Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

PĂĄgina 159 de 198

Comodidad de lectura

ECR 174.16 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Judas Iscariote estĂĄ en un ĂĄngulo, pensativo. JesĂșs le llama; tres veces, porque no oye. Al final se vuelve: «¿Me querĂ­as, Maestro?».

«SĂ­; ve tĂș tambiĂ©n a comer y a ayudar a tus compañeros».

«No tengo hambre, como tampoco TĂș».

«Yo tampoco, pero por motivos opuestos. ¿Estås preocupado, Judas?».

«No, Maestro. Cansado...».

«Ahora vamos a ir al lago y luego a Judea, Judas. Y donde tu madre. Te lo prometí...».

Judas se reanima. «¿Vas a ir realmente conmigo solo?».

«¥Sí, hombre! Ámame, Judas. Quisiera que mi amor estuviera en ti hasta preservarte de todo mal».

«Maestro... soy hombre; no soy ångel; tengo momentos de cansancio. ¿Es pecado tener necesidad de dormir?».

«No, si duermes sobre mi pecho. Mira allå, qué feliz se ve a la gente, y qué alegre es el paisaje desde aquí. Pero también debe ser muy bonita Judea en primavera».

«Preciosa, Maestro; sólo allí, en las alturas de las montañas, que superan a las de aquí, es mås tardía. Hay flores preciosas. Los pomares son un esplendor. El mío, atendido en particular por mi madre, es uno de los mås bonitos. Créeme que verla pasear por él, con las palomas corriendo detrås esperando el grano, aplaca el corazón».

«Lo creo. Si mi Madre no se siente demasiado cansada, me gustaría llevarla a que viera a la tuya. Se querrían, porque son buenas las dos».

Judas, seducido por esta idea, se sosiega, y, olvidĂĄndose de “no tener hambre y de estar cansado”, corre adonde sus compañeros riendo alegre, y, siendo alto como es, desata los nudos mĂĄs altos sin dificultad, y come su pan y sus aceitunas, alegre como un niño.

JesĂșs le mira con compasiĂłn y luego se dirige hacia los apĂłstoles.

Detalle

MarĂ­a Magdalena irrumpiĂł en el Monte de las Bienaventuranzas. Era entonces una gran pecadora. DespuĂ©s de que JesĂșs le hablara, se marchĂł furiosa. DespuĂ©s de su discurso, JesĂșs fue a ver a Judas.

AnotaciĂłn

Te lo prometĂ­: Recordatorio de la promesa hecha a Judas en EMV 139.1.

Sólo que allå en las montañas, que son mås altas que aquí, la primavera llega mås tarde. Exactamente: la diferencia es de 3 o 4 semanas.

Si mi madre no estĂĄ demasiado cansada, me encantarĂ­a llevarla a la tuya. Se querrĂ­an, porque las dos son buenas personas. JesĂșs quiere asociar a las dos madres que tanto tendrĂĄn que sufrir.

Palabras clave

ECR 174.18-22 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

JesĂșs sonrĂ­e y empieza a hablar:

«HabĂ©is oĂ­do que fue dicho antiguamente: “No cometerĂĄs adulterio”. Los que, de vosotros, ya me han oĂ­do en otros lugares saben que en varias ocasiones he hablado de este pecado. Pues bien, fijaos, para mĂ­ se trata de un pecado que no toca sĂłlo a una persona sino a dos y tres. Me explico. El adĂșltero peca respecto a sĂ­ mismo, peca respecto a su cĂłmplice, peca al llevar a su mujer al pecado, o al marido traicionado, el cual, o la cual, pueden a su vez desesperarse o cometer un delito. Esto por lo que se refiere al pecado ya consumado. Pero digo mĂĄs; digo que no sĂłlo el pecado consumado, sino el deseo de consumarlo, es ya pecado.

ÂżQuĂ© es el adulterio? Es desear febrilmente a aquel que no es nuestro, o a aquella que no es nuestra. Se empieza a pecar con el deseo, se continĂșa con la seducciĂłn, se completa con la persuasiĂłn, se corona con el acto.

¿Cómo se empieza? Generalmente con una mirada impura. Esto se enlaza con lo que antes decía. El ojo impuro ve lo que a los puros les está celado; por el ojo entra la sed en la garganta, el hambre en el cuerpo, la fiebre en la sangre: sed, hambre, fiebre carnales. Comienza el delirio. Ahora bien, el que padece este delirio, si el otro — la persona objeto de la mirada — es honesto, se queda sólo, revolcándose en sus carbones encendidos, o termina difamando, para vengarse; pero si el otro es deshonesto responderá a la mirada, empezando así el descenso hacia el pecado.

