Notas de la palabra clave

Dolor y sufrimiento

Tema: Palabras clave principales y transversales 🌟. · PĂĄgina 10 de 12

Comodidad de lectura

ECR 185.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mas vosotros, bienquistos hombres, podrĂ­ais objetar: “¿Y por quĂ© permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?”.

Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabarĂ­ais creyĂ©ndoos autores del Bien — que en realidad es un don mĂ­o — y no os volverĂ­ais a acordar jamĂĄs de mĂ­, jamĂĄs.

TenĂ©is necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenĂ©is un Padre; como el hijo prĂłdigo, que se acordĂł de que lo tenĂ­a cuando sintiĂł hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia — causa de tantos errores — y de vuestra maldad — causa de tantos lutos y dolores —, de vuestras culpas — causa de castigo que vosotros mismos os proporcionĂĄis — y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, “vuestro” evangelio de la hora presente, pobres hijos mĂ­os. Llamadme. JesĂșs duerme sĂłlo porque estĂĄ angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré».

Detalle

El significado de la desgracia.

Palabras clave

ECR 205.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

ÂĄIrĂ© donde mi padre! Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ÂżOrgullo por quĂ©? ÂżPor quĂ© ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y mĂĄs aĂșn mi corazĂłn, pudiendo obtener perdĂłn y consuelo? IrĂ© donde mi padre. Ya estĂĄ decidido.

Palabras clave

ECR 208.7-11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Empieza el ocaso. Betsur se muestra en lo alto de su colina y, casi inmediatamente, por el camino de segundo orden que los peregrinos han tomado para ir a la ciudad, aparecen los rebaños, y los pastores, que vienen råpidos a su encuentro.

Cuando Elías ve que en el grupo estå también María, alza los brazos con gesto de asombro, y se queda así, sin atreverse a creer en lo que ve.

«La paz sea contigo, Elías. Sí, soy yo. Era una promesa y en Jerusalén no ha sido posible vernos... Pero... no te preocupes, el caso es que ahora nos vemos» dice dulcemente María.

«¥Oh! ¥Madre! ¥Madre!...». Elías no sabe qué decir. Al final encuentra las palabras: «Ahora celebro mi Pascua. Es igual... incluso mejor».

«¥Claro que sí, Elías!» confirman sus compañeros.

«Hemos hecho una buena venta y podemos matar un corderito. Venid a nuestra pobre mesa...» dice con tono de sĂșplica LevĂ­, y tambiĂ©n JosĂ©.

«Hoy estamos cansados. Mañana. Escuchad: ¿conocéis a una cierta Elisa, casada con Abraham de Samuel?».

«SĂ­. EstĂĄ en su casa de Betsur. Pero Abraham ha muerto, y, el año pasado murieron tambiĂ©n sus hijos: el primero por una enfermedad que durĂł pocas horas — nunca se ha sabido de quĂ© muriĂł —; el otro fue lentamente, pero nada logrĂł detener el mal. Nosotros le dĂĄbamos leche de cabra reciĂ©n formada porque los mĂ©dicos decĂ­an que le iba bien al enfermo. BebĂ­a mucha leche, recogida de todos los pastores, pues la pobre madre habĂ­a pedido que localizaran a quienes tuvieran en el rebaño una cabra lechal. Pero no sirviĂł de nada. Cuando volvimos al llano, el joven ya no tomaba alimento, y, cuando volvimos en Adar, habĂ­a muerto desde hacĂ­a dos lunas».

«¥Pobre amiga mía! En el Templo me tenía amor... incluso éramos un poco parientes en nuestros antecesores... Era buena... Salió dos años antes que yo del Templo para casarse con Abraham, a quien estaba prometida desde su infancia; me acuerdo de ella, cuando vino para ofrecer a su primogénito al Señor. Me avisó; no sólo a mí... pero luego quiso estar un tiempo conmigo a solas... Ahora estå sola... ¥Debo apresurarme, para consolarla! Vosotros quedaos aquí. Voy con Elías. Entraré sola. El dolor exige un ambiente respetuoso...».

«¿Yo tampoco, Madre?».

«TĂș siempre. Pero los demĂĄs... Ni siquiera tĂș, pequeñuelo, porque serĂ­a un dolor para ella. ÂĄVen, ven, JesĂșs!».

«Esperadnos en la plaza del pueblo. Buscad un alojamiento para la noche. AdiĂłs» ordena JesĂșs a todos.

208.8

Y, sĂłlo con ElĂ­as, JesĂșs y su Madre caminan hasta una casa grande, completamente cerrada y silenciosa. El pastor llama con su cayado. Una sierva asoma su cabeza a una pequeña ventana y pregunta que quiĂ©n ha llamado.

María se adelanta y responde: «María de Joaquín, y su Hijo, de Nazaret. Díselo a la señora».

«Es inĂștil. No quiere ver a nadie. No hace sino llorar esperando la muerte».

«Inténtalo».

«No. Ya sé cómo me va a rechazar si trato de distraerla. No quiere a nadie a su lado, no quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie; sólo habla con el propio recuerdo de sus hijos».

«Ve, mujer. Te lo ordeno. Dile: “EstĂĄ afuera la pequeña MarĂ­a de Nazaret, la que era como una hija para ti en el Templo...”. VerĂĄs como me quiere recibir».

La mujer se marcha meneando la cabeza.

MarĂ­a explica a su Hijo y al pastor: «Elisa era bastante mayor que yo. Estaba en el Templo esperando el regreso de su prometido, que habĂ­a ido a Egipto por asuntos de una herencia; por eso estuvo en el Templo hasta una edad no comĂșn. Tiene casi diez años mĂĄs que yo. Las maestras acostumbraban a asignar a las pequeñas a alumnas adultas para que las guiaran... Ella fue mi compañera-maestra. Era buena y... ÂĄAh, ahĂ­ estĂĄ la mujer!».

