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Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 206.8-9.14-17 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Y, en efecto, incansable — mientras el Sol y el recuerdo del arrebol de la tarde desaparecen y se alza el primer estridor de grillos inseguro y solitario — JesĂșs va adentrĂĄndose en un prado segado recientemente, en que la languideciente hierba crea una alfombra de penetrante y suave fragancia. Le siguen los apĂłstoles, las MarĂ­as, Marta y LĂĄzaro con los de su casa — entre los sirvientes veo a los dos que en el Monte de las Bienaventuranzas hallaron consuelo para sus dĂ­as: el anciano y la mujer —, Isaac con los discĂ­pulos, y... yo dirĂ­a que toda Betania.

JesĂșs se detiene para bendecir al patriarca; Ă©ste le besa la mano llorando y acariciando al niño, que va al lado de JesĂșs; al niño le dice: «¥Dichoso tĂș, que le puedes seguir siempre! ÂĄEscĂșchame, hijo: sĂ© bueno; gran ventura la tuya, gran ventura; sobre tu cabeza pende una corona!... ÂĄDichoso tĂș!».

Una vez que han terminado todos de colocarse, JesĂșs empieza a hablar.

[JesĂșs cuenta la parĂĄbola del rey que celebra las bodas de su hijo.]

Alzaos. Vamos a descansar. Os bendigo a todos, habitantes de Betania. Os bendigo y os doy mi paz. Te bendigo a ti especialmente, Låzaro, amigo mío, y a ti, Marta. Bendigo a mis discípulos, a los primeros y a los nuevos. Yo los envío por el mundo, a invitar para las bodas del Rey. Arrodillaos, que voy a bendeciros a todos. Pedro, di la oración que os he enseñado, dila aquí, a mi lado, en pie, porque así debe decirla quien ha sido destinado por Dios para ello».

Toda la asamblea se arrodilla sobre la hierba. En pie sĂłlo estĂĄn JesĂșs, con su vestidura de lino, alto, guapĂ­simo, y Pedro, vestido de marrĂłn oscuro, encendido de emociĂłn, casi tembloroso, recitando la oraciĂłn con esa voz suya no bonita pero sĂ­ viril, lentamente por miedo a equivocarse: «Padre nuestro...».

Se oye algĂșn sollozo... de hombre, de mujer...

Margziam, arrodillado justo delante de MarĂ­a, que le mantiene unidas sus manitas, mira con una sonrisa de ĂĄngel a JesĂșs, y dice bajo: «¥Mira, Madre, quĂ© guapo!; y tambiĂ©n mi padre, ÂĄquĂ© guapo! Parece estar en el Cielo... ÂżEstarĂĄ aquĂ­ mi madre viendo?».

María susurra: «Sí, tesoro, estå aquí; estå aprendiendo la oración» y le da un beso.

«¿Y yo? ¿La voy a aprender?».

«Ella te la susurrarå en el alma mientras duermes, y yo te la repetiré de día».

El niño echa hacia atrĂĄs su cabecita morena y la apoya en el pecho de MarĂ­a, y se queda asĂ­ mientras JesĂșs lleva a cabo la siempre solemne bendiciĂłn mosaica.

Acabado el gesto, todos se ponen en pie, y se marcha cada uno a su casa; sĂłlo LĂĄzaro sigue todavĂ­a a JesĂșs. Luego entra con Él en la casa de SimĂłn para estar aĂșn en su compañía. Entran tambiĂ©n todos los demĂĄs. Judas Iscariote, avergonzado, se pone en un rincĂłn semioscuro: no se atreve a acercarse a JesĂșs, como hacen los demĂĄs...

206.15

LĂĄzaro se congratula con JesĂșs. Dice: «Siento que te marches, pero estoy mĂĄs contento que si te hubiera visto marcharte anteayer».

«¿Por qué, Låzaro?».

«Porque te veía muy triste y cansado... No hablabas, sonreías poco... Ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro. Me alegro mucho...».

«Lo era, aunque guardase silencio...».

«Lo eras, sĂ­; pero TĂș eres no sĂłlo serenidad sino tambiĂ©n palabra. Esto buscamos en ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza, y estas fuentes parecĂ­an sin agua... Penosa era nuestra sed... Ya ves cĂłmo hasta incluso a los gentiles les ha sorprendido, y han venido a buscarlas...».

Judas Iscariote, al cual se había acercado Juan de Zebedeo, se decide a hablar: «Sí, me habían preguntado también a mí... porque muchas veces estaba cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte».

«SabĂ­as dĂłnde estaba» responde escuetamente JesĂșs.

«Lo sabía. Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban. Los romanos también se sintieron decepcionados. No entiendo por qué has actuado así...».

«¿Y tĂș me lo preguntas? ÂżNo estĂĄs al corriente del estado de ĂĄnimo del SanedrĂ­n, de los fariseos y de otros, respecto a mĂ­?».

«¿Quieres decir que tenías miedo!».

«No. Nåusea.

206.16

El año pasado, estando solo — uno solo contra todo un mundo que ni siquiera sabĂ­a si Yo era profeta —, mostrĂ© que no tenĂ­a miedo. Y tĂș fuiste ganado con mi audacia. Hice oĂ­r mi voz contra todo un mundo de gente que gritaba; hice oĂ­r la voz de Dios a un pueblo que se habĂ­a olvidado de ella; purifiquĂ© la Casa de Dios de las inmundicias materiales que tenĂ­a. No pretendĂ­a limpiarla de las bajezas morales, mucho mĂĄs graves, que en ella anidan, porque no ignoro el futuro de los hombres. Lo hice para cumplir mi deber; por celo de la Casa del Señor eterno, la cual se habĂ­a convertido en una plaza vociferadora de mercachifles, usureros y ladrones; lo hice para remover de su sopor a quienes siglos de abandono sacerdotal habĂ­an hecho caer en el letargo espiritual. Fue el reclamo que debĂ­a congregar a mi pueblo, para llevarle a Dios... Este año he vuelto... He visto que el Templo sigue lo mismo... Incluso ha empeorado. Ha pasado de ser cueva de ladrones a ser sede de conjura, y serĂĄ sede del Delito, y luego lupanar, para terminar destruido a manos de una fuerza mĂĄs poderosa que la de SansĂłn que aplastarĂĄ a una casta indigna de llamarse santa. Es inĂștil hablar en ese lugar, en el cual, ademĂĄs — te lo recuerdo — se me prohibiĂł hablar. ÂĄPueblo desleal a la palabra dada, envenenado en sus cabezas, pueblo que osa poner veto a que la Palabra de Dios hable en su Casa! SĂ­, me fue prohibido. He guardado silencio por amor a los mĂĄs pequeños. No ha llegado todavĂ­a la hora en que habrĂĄn de matarme. Son demasiados los que tienen necesidad de mĂ­, y mis apĂłstoles no son todavĂ­a suficientemente fuertes como para recibir en sus brazos a mi prole: el Mundo. No llores, Madre buena; perdona esta necesidad de tu Hijo de decir, a quien quiere o puede engañarse, la verdad que sĂ©... Yo callo... pero, ÂĄay de aquellos por los cuales Dios calla!... ÂĄMadre, Margziam, no llorĂ©is!... ÂĄQue nadie llore! ÂĄOs lo ruego!».

