Yo soy la eterna Portadora de JesĂșs. Ăl estĂĄ dentro de mi pecho, como tĂș le viste el año pasado, cual Hostia en el ostensorio. Quien a mĂ viene, a Ăl le encuentra; quien en mĂ se apoya, a Ăl le toca; quien a mi se dirige, con Ăl habla. Yo soy su vestidura. Ăl es el alma mĂa. Mi Hijo estĂĄ ahora mĂĄs unido a mĂ que durante los nueve meses de gestaciĂłn. A quien a mĂ viene y apoya su cabeza en mi regazo, todo dolor se le adormece, toda esperanza le florece, toda gracia le fluye.
Yo oro por vosotros. Recordadlo. La beatitud de estar en el Cielo, viviendo en el esplendor de Dios, no me distrae de mis hijos que padecen en la tierra. Yo oro. Todo el Cielo ora porque el Cielo ama. El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Pero, aunque sĂłlo estuviera yo, habrĂa suficiente oraciĂłn para cubrir las necesidades de quien espera en Dios. Porque no ceso de orar por todos vosotros, santos y malvados, para dar: a los santos, la alegrĂa; a los malvados, el salvĂfico arrepentimiento.
Venid, venid, hijos de mi dolor. Os espero al pie de la Cruz para distribuir gracias.
ÂĄAmistad con Dios, beatitud de sus fieles, riqueza no igualada por nada, quien te posee nunca estĂĄ solo ni siente la amargura de la desesperaciĂłn! No anulas el dolor, santa amistad, porque el dolor fue destino de un Dios encarnado y puede ser destino del hombre; eso sĂ, le haces dulce en su amargura, y añades una luz y una caricia que, cuales celestes toques, alivian la cruz.
Dame tu dolor. SĂłlo quiero esto. Es mĂĄs que cualquier otra cosa que puedas darme. Es viernes, MarĂa. Piensa en mi dolor y en el de MarĂa en el GĂłlgota para poder soportar tu cruz.