SimĂłn de JonĂĄs se adelanta y alcanza al grupo de JesĂșs. Pregunta: «¿Por aquĂ se va a BelĂ©n? Juan dice que la otra vez habĂ©is ido por otro camino».
«Es verdad» responde JesĂșs «pero porque venĂamos de JerusalĂ©n. Por aquĂ es mĂĄs corto. Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos, como hace tiempo habĂ©is decidido. Mi Madre quiere ir a Betsur. AllĂ nos reuniremos de nuevo».
«SĂ, lo dijimos... ÂĄPero, serĂa tan hermoso que estuviĂ©ramos todos presentes!... especialmente la Madre... que, a fin de cuentas, es la Reina de BelĂ©n y de la Gruta, y conoce todo a la perfecciĂłn. Si lo contara Ella, creo que serĂa distinto».
JesĂșs mira a SimĂłn, que insinĂșa dulcemente su deseo, y sonrĂe.
«¿Qué gruta, padre?» pregunta Marziam.
«La gruta donde naciĂł JesĂșs».
«¥Ah, muy bien! ¥Voy yo también!...».
«¥SerĂa precioso!» dicen MarĂa de Alfeo y SalomĂ©.
«¥Precioso!... SignificarĂa volver al pasado, a cuando el mundo te ignoraba... Te ignoraba, sĂ, pero todavĂa no te odiaba. SignificarĂa encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas que supieron sĂłlo creer y amar, con humildad y fe... SignificarĂa depositar en el pesebre este peso de amargura que oprime mi corazĂłn desde que sĂ© lo mucho que te odian... Debe haber quedado todavĂa en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa... y ello me acariciarĂa el corazĂłn, ÂĄeste corazĂłn mĂo tan lleno de amargura!...». (MarĂa habla despacio, entre anhelante y afligida).
«Pues entonces vamos a ir, MamĂĄ. CondĂșcenos tĂș al lugar. Hoy eres tĂș la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender».
«¥No, Hijo! TĂș eres siempre el Maestro...».
«No, MamĂĄ. SimĂłn de JonĂĄs tiene razĂłn en lo que ha dicho. En la tierra de BelĂ©n tĂș eres la Reina. Es tu primer castillo. MarĂa, de la estirpe de David, guĂa a este pequeño pueblo a tu morada».
Judas Iscariote hace ademĂĄn de hablar, pero no dice nada. JesĂșs, que se ha dado cuenta del gesto y lo ha interpretado, dice: «Si alguno, por cansancio u otro motivo, no quiere venir, que libremente prosiga hacia Betsur». Pero ninguno habla.
207.2
Prosiguen el camino por este fresco valle que va en direcciĂłn Este-Oeste. Luego giran levemente hacia el Norte para bordear un entrante de un collado, y llegan asĂ al camino que de JerusalĂ©n conduce a BelĂ©n, justo a la altura de un cubo â la tumba de Raquel â que culmina en una pequeña cĂșpula orbicular. Todos se acercan para orar con reverencia.
«AquĂ nos detuvimos yo y JosĂ©... EstĂĄ todo igual. Lo Ășnico distinto es la estaciĂłn: en aquel entonces era un frĂo dĂa de KislĂ©u. HabĂa llovido, los caminos estaban embarrados; luego se habĂa levantado un viento helador y quizĂĄs habĂa caĂdo escarcha durante la noche. Los caminos estaban endurecidos, pero, recorridos todos ellos por carros y por mucha gente, parecĂan un mar lleno de hoyos. Se hacĂa muy trabajoso para mi burrito...».
«¿Y para ti no, Madre?».
«¥Yo te tenĂa a ti!...». La expresiĂłn de beatitud con que le mira es verdaderamente conmovedora.
