cuando el rey llegó a Tiro, los tres hombres enviados por los ancianos le explicaron la justicia de su caso. Viéndose convencido, Menelao prometió a Ptolomeo, hijo de Dorymene, una gran suma de dinero para que el rey le favoreciera. Ptolomeo llevó entonces al rey bajo el peristilo, como para que se tranquilizara, y le hizo cambiar de opinión. El rey declaró a Menelao inocente de los cargos que se le imputaban, aunque era culpable de todos los delitos, y condenó a muerte a hombres desgraciados que, si hubieran alegado su caso incluso ante los escitas, habrían sido declarados inocentes; y hombres que habían defendido la ciudad, el pueblo y los objetos sagrados, sufrieron este injusto castigo sin demora. Los propios tirios se indignaron y ofrecieron a las víctimas un magnífico funeral. En cuanto a Menelao, gracias a la codicia de los poderosos, mantuvo su dignidad, creciendo en malicia y azote cruel de sus conciudadanos.

Libro del Génesis 4, 10-11

Gn 4, 10-11 : Yahvé dijo: "¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama desde la tierra hasta mí. Ahora te maldice la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano."

Palabras clave

ECR 214

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo: La madre de Judas se confĂ­a a la Madre de JesĂșs, llegada a Keriot con SimĂłn el Zelote.

Fecha de la visiĂłn: Martes, 10 de julio de 1945

Calendario: Domingo 23 de abril del año 28

Lugares (mapa): Keriot. Primero en la casa de MarĂ­a, madre de Judas, dentro de la ciudad (214.1-4), luego en la casa de campo de la madre de Judas (EMV 214.5-8).

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: JesĂșs se dispone a sentarse a la mesa en la casa de MarĂ­a de Keriot. Desea que ella se quede con ellos y todos aprueban esta idea. Cristo intenta ponerla en contacto con MarĂ­a de Alfeo y MarĂ­a SalomĂ©, y Marziam les ayuda en este sentido, pues declara que ya le cae bien la madre de Judas, ya que «se llama MarĂ­a, como todas las mujeres que son buenas». Pedro le toma el pelo preguntĂĄndole si entonces querrĂĄ a su esposa, Porfiria, que no se llama asĂ­, y Marziam le promete que la querrĂĄ mucho si es buena. SimĂłn de JonĂĄs se lo confirma y habla mĂĄs extensamente de su esposa, que es callada, casta y pacĂ­fica. A continuaciĂłn, es Judas quien relata los acontecimientos del dĂ­a, y desea que los demĂĄs apĂłstoles le acompañen para que no sea Ă©l el Ășnico en brillar. JesĂșs le modera un poco, pero el Maestro se muestra dispuesto a curar a los enfermos.

La Virgen llega en ese momento con SimĂłn el Zelote, y conoce a MarĂ­a, la madre de Judas. TambiĂ©n trae noticias de Elise, que quiere unirse a las mujeres discĂ­pulas. Mientras tanto, estĂĄ con Juana de Kouza, y JesĂșs dice que volverĂĄn a pasar por Bet-Çur a la vuelta.

La visiĂłn continĂșa y MarĂ­a ve a MarĂ­a la SantĂ­sima con MarĂ­a de Keriot. Esta confiesa su sufrimiento por no poder ir con el grupo apostĂłlico, y luego le pregunta quĂ© es JesĂșs para MarĂ­a. Esta responde que es su alegrĂ­a, y la pobre MarĂ­a, por el contrario, responde que Judas es su dolor. Le explica su comportamiento, confiesa que preferirĂ­a verlo muerto, antes que verlo muy mal visto por Dios. Explica sus caprichos, la muerte de Joana, una joven que muriĂł de pena por culpa de su hijo, y admite haber estado a punto, el año pasado, de confesar la verdad sobre Judas a JesĂșs. Entonces le pide la opiniĂłn a MarĂ­a de Nazaret, y esta admite que Judas no tiene el alma lĂ­mpida de Juan, ni la dulzura de AndrĂ©s, ni la firmeza de Mateo. Es un inestable, pero rezarĂĄn mucho por Ă©l, dice. Solo que MarĂ­a de Keriot tiene miedo de su hijo, y suplica a la Virgen que la ayude con sus oraciones, para que Ă©l al menos sepa amar de verdad a JesĂșs en lugar de ser un mal apĂłstol. MarĂ­a responde entonces que debe rogar al Señor que actĂșe para bien, y que debe tener esperanza, pues los dolores de las madres salvan a sus hijos...

