JesĂșs sonrĂe y empieza a hablar:
«HabĂ©is oĂdo que fue dicho antiguamente: âNo cometerĂĄs adulterioâ. Los que, de vosotros, ya me han oĂdo en otros lugares saben que en varias ocasiones he hablado de este pecado. Pues bien, fijaos, para mĂ se trata de un pecado que no toca sĂłlo a una persona sino a dos y tres. Me explico. El adĂșltero peca respecto a sĂ mismo, peca respecto a su cĂłmplice, peca al llevar a su mujer al pecado, o al marido traicionado, el cual, o la cual, pueden a su vez desesperarse o cometer un delito. Esto por lo que se refiere al pecado ya consumado. Pero digo mĂĄs; digo que no sĂłlo el pecado consumado, sino el deseo de consumarlo, es ya pecado.
ÂżQuĂ© es el adulterio? Es desear febrilmente a aquel que no es nuestro, o a aquella que no es nuestra. Se empieza a pecar con el deseo, se continĂșa con la seducciĂłn, se completa con la persuasiĂłn, se corona con el acto.
ÂżCĂłmo se empieza? Generalmente con una mirada impura. Esto se enlaza con lo que antes decĂa. El ojo impuro ve lo que a los puros les estĂĄ celado; por el ojo entra la sed en la garganta, el hambre en el cuerpo, la fiebre en la sangre: sed, hambre, fiebre carnales. Comienza el delirio. Ahora bien, el que padece este delirio, si el otro â la persona objeto de la mirada â es honesto, se queda sĂłlo, revolcĂĄndose en sus carbones encendidos, o termina difamando, para vengarse; pero si el otro es deshonesto responderĂĄ a la mirada, empezando asĂ el descenso hacia el pecado.
Por tanto, os digo: âEl que haya mirado a una mujer con concupiscencia ha cometido ya adulterio con ella, porque su pensamiento ha cometido ya el acto de su deseoâ. Antes que esto, si tu ojo derecho te ha sido motivo de escĂĄndalo, sĂĄcatelo y arrĂłjalo lejos de ti. MĂĄs te vale quedarte tuerto que hundirte en las tinieblas infernales para siempre. Y si tu mano derecha ha pecado, ampĂștala y arrĂłjala. MĂĄs te vale tener un miembro menos que pertenecer entero al infierno. Es verdad que ha sido dicho que los deformes no podrĂĄn seguir sirviendo a Dios en el Templo; pero, pasada esta vida, los deformes de nacimiento santos, o los deformes por virtud, serĂĄn mĂĄs hermosos que los ĂĄngeles y servirĂĄn a Dios amĂĄndole en el gozo del Cielo.
174.19
Se os dijo tambiĂ©n: âQuienquiera que repudie a su mujer le darĂĄ libelo de divorcioâ. Pues bien, esto debe ser reprobado. No viene de Dios. Dios dijo a AdĂĄn: âĂsta es la compañera que te he formado. Creced y multiplicaos sobre la tierra, llenadla y dominadlaâ. Y AdĂĄn, lleno de inteligencia superior porque el pecado todavĂa no habĂa ofuscado su razĂłn â que habĂa salido de Dios perfecta â, exclamĂł: âÂĄPor fin el hueso de mis huesos y la carne de mi carne! Ăsta se llamarĂĄ Varona, o sea, otro yo, porque fue sacada del hombre. Por eso el hombre dejarĂĄ a su padre y a su madre y serĂĄn los dos una sola carneâ. Y la eterna Luz, en un creciente esplendor de luces, aprobĂł con una sonrisa lo que habĂa dicho AdĂĄn, lo cual vino a ser la primera, imborrable ley. Pues bien, el hecho de que, por la dureza cada vez mayor del hombre, el legislador tuviera que estatuir un nuevo cĂłdigo; el hecho de que, por la versatilidad cada vez mayor del hombre, tuviera que poner un freno y decir: âPero si la has repudiado no puedes volver a tomarlaâ; ello no cancela la primera, genuina ley, nacida en el ParaĂso terrenal y aprobada por Dios.