Unos instantes después, sigue hablando:
«AtardecĂa. JosĂ© estaba muy preocupado... Se estaba levantando un viento que cortaba, y cada vez soplaba mĂĄs fuerte... La gente que iba hacia BelĂ©n apresuraba su paso. Chocaban unos con otros. Muchos decĂan insolencias contra mi burrito, por lo despacio que iba, buscando el lugar donde apoyar sus pezuñas... ParecĂa como si supiera que TĂș estabas ahĂ... durmiendo el Ășltimo sueño en la cuna de mis entrañas. HacĂa frĂo... pero yo ardĂa por dentro. Te sentĂa llegar... ÂżLlegar? PodrĂas decir: âMamĂĄ, Yo ya estaba desde hacĂa nueve mesesâ. SĂ. Pero ahora era como si vinieras del Cielo. El Cielo descendĂa, se plegaba hacia mĂ, y yo veĂa sus resplandores... VeĂa a la Divinidad arder de gozo por tu inminente nacimiento, y ese fuego me traspasaba, me incendiaba, me abstraĂa... de todo... FrĂo... viento... gente... ÂĄNada! Yo veĂa a Dios... De tanto en tanto, con esfuerzo, lograba volver con mi espĂritu a esta tierra, y sonreĂa a JosĂ©, que temĂa al frĂo y al cansancio por mĂ, y que iba guiando al burrito por temor a que tropezase, y que me arropaba con la manta porque temĂa que me enfriase... Mas nada podĂa suceder. No sentĂa los bamboleos. Me parecĂa ir por un camino de estrellas, entre nubes cĂĄndidas, sujetada por ĂĄngeles... Y sonreĂa... Primero a ti... Te veĂa dormir, capullo mĂo de azucena, a travĂ©s de la barrera de la carne, con los puñitos apretados en tu camita de rosas vivas... Luego sonreĂa a mi esposo, que estaba profundamente afligido, para infundirle ĂĄnimo... Luego a la gente, que no sabĂa que estaba respirando ya en el aura del Salvador...
Nos detuvimos cerca de la tumba de Raquel, para que descansase un momento el borriquillo y para comer un poco de pan y unas aceitunas, nuestras provisiones de pobres. Pero yo no tenĂa hambre. No podĂa tener hambre... Me alimentaba mi alegrĂa...
207.3
Reanudamos el camino... Venid, os voy a decir dĂłnde encontramos al pastor... No pensĂ©is que puedo equivocarme; estoy reviviendo aquella hora, veo y reconozco cada uno de los lugares porque veo a travĂ©s de una gran luz angĂ©lica. QuizĂĄs la muchedumbre angĂ©lica estĂĄ de nuevo aquĂ, invisible para los cuerpos, pero visible para las almas con su luminoso candor, y todo se hace patente, todo queda señalado. Ellos no pueden equivocarse, y me guĂan... para alegrĂa mĂa y vuestra. Mirad, desde aquel campo a Ă©ste vino ElĂas con sus ovejas. JosĂ© le pidiĂł un poco de leche para mĂ. AllĂ, en aquel prado, estuvimos detenidos mientras Ă©l extraĂa la leche tibia, reconstituyente, y daba algunos consejos a JosĂ©. Venid, venid... Mirad, Ă©ste es el sendero de la Ășltima hondonada antes de BelĂ©n. Lo elegimos porque el camino principal, en las cercanĂas de la ciudad, era todo un barullo de gente y cabalgaduras...
207.4
ÂĄAhĂ estĂĄ BelĂ©n! ÂĄOh, entrañable tierra de mis padres, que me diste el primer beso de mi Hijo! Te abriste, buena y fragante, como el pan que te da el nombre[1], para dar Pan verdadero al mundo mortal-mente hambriento! ÂĄMe abrazaste, tĂș, tierra que conservas el materno amor de Raquel, como una madre; tierra santa de la davĂdica BelĂ©n; primer templo del Salvador, de la Estrella de la mañana nacida de Jacob para señalar la ruta del Cielo a toda la Humanidad! ÂĄFijaos cuĂĄn bella estĂĄ en esta primavera! ÂĄTambiĂ©n entonces, a pesar de que los campos y los viñedos aparecieran desnudos, era hermosa! Un velo leve de escarcha tornaba a resplandecer en las desnudas ramas, que aparecĂan espolvoreadas de diamantes, como envueltas en un impalpable cendal paradisĂaco. Las chimeneas de todas las casas humeaban, pues llegaba la hora de la cena. El humo, subiendo escalonadamente los rellanos hasta llegar a este lĂmite, mostraba a la propia ciudad tambiĂ©n velada...