Contenido del capĂ­tulo: 214 .1: JesĂșs se muestra muy considerado con MarĂ­a, madre de Judas. 214.2: Pedro elogia a su esposa Porfiria. 214.3: Judas reparte la evangelizaciĂłn del paĂ­s entre los apĂłstoles. JesĂșs le aconseja que sea amable. 214.4: Llegada de MarĂ­a y del Zelote, que se ha quedado mĂĄs tiempo con Élise. 214.5: La madre de Judas no puede seguir a su hijo como lo hace la Virgen MarĂ­a. 214.6: ConfrontaciĂłn de dos maternidades. La madre de Judas rompe a llorar. Mi hijo es mi dolor. 214.7: Judas es inestable. Tengo tanto miedo por Ă©l. Reza al Señor.

EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂ­tulo 76

Palabras clave

ECR 214.3 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No olvides que consigue mĂĄs la dulzura que la intransigencia, y que tĂș tambiĂ©n eres hombre ; por tanto, examĂ­nate y reflexiona en lo fĂĄcil que te es tambiĂ©n a ti caer y en cĂłmo te irritas si te reprenden demasiado abiertamente.

Palabras clave

ECR 214.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¥Ahí viene la Madre, la Madre con Simón!» grita jubiloso el niño al ver a María y a Simón, que estån subiendo la escalera que conduce a la terraza en que estå la sala.

Todos se ponen en pie y van a recibir a los dos. Rumor de exclamaciones, saludos, roce de sillas... Nada distrae a MarĂ­a de saludar primero a JesĂșs y luego a la madre de Judas. Ésta se postra con gran veneraciĂłn, pero MarĂ­a la levanta y la abraza como si fuera una querida amiga a la que hubiera vuelto a ver despuĂ©s de una ausencia.

Palabras clave

ECR 214.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entran de nuevo en la sala y MarĂ­a de Judas ordena a la criada otras viandas para los nuevos llegados.

«Mira, Hijo, Ă©ste es el saludo de Elisa» dice MarĂ­a, dĂĄndole un pequeño rollo. JesĂșs lo abre, lo lee y dice: «Lo sabĂ­a; estaba seguro. Gracias, MamĂĄ, por mĂ­ y por Elisa. ÂĄEres verdaderamente la salud de los enfermos!».

«¿Yo! TĂș, Hijo, no yo».

«TĂș; y eres mi mejor ayuda». Luego se vuelve a los apĂłstoles y a las discĂ­pulas y dice: «Elisa escribe: “Vuelve, mi Paz. No sĂłlo te quiero amar, quiero tambiĂ©n servirte”. AsĂ­ hemos liberado de la angustia, de la melancolĂ­a, a una criatura, y hemos ganado a una discĂ­pula. SĂ­, volveremos».

«Quiere conocer tambiĂ©n a las discĂ­pulas. Se recupera lentamente, pero con continuidad. ÂĄPobrecilla! TodavĂ­a sufre momentos de espantoso desconcierto. ÂżVerdad, SimĂłn? Un dĂ­a quiso probar a salir conmigo... pero vio a un amigo de su Daniel... ÂĄCuĂĄnto nos costĂł calmar su llanto! ÂĄMenos mal que SimĂłn vale mucho! Me sugiriĂł — dado que manifiesta el deseo de volver a convivir normalmente con la gente y que el ambiente de Betsur estĂĄ demasiado lleno de recuerdos para ella —, me sugiriĂł llamar a Juana. Fue Ă©l a llamarla. HabĂ­a vuelto, despuĂ©s de las fiestas, a sus esplĂ©ndidos cultivos de rosales de Judea, a BĂ©ter. Dice SimĂłn que, atravesando esas colinas llenas de rosas, le parecĂ­a soñar. Dice que creĂ­a estar en el ParaĂ­so. Vino sin demora. ÂĄJuana puede comprender a una madre que llora a sus hijos, y compadecerse de ella! Elisa le ha cogido mucho afecto y yo he venido. Juana la quiere convencer de que salga de Betsur y vaya a su castillo. Lo lograrĂĄ porque es dulce como una paloma; pero tambiĂ©n, cuando quiere una cosa, sĂłlida como un bloque de granito».

