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Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 28.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

28.1 Veo una vĂ­a de primer orden muy transitada. Jumentos que van cargados de todo tipo de cosas y de personas. Jumentos que regresan. La gente azuza a sus cabalgaduras. Otros, los que van a pie, caminan deprisa porque hace frĂ­o.

Hay un aire terso y seco, el cielo estå sereno; todo tiene, no obstante, ese filo neto de los días de pleno invierno. El campo, desnudo, parece mås grande; estå poco crecida y ya requemada por los vientos invernales la hierba de los pastos en que las ovejas buscan un poco de alimento, y también de sol, que estå saliendo poco a poco. Estån pegadas las unas a las otras, porque también ellas tienen frío; y balan, levantando el morro y mirando al Sol como diciendo: «¥Ven pronto, que hace frío!». El terreno es ondoso. Las sinuosidades se hacen cada vez mås netas; es propiamente una zona de colinas, con depresiones herbosas y laderas, con pequeños valles y cimas. El camino pasa por el medio en dirección sudeste.

María va montada en un borriquillo pardo, toda arropada en su grueso manto. En la parte de adelante de la albardilla estå ese arnés ya visto en el viaje hacia Hebrón; encima, el baulillo con las cosas mås necesarias.

José camina al lado llevando las riendas. De vez en cuando le pregunta a María si estå cansada.

Ella le mira sonriendo y le responde que no; pero a la tercera vez añade: «TĂș sĂ­ que estarĂĄs cansado, que vas a pie».

«¥Oh!, ¿yo? Para mí no es nada. Lo que pienso es que si hubiera encontrado otro asno podrías ir mås cómoda y ademås llegaríamos antes. Pero, me ha sido imposible encontrarlo; ahora todos necesitan una cabalgadura. ¥Ánimo de todas formas! Pronto llegaremos a Belén. Al otro lado de aquel monte estå Efratå».

Ahora guardan silencio. La Virgen cuando calla parece recogerse internamente en oraciĂłn. SonrĂ­e dulcemente por un pensamiento suyo, y, cuando mira a la gente, parece como si no viera en ella lo que es (un hombre, una mujer, un anciano, un pastor, un rico o un pobre), sino eso que sĂłlo Ella ve.

«¿Tienes frío?» pregunta José, dado que empieza a levantarse viento.

«No, gracias».

Pero José no se fía. Le toca los pies, que penden por el lado del borriquillo, los pies calzados en las sandalias y que apenas si se ven sobresalir del largo vestido; debe sentirlos fríos porque menea la ca­beza y se quita una manta que llevaba en bandolera y arropa con ella las piernas de María, y se la extiende también sobre el regazo, de forma que sus manos, bajo la cobija y el manto, estén bien calientes.

28.2 Encuentran a un pastor, que corta el camino con su rebaño, pasando de los pastos de la derecha a los de la izquierda. José se inclina hacia él para decirle algo. El pastor hace un gesto afirmativo. José toma el borriquillo y tira de él detrås del rebaño hasta el prado. El pastor saca de una alforja una tosca escudilla, ordeña a una gruesa oveja de ubres llenas, da la escudilla a José y éste a su vez se la ofrece a María.

«¥Que Dios os bendiga a los dos! — dice MarĂ­a —. A ti, por tu amor; y a ti por tu bondad. OrarĂ© por ti».

«¿Venís de lejos?».

«De Nazaret» responde José.

«¿Y vais hacia...?».

«A Belén».

«Largo viaje para esta mujer en este estado. ¿Es tu esposa?».

«Es mi esposa».

«¿Tenéis dónde ir?».

«No».

«¥Mala cosa! Belén estå llena de gente llegada de todas partes para inscribirse o para ir a otro lugar. No sé si encontraréis alojamiento. ¿Conoces bien este lugar?».

«No mucho».

«Bueno, pues... yo te digo... por Ella (y señala a MarĂ­a). Preguntad por la posada. EstarĂĄ llena. MĂĄs que nada os lo digo como referencia. EstĂĄ en una plaza, en la mĂĄs grande. Se llega por este mismo camino, no hay pĂ©rdida posible. Delante hay una fuente. La posada es grande y baja y tiene un portal grande. EstarĂĄ llena. De todas formas, si no encontrĂĄis nada en ella ni en las otras casas, id a la parte de atrĂĄs de la posada, hacia el campo. En el monte hay unos establos que algunas veces les sirven a los mercaderes que van a JerusalĂ©n para meter a los animales que no tienen sitio en la posada. Son establos — ya sabĂ©is — que estĂĄn en el monte; por tanto, hĂșmedos, frĂ­os y sin puerta. Pero son al menos un refugio; esta mujer... no puede quedarse en la calle. QuizĂĄs allĂ­ encontrĂĄis un sitio... y heno para dormir y para el burro... ÂĄY que Dios os acompañe!».

