ECR 23.3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Donde estĂĄ JesĂșs no se debe tener miedo.
Notas del tema
ECR 23.3
Donde estĂĄ JesĂșs no se debe tener miedo.
ECR 23.4
Las dos mujeres entran despacio en la casa. Isabel se retira a sus habitaciones. MarĂa, hĂĄbil y previsora, da Ăłrdenes y prepara todo lo que puede necesitarse, y trata de confortar a ZacarĂas, que estĂĄ preocupado.
En la casa que vela esta noche, con voces nuevas, de mujeres llamadas para ayudar, MarĂa estĂĄ en pie, vigilante como un faro en una noche de tormenta. Toda la casa gravita sobre Ella, que, dulce y sonriente, provee a todo; y ora. Cuando no se la llama para esto o aquello, se recoge en oraciĂłn. EstĂĄ en la habitaciĂłn en que se reunĂan siempre para las comidas y el trabajo.
Con Ella estĂĄ ZacarĂas, paseando turbado. Ya han orado juntos. MarĂa luego ha seguido orando; incluso ahora, que el anciano, cansado, se ha sentado en su sillĂłn junto a la mesa y se ha quedado en silencio, soñoliento. Cuando ve que estĂĄ dormido del todo â la cabeza sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa â, Ella se desata las sandalias para hacer menos ruido, y camina descalza; luego, con menos rumor del que puede hacer una mariposa volando por una habitaciĂłn, coge el manto de ZacarĂas y se lo extiende encima al anciano con una suavidad tal, que Ă©ste continĂșa durmiendo bajo el calorcito de la lana protectora del fresco nocturno, que entra a ondadas por la puerta, frecuentemente abierta. Luego sigue orando; cada vez con mĂĄs intensidad; de rodillas, con los brazos levantados, cuando el quejido de Isabel, que sufre, se agudiza.
Elisabeth palideciĂł y sintiĂł que el dolor volvĂa. EstĂĄ a punto de dar a luz.
ECR 23.5-6
Sara entra y la llama con señas. MarĂa sale con sus pies descalzos al jardĂn. «La señora la llama» dice.
«Voy». MarĂa va por el lado externo de la casa, sube la escalera... Parece un ĂĄngel blanco moviĂ©ndose en la noche quieta llena de astros. Entra en la habitaciĂłn de Isabel.
«¥Oh! ÂĄMarĂa! ÂĄMarĂa! ÂĄCuĂĄnto dolor! ÂĄNo puedo mĂĄs, MarĂa! ÂĄCuĂĄnto dolor hay que padecer para ser madre!».
MarĂa la acaricia con amor y la besa.
«¥MarĂa! ÂĄMarĂa! ÂĄDeja que ponga mis manos sobre tu vientre!».
MarĂa coge esas dos manos rugosas e hinchadas, las pone sobre su abdomen ya algo abultado y las mantiene apretadas con sus manitas lisas y grĂĄciles. Y ahora, que estĂĄn las dos solas, habla en tono suave y dice: «JesĂșs estĂĄ aquĂ, oyĂ©ndote y viĂ©ndote. Ten confianza, Isabel. Su corazĂłn santo late con mĂĄs fuerza, porque estĂĄ actuando para bien tuyo. Lo siento latir como si lo tuviera entre una mano y otra. Yo entiendo las palabras de mi Niño hechas de latidos. Ahora me estĂĄ diciendo: âDile a la mujer que no tema. TodavĂa un poco de dolor. Luego, con el primer sol, entre las tantas rosas que esperan ese rayo matutino para abrir sus pĂ©talos sobre su tallo, su casa tendrĂĄ la rosa mĂĄs bonita, Juan, mi Precursorâ».
Isabel apoya tambiĂ©n la cara en el vientre de MarĂa y llora silenciosamente.