Pero en realidad todos, con mĂĄs o menos pena, lloran.

Judas, pĂĄlido como un muerto, con ese indumento suyo de rayas amarillas y rojas, tiene la osadĂ­a de insistir, con una voz gimoteadora y ridĂ­cula: «CrĂ©eme, Maestro, que estoy sorprendido y apenado... No sĂ© quĂ© quieres decir... Yo no sĂ© nada... La verdad es que no he visto a ninguno de los del Templo, pues he roto los contactos con todos... Pero, si TĂș lo dices, serĂĄ verdad...».

«¥Judas!... ¿Tampoco has visto a Sadoq?».

Judas baja la cabeza y farfulla: «Es un amigo... Le he visto como amigo, no como uno del Templo...».

206.17

JesĂșs no le responde; se vuelve a Isaac y a Juan de Endor para darles algunas recomendaciones relativas a su trabajo. Entretanto, las mujeres consuelan a MarĂ­a, que estĂĄ llorando, y al niño, que llora al ver llorar a MarĂ­a. TambiĂ©n a LĂĄzaro y a los apĂłstoles se les ve apenados.

JesĂșs, que presenta de nuevo su dulce sonrisa, se acerca a ellos, y, mientras abraza a su Madre y acaricia al niño, dice: «Me despido de los que se quedan, porque mañana al alba nos pondremos en camino. AdiĂłs, LĂĄzaro; adiĂłs, Maximino. JosĂ©, te agradezco todos los detalles que has tenido con mi Madre y con las discĂ­pulas en este perĂ­odo de espera mientras Yo llegaba. Gracias por todo. TĂș, LĂĄzaro, bendice de nuevo a Marta en mi nombre. VolverĂ© pronto. Ven, Madre, a descansar; tambiĂ©n vosotras, MarĂ­a y SalomĂ©, si querĂ©is venir».

«¥Sí, claro que vamos!» dicen las dos Marías.

«¥Pues, hala, a la cama! Paz a todos. Dios esté con vosotros». Hace un gesto de bendición y sale, llevando de la mano al niño y estrechando a su Madre...

La estancia en Betania ha terminado.

Palabras clave

ECR 206.10 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En verdad os digo que, como Yo estoy en el Padre, asĂ­ los pobres estĂĄn en Dios. Por esto, Yo, Verbo del Padre, he querido nacer y permanecer pobre. En efecto, entre los pobres me siento mĂĄs cerca del Padre, que ama a los mĂĄs pequeños, y es amado por ellos con todas sus fuerzas. Los ricos poseen muchas cosas; los pobres, sĂłlo a Dios. Los ricos tienen amigos, los pobres estĂĄn solos. Los ricos tienen muchas consolaciones, los pobres no. Los ricos se divierten, los pobres sĂłlo trabajan. Todo es fĂĄcil para los ricos, por su dinero. Los pobres tienen, ademĂĄs, la cruz del temor a las enfermedades y a las carestĂ­as, pues significarĂ­an para ellos hambre y muerte. Mas los pobres poseen a Dios. Dios, amigo suyo, Consolador suyo; Él los distrae de su penoso presente con esperanzas celestiales; a Él se le puede decir (y ellos saben decirlo, lo dicen precisamente por ser pobres y humildes y estar solos): “Padre, socĂłrrenos con tu misericordia”.

Palabras clave

ECR 206.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Los pobres guardan en su corazĂłn las perlas de las palabras de Dios; son su Ășnico tesoro. Quien no tiene mĂĄs que un bien lo custodia; el que tiene muchos se aburre, se distrae, es soberbio y sensual. AsĂ­, este Ășltimo no admira con ojos humildes y enamorados el tesoro ofrecido por Dios; lo confunde con otros tesoros — las riquezas de la tierra—, valiosos sĂłlo en apariencia,

Palabras clave

ECR 207

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

TĂ­tulo del capĂ­tulo: En BelĂ©n, MarĂ­a recuerda el nacimiento de JesĂșs.

Fecha de la visiĂłn: Martes 3 de julio de 1945.

Calendario: jueves 6 de abril 28 (24 Nissan 3788)

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: El grupo apostĂłlico va a BelĂ©n con las discĂ­pulas. Pedro revela su deseo de ir a la gruta de la Natividad con MarĂ­a. RĂĄpidamente se acuerda que la Virgen les cuente sus recuerdos del nacimiento de JesĂșs, lo que hace con gran emociĂłn. La Madre del Señor les dijo dĂłnde se habĂ­an detenido y cĂłmo se sentĂ­an ella y JosĂ©. JosĂ© estaba preocupado, pero la PurĂ­sima ardĂ­a en amor a Dios. Se detuvieron cerca de la tumba de Raquel antes de reemprender la marcha. Se encontraron con ElĂ­as, que les aconsejĂł dĂłnde alojarse, y luego llegaron a BelĂ©n. La Virgen cuenta sus impresiones sobre la ciudad antes de dirigirse a la gruta. Explica cĂłmo cayĂł un sueño sobre el Justo y cĂłmo se sintiĂł cuando naciĂł Cristo. Estaba en Ă©xtasis y, cuando tuvo a JesĂșs junto a su corazĂłn, lo adorĂł, lo ofreciĂł al Padre, lo envolviĂł en pañales y lo cuidĂł con JosĂ©. MarĂ­a cuenta la llegada de los pastores y, cuando le preguntan quĂ© hizo al dĂ­a siguiente, explica que todo fue muy sencillo: cuidĂł de su bebĂ© como cualquier otra madre. MarĂ­a de Alfeo le indica que la Sagrada Familia podrĂ­a haberse marchado mĂĄs tarde, a las Ensenadas, pero MarĂ­a sabĂ­a que JesĂșs nacerĂ­a allĂ­ y no era cuestiĂłn de esperar. AdemĂĄs, para JosĂ©, era una manera de borrar hasta el Ășltimo rastro de la sospecha que habĂ­a tenido contra ella, ya que las Escrituras se habĂ­an cumplido.