«¥Y que alegre tus días!» responde María. José en cambio dice: «La paz sea contigo».

28.3 Vuelven al camino. Salvan una prominencia del terreno desde la que se ve una depresión mås vasta limitada por delicadas pendientes. En la cuenca y arriba y abajo por las laderas hay casas y mås casas: es Belén.

«Estamos en la tierra de David, María. Ahora podrås descansar. Te veo muy cansada...».

«No. Estaba pensando... estoy pensado...». María le coge la mano a José y, sonriendo con beatitud, le dice: «Tengo la firme impresión de que ha llegado el momento».

«¥Dios de misericordia! ¿Qué hacemos?».

«No te preocupes, José. Permanece firme. ¿No ves lo tranquila que estoy yo?».

«Pero estås sufriendo mucho».

«¥Oh! ÂĄno! Estoy llena de gozo. Siento un jĂșbilo tal, tan fuerte, tan hermoso, tan incontenible, que mi corazĂłn late fortĂ­simamente y me dice: “¡Va a nacer! ÂĄVa a nacer!”. Lo dice en cada latido. Es mi Niño, que llama a mi corazĂłn y me dice: “MamĂĄ, estoy aquĂ­, vengo a darte el beso de Dios”. ÂĄOh, quĂ© alegrĂ­a, JosĂ© mĂ­o!».

JosĂ©, sin embargo, no estĂĄ jubiloso. Piensa mĂĄs bien en la urgencia de encontrar un lugar donde ampararse, y acelera el paso. Puerta por puerta lo solicita... Nada. Todo lleno. Llegan a la posada... EstĂĄ llena, incluso con gente prĂĄcticamente al raso bajo el rĂșstico pĂłrtico que rodea el vasto patio interior.

JosĂ© deja a MarĂ­a montada en su burrito, dentro del patio, y sale para buscar en las otras casas. Vuelve desconsolado. No hay ningĂșn sitio. El rĂĄpido crepĂșsculo invernal comienza a extender sus velos. JosĂ© le suplica al posadero, suplica a los que han venido de fuera: ellos son hombres, y estĂĄn sanos; aquĂ­ hay una mujer que estĂĄ para dar a luz a un hijo; que tengan piedad... Nada.

Un rico fariseo, que los estå mirando con desprecio manifiesto, cuando María se acerca, se separa como si hubiera sido una leprosa la que se hubiera acercado. José le mira, y se le enciende de indignación el rostro. María le pone una mano en su muñeca, para calmarle, y le dice: «No insistas. Vamos. Dios proveerå».

28.4 Salen. Siguen el muro de la posada. Tuercen por una callejuela encajonada entre aquĂ©lla y unas casas pobres. Giran hacia la parte de atrĂĄs de la posada. Buscan. Hay una especie de grutas. Por lo bajas que son y lo hĂșmedas que estĂĄn, dirĂ­a que mĂĄs que establos son bodegas. Las mĂĄs lindas ya estĂĄn ocupadas. JosĂ© siente caĂ©rsele el alma a los pies.

«¥Eh! ¥Galileo!» le grita por detrås un viejo. «Allí, en el fondo, bajo aquellas ruinas, hay una guarida. Quizås todavía no se ha metido nadie».

Se apresuran hacia esa “guarida”. Es realmente una guarida. Entre las ruinas de lo que sería un edificio, hay una abertura; dentro, una gruta, más que una gruta una cavidad excavada en el monte. Diríase que son los cimientos de la antigua construcción, cuyos restos derrumbados, apuntalados con troncos de árbol casi sin desbastar, hacen de techo.

Para ver mejor, puesto que hay poquísima luz, José trae yesca y piedra de chispa, y enciende una lamparita que ha sacado del talego que lleva cruzado al pecho. Entra. Un mugido le saluda. «Ven, María; estå vacía, sólo hay un buey». José sonríe. «¥Mejor que nada...!».

28.5 MarĂ­a baja del burrito y entra.

JosĂ© ha colgado la lamparita de un clavo que estĂĄ hincado en uno de los troncos de sostĂ©n. Se ve la techumbre llena de telas de araña, y pajas esparcidas por todo el suelo (que es de tierra batida y su superficie es completamente irregular; con hoyos, guijarros, detritos y excrementos). En la parte del fondo, un buey, con heno colgĂĄndole de la boca, se vuelve y mira con ojos tranquilos. Hay un tosco taburete y dos piedras en un ĂĄngulo ennegrecido — señal de que en ese lugar se enciende fuego — que estĂĄ junto a una tronera.

MarĂ­a se acerca al buey. Tiene frĂ­o. Le pone las manos sobre el cuello para sentir su calorcillo. El buey muge; se deja. Parece como si hubiera comprendido. Se deja tambiĂ©n cuando JosĂ© le separa un poco para coger abundante heno del pesebre para hacerle a MarĂ­a una yacija — el pesebre es doble: estĂĄ el en que come el buey, y, encima, una especie de estante con heno de reserva; Ă©ste es el que coge JosĂ©. Y le hace sitio al burrito, que, cansado y hambriento, en seguida se pone a comer.