Efectivamente, la sirvienta ha vuelto sin pérdida de tiempo, asombrada, y ha abierto de par en par la puerta de la entrada: «¥Entra, entra!» dice. Luego, bajando la voz, añade: «Bendita seas por hacerla salir de esa habitación».

ElĂ­as se despide de MarĂ­a y su Hijo, que entran.

«Pero este hombre, verdaderamente... ¥sería inhumano!... ¥tiene la edad de Leví!...».

«Déjale entrar. Es mi Hijo y la consolarå mås que yo».

La mujer se encoge de hombros y los precede por el largo corredor de una casa que es bonita pero se siente triste: todo estĂĄ limpio, mas todo parece muerto...

208.9

Una mujer alta, aunque camina curvada, vestida de oscuro, viene hacia ellos en la penumbra del vestĂ­bulo.

«¥Elisa, amiga mía, soy María!» dice María mientras corre a su encuentro. Y la abraza.

«¿MarĂ­a! TĂș... CreĂ­a que habĂ­as muerto tĂș tambiĂ©n. Me habĂ­an dicho... ÂżCuĂĄndo?... No me acuerdo... Tengo un vacĂ­o en la memoria... Me habĂ­an dicho que habĂ­as muerto junto a otras muchas madres despuĂ©s de la visita de los Magos. Pero, ÂżquiĂ©n me ha dicho que eras la Madre del Salvador?».

«Quizås los pastores...».

«¥Oh, los pastores!». La mujer rompe a llorar angustiosamente. «No pronuncies esa palabra. Me recuerda la Ășltima esperanza para la vida de LevĂ­... De todas formas... sĂ­... un pastor me hablĂł del Salvador. Yo matĂ© a mi hijo llevĂĄndole al JordĂĄn, al lugar en que se decĂ­a que estaba el MesĂ­as; allĂ­ no habĂ­a nadie... y mi hijo volviĂł justo para morir... El cansancio, el frĂ­o... yo le matĂ©... a pesar de que no lo hice con voluntad asesina. Me decĂ­an que el MesĂ­as curaba las enfermedades... Por eso le llevĂ©... Ahora mi hijo me acusa de haberle matado...».

«No, Elisa; es tu pensamiento. EscĂșchame. Yo pienso, por el contrario, que tu hijo me ha tomado realmente de la mano y me ha dicho: “Ve a ver a mi querida madre. Lleva contigo al Salvador. Yo estoy aquĂ­ mejor que en la tierra, pero ella lo Ășnico que oye es su llanto, no puede oĂ­r las palabras que le susurro entre besos. ÂĄPobre mamĂĄ, estĂĄ como poseĂ­da por un demonio que la tienta a la desesperaciĂłn porque quiere separarnos! Sin embargo, si se resigna y cree que Dios todo lo hace para bien, estaremos unidos para siempre, con mi padre y mi hermano. JesĂșs puede hacerlo”. Y he venido... con Él... ÂżNo quieres verle?...». MarĂ­a, mientras hablaba, tenĂ­a entre sus brazos a la desdichada mujer, y la besaba en su pelo gris, con una dulzura que sĂłlo Ella puede tener.

«¥OjalĂĄ fuera verdad! Pero, si es asĂ­, Âżpor quĂ© no fue Daniel a decirte que vinieras antes?... ÂżQuiĂ©n me dijo hace tiempo que habĂ­as muerto? No me acuerdo... no me acuerdo... Esto fue tambiĂ©n motivo de que yo esperase quizĂĄs demasiado a ir al MesĂ­as. Es que habĂ­an dicho que habĂ­a muerto Él, tĂș, todos en BelĂ©n...».

«No te preocupes de recordar quién te lo dijo.

208.10

Ven, mira, aquĂ­ estĂĄ mi Hijo. AcĂ©rcate a Él. Contenta a tus hijos y a tu MarĂ­a. ÂżNo te das cuenta de que sufrimos al verte asĂ­?». MarĂ­a la lleva a JesĂșs, que se ha puesto en un ĂĄngulo oscuro y que sĂłlo ahora se acerca a ellas, hasta una lĂĄmpara que la mujer de servicio ha colocado sobre una alta arca.

La pobre madre alza la cabeza... Veo entonces que es Elisa, la que estaba en el Calvario entre las santas mujeres. JesĂșs tiende hacia ella sus manos con un gesto de acogida que es todo amor. La desdichada combate consigo misma un poco, luego le confĂ­a sus manos, y luego, de golpe, se abandona sobre el pecho de JesĂșs y dice gimiendo: «¥Dime que no soy culpable de la muerte de LevĂ­, dĂ­melo! ÂĄDime que no los he perdido para siempre! ÂĄDime que pronto estarĂ© con ellos!...».

«SĂ­, sĂ­. EscĂșchame. Ellos exultan ahora que estĂĄs en mis brazos. IrĂ© pronto a ellos. ÂżQuĂ© les voy a decir?, Âżque no aceptas con resignaciĂłn la voluntad del Señor? ÂżTendrĂ© que decir esto? ÂżVan a tener que quedar en mal lugar las mujeres de Israel, las mujeres de David, tan fuertes y prudentes? No. Sufres pero es porque has sufrido sola. Tu dolor y tĂș, tĂș y el dolor. AsĂ­ no puede soportarse. ÂżNo recuerdas las palabras de esperanza a nuestros difuntos?: “Os sacarĂ© de los sepulcros y os conducirĂ© a la tierra de Israel, y sabrĂ©is que soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os saque de vuestros sepulcros. Cuando infunda en vosotros mi espĂ­ritu vivirĂ©is”[1]. La tierra de Israel, para los justos que se han dormido en el Señor, es el Reino de Dios: Yo lo abrirĂ© y se lo darĂ© a los que esperan».

«¿También a mi Daniel? ¿También a mi Leví?... ¥Le daba verdadero horror la muerte!... No podía pensar siquiera en el hecho de estar lejos de su madre. Por eso yo quería morir para estar a su lado en el sepulcro...».

«No estaban en el sepulcro con su parte viva, sino con las cosas muertas que no podían oírte. Ellos estån en el lugar de espera...».