Pedro se alegrĂł de este relato y explicĂł que la venerarĂ­a como Reina y serĂ­a su esclavo. JesĂșs intervino entonces y, tras explicarle la Trinidad, le explicĂł que su PontĂ­fice tendrĂ­a poder donde MarĂ­a tendrĂ­a amor. DebĂ­a tratarla siempre como Reina, pero sin ser su esclavo. El grupo se detiene un momento y, mientras MarĂ­a habla con las mujeres, los apĂłstoles se preguntan si hay versos en el Cantar de los Cantares que anuncien a la Virgen prometida. Cristo confirma entonces que se ha hablado de ella desde el principio del Libro y que se seguirĂĄ hablando de ella en los libros venideros.

Judas declara entonces que el Verbo podría haber evitado humillarse sometiéndose a las miserias de la infancia. Podría haber bajado a la tierra en carne ya adulta y haber tenido una madre adoptiva, como su padre putativo. El Maestro declaró entonces que su Encarnación real era algo justo y que circularían herejías sobre su Encarnación. Pero confirma que es carne real y que María es realmente la Madre del Verbo hecho carne. Ademås, confirma que es eternamente Uno con el Padre y unido a Dios como Carne, pues el Amor todo lo puede. Su Encarnación tiene por objeto reparar todos los errores del hombre.

Contenido del capĂ­tulo: 207.1: MarĂ­a recuerda el pasado. 207.2: CĂłmo se sintiĂł MarĂ­a durante el viaje. 207.3 : La tumba de Raquel y el encuentro con ElĂ­as. 207.4 : CĂłmo se le apareciĂł la ciudad de BelĂ©n. 207.5 : La instalaciĂłn en la gruta. 207.6 : El Ă©xtasis del nacimiento. 207.7 : La visita de los pastores. 207.8: Al dĂ­a siguiente, mujer y adorador. 207.9: Pedro y MarĂ­a: poder y amor. 207.10: MarĂ­a, ĂĄrbol de frutos redentores. 207.11: A Judas le hubiera gustado otro nacimiento. Discurso sobre la realidad carnal de JesĂșs.

EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂ­tulo 69

Palabras clave

ECR 207.1-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

SimĂłn de JonĂĄs se adelanta y alcanza al grupo de JesĂșs. Pregunta: «¿Por aquĂ­ se va a BelĂ©n? Juan dice que la otra vez habĂ©is ido por otro camino».

«Es verdad» responde JesĂșs «pero porque venĂ­amos de JerusalĂ©n. Por aquĂ­ es mĂĄs corto. Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos, como hace tiempo habĂ©is decidido. Mi Madre quiere ir a Betsur. AllĂ­ nos reuniremos de nuevo».

«Sí, lo dijimos... ¥Pero, sería tan hermoso que estuviéramos todos presentes!... especialmente la Madre... que, a fin de cuentas, es la Reina de Belén y de la Gruta, y conoce todo a la perfección. Si lo contara Ella, creo que sería distinto».

JesĂșs mira a SimĂłn, que insinĂșa dulcemente su deseo, y sonrĂ­e.

«¿Qué gruta, padre?» pregunta Marziam.

«La gruta donde naciĂł JesĂșs».

«¥Ah, muy bien! ¥Voy yo también!...».

«¥Sería precioso!» dicen María de Alfeo y Salomé.

«¥Precioso!... Significaría volver al pasado, a cuando el mundo te ignoraba... Te ignoraba, sí, pero todavía no te odiaba. Significaría encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas que supieron sólo creer y amar, con humildad y fe... Significaría depositar en el pesebre este peso de amargura que oprime mi corazón desde que sé lo mucho que te odian... Debe haber quedado todavía en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa... y ello me acariciaría el corazón, ¥este corazón mío tan lleno de amargura!...». (María habla despacio, entre anhelante y afligida).

«Pues entonces vamos a ir, MamĂĄ. CondĂșcenos tĂș al lugar. Hoy eres tĂș la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender».

«¥No, Hijo! TĂș eres siempre el Maestro...».

«No, MamĂĄ. SimĂłn de JonĂĄs tiene razĂłn en lo que ha dicho. En la tierra de BelĂ©n tĂș eres la Reina. Es tu primer castillo. MarĂ­a, de la estirpe de David, guĂ­a a este pequeño pueblo a tu morada».

Judas Iscariote hace ademĂĄn de hablar, pero no dice nada. JesĂșs, que se ha dado cuenta del gesto y lo ha interpretado, dice: «Si alguno, por cansancio u otro motivo, no quiere venir, que libremente prosiga hacia Betsur». Pero ninguno habla.

207.2

Prosiguen el camino por este fresco valle que va en direcciĂłn Este-Oeste. Luego giran levemente hacia el Norte para bordear un entrante de un collado, y llegan asĂ­ al camino que de JerusalĂ©n conduce a BelĂ©n, justo a la altura de un cubo — la tumba de Raquel — que culmina en una pequeña cĂșpula orbicular. Todos se acercan para orar con reverencia.

«AquĂ­ nos detuvimos yo y JosĂ©... EstĂĄ todo igual. Lo Ășnico distinto es la estaciĂłn: en aquel entonces era un frĂ­o dĂ­a de KislĂ©u. HabĂ­a llovido, los caminos estaban embarrados; luego se habĂ­a levantado un viento helador y quizĂĄs habĂ­a caĂ­do escarcha durante la noche. Los caminos estaban endurecidos, pero, recorridos todos ellos por carros y por mucha gente, parecĂ­an un mar lleno de hoyos. Se hacĂ­a muy trabajoso para mi burrito...».

