JesĂșs continĂșa:
«He hablado de fidelidad a la Ley, humildad, misericordia, amor, no sĂłlo hacia los hermanos de sangre sino hacia quien por el simple hecho de haber nacido, como vosotros, de hombre, es hermano vuestro. Os he dicho que el perdĂłn es mĂĄs Ăștil que el rencor, que la compasiĂłn es mejor que la intransigencia. Mas ahora os digo que no se debe condenar si no se estĂĄ exento del pecado por el que se tiende a condenar. No hagĂĄis como los escribas y fariseos, que son severos con todos pero no consigo mismos; que llaman impuro a lo externo, que sĂłlo puede contaminar lo externo, y luego dan cabida a la impureza en su mĂĄs profundo interior: su corazĂłn.
Dios no estĂĄ con los impuros, porque la impureza corrompe lo que es propiedad de Dios: las almas, especialmente las de los pequeñuelos, que son los ĂĄngeles dispersos por la faz de la tierra. ÂĄAy de aquellos que les arrancan las alas con crueldad de fieras demonĂacas y abaten a estas flores del Cielo para hundirlas en el lodo, haciĂ©ndoles asĂ conocer el sabor de la materia! ÂĄAy de ellos!... ÂĄMejor serĂa que muriesen abrasados por un rayo antes que cometer tal pecado!
ÂĄAy de vosotros, los ricos, los que os gozĂĄis la vida y nada mĂĄs, porque precisamente entre vosotros fermenta la mayor impureza, recostada sobre el ocio y el dinero! Ahora estĂĄis ahĂtos; hasta la garganta os llega el alimento de las concupiscencias, y os estrangula. Un dĂa sentirĂ©is hambre, una hambre espantosa, insaciable, sin posibilidad de ser atenuada, para toda la eternidad. Ahora sois ricos. ÂĄCuĂĄnto bien podrĂais hacer con vuestra riqueza! Sin embargo, con ella hacĂ©is un gran daño, a vosotros y a los demĂĄs. Un dĂa sin final conocerĂ©is una pobreza atroz. Ahora reĂs; os creĂ©is los triunfadores; sin embargo, vuestras lĂĄgrimas llenarĂĄn los estanques de la Gehena, y no se enjugarĂĄn jamĂĄs.
ÂżDĂłnde anida el adulterio? ÂżDĂłnde, la corrupciĂłn de muchachas? ÂżQuiĂ©n tiene dos o tres lechos licenciosos, ademĂĄs del suyo propio como esposo, en los cuales disipa su dinero y el vigor de un cuerpo dado por Dios para que trabaje para su familia y no para debilitarse en repelentes uniones que le rebajan a nivel inferior al de una bestia inmunda? HabĂ©is oĂdo que se dijo: âNo cometas adulterioâ. Pues Yo os digo que quien mire a una mujer con concupiscencia, o quien vaya a un hombre con deseo, aun sĂłlo con esto, ha cometido ya adulterio en su corazĂłn. Ninguna razĂłn justifica la fornicaciĂłn. Ninguna; ni el abandono o repudio del marido, ni la conmiseraciĂłn hacia la repudiada. TenĂ©is sĂłlo un alma: no mienta, una vez que se ha unido a otra por pacto de fidelidad; pues, de ser asĂ, ese hermoso cuerpo a travĂ©s del cual pecĂĄis irĂĄ con vosotros, almas impuras, a las inexhaustas llamas. Mutiladlo, antes que matarlo eternamente condenĂĄndolo. Vosotros, los ricos, sentinas de vicio llenas de gusanos, sed de nuevo hombres, para que el Cielo no sienta repulsa de vosotros...».
174.14
MarĂa, que al principio ha estado escuchando con una expresiĂłn que era todo un cuadro de seducciĂłn e ironĂa, con risitas de burla de vez en cuando, en llegando el discurso a su final, muestra una cara hosca de despecho. Ha comprendido que JesĂșs le estĂĄ hablando a ella sin mirarla. Su enfado se hace cada vez mĂĄs hosco y rebelde y a lo Ășltimo no resiste: desdeñosa, se arrolla en su velo y, seguida por las miradas escarnecedoras de la muchedumbre y perseguida por la voz de JesĂșs, se echa a correr hacia abajo por la pendiente, dejando jirones de su vestido en los cardos y en las matas de escaramujo de los lados del sendero; y va riĂ©ndose, rabiosa y burlona.
No veo nada mĂĄs, pero JesĂșs dice: «SeguirĂĄs viendo».
29 de mayo de 1945.
174.15
JesĂșs reanuda su discurso: «EstĂĄis indignados por lo sucedido. Ya hace dos dĂas que el pitido de SatanĂĄs turba nuestro refugio, que estĂĄ muy por encima del fango; por tanto ya no es un refugio. AsĂ que lo abandonaremos. Pero antes quisiera completaros este cĂłdigo de âlo mĂĄs perfectoâ en el marco de esta amplitud de luces y horizontes. AquĂ realmente Dios se muestra en su majestad de Creador; viendo sus maravillas, podemos llegar a creer firmemente que el Dueño es Ăl y no SatanĂĄs. El Maligno no podrĂa crear ni siquiera un tallito de hierba. Por el contrario, Dios lo puede todo. Que esto nos sea motivo de consuelo. Pero... ya estĂĄis todos al sol. Puede haceros daño. EsparcĂos hacia arriba por las laderas; ahĂ hay sombra y frescor. Comed, si querĂ©is. Yo, mientras, os seguirĂ© hablando sobre el mismo tema. La hora se ha hecho tarde por muchos motivos. De todas formas no os duela, que aquĂ estĂĄis con Dios».
La muchedumbre grita: «SĂ, sĂ, contigo». Y cambia de sitio, hacia la sombra de los bosquecillos diseminados que hay en el lado oriental, de modo que la pared montañosa y el follaje protegen del Sol, que ya calienta demasiado.