«¿Pero existe ese lugar? ¥Oh, no te escandalices de mí, que mi memoria se ha disuelto en el llanto! Tengo la cabeza henchida del sonido del llanto y de los estertores de mis hijos. ¥Esos estertores! ¥Esos estertores!... Me han disuelto el cerebro. Sólo tengo esos estertores aquí dentro...».

«Pues Yo te meterĂ© ahĂ­ las palabras de la vida. SembrarĂ© la Vida — porque Yo soy Vida — donde ahora hay fragor de muerte. Ten presente al gran Judas Macabeo, que quiso que se ofreciera un sacrificio por los muertos, pensando acertadamente que estĂĄn destinados a resucitar y que hay que adelantarles la paz con oportunos sacrificios. Si Judas Macabeo no hubiera estado seguro de la resurrecciĂłn, ÂżhabrĂ­a orado por los muertos?, ÂżhabrĂ­a hecho que oraran por ellos? Él, como estĂĄ escrito, pensĂł que, a los que mueren pĂ­amente, les estĂĄ reservada una gran recompensa; y, sin duda, asĂ­ murieron tus hijos. ÂżVes como asientes? Pues Yo te digo que no te desesperes. Antes al contrario, ruega por tus muertos, para que sus pecados sean cancelados antes de mi llegada. Si es asĂ­, sin mediar un instante de espera, irĂĄn conmigo al Cielo, porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, y — digo la Verdad — a quien cree en mi Verdad y me sigue, le guĂ­o y le doy Vida. Dime, Âżtus hijos creĂ­an en la venida del MesĂ­as?».

«Sí, sin duda, Señor. Esta fe la habían aprendido de mí».

«¿Y Leví creía posible su curación por un acto de mi voluntad?».

«Sí, Señor. Teníamos puesta en ti nuestra esperanza, pero... no ha servido... y ha muerto desconsolado después de tanta esperanza...». El llanto de la mujer toma nueva fuerza (mås sereno, pero, a pesar de la serenidad, mås desolado ahora que en la vehemencia de antes).

«No digas que no ha servido. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirå eternamente...

208.11

Declina la tarde, mujer. Voy con mis apóstoles. Te dejo a mi Madre...».

«¥QuĂ©date TĂș tambiĂ©n!... Tengo miedo a que, si te marchas, me invada de nuevo ese tormento... Ahora, con el sonido de tus palabras, estĂĄ levemente empezando a calmarse la tempestad...».

«¥No temas! Tienes a María contigo. Mañana vuelvo. Tengo que decir algunas cosas a los pastores. ¿Puedo decirles que vengan aquí a tu casa?...».

«¥SĂ­, claro! VenĂ­an tambiĂ©n el año pasado, por mi hijo... DetrĂĄs de la casa hay un huerto y, mĂĄs allĂĄ, un patio rĂșstico. Pueden estar allĂ­, como hacĂ­an cuando venĂ­an para que los rebaños estuvieran recogidos...».

«De acuerdo. Vendré. Sé buena. Recuerda que en el Templo María estaba bajo tu tutela; te la confío también esta noche».

«SĂ­. Ve tranquilo. CuidarĂ© de ella... TendrĂ© que pensar en que cene y descanse... ÂĄCuĂĄnto tiempo hace que no pienso en estas cosas! ÂżMarĂ­a, quieres dormir en mi habitaciĂłn, como hacĂ­a LevĂ­ durante su enfermedad? Yo en la cama de mi hijo, tĂș en la mĂ­a. Me parecerĂĄ volver a oĂ­r su respiro ligero... TenĂ­a siempre cogida mi mano...».

«Sí, Elisa. Y antes hablaremos de muchas cosas».

«No. Estås cansada. Tienes que dormir».

«TĂș tambiĂ©n...».

«Hace meses que no duermo... Lloro... lloro... No sé hacer otra cosa...».

«Esta noche no serå así, esta noche vamos a orar, y luego nos iremos a la cama, y dormirås... Dormiremos cogidas de la mano también nosotras dos. Ve, Hijo, y ora por nosotras...».

«Os bendigo. ¥La paz sea con vosotras y permanezca en esta casa!».

Y JesĂșs se marcha acompañado de la sirviente, que se ha quedado de piedra y no hace sino que repetir: «¥QuĂ© milagro, Señor, quĂ© milagro! DespuĂ©s de tantos meses, ha hablado, ha pensado... ÂĄOh, quĂ© cosa!... DecĂ­an que morirĂ­a loca... Y a mĂ­ me daba pena, porque es buena».

«Sí, es buena, por eso Dios la ayudarå. Adiós, mujer. Paz también a ti».

JesĂșs sale a la semioscuridad de la calle y todo termina.

Detalle

El caso de una madre que ha perdido a sus dos hijos por enfermedad. JesĂșs viene a consolarla con la Virgen MarĂ­a.

AnotaciĂłn

Elise era mucho mayor que yo. Unos diez años. Así que tiene unos sesenta.

Cuando volvimos, en el mes de Adar, llevaba muerto dos lunas. Addar es en febrero/marzo.

¿No has tenido presentes las palabras de esperanza sobre aquellos a quienes la muerte nos ha arrebatado? "Os sacaré de vuestros sepulcros y os haré volver a la tierra de Israel. Entonces sabréis que yo soy el Señor, cuando abra vuestras tumbas y os levante de vuestros sepulcros. Pondré mi espíritu dentro de ustedes y vivirån. " Véase Ezequiel 37:11-14 mås abajo.

Recordad al gran Judas Macabeo, que quiso hacer un sacrificio por los muertos, porque pensaba con razón que estaban destinados a resucitar y que había que acelerar para ellos la hora de la paz mediante sacrificios oportunos. Si Judas Macabeo no hubiera estado seguro de la resurrección, ¿habría rezado y hecho rezar por los muertos? Porel contrario, como estå escrito, pensaba que se reservaba una gran recompensa a los que mueren piadosamente, como seguramente hicieron vuestros hijos.. . Véase mås adelante el segundo libro de los Macabeos 12, 43-46.