JosĂ© encuentra tambiĂ©n un cubo volcado y todo abollado. Sale — porque fuera habĂ­a visto un regato — y vuelve con agua para el borriquillo. Luego se hace con un haz de ramajes que estaba en un rincĂłn y trata de barrer un poco el suelo. DespuĂ©s extiende el heno, hace con Ă©l una yacija, junto al buey, en el ĂĄngulo mĂĄs seco y resguardado; pero siente que este mĂ­sero heno estĂĄ hĂșmedo, y suspira. Enciende el fuego y, con una paciencia de cartujo, lo seca a manojos cerca del calor.

María, sentada en el taburete, cansada, mira sonriente. Ya estå. María se dispone mejor sobre el mullido heno, con los hombros apoyados en un tronco. José termina de... aparejar la estancia extendiendo su manto como si fuera una cortina en la apertura que hace de puerta. Una protección muy relativa. Luego le ofrece a la Virgen pan y queso, y le da a beber agua de un boto.

«Duerme ahora» le dice. «Yo velaré, para que la lumbre no se apague. Menos mal que hay leña. Esperemos que dure y que arda. Así podré ahorrar aceite de la låmpara».

María se echa obedientemente. José, con la manta que tenía en los pies y con el manto de la misma María, la tapa.

«¿Y tĂș?... Vas a pasar frĂ­o».

«No, María. Estoy junto al fuego. Trata de descansar. Mañana irå mejor».

MarĂ­a cierra los ojos sin insistir mĂĄs. JosĂ© se pone en su rinconcillo, sentado en el taburete, con unas — pocas — ramillas secas al lado; no creo que duren mucho.

EstĂĄn colocados asĂ­: MarĂ­a a la derecha, dando la espalda a la... puerta, semioculta por el tronco y por el cuerpo del buey, que estĂĄ recostado ahora en la cama de paja; JosĂ© a la izquierda y de cara a la puerta, en diagonal por tanto; estando frente al fuego, da la espalda a MarĂ­a, pero, de vez en cuando, se vuelve a mirarla, y la ve tranquila, como si durmiera. Rompe lentamente sus ramitas, y las va echando, una a una, en el dĂ©bil fuego para que no se apague, para que dĂ© luz, para que la poca leña dure. La Ășnica luz, ora mĂĄs viva, ora mortecina, es la del fuego; la lĂĄmpara estĂĄ ya apagada; en la penumbra resalta sĂłlo el blancor del buey y del rostro y manos de JosĂ©. Todo el resto es una masa que se confunde en la penumbra densa.

28.6 «No hay dictado» dice MarĂ­a. «La visiĂłn habla por sĂ­ sola. Tarea vuestra es entender la lecciĂłn de caridad, humildad y pureza que de ella emana. Descansa. Velando, descansa, como yo velaba esperando a JesĂșs. VendrĂĄ a traerte su paz».

AnotaciĂłn

Lucas 2:4-5:

También José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David llamada Belén. Porque era de la casa y del linaje de David. Vino a empadronarse con María, que le había sido dada en matrimonio y estaba embarazada.

Palabras clave

ECR 28.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

28.6 «No hay dictado» dice MarĂ­a. «La visiĂłn habla por sĂ­ sola. Tarea vuestra es entender la lecciĂłn de caridad, humildad y pureza que de ella emana. Descansa. Velando, descansa, como yo velaba esperando a JesĂșs. VendrĂĄ a traerte su paz».

Detalle

María y José van a Belén por el edicto del censo. Era invierno y habían encontrado el pesebre en Belén. Después de la visión, María se lo cuenta a María:

Palabras clave

ECR 29

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo : El nacimiento de JesĂșs. El poder salvador de la maternidad divina de MarĂ­a.

Fecha de la visiĂłn y del dictado: Martes 6 de junio de 1944

Calendario: Miércoles 11 de diciembre 5 d.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de JesĂșs

Resumen: María y José estån en el pesebre de Belén. José se ha dormido, pero María no. Ella ve que su esposo duerme y sonríe ampliamente, luego se pone discretamente en posición de oración. La Virgen reza intensamente. José se despierta por fin y dirige unas palabras a María, para ver si necesita algo. Luego, él también decidió rezar junto al fuego.