MarĂa estĂĄ un tiempo asĂ, pues parece que el dolor va pasando a una fase de relajaciĂłn reparadora. Luego indica a todos que estĂ©n tranquilos. Ella permanece en pie, blanca y hermosa bajo el tenue claror de una lĂĄmpara de aceite, como un ĂĄngel al lado de quien sufre. Ora. La veo mover los labios. De todas formas, aun cuando no se los viese mover, comprenderĂa que estĂĄ orando por la expresiĂłn arrobada del rostro.
23.6 El tiempo pasa. Le vuelve el dolor a Isabel. MarĂa la besa de nuevo y se retira.
ECR 23.6
23.6 El tiempo pasa. Le vuelve el dolor a Isabel. MarĂa la besa de nuevo y se retira. Baja rĂĄpida a la luz de la luna y corre a ver si el anciano duerme todavĂa. Duerme, gimiendo en el sueño. MarĂa hace un gesto de piedad. Se pone de nuevo a orar.
Pasa el tiempo. El anciano sale bruscamente de su sueño y levanta su rostro, confuso, como de quien no recordase bien por quĂ© estaba ahĂ. Luego recuerda, hace un gesto y profiere una exclamaciĂłn gutural, y escribe: «¿No ha nacido todavĂa?». MarĂa indica que no, y ZacarĂas: «¥CuĂĄnto dolor! ÂĄPobre esposa mĂa! ÂżLo lograrĂĄ sin morir a cambio?».
MarĂa coge la mano del anciano tratando de infundirle ĂĄnimo: «Para el alba, dentro de poco, el niño ya habrĂĄ nacido. Todo irĂĄ bien. Isabel es fuerte. ÂĄQuĂ© bonito va a ser este dĂa â pues estĂĄ cercana la aurora â en que tu niño va a ver la luz! ÂĄEl mĂĄs bello de tu vida! Grandes gracias te tiene reservadas el Señor, y tu hijo es su anunciador».
ZacarĂas menea tristemente la cabeza y señala a su boca muda. Quisiera decir muchas cosas, pero no puede.
MarĂa se da cuenta de ello y responde: «El Señor harĂĄ completa tu alegrĂa. Cree en Ăl completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El AltĂsimo te escucharĂĄ mĂĄs de lo que pudieras esperar. Ăl quiere esta fe tuya total como purificaciĂłn de tu pasada desconfianza. Di en tu corazĂłn conmigo: âCreoâ. Dilo a cada uno de los latidos de tu corazĂłn. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Ăl y en su poderosa bondad».
ECR 23.6
«El Señor harĂĄ completa tu alegrĂa. Cree en Ăl completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El AltĂsimo te escucharĂĄ mĂĄs de lo que pudieras esperar. Ăl quiere esta fe tuya total como purificaciĂłn de tu pasada desconfianza. Di en tu corazĂłn conmigo: âCreoâ. Dilo a cada uno de los latidos de tu corazĂłn. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Ăl y en su poderosa bondad».
ECR 23.7-8
23.7 La puerta estĂĄ entornada y la luz comienza a penetrar por ella. MarĂa la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra aljofarada de rocĂo. Se percibe un fuerte olor de tierra hĂșmeda y hierba, y los primeros silbos de pĂĄjaros se llaman de rama a rama.
El anciano y MarĂa salen a la puerta. EstĂĄn pĂĄlidos por la noche pasada en vela; la luz del alba los pone aĂșn mĂĄs pĂĄlidos. MarĂa calza de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera, atenta a ver si se oye algo. Una mujer se asoma, MarĂa hace unos gestos y vuelve. TodavĂa nada.
Luego va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber al anciano. Después va donde las palomas, y desaparece de nuevo en esa habitación; quizås es la cocina. Se mueve aquà y allå, estå atenta a todo. Se la ve tan ågil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños.
ZacarĂas pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardĂn. MarĂa le mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma habitaciĂłn y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, pues la queja de la sufriente se hace mĂĄs aguda. Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno. ZacarĂas vuelve, entra y la ve postrada en ese modo; el pobre anciano llora. MarĂa se alza y le coge de la mano. Es mucho mĂĄs joven que Ă©l, pero parece Ella la madre de esa vejez desolada sobre la que extiende sus consuelos.