Libro de Ezequiel 37, 11-14

Ezequiel 37, 11-14: Y me dijo: "Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. He aquí que dicen: 'Nuestros huesos estån secos, nuestra esperanza estå muerta, estamos perdidos. Por tanto, profetiza y diles: "Así dice el Señor Yahvé: 'He aquí que yo abro vuestros sepulcros y os resucitaré de vuestras tumbas, pueblo mío, y os haré volver a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Yahvé cuando abra vuestras tumbas y os levante de vuestros sepulcros, pueblo mío. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y viviréis; y os daré descanso en vuestra tierra, y sabréis que yo, Yahvé, digo y hago, ¥oråculo de Yahvé!".

Segundo libro de los Macabeos 12, 43-45

2 M 12, 43-46 : Luego, habiendo reunido la suma de dos mil dracmas, la enviĂł a JerusalĂ©n para que sirviera de sacrificio expiatorio. Bonita y noble acciĂłn, inspirada por el pensamiento de la resurrecciĂłn. Pues si no hubiera creĂ­do que los soldados muertos en batalla resucitarĂ­an, habrĂ­a sido inĂștil y vano rezar por los muertos. 45 AdemĂĄs, consideraba que a los que se duermen en la piedad les estĂĄ reservada una muy buena recompensa, y Ă©ste es un pensamiento santo y piadoso. Por eso hizo este sacrificio expiatorio por los muertos, para que fueran liberados de sus pecados.

Palabras clave

ECR 208.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Sufres pero es porque has sufrido sola. Tu dolor y tĂș, tĂș y el dolor. AsĂ­ no puede soportarse. ÂżNo recuerdas las palabras de esperanza a nuestros difuntos?: “Os sacarĂ© de los sepulcros y os conducirĂ© a la tierra de Israel, y sabrĂ©is que soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os saque de vuestros sepulcros. Cuando infunda en vosotros mi espĂ­ritu vivirĂ©is”. La tierra de Israel, para los justos que se han dormido en el Señor, es el Reino de Dios: Yo lo abrirĂ© y se lo darĂ© a los que esperan.

Detalle

JesĂșs habla a una madre viuda afligida por la muerte de sus dos hijos.

Palabras clave

ECR 209.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«La paz sea con vosotros.

Ayer he oĂ­do hablar a dos personas muy desdichadas: el uno, en la aurora de la vida; la otra, en el ocaso: dos almas que lloraban su desolaciĂłn. Y he llorado en mi corazĂłn con ellos, al ver cuĂĄnto dolor hay en la tierra, y cĂłmo sĂłlo Dios lo puede aliviar, sĂłlo el conocimiento exacto de Dios, de su grandeza e infinita bondad, de su constante presencia y sus promesas. He visto cĂłmo el hombre puede ser torturado por sus semejantes y cĂłmo la muerte le puede arrastrar a estados de desolaciĂłn en los que SatanĂĄs trabaja para aumentar el dolor y devastar. Entonces me he dicho: “No deben sufrir los hijos de los hombres esta tortura añadida a las otras torturas. Demos el conocimiento de Dios a quien no lo tiene, devolvĂĄmoselo a quien lo ha olvidado en medio de tempestades de dolor”. Pero tambiĂ©n he visto cĂłmo Yo solo no doy abasto a cubrir las infinitas necesidades de mis hermanos; y he decidido llamar a muchos, para que todos los que tienen necesidad del consuelo del conocimiento de Dios lo puedan recibir.

Estos doce son los primeros; son segundos Cristos, y, como tales, capaces de conducir a mĂ­, y, por tanto, al consuelo, a todos los que se sienten oprimidos bajo pesos de dolor demasiado grandes. En verdad os digo: Venid a mĂ­ los que estĂ©is afligidos, desazonados, los que tengĂĄis el corazĂłn herido o estĂ©is cansados, que compartirĂ© con vosotros vuestro dolor y os darĂ© paz; venid a travĂ©s de mis apĂłstoles, a travĂ©s de mis discĂ­pulos y discĂ­pulas, que cada dĂ­a aumentan con nuevas personas voluntariosas: encontrarĂ©is consuelo en vuestras penas, compañía en vuestras soledades, el amor de vuestros hermanos con que olvidar el odio del mundo; encontrarĂ©is, por encima de todos, consolador por encima de todos, compañero perfecto, el amor de Dios; ya no dudarĂ©is de nada; no volverĂ©is a decir: “¡Todo estĂĄ acabado para mĂ­!”, sino: “Ahora todo empieza para mĂ­ en un mundo sobrenatural que cancela toda distancia y separaciĂłn”; y los hijos huĂ©rfanos volverĂĄn a unirse con sus padres, ya sublimados en el seno de Abraham, y padres y madres, esposas y viudos, encontrarĂĄn a los hijos o al consorte perdidos.

209.6

En esta tierra de Judea, no lejos de BelĂ©n de NoemĂ­, os recuerdo que el amor alivia el dolor y devuelve la alegrĂ­a. Pensad, vosotros que llorĂĄis, en la desolaciĂłn de NoemĂ­ despuĂ©s de que su casa se hubo quedado sin hombres. Escuchad sus palabras de desconsolado adiĂłs a OrpĂĄ y Rut: “Volved a casa de vuestra madre. El Señor se muestre misericordioso con vosotras, como vosotras lo habĂ©is sido con los que han muerto y conmigo...”. Escuchad cĂłmo no se cansaba de insistir. La que habĂ­a sido NoemĂ­, la bella, y que ahora no era sino la desdichada NoemĂ­, quebrantada por el dolor, ya no esperaba nada de la vida; solamente querĂ­a volver, para morir, a los lugares en que habĂ­a sido feliz, cuando era joven, rodeada del amor de su marido y de los besos de sus hijos. DecĂ­a: “Marchaos, marchaos. Es inĂștil que vengĂĄis conmigo... Yo soy como una muerta... Mi vida ya no estĂĄ aquĂ­, sino allĂĄ, al otro lado de la vida, donde ellos estĂĄn. Dejad ya de sacrificar vuestra juventud al lado de una cosa que muere, porque realmente yo soy ‘una cosa’. Todo me resulta indiferente. Dios ha tomado todo lo que tenĂ­a... Soy pura angustia y sĂłlo angustia os acarrearĂ­a... y ello pesarĂ­a en mi corazĂłn, y el Señor me pedirĂ­a cuentas — Él, que tanto ha descargado su mano sobre mí—; porque teneros a vosotras, que vivĂ­s, junto a mĂ­, que estoy muerta, serĂ­a egoĂ­smo. Id con vuestras madres...”.

