Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 23.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Las dos mujeres entran despacio en la casa. Isabel se retira a sus habitaciones. MarĂ­a, hĂĄbil y previsora, da Ăłrdenes y prepara todo lo que puede necesitarse, y trata de confortar a ZacarĂ­as, que estĂĄ preocupado.

En la casa que vela esta noche, con voces nuevas, de mujeres llamadas para ayudar, MarĂ­a estĂĄ en pie, vigilante como un faro en una noche de tormenta. Toda la casa gravita sobre Ella, que, dulce y sonriente, provee a todo; y ora. Cuando no se la llama para esto o aquello, se recoge en oraciĂłn. EstĂĄ en la habitaciĂłn en que se reunĂ­an siempre para las comidas y el trabajo.

Con Ella estĂĄ ZacarĂ­as, paseando turbado. Ya han orado juntos. MarĂ­a luego ha seguido orando; incluso ahora, que el anciano, cansado, se ha sentado en su sillĂłn junto a la mesa y se ha quedado en silencio, soñoliento. Cuando ve que estĂĄ dormido del todo — la cabeza sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa —, Ella se desata las sandalias para hacer menos ruido, y camina descalza; luego, con menos rumor del que puede hacer una mariposa volando por una habitaciĂłn, coge el manto de ZacarĂ­as y se lo extiende encima al anciano con una suavidad tal, que Ă©ste continĂșa durmiendo bajo el calorcito de la lana protectora del fresco nocturno, que entra a ondadas por la puerta, frecuentemente abierta. Luego sigue orando; cada vez con mĂĄs intensidad; de rodillas, con los brazos levantados, cuando el quejido de Isabel, que sufre, se agudiza.

Detalle

Elisabeth palideciĂł y sintiĂł que el dolor volvĂ­a. EstĂĄ a punto de dar a luz.

Palabras clave

ECR 23.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Sara entra y la llama con señas. María sale con sus pies descalzos al jardín. «La señora la llama» dice.

«Voy». María va por el lado externo de la casa, sube la escalera... Parece un ångel blanco moviéndose en la noche quieta llena de astros. Entra en la habitación de Isabel.

«¥Oh! ¥María! ¥María! ¥Cuånto dolor! ¥No puedo mås, María! ¥Cuånto dolor hay que padecer para ser madre!».

MarĂ­a la acaricia con amor y la besa.

«¥María! ¥María! ¥Deja que ponga mis manos sobre tu vientre!».

MarĂ­a coge esas dos manos rugosas e hinchadas, las pone sobre su abdomen ya algo abultado y las mantiene apretadas con sus manitas lisas y grĂĄciles. Y ahora, que estĂĄn las dos solas, habla en tono suave y dice: «JesĂșs estĂĄ aquĂ­, oyĂ©ndote y viĂ©ndote. Ten confianza, Isabel. Su corazĂłn santo late con mĂĄs fuerza, porque estĂĄ actuando para bien tuyo. Lo siento latir como si lo tuviera entre una mano y otra. Yo entiendo las palabras de mi Niño hechas de latidos. Ahora me estĂĄ diciendo: “Dile a la mujer que no tema. TodavĂ­a un poco de dolor. Luego, con el primer sol, entre las tantas rosas que esperan ese rayo matutino para abrir sus pĂ©talos sobre su tallo, su casa tendrĂĄ la rosa mĂĄs bonita, Juan, mi Precursor”».

Isabel apoya también la cara en el vientre de María y llora silenciosamente.

María estå un tiempo así, pues parece que el dolor va pasando a una fase de relajación reparadora. Luego indica a todos que estén tranquilos. Ella permanece en pie, blanca y hermosa bajo el tenue claror de una låmpara de aceite, como un ångel al lado de quien sufre. Ora. La veo mover los labios. De todas formas, aun cuando no se los viese mover, comprendería que estå orando por la expresión arrobada del rostro.

23.6 El tiempo pasa. Le vuelve el dolor a Isabel. MarĂ­a la besa de nuevo y se retira.

Palabras clave

ECR 23.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.6 El tiempo pasa. Le vuelve el dolor a Isabel. María la besa de nuevo y se retira. Baja råpida a la luz de la luna y corre a ver si el anciano duerme todavía. Duerme, gimiendo en el sueño. María hace un gesto de piedad. Se pone de nuevo a orar.

Pasa el tiempo. El anciano sale bruscamente de su sueño y levanta su rostro, confuso, como de quien no recordase bien por qué estaba ahí. Luego recuerda, hace un gesto y profiere una exclamación gutural, y escribe: «¿No ha nacido todavía?». María indica que no, y Zacarías: «¥Cuånto dolor! ¥Pobre esposa mía! ¿Lo lograrå sin morir a cambio?».

MarĂ­a coge la mano del anciano tratando de infundirle ĂĄnimo: «Para el alba, dentro de poco, el niño ya habrĂĄ nacido. Todo irĂĄ bien. Isabel es fuerte. ÂĄQuĂ© bonito va a ser este dĂ­a — pues estĂĄ cercana la aurora — en que tu niño va a ver la luz! ÂĄEl mĂĄs bello de tu vida! Grandes gracias te tiene reservadas el Señor, y tu hijo es su anunciador».