Todo se sentĂa casto, recogido, en espera... ÂĄde ti, de ti, Hijo! La tierra te sentĂa llegar... Te habrĂan sentido tambiĂ©n los betlemitas, porque no son malos, a pesar de que no lo creĂĄis. No podĂan ofrecernos alojamiento... En las casas honradas y buenas de BelĂ©n, se apiñaban, arrogantes como siempre, sordos y soberbios, los que hoy lo siguen siendo; Ă©sos no podĂan sentirte a ti... ÂĄCuĂĄntos fariseos, saduceos, herodianos, escribas, esenios habĂa! ÂĄCuĂĄntos!... Su embotamiento de ahora sigue siendo manifestaciĂłn de su dureza de corazĂłn de entonces. Cerraron su corazĂłn al amor a su pobre hermana aquella noche... y se quedaron â y todavĂa lo estĂĄn â en las tinieblas. Desde aquel momento, rechazando el amor al prĂłjimo, rechazaron a Dios.
207.5
Venid. Vamos a la gruta. Es inĂștil entrar en la ciudad. Los mejo res amigos de mi Niño ya no estĂĄn. Queda la naturaleza amiga, con sus piedras, su riachuelo, su leña para encender fuego; la naturaleza que sintiĂł la llegada de su Señor... SĂ, venid sin vacilaciĂłn. Se tuerce por aquĂ... AllĂ estĂĄn las ruinas de la Torre de David: ÂĄla aprecio mĂĄs que a un palacio! ÂĄBenditas ruinas! ÂĄBendito riachuelo! ÂĄBendito ĂĄrbol que, como por milagro, te despojaste, con el viento, de muchas de tus ramas para que encontrĂĄsemos leña y pudiĂ©ramos encender fuego!».
MarĂa baja ligera hacia la gruta, atraviesa el pequeño riachuelo por una tabla que hace de puente, corre hacia el espacio abierto que hay delante de las ruinas y cae de rodillas a la entrada de la gruta, y se curva para besar su suelo. La siguen todos los demĂĄs. EstĂĄn emocionados... El niño, que no la deja ni un instante, parece estar escuchando una historia maravillosa; sus ojitos negros beben las palabras y los gestos de MarĂa sin perderse ni uno solo.
MarĂa se pone en pie y entra diciendo:
«¥Todo, todo como entonces!... Pero en aquella ocasiĂłn era de noche... JosĂ© me hizo luz para que entrase. Entonces, sĂłlo entonces, desmontando del borriquillo, sentĂ lo cansada y helada que estaba... Un buey nos saludĂł. Me acerquĂ© a Ă©l para sentir un poco de calor, para apoyarme sobre el heno... JosĂ©, aquĂ, donde estoy yo, extendiĂł heno para hacerme un lecho. Lo habĂa secado a la llama que estaba encendida en aquel rincĂłn; para mĂ y para ti, Hijo... porque era bueno como un padre, con su amor de esposo-ĂĄngel... Y los dos de la mano, como dos hermanos perdidos en la oscuridad de la noche, comimos nuestro pan y nuestro queso; luego Ă©l fue allĂ, a alimentar el fuego, y se quitĂł el manto para tapar la abertura... En realidad, habĂa corrido el velo ante la gloria de Dios que descendĂa del Cielo, TĂș, mi JesĂșs... Y yo permanecĂ allĂ, encima del heno, al calorcito de los dos animales, arropada en mi manto y con la manta de lana... ÂĄMi amado esposo!... En la conmociĂłn de aquella hora, en que me encontraba sola ante el misterio de la primera maternidad, siempre henchida de lo desconocido para una mujer, y para mĂ â en mi maternidad Ășnica â henchida ademĂĄs del misterio del quĂ© serĂa ver al Hijo de Dios surgir de carne mortal, JosĂ© fue para mĂ como una madre, como un ĂĄngel... mi consuelo... entonces y siempre...