Pero Rut se quedĂł, como apoyo de la doliente vejez. Rut habĂ­a comprendido que siempre hay dolores mayores que el propio, y que su pena de joven viuda era mĂĄs ligera que la de esta mujer que habĂ­a perdido a sus dos hijos ademĂĄs del marido. De la misma forma, el dolor del niño huĂ©rfano que se ve obligado a vivir mendigando, privado ya de caricias, privado ya de buenos consejos, es mucho mayor que el de la madre que ha sido despojada para siempre de sus hijos. De la misma forma, el dolor de quien, por diversos motivos, llega a odiar al gĂ©nero humano y ve en todos los hombres un enemigo de quien defenderse y a quien temer, es aĂșn mayor que los otros dolores, porque envuelve no sĂłlo carne, sangre y mente, sino tambiĂ©n al espĂ­ritu con sus deberes y derechos sobrenaturales y le lleva a la perdiciĂłn.

ÂĄCuĂĄntas madres sin hijos para los hijos sin madres hay en el mundo! ÂĄCuĂĄntas viudas sin descendencia, para que ejerzan su piedad para con los ancianos solitarios! ÂĄCuĂĄntos han sido privados de amor para que se den enteramente a los infelices, con su necesidad de amar, y combatan asĂ­ el odio, dando, dando, dando amor a la Humanidad infeliz, que sufre cada vez mĂĄs porque cada vez odia mĂĄs!

209.7

El dolor es cruz, pero tambiĂ©n es ala. El luto despoja, pero para volver a vestir. ÂĄAlzaos, vosotros que llorĂĄis! ÂĄAbrid los ojos, abandonad pesadillas, tinieblas y egoĂ­smos! Mirad... el mundo es la landa donde se llora y se muere. El mundo suplica auxilio por boca de huĂ©rfanos y enfermos, por boca de los que viven en soledad, de los que vacilan, por boca de los que viven prisioneros del rencor por causa de una traiciĂłn o de un acto de crueldad. Id a estos que gritan. ÂĄOlvidaos entre los olvidados! ÂĄSanad entre los enfermos! ÂĄEsperad entre los desesperados! El mundo estĂĄ abierto a las buenas voluntades que desean servir a Dios en el prĂłjimo y conquistarse el Cielo: uniĂłn con Dios, reuniĂłn con aquellos cuya ausencia lloramos. AquĂ­ nos ejercitamos, allĂ­ serĂĄ la victoria. Venid. Estad cerca de todos los dolores, como Rut. Decid tambiĂ©n vosotros: “EstarĂ© con vosotros hasta la muerte”. Persistid aunque oigĂĄis esta respuesta de los desgraciados que se consideran insanables: “No me llamĂ©is ya NoemĂ­, llamadme MarĂĄ, porque Dios me ha colmado de amargura”. En verdad os digo que un dĂ­a, por vuestra persistencia, estas calamidades exclamarĂĄn: “Bendito sea el Señor, que me ha liberado de la amargura, de la desolaciĂłn, de la soledad, por obra de una criatura que ha sabido hacer que su dolor diera un fruto bueno; que Dios la bendiga eternamente por haberme salvado”.

Fijaos: aquella buena acción de Rut hacia Noemí dio al Mesías al mundo, porque de David de Jesé, de Jesé de Obed, viene el Mesías, como Obed de Booz, Booz de Salmón, Salmón de Naassón, Naassón de Aminadab, Aminadab de Aram, Aram de Esrom, Esrom de Fares, para poblar los campos de Belén, preparando los antepasados del Señor: toda buena acción es origen de cosas grandes, que ni siquiera os imaginåis; el esfuerzo de uno contra su propio egoísmo puede provocar una ola de amor tal, que puede subir, subir, llevando entre su transparencia a aquel que la provocó, hasta conducirle a los pies del altar, al corazón de Dios.

Que Dios os conceda la paz».

Y JesĂșs, sin volver al jardĂ­n por la puertecita abierta en el seto, vigila para que nadie se acerque a Ă©ste — del otro lado proviene un largo llanto... Y espera a que todos los de Betsur se hayan marchado para alejarse acompañado de los suyos sin turbar ese llanto saludable...

Detalle

El nĂșcleo de esta predicaciĂłn se condensa en la siguiente nota.

AnotaciĂłn

Ayer escuché hablar a dos grandes desgraciados, uno en el alba de la vida, el otro en su ocaso: son dos almas hechas a llorar por el peso de su desgracia. Son Marziam(EMV208,1-4) y Elisa(EMV 208,7-11). Este discurso se dirige a ambas.

En verdad os digo: Venid a mí todos los que eståis afligidos y disgustados, todos los que eståis pusilånimes y cansados; yo compartiré vuestro dolor y os traeré la paz. Cf. mås adelante Mateo 11, 28-29.

Es en esta tierra de Judea, todavía cerca de la Belén de Noemí, donde os recuerdo cómo el amor alivia el dolor y trae la alegría. Cf. el libro de Rut, cap. 1, 1-22.

El MesĂ­as desciende de David, que desciende de JesĂ©, a su vez descendiente de Jobed, y Jobed de Booz y Rut. Booz de SalmĂłn, SalmĂłn de NaasĂłn, NaasĂłn de Aminadab, Aminadab de Aram, Aram de EsrĂłn, EsrĂłn de Fares. Esta es la genealogĂ­a de JesĂșs. Cf. Mateo 1, 1-16 y Lucas 3, 23-38 mĂĄs abajo.