La luz de la luna se acercĂł a MarĂ­a y, en un momento dado, ella levantĂł la cabeza, como respondiendo a una llamada. SonriĂł y la luz se hizo cada vez mĂĄs fuerte, envolviĂ©ndola por completo. Cuando la luz se hizo soportable para MarĂ­a, la Inmaculada ConcepciĂłn cogiĂł a su Hijo en brazos. El niño llorĂł y ella llamĂł a su marido. Él se quedĂł como fulminado por un rayo al ver al Salvador, pero MarĂ­a le invitĂł a acercarse y se lo ofreciĂł al Padre con JosĂ©. Entonces ella confiĂł a JesĂșs a su padre putativo mientras Ă©l iba a buscar los pañales. Al principio se mostrĂł muy reservado, por miedo a ser irrespetuoso, pero una vez que lo tuvo en sus brazos, abandonĂł su intenciĂłn original y lo cuidĂł como si fuera la niña de sus ojos. Junto con MarĂ­a, lo envuelven en pañales y en una manta que han calentado junto al fuego, y entonces su Madre pregunta con razĂłn dĂłnde van a poner al Niño. JosĂ© sugiere entonces colocarlo en un pesebre junto al buey, porque la madera le protegerĂ­a de las corrientes de aire, el heno le servirĂ­a de almohada y el aliento del animal, apacible y tranquilo, le calentarĂ­a un poco. Y asĂ­ lo hicieron. Y entonces ambos adoraron al Redentor que habĂ­a bajado del Cielo para salvarnos.

MarĂ­a da entonces un dictado a MarĂ­a. Anuncia a MarĂ­a un tiempo de sufrimiento, pero le dice que es a travĂ©s del sufrimiento como ganamos la paz, "asĂ­ como la gracia para nosotros mismos y para los demĂĄs". Habla de JesĂșs Hombre, que despuĂ©s de la PasiĂłn volviĂł a ser JesĂșs Dios, pero que no tuvo paz en el momento de la prueba, porque si no, no habrĂ­a sufrido.

A continuación, la Madre da una lección para todos, explicando cómo participó en la redención de la mujer a través de su maternidad divina.

SuperĂł el orgullo humillĂĄndose hasta lo mĂĄs profundo de su ser. SuperĂł la codicia de nuestros primeros padres entregando a su Hijo por adelantado. VenciĂł la codicia de conocimiento y placer aceptando conocer sĂłlo lo que Dios querĂ­a que conociera. La Plenitud de la Gracia superĂł la lujuria, que es la gula llevada al punto de la glotonerĂ­a. Finalmente, le dio la paz al pie de la Cruz, cuando vio morir a su Hijo. La Virgen muriĂł en ese momento, para convertirse en la Madre de la Gracia.

Subraya que hizo todo esto por las mujeres, para que nosotras pudiéramos ser santas de Dios.

Contenido del capítulo: 29.1: María y José en oración. 29.2: Una luz transfigura a María. 29.3: El niño nace en una luz deslumbrante. 29.4: El niño es ofrecido a Dios y entregado a José. 29.5: Prisa para protegerlo del frío. 29.6: Es en el sufrimiento donde ganamos la paz. 29.7: Redimí el cuådruple pecado de Eva. 29.8: Humildad frente a orgullo. 29.9 : Renuncia frente a codicia. 29.10: Hambre de Dios frente a gula. 29.11 : Castidad frente a lujuria. 29.12 : Paz obtenida al pie de la cruz. 29.13 : Participando en la redención.

Palabras clave

ECR 29.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

29.1 ContinĂșa mi visiĂłn del interior de este pobre refugio de piedra en que han encontrado amparo, unidos en la suerte a unos animales, MarĂ­a y JosĂ©.

El fueguecillo se adormila junto con su guardiĂĄn. MarĂ­a levanta lentamente la cabeza de su yacija y mira. Ve que JosĂ© tiene la cabeza reclinada sobre el pecho como si estuviera meditando... serĂĄ — piensa — que el cansancio ha sobrepujado su buena voluntad de permanecer despierto, y sonrĂ­e bondadosa; luego, con menos ruido del que puede hacer una mariposa posĂĄndose en una rosa, se sienta, para despuĂ©s arrodillarse. Ora con una sonrisa beata en su rostro. Ora con los brazos extendidos casi en cruz, con las palmas hacia arriba y hacia adelante... y no parece cansarse de esa posiciĂłn molesta. Luego se postra con el rostro contra el heno, adentrĂĄndose aĂșn mĂĄs en su oraciĂłn; y la oraciĂłn es larga.

JosĂ© sale bruscamente de su sueño; ve mortecino el fuego y casi oscuro el establo. Echa un puñado de tamujo muy fino. La llama vuelve a chispear. Y va añadiendo ramitas cada vez mĂĄs gruesas; en efecto, el frĂ­o debe ser punzante, el frĂ­o de esa noche invernal, serena, que penetra por todas las partes de esas ruinas. El pobre JosĂ©, estando como estĂĄ cerca de la puerta — llamemos asĂ­ a la abertura a la que hace de cortina su manto —, debe estar congelado. Acerca las manos a la llama, se quita las sandalias, acerca tambiĂ©n los pies; asĂ­ se calienta. Luego, cuando el fuego ha adquirido ya viveza y su luz es segura, se vuelve; no ve nada, ni siquiera la blancura del velo de MarĂ­a que antes dibujaba una lĂ­nea clara sobre el heno oscuro. Se pone en pie y se acerca despacio a la yacija.

