ECR 28.1-6
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
28.1 Veo una vĂa de primer orden muy transitada. Jumentos que van cargados de todo tipo de cosas y de personas. Jumentos que regresan. La gente azuza a sus cabalgaduras. Otros, los que van a pie, caminan deprisa porque hace frĂo.
Hay un aire terso y seco, el cielo estĂĄ sereno; todo tiene, no obstante, ese filo neto de los dĂas de pleno invierno. El campo, desnudo, parece mĂĄs grande; estĂĄ poco crecida y ya requemada por los vientos invernales la hierba de los pastos en que las ovejas buscan un poco de alimento, y tambiĂ©n de sol, que estĂĄ saliendo poco a poco. EstĂĄn pegadas las unas a las otras, porque tambiĂ©n ellas tienen frĂo; y balan, levantando el morro y mirando al Sol como diciendo: «¥Ven pronto, que hace frĂo!». El terreno es ondoso. Las sinuosidades se hacen cada vez mĂĄs netas; es propiamente una zona de colinas, con depresiones herbosas y laderas, con pequeños valles y cimas. El camino pasa por el medio en direcciĂłn sudeste.
MarĂa va montada en un borriquillo pardo, toda arropada en su grueso manto. En la parte de adelante de la albardilla estĂĄ ese arnĂ©s ya visto en el viaje hacia HebrĂłn; encima, el baulillo con las cosas mĂĄs necesarias.
JosĂ© camina al lado llevando las riendas. De vez en cuando le pregunta a MarĂa si estĂĄ cansada.
Ella le mira sonriendo y le responde que no; pero a la tercera vez añade: «TĂș sĂ que estarĂĄs cansado, que vas a pie».
«¥Oh!, Âżyo? Para mĂ no es nada. Lo que pienso es que si hubiera encontrado otro asno podrĂas ir mĂĄs cĂłmoda y ademĂĄs llegarĂamos antes. Pero, me ha sido imposible encontrarlo; ahora todos necesitan una cabalgadura. ÂĄĂnimo de todas formas! Pronto llegaremos a BelĂ©n. Al otro lado de aquel monte estĂĄ Efratå».
Ahora guardan silencio. La Virgen cuando calla parece recogerse internamente en oraciĂłn. SonrĂe dulcemente por un pensamiento suyo, y, cuando mira a la gente, parece como si no viera en ella lo que es (un hombre, una mujer, un anciano, un pastor, un rico o un pobre), sino eso que sĂłlo Ella ve.
«¿Tienes frĂo?» pregunta JosĂ©, dado que empieza a levantarse viento.
«No, gracias».
Pero JosĂ© no se fĂa. Le toca los pies, que penden por el lado del borriquillo, los pies calzados en las sandalias y que apenas si se ven sobresalir del largo vestido; debe sentirlos frĂos porque menea la caÂbeza y se quita una manta que llevaba en bandolera y arropa con ella las piernas de MarĂa, y se la extiende tambiĂ©n sobre el regazo, de forma que sus manos, bajo la cobija y el manto, estĂ©n bien calientes.
28.2 Encuentran a un pastor, que corta el camino con su rebaño, pasando de los pastos de la derecha a los de la izquierda. JosĂ© se inclina hacia Ă©l para decirle algo. El pastor hace un gesto afirmativo. JosĂ© toma el borriquillo y tira de Ă©l detrĂĄs del rebaño hasta el prado. El pastor saca de una alforja una tosca escudilla, ordeña a una gruesa oveja de ubres llenas, da la escudilla a JosĂ© y Ă©ste a su vez se la ofrece a MarĂa.
«¥Que Dios os bendiga a los dos! â dice MarĂa â. A ti, por tu amor; y a ti por tu bondad. OrarĂ© por ti».
«¿VenĂs de lejos?».
«De Nazaret» responde José.
«¿Y vais hacia...?».
«A Belén».
«Largo viaje para esta mujer en este estado. ¿Es tu esposa?».
«Es mi esposa».
«¿Tenéis dónde ir?».
«No».
«¥Mala cosa! Belén estå llena de gente llegada de todas partes para inscribirse o para ir a otro lugar. No sé si encontraréis alojamiento. ¿Conoces bien este lugar?».
«No mucho».