Evangelio de Mateo 11, 28-29

Mt 11, 28-29 : Venid a mí todos los que eståis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fåcil y mi carga ligera.

Libro de Rut 1, 1-22

Rt 1, 1-22 : En los días en que gobernaban los jueces, hubo hambre en el país. Un hombre de Belén de Judå se fue con su mujer y sus dos hijos a vivir a los campos de Moab. El hombre se llamaba Elimelec, y el nombre de su esposa era Noemí, y los nombres de sus dos hijos eran Mahalón y Quelón; eran efrateos de Belén de Judå. Fueron a los campos de Moab y se establecieron allí.

Cuando murió Elimelec, el marido de Noemí, ésta se quedó sola con sus dos hijos. Tomaron esposas moabitas, una de las cuales se llamaba Orfa y la otra Rut, y vivieron allí unos diez años. Murieron también Mahalón y Queljón, y la mujer se quedó sin sus dos hijos y sin su marido. Entonces se levantó, ella y sus nueras, y abandonó los campos de Moab, porque había oído decir en el país de Moab que Yahvé había visitado a su pueblo y le había dado pan. Así que ella y sus dos nueras salieron del lugar donde se había establecido, y se pusieron en camino para regresar a la tierra de Judå. Noemí dijo a sus dos nueras: "Id y volved cada una a casa de su madre. Que el Señor sea benévolo con ustedes, como lo fue conmigo y con los que murieron. Que el Señor haga que cada una encuentre descanso en la casa de su esposo. Y las besó. Ellas alzaron la voz y lloraron, y le dijeron: "No; volveremos contigo a tu pueblo". Noemí dijo: "Volveos, hijas mías; ¿para qué habéis de venir conmigo? ¿Todavía tengo hijos en mi vientre que puedan ser vuestros maridos? Volved, hijas mías, volved. Soy demasiado vieja para volver a casarme. Y cuando digo: tengo esperanza; cuando esta misma noche me casara y tuviera hijos, ¿esperaríais a que crecieran? ¿os abstendríais por eso de volver a casaros? No, hijas mías. Es muy amargo para mí, por vuestra culpa, que la mano de Yahvé haya descendido sobre mí. Y, alzando la voz, volvieron a llorar. Entonces Orfa besó a su suegra, pero Rut se aferró a ella.

NoemĂ­ dijo a Rut: "He aquĂ­ que tu cuñada ha vuelto con su pueblo y con su dios; vuelve con tu cuñada". Rut respondiĂł: "No me presiones para que te deje cuando me aleje de ti. Donde tĂș vayas, irĂ© yo; donde tĂș habites, habitarĂ© yo; tu pueblo serĂĄ mi pueblo, y tu Dios serĂĄ mi Dios; donde tĂș mueras, morirĂ© yo y allĂ­ serĂ© enterrada. ÂĄQue YahvĂ© me trate con dureza si algo que no sea la muerte me separa de ti! Al ver que Rut estaba decidida a acompañarla, NoemĂ­ puso fin a sus sĂșplicas.

Las dos siguieron su camino hasta llegar a Belén. Cuando entraron en Belén, todo el pueblo se conmovió con ellas, y las mujeres dijeron: "¿Es ésta Noemí? "20Ella les respondió: "No me llaméis Noemí; llamadme Marah, porque el Todopoderoso me ha amargado. Me fui con las manos llenas, y Yahvé me trae de vuelta con las manos vacías. ¿Por qué has de llamarme Noemí, después de que Yahvé ha testificado contra mí y el Todopoderoso me ha afligido?".

Así que Noemí regresó, y con ella su nuera, Rut la moabita, que había venido de los campos de Moab. Llegaron a Belén al comienzo de la siega de la cebada.

Evangelio de Mateo 1, 1-16

Mt 1, 1-16 : Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judå y a sus hermanos; Judå de Tamar engendró a Fares y a Zara; Fares engendró a Esrón; Esrón engendró a Aram; Aram engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Naasón; Naasón engendró a Salmón; Salmón de Rahab engendró a Booz; Booz de Rut engendró a Obed; Obed engendró a Jesé; Jesé engendró al rey David.

David engendró a Salomón, de la mujer de Urías; Salomón engendró a Roboam; Roboam engendró a Abías; Abías engendró a Asa; Asa engendró a Josafat; Josafat engendró a Joram; Joram engendró a Uzías; 9 Uzías engendró a Joatån; Joatån fue padre de Acaz; Acaz fue padre de Ezequías; Ezequías fue padre de Manasés; Manasés fue padre de Amón; Amón fue padre de Josías; Josías fue padre de Jeconías y de sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia.

Y despuĂ©s de la deportaciĂłn a Babilonia, JeconĂ­as fue padre de Salatiel; Salatiel fue padre de Zorobabel; Zorobabel fue padre de Abiud; Abiud fue padre de Eliacim; Eliacim fue padre de Azor; Azor fue padre de Sadoc; Sadoc engendrĂł a Achim; Achim engendrĂł a Éliud; Éliud engendrĂł a ElĂ©azar; ElĂ©azar engendrĂł a Mathan; Mathan engendrĂł a Jacob; Y Jacob engendrĂł a JosĂ©, esposo de MarĂ­a, de quien naciĂł JesĂșs, llamado Cristo.