«¿No duermes, María?» pregunta.

Lo pregunta tres veces, hasta que Ella torna en sí y responde: «Estoy orando».

«¿No necesitas nada?».

«No, José».

«Trata de dormir un poco, de descansar al menos».

«Lo intentaré, pero la oración no me cansa».

«Hasta luego, María».

«Hasta luego, José».

María vuelve a su posición de antes. José, para no ceder otra vez al sueño, se pone de rodillas junto al fuego, y ora. Ora con las manos unidas en el rostro; de vez en cuando las separa para alimentar el fuego, y luego vuelve a su ferviente oración. Menos el ruido del crepitar de la leña y el del asno, que de tanto en tanto pega con una pezuña en el suelo, no se oye nada.

29.2 Un inicio de luna se insinĂșa a travĂ©s de una grieta de la techumbre. Parece un filo de incorpĂłrea plata que buscase a MarĂ­a. Se alarga a medida que la Luna va elevĂĄndose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya estĂĄ sobre la cabeza de la orante, nimbĂĄndosela de candor.

MarĂ­a levanta la cabeza como por una llamada celeste y se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas. ÂĄOh, quĂ© hermoso es este momento! Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la Luna, y una sonrisa no humana la transfigura. ÂżQuĂ© ve? ÂżQuĂ© oye? ÂżQuĂ© siente? SĂłlo Ella podrĂ­a decir lo que vio, oyĂł y sintiĂł en la hora fĂșlgida de su Maternidad. Yo sĂłlo veo que en torno a Ella la luz aumenta, aumenta, aumenta; parece descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que estĂĄn a su alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella.

Su vestido, azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el foco de un inmenso zafiro pålido. Este color, que me recuerda, a pesar de ser mås tenue, el que veo en las visiones del santo Paraíso, y también el que vi en la visión de la venida de los Magos, se va extendiendo progresivamente sobre las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas.

El cuerpo de María despide cada vez mås luz, absorbe la de la luna, parece como si Ella atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo. Ahora ya es Ella la Depositaria de la Luz, la que debe dar esta Luz al mundo. Y esta beatífica, incontenible, inmensurable, eterna, divina Luz que de un momento a otro va a ser dada, se anuncia con una alba, un lucero de la mañana, un coro de åtomos de luz que aumenta, aumenta como una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un velo...

La techumbre, llena de grietas, de telas de araña, de cascotes que sobresalen y estån en equilibrio por un milagro de eståtica, esa techumbre negra, ahumada, repelente, parece la bóveda de una sala regia. Los pedruscos son bloques de plata; las grietas, reflejos de ópalo; las telas de araña, preciosísimos baldaquinos engastados de plata y diamantes. Un voluminoso lagarto, aletargado entre dos bloques de piedra, parece un collar de esmeraldas olvidado allí por una reina; y un racimo de murciélagos en letargo, una låmpara de ónix de gran valor. Ya no es hierba el heno que cuelga del pesebre mås alto, es una multitud de hilos de plata pura que oscilan temblorosos en el aire con la gracia de una cabellera suelta.

La madera oscura del pesebre de abajo parece un bloque de plata bruñida. Las paredes estån recubiertas de un brocado en que el recamo perlino del relieve oculta el candor de la seda. Y el suelo... ¿Qué es ahora el suelo? Es un cristal encendido por una luz blanca; los salientes parecen rosas de luz arrojadas al suelo como obsequio; los hoyos, cålices valiosos de cuyo interior ascenderían aromas y perfumes.

29.3 La luz aumenta cada vez mĂĄs. El ojo no la resiste. En ella desaparece, como absorbida por una cortina de incandescencia, la Virgen... y emerge la Madre.

SĂ­. Cuando mi vista de nuevo puede resistir la luz, veo a MarĂ­a con su Hijo reciĂ©n nacido en los brazos. Es un Niñito rosado y regordete, que gesticula, con unas manitas del tamaño de un capullo de rosa; que menea sus piececitos, tan pequeños que cabrĂ­an en el corazĂłn de una rosa; que emite vagidos con su vocecita trĂ©mula, de corderito reciĂ©n nacido, abriendo una boquita que parece una menuda fresa de bosque, y mostrando una lengĂŒecita temblorosa contra el rosado paladar; que menea su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una cabecita redonda que su MamĂĄ sostiene en la cavidad de una de sus manos, mirando a su Niño, adorĂĄndole, llorando y riendo al mismo tiempo... Y se corva para besarle, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre ese corazoncito que palpita, que palpita por nosotros... en donde un dĂ­a se abrirĂĄ la Herida. Su MamĂĄ se la estĂĄ curando anticipadamente, con su beso inmaculado.

