Empieza el ocaso. Betsur se muestra en lo alto de su colina y, casi inmediatamente, por el camino de segundo orden que los peregrinos han tomado para ir a la ciudad, aparecen los rebaños, y los pastores, que vienen råpidos a su encuentro.
Cuando ElĂas ve que en el grupo estĂĄ tambiĂ©n MarĂa, alza los brazos con gesto de asombro, y se queda asĂ, sin atreverse a creer en lo que ve.
«La paz sea contigo, ElĂas. SĂ, soy yo. Era una promesa y en JerusalĂ©n no ha sido posible vernos... Pero... no te preocupes, el caso es que ahora nos vemos» dice dulcemente MarĂa.
«¥Oh! ÂĄMadre! ÂĄMadre!...». ElĂas no sabe quĂ© decir. Al final encuentra las palabras: «Ahora celebro mi Pascua. Es igual... incluso mejor».
«¥Claro que sĂ, ElĂas!» confirman sus compañeros.
«Hemos hecho una buena venta y podemos matar un corderito. Venid a nuestra pobre mesa...» dice con tono de sĂșplica LevĂ, y tambiĂ©n JosĂ©.
«Hoy estamos cansados. Mañana. Escuchad: ¿conocéis a una cierta Elisa, casada con Abraham de Samuel?».
«SĂ. EstĂĄ en su casa de Betsur. Pero Abraham ha muerto, y, el año pasado murieron tambiĂ©n sus hijos: el primero por una enfermedad que durĂł pocas horas â nunca se ha sabido de quĂ© muriĂł â; el otro fue lentamente, pero nada logrĂł detener el mal. Nosotros le dĂĄbamos leche de cabra reciĂ©n formada porque los mĂ©dicos decĂan que le iba bien al enfermo. BebĂa mucha leche, recogida de todos los pastores, pues la pobre madre habĂa pedido que localizaran a quienes tuvieran en el rebaño una cabra lechal. Pero no sirviĂł de nada. Cuando volvimos al llano, el joven ya no tomaba alimento, y, cuando volvimos en Adar, habĂa muerto desde hacĂa dos lunas».
«¥Pobre amiga mĂa! En el Templo me tenĂa amor... incluso Ă©ramos un poco parientes en nuestros antecesores... Era buena... SaliĂł dos años antes que yo del Templo para casarse con Abraham, a quien estaba prometida desde su infancia; me acuerdo de ella, cuando vino para ofrecer a su primogĂ©nito al Señor. Me avisĂł; no sĂłlo a mĂ... pero luego quiso estar un tiempo conmigo a solas... Ahora estĂĄ sola... ÂĄDebo apresurarme, para consolarla! Vosotros quedaos aquĂ. Voy con ElĂas. EntrarĂ© sola. El dolor exige un ambiente respetuoso...».
«¿Yo tampoco, Madre?».
«TĂș siempre. Pero los demĂĄs... Ni siquiera tĂș, pequeñuelo, porque serĂa un dolor para ella. ÂĄVen, ven, JesĂșs!».
«Esperadnos en la plaza del pueblo. Buscad un alojamiento para la noche. AdiĂłs» ordena JesĂșs a todos.
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Y, sĂłlo con ElĂas, JesĂșs y su Madre caminan hasta una casa grande, completamente cerrada y silenciosa. El pastor llama con su cayado. Una sierva asoma su cabeza a una pequeña ventana y pregunta que quiĂ©n ha llamado.
MarĂa se adelanta y responde: «MarĂa de JoaquĂn, y su Hijo, de Nazaret. DĂselo a la señora».
«Es inĂștil. No quiere ver a nadie. No hace sino llorar esperando la muerte».
«Inténtalo».
«No. Ya sé cómo me va a rechazar si trato de distraerla. No quiere a nadie a su lado, no quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie; sólo habla con el propio recuerdo de sus hijos».