«Iremos a Betsur al regreso y luego nos separaremos. Vosotras, discípulas, os quedaréis con Elisa y Juana durante un tiempo. Nosotros iremos por Judea. Nos veremos de nuevo en Jerusalén para Pentecostés»...

AnotaciĂłn

Vuelve, mi Paz. No solo quiero amarte, sino tambiĂ©n servirte. Estas palabras siguen a la presencia de JesĂșs en el EMV 208 y el EMV 209. MarĂ­a permaneciĂł despuĂ©s en Bet-Çur a partir del EMV 210.

TĂș eres mi mayor ayuda. JesĂșs desea, en efecto, que todos le ayuden a salvar a los pecadores y a difundir la Buena Nueva en los corazones. En este caso, se trata de un ejemplo de la ayuda de MarĂ­a en el apostolado de JesĂșs.

Palabras clave

ECR 214.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

... MarĂ­a santĂ­sima y MarĂ­a, madre de Judas, estĂĄn juntas; no en la casa de la ciudad sino en la del campo. EstĂĄn solas. Los apĂłstoles, con JesĂșs, han salido. Las discĂ­pulas y el niño, estĂĄn en el magnĂ­fico huerto; se oyen sus voces, y los golpes de la ropa contra los lavaderos (quizĂĄs estĂĄn haciendo la colada mientras el niño juega).

La madre de Judas, sentada, en la penumbra de una habitación, al lado de María, habla; le dice a María: «Estos días de paz los recordaré como un dulce sueño. ¥Demasiado cortos! ¥Demasiado! Comprendo que no se debe ser egoísta y que es justo que vayåis a ver a esa pobre mujer y a otros muchos infelices. ¥Si pudiera... detener el tiempo, o ir con vosotros!... Pero, no puedo. Aparte de mi hijo no tengo otros parientes y debo cuidar de los bienes de la casa...».

«Comprendo... Te duele separarte de tu hijo. Nosotras las madres quisiéramos estar siempre con nuestros hijos. De todas formas, los damos por una buena razón, y no los perdemos. Ni siquiera la muerte nos los arrebata, si estån en gracia, y también nosotras, ante los ojos de Dios. Ademås, los tenemos todavía en este mundo y podemos llegarnos a ellos, a pesar de que la voluntad de Dios los arranque de nuestro pecho para entregarlos por el bien del mundo; y... el eco de sus obras nos hace como una caricia en el corazón, porque sus obras son el perfume de su alma».

214.6

«¿Qué es tu Hijo para ti, Mujer?» pregunta tímidamente María de Judas.

Y María santísima responde seguramente: «Es mi gozo».

«¥¥Tu gozo!!...» y la Madre de Judas rompe a llorar, replegåndose sobre sí misma como para esconder el llanto; de tanto como se pliega, toca casi con la frente en las rodillas.

«¿Por qué lloras, mi pobre amiga? ¿Por qué? Dímelo. Yo me siento dichosa de mi maternidad, pero sé también comprender a las madres no felices...».