«¿Y para ti no, Madre?».

«¥Yo te tenía a ti!...». La expresión de beatitud con que le mira es verdaderamente conmovedora.

Unos instantes después, sigue hablando:

«AtardecĂ­a. JosĂ© estaba muy preocupado... Se estaba levantando un viento que cortaba, y cada vez soplaba mĂĄs fuerte... La gente que iba hacia BelĂ©n apresuraba su paso. Chocaban unos con otros. Muchos decĂ­an insolencias contra mi burrito, por lo despacio que iba, buscando el lugar donde apoyar sus pezuñas... ParecĂ­a como si supiera que TĂș estabas ahĂ­... durmiendo el Ășltimo sueño en la cuna de mis entrañas. HacĂ­a frĂ­o... pero yo ardĂ­a por dentro. Te sentĂ­a llegar... ÂżLlegar? PodrĂ­as decir: “MamĂĄ, Yo ya estaba desde hacĂ­a nueve meses”. SĂ­. Pero ahora era como si vinieras del Cielo. El Cielo descendĂ­a, se plegaba hacia mĂ­, y yo veĂ­a sus resplandores... VeĂ­a a la Divinidad arder de gozo por tu inminente nacimiento, y ese fuego me traspasaba, me incendiaba, me abstraĂ­a... de todo... FrĂ­o... viento... gente... ÂĄNada! Yo veĂ­a a Dios... De tanto en tanto, con esfuerzo, lograba volver con mi espĂ­ritu a esta tierra, y sonreĂ­a a JosĂ©, que temĂ­a al frĂ­o y al cansancio por mĂ­, y que iba guiando al burrito por temor a que tropezase, y que me arropaba con la manta porque temĂ­a que me enfriase... Mas nada podĂ­a suceder. No sentĂ­a los bamboleos. Me parecĂ­a ir por un camino de estrellas, entre nubes cĂĄndidas, sujetada por ĂĄngeles... Y sonreĂ­a... Primero a ti... Te veĂ­a dormir, capullo mĂ­o de azucena, a travĂ©s de la barrera de la carne, con los puñitos apretados en tu camita de rosas vivas... Luego sonreĂ­a a mi esposo, que estaba profundamente afligido, para infundirle ĂĄnimo... Luego a la gente, que no sabĂ­a que estaba respirando ya en el aura del Salvador...

Nos detuvimos cerca de la tumba de Raquel, para que descansase un momento el borriquillo y para comer un poco de pan y unas aceitunas, nuestras provisiones de pobres. Pero yo no tenĂ­a hambre. No podĂ­a tener hambre... Me alimentaba mi alegrĂ­a...

207.3

Reanudamos el camino... Venid, os voy a decir dĂłnde encontramos al pastor... No pensĂ©is que puedo equivocarme; estoy reviviendo aquella hora, veo y reconozco cada uno de los lugares porque veo a travĂ©s de una gran luz angĂ©lica. QuizĂĄs la muchedumbre angĂ©lica estĂĄ de nuevo aquĂ­, invisible para los cuerpos, pero visible para las almas con su luminoso candor, y todo se hace patente, todo queda señalado. Ellos no pueden equivocarse, y me guĂ­an... para alegrĂ­a mĂ­a y vuestra. Mirad, desde aquel campo a Ă©ste vino ElĂ­as con sus ovejas. JosĂ© le pidiĂł un poco de leche para mĂ­. AllĂ­, en aquel prado, estuvimos detenidos mientras Ă©l extraĂ­a la leche tibia, reconstituyente, y daba algunos consejos a JosĂ©. Venid, venid... Mirad, Ă©ste es el sendero de la Ășltima hondonada antes de BelĂ©n. Lo elegimos porque el camino principal, en las cercanĂ­as de la ciudad, era todo un barullo de gente y cabalgaduras...

207.4

ÂĄAhĂ­ estĂĄ BelĂ©n! ÂĄOh, entrañable tierra de mis padres, que me diste el primer beso de mi Hijo! Te abriste, buena y fragante, como el pan que te da el nombre[1], para dar Pan verdadero al mundo mortal-mente hambriento! ÂĄMe abrazaste, tĂș, tierra que conservas el materno amor de Raquel, como una madre; tierra santa de la davĂ­dica BelĂ©n; primer templo del Salvador, de la Estrella de la mañana nacida de Jacob para señalar la ruta del Cielo a toda la Humanidad! ÂĄFijaos cuĂĄn bella estĂĄ en esta primavera! ÂĄTambiĂ©n entonces, a pesar de que los campos y los viñedos aparecieran desnudos, era hermosa! Un velo leve de escarcha tornaba a resplandecer en las desnudas ramas, que aparecĂ­an espolvoreadas de diamantes, como envueltas en un impalpable cendal paradisĂ­aco. Las chimeneas de todas las casas humeaban, pues llegaba la hora de la cena. El humo, subiendo escalonadamente los rellanos hasta llegar a este lĂ­mite, mostraba a la propia ciudad tambiĂ©n velada...

Todo se sentĂ­a casto, recogido, en espera... ÂĄde ti, de ti, Hijo! La tierra te sentĂ­a llegar... Te habrĂ­an sentido tambiĂ©n los betlemitas, porque no son malos, a pesar de que no lo creĂĄis. No podĂ­an ofrecernos alojamiento... En las casas honradas y buenas de BelĂ©n, se apiñaban, arrogantes como siempre, sordos y soberbios, los que hoy lo siguen siendo; Ă©sos no podĂ­an sentirte a ti... ÂĄCuĂĄntos fariseos, saduceos, herodianos, escribas, esenios habĂ­a! ÂĄCuĂĄntos!... Su embotamiento de ahora sigue siendo manifestaciĂłn de su dureza de corazĂłn de entonces. Cerraron su corazĂłn al amor a su pobre hermana aquella noche... y se quedaron — y todavĂ­a lo estĂĄn — en las tinieblas. Desde aquel momento, rechazando el amor al prĂłjimo, rechazaron a Dios.

