Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 211.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

JesĂșs ha terminado en medio de un silencio atĂłnito. Parece que muchos estĂĄn sopesando las palabras que han escuchado, prueban su sabor, las degustan, las confrontan.

Mientras esto sucede, y JesĂșs, cansado y sudoroso, se sienta a hablar con Juan y Judas, he aquĂ­ que se alza un clamor al otro lado del muro: gritos confusos, luego mĂĄs claros: «¿EstĂĄ el MesĂ­as? ÂżEstĂĄ?». La respuesta es afirmativa. Entonces pasan adelante a un hombre contrahecho que de tan torcido como estĂĄ parece una “S”.

«¥Es Masala!».

«¥Demasiado contrahecho! ¿Qué puede esperar?».

«¥Ahí estå su madre! ¥Pobrecilla!».

«Maestro, su marido la rechaza por ese aborto de hombre de su hijo, así que vive aquí de la caridad; pero ahora es ya anciana y le queda poca vida...».

El aborto de hombre — realmente es asĂ­ — estĂĄ ante JesĂșs. No puede ni siquiera ver su rostro de lo encorvado y torcido que estĂĄ. Parece una caricatura de hombre-chimpancĂ© o de un camello humanizado.

La madre, anciana y mísera, ni siquiera habla; sólo gime: «Señor, Señor... creo...».

JesĂșs pone sus manos sobre los hombros sesgados del hombre, que apenas si le llega a la cintura; alza su rostro hacia el Cielo y dice con voz potente: «EnderĂ©zate y sigue los caminos del Señor». El hombre experimenta un brusco movimiento y, como impulsado por un resorte, queda derecho como el mĂĄs perfecto de los hombres. El movimiento ha sido tan repentino, que parece como si se hubieran roto unos resortes que le tuvieran contenido en esa posiciĂłn anĂłmala. Ahora le llega a JesĂșs a los hombros; le mira y cae de rodillas, con su madre, ante su Salvador, y ambos le besan los pies.

Es indescriptible la reacciĂłn de la muchedumbre... A pesar de todas las resistencias, JesĂșs se ve obligado a permanecer en HebrĂłn, porque la gente estĂĄ dispuesta a formar barreras en las salidas para impedirle marcharse.

Así... entra en la casa del anciano arquisinagogo, que tan cambiado estå respecto al año pasado...

Palabras clave

ECR 212

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo: Una ola de amor por JesĂșs, hablando con Yutta en la casita de Isaac.

Fecha de la visiĂłn: Domingo 8 de julio de 1945. En 212.8, comentario del 9 de julio de 1945.

Calendario: lunes 10 abril 28 (27 Nissan 3788) segĂșn maria-valtorta.org | jueves 13 abril 28 segĂșn Valtorta.fr.

LocalizaciĂłn (mapa): Yutta

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: JesĂșs es rodeado por todo el pueblo de Yutta, que lo rodea con afecto. JesĂșs se alegra por ello, y MarĂ­a cede a sus reflexiones. Declara que JesĂșs se refugia en los corazones de las almas fieles, y Ă©stas se ven embargadas por un amor ardiente, que es alegrĂ­a y sufrimiento al mismo tiempo. Es la fiebre del Amor que las consume, que las hace vivir y morir al mismo tiempo, antes de devolverlas a su estado normal, que las sume en la humildad. MarĂ­a se sorprende finalmente de su interludio, mĂĄs largo de lo que esperaba, y vuelve a centrarse en la visiĂłn. A continuaciĂłn, JesĂșs es recibido por Sara, que no permite que nadie tenga la dicha de tener al Maestro cenando en su casa.

A continuaciĂłn, JesĂșs da una charla sobre la idolatrĂ­a basada en el libro de JeremĂ­as. Explica que los corazones se han convertido en desiertos, donde no se encuentra a Dios, y que ahora hay un bosque de Ă­dolos. Muchas personas tienen ahora en su interior becerros de oro, y es terrible no conocer a Dios. El hombre debe conocer a Dios por gratitud y por respeto a su propia inteligencia. Por gratitud, porque Dios ha devuelto la gracia al hombre por medio del Redentor, y su criatura recibe tambiĂ©n todo lo que necesita para vivir. Por respeto a su propia razĂłn, porque el hombre que falta a sus deberes para con Dios se deshonra a sĂ­ mismo, ya que sabe reflexionar y reconocer quiĂ©n es su benefactor.

Distanciarse de Cristo es a la vez un bien y un mal. Un mal, porque no podemos escucharle como deseamos; un bien, porque aleja a las almas de una corrupciĂłn que intenta rodear a JesĂșs y sofocarle. Sin embargo, la soledad no impide que Dios hable en todas partes, y el Señor promete enviar muchos discĂ­pulos. TambiĂ©n invita a seguirle a quienes lo deseen y, sobre todo, invita a todos a anunciar a Cristo con una vida honesta.