«Ve, mujer. Te lo ordeno. Dile: âEstĂĄ afuera la pequeña MarĂa de Nazaret, la que era como una hija para ti en el Templo...â. VerĂĄs como me quiere recibir».
La mujer se marcha meneando la cabeza.
MarĂa explica a su Hijo y al pastor: «Elisa era bastante mayor que yo. Estaba en el Templo esperando el regreso de su prometido, que habĂa ido a Egipto por asuntos de una herencia; por eso estuvo en el Templo hasta una edad no comĂșn. Tiene casi diez años mĂĄs que yo. Las maestras acostumbraban a asignar a las pequeñas a alumnas adultas para que las guiaran... Ella fue mi compañera-maestra. Era buena y... ÂĄAh, ahĂ estĂĄ la mujer!».
Efectivamente, la sirvienta ha vuelto sin pérdida de tiempo, asombrada, y ha abierto de par en par la puerta de la entrada: «¥Entra, entra!» dice. Luego, bajando la voz, añade: «Bendita seas por hacerla salir de esa habitación».
ElĂas se despide de MarĂa y su Hijo, que entran.
«Pero este hombre, verdaderamente... ÂĄserĂa inhumano!... ÂĄtiene la edad de LevĂ!...».
«Déjale entrar. Es mi Hijo y la consolarå mås que yo».
La mujer se encoge de hombros y los precede por el largo corredor de una casa que es bonita pero se siente triste: todo estĂĄ limpio, mas todo parece muerto...
208.9
Una mujer alta, aunque camina curvada, vestida de oscuro, viene hacia ellos en la penumbra del vestĂbulo.
«¥Elisa, amiga mĂa, soy MarĂa!» dice MarĂa mientras corre a su encuentro. Y la abraza.
«¿MarĂa! TĂș... CreĂa que habĂas muerto tĂș tambiĂ©n. Me habĂan dicho... ÂżCuĂĄndo?... No me acuerdo... Tengo un vacĂo en la memoria... Me habĂan dicho que habĂas muerto junto a otras muchas madres despuĂ©s de la visita de los Magos. Pero, ÂżquiĂ©n me ha dicho que eras la Madre del Salvador?».
«Quizås los pastores...».
«¥Oh, los pastores!». La mujer rompe a llorar angustiosamente. «No pronuncies esa palabra. Me recuerda la Ășltima esperanza para la vida de LevĂ... De todas formas... sĂ... un pastor me hablĂł del Salvador. Yo matĂ© a mi hijo llevĂĄndole al JordĂĄn, al lugar en que se decĂa que estaba el MesĂas; allĂ no habĂa nadie... y mi hijo volviĂł justo para morir... El cansancio, el frĂo... yo le matĂ©... a pesar de que no lo hice con voluntad asesina. Me decĂan que el MesĂas curaba las enfermedades... Por eso le llevĂ©... Ahora mi hijo me acusa de haberle matado...».
«No, Elisa; es tu pensamiento. EscĂșchame. Yo pienso, por el contrario, que tu hijo me ha tomado realmente de la mano y me ha dicho: âVe a ver a mi querida madre. Lleva contigo al Salvador. Yo estoy aquĂ mejor que en la tierra, pero ella lo Ășnico que oye es su llanto, no puede oĂr las palabras que le susurro entre besos. ÂĄPobre mamĂĄ, estĂĄ como poseĂda por un demonio que la tienta a la desesperaciĂłn porque quiere separarnos! Sin embargo, si se resigna y cree que Dios todo lo hace para bien, estaremos unidos para siempre, con mi padre y mi hermano. JesĂșs puede hacerloâ. Y he venido... con Ăl... ÂżNo quieres verle?...». MarĂa, mientras hablaba, tenĂa entre sus brazos a la desdichada mujer, y la besaba en su pelo gris, con una dulzura que sĂłlo Ella puede tener.