23.8 Permanecen asĂ, el uno al lado del otro, bajo este sol que pone rosicler el aire de la mañana. Estando asĂ, llega a sus oĂdos el jubiloso anuncio: «¥Ha nacido! ÂĄHa nacido! ÂĄUn niño! ÂĄOh, padre dichoso! ÂĄUn niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ÂĄAlĂ©grate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ÂĄGloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ÂĄBenditos seĂĄis tĂș y el hijo que te ha nacido! ÂĄQue su linaje perpetĂșe tu nombre por los siglos de los siglos, generaciĂłn tras generaciĂłn, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».
MarĂa, llorando de alegrĂa, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traĂdo al padre para que lo bendiga. ZacarĂas no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.
MarĂa sĂ que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada mĂĄs que MarĂa le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer â dice a Isabel â tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ÂĄMira quĂ© tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ÂĄMira, ahora parece un pichoncito!».
MarĂa deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido â le dice con voz suave â y tĂș vives. ZacarĂas estĂĄ dichoso».
«¿Habla?».
«TodavĂa no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».
ECR 23.8
«¥Ha nacido! ÂĄHa nacido! ÂĄUn niño! ÂĄOh, padre dichoso! ÂĄUn niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ÂĄAlĂ©grate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ÂĄGloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ÂĄBenditos seĂĄis tĂș y el hijo que te ha nacido! ÂĄQue su linaje perpetĂșe tu nombre por los siglos de los siglos, generaciĂłn tras generaciĂłn, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».
MarĂa, llorando de alegrĂa, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traĂdo al padre para que lo bendiga. ZacarĂas no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.
MarĂa sĂ que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada mĂĄs que MarĂa le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer â dice a Isabel â tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ÂĄMira quĂ© tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ÂĄMira, ahora parece un pichoncito!».
MarĂa deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido â le dice con voz suave â y tĂș vives. ZacarĂas estĂĄ dichoso».
«¿Habla?».
«TodavĂa no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».
ECR 23.9
CrĂ©eme, hija, no hubo, ni habrĂĄ jamĂĄs tormento puerperal semejante al mĂo de MĂĄrtir de una Maternidad espiritual cumplida en el mĂĄs duro lecho, el de mi cruz, al pie del patĂbulo del Hijo que se me morĂa. ÂżQuĂ© madre se verĂĄ obligada a generar de esa manera? ÂżQuĂ© madre se verĂĄ obligada a amalgamar el suplicio del desgarro de sus entrañas por los estertores de su Hijo moribundo, con el suplicio de sentĂrsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror de deber decir: âOs amo; venid a mĂ, que soy Madre vuestraâ a los que estaban matando a ese Hijo nacido del mĂĄs sublime amor que jamĂĄs haya visto el Cielo, del amor de un Dios con una virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz, que se hicieron Carne, y que del vientre de una mujer hicieron el TabernĂĄculo de Dios?
âÂĄCuĂĄnto dolor para ser madre!â dice Isabel. ÂĄMucho! SĂ, pero insignificante, comparado con el mĂo.
ECR 23.9-10
23.9 Dice MarĂa:«Mi presencia habĂa santificado al Bautista, pero no habĂa cancelado a Isabel la condena proveniente de Eva. âDarĂĄs a luz con dolorâ habĂa dicho el Eterno.
SĂłlo yo, sin mancha y sin haber tenido uniĂłn matrimonial humana, quedĂ© exenta de engendrar con dolor. La tristeza y el dolor son los frutos de la culpa. Yo, que era la Inculpable, tuve que conocer tambiĂ©n el dolor y la tristeza, porque era la Corredentora. Pero no conocĂ el tormento del generar; no, este tormento no lo conocĂ.