207.6
Luego, silencio y sueño descendieron y circundaron al Justo... para que no viera lo que para mĂ era el beso de Dios de cada dĂa... Y, tras el intermedio de las humanas necesidades, he aquĂ que me llegan las desmesuradas olas del Ă©xtasis, que vienen del mar paradisĂaco, y que me elevan de nuevo a lo alto de las crestas luminosas, cada vez mĂĄs altas, y me llevan arriba, arriba, con ellas, a un ocĂ©ano de luz, de luz, de alegrĂa, paz, amor, hasta verme perdida en el mar de Dios, del seno de Dios... Oigo todavĂa una voz de la tierra: âÂżDuermes, MarĂa?â. ÂĄQuĂ© lejana!... ÂĄEs un eco, un recuerdo de la tierra!... Tan dĂ©bil que el alma no reacciona. No sĂ© lo que respondo. Mientras, sigo subiendo, subiendo, en esta inmensidad de fuego, de beatitud infinita, de precogniciĂłn de Dios... hasta Ăl, hasta Ăl. ÂĄOh!, pero, Âżte alumbrĂ© yo a ti, o fui yo alumbrada por los trinitarios Fulgores aquella noche?, Âżte alumbrĂ© yo a ti, o TĂș me aspiraste para alumbrarme? No lo sĂ©... Luego el regreso, de coro en coro, de astro en astro, de estrato en estrato, dulce, lento, beato, sereno, como el de una flor que el ĂĄguila ha llevado a las alturas para dejarla caer despuĂ©s, y desciende lentamente, en las alas del aire, embellecida por una gema de lluvia, por un pedacito de arco iris arrebatado al cielo, para encontrarse al final en la tierra que la viera nacer... Mi diadema: ÂĄTĂș! TĂș sobre mi corazĂłn...
AquĂ, sentada, despuĂ©s de haberte adorado, te amĂ©. Por fin pude amarte sin la barrera de la carne; de aquĂ me desplacĂ© para llevarte al amor de aquel que como yo era digno de estar entre los primeros que te amasen. AquĂ, entre estas dos toscas columnas, te ofrecĂ al Padre. AquĂ descansaste por primera vez sobre el pecho de JosĂ©... AquĂ te envolvĂ en pañales y, los dos, te colocamos aquĂ... Yo te acunaba mientras JosĂ© secaba el heno al fuego y se lo metĂa en su pecho para mantenerlo caliente. Luego, allĂ⊠adorĂĄndote los dos, asĂ, asĂ, inclinados hacia ti, como yo ahora; bebiendo tu respiraciĂłn, contemplando hasta quĂ© anonadamiento puede conducir el amor; llorando las lĂĄgrimas que, ciertamente, se lloran en el Cielo por el gozo inagotable de ver a Dios».
207.7
MarĂa, que ha estado yendo a un lado o a otro mientras evocaba los hechos, señalando los lugares, jadeante de amor, con un destello de llanto en sus ojos azules y una sonrisa en los labios, se inclina realmente hacia JesĂșs â que estĂĄ sentado en una piedra grande mientras Ella cuenta â y le besa en el pelo, llorando, adorĂĄndole como entonces.
«Y luego los pastores... dentro, aquĂ, adorando con su buen corazĂłn, con el intenso hĂĄlito de la tierra que con ellos entraba en su olor humano, de rebaños, de heno; y, afuera, y por todas partes, los ĂĄngeles, adorĂĄndote con su amor, con sus cantos (que ninguna criatura humana puede reproducir) y con el amor del Cielo, con la brisa del Cielo que con ellos entraba, que ellos portaban, entre sus fulgores... ÂĄTu nacimiento, bendito mĂo!».
MarĂa se ha arrodillado al lado de su Hijo y llora de emociĂłn con la cabeza reclinada en las rodillas de JesĂșs. Ninguno de los presentes se atreve a decir nada durante un rato; emocionados en mayor o menor grado, miran en torno a sĂ, como esperando ver pintada, entre las telas de araña y las ĂĄsperas piedras, la escena descrita...
MarĂa sale de este momento particular y torna a hablar: «Bien, he descrito el nacimiento, infinitamente sencillo, infinitamente grande, de mi Hijo. Lo he hecho con mi corazĂłn de mujer, no con la sabidurĂa de un maestro. No hay mĂĄs; en efecto, fue la cosa mĂĄs grande de la tierra, si bien velada bajo las apariencias mĂĄs comunes».
207.8
«Pero, Âży al dĂa siguiente?, Âży despuĂ©s?» preguntan muchos de los presentes, entre los cuales las dos MarĂas.