Por tanto, os digo: “El que haya mirado a una mujer con concupiscencia ha cometido ya adulterio con ella, porque su pensamiento ha cometido ya el acto de su deseo”. Antes que esto, si tu ojo derecho te ha sido motivo de escĂĄndalo, sĂĄcatelo y arrĂłjalo lejos de ti. MĂĄs te vale quedarte tuerto que hundirte en las tinieblas infernales para siempre. Y si tu mano derecha ha pecado, ampĂștala y arrĂłjala. MĂĄs te vale tener un miembro menos que pertenecer entero al infierno. Es verdad que ha sido dicho que los deformes no podrĂĄn seguir sirviendo a Dios en el Templo; pero, pasada esta vida, los deformes de nacimiento santos, o los deformes por virtud, serĂĄn mĂĄs hermosos que los ĂĄngeles y servirĂĄn a Dios amĂĄndole en el gozo del Cielo.

174.19

Se os dijo tambiĂ©n: “Quienquiera que repudie a su mujer le darĂĄ libelo de divorcio”. Pues bien, esto debe ser reprobado. No viene de Dios. Dios dijo a AdĂĄn: “Ésta es la compañera que te he formado. Creced y multiplicaos sobre la tierra, llenadla y dominadla”. Y AdĂĄn, lleno de inteligencia superior porque el pecado todavĂ­a no habĂ­a ofuscado su razĂłn — que habĂ­a salido de Dios perfecta —, exclamĂł: “¡Por fin el hueso de mis huesos y la carne de mi carne! Ésta se llamarĂĄ Varona, o sea, otro yo, porque fue sacada del hombre. Por eso el hombre dejarĂĄ a su padre y a su madre y serĂĄn los dos una sola carne”. Y la eterna Luz, en un creciente esplendor de luces, aprobĂł con una sonrisa lo que habĂ­a dicho AdĂĄn, lo cual vino a ser la primera, imborrable ley. Pues bien, el hecho de que, por la dureza cada vez mayor del hombre, el legislador tuviera que estatuir un nuevo cĂłdigo; el hecho de que, por la versatilidad cada vez mayor del hombre, tuviera que poner un freno y decir: “Pero si la has repudiado no puedes volver a tomarla”; ello no cancela la primera, genuina ley, nacida en el ParaĂ­so terrenal y aprobada por Dios.

Os digo: “Quienquiera que repudie a su propia mujer, excepto el caso de probada fornicaciĂłn, la expone al adulterio”. Porque, efectivamente, ÂżquĂ© harĂĄ en el noventa por ciento de los casos la mujer repudiada? Se casarĂĄ de nuevo. ÂżCon quĂ© consecuencias? ÂĄMucho habrĂ­a que decir acerca de esto! ÂżNo sabĂ©is que podĂ©is provocar con este sistema incestos involuntarios? ÂĄCuĂĄntas lĂĄgrimas derramadas por la lujuria! SĂ­, lujuria. No tiene otro nombre. Sed francos. Todo se puede superar cuando el espĂ­ritu es recto, mas todo se presta a ser motivo de satisfacciĂłn de la carnalidad cuando el espĂ­ritu es lujurioso. La frigidez femenina, la pesadez de ella, la falta de habilidad respecto a las labores de la casa, la lengua criticona, el amor al lujo... todo se supera, incluso las enfermedades, e incluso la irascibilidad, si se ama santamente. Pero, dado que despuĂ©s de un tiempo no se ama como el primer dĂ­a, lo que es mĂĄs que posible se ve imposible, y se pone en la calle a una pobre mujer, abocada a la perdiciĂłn. Comete adulterio quien la rechaza. Comete adulterio quien se casa con ella despuĂ©s del repudio.