Maria Valtorta releyĂł lo que habĂ­a escrito y sintiĂł que estaba realmente por debajo de lo que habĂ­a vivido.

Contenido del capĂ­tulo: 212,1: La acogida entusiasta de la multitud y la alegrĂ­a de JesĂșs. 212,2: Bajo el efecto de este entusiasmo, MarĂ­a Valtorta profetiza: Cristo actĂșa en y a travĂ©s de su pueblo fiel. 212,3: Su alegrĂ­a espiritual era incontenible. 212.4: La casa de campo de Isaac se transformĂł en "capilla". 212.5: Comentario sobre JeremĂ­as: El pecado de los grandes hombres de Israel. La idolatrĂ­a de los hombres. 212.6: La necesidad de conocer a Dios por la gratitud. 212.7: La lejanĂ­a del Templo no es un impedimento para anunciar a Cristo. 212.8: MarĂ­a Valtorta piensa que su descripciĂłn del desbordamiento del amor se quedĂł corta ante la realidad.

EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂ­tulo 74

Palabras clave

ECR 212.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Cristo se refugia en los corazones fieles, y desde allĂ­ mira, habla, bendice a la Humanidad, y luego... y luego se da a estos corazones, y ellos... y ellos, aunque permanezcan aquĂ­, tocan el Cielo beato, y arden hasta el punto de que todo su ser sufre un delicioso tormento: los sentidos, los Ăłrganos, los sentimientos, el pensamiento y, en fin, el espĂ­ritu... LĂĄgrimas y sonrisas, gemidos y canto, agotamiento y urgencia de vida, son nuestros compañeros; mĂĄs que compañeros: son nuestro propio ser, porque de la misma forma que los huesos estĂĄn en la carne, y las venas y los nervios bajo la epidermis, y todo ello constituye un solo hombre, igualmente estas cosas, verdaderamente encendidas, nacidas del hecho de que JesĂșs se ha dado a nosotros, estĂĄn en nosotros, en nuestra pobre humanidad. ÂżY, quĂ© somos nosotros en esos momentos, que no pueden ser eternos, porque si durasen mĂĄs de algunos instantes morirĂ­amos abrasados o fragmentados? No basta ya decir que somos hombres. No basta ya decir que somos animales dotados de razĂłn que viven sobre la faz de la tierra. Somos, somos, ÂĄoh, Señor, dĂ©jame decirlo al menos una vez, no por soberbia, sino para cantar tus alabanzas, porque tu mirada me quema y me hace delirar!... ÂĄSomos serafines!, y me sorprende grandemente que de nosotros no salgan llamas y ardores sensibles para las personas y la materia, como sucede en las apariciones de los rĂ©probos. Porque, si el fuego del Infierno es tal que basta un reflejo emanado de un rĂ©probo para quemar la madera y derretir los metales — y ello es verdad —, ÂżquĂ© serĂĄ tu fuego, ÂĄoh Dios!, que eres infinito y perfecto en todo?

No morimos, no, de fiebre, no es ella la que nos quema, no nos consumimos de fiebre proveniente de enfermedades de la carne. ÂĄTĂș eres nuestra fiebre, Amor! De esto se arde, se muere, nos consumimos, de esto y por esto se desgarran las fibras del corazĂłn que no puede resistir tanto. Pero... no, digo mal, porque el amor es delirio, cascada que hace pedazos los diques y baja abatiendo todo lo que no es Ă©l; el amor es un agolparse de sensaciones en la mente, todas verdaderas, todas presentes... pero que la mano no puede transcribir, porque la mente es demasiado veloz en traducir en pensamiento el sentimiento que experimenta el corazĂłn. No es verdad que morimos. Vivimos. Es una vida multiplicada por diez, una vida binaria: como hombres y como bienaventurados: la de la tierra y la del Cielo. Tengo la certeza de que no sĂłlo se alcanza, sino que se supera, esa vida sin taras, sin menguas ni limitaciones, que TĂș, Padre, Hijo y EspĂ­ritu Santo, TĂș, Dios Creador, uno y trino, habĂ­as dado a AdĂĄn; esa vida que era preludio de la Vida que habrĂ­a de gozarse en el Cielo tras un pacĂ­fico paso, en los amorosos brazos de los ĂĄngeles — como el dulce sueño y asunciĂłn de MarĂ­a al Cielo —, del ParaĂ­so terrenal al celestial, para ir a ti, a ti, a ti... Vivimos la verdadera Vida.