«Bueno, pues... yo te digo... por Ella (y señala a MarĂa). Preguntad por la posada. EstarĂĄ llena. MĂĄs que nada os lo digo como referencia. EstĂĄ en una plaza, en la mĂĄs grande. Se llega por este mismo camino, no hay pĂ©rdida posible. Delante hay una fuente. La posada es grande y baja y tiene un portal grande. EstarĂĄ llena. De todas formas, si no encontrĂĄis nada en ella ni en las otras casas, id a la parte de atrĂĄs de la posada, hacia el campo. En el monte hay unos establos que algunas veces les sirven a los mercaderes que van a JerusalĂ©n para meter a los animales que no tienen sitio en la posada. Son establos â ya sabĂ©is â que estĂĄn en el monte; por tanto, hĂșmedos, frĂos y sin puerta. Pero son al menos un refugio; esta mujer... no puede quedarse en la calle. QuizĂĄs allĂ encontrĂĄis un sitio... y heno para dormir y para el burro... ÂĄY que Dios os acompañe!».
«¥Y que alegre tus dĂas!» responde MarĂa. JosĂ© en cambio dice: «La paz sea contigo».
28.3 Vuelven al camino. Salvan una prominencia del terreno desde la que se ve una depresión mås vasta limitada por delicadas pendientes. En la cuenca y arriba y abajo por las laderas hay casas y mås casas: es Belén.
«Estamos en la tierra de David, MarĂa. Ahora podrĂĄs descansar. Te veo muy cansada...».
«No. Estaba pensando... estoy pensado...». MarĂa le coge la mano a JosĂ© y, sonriendo con beatitud, le dice: «Tengo la firme impresiĂłn de que ha llegado el momento».
«¥Dios de misericordia! ¿Qué hacemos?».
«No te preocupes, José. Permanece firme. ¿No ves lo tranquila que estoy yo?».
«Pero estås sufriendo mucho».
«¥Oh! ÂĄno! Estoy llena de gozo. Siento un jĂșbilo tal, tan fuerte, tan hermoso, tan incontenible, que mi corazĂłn late fortĂsimamente y me dice: âÂĄVa a nacer! ÂĄVa a nacer!â. Lo dice en cada latido. Es mi Niño, que llama a mi corazĂłn y me dice: âMamĂĄ, estoy aquĂ, vengo a darte el beso de Diosâ. ÂĄOh, quĂ© alegrĂa, JosĂ© mĂo!».
JosĂ©, sin embargo, no estĂĄ jubiloso. Piensa mĂĄs bien en la urgencia de encontrar un lugar donde ampararse, y acelera el paso. Puerta por puerta lo solicita... Nada. Todo lleno. Llegan a la posada... EstĂĄ llena, incluso con gente prĂĄcticamente al raso bajo el rĂșstico pĂłrtico que rodea el vasto patio interior.
JosĂ© deja a MarĂa montada en su burrito, dentro del patio, y sale para buscar en las otras casas. Vuelve desconsolado. No hay ningĂșn sitio. El rĂĄpido crepĂșsculo invernal comienza a extender sus velos. JosĂ© le suplica al posadero, suplica a los que han venido de fuera: ellos son hombres, y estĂĄn sanos; aquĂ hay una mujer que estĂĄ para dar a luz a un hijo; que tengan piedad... Nada.
Un rico fariseo, que los estĂĄ mirando con desprecio manifiesto, cuando MarĂa se acerca, se separa como si hubiera sido una leprosa la que se hubiera acercado. JosĂ© le mira, y se le enciende de indignaciĂłn el rostro. MarĂa le pone una mano en su muñeca, para calmarle, y le dice: «No insistas. Vamos. Dios proveerå».
28.4 Salen. Siguen el muro de la posada. Tuercen por una callejuela encajonada entre aquĂ©lla y unas casas pobres. Giran hacia la parte de atrĂĄs de la posada. Buscan. Hay una especie de grutas. Por lo bajas que son y lo hĂșmedas que estĂĄn, dirĂa que mĂĄs que establos son bodegas. Las mĂĄs lindas ya estĂĄn ocupadas. JosĂ© siente caĂ©rsele el alma a los pies.
«¥Eh! ÂĄGalileo!» le grita por detrĂĄs un viejo. «AllĂ, en el fondo, bajo aquellas ruinas, hay una guarida. QuizĂĄs todavĂa no se ha metido nadie».
Se apresuran hacia esa âguaridaâ. Es realmente una guarida. Entre las ruinas de lo que serĂa un edificio, hay una abertura; dentro, una gruta, mĂĄs que una gruta una cavidad excavada en el monte. DirĂase que son los cimientos de la antigua construcciĂłn, cuyos restos derrumbados, apuntalados con troncos de ĂĄrbol casi sin desbastar, hacen de techo.
Para ver mejor, puesto que hay poquĂsima luz, JosĂ© trae yesca y piedra de chispa, y enciende una lamparita que ha sacado del talego que lleva cruzado al pecho. Entra. Un mugido le saluda. «Ven, MarĂa; estĂĄ vacĂa, sĂłlo hay un buey». JosĂ© sonrĂe. «¥Mejor que nada...!».