207.5

Venid. Vamos a la gruta. Es inĂștil entrar en la ciudad. Los mejo res amigos de mi Niño ya no estĂĄn. Queda la naturaleza amiga, con sus piedras, su riachuelo, su leña para encender fuego; la naturaleza que sintiĂł la llegada de su Señor... SĂ­, venid sin vacilaciĂłn. Se tuerce por aquĂ­... AllĂ­ estĂĄn las ruinas de la Torre de David: ÂĄla aprecio mĂĄs que a un palacio! ÂĄBenditas ruinas! ÂĄBendito riachuelo! ÂĄBendito ĂĄrbol que, como por milagro, te despojaste, con el viento, de muchas de tus ramas para que encontrĂĄsemos leña y pudiĂ©ramos encender fuego!».

María baja ligera hacia la gruta, atraviesa el pequeño riachuelo por una tabla que hace de puente, corre hacia el espacio abierto que hay delante de las ruinas y cae de rodillas a la entrada de la gruta, y se curva para besar su suelo. La siguen todos los demås. Estån emocionados... El niño, que no la deja ni un instante, parece estar escuchando una historia maravillosa; sus ojitos negros beben las palabras y los gestos de María sin perderse ni uno solo.

MarĂ­a se pone en pie y entra diciendo:

«¥Todo, todo como entonces!... Pero en aquella ocasiĂłn era de noche... JosĂ© me hizo luz para que entrase. Entonces, sĂłlo entonces, desmontando del borriquillo, sentĂ­ lo cansada y helada que estaba... Un buey nos saludĂł. Me acerquĂ© a Ă©l para sentir un poco de calor, para apoyarme sobre el heno... JosĂ©, aquĂ­, donde estoy yo, extendiĂł heno para hacerme un lecho. Lo habĂ­a secado a la llama que estaba encendida en aquel rincĂłn; para mĂ­ y para ti, Hijo... porque era bueno como un padre, con su amor de esposo-ĂĄngel... Y los dos de la mano, como dos hermanos perdidos en la oscuridad de la noche, comimos nuestro pan y nuestro queso; luego Ă©l fue allĂ­, a alimentar el fuego, y se quitĂł el manto para tapar la abertura... En realidad, habĂ­a corrido el velo ante la gloria de Dios que descendĂ­a del Cielo, TĂș, mi JesĂșs... Y yo permanecĂ­ allĂ­, encima del heno, al calorcito de los dos animales, arropada en mi manto y con la manta de lana... ÂĄMi amado esposo!... En la conmociĂłn de aquella hora, en que me encontraba sola ante el misterio de la primera maternidad, siempre henchida de lo desconocido para una mujer, y para mĂ­ — en mi maternidad Ășnica — henchida ademĂĄs del misterio del quĂ© serĂ­a ver al Hijo de Dios surgir de carne mortal, JosĂ© fue para mĂ­ como una madre, como un ĂĄngel... mi consuelo... entonces y siempre...

207.6

Luego, silencio y sueño descendieron y circundaron al Justo... para que no viera lo que para mĂ­ era el beso de Dios de cada dĂ­a... Y, tras el intermedio de las humanas necesidades, he aquĂ­ que me llegan las desmesuradas olas del Ă©xtasis, que vienen del mar paradisĂ­aco, y que me elevan de nuevo a lo alto de las crestas luminosas, cada vez mĂĄs altas, y me llevan arriba, arriba, con ellas, a un ocĂ©ano de luz, de luz, de alegrĂ­a, paz, amor, hasta verme perdida en el mar de Dios, del seno de Dios... Oigo todavĂ­a una voz de la tierra: “¿Duermes, MarĂ­a?”. ÂĄQuĂ© lejana!... ÂĄEs un eco, un recuerdo de la tierra!... Tan dĂ©bil que el alma no reacciona. No sĂ© lo que respondo. Mientras, sigo subiendo, subiendo, en esta inmensidad de fuego, de beatitud infinita, de precogniciĂłn de Dios... hasta Él, hasta Él. ÂĄOh!, pero, Âżte alumbrĂ© yo a ti, o fui yo alumbrada por los trinitarios Fulgores aquella noche?, Âżte alumbrĂ© yo a ti, o TĂș me aspiraste para alumbrarme? No lo sĂ©... Luego el regreso, de coro en coro, de astro en astro, de estrato en estrato, dulce, lento, beato, sereno, como el de una flor que el ĂĄguila ha llevado a las alturas para dejarla caer despuĂ©s, y desciende lentamente, en las alas del aire, embellecida por una gema de lluvia, por un pedacito de arco iris arrebatado al cielo, para encontrarse al final en la tierra que la viera nacer... Mi diadema: ÂĄTĂș! TĂș sobre mi corazĂłn...

AquĂ­, sentada, despuĂ©s de haberte adorado, te amĂ©. Por fin pude amarte sin la barrera de la carne; de aquĂ­ me desplacĂ© para llevarte al amor de aquel que como yo era digno de estar entre los primeros que te amasen. AquĂ­, entre estas dos toscas columnas, te ofrecĂ­ al Padre. AquĂ­ descansaste por primera vez sobre el pecho de JosĂ©... AquĂ­ te envolvĂ­ en pañales y, los dos, te colocamos aquĂ­... Yo te acunaba mientras JosĂ© secaba el heno al fuego y se lo metĂ­a en su pecho para mantenerlo caliente. Luego, allí
 adorĂĄndote los dos, asĂ­, asĂ­, inclinados hacia ti, como yo ahora; bebiendo tu respiraciĂłn, contemplando hasta quĂ© anonadamiento puede conducir el amor; llorando las lĂĄgrimas que, ciertamente, se lloran en el Cielo por el gozo inagotable de ver a Dios».

207.7

MarĂ­a, que ha estado yendo a un lado o a otro mientras evocaba los hechos, señalando los lugares, jadeante de amor, con un destello de llanto en sus ojos azules y una sonrisa en los labios, se inclina realmente hacia JesĂșs — que estĂĄ sentado en una piedra grande mientras Ella cuenta — y le besa en el pelo, llorando, adorĂĄndole como entonces.

«Y luego los pastores... dentro, aquí, adorando con su buen corazón, con el intenso hålito de la tierra que con ellos entraba en su olor humano, de rebaños, de heno; y, afuera, y por todas partes, los ångeles, adoråndote con su amor, con sus cantos (que ninguna criatura humana puede reproducir) y con el amor del Cielo, con la brisa del Cielo que con ellos entraba, que ellos portaban, entre sus fulgores... ¥Tu nacimiento, bendito mío!».