Y luego nos encontramos de nuevo aquĂ­, y, como yo ahora, nos asombramos, nos avergonzamos de haber ido tan allĂĄ, y decimos: «Señor, no soy digno de tanto. Perdona, Señor», y nos damos golpes de pecho porque sentimos un gran miedo a haber cometido un acto de soberbia, y uno corre un velo, mĂĄs espeso, para cubrir el resplandor, el cual no sigue llameando, por compasiĂłn hacia nuestra limitaciĂłn, en modo supercompleto, sino que se recoge en el centro de nuestro corazĂłn en espera de volver a arder con poderosa llama en un nuevo momento de beatitud querido por Dios. Uno corre el velo para cubrir el sagrario en que Dios arde con su fuego, su luz, su amor... y, agotados, aunque tambiĂ©n regenerados, reanudamos el camino como... embriagados con un vino fuerte y delicado, que no obnubila la razĂłn; antes bien, nos preserva de dirigir nuestra mirada o nuestros pensamientos hacia lo que no es el Señor, TĂș, mi JesĂșs, eslabĂłn de juntura entre nuestra miseria y la Divinidad, medio de redenciĂłn para nuestra culpa, creador de beatitud para nuestra alma; TĂș, Hijo, que con tus manos heridas metes las nuestras entre las manos espirituales del Padre y del EspĂ­ritu Santo, para que estemos y permanezcamos, ahora y siempre, en Vosotros. AmĂ©n.

Palabras clave

ECR 212.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...JesĂșs estĂĄ hablando en la casa de Isaac. La gente abarrota la estancia y el patio, y hasta incluso la plaza; JesĂșs, para que todos le puedan oĂ­r, se pone en el medio de la estancia, de forma que su voz se extienda tanto por el patio como por la plaza. Debe estar hablando de un aspecto que ha surgido de alguna pregunta o de algĂșn hecho. Dice:

«... Pues bien, podéis estar seguros de que, como dice Jeremías[1], llegada la hora de la verdad, se darån cuenta de lo doloroso y amar-go que es haber abandonado al Señor. Amigos, para ciertos delitos no hay nitro ni saponaria capaces de quitar la señal; ni siquiera el fuego del Infierno la corroe: es indeleble.

TambiĂ©n en este caso debe reconocerse la exactitud de las palabras de JeremĂ­as, pues los grandes de Israel, los nuestros, asemejan a las burras salvajes de que habla el Profeta. EstĂĄn habituados al desierto de su corazĂłn. Creedme: mientras uno estĂĄ con Dios, aunque sea pobre, como Job, aunque estĂ© solo o desnudo, no estĂĄ nunca ni solo ni pobre ni desnudo, no es nunca un desierto. Ellos, sin embargo, han quitado a Dios de su corazĂłn; por eso, estĂĄn en un ĂĄrido desierto. Como burras salvajes olisquean en el viento la presencia de los burros, que, en su caso, por su sed inapagable, se llama poder, dinero — ademĂĄs de lujuria en el verdadero sentido de la palabra —, y van tras ese olor, hasta cometer el reato. SĂ­, van tras Ă©l, y seguirĂĄn yendo, y no saben que no son los pies los que tienen desnudos sino el corazĂłn, desguarnecido ante los dardos de Dios, que vengarĂĄ su delito. Llegada esa hora, ÂĄcuĂĄn confusos quedarĂĄn reyes y prĂ­ncipes, sacerdotes y escribas! Ellos, en verdad, han dicho, y dicen, a lo que es nada, o, peor aĂșn, pecado: “¡TĂș eres mi padre, tĂș me has engendrado!”.

En verdad, en verdad os digo que MoisĂ©s rompiĂł con ira las tablas de la Ley al ver a su pueblo en la idolatrĂ­a y luego volviĂł a lo alto del monte; orĂł, adorĂł y obtuvo. Ello sucediĂł hace siglos. Pero todavĂ­a no ha cesado, ni cesarĂĄ — es mĂĄs, crece, como levadura en la harina — la idolatrĂ­a en el corazĂłn de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de Ă­dolos, cada corazĂłn es un altar sobre el que raramente estĂĄ Dios; quien no tiene una mala pasiĂłn tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sĂłlo para el oro vive sĂłlo para obtener una posiciĂłn, quien no vive sĂłlo para la carne vive sĂłlo para el egoĂ­smo. ÂĄCuĂĄntos yoes reducidos a becerros de oro reciben adoraciĂłn en los corazones! LlegarĂĄ, pues, el dĂ­a en que, compungidos, llamarĂĄn al Señor, y oirĂĄn la respuesta: “Invoca a tus dioses. Yo no te conozco”.