El buey se ha despertado por el resplandor, se levanta haciendo mucho ruido con las pezuñas, y muge. El asno vuelve la cabeza y rebuzna. Es la luz la que los saca del sueño, pero me seduce la idea de pensar que hayan querido saludar a su Creador, por ellos mismos y por todos los animales.

29.4 Y José, que, casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le rodeaba, también torna en sí, y por entre los dedos apretados contra el rostro ve filtrarse la extraña luz. Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se vuelve. El buey, que estå en pie, oculta a María, pero Ella le llama: «José, ven».

José acude. Cuando ve, se detiene, como fulminado de reverencia, y estå casi para caer de rodillas en ese mismo lugar; pero María insiste: «Ven, José» y, apoyando la mano izquierda en el heno y teniendo con la derecha estrechado contra su corazón al Infante, se alza y se dirige hacia José, quien, por su parte, se mueve azarado por el contraste entre su deseo de ir y el temor a ser irreverente.

Junto a la cama para el ganado los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con beatitud.

«Ven, que ofrecemos a JesĂșs al Padre» dice MarĂ­a. JosĂ© se pone de rodillas. Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes, alza a su Criatura en sus brazos y dice: «Heme aquĂ­ — por Él, ÂĄoh Dios!, te digo esto —, heme aquĂ­ para hacer tu voluntad. Y con Él yo, MarĂ­a, y JosĂ©, mi esposo. He aquĂ­ a tus siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en todo lo que suceda, tu voluntad, para gloria tuya y por amor a ti».

Luego María se inclina hacia José y, ofreciéndole el Infante le dice: «Toma, José».

«¿Yo? ¿A mí? ¥Oh, no! ¥No soy digno!». José se siente profundamente turbado, anonadado ante la idea de deber tocar a Dios.

Pero MarĂ­a insiste sonriendo: «Bien digno eres de ello tĂș, y nadie lo es mĂĄs que tĂș, y por eso el AltĂ­simo te ha elegido. Toma, JosĂ©, tenle mientras yo busco su ropita».

JosĂ©, rojo como una pĂșrpura, alarga los brazos y toma ese copito de carne que grita de frĂ­o; una vez que lo tiene entre sus brazos, no persiste en la intenciĂłn de mantenerle separado de sĂ­ por respeto, sino que lo estrecha contra su corazĂłn rompiendo a llorar fuertemente: «¥Oh! ÂĄSeñor! ÂĄDios mĂ­o!»; y se inclina para besar los piececitos. Los siente frĂ­os y entonces se sienta en el suelo y le recoge en su regazo, y con su indumento marrĂłn y con las manos trata de cubrirle, calentarle, defenderle del cierzo de la noche. Quisiera acercarse al fuego, pero allĂ­ se siente esa corriente de aire que entra por la puerta. Mejor quedarse donde estĂĄ, o, mejor todavĂ­a, entre los dos animales, que hacen de escudo al aire y dan calor. Y se pone entre el buey y el asno dando la espalda a la puerta, con su cuerpo hacia el ReciĂ©n Nacido para hacer de su pecho una hornacina, cuyas paredes laterales son: una cabeza gris, con largas orejas; un hocico grande, blanco, con unos ojos hĂșmedos buenos y un morro que exhala vapor.

29.5 María ha abierto el baulillo y ha sacado unos pañales y unas fajas, ha ido al fuego y las ha calentado. Ahora se acerca a José y envuelve al Niño en esos paños calentitos, y con su velo le cubre la cabeza. «¿Dónde le ponemos ahora?» pregunta.

JosĂ© mira alrededor, piensa... «Mira — dice —, corremos un poco mĂĄs para acĂĄ a los dos animales y la paja, y bajamos ese heno de allĂ­ arriba y le ponemos a Él aquĂ­ dentro. La madera del borde le resguardarĂĄ del aire, el heno serĂĄ su almohada, el buey con su aliento le calentarĂĄ un poquito. Mejor el buey. Es mĂĄs paciente y tranquilo». Y se pone manos a la obra mientras MarĂ­a acuna a su Niño estrechĂĄndole contra su corazĂłn, con su carrillo sobre la cabecita para darle calor.

JosĂ© reaviva el fuego, sin ahorrar leña, para hacer una buena hoguera, y se pone a calentar el heno, de forma que segĂșn lo va secando, para que no se enfrĂ­e, se lo va metiendo en el pecho; luego, cuando ya tiene suficiente para un colchoncito para el Infante, va al pesebre y lo dispone como una cunita. «Ya estå» dice. «Ahora serĂ­a necesaria una manta, porque el heno pica; y ademĂĄs para taparle...».

«Coge mi manto» dice María.

«Vas a tener frío».