MarĂ­a se ha arrodillado al lado de su Hijo y llora de emociĂłn con la cabeza reclinada en las rodillas de JesĂșs. Ninguno de los presentes se atreve a decir nada durante un rato; emocionados en mayor o menor grado, miran en torno a sĂ­, como esperando ver pintada, entre las telas de araña y las ĂĄsperas piedras, la escena descrita...

María sale de este momento particular y torna a hablar: «Bien, he descrito el nacimiento, infinitamente sencillo, infinitamente grande, de mi Hijo. Lo he hecho con mi corazón de mujer, no con la sabiduría de un maestro. No hay mås; en efecto, fue la cosa mås grande de la tierra, si bien velada bajo las apariencias mås comunes».

207.8

«Pero, ¿y al día siguiente?, ¿y después?» preguntan muchos de los presentes, entre los cuales las dos Marías.

«¿El dĂ­a siguiente? ÂĄMuy sencillo! Hice lo que todas las madres: dar de mamar al niño, lavarle, ponerle los pañales. Yo calentaba agua del rĂ­o en el fuego que ardĂ­a ahĂ­ afuera (para que el humo no hiciera llorar a esos dos ojitos azules); y luego, en el rincĂłn mĂĄs amparado, en una vieja artesa, lavaba a mi Hijo y le ponĂ­a ropita fresca; iba al rĂ­o a lavar los pañales y los tendĂ­a al sol... y luego la alegrĂ­a mĂĄs grande, darle el pecho a JesĂșs... y Él mamaba y tomaba mĂĄs color y se sentĂ­a contento... El primer dĂ­a, durante la hora mĂĄs caliente, fui a sentarme ahĂ­ afuera para verle bien. AquĂ­ la luz sĂłlo se filtra, no entra verdaderamente. La lĂĄmpara y la llama daban un caprichoso aspecto a las cosas. SalĂ­ afuera, al sol... y mirĂ© al Verbo encarnado. La Madre conociĂł entonces a su Hijo; la sierva de Dios, a su Señor: fui mujer y adoradora... DespuĂ©s, la casa de Ana... los dĂ­as ante tu cuna... los primeros pasos... la primera palabra... Pero esto fue despuĂ©s, en su momento... Nada, nada fue tan grande como la hora de tu nacimiento... SĂłlo cuando regrese a Dios, volverĂ© a encontrar aquella plenitud...».

María de Alfeo dice: «¥Sí, pero, ponerse en camino al final...! ¥Qué imprudencia! ¿Por qué no esperasteis? El decreto preveía un alargamiento del plazo para los casos especiales, como partos o enfermedades. Alfeo lo dijo...».

«¿Esperar? ÂĄNo! Aquella tarde, cuando JosĂ© trajo la noticia, yo y TĂș, Hijo, exultamos de alegrĂ­a. Era la llamada... porque tenĂ­as que nacer necesariamente aquĂ­, como habĂ­an dicho los Profetas; aquel decreto llegado al improviso fue para JosĂ© piadoso Cielo, cancelador incluso del recuerdo de su sospecha. Era lo que esperaba, por ti, por Ă©l, por el mundo judaico y por el mundo futuro, hasta el final de los siglos. Estaba escrito, y sucediĂł como habĂ­a sido escrito. ÂżEsperar! ÂżPodrĂĄ la novia hacer esperar su sueño nupcial? ÂżPor quĂ© esperar?».

«Pues... por todo lo que podía suceder...» insiste todavía María de Alfeo.

«No tenĂ­a ningĂșn miedo. Reposaba en Dios».

«Pero, ¿sabías que todo habría de suceder así?».

«Nadie me lo habĂ­a dicho, y yo no pensaba en absoluto en ello; tanto es asĂ­, que, para dar ĂĄnimos a JosĂ©, le dejĂ© pensar, y os dejĂ© pensar, que todavĂ­a faltaba tiempo para el nacimiento. SabĂ­a — esto sĂ­ que lo sabĂ­a — que la Luz del mundo nacerĂ­a en la fiesta de las luces».

«Madre, la pregunta sería, mås bien, ¿por qué no acompañaste a María? Y, mi padre, ¿por qué no pensó en esto? ¥Teníais que haber venido también vosotros! ¿No vinimos aquí todos?» pregunta, severo, Judas Tadeo.

«Tu padre había decidido venir después de la fiesta de las Luminarias y se lo dijo a su hermano, pero José no quiso esperar».

«Pero, tĂș al menos...» rebate aĂșn Judas Tadeo.

«No la censures, Judas. De comĂșn acuerdo, consideramos que era justo correr un velo sobre el misterio de este nacimiento».

«Pero, ÂżJosĂ© sabĂ­a con quĂ© signos habĂ­a de producirse? Si tĂș no lo sabĂ­as, ÂżpodĂ­a saberlo Ă©l?».

«No sabĂ­amos nada, sino que Él debĂ­a nacer».

«¿Y entonces...?».

«Entonces la SabidurĂ­a divina nos guiĂł asĂ­, como era justo. El nacimiento de JesĂșs, su presencia en el mundo, debĂ­an manifestarse exentos de todo lo que pudiera saber a maravilloso y que hubiera provocado a SatanĂĄs... Mirad cĂłmo la aversiĂłn actual de BelĂ©n hacia el MesĂ­as es una consecuencia de la primera epifanĂ­a del Cristo. El livor demoniaco se sirviĂł de la revelaciĂłn para producir derramamiento de sangre, y para diseminar, por la sangre derramada, odio


207.9

¿Estås contento, Simón de Jonås? No hablas. Casi ni respiras...».

«Tanto... tanto que me parece estar fuera del mundo, en un lugar mĂĄs santo que si hubiera traspasado el velo del Templo... Tanto que... que ahora, despuĂ©s de haberte visto en este sitio y con la luz de entonces, me produce temblor el haberte tratado... con respeto, sĂ­, pero sĂłlo como a una gran mujer; eso, como a una simple mujer. A partir de ahora no osarĂ© ya decirte como antes: “MarĂ­a”. Antes eras para mĂ­ la Madre de mi Maestro, ahora te he visto en la cima de aquellas olas celestiales, te he visto Reina; y yo, miserable, hago esto, como esclavo que soy» y se arroja al suelo y besa los pies de MarĂ­a.