Tremenda palabra Ă©sta, si la pronuncia Dios dirigida a un hombre. Dios ha creado al Hombre raza y conoce a cada individuo humano, asĂ­ que, si dice: “Yo no te conozco”, es señal de que ha borrado con la fuerza de su voluntad a ese hombre de su memoria. ÂĄYo no te conozco! ÂżSerĂĄ Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto? No. El hombre ha gritado al Cielo: “Yo no te conozco” y el Cielo ha respondido al hombre: “Yo no te conozco”. Fiel como el eco...

212.6

Meditad ademĂĄs esto: el hombre estĂĄ obligado a conocer a Dios por deber de gratitud y por respeto a su propia inteligencia.

Por gratitud. Dios ha creado al hombre y le ha dado el don inefable de la vida; ademĂĄs le ha provisto del regalo superinefable de la Gracia, que el hombre perdiĂł por su culpa. He aquĂ­ que Ă©ste recibe una gran promesa: “Te restituirĂ© la Gracia”. Dios, el ofendido, habla en este modo al ofensor, casi como si Dios fuera el culpable, obligado a dar satisfacciĂłn. Y Dios ha mantenido su promesa: Yo estoy aquĂ­ para restituir la Gracia al hombre. Dios no se limita a dar lo sobrenatural, sino que incluso rebaja su Esencia divina a proveer a las gravosas necesidades de la carne y sangre del hombre, y ofrece el calor del sol, el alivio del agua, cereales, vino, ĂĄrboles y animales de todas las especies. AsĂ­, el hombre ha recibido de Dios todos los medios para la vida. Es el Benefactor. La gratitud es obligada, y hay que mostrarla esforzĂĄndose en conocerle.

Por respeto a la propia razĂłn. El imbĂ©cil, el estĂșpido, no muestran gratitud hacia quien los cuida, porque no comprenden el verdadero valor de esas atenciones, y odian a la persona que los lava y acerca la comida a su boca, que los guĂ­a a la cama o los acuesta, porque, siendo, como son, animalescos a causa de su desgracia, confunden los cuidados con las torturas. El hombre que falta en este sentido para con Dios se deshonra a sĂ­ mismo, que es un ser dotado de razĂłn. SĂłlo un estĂșpido o demente no logra distinguir a su padre de un extraño, al benefactor del enemigo. El hombre inteligente conoce a su padre y a su benefactor y se complace en conocerlos cada vez mĂĄs, incluso en las cosas que ignora por haber sucedido antes de que Ă©l naciera de su padre o fuera beneficiado por su benefactor. Pues asĂ­ debemos actuar para con el Señor, para mostrar que somos inteligentes, y no mentecatos.

Sucede que en Israel demasiados son como estos dementes que no reconocen a su padre o a su benefactor. JeremĂ­as se pregunta: “¿PodrĂĄ, acaso, una virgen olvidarse de sus atavĂ­os o una esposa de ceñir su cintura?”. Pues Israel estĂĄ poblado de vĂ­rgenes insensatas que olvidan sus atavĂ­os y de esposas impĂșdicas que olvidan los cinturones recatados y se ponen oropeles de meretriz; y esto se ve mĂĄs extendido cuanto mĂĄs se sube a las clases que deberĂ­an ser maestras del pueblo. Pues bien, he aquĂ­ el reproche que Dios, con cĂłlera y llanto, les dirige: “¿Por quĂ© te esfuerzas en mostrar que tu conducta es buena para buscar afecto, cuando en realidad enseñas la malicia y esos modos tuyos de actuar, y han encontrado en los bordes de tus vestiduras la sangre de los pobres e inocentes?”.

212.7

Amigos, la distancia es un bien y un mal. Estar muy lejos de los lugares donde a menudo hablo es un mal, porque os impide oĂ­r las palabras de Vida. Os dolĂ©is de ello y tenĂ©is razĂłn. Pero considerad que tambiĂ©n es un bien porque asĂ­ estĂĄis lejos de los lugares donde fermenta el pecado, hierve la corrupciĂłn y se oye el zumbido de la insidia que obra contra mĂ­, poniĂ©ndome zancadillas e insinuando a los corazones dudas y mentiras respecto a mĂ­. Bien, pues yo os prefiero lejos antes que corrompidos. Me ocuparĂ© de vuestra formaciĂłn. Como podĂ©is ver, Dios ya lo habĂ­a hecho antes de que nos conociĂ©ramos y consecuentemente nos amĂĄramos: me conocĂ­ais sin habernos visto nunca. Isaac ha sido el heraldo entre vosotros. Pues bien, enviarĂ© a muchos como Isaac para que os refieran mis palabras. Mas debĂ©is saber tambiĂ©n que Dios puede hablar en todas partes, de TĂș a tĂș, con el espĂ­ritu humano, y educarle en su doctrina.