28.5 MarĂa baja del burrito y entra.
JosĂ© ha colgado la lamparita de un clavo que estĂĄ hincado en uno de los troncos de sostĂ©n. Se ve la techumbre llena de telas de araña, y pajas esparcidas por todo el suelo (que es de tierra batida y su superficie es completamente irregular; con hoyos, guijarros, detritos y excrementos). En la parte del fondo, un buey, con heno colgĂĄndole de la boca, se vuelve y mira con ojos tranquilos. Hay un tosco taburete y dos piedras en un ĂĄngulo ennegrecido â señal de que en ese lugar se enciende fuego â que estĂĄ junto a una tronera.
MarĂa se acerca al buey. Tiene frĂo. Le pone las manos sobre el cuello para sentir su calorcillo. El buey muge; se deja. Parece como si hubiera comprendido. Se deja tambiĂ©n cuando JosĂ© le separa un poco para coger abundante heno del pesebre para hacerle a MarĂa una yacija â el pesebre es doble: estĂĄ el en que come el buey, y, encima, una especie de estante con heno de reserva; Ă©ste es el que coge JosĂ©. Y le hace sitio al burrito, que, cansado y hambriento, en seguida se pone a comer.
JosĂ© encuentra tambiĂ©n un cubo volcado y todo abollado. Sale â porque fuera habĂa visto un regato â y vuelve con agua para el borriquillo. Luego se hace con un haz de ramajes que estaba en un rincĂłn y trata de barrer un poco el suelo. DespuĂ©s extiende el heno, hace con Ă©l una yacija, junto al buey, en el ĂĄngulo mĂĄs seco y resguardado; pero siente que este mĂsero heno estĂĄ hĂșmedo, y suspira. Enciende el fuego y, con una paciencia de cartujo, lo seca a manojos cerca del calor.
MarĂa, sentada en el taburete, cansada, mira sonriente. Ya estĂĄ. MarĂa se dispone mejor sobre el mullido heno, con los hombros apoyados en un tronco. JosĂ© termina de... aparejar la estancia extendiendo su manto como si fuera una cortina en la apertura que hace de puerta. Una protecciĂłn muy relativa. Luego le ofrece a la Virgen pan y queso, y le da a beber agua de un boto.
«Duerme ahora» le dice. «Yo velaré, para que la lumbre no se apague. Menos mal que hay leña. Esperemos que dure y que arda. Asà podré ahorrar aceite de la låmpara».
MarĂa se echa obedientemente. JosĂ©, con la manta que tenĂa en los pies y con el manto de la misma MarĂa, la tapa.
«¿Y tĂș?... Vas a pasar frĂo».
«No, MarĂa. Estoy junto al fuego. Trata de descansar. Mañana irĂĄ mejor».
MarĂa cierra los ojos sin insistir mĂĄs. JosĂ© se pone en su rinconcillo, sentado en el taburete, con unas â pocas â ramillas secas al lado; no creo que duren mucho.
EstĂĄn colocados asĂ: MarĂa a la derecha, dando la espalda a la... puerta, semioculta por el tronco y por el cuerpo del buey, que estĂĄ recostado ahora en la cama de paja; JosĂ© a la izquierda y de cara a la puerta, en diagonal por tanto; estando frente al fuego, da la espalda a MarĂa, pero, de vez en cuando, se vuelve a mirarla, y la ve tranquila, como si durmiera. Rompe lentamente sus ramitas, y las va echando, una a una, en el dĂ©bil fuego para que no se apague, para que dĂ© luz, para que la poca leña dure. La Ășnica luz, ora mĂĄs viva, ora mortecina, es la del fuego; la lĂĄmpara estĂĄ ya apagada; en la penumbra resalta sĂłlo el blancor del buey y del rostro y manos de JosĂ©. Todo el resto es una masa que se confunde en la penumbra densa.
28.6 «No hay dictado» dice MarĂa. «La visiĂłn habla por sĂ sola. Tarea vuestra es entender la lecciĂłn de caridad, humildad y pureza que de ella emana. Descansa. Velando, descansa, como yo velaba esperando a JesĂșs. VendrĂĄ a traerte su paz».
AnotaciĂłn
Lucas 2:4-5:
TambiĂ©n JosĂ© subiĂł de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David llamada BelĂ©n. Porque era de la casa y del linaje de David. Vino a empadronarse con MarĂa, que le habĂa sido dada en matrimonio y estaba embarazada.