Zacarías menea tristemente la cabeza y señala a su boca muda. Quisiera decir muchas cosas, pero no puede.

MarĂ­a se da cuenta de ello y responde: «El Señor harĂĄ completa tu alegrĂ­a. Cree en Él completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El AltĂ­simo te escucharĂĄ mĂĄs de lo que pudieras esperar. Él quiere esta fe tuya total como purificaciĂłn de tu pasada desconfianza. Di en tu corazĂłn conmigo: “Creo”. Dilo a cada uno de los latidos de tu corazĂłn. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Él y en su poderosa bondad».

Palabras clave

ECR 23.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«El Señor harĂĄ completa tu alegrĂ­a. Cree en Él completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El AltĂ­simo te escucharĂĄ mĂĄs de lo que pudieras esperar. Él quiere esta fe tuya total como purificaciĂłn de tu pasada desconfianza. Di en tu corazĂłn conmigo: “Creo”. Dilo a cada uno de los latidos de tu corazĂłn. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Él y en su poderosa bondad».

Palabras clave

ECR 23.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.7 La puerta estĂĄ entornada y la luz comienza a penetrar por ella. MarĂ­a la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra aljofarada de rocĂ­o. Se percibe un fuerte olor de tierra hĂșmeda y hierba, y los primeros silbos de pĂĄjaros se llaman de rama a rama.

El anciano y MarĂ­a salen a la puerta. EstĂĄn pĂĄlidos por la noche pasada en vela; la luz del alba los pone aĂșn mĂĄs pĂĄlidos. MarĂ­a calza de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera, atenta a ver si se oye algo. Una mujer se asoma, MarĂ­a hace unos gestos y vuelve. TodavĂ­a nada.

Luego va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber al anciano. Después va donde las palomas, y desaparece de nuevo en esa habitación; quizås es la cocina. Se mueve aquí y allå, estå atenta a todo. Se la ve tan ågil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños.

Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín. María le mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, pues la queja de la sufriente se hace mås aguda. Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno. Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo; el pobre anciano llora. María se alza y le coge de la mano. Es mucho mås joven que él, pero parece Ella la madre de esa vejez desolada sobre la que extiende sus consuelos.

23.8 Permanecen asĂ­, el uno al lado del otro, bajo este sol que pone rosicler el aire de la mañana. Estando asĂ­, llega a sus oĂ­dos el jubiloso anuncio: «¥Ha nacido! ÂĄHa nacido! ÂĄUn niño! ÂĄOh, padre dichoso! ÂĄUn niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ÂĄAlĂ©grate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ÂĄGloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ÂĄBenditos seĂĄis tĂș y el hijo que te ha nacido! ÂĄQue su linaje perpetĂșe tu nombre por los siglos de los siglos, generaciĂłn tras generaciĂłn, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».

María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga. Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

MarĂ­a sĂ­ que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada mĂĄs que MarĂ­a le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer — dice a Isabel — tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ÂĄMira quĂ© tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ÂĄMira, ahora parece un pichoncito!».

MarĂ­a deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tĂș vives. ZacarĂ­as estĂĄ dichoso».

«¿Habla?».

«Todavía no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».

Palabras clave

ECR 23.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¥Ha nacido! ÂĄHa nacido! ÂĄUn niño! ÂĄOh, padre dichoso! ÂĄUn niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ÂĄAlĂ©grate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ÂĄGloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ÂĄBenditos seĂĄis tĂș y el hijo que te ha nacido! ÂĄQue su linaje perpetĂșe tu nombre por los siglos de los siglos, generaciĂłn tras generaciĂłn, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».

María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga. Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

MarĂ­a sĂ­ que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada mĂĄs que MarĂ­a le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer — dice a Isabel — tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ÂĄMira quĂ© tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ÂĄMira, ahora parece un pichoncito!».

MarĂ­a deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tĂș vives. ZacarĂ­as estĂĄ dichoso».

«¿Habla?».

«Todavía no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».

Palabras clave

ECR 23.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

CrĂ©eme, hija, no hubo, ni habrĂĄ jamĂĄs tormento puerperal semejante al mĂ­o de MĂĄrtir de una Maternidad espiritual cumplida en el mĂĄs duro lecho, el de mi cruz, al pie del patĂ­bulo del Hijo que se me morĂ­a. ÂżQuĂ© madre se verĂĄ obligada a generar de esa manera? ÂżQuĂ© madre se verĂĄ obligada a amalgamar el suplicio del desgarro de sus entrañas por los estertores de su Hijo moribundo, con el suplicio de sentĂ­rsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror de deber decir: “Os amo; venid a mĂ­, que soy Madre vuestra” a los que estaban matando a ese Hijo nacido del mĂĄs sublime amor que jamĂĄs haya visto el Cielo, del amor de un Dios con una virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz, que se hicieron Carne, y que del vientre de una mujer hicieron el TabernĂĄculo de Dios?