«¥Oh, no tiene importancia! La manta es demasiado ĂĄspera; el manto, sin embargo, es suave y caliente. Yo no tengo frĂ­o en absoluto. ÂĄLo importante es que Él no sufra mĂĄs!».

José coge el amplio manto de suave lana azul oscura y lo dispone doblado encima de la paja, y deja un borde colgando fuera del pesebre. El primer lecho del Salvador estå preparado.

Su Madre, con dulce paso ondeante, le lleva al pesebre, en Ă©l le coloca, y le tapa con la parte del manto que habĂ­a quedado fuera y con ella arropa tambiĂ©n la cabecita desnuda, que se hunde en el heno, protegida apenas por el fino velo de MarĂ­a. Queda sĂłlo destapada la carita, del tamaño de un puño de hombre, y los Dos, inclinados hacia el pesebre, le miran con beatitud mientras duerme su primer sueño; en efecto, el calorcito de los paños y de la paja le ha calmado el llanto y le ha hecho conciliar el sueño al dulce JesĂșs.

Detalle

Nacimiento de JesĂșs: VĂ©ase 29.2-3.

AnotaciĂłn

Lucas 2,6-7: Mientras estaban allĂ­, se cumpliĂł el tiempo para que diera a luz. Lo envolviĂł en pañales y lo acostĂł en un pesebre, porque no habĂ­a sitio para ellos en la sala comĂșn.

Palabras clave

ECR 29.6-13

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

29.6 Dice MarĂ­a:

«Te habĂ­a prometido que Él vendrĂ­a a traerte su paz. ÂżTe acuerdas de la paz que tenĂ­as durante los dĂ­as de Navidad, cuando me veĂ­a­s con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento. Pero ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda gracia para nosotros y para el prĂłjimo. JesĂșs-Hombre tornĂł a ser JesĂșs-Dios despuĂ©s del tremendo sufrimiento de la PasiĂłn; tornĂł a ser Paz, Paz en el Cielo del que habĂ­a venido y desde el cual, ahora, derrama su paz sobre aquellos que en el mundo le aman. Mas durante las horas de la PasiĂłn, Él, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habrĂ­a sufrido si la hubiera tenido, y debĂ­a sufrir, sufrir plenamente.

29.7 Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina, mas se trataba sólo del comienzo de la redención de la mujer. Negåndome, con el voto de virginidad, al desposorio humano, había rechazado toda satisfacción concupiscente, mereciendo gracia de parte de Dios. Pero no bastaba, porque el pecado de Eva era årbol de cuatro ramas: soberbia, avaricia, glotonería, lujuria. Y había que quebrar las cuatro antes de hacerle estéril en sus raíces.

29.8 VencĂ­ la soberbia humillĂĄndome hasta el fondo.

Me humillé delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respecto a Dios; ésta deben tributårsela al Altísimo todas las criaturas. La tuvo su Verbo. Yo, mujer, debía también tenerla. ¿Has reflexionado, mås bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que sufrir de parte de los hombres y sin defenderme en manera alguna? Incluso José, que era justo, me había acusado en su corazón. Los demås, que no eran justos, habían pecado de murmuración sobre mi estado, y el rumor de sus palabras había venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.

Y Ă©stas fueron sĂłlo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de JesĂșs y del gĂ©nero humano me procuraron. Humillaciones de pobreza; la humillaciĂłn de quien debe abandonar su tierra; humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades, que, desconociendo la verdad, juzgaban dĂ©bil mi forma de ser madre respecto a mi JesĂșs, cuando empezaba ya a ser un hombre; humillaciones durante los tres años de su ministerio; crueles humillaciones en el momento del Calvario; humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenĂ­a con quĂ© comprar ni sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.

29.9 VencĂ­ la avaricia de los Progenitores renunciando con antelaciĂłn a mi Hijo.

Una madre no renuncia nunca a su hijo, si no se ve obligada a ello. Ya sea la patria, o el amor de una esposa, o el mismo Dios quienes piden el hijo a su corazĂłn, ella se resiste a la separaciĂłn. Es natural que sea asĂ­. El hijo crece dentro de nosotras, y el vĂ­nculo de su persona con la nuestra jamĂĄs queda completamente roto. A pesar de que el conducto del vital ombligo haya sido cortado, siempre permanece un nervio que nace en el corazĂłn de la madre (un nervio espiritual, mĂĄs vivo y sensible que un nervio fĂ­sico) y arraiga en el corazĂłn del hijo, y que siente como si le estiraran hasta el lĂ­mite de lo soportable, si el amor de Dios o de una criatura, o las exigencias de la patria alejan al hijo de la madre; y que se rompe, lacerando el corazĂłn, si la muerte arranca un hijo a su madre.