SĂłlo la muerte rompe el matrimonio. Recordad esto. Y, si vuestra elecciĂłn ha sido desafortunada, cargad con las consecuencias como cruz, siendo dos infelices, pero santos, y sin hacer de los hijos — que, siendo inocentes, son los que mĂĄs sufren por estas situaciones desgraciadas — unos infelices aĂșn mayores que vosotros. El amor a los hijos deberĂ­a haceros meditar muchas veces, muchas, incluso en el caso de la muerte del cĂłnyuge. ÂĄOh, si supierais contentaros con aquel que habĂ©is tenido y al que Dios ha dicho: “Basta”! ÂĄOh, si supierais, vosotros viudos, vosotras viudas, ver en la muerte no una mengua sino una elevaciĂłn a mayor perfecciĂłn como procreadores! Ser padre o madre — ademĂĄs de lo que ya se es — en lugar de la madre o el padre muertos. Ser dos almas en una. Recoger el amor hacia los hijos del labio helado del cĂłnyuge agonizante y decir: “Ve en paz. No temas por los que de ti vinieron. Yo los seguirĂ© amando por ti y por mĂ­, amĂĄndolos doblemente. SerĂ© padre y madre. No se sentirĂĄn infelices bajo el peso de su orfandad, ni sentirĂĄn los innatos celos de los hijos de cĂłnyuges unidos en segundas nupcias respecto a aquel, o a aquella, que ocupa el sagrado lugar de la madre, o del padre, que Dios llamĂł a otra morada”.

174.20

Hijos, mi discurso comienza a declinar, como estĂĄ para declinar el dĂ­a que se pone, con el sol, hacia occidente. Quiero que de este encuentro en el monte conservĂ©is estas palabras. Esculpidlas en vuestros corazones; en Ă©l leedlas a menudo. Que os sean guĂ­a perenne. Mas, sobre todo, sed buenos para con los dĂ©biles. No juzguĂ©is, para no ser juzgados. Acordaos de que podrĂ­a llegar el momento en que Dios os recordase: “AsĂ­ juzgaste. Por tanto, sabĂ­as que estaba mal hecho. Cometiste, entonces, pecado teniendo conciencia de lo que hacĂ­as. Paga ahora tu pena”.

La caridad es ya absoluciĂłn. Tened la caridad en vosotros para todos y hacia todo. No os enorgullezcĂĄis por el hecho de que Dios os mantenga en pie con abundantes ayudas; tratad, mĂĄs bien, de subir toda la larga escalera de la perfecciĂłn, y ofreced la ayuda de vuestra mano a los que estĂĄn cansados, al que no sabe, a quienes se encuentran en las redes de sĂșbitas desilusiones. ÂżPor quĂ© observar con tanta atenciĂłn la pajuela en el ojo de tu hermano, si antes no te preocupas de quitar la viga del tuyo? ÂżCĂłmo puedes decir a tu prĂłjimo “deja que te quite del ojo esta pajuela”, cuando te ciega la viga que tienes en el tuyo? No seas hipĂłcrita, hijo. QuĂ­tate primero la viga de tu ojo; sĂłlo entonces podrĂĄs quitar la pajuela a tu hermano sin malograrlo del todo.

No tengĂĄis anticaridad, pero tampoco imprudencia. Os acabo de decir: “Extended vuestra mano a los que estĂĄn cansados, a los que no saben, a los que se encuentran en las redes de sĂșbitas desilusiones”. Mas si es caridad enseñar a los que no saben, infundir ĂĄnimo a los que estĂĄn cansados, dar nuevas alas a aquellos que por muchas cosas las han quebrantado, es imprudencia revelar las verdades eternas a los que estĂĄn infectados de satanismo, que se apoderan de ellas para pasarse por profetas, infiltrarse entre las personas sencillas, corromper, descarriar, ensuciar sacrĂ­legamente las cosas de Dios. Respeto absoluto, saber hablar y callar, saber reflexionar y actuar: Ă©stas son las virtudes del verdadero discĂ­pulo para hacer prosĂ©litos y servir a Dios. TenĂ©is una razĂłn. Si sois justos, Dios os darĂĄ todas sus luces para guiar aĂșn mejor vuestra razĂłn. Pensad que las verdades eternas son semejantes a perlas, y nunca se ha visto arrojar las perlas a los cerdos, que prefieren las bellotas y una papilla fĂ©tida antes que perlas preciosas: las pisotearĂ­an sin piedad, para, despuĂ©s, con la furia propia de quien hubiera sido objeto de burla, revolverse contra vosotros para despedazaros. No deis las cosas santas a los perros. Esto vale para ahora y para el futuro.