Evangelio de Lucas 3, 23-38

Lc 3, 23-38: JesĂșs tenĂ­a unos treinta años cuando comenzĂł su ministerio; Era hijo de JosĂ©, hijo de HelĂ­, hijo de Matat, hijo de LevĂ­, hijo de MelchĂź, hijo de Janna, hijo de JosĂ©, hijo de MatatĂ­as, hijo de AmĂłs, hijo de Nahum, hijo de Hesli, hijo de Nagge, hijo de Maat hijo de Joanan, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salathiel, hijo de Neri, hijo de Melchi, hijo de Addi, hijo de Cosam, hijo de Elmadam, hijo de Her, hijo de JesĂșs, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Matthat, hijo de Levi, hijo de SimeĂłn, hijo de JudĂĄ, hijo de JosĂ©, hijo de Jonan, hijo de Eliakim, hijo de Melea, hijo de Menna, hijo de MatatĂĄ, hijo de NatĂĄn, hijo de David, hijo de JesĂ©, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de SalmĂłn, hijo de NaasĂłn, hijos de Aminadab, hijo de Aram, hijo de EsrĂłn, hijo de Fares, hijo de Judas, hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Tare, hijo de Nahor, hijo de Sarug, hijo de Reu, hijo de Faleg, hijo de Heber, hijo de SalĂ©, hijo de CainĂĄn, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de NoĂ©, hijo de Lamec, hijo de Mathusaleh, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de Malaleel, hijo de CainĂĄn, hijo de EnĂłs, hijo de Set, hijo de AdĂĄn, hijo de Dios.

Palabras clave

ECR 209.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El dolor del niño huĂ©rfano que se ve obligado a vivir mendigando, privado ya de caricias, privado ya de buenos consejos, es mucho mayor que el de la madre que ha sido despojada para siempre de sus hijos. De la misma forma, el dolor de quien, por diversos motivos, llega a odiar al gĂ©nero humano y ve en todos los hombres un enemigo de quien defenderse y a quien temer, es aĂșn mayor que los otros dolores, porque envuelve no sĂłlo carne, sangre y mente, sino tambiĂ©n al espĂ­ritu con sus deberes y derechos sobrenaturales y le lleva a la perdiciĂłn.

Palabras clave

ECR 209.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El dolor es cruz, pero tambiĂ©n es ala. El luto despoja, pero para volver a vestir. ÂĄAlzaos, vosotros que llorĂĄis! ÂĄAbrid los ojos, abandonad pesadillas, tinieblas y egoĂ­smos! Mirad... el mundo es la landa donde se llora y se muere. El mundo suplica auxilio por boca de huĂ©rfanos y enfermos, por boca de los que viven en soledad, de los que vacilan, por boca de los que viven prisioneros del rencor por causa de una traiciĂłn o de un acto de crueldad. Id a estos que gritan. ÂĄOlvidaos entre los olvidados! ÂĄSanad entre los enfermos! ÂĄEsperad entre los desesperados! El mundo estĂĄ abierto a las buenas voluntades que desean servir a Dios en el prĂłjimo y conquistarse el Cielo: uniĂłn con Dios, reuniĂłn con aquellos cuya ausencia lloramos. AquĂ­ nos ejercitamos, allĂ­ serĂĄ la victoria. Venid. Estad cerca de todos los dolores, como Rut. Decid tambiĂ©n vosotros: “EstarĂ© con vosotros hasta la muerte”. Persistid aunque oigĂĄis esta respuesta de los desgraciados que se consideran insanables: “No me llamĂ©is ya NoemĂ­, llamadme MarĂĄ, porque Dios me ha colmado de amargura”. En verdad os digo que un dĂ­a, por vuestra persistencia, estas calamidades exclamarĂĄn: “Bendito sea el Señor, que me ha liberado de la amargura, de la desolaciĂłn, de la soledad, por obra de una criatura que ha sabido hacer que su dolor diera un fruto bueno; que Dios la bendiga eternamente por haberme salvado”.

AnotaciĂłn

Si estos desgraciados que se creen incurables te dicen: "No me llames mĂĄs NoemĂ­, sino Mara, porque Dios me ha llenado de amargura", persiste. Cf. Rut 1, 1-22.

Libro de Rut 1, 1-22

Rut 1, 1-22 : En los días en que gobernaban los jueces, hubo hambre en la tierra. Un hombre de Belén de Judå se fue con su mujer y sus dos hijos a vivir a los campos de Moab. El hombre se llamaba Elimelec, y el nombre de su esposa era Noemí, y los nombres de sus dos hijos eran Mahalón y Quelón; eran efrateos de Belén de Judå. Fueron a los campos de Moab y se establecieron allí.

Cuando murió Elimelec, el marido de Noemí, ésta se quedó sola con sus dos hijos; tomaron esposas moabitas, una de las cuales se llamaba Orfa y la otra Rut, y vivieron allí unos diez años. También murieron Mahalón y Queljón, y la mujer se quedó sin sus dos hijos y sin su marido. Entonces ella y sus nueras se levantaron y salieron de los campos de Moab, porque había oído decir en el país de Moab que el Señor había visitado a su pueblo y le había dado pan. Así que ella y sus dos nueras salieron del lugar donde se había establecido, y se pusieron en camino para regresar a la tierra de Judå. Noemí dijo a sus dos nueras: "Id y volved cada una a casa de su madre. Que el Señor sea bondadoso con ustedes, como lo fue conmigo y con los que murieron. Que el Señor haga que cada una encuentre descanso en la casa de su esposo. Y las besó. Ellas alzaron la voz y lloraron, y le dijeron: "No; volveremos contigo a tu pueblo". Noemí dijo: "Volveos, hijas mías; ¿para qué habéis de venir conmigo? ¿Acaso tengo todavía hijos en mi vientre que puedan ser vuestros maridos? Volved, hijas mías, volved. Soy demasiado vieja para volver a casarme. Y cuando digo: tengo esperanza; cuando esta misma noche me casara y tuviera hijos, ¿esperaríais a que crecieran? ¿os abstendríais por eso de volver a casaros? No, hijas mías. Es muy amargo para mí, por vuestra culpa, que la mano de Yahvé haya descendido sobre mí. Y, alzando la voz, volvieron a llorar. Entonces Orfa besó a su suegra, pero Rut se aferró a ella.

