24.6 Dice MarĂa:
«A quien reconoce su error arrepintiĂ©ndose y acusĂĄndose con humildad y corazĂłn sincero, Dios le perdona; no sĂłlo le perdona, sino que le recompensa. ÂĄOh, quĂ© bueno es mi Señor con los humildes y sinceros, con los que creen en Ăl y en Ăl se abandonan!
24.7 Arrojad de vuestro espĂritu todo lo que le traba y le hace perezoso. Disponedle para que acoja la Luz, que es, cual faro en las tinieblas, guĂa y santo conforto.
ÂĄAmistad con Dios, beatitud de sus fieles, riqueza no igualada por nada, quien te posee nunca estĂĄ solo ni siente la amargura de la desesperaciĂłn! No anulas el dolor, santa amistad, porque el dolor fue destino de un Dios encarnado y puede ser destino del hombre; eso sĂ, le haces dulce en su amargura, y añades una luz y una caricia que, cuales celestes toques, alivian la cruz.
Y, cuando la Bondad divina os dé una gracia, usad el bien recibido para dar gloria a Dios. No seåis como esos insensatos que de un objeto bueno se hacen un arma dañosa, o como los gastadores que de la abundancia acaban haciendo miseria.
24.8 Me causĂĄis demasiado dolor, hijos tras cuyos rostros veo aparecer al Enemigo, a aquel que arremete contra mi JesĂșs. ÂĄDemasiado dolor! Yo quisiera ser para todos el Manantial de la Gracia, pero hay demasiados entre vosotros que no quieren la Gracia. PedĂs âgraciasâ, pero con el alma privada de Gracia. ÂżCĂłmo podrĂĄ la Gracia socorreros si sois enemigos suyos?
24.9 El gran misterio del Viernes santo se aproxima. Todo en los templos le recuerda y le celebra. Pero es necesario que le celebrĂ©is y le recordĂ©is en vuestros corazones, y que os deis golpes de pecho, como los que bajaban del GĂłlgota, y que digĂĄis: âĂste es realmente el Hijo de Dios, el Salvadorâ, y que digĂĄis: âJesĂșs, por tu Nombre, sĂĄlvanosâ, y que digĂĄis: âPadre, perdĂłnanosâ, y, en fin, es necesario decir: âSeñor, yo no soy digno; pero, si TĂș me perdonas y vienes a mĂ, mi alma quedarĂĄ curada. Yo no quiero, no, no quiero pecar ya mĂĄs, para no volver a enfermarme y para no ser de nuevo detestado por tiâ.
Orad, hijos, con las palabras de mi Hijo. Decidle al Padre por vuestros enemigos: âPadre, perdĂłnalosâ. Invocad al Padre, que se ha apartado indignado por vuestros errores: âPadre, Padre, Âżpor quĂ© me has abandonado? Yo soy pecador, pero, si me abandonas, morirĂ©. Vuelve, Padre santo, que yo me salveâ. Poned vuestro eterno bien, vuestro espĂritu, en manos del Ănico que lo puede conservar ileso del demonio: âPadre, en tus manos dejo mi espĂrituâ. Si humilde y amorosamente cedĂ©is vuestro espĂritu a Dios, Ăl ciertamente le guiarĂĄ como hace un padre con su pequeñuelo; no permitirĂĄ que nada dañe vuestro espĂritu.
JesĂșs, en sus agonĂas, orĂł para enseñaros a orar. Os lo recuerdo en estos dĂas de PasiĂłn.
24.10 Y tĂș, MarĂa, tĂș que ves mi gozo de Madre y te extasĂas con ello, piensa y recuerda que he poseĂdo a Dios a travĂ©s de un dolor progresivamente mĂĄs intenso, que bajĂł a mĂ con la Semilla de Dios y, cual ĂĄrbol gigante, fue creciendo hasta tocar el Cielo con su copa y el infierno con sus raĂces, cuando recibĂ en mi regazo el despojo exĂĄnime de la Carne de mi carne, y vi y contĂ© sus laceraciones, y toquĂ© su CorazĂłn desgarrado, para apurar aquĂ©l hasta su Ășltima gota».