Ahora es JesĂșs quien habla: «SimĂłn, ĂĄlzate; ven aquĂ­, a mi lado».

Pedro se pone en la izquierda de JesĂșs (MarĂ­a estĂĄ a la derecha).

«¿QuĂ© somos ahora nosotros?» pregunta JesĂșs.

«¿Nosotros? ÂĄHombre, pues JesĂșs, MarĂ­a y SimĂłn!».

«De acuerdo, pero ¿cuåntos somos?».

«Tres, Maestro».

«Entonces somos una trinidad. Un dĂ­a, en el Cielo, la divina Trinidad pensĂł: “Es el momento de que el Verbo vaya a la tierra”[2]. En un latido de amor, el Verbo vino a la tierra. Se separĂł por ello del Padre y del EspĂ­ritu Santo. Vino a actuar en la tierra. En el Cielo, los otros Dos contemplaron las obras del Verbo, permaneciendo mĂĄs unidos que nunca para fundir Pensamiento y Amor en ayuda de la Palabra, operante en la tierra. LlegarĂĄ un dĂ­a en que vendrĂĄ del Cielo esta orden: “Es el momento de que vuelvas, porque todo estĂĄ cumplido”. Entonces el Verbo volverĂĄ al Cielo, asĂ­... (y JesĂșs se retira un paso hacia atrĂĄs dejando a Pedro y a MarĂ­a donde estaban), y desde lo alto del Cielo contemplarĂĄ las obras de los otros dos de la tierra, los cuales, por santo impulso, se unirĂĄn mĂĄs que nunca, para fundir poder y amor y hacer de ello un medio para cumplir el deseo del Verbo: la redenciĂłn del mundo a travĂ©s de la perpetua enseñanza de su Iglesia. Y el Padre, el Hijo y el EspĂ­ritu Santo harĂĄn con sus rayos una cadena para estrechar, estrechar cada vez mĂĄs a los dos que estarĂĄn todavĂ­a en esta tierra: mi Madre, el amor; tĂș, el poder. Por tanto, ciertamente tendrĂĄs que tratar a MarĂ­a como a una reina, pero no como esclavo. ÂżNo te parece?».

«Me parece todo lo que quieras. ¥Me siento anonadado! ¥Yo el poder? ¥Ah, pues si tengo que ser el poder entonces sí que me debo apoyar en Ella! ¥Madre de mi Señor, no me abandones nunca, nunca, nunca...!».

«No temas. Te tendré siempre cogido de la mano; así, como hacía con mi Niño hasta que fue capaz de andar solo».

«¿Y después?».

«DespuĂ©s te sostendrĂ© con la oraciĂłn. ¥Ánimo, SimĂłn; no dudes nunca del poder de Dios! Ni yo ni JosĂ© dudamos de su poder, tĂș tampoco debes dudar. Dios otorga su ayuda en cada hora, si permanecemos humildes y fieles...

Palabras clave

ECR 207.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Estås contento, Simón de Jonås? No hablas. Casi ni respiras...».

«Tanto... tanto que me parece estar fuera del mundo, en un lugar mĂĄs santo que si hubiera traspasado el velo del Templo... Tanto que... que ahora, despuĂ©s de haberte visto en este sitio y con la luz de entonces, me produce temblor el haberte tratado... con respeto, sĂ­, pero sĂłlo como a una gran mujer; eso, como a una simple mujer. A partir de ahora no osarĂ© ya decirte como antes: “MarĂ­a”. Antes eras para mĂ­ la Madre de mi Maestro, ahora te he visto en la cima de aquellas olas celestiales, te he visto Reina; y yo, miserable, hago esto, como esclavo que soy» y se arroja al suelo y besa los pies de MarĂ­a.

Ahora es JesĂșs quien habla: «SimĂłn, ĂĄlzate; ven aquĂ­, a mi lado».

Pedro se pone en la izquierda de JesĂșs (MarĂ­a estĂĄ a la derecha).

«¿QuĂ© somos ahora nosotros?» pregunta JesĂșs.

«¿Nosotros? ÂĄHombre, pues JesĂșs, MarĂ­a y SimĂłn!».

«De acuerdo, pero ¿cuåntos somos?».

«Tres, Maestro».

«Entonces somos una trinidad. Un dĂ­a, en el Cielo, la divina Trinidad pensĂł: “Es el momento de que el Verbo vaya a la tierra”[2]. En un latido de amor, el Verbo vino a la tierra. Se separĂł por ello del Padre y del EspĂ­ritu Santo. Vino a actuar en la tierra. En el Cielo, los otros Dos contemplaron las obras del Verbo, permaneciendo mĂĄs unidos que nunca para fundir Pensamiento y Amor en ayuda de la Palabra, operante en la tierra. LlegarĂĄ un dĂ­a en que vendrĂĄ del Cielo esta orden: “Es el momento de que vuelvas, porque todo estĂĄ cumplido”. Entonces el Verbo volverĂĄ al Cielo, asĂ­... (y JesĂșs se retira un paso hacia atrĂĄs dejando a Pedro y a MarĂ­a donde estaban), y desde lo alto del Cielo contemplarĂĄ las obras de los otros dos de la tierra, los cuales, por santo impulso, se unirĂĄn mĂĄs que nunca, para fundir poder y amor y hacer de ello un medio para cumplir el deseo del Verbo: la redenciĂłn del mundo a travĂ©s de la perpetua enseñanza de su Iglesia. Y el Padre, el Hijo y el EspĂ­ritu Santo harĂĄn con sus rayos una cadena para estrechar, estrechar cada vez mĂĄs a los dos que estarĂĄn todavĂ­a en esta tierra: mi Madre, el amor; tĂș, el poder. Por tanto, ciertamente tendrĂĄs que tratar a MarĂ­a como a una reina, pero no como esclavo. ÂżNo te parece?».

«Me parece todo lo que quieras. ¥Me siento anonadado! ¥Yo el poder? ¥Ah, pues si tengo que ser el poder entonces sí que me debo apoyar en Ella! ¥Madre de mi Señor, no me abandones nunca, nunca, nunca...!».

«No temas. Te tendré siempre cogido de la mano; así, como hacía con mi Niño hasta que fue capaz de andar solo».