«¥OjalĂĄ fuera verdad! Pero, si es asĂ, Âżpor quĂ© no fue Daniel a decirte que vinieras antes?... ÂżQuiĂ©n me dijo hace tiempo que habĂas muerto? No me acuerdo... no me acuerdo... Esto fue tambiĂ©n motivo de que yo esperase quizĂĄs demasiado a ir al MesĂas. Es que habĂan dicho que habĂa muerto Ăl, tĂș, todos en BelĂ©n...».
«No te preocupes de recordar quién te lo dijo.
208.10
Ven, mira, aquĂ estĂĄ mi Hijo. AcĂ©rcate a Ăl. Contenta a tus hijos y a tu MarĂa. ÂżNo te das cuenta de que sufrimos al verte asĂ?». MarĂa la lleva a JesĂșs, que se ha puesto en un ĂĄngulo oscuro y que sĂłlo ahora se acerca a ellas, hasta una lĂĄmpara que la mujer de servicio ha colocado sobre una alta arca.
La pobre madre alza la cabeza... Veo entonces que es Elisa, la que estaba en el Calvario entre las santas mujeres. JesĂșs tiende hacia ella sus manos con un gesto de acogida que es todo amor. La desdichada combate consigo misma un poco, luego le confĂa sus manos, y luego, de golpe, se abandona sobre el pecho de JesĂșs y dice gimiendo: «¥Dime que no soy culpable de la muerte de LevĂ, dĂmelo! ÂĄDime que no los he perdido para siempre! ÂĄDime que pronto estarĂ© con ellos!...».
«SĂ, sĂ. EscĂșchame. Ellos exultan ahora que estĂĄs en mis brazos. IrĂ© pronto a ellos. ÂżQuĂ© les voy a decir?, Âżque no aceptas con resignaciĂłn la voluntad del Señor? ÂżTendrĂ© que decir esto? ÂżVan a tener que quedar en mal lugar las mujeres de Israel, las mujeres de David, tan fuertes y prudentes? No. Sufres pero es porque has sufrido sola. Tu dolor y tĂș, tĂș y el dolor. AsĂ no puede soportarse. ÂżNo recuerdas las palabras de esperanza a nuestros difuntos?: âOs sacarĂ© de los sepulcros y os conducirĂ© a la tierra de Israel, y sabrĂ©is que soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os saque de vuestros sepulcros. Cuando infunda en vosotros mi espĂritu vivirĂ©isâ[1]. La tierra de Israel, para los justos que se han dormido en el Señor, es el Reino de Dios: Yo lo abrirĂ© y se lo darĂ© a los que esperan».
«¿TambiĂ©n a mi Daniel? ÂżTambiĂ©n a mi LevĂ?... ÂĄLe daba verdadero horror la muerte!... No podĂa pensar siquiera en el hecho de estar lejos de su madre. Por eso yo querĂa morir para estar a su lado en el sepulcro...».
«No estaban en el sepulcro con su parte viva, sino con las cosas muertas que no podĂan oĂrte. Ellos estĂĄn en el lugar de espera...».
«¿Pero existe ese lugar? ÂĄOh, no te escandalices de mĂ, que mi memoria se ha disuelto en el llanto! Tengo la cabeza henchida del sonido del llanto y de los estertores de mis hijos. ÂĄEsos estertores! ÂĄEsos estertores!... Me han disuelto el cerebro. SĂłlo tengo esos estertores aquĂ dentro...».
«Pues Yo te meterĂ© ahĂ las palabras de la vida. SembrarĂ© la Vida â porque Yo soy Vida â donde ahora hay fragor de muerte. Ten presente al gran Judas Macabeo, que quiso que se ofreciera un sacrificio por los muertos, pensando acertadamente que estĂĄn destinados a resucitar y que hay que adelantarles la paz con oportunos sacrificios. Si Judas Macabeo no hubiera estado seguro de la resurrecciĂłn, ÂżhabrĂa orado por los muertos?, ÂżhabrĂa hecho que oraran por ellos? Ăl, como estĂĄ escrito, pensĂł que, a los que mueren pĂamente, les estĂĄ reservada una gran recompensa; y, sin duda, asĂ murieron tus hijos. ÂżVes como asientes? Pues Yo te digo que no te desesperes. Antes al contrario, ruega por tus muertos, para que sus pecados sean cancelados antes de mi llegada. Si es asĂ, sin mediar un instante de espera, irĂĄn conmigo al Cielo, porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, y â digo la Verdad â a quien cree en mi Verdad y me sigue, le guĂo y le doy Vida. Dime, Âżtus hijos creĂan en la venida del MesĂas?».