174.21

Muchas cosas os he dicho, hijos míos. Escuchad mis palabras: quien las escucha y las pone en práctica es comparable a un hombre reflexivo que, queriendo construir una casa, eligió un lugar rocoso. Sin duda le costó construir los cimientos. Tuvo que trabajar a base de pico y cincel, hacerse callos en las manos, cansar sus lomos. Pero luego pudo colar su argamasa en los huecos abiertos en la roca, y meter en ellos los ladrillos bien apretados, como en muralla de baluarte, y así la casa se fue alzando sólida como un monte. Vinieron las inclemencias del tiempo, los turbiones; las lluvias desbordaron los ríos, silbaron los vientos, azotaron las olas... y la casa resistió todo. Así es el hombre que tiene una fe bien cimentada. Sin embargo, quien escucha con superficialidad y no se esfuerza en grabar en su corazón mis palabras — porque sabe que para hacerlo debería esforzarse, padecer dolor, extirpar demasiadas cosas — es semejante a aquel hombre que por pereza y necedad edifica su casa sobre la arena. En cuanto llegan las inclemencias, la casa, pronto construida, cae pronto, y el necio se queda mirando, desolado, sus ruinas y la quiebra de su capital. Pues bien, en nuestro caso es peor que un derrumbamiento — que se podría, no sin gastos y esfuerzos, reparar todavía—; en este caso, una vez derrumbado el edificio mal construido de un espíritu, nada queda para volver a edificarlo. En la otra vida no se construye. ¡Ay de quien se presente allí con escombros!

174.22

He terminado. Me encamino hacia abajo, hacia el lago. Os bendigo en nombre de Dios uno y trino. Mi paz descienda sobre vosotros».

Palabras clave

ECR 174.18 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El adĂșltero peca respecto a sĂ­ mismo, peca respecto a su cĂłmplice, peca al llevar a su mujer al pecado, o al marido traicionado, el cual, o la cual, pueden a su vez desesperarse o cometer un delito. Esto por lo que se refiere al pecado ya consumado. Pero digo mĂĄs; digo que no sĂłlo el pecado consumado, sino el deseo de consumarlo, es ya pecado.

Palabras clave

ECR 174.18 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

ÂżQuĂ© es el adulterio? Es desear febrilmente a aquel que no es nuestro, o a aquella que no es nuestra. Se empieza a pecar con el deseo, se continĂșa con la seducciĂłn, se completa con la persuasiĂłn, se corona con el acto.

Palabras clave

ECR 174.18 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es verdad que ha sido dicho que los deformes no podrĂĄn seguir sirviendo a Dios en el Templo; pero, pasada esta vida, los deformes de nacimiento santos, o los deformes por virtud, serĂĄn mĂĄs hermosos que los ĂĄngeles y servirĂĄn a Dios amĂĄndole en el gozo del Cielo.

Palabras clave

ECR 174.19 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Todo se puede superar cuando el espĂ­ritu es recto, mas todo se presta a ser motivo de satisfacciĂłn de la carnalidad cuando el espĂ­ritu es lujurioso. La frigidez femenina, la pesadez de ella, la falta de habilidad respecto a las labores de la casa, la lengua criticona, el amor al lujo... todo se supera, incluso las enfermedades, e incluso la irascibilidad, si se ama santamente.

Palabras clave

ECR 174.19 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

SĂłlo la muerte rompe el matrimonio. Recordad esto. Y, si vuestra elecciĂłn ha sido desafortunada, cargad con las consecuencias como cruz, siendo dos infelices, pero santos, y sin hacer de los hijos — que, siendo inocentes, son los que mĂĄs sufren por estas situaciones desgraciadas — unos infelices aĂșn mayores que vosotros.

Palabras clave

ECR 174.20 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La caridad es ya absoluciĂłn. Tened la caridad en vosotros para todos y hacia todo. No os enorgullezcĂĄis por el hecho de que Dios os mantenga en pie con abundantes ayudas; tratad, mĂĄs bien, de subir toda la larga escalera de la perfecciĂłn, y ofreced la ayuda de vuestra mano a los que estĂĄn cansados, al que no sabe, a quienes se encuentran en las redes de sĂșbitas desilusiones. ÂżPor quĂ© observar con tanta atenciĂłn la pajuela en el ojo de tu hermano, si antes no te preocupas de quitar la viga del tuyo? ÂżCĂłmo puedes decir a tu prĂłjimo “deja que te quite del ojo esta pajuela”, cuando te ciega la viga que tienes en el tuyo? No seas hipĂłcrita, hijo. QuĂ­tate primero la viga de tu ojo; sĂłlo entonces podrĂĄs quitar la pajuela a tu hermano sin malograrlo del todo.

Palabras clave

ECR 174.20 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Sed buenos para con los dĂ©biles. No juzguĂ©is, para no ser juzgados. Acordaos de que podrĂ­a llegar el momento en que Dios os recordase: “AsĂ­ juzgaste. Por tanto, sabĂ­as que estaba mal hecho. Cometiste, entonces, pecado teniendo conciencia de lo que hacĂ­as. Paga ahora tu pena”.

Palabras clave