NoemĂ­ dijo a Rut: "He aquĂ­ que tu cuñada ha vuelto con su pueblo y con su dios; vuelve con tu cuñada". Rut respondiĂł: "No me presiones para que te deje cuando me aleje de ti. Donde tĂș vayas, irĂ© yo; donde tĂș habites, habitarĂ© yo; tu pueblo serĂĄ mi pueblo, y tu Dios serĂĄ mi Dios; donde tĂș mueras, morirĂ© yo y allĂ­ serĂ© enterrada. ÂĄQue YahvĂ© me trate con dureza si algo que no sea la muerte me separa de ti! Al ver que Rut estaba decidida a acompañarla, NoemĂ­ puso fin a sus sĂșplicas.

Las dos siguieron su camino hasta llegar a Belén. Cuando entraron en Belén, todo el pueblo se conmovió con ellas, y las mujeres dijeron: "¿Es ésta Noemí? "20Ella les respondió: "No me llaméis Noemí; llamadme Marah, porque el Todopoderoso me ha amargado. Me fui con las manos llenas, y Yahvé me trae de vuelta con las manos vacías. ¿Por qué has de llamarme Noemí, después de que Yahvé ha testificado contra mí y el Todopoderoso me ha afligido?".

Así que Noemí regresó, y con ella su nuera, Rut la moabita, que había venido de los campos de Moab. Llegaron a Belén al comienzo de la siega de la cebada.

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ECR 212.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Cristo se refugia en los corazones fieles, y desde allĂ­ mira, habla, bendice a la Humanidad, y luego... y luego se da a estos corazones, y ellos... y ellos, aunque permanezcan aquĂ­, tocan el Cielo beato, y arden hasta el punto de que todo su ser sufre un delicioso tormento: los sentidos, los Ăłrganos, los sentimientos, el pensamiento y, en fin, el espĂ­ritu... LĂĄgrimas y sonrisas, gemidos y canto, agotamiento y urgencia de vida, son nuestros compañeros; mĂĄs que compañeros: son nuestro propio ser, porque de la misma forma que los huesos estĂĄn en la carne, y las venas y los nervios bajo la epidermis, y todo ello constituye un solo hombre, igualmente estas cosas, verdaderamente encendidas, nacidas del hecho de que JesĂșs se ha dado a nosotros, estĂĄn en nosotros, en nuestra pobre humanidad. ÂżY, quĂ© somos nosotros en esos momentos, que no pueden ser eternos, porque si durasen mĂĄs de algunos instantes morirĂ­amos abrasados o fragmentados? No basta ya decir que somos hombres. No basta ya decir que somos animales dotados de razĂłn que viven sobre la faz de la tierra. Somos, somos, ÂĄoh, Señor, dĂ©jame decirlo al menos una vez, no por soberbia, sino para cantar tus alabanzas, porque tu mirada me quema y me hace delirar!... ÂĄSomos serafines!, y me sorprende grandemente que de nosotros no salgan llamas y ardores sensibles para las personas y la materia, como sucede en las apariciones de los rĂ©probos. Porque, si el fuego del Infierno es tal que basta un reflejo emanado de un rĂ©probo para quemar la madera y derretir los metales — y ello es verdad —, ÂżquĂ© serĂĄ tu fuego, ÂĄoh Dios!, que eres infinito y perfecto en todo?

No morimos, no, de fiebre, no es ella la que nos quema, no nos consumimos de fiebre proveniente de enfermedades de la carne. ÂĄTĂș eres nuestra fiebre, Amor! De esto se arde, se muere, nos consumimos, de esto y por esto se desgarran las fibras del corazĂłn que no puede resistir tanto. Pero... no, digo mal, porque el amor es delirio, cascada que hace pedazos los diques y baja abatiendo todo lo que no es Ă©l; el amor es un agolparse de sensaciones en la mente, todas verdaderas, todas presentes... pero que la mano no puede transcribir, porque la mente es demasiado veloz en traducir en pensamiento el sentimiento que experimenta el corazĂłn. No es verdad que morimos. Vivimos. Es una vida multiplicada por diez, una vida binaria: como hombres y como bienaventurados: la de la tierra y la del Cielo. Tengo la certeza de que no sĂłlo se alcanza, sino que se supera, esa vida sin taras, sin menguas ni limitaciones, que TĂș, Padre, Hijo y EspĂ­ritu Santo, TĂș, Dios Creador, uno y trino, habĂ­as dado a AdĂĄn; esa vida que era preludio de la Vida que habrĂ­a de gozarse en el Cielo tras un pacĂ­fico paso, en los amorosos brazos de los ĂĄngeles — como el dulce sueño y asunciĂłn de MarĂ­a al Cielo —, del ParaĂ­so terrenal al celestial, para ir a ti, a ti, a ti... Vivimos la verdadera Vida.

Y luego nos encontramos de nuevo aquĂ­, y, como yo ahora, nos asombramos, nos avergonzamos de haber ido tan allĂĄ, y decimos: «Señor, no soy digno de tanto. Perdona, Señor», y nos damos golpes de pecho porque sentimos un gran miedo a haber cometido un acto de soberbia, y uno corre un velo, mĂĄs espeso, para cubrir el resplandor, el cual no sigue llameando, por compasiĂłn hacia nuestra limitaciĂłn, en modo supercompleto, sino que se recoge en el centro de nuestro corazĂłn en espera de volver a arder con poderosa llama en un nuevo momento de beatitud querido por Dios. Uno corre el velo para cubrir el sagrario en que Dios arde con su fuego, su luz, su amor... y, agotados, aunque tambiĂ©n regenerados, reanudamos el camino como... embriagados con un vino fuerte y delicado, que no obnubila la razĂłn; antes bien, nos preserva de dirigir nuestra mirada o nuestros pensamientos hacia lo que no es el Señor, TĂș, mi JesĂșs, eslabĂłn de juntura entre nuestra miseria y la Divinidad, medio de redenciĂłn para nuestra culpa, creador de beatitud para nuestra alma; TĂș, Hijo, que con tus manos heridas metes las nuestras entre las manos espirituales del Padre y del EspĂ­ritu Santo, para que estemos y permanezcamos, ahora y siempre, en Vosotros. AmĂ©n.

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