“¡Cuánto dolor para ser madre!” dice Isabel. ¡Mucho! Sí, pero insignificante, comparado con el mío.

Palabras clave

ECR 23.9-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.9 Dice MarĂ­a:«Mi presencia habĂ­a santificado al Bautista, pero no habĂ­a cancelado a Isabel la condena proveniente de Eva. “DarĂĄs a luz con dolor” habĂ­a dicho el Eterno.

Sólo yo, sin mancha y sin haber tenido unión matrimonial humana, quedé exenta de engendrar con dolor. La tristeza y el dolor son los frutos de la culpa. Yo, que era la Inculpable, tuve que conocer también el dolor y la tristeza, porque era la Corredentora. Pero no conocí el tormento del generar; no, este tormento no lo conocí.

Y, no obstante, crĂ©eme, hija, no hubo, ni habrĂĄ jamĂĄs tormento puerperal semejante al mĂ­o de MĂĄrtir de una Maternidad espiritual cumplida en el mĂĄs duro lecho, el de mi cruz, al pie del patĂ­bulo del Hijo que se me morĂ­a. ÂżQuĂ© madre se verĂĄ obligada a generar de esa manera? ÂżQuĂ© madre se verĂĄ obligada a amalgamar el suplicio del desgarro de sus entrañas por los estertores de su Hijo moribundo, con el suplicio de sentĂ­rsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror de deber decir: “Os amo; venid a mĂ­, que soy Madre vuestra” a los que estaban matando a ese Hijo nacido del mĂĄs sublime amor que jamĂĄs haya visto el Cielo, del amor de un Dios con una virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz, que se hicieron Carne, y que del vientre de una mujer hicieron el TabernĂĄculo de Dios?

“¡Cuánto dolor para ser madre!” dice Isabel. ¡Mucho! Sí, pero insignificante, comparado con el mío.

23.10 “DĂ©jame poner las manos en tu vientre”. ÂĄAh, si cuando sufrĂ­s me pidierais siempre esto!

Yo soy la eterna Portadora de JesĂșs. Él estĂĄ dentro de mi pecho, como tĂș le viste el año pasado, cual Hostia en el ostensorio. Quien a mĂ­ viene, a Él le encuentra; quien en mĂ­ se apoya, a Él le toca; quien a mi se dirige, con Él habla. Yo soy su vestidura. Él es el alma mĂ­a. Mi Hijo estĂĄ ahora mĂĄs unido a mĂ­ que durante los nueve meses de gestaciĂłn. A quien a mĂ­ viene y apoya su cabeza en mi regazo, todo dolor se le adormece, toda esperanza le florece, toda gracia le fluye.

Yo oro por vosotros. Recordadlo. La beatitud de estar en el Cielo, viviendo en el esplendor de Dios, no me distrae de mis hijos que padecen en la tierra. Yo oro. Todo el Cielo ora porque el Cielo ama. El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Pero, aunque sĂłlo estuviera yo, habrĂ­a suficiente oraciĂłn para cubrir las necesidades de quien espera en Dios. Porque no ceso de orar por todos vosotros, santos y malvados, para dar: a los santos, la alegrĂ­a; a los malvados, el salvĂ­fico arrepentimiento.

Venid, venid, hijos de mi dolor. Os espero al pie de la Cruz para distribuir gracias».

Palabras clave

ECR 23.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.10 “DĂ©jame poner las manos en tu vientre”. ÂĄAh, si cuando sufrĂ­s me pidierais siempre esto!

Yo soy la eterna Portadora de JesĂșs. Él estĂĄ dentro de mi pecho, como tĂș le viste el año pasado, cual Hostia en el ostensorio. Quien a mĂ­ viene, a Él le encuentra; quien en mĂ­ se apoya, a Él le toca; quien a mi se dirige, con Él habla. Yo soy su vestidura. Él es el alma mĂ­a. Mi Hijo estĂĄ ahora mĂĄs unido a mĂ­ que durante los nueve meses de gestaciĂłn. A quien a mĂ­ viene y apoya su cabeza en mi regazo, todo dolor se le adormece, toda esperanza le florece, toda gracia le fluye.

Yo oro por vosotros. Recordadlo. La beatitud de estar en el Cielo, viviendo en el esplendor de Dios, no me distrae de mis hijos que padecen en la tierra. Yo oro. Todo el Cielo ora porque el Cielo ama. El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Pero, aunque sĂłlo estuviera yo, habrĂ­a suficiente oraciĂłn para cubrir las necesidades de quien espera en Dios. Porque no ceso de orar por todos vosotros, santos y malvados, para dar: a los santos, la alegrĂ­a; a los malvados, el salvĂ­fico arrepentimiento.

Venid, venid, hijos de mi dolor. Os espero al pie de la Cruz para distribuir gracias».

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