Os digo: âQuienquiera que repudie a su propia mujer, excepto el caso de probada fornicaciĂłn, la expone al adulterioâ. Porque, efectivamente, ÂżquĂ© harĂĄ en el noventa por ciento de los casos la mujer repudiada? Se casarĂĄ de nuevo. ÂżCon quĂ© consecuencias? ÂĄMucho habrĂa que decir acerca de esto! ÂżNo sabĂ©is que podĂ©is provocar con este sistema incestos involuntarios? ÂĄCuĂĄntas lĂĄgrimas derramadas por la lujuria! SĂ, lujuria. No tiene otro nombre. Sed francos. Todo se puede superar cuando el espĂritu es recto, mas todo se presta a ser motivo de satisfacciĂłn de la carnalidad cuando el espĂritu es lujurioso. La frigidez femenina, la pesadez de ella, la falta de habilidad respecto a las labores de la casa, la lengua criticona, el amor al lujo... todo se supera, incluso las enfermedades, e incluso la irascibilidad, si se ama santamente. Pero, dado que despuĂ©s de un tiempo no se ama como el primer dĂa, lo que es mĂĄs que posible se ve imposible, y se pone en la calle a una pobre mujer, abocada a la perdiciĂłn. Comete adulterio quien la rechaza. Comete adulterio quien se casa con ella despuĂ©s del repudio.
SĂłlo la muerte rompe el matrimonio. Recordad esto. Y, si vuestra elecciĂłn ha sido desafortunada, cargad con las consecuencias como cruz, siendo dos infelices, pero santos, y sin hacer de los hijos â que, siendo inocentes, son los que mĂĄs sufren por estas situaciones desgraciadas â unos infelices aĂșn mayores que vosotros. El amor a los hijos deberĂa haceros meditar muchas veces, muchas, incluso en el caso de la muerte del cĂłnyuge. ÂĄOh, si supierais contentaros con aquel que habĂ©is tenido y al que Dios ha dicho: âBastaâ! ÂĄOh, si supierais, vosotros viudos, vosotras viudas, ver en la muerte no una mengua sino una elevaciĂłn a mayor perfecciĂłn como procreadores! Ser padre o madre â ademĂĄs de lo que ya se es â en lugar de la madre o el padre muertos. Ser dos almas en una. Recoger el amor hacia los hijos del labio helado del cĂłnyuge agonizante y decir: âVe en paz. No temas por los que de ti vinieron. Yo los seguirĂ© amando por ti y por mĂ, amĂĄndolos doblemente. SerĂ© padre y madre. No se sentirĂĄn infelices bajo el peso de su orfandad, ni sentirĂĄn los innatos celos de los hijos de cĂłnyuges unidos en segundas nupcias respecto a aquel, o a aquella, que ocupa el sagrado lugar de la madre, o del padre, que Dios llamĂł a otra moradaâ.
174.20
Hijos, mi discurso comienza a declinar, como estĂĄ para declinar el dĂa que se pone, con el sol, hacia occidente. Quiero que de este encuentro en el monte conservĂ©is estas palabras. Esculpidlas en vuestros corazones; en Ă©l leedlas a menudo. Que os sean guĂa perenne. Mas, sobre todo, sed buenos para con los dĂ©biles. No juzguĂ©is, para no ser juzgados. Acordaos de que podrĂa llegar el momento en que Dios os recordase: âAsĂ juzgaste. Por tanto, sabĂas que estaba mal hecho. Cometiste, entonces, pecado teniendo conciencia de lo que hacĂas. Paga ahora tu penaâ.