«Exacto, no felices. Yo soy una de ellas. Tu Hijo es tu gozo, el mĂ­o es mi dolor; al menos lo ha sido. Ahora, desde que estĂĄ con tu Hijo, me causa menos dolor. Entre todos los que oran por tu santo Hijo, por su bien y su victoria, no hay nadie, despuĂ©s de ti, bendita mujer, que ore cuanto esta infeliz que te habla... Dime la verdad: ÂżquĂ© piensas de mi hijo? Las dos somos madres, estamos cara a cara, en medio estĂĄ Dios, estamos hablando de nuestros hijos. Para ti siempre serĂĄ fĂĄcil hablar del tuyo. Yo... debo hacerme violencia para hablar del mĂ­o y hablar de Ă©l me puede acarrear mucho bien, o mucho dolor; no obstante, aunque fuera dolor, serĂ­a en todo caso un alivio el haber hablado... Esa mujer de Betsur — Âżno es verdad? — casi enloqueciĂł por la muerte de sus hijos. Pues bien, yo te juro que algunas veces, cuando miro a mi Judas, guapo, sano, inteligente, pero no bueno, no virtuoso, no recto de corazĂłn, no sano de sentimientos, he pensado, y pienso, que preferirĂ­a llorarle por muerto antes que... que verle muy enemistado con Dios. Dime, ÂżquĂ© piensas de mi hijo? SĂ© franca. Hace mĂĄs de un año que esta pregunta me quema las entrañas. Pero, Âża quiĂ©n puedo dirigirme? ÂżA los vecinos de Keriot?: no sabĂ­an todavĂ­a de la presencia del MesĂ­as entre nosotros y que Judas querĂ­a ir con Él. Yo sĂ­ lo sabĂ­a porque me lo habĂ­a dicho en el viaje de regreso de la Pascua: exaltado, violento, como siempre que le viene un capricho, y, como siempre, sin interĂ©s alguno por los consejos de su madre. ÂżA sus amigos de JerusalĂ©n?: una santa prudencia y una pĂ­a esperanza me lo impedĂ­an; no querĂ­a decirles a Ă©sos — que no puedo estimar porque son todo menos santos — que Judas seguĂ­a al MesĂ­as. AsĂ­ las cosas, tenĂ­a la esperanza de que ese capricho cayera, como tantos otros, como todos, procurando quizĂĄs lĂĄgrimas y desconsuelo, como por mĂĄs de una muchacha, de aquĂ­ y de otros lugares: las enamorĂł y jamĂĄs tomĂł por esposa a ninguna de ellas. FĂ­jate, hay sitios a donde no va nunca, porque se podrĂ­a encontrar con un justo castigo. TambiĂ©n lo de pertenecer al Templo fue un capricho. Nunca sabe lo que quiere. Con su padre — Dios le perdone — se malogrĂł; mi opiniĂłn no ha contado nunca nada para los dos hombres de mi casa. Me ha tocado siempre llorar y reparar, nada mĂĄs, con todo tipo de humillaciones... Cuando muriĂł Yoana — yo sĂ©, aunque ninguno lo dijera, que muriĂł de dolor cuando, despuĂ©s de haber esperado durante toda su juventud, Judas declarĂł que no querĂ­a casarse, mientras que por otra parte se sabĂ­a que habĂ­a mandado a unos amigos suyos a JerusalĂ©n para hablar con una mujer rica, propietaria de una red comercial hasta Chipre, para interesarse por su hija — a mĂ­ me tocĂł llorar mucho, mucho, por las acusaciones de la madre de la muchacha muerta, como si hubiera sido cĂłmplice de mi hijo. No, no lo soy. Que yo para Ă©l no valgo nada. El año pasado, cuando estuvo aquĂ­ el Maestro, me di cuenta de que Él comprendĂ­a. Estuve por hablarle, pero... es muy doloroso para una madre tener que decir: “¡Atento a mi hijo, que es ambicioso, duro de corazĂłn, vicioso, soberbio, voluble”. Mi hijo es esto. Yo... yo oro porque tu Hijo, que tantos milagros hace, haga un milagro con mi Judas. Pero... dime: ÂżquĂ© piensas de Ă©l?».

214.7

MarĂ­a, que hasta ahora habĂ­a permanecido en silencio y con expresiĂłn de dolor compasivo ante este lamento materno, cuyo fundamento su recto corazĂłn no puede desmentir, dice dulcemente: «¥Pobre madre!... ÂżQue quĂ© pienso? SĂ­, tu hijo no es esa alma cristalina que es Juan, ni el manso AndrĂ©s, ni el fuerte Mateo, que ha querido cambiar y ha cambiado. Es... voluble, sĂ­, eso. Pero... tĂș y yo oraremos mucho por Ă©l. No llores. QuizĂĄs en tu amor de madre, que querrĂ­a poder gloriarse de su hijo, le ves mĂĄs deforme de lo que en realidad lo sea...».

«¥No! ¥No! Veo las cosas como son en realidad y tengo mucho miedo».