«¿El dĂa siguiente? ÂĄMuy sencillo! Hice lo que todas las madres: dar de mamar al niño, lavarle, ponerle los pañales. Yo calentaba agua del rĂo en el fuego que ardĂa ahĂ afuera (para que el humo no hiciera llorar a esos dos ojitos azules); y luego, en el rincĂłn mĂĄs amparado, en una vieja artesa, lavaba a mi Hijo y le ponĂa ropita fresca; iba al rĂo a lavar los pañales y los tendĂa al sol... y luego la alegrĂa mĂĄs grande, darle el pecho a JesĂșs... y Ăl mamaba y tomaba mĂĄs color y se sentĂa contento... El primer dĂa, durante la hora mĂĄs caliente, fui a sentarme ahĂ afuera para verle bien. AquĂ la luz sĂłlo se filtra, no entra verdaderamente. La lĂĄmpara y la llama daban un caprichoso aspecto a las cosas. SalĂ afuera, al sol... y mirĂ© al Verbo encarnado. La Madre conociĂł entonces a su Hijo; la sierva de Dios, a su Señor: fui mujer y adoradora... DespuĂ©s, la casa de Ana... los dĂas ante tu cuna... los primeros pasos... la primera palabra... Pero esto fue despuĂ©s, en su momento... Nada, nada fue tan grande como la hora de tu nacimiento... SĂłlo cuando regrese a Dios, volverĂ© a encontrar aquella plenitud...».
MarĂa de Alfeo dice: «¥SĂ, pero, ponerse en camino al final...! ÂĄQuĂ© imprudencia! ÂżPor quĂ© no esperasteis? El decreto preveĂa un alargamiento del plazo para los casos especiales, como partos o enfermedades. Alfeo lo dijo...».
«¿Esperar? ÂĄNo! Aquella tarde, cuando JosĂ© trajo la noticia, yo y TĂș, Hijo, exultamos de alegrĂa. Era la llamada... porque tenĂas que nacer necesariamente aquĂ, como habĂan dicho los Profetas; aquel decreto llegado al improviso fue para JosĂ© piadoso Cielo, cancelador incluso del recuerdo de su sospecha. Era lo que esperaba, por ti, por Ă©l, por el mundo judaico y por el mundo futuro, hasta el final de los siglos. Estaba escrito, y sucediĂł como habĂa sido escrito. ÂżEsperar! ÂżPodrĂĄ la novia hacer esperar su sueño nupcial? ÂżPor quĂ© esperar?».
«Pues... por todo lo que podĂa suceder...» insiste todavĂa MarĂa de Alfeo.
«No tenĂa ningĂșn miedo. Reposaba en Dios».
«Pero, ÂżsabĂas que todo habrĂa de suceder asĂ?».
«Nadie me lo habĂa dicho, y yo no pensaba en absoluto en ello; tanto es asĂ, que, para dar ĂĄnimos a JosĂ©, le dejĂ© pensar, y os dejĂ© pensar, que todavĂa faltaba tiempo para el nacimiento. SabĂa â esto sĂ que lo sabĂa â que la Luz del mundo nacerĂa en la fiesta de las luces».
«Madre, la pregunta serĂa, mĂĄs bien, Âżpor quĂ© no acompañaste a MarĂa? Y, mi padre, Âżpor quĂ© no pensĂł en esto? ÂĄTenĂais que haber venido tambiĂ©n vosotros! ÂżNo vinimos aquĂ todos?» pregunta, severo, Judas Tadeo.
«Tu padre habĂa decidido venir despuĂ©s de la fiesta de las Luminarias y se lo dijo a su hermano, pero JosĂ© no quiso esperar».
«Pero, tĂș al menos...» rebate aĂșn Judas Tadeo.
«No la censures, Judas. De comĂșn acuerdo, consideramos que era justo correr un velo sobre el misterio de este nacimiento».
«Pero, ÂżJosĂ© sabĂa con quĂ© signos habĂa de producirse? Si tĂș no lo sabĂas, ÂżpodĂa saberlo Ă©l?».
«No sabĂamos nada, sino que Ăl debĂa nacer».
«¿Y entonces...?».