Yo renuncié, desde el momento en que le tuve, a mi Hijo. A Dios se lo di, a vosotros os lo di. Me despojé del Fruto de mi vientre para dar reparación al hurto de Eva del fruto de Dios.

29.10 VencĂ­ la glotonerĂ­a, tanto de saber como de gozar, aceptando saber Ășnicamente lo que Dios querĂ­a que supiera, sin preguntarme a mĂ­ misma, sin preguntarle a Él, mĂĄs de cuanto se me dijera. CreĂ­ sin indagar. VencĂ­ la gula de gozar porque me neguĂ© todo deleite del sentido. Mi carne la puse bajo las plantas de mis pies. Puse la carne, instrumento de SatanĂĄs, y con ella al mismo SatanĂĄs, bajo mi calcañar para hacerme asĂ­ un escalĂłn para acercarme al Cielo. ÂĄEl Cielo!... Mi meta. Donde estaba Dios. Mi Ășnica hambre. Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este Dios que quiere que sintamos apetito de Él.

29.11 Vencí la lujuria, que es la gula llevada a la exacerbación. En efecto, todo vicio no refrenado conduce a un vicio mayor. Y la gula de Eva, ya de por sí digna de condena, la condujo a la lujuria; efectivamente, no le bastó ya el satisfacerse sola sino que quiso portar su delito a una refinada intensidad; así conoció la lujuria y se hizo maestra de ella para su compañero. Yo invertí los términos y, en vez de descender, siempre subí; en vez de hacer bajar, atraí siempre hacia arriba; y de mi compañero, que era un hombre honesto, hice un ångel.

Es ese momento en que poseĂ­a a Dios, y con Él sus riquezas infinitas, me apresurĂ© a despojarme de todo ello diciendo: “Que por Él se haga tu voluntad y que Él la haga”. Casto es aquel que controla no sĂłlo su carne, sino tambiĂ©n los afectos y los pensamientos. Yo tenĂ­a que ser la Casta para anular a la ImpĂșdica de la carne, del corazĂłn y de la mente. Me mantuve comedida sin decir ni siquiera de mi Hijo, que en la tierra era sĂłlo mĂ­o, como en el Cielo era solamente de Dios: “Es mĂ­o y para mĂ­ le quiero”.

29.12 Y a pesar de todo no era suficiente para que la mujer pudiera poseer la paz que Eva habĂ­a perdido. Esa paz os la procurĂ© al pie de la Cruz, viendo morir a Aquel que tĂș has visto nacer. Y, cuando me sentĂ­ arrancar las entrañas ante el grito de mi Hijo, quedĂ© vacĂ­a de toda feminidad de connotaciĂłn humana: ya no carne sino ĂĄngel. MarĂ­a, la Virgen desposada con el EspĂ­ritu, muriĂł en ese momento; quedĂł la Madre de la Gracia, la que os generĂł la Gracia desde su tormento y os la dio. La hembra, a la que habĂ­a vuelto a consagrar mujer la noche de Navidad, a los pies de la Cruz conquistĂł los medios para venir a ser criatura del Cielo.

Esto hice yo por vosotras, negĂĄndome toda satisfacciĂłn, incluso las satisfacciones santas. De vosotras, reducidas por Eva a hembras no superiores a las compañeras de los animales, he hecho — basta con que lo querĂĄis — las santas de Dios. Por vosotras subĂ­, y, como a JosĂ©, os elevĂ©. La roca del Calvario es mi Monte de los Olivos. Ése fue mi impulso para llevar al Cielo, santificada de nuevo, el alma de la mujer, junto con mi carne, glorificada por haber llevado al Verbo de Dios y anulado en mĂ­ hasta el Ășltimo vestigio de Eva, la Ășltima raĂ­z de aquel ĂĄrbol de las cuatro ramas venenosas, aquel ĂĄrbol que tenĂ­a hincada su raĂ­z en el sentido y que habĂ­a arrastrado a la caĂ­da a la humanidad, y que hasta el final de los siglos y hasta la Ășltima mujer os morderĂĄ las entrañas. Desde allĂ­, donde ahora resplandezco envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cuĂĄl es la Medicina para venceros a vosotras mismas: la Gracia de mi Señor y la Sangre de mi Hijo.

29.13 Y tĂș, voz mĂ­a, haz descansar a tu alma con la luz de esta alborada de JesĂșs para tener fuerza en las futuras crucifixiones que no te van a ser evitadas, porque te queremos aquĂ­, y aquĂ­ se viene a travĂ©s del dolor; porque te queremos aquĂ­, y mĂĄs alto se viene cuanto mayor ha sido la pena sobrellevada para obtener Gracia para el mundo.

Ve en paz. Yo estoy contigo».

Palabras clave

ECR 29.10

El Evangelio como me ha sido revelado

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ÂĄEl Cielo!... Mi meta. Donde estaba Dios. Mi Ășnica hambre. Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este Dios que quiere que sintamos apetito de Él.

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