No tengĂĄis miedo a que por estar solos podĂĄis errar. No. Si no querĂ©is, no serĂ©is infieles al Señor y a su Cristo. Pero si, a pesar de todo, hay quien no puede realmente estar lejos del MesĂ­as, sepa que el MesĂ­as le abre el corazĂłn y los brazos y le dice: “Ven”. Venid los que querĂĄis venir; quedaos los que os querĂĄis quedar. Mas unos y otros predicad a Cristo con una vida honesta; predicadle contra la deshonestidad que anida en demasiados corazones, contra la ligereza de los infinitos que no saben permanecer fieles y que se olvidan de ponerse sus atavĂ­os y de ceñirse las cinturas como conviene a las almas llamadas al desposorio con Cristo.

Vosotros me habĂ©is dicho, con alegrĂ­a: “Desde que viniste no hemos tenido ya ni enfermos ni muertos. Tu bendiciĂłn nos ha protegido”. SĂ­, la salud es una cosa grande. Pero haced que esta venida mĂ­a de ahora os haga sanos de espĂ­ritu a todos, siempre y en todo. En vista de esto os bendigo y os doy mi paz: a vosotros, a vuestros niños, a los campos, casas y mieses, a los rebaños y ĂĄrboles frutales. Usadlo con santidad, no viviendo para ello, sino de ello, dando lo superfluo a quien estĂ© carente, y tendrĂ©is la medida prensada de las bendiciones del Padre, y un lugar en el Cielo.

Podéis marcharos. Yo me quedo a orar...».

AnotaciĂłn

Como dice Jeremías, verån por la prueba cuån doloroso y amargo es haber abandonado al Señor. Jeremías 2:19. El capítulo 2 trata de la apostasía de Israel.

El rey y los prĂ­ncipes, los sacerdotes y los escribas serĂĄn avergonzados, porque han dicho y siguen diciendo: "TĂș eres mi padre. ÂĄTĂș me has engendrado! En referencia al Salmo 2:7.

En verdad, en verdad os digo que MoisĂ©s rompiĂł las Tablas de la Ley con ira a la vista del pueblo idĂłlatra, luego volviĂł a la montaña, orĂł, adorĂł y obtuvo misericordia. Eso fue hace siglos. VĂ©ase el libro del Éxodo, capĂ­tulos 32 a 34.

Jeremías pregunta: "¿Puede una virgen olvidar sus galas y una esposa su ceñidor? " Jeremías 2:32.

"¿Por qué tratåis de alardear de la honradez de vuestro comportamiento para buscar el amor, cuando enseñåis la perversión y vuestros caminos, y la sangre de los pobres y de los inocentes estå en las faldas de vuestros vestidos? " Jeremías 2:34.

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Libro de JeremĂ­as 2, 19.32.34

Jer 2, 19: ¥Vuestra impiedad os castiga y vuestras rebeliones os castigan! Sabed, pues, y ved cuån impío y amargo es que hayåis abandonado a Yahvé, vuestro Dios, y no tengåis temor de mí, - dice el Señor Yahvé de los ejércitos.

Jer 2,32: ÂżAcaso olvida la virgen su adorno, la novia su ceñidor? Y mi pueblo se ha olvidado de mĂ­ durante dĂ­as sin nĂșmero.

Jer 2,34: Hasta en las faldas de tus vestidos estĂĄ la sangre de los pobres inocentes; no los sorprendiste allanando sus moradas, sino que los mataste por todas estas cosas.

Libro de los Salmos 2, 7

Sal 2, 7 : PublicarĂ© el decreto: YahvĂ© me ha dicho: TĂș eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.

Libro del Éxodo 32-34

Éxodo 32-34 : Cuando el pueblo vio que MoisĂ©s tardaba en bajar de la montaña, se reunieron en torno a AarĂłn y le dijeron: "Vamos, haznos un dios que vaya delante de nosotros. Pues en cuanto a este MoisĂ©s, el hombre que nos sacĂł de la tierra de Egipto, no sabemos quĂ© ha sido de Ă©l". AarĂłn les dijo: "Quitaos los aros de oro de las orejas de vuestras mujeres, hijos e hijas, y traĂ©dmelos". Todos se quitaron los aros de oro de las orejas y se los trajeron a AarĂłn. Él se los quitĂł de las manos, trabajĂł el oro con un cincel e hizo con Ă©l un becerro de fundiciĂłn. Y dijeron: "Este es tu Dios, Israel, que te sacĂł de la tierra de Egipto". Cuando AarĂłn lo vio, construyĂł un altar ante la imagen, y exclamĂł: "Mañana habrĂĄ fiesta en honor de YahvĂ©". Al dĂ­a siguiente, habiĂ©ndose levantado temprano por la mañana, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz; y el pueblo se sentĂł a comer y a beber, y luego se levantaron a divertirse.

Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Baja, porque tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto, se ha portado muy mal. Pronto se apartaron del camino que yo les había mandado, y se hicieron un becerro de fundición, lo adoraron y le ofrecieron sacrificios, y dijeron: Este es vuestro Dios, Israel, que os sacó del país de Egipto." Yavé dijo a Moisés: "Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. 10Ahora déjamelos a mí: ¥que arda mi ira contra ellos y los consuma! Pero yo haré de ti una gran nación.

MoisĂ©s suplicĂł a YahvĂ©, su Dios, y le dijo: "ÂżPor quĂ©, YahvĂ©, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte? ÂżPor quĂ© han de decir los egipcios: 'Él los sacĂł para su propio mal, para destruirlos en las montañas y borrarlos de la faz de la tierra'? Vuelve del ardor de tu ira y arrepiĂ©ntete del mal que quieres hacer a tu pueblo. AcuĂ©rdate de Abraham, Isaac e Israel, tus siervos, a quienes juraste: 'MultiplicarĂ© vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de la que he hablado la darĂ© a vuestros descendientes, y la poseerĂĄn para siempre'.

Y Yahvé se arrepintió del mal que había hablado de hacer a su pueblo. Moisés volvió y bajó de la montaña con las dos tablas del testimonio en la mano, escritas por ambos lados. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada en las tablas. Josué oyó el ruido de los gritos del pueblo, y dijo a Moisés: "¥Hay un grito de guerra en el campamento!". Moisés respondió: "No es ni el sonido de gritos de victoria ni el sonido de gritos de derrota; oigo la voz del pueblo cantando". Cuando estuvo cerca del campamento, vio el becerro y las danzas. La ira de Moisés se encendió, arrojó las tablas con las manos y las rompió al pie de la montaña. Luego tomó el becerro que habían hecho, lo quemó con fuego, lo molió hasta hacerlo polvo, echó el polvo en el agua y se la dio a beber a los hijos de Israel.

MoisĂ©s dijo a AarĂłn: "ÂżQuĂ© te ha hecho este pueblo para que hayas traĂ­do sobre ellos un pecado tan grande?". AarĂłn respondiĂł: "ÂĄQue no se encienda la ira de mi señor! TĂș mismo sabes que este pueblo es inclinado al mal. 23Ellos me dijeron: 'Haznos un dios que vaya delante de nosotros; pues en cuanto a este MoisĂ©s, el hombre que nos sacĂł de la tierra de Egipto, no sabemos quĂ© ha sido de Ă©l'. Yo les dije: "ÂĄQue se despojen del oro los que lo tengan! Me lo dieron, lo arrojĂ© al fuego y de Ă©l saliĂł este becerro.

Moisés vio que el pueblo no tenía freno, porque Aarón les había quitado todo freno, exponiéndolos a convertirse en el hazmerreír de sus enemigos. Entonces Moisés se paró a la puerta del campamento y dijo: "¥A mí me pertenecen los que estån por Yahvé!". Y todos los hijos de Leví se reunieron a su alrededor. Y les dijo: "Así ha dicho Yahvé, el Dios de Israel: 'Que cada uno de vosotros ponga su espada al cinto y recorra el campamento de puerta en puerta, matando cada uno a su hermano, cada uno a su amigo, cada uno a su pariente'". Los hijos de Leví hicieron lo que Moisés les mandó, y aquel día perecieron unos tres mil hombres. Moisés dijo: "Consagraos hoy a Yahvé, ya que cada uno de vosotros ha estado en contra de su hijo y de su padre, para que os dé hoy una bendición."

Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo: "Habéis cometido un gran pecado. Ahora subiré a Yahvé: tal vez obtenga el perdón de vuestro pecado". Moisés volvió a Yahvé y dijo: "¥Ah, este pueblo ha cometido un gran pecado! Se han hecho un dios de oro. Perdona ahora su pecado; si no, bórrame de tu libro que has escrito". Yahvé dijo a Moisés: "Al que ha pecado contra mí lo borraré de mi libro. Ve ahora y conduce al pueblo adonde te he dicho. He aquí que mi ångel irå delante de ti, pero el día de mi visitación los castigaré por su pecado." Así golpeó Yahvé al pueblo, porque habían hecho el becerro que había hecho Aarón.

(CapĂ­tulo 33) YahvĂ© dijo a MoisĂ©s: "Vete de aquĂ­, tĂș y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto; sube a la tierra que prometĂ­ con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: La darĂ© a tus descendientes. EnviarĂ© un ĂĄngel delante de ti y expulsarĂ© al cananeo, al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Subid a una tierra que mana leche y miel; pero yo no subirĂ© entre vosotros, porque sois un pueblo de dura cerviz, para que no os destruya por el camino."