La caridad es ya absoluciĂłn. Tened la caridad en vosotros para todos y hacia todo. No os enorgullezcĂĄis por el hecho de que Dios os mantenga en pie con abundantes ayudas; tratad, mĂĄs bien, de subir toda la larga escalera de la perfecciĂłn, y ofreced la ayuda de vuestra mano a los que estĂĄn cansados, al que no sabe, a quienes se encuentran en las redes de sĂșbitas desilusiones. ÂżPor quĂ© observar con tanta atenciĂłn la pajuela en el ojo de tu hermano, si antes no te preocupas de quitar la viga del tuyo? ÂżCĂłmo puedes decir a tu prĂłjimo âdeja que te quite del ojo esta pajuelaâ, cuando te ciega la viga que tienes en el tuyo? No seas hipĂłcrita, hijo. QuĂtate primero la viga de tu ojo; sĂłlo entonces podrĂĄs quitar la pajuela a tu hermano sin malograrlo del todo.
No tengĂĄis anticaridad, pero tampoco imprudencia. Os acabo de decir: âExtended vuestra mano a los que estĂĄn cansados, a los que no saben, a los que se encuentran en las redes de sĂșbitas desilusionesâ. Mas si es caridad enseñar a los que no saben, infundir ĂĄnimo a los que estĂĄn cansados, dar nuevas alas a aquellos que por muchas cosas las han quebrantado, es imprudencia revelar las verdades eternas a los que estĂĄn infectados de satanismo, que se apoderan de ellas para pasarse por profetas, infiltrarse entre las personas sencillas, corromper, descarriar, ensuciar sacrĂlegamente las cosas de Dios. Respeto absoluto, saber hablar y callar, saber reflexionar y actuar: Ă©stas son las virtudes del verdadero discĂpulo para hacer prosĂ©litos y servir a Dios. TenĂ©is una razĂłn. Si sois justos, Dios os darĂĄ todas sus luces para guiar aĂșn mejor vuestra razĂłn. Pensad que las verdades eternas son semejantes a perlas, y nunca se ha visto arrojar las perlas a los cerdos, que prefieren las bellotas y una papilla fĂ©tida antes que perlas preciosas: las pisotearĂan sin piedad, para, despuĂ©s, con la furia propia de quien hubiera sido objeto de burla, revolverse contra vosotros para despedazaros. No deis las cosas santas a los perros. Esto vale para ahora y para el futuro.
174.21
Muchas cosas os he dicho, hijos mĂos. Escuchad mis palabras: quien las escucha y las pone en prĂĄctica es comparable a un hombre reflexivo que, queriendo construir una casa, eligiĂł un lugar rocoso. Sin duda le costĂł construir los cimientos. Tuvo que trabajar a base de pico y cincel, hacerse callos en las manos, cansar sus lomos. Pero luego pudo colar su argamasa en los huecos abiertos en la roca, y meter en ellos los ladrillos bien apretados, como en muralla de baluarte, y asĂ la casa se fue alzando sĂłlida como un monte. Vinieron las inclemencias del tiempo, los turbiones; las lluvias desbordaron los rĂos, silbaron los vientos, azotaron las olas... y la casa resistiĂł todo. AsĂ es el hombre que tiene una fe bien cimentada. Sin embargo, quien escucha con superficialidad y no se esfuerza en grabar en su corazĂłn mis palabras â porque sabe que para hacerlo deberĂa esforzarse, padecer dolor, extirpar demasiadas cosas â es semejante a aquel hombre que por pereza y necedad edifica su casa sobre la arena. En cuanto llegan las inclemencias, la casa, pronto construida, cae pronto, y el necio se queda mirando, desolado, sus ruinas y la quiebra de su capital. Pues bien, en nuestro caso es peor que un derrumbamiento â que se podrĂa, no sin gastos y esfuerzos, reparar todavĂaâ; en este caso, una vez derrumbado el edificio mal construido de un espĂritu, nada queda para volver a edificarlo. En la otra vida no se construye. ÂĄAy de quien se presente allĂ con escombros!
174.22
He terminado. Me encamino hacia abajo, hacia el lago. Os bendigo en nombre de Dios uno y trino. Mi paz descienda sobre vosotros».