La habitación se llena del sollozo de la madre de Judas; en la penumbra, albea el rostro de la Madre del Señor, que se muestra mås pålido después de esta confesión materna que agudiza todas sus sospechas.

Pero MarĂ­a se domina. Arrima hacia sĂ­ a esta madre desdichada, y la acaricia, mientras ella, ya sin reserva alguna, narra confusamente, jadeando, todos los despechos, exigencias y violencias de Judas, y termina: «Me pongo colorada por Ă©l cuando veo los actos de amor de que me hace objeto tu Hijo. No se lo he preguntado, pero estoy segura de que, aparte de por su bondad, lo hace para decirle a Judas a travĂ©s de esos gestos: “Ten presente que asĂ­ se debe tratar a la propia madre”. Ahora, ahora parece completamente tranquilo... ÂĄAh, si fuera verdad! AyĂșdame, ayĂșdame con tu oraciĂłn, tĂș que eres santa, para que mi hijo no sea indigno del gran don que Dios le ha concedido! Si no me quiere amar a mĂ­, si no sabe tener gratitud conmigo, que le he dado a luz y le he criado, no me importa; pero que sepa amar, realmente, a JesĂșs, que sepa servirle con fidelidad y gratitud. Y, si no, si no... que Dios le quite la vida. Prefiero tenerle en el sepulcro... Al fin le tendrĂ­a, porque, en realidad, desde que llegĂł al uso de razĂłn bien poco fue mĂ­o. Le prefiero muerto, antes que un mal apĂłstol. ÂżPuedo orar asĂ­? ÂżTĂș quĂ© piensas?».

«Pide al Señor que se haga lo mejor. No llores mås. He visto a meretrices y a gentiles, a publicanos y pecadores, a los pies de mi Hijo; todos ellos transformados en corderos por su Gracia. Ten esperanza, María, ten esperanza. ¿No sabes que las penas de las madres salvan a los hijos?...».

Y con esta compasiva pregunta cesa todo.

Palabras clave

ECR 215

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Felipe y Andrés hablan con Bet-Ginna. Curación de la hija lunåtica del posadero

Fecha de la visión: Miércoles, 11 de julio de 1945

Calendario: Miércoles 3 de mayo de 28

Lugares (mapa): Bet-Ginna

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: PrĂłximamente

Contenido del capĂ­tulo: 215 .1: Los apĂłstoles tienen miedo de ir a predicar. 215.2: JesĂșs les describe un panorama de ciudades histĂłricas. 215.3: Enviados a Bet-Ginna, Felipe y AndrĂ©s anuncian a JesĂșs a un posadero y a sus clientes. 215.4: Los apĂłstoles y los clientes discuten: ÂżEs un santo o un demonio? Es el Santo entre los santos. Incluso manda a la muerte. 215.5: La hija del posadero estĂĄ lunĂĄtica. ÂżPodrĂĄ curarla? 215.6: RĂĄpido, AndrĂ©s va a buscar a JesĂșs, quien le hace constatar que han cumplido su misiĂłn. 215.7: El posadero suplica a JesĂșs. JesĂșs exorciza a la hija de Samuel.

EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂ­tulo 77

Palabras clave

ECR 215.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No veo ni el regreso a Betsur, ni los rosales de BĂ©ter que tanto deseaba ver. JesĂșs estĂĄ acompañado sĂłlo de los apĂłstoles. No estĂĄ ni siquiera Marziam, que se ha quedado con la Virgen y las discĂ­pulas. El lugar es muy montañoso y rico en vegetaciĂłn, con bosques de conĂ­feras, o, mĂĄs exactamente, de ĂĄrboles de piñones; el olor de la resina, balsĂĄmico y vitalizador, se difunde por todo el espacio. JesĂșs camina con los suyos por estos montes verdes, dando la espalda al oriente.

Oigo que van hablando de Elisa, la cual estå muy cambiada y decidida a ir con Juana a su propiedad de Béter; van hablando también de la bondad de Juana. Hablan del nuevo rodeo que van a tener que dar, hacia las fértiles llanuras que preceden el litoral. Y entonces tornan a la memoria nombres de glorias pasadas, que suscitan la narración de episodios acaecidos, preguntas, explicaciones y afable contraposición de opiniones.

Palabras clave