«SĂ, sin duda, Señor. Esta fe la habĂan aprendido de mĂ».
«¿Y LevĂ creĂa posible su curaciĂłn por un acto de mi voluntad?».
«SĂ, Señor. TenĂamos puesta en ti nuestra esperanza, pero... no ha servido... y ha muerto desconsolado despuĂ©s de tanta esperanza...». El llanto de la mujer toma nueva fuerza (mĂĄs sereno, pero, a pesar de la serenidad, mĂĄs desolado ahora que en la vehemencia de antes).
«No digas que no ha servido. Quien cree en mĂ, aunque haya muerto, vivirĂĄ eternamente...
208.11
Declina la tarde, mujer. Voy con mis apóstoles. Te dejo a mi Madre...».
«¥QuĂ©date TĂș tambiĂ©n!... Tengo miedo a que, si te marchas, me invada de nuevo ese tormento... Ahora, con el sonido de tus palabras, estĂĄ levemente empezando a calmarse la tempestad...».
«¥No temas! Tienes a MarĂa contigo. Mañana vuelvo. Tengo que decir algunas cosas a los pastores. ÂżPuedo decirles que vengan aquĂ a tu casa?...».
«¥SĂ, claro! VenĂan tambiĂ©n el año pasado, por mi hijo... DetrĂĄs de la casa hay un huerto y, mĂĄs allĂĄ, un patio rĂșstico. Pueden estar allĂ, como hacĂan cuando venĂan para que los rebaños estuvieran recogidos...».
«De acuerdo. VendrĂ©. SĂ© buena. Recuerda que en el Templo MarĂa estaba bajo tu tutela; te la confĂo tambiĂ©n esta noche».
«SĂ. Ve tranquilo. CuidarĂ© de ella... TendrĂ© que pensar en que cene y descanse... ÂĄCuĂĄnto tiempo hace que no pienso en estas cosas! ÂżMarĂa, quieres dormir en mi habitaciĂłn, como hacĂa LevĂ durante su enfermedad? Yo en la cama de mi hijo, tĂș en la mĂa. Me parecerĂĄ volver a oĂr su respiro ligero... TenĂa siempre cogida mi mano...».
«SĂ, Elisa. Y antes hablaremos de muchas cosas».
«No. Estås cansada. Tienes que dormir».
«TĂș tambiĂ©n...».
«Hace meses que no duermo... Lloro... lloro... No sé hacer otra cosa...».
«Esta noche no serĂĄ asĂ, esta noche vamos a orar, y luego nos iremos a la cama, y dormirĂĄs... Dormiremos cogidas de la mano tambiĂ©n nosotras dos. Ve, Hijo, y ora por nosotras...».
«Os bendigo. ¥La paz sea con vosotras y permanezca en esta casa!».
Y JesĂșs se marcha acompañado de la sirviente, que se ha quedado de piedra y no hace sino que repetir: «¥QuĂ© milagro, Señor, quĂ© milagro! DespuĂ©s de tantos meses, ha hablado, ha pensado... ÂĄOh, quĂ© cosa!... DecĂan que morirĂa loca... Y a mĂ me daba pena, porque es buena».
«SĂ, es buena, por eso Dios la ayudarĂĄ. AdiĂłs, mujer. Paz tambiĂ©n a ti».
JesĂșs sale a la semioscuridad de la calle y todo termina.