«Entonces la SabidurĂa divina nos guiĂł asĂ, como era justo. El nacimiento de JesĂșs, su presencia en el mundo, debĂan manifestarse exentos de todo lo que pudiera saber a maravilloso y que hubiera provocado a SatanĂĄs... Mirad cĂłmo la aversiĂłn actual de BelĂ©n hacia el MesĂas es una consecuencia de la primera epifanĂa del Cristo. El livor demoniaco se sirviĂł de la revelaciĂłn para producir derramamiento de sangre, y para diseminar, por la sangre derramada, odioâŠ
207.9
¿Estås contento, Simón de Jonås? No hablas. Casi ni respiras...».
«Tanto... tanto que me parece estar fuera del mundo, en un lugar mĂĄs santo que si hubiera traspasado el velo del Templo... Tanto que... que ahora, despuĂ©s de haberte visto en este sitio y con la luz de entonces, me produce temblor el haberte tratado... con respeto, sĂ, pero sĂłlo como a una gran mujer; eso, como a una simple mujer. A partir de ahora no osarĂ© ya decirte como antes: âMarĂaâ. Antes eras para mĂ la Madre de mi Maestro, ahora te he visto en la cima de aquellas olas celestiales, te he visto Reina; y yo, miserable, hago esto, como esclavo que soy» y se arroja al suelo y besa los pies de MarĂa.
Ahora es JesĂșs quien habla: «SimĂłn, ĂĄlzate; ven aquĂ, a mi lado».
Pedro se pone en la izquierda de JesĂșs (MarĂa estĂĄ a la derecha).
«¿QuĂ© somos ahora nosotros?» pregunta JesĂșs.
«¿Nosotros? ÂĄHombre, pues JesĂșs, MarĂa y SimĂłn!».
«De acuerdo, pero ¿cuåntos somos?».
«Tres, Maestro».
«Entonces somos una trinidad. Un dĂa, en el Cielo, la divina Trinidad pensĂł: âEs el momento de que el Verbo vaya a la tierraâ[2]. En un latido de amor, el Verbo vino a la tierra. Se separĂł por ello del Padre y del EspĂritu Santo. Vino a actuar en la tierra. En el Cielo, los otros Dos contemplaron las obras del Verbo, permaneciendo mĂĄs unidos que nunca para fundir Pensamiento y Amor en ayuda de la Palabra, operante en la tierra. LlegarĂĄ un dĂa en que vendrĂĄ del Cielo esta orden: âEs el momento de que vuelvas, porque todo estĂĄ cumplidoâ. Entonces el Verbo volverĂĄ al Cielo, asĂ... (y JesĂșs se retira un paso hacia atrĂĄs dejando a Pedro y a MarĂa donde estaban), y desde lo alto del Cielo contemplarĂĄ las obras de los otros dos de la tierra, los cuales, por santo impulso, se unirĂĄn mĂĄs que nunca, para fundir poder y amor y hacer de ello un medio para cumplir el deseo del Verbo: la redenciĂłn del mundo a travĂ©s de la perpetua enseñanza de su Iglesia. Y el Padre, el Hijo y el EspĂritu Santo harĂĄn con sus rayos una cadena para estrechar, estrechar cada vez mĂĄs a los dos que estarĂĄn todavĂa en esta tierra: mi Madre, el amor; tĂș, el poder. Por tanto, ciertamente tendrĂĄs que tratar a MarĂa como a una reina, pero no como esclavo. ÂżNo te parece?».
«Me parece todo lo que quieras. ¥Me siento anonadado! ¥Yo el poder? ¥Ah, pues si tengo que ser el poder entonces sà que me debo apoyar en Ella! ¥Madre de mi Señor, no me abandones nunca, nunca, nunca...!».
«No temas. Te tendrĂ© siempre cogido de la mano; asĂ, como hacĂa con mi Niño hasta que fue capaz de andar solo».
«¿Y después?».
«DespuĂ©s te sostendrĂ© con la oraciĂłn. ÂĄĂnimo, SimĂłn; no dudes nunca del poder de Dios! Ni yo ni JosĂ© dudamos de su poder, tĂș tampoco debes dudar. Dios otorga su ayuda en cada hora, si permanecemos humildes y fieles...