Cuando el pueblo oyó estas duras palabras, se lamentó, y nadie se puso sus ornamentos. Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel: 'Sois un pueblo de dura cerviz; si subiera entre vosotros un momento, os destruiría. Y ahora, quitaos los ornamentos de encima, y sabré lo que tengo que haceros". 6Los hijos de Israel se despojaron de sus ornamentos en el monte Horeb.

Moisés tomó la tienda y la levantó fuera del campamento, a cierta distancia; la llamó la tienda del encuentro; y todos los que buscaban a Yavé iban a la tienda del encuentro, que estaba fuera del campamento. Cuando Moisés fue a la tienda, todo el pueblo se puso en pie, cada uno a la puerta de la tienda, y siguieron a Moisés con la mirada hasta que entró en la tienda. En cuanto Moisés entró en la tienda, la columna de nube descendió y se detuvo a la entrada de la tienda, y Yahvé habló con Moisés. Y todo el pueblo vio la columna de nube que estaba a la entrada de la Tienda; y todo el pueblo se levantó, y cada uno se postró a la entrada de su Tienda. Y Yahvé habló a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo. Entonces Moisés regresó al campamento, pero su criado Josué hijo de Nun, un joven, no se apartó de en medio de la Tienda.

MoisĂ©s dijo a YahvĂ©: "TĂș me dices: Haz subir a este pueblo, pero no me dices a quiĂ©n enviarĂĄs conmigo. Sin embargo, dijiste: 'Te conozco por tu nombre y has hallado gracia ante mis ojos. Y ahora, si he hallado gracia ante tus ojos, hazme conocer tus caminos, para que te conozca y halle gracia ante tus ojos. Considera que esta naciĂłn es tu pueblo. YahvĂ© respondiĂł: "Mi rostro irĂĄ contigo y te darĂ© descanso". MoisĂ©s dijo: "Si tu rostro no viene, no nos despidas de aquĂ­. ÂżCĂłmo se sabrĂĄ que yo y tu pueblo hemos hallado gracia a tus ojos, si no caminas con nosotros? Esto es lo que nos distinguirĂĄ a mĂ­ y a tu pueblo de todos los pueblos sobre la faz de la tierra. YahvĂ© respondiĂł a MoisĂ©s: "Aun asĂ­ harĂ© lo que me pides, pues has hallado gracia ante mis ojos y te conozco por tu nombre".

MoisĂ©s dijo: "DĂ©jame ver tu gloria". YahvĂ© respondiĂł: "HarĂ© pasar toda mi bondad delante de ti, y pronunciarĂ© el nombre de YahvĂ© delante de ti; porque serĂ© clemente con quien quiera ser clemente, y misericordioso con quien quiera ser misericordioso." Dijo YahvĂ©: "No podrĂĄs ver mi rostro, porque el hombre no puede verme y vivir." Dijo YahvĂ©: "AquĂ­ hay un lugar cerca de mĂ­; tĂș estarĂĄs sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te pondrĂ© en el hueco de la roca y te cubrirĂ© con mi mano hasta que haya pasado. Entonces retirarĂ© mi mano y me verĂĄs por detrĂĄs; pero mi rostro no se verĂĄ".

(Capítulo 34) Yahvé dijo a Moisés: "Corta dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré en ellas las palabras que estaban en las primeras tablas que rompiste. Prepårate para subir mañana por la mañana al monte Sinaí y preséntate ante mí en la cima del monte. Que nadie suba contigo, y que no se vea a nadie en ninguna parte del monte, y que ni ovejas ni bueyes pasten en la ladera de este monte. Entonces Moisés cortó dos tablas de piedra como las primeras y, levantåndose temprano, subió al monte Sinaí, como Yahvé le había ordenado, y tomó las dos tablas de piedra en la mano.

El Señor descendió en la nube, se detuvo junto a él y pronunció el nombre del Señor. Y Yahvé pasó por delante de él y gritó: "¥Yahvé! ¥Yahvé! Dios misericordioso y compasivo, lento a la cólera, rico en bondad y fidelidad, que conserva su gracia hasta mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; ¥pero no los deja sin castigo, visitando la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y hasta la cuarta generación!". Inmediatamente Moisés se postró en tierra y adoró, 9diciendo: "Si he hallado gracia ante tus ojos, Señor, dígnate Yahvé caminar entre nosotros, pues son un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras iniquidades y nuestros pecados, y tómanos como herencia."

Yavé dijo: "He aquí, yo hago un pacto: en presencia de todo tu pueblo haré maravillas que no se han hecho en ninguna tierra ni entre ninguna nación; y todos los pueblos que te rodean verån la obra de Yavé, porque terribles son las cosas que haré contigo.

