44.9 La enseñanza que proviene de la contemplaciĂłn de mi separaciĂłn se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recĂproca renuncia por un amor mĂĄs alto; en segundo lugar estĂĄ dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa (ÂĄy cuĂĄntas encontrĂĄis en la vida!). Son espinas en la Tierra que traspasan el corazĂłn; lo sĂ©. Pero para quien las acoge con resignaciĂłn â mirad, no digo: âpara quien las desea y las acoge con alegrĂaâ (esto ya es perfecciĂłn), digo âcon resignaciĂłnâ â se transforman en eternas rosas. Pero pocos las acogen con resignaciĂłn. Como burritos tozudos, os resistĂs obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratĂ©is de herir con patadas y mordiscos espirituales, o sea, con rebeliĂłn y blasfemias contra el buen Dios.
44.10 Y no digĂĄis: âPero si yo sĂłlo tenĂa este bien y Dios me lo ha quitado; sĂłlo este afecto, y Dios me lo ha arrancadoâ. TambiĂ©n MarĂa, mujer noble, amorosa hasta la perfecciĂłn (porque en la Toda Gracia tambiĂ©n las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sĂłlo tenĂa un bien y un amor en la tierra: su Hijo. No le quedaba mĂĄs que Ăl: los padres, muertos desde hacĂa tiempo; JosĂ©, muerto desde hacĂa algunos años. SĂłlo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola. Los parientes, por causa mĂa, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles, como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del comĂșn buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podrĂa honrar a la familia e incluso ayudarla.
Los parientes, voz del sentido comĂșn, del sentido humano â vosotros lo llamĂĄis sensatez, pero no es mĂĄs que sentido humano, o sea, egoĂsmo â habrĂan querido que yo hubiera vivido estas cosas. En el fondo era siempre el miedo de tener un dĂa que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas â segĂșn ellos demasiado idealistas â que podĂan poner en contra a la sinagoga. La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas. No era una misiĂłn fĂĄcil la del profeta, y frecuentemente le ocasionaba la muerte a Ă©l mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un dĂa de mi Madre.
Por ello, el ver que Ella no me ponĂa ningĂșn obstĂĄculo y parecĂa en continua adoraciĂłn ante su Hijo, los ofendĂa. Este contraste habrĂa de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mĂ, y se avergonzaban de mi manĂa â segĂșn ellos â de herir a las castas poderosas. ReprensiĂłn a mĂ y a Ella; ÂĄpobre MamĂĄ!
44.11 Y, no obstante, MarĂa, que conocĂa el estado de ĂĄnimo de sus parientes â no todos fueron como Santiago, Judas o SimĂłn, ni como la madre de estos, MarĂa de CleofĂĄs â y que preveĂa el estado de ĂĄnimo futuro; MarĂa, que conocĂa su suerte durante esos tres años, y la que la esperaba al final de los mismos y la suerte mĂa, no opuso resistencia como hacĂ©is vosotros. LlorĂł. Y ÂżquiĂ©n no habrĂa llorado ante una separaciĂłn de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos dĂas, vacĂos de mi presencia, en la casa solitaria; ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inculpable hasta matarle?
LlorĂł porque era la Corredentora y la Madre del gĂ©nero humano renacido a Dios, y debĂa llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.
ÂĄCuĂĄntas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ÂĄCuĂĄntas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo! Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado MarĂa. Y por todos los hijos que, nacidos de mujer, estĂĄn destinados a ser apĂłstoles de Dios o mĂĄrtires por amor a Dios, por fidelidad a Dios, o por crueldad humana.
44.12 Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte; la que anula en ellos las imperfecciones, o tambiĂ©n las culpas cometidas por su debilidad, dando, ademĂĄs del martirio â en cualquier caso, en seguida â la paz de Dios y, si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.
Las lĂĄgrimas de MarĂa las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocĂo allĂ donde el sol arde. La caridad de MarĂa las exprime. Ăstas han brotado de un corazĂłn de lirio. Tienen, por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cĂĄliz de un lirio despuĂ©s de una noche de rocĂo.
Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monĂĄstica bien entendida: desierto, porque no vive mĂĄs que la uniĂłn con Dios, y cualquier otro afecto cae, transformĂĄndose Ășnicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.
Las encuentran los consagrados a Dios en el mundo, en el mundo que no los entiende y no los ama, desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¥muy grande es, en efecto, la incomprensión que sufren, y las burlas, por mi amor!
Las encuentran mis queridas âvĂctimasâ, porque MarĂa es la primera de las vĂctimas por amor a JesĂșs. A sus discĂpulas Ella les da, con mano de Madre y de MĂ©dico, sus lĂĄgrimas, que confortan y embriagan para mĂĄs alto sacrificio.
ÂĄSanto llanto de mi Madre!