Y, no obstante, crĂ©eme, hija, no hubo, ni habrĂĄ jamĂĄs tormento puerperal semejante al mĂo de MĂĄrtir de una Maternidad espiritual cumplida en el mĂĄs duro lecho, el de mi cruz, al pie del patĂbulo del Hijo que se me morĂa. ÂżQuĂ© madre se verĂĄ obligada a generar de esa manera? ÂżQuĂ© madre se verĂĄ obligada a amalgamar el suplicio del desgarro de sus entrañas por los estertores de su Hijo moribundo, con el suplicio de sentĂrsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror de deber decir: âOs amo; venid a mĂ, que soy Madre vuestraâ a los que estaban matando a ese Hijo nacido del mĂĄs sublime amor que jamĂĄs haya visto el Cielo, del amor de un Dios con una virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz, que se hicieron Carne, y que del vientre de una mujer hicieron el TabernĂĄculo de Dios?
âÂĄCuĂĄnto dolor para ser madre!â dice Isabel. ÂĄMucho! SĂ, pero insignificante, comparado con el mĂo.
23.10 âDĂ©jame poner las manos en tu vientreâ. ÂĄAh, si cuando sufrĂs me pidierais siempre esto!
Yo soy la eterna Portadora de JesĂșs. Ăl estĂĄ dentro de mi pecho, como tĂș le viste el año pasado, cual Hostia en el ostensorio. Quien a mĂ viene, a Ăl le encuentra; quien en mĂ se apoya, a Ăl le toca; quien a mi se dirige, con Ăl habla. Yo soy su vestidura. Ăl es el alma mĂa. Mi Hijo estĂĄ ahora mĂĄs unido a mĂ que durante los nueve meses de gestaciĂłn. A quien a mĂ viene y apoya su cabeza en mi regazo, todo dolor se le adormece, toda esperanza le florece, toda gracia le fluye.
Yo oro por vosotros. Recordadlo. La beatitud de estar en el Cielo, viviendo en el esplendor de Dios, no me distrae de mis hijos que padecen en la tierra. Yo oro. Todo el Cielo ora porque el Cielo ama. El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Pero, aunque sĂłlo estuviera yo, habrĂa suficiente oraciĂłn para cubrir las necesidades de quien espera en Dios. Porque no ceso de orar por todos vosotros, santos y malvados, para dar: a los santos, la alegrĂa; a los malvados, el salvĂfico arrepentimiento.
Venid, venid, hijos de mi dolor. Os espero al pie de la Cruz para distribuir gracias».
ECR 23.10
23.10 âDĂ©jame poner las manos en tu vientreâ. ÂĄAh, si cuando sufrĂs me pidierais siempre esto!
Yo soy la eterna Portadora de JesĂșs. Ăl estĂĄ dentro de mi pecho, como tĂș le viste el año pasado, cual Hostia en el ostensorio. Quien a mĂ viene, a Ăl le encuentra; quien en mĂ se apoya, a Ăl le toca; quien a mi se dirige, con Ăl habla. Yo soy su vestidura. Ăl es el alma mĂa. Mi Hijo estĂĄ ahora mĂĄs unido a mĂ que durante los nueve meses de gestaciĂłn. A quien a mĂ viene y apoya su cabeza en mi regazo, todo dolor se le adormece, toda esperanza le florece, toda gracia le fluye.
Yo oro por vosotros. Recordadlo. La beatitud de estar en el Cielo, viviendo en el esplendor de Dios, no me distrae de mis hijos que padecen en la tierra. Yo oro. Todo el Cielo ora porque el Cielo ama. El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Pero, aunque sĂłlo estuviera yo, habrĂa suficiente oraciĂłn para cubrir las necesidades de quien espera en Dios. Porque no ceso de orar por todos vosotros, santos y malvados, para dar: a los santos, la alegrĂa; a los malvados, el salvĂfico arrepentimiento.
Venid, venid, hijos de mi dolor. Os espero al pie de la Cruz para distribuir gracias».