«¿Y después?».

«DespuĂ©s te sostendrĂ© con la oraciĂłn. ¥Ánimo, SimĂłn; no dudes nunca del poder de Dios! Ni yo ni JosĂ© dudamos de su poder, tĂș tampoco debes dudar. Dios otorga su ayuda en cada hora, si permanecemos humildes y fieles...»

Detalle

La Virgen acaba de contar la Natividad con sus propias palabras.

AnotaciĂłn

Trinidad celestial - Trinidad terrenal: Para establecer un paralelismo entre la Trinidad celestial (Padre, Hijo y EspĂ­ritu Santo) y la Trinidad terrenal (JesĂșs, MarĂ­a y Pedro), la explicaciĂłn debe recurrir al recurso de atribuir a Dios pensamientos y comportamientos humanos, estableciendo separaciones y reuniones entre las Personas divinas.

Sin embargo", anota MarĂ­a Valtorta en una copia mecanografiada, "no se puede negar la uniĂłn hipostĂĄtica (= uniĂłn de las dos naturalezas, divina y humana) por la cual el Verbo, estando verdaderamente en la carne del Hijo de Dios y de MarĂ­a, no dejĂł de ser uno con el Padre y, por tanto, con el Amor; no dejĂł de ser el Santo de los Santos, porque lo era por su naturaleza divina y lo era en su naturaleza humana, por la gracia y por una voluntad perfectĂ­sima".

Esta nota, acompañada de los textos de EMV207.11 |EMV324.3 | EMV 567.17 | EMV 630.21 y EMV 634.11, asĂ­ como de las notas deEMV 54.5 | EMV 68.1 | EMV 342.5 y EMV 346.5, puede servir tambiĂ©n para interpretar correctamente las expresiones que se encuentran en EMV 62.2 (para unirme al Padre) | EMV 62.4 (yo estaba en el Padre) | EMV 123.5 (dejĂ© el Cielo) | EMV 126.1 (no a mĂ­, sino al que me enviĂł) | EMV 126.10 | EMV 128.2 (no a mĂ­. A Dios) | EMV 129.3 (Dios estĂĄ en el Cielo. Adora y acude a Él) | EMV 249.4 | EMV 254.3 (Debes preguntar al que los hizo) | EMV 272.2 | EMV 287.6 (A Dios, no a su Siervo) | EMV 298.6 (No de mĂ­, sino del Padre) | EMV 317.5 | EMV 371.6 | EMV 399.4 (DejĂł al Padre) | EMV 452.11 | EMV 479.2 (Vuelve al Padre) | EMV 487.9 | EMV 517.2 (Una parte de la uniĂłn he dejado) | EMV 534.8 (La SabidurĂ­a ha dejado el Cielo) | EMV600.21 (He dejado al Padre) | EMV 618.5 (Ya no estoy separado del Padre) | EMV 632.34 (Ha dejado el Cielo) | EMV 637.6 (He dejado el Cielo) | EMV 642.9, etc.

Por Ășltimo, cabe destacar el concepto expresado por Maria Valtorta en el texto de EMV 474.2/3: la divinidad, siempre unida hipostĂĄticamente al Hombre JesĂșs, no fue en todo momento sensible al Hombre Redentor, que tuvo que llegar a experimentar este dolor.

Palabras clave

ECR 207.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora venid aquí afuera, junto al riachuelo, a la sombra del årbol bueno que, si el verano estuviera mås adelantado, os daría ademås de su sombra sus manzanas. Venid. Comeremos antes de partir... ¿A dónde, Hijo mío?».

«A Jala. Estå cerca. Y mañana iremos a Betsur».

Se sientan a la sombra del manzano. MarĂ­a se apoya contra el recio tronco.

BartolomĂ© mira fijamente cĂłmo Ella — tan joven y todavĂ­a celestemente enardecida por los hechos que ha revivido — acepta de su Hijo el alimento que previamente ha bendecido, y cĂłmo le sonrĂ­e con ojos de amor. Y susurra: «“A su sombra he tomado asiento, su alimento sabe delicado a mi paladar”».

Le responde Judas Tadeo: «Es verdad. Se consume de amor. Pero no se puede decir que “fuese despertada bajo un manzano”».

«¿Y por qué no, hermano? ¿Qué sabemos nosotros de los secretos del Rey?» responde Santiago de Alfeo.

Y JesĂșs, sonriendo, dice: «La nueva Eva fue concebida por el Pensamiento al pie del paradisĂ­aco manzano, para que, con su sonrisa y su llanto, pusiera en fuga a la serpiente y desenvenenara el fruto envenenado. Ella se ha hecho ĂĄrbol de fruto redentor. Venid, amigos, comed de su fruto; que nutrirse con su dulzura es nutrirse con la miel de Dios».

«Maestro, hace tiempo que deseo saber una cosa: ¿el Cåntico que estamos citando se refiere a Ella?» pregunta en voz baja Bartolomé. María estå ocupåndose del niño y hablando con las otras mujeres.

«Desde el principio del Libro se habla de Ella y de Ella se hablarĂĄ en los libros futuros, hasta la transformaciĂłn de la palabra del hombre en la sempiterna alabanza de la eterna Ciudad de Dios» y JesĂșs se vuelve a las mujeres.

«¥Cómo se nota que es de David! ¥Qué sabiduría! ¥Qué poesía!» dice Simón Zelote a sus compañeros.

Detalle

La Virgen MarĂ­a relatĂł el nacimiento de su Hijo.

AnotaciĂłn

Libro de los Cantares 2, 3

Ct 2,3 "Como un manzano entre los årboles del bosque es mi amigo entre los jóvenes, me complazco en sentarme bajo su sombra. Qué dulce es su fruto a mi paladar".

Libro de los Cantares 8, 5

Ct 8,5 : ¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado? EL NACIMIENTO. Allí te concibió tu madre, allí te concibió, allí te dio a luz.

Palabras clave

ECR 207.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo soy verdaderamente carne, María es verdaderamente la Madre del Verbo encarnado. Si la hora del nacimiento fue sólo un éxtasis, se debió al hecho de ser la nueva Eva, sin peso de culpa ni herencia de castigo. Descansar en Ella no fue una humillación para mí.

Detalle

JesĂșs dijo:

Palabras clave