Presta atención a lo que te ordeno hoy. He aquí que yo expulso delante de vosotros al amorreo, al cananeo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Guardaos de pactar con los habitantes de la tierra contra la que marchåis, no sea que se conviertan en una trampa en medio de vosotros. 13Pero derribaréis sus altares, quebraréis sus columnas y derribaréis sus bosques. No adoraréis a otros dioses, porque Yavé se llama Celoso, un Dios celoso. Por tanto, no hagåis alianza con los habitantes de la tierra, no sea que cuando ellos se prostituyan con sus dioses y les ofrezcan sacrificios, os inviten a entrar y comåis de sus sacrificios; no sea que toméis de sus hijas para vuestros hijos, y sus hijas, prostituyéndose con sus dioses, hagan que también vuestros hijos se prostituyan con sus dioses.

No haréis dioses de metal fundido.

La Fiesta de los Panes sin Levadura: siete días comeréis panes sin levadura, como yo os he mandado, a la hora señalada en el mes de Abib, porque en el mes de Abib salisteis de Egipto.

Todo primogénito macho de vuestros rebaños, sea buey u oveja, es mío. Redimirås al primogénito del asno con un cordero; y si no lo redimieres, le romperås el pescuezo. Redimirås a todo primogénito de tus hijos, y no vendrån ante mí con las manos vacías.

Trabajaréis seis días, pero descansaréis el séptimo, incluso en la labranza y la siega.

Celebraréis la fiesta de las Semanas, de la primera cosecha de trigo, y la fiesta de la Siega al final del año.

Tres veces al año comparecerån todos los varones ante el Señor Yahvé, Dios Israel. Porque echaré a las naciones de delante de ti y extenderé tus fronteras; y nadie codiciarå tu tierra mientras subas a presentarte ante Yahvé, tu Dios, tres veces al año.

No ofrecerås la sangre de mi víctima con pan leudado, y el sacrificio de la fiesta pascual no se guardarå hasta la mañana.

Traerås las primicias de los primeros frutos de tu tierra a la casa del Señor, tu Dios.

No cocerĂĄs el cabrito en la leche de su madre.

YahvĂ© dijo a MoisĂ©s: "Escribe tĂș estas palabras, porque conforme a ellas hago alianza contigo y con Israel."

Moisés estuvo allí con Yahvé cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y Yahvé escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.

Moisés bajó del monte Sinaí; Moisés tenía las dos tablas del testimonio en la mano cuando bajó del monte; y Moisés no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante mientras hablaba con Yahvé. Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, y he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él. Moisés los llamó, y Aarón y todos los jefes de la congregación se acercaron a él, y él les habló. Entonces se acercaron todos los hijos de Israel, y él les dio todas las órdenes que había recibido de Yahvé en el monte Sinaí.

Cuando Moisés terminó de hablarles, se puso un velo sobre el rostro. Cuando Moisés se presentó ante Yavé para hablar con él, se quitó el velo hasta que salió; entonces salió y contó a los hijos de Israel lo que se le había ordenado. 35Y cuando los hijos de Israel vieron el rostro de Moisés, vieron que la piel del rostro de Moisés estaba radiante; y Moisés volvió a ponerse el velo sobre el rostro, hasta que entró a hablar con Yavé.

Palabras clave

ECR 212.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No ha cesado, ni cesará — es más, crece, como levadura en la harina — la idolatría en el corazón de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de ídolos, cada corazón es un altar sobre el que raramente está Dios; quien no tiene una mala pasión tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sólo para el oro vive sólo para obtener una posición, quien no vive sólo para la carne vive sólo para el egoísmo.

Palabras clave

ECR 212.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No tengĂĄis miedo a que por estar solos podĂĄis errar. No. Si no querĂ©is, no serĂ©is infieles al Señor y a su Cristo. Pero si, a pesar de todo, hay quien no puede realmente estar lejos del MesĂ­as, sepa que el MesĂ­as le abre el corazĂłn y los brazos y le dice: “Ven”. Venid los que querĂĄis venir; quedaos los que os querĂĄis quedar. Mas unos y otros predicad a Cristo con una vida honesta; predicadle contra la deshonestidad que anida en demasiados corazones, contra la ligereza de los infinitos que no saben permanecer fieles y que se olvidan de ponerse sus atavĂ­os y de ceñirse las cinturas como conviene a las almas llamadas al desposorio con Cristo.

Palabras clave

ECR 212.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Unos y otros predicad a Cristo con una vida honesta; predicadle contra la deshonestidad que anida en demasiados corazones, contra la ligereza de los infinitos que no saben permanecer fieles y que se olvidan de ponerse sus atavíos y de ceñirse las cinturas como conviene a las almas llamadas al desposorio con Cristo.

Palabras clave