Notas del tema

Lugares en El Evangelio como me fue revelado

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Comodidad de lectura

ECR 80.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

... El mismo lugar del monte; sólo que ahora es de noche, una noche toda estrellada, una belleza de cielo nocturno como creo se pueda gozar sólo en aquellos países ya casi tropicales; estrellas de una amplitud y brillo maravillosos. Las constelaciones mayores parecen racimos de brillantes, de claros topacios, de pálidos zafiros, suaves ópalos, tenues rubíes; titilan, se encienden, se apagan como miradas que el párpado cela un instante, vuelven a encenderse más hermosas. De vez en cuando una estrella raya el cielo y desaparece hacia quién sabe qué horizonte: raya de luz que parece un grito de júbilo estelar por poder volar así a través de esos prados ilimitados.

Jesús está sentado en la abertura de la cueva, hablando a los tres que están en círculo con Él. Deben haber hecho fuego, pues en medio del círculo que forman los cuatro un pequeño cúmulo de ascuas conserva resplandores de brasa y derrama su reflejo rojo sobre los cuatro rostros.

«Sí, nuestra permanencia aquí ha terminado. Ésta. La mía duró cuarenta días... Y os digo más: era todavía invierno en estas pendientes... y no tenía comida. Un poco más difícil que esta vez, ¿no es verdad? Sé que habéis sufrido también en este tiempo. Lo poco que teníamos y que os daba no era nada, especialmente para el hambre de los jóvenes; era suficiente sólo para impedir que languidecierais. El agua, todavía más escasa. El calor es tórrido durante el día; diréis que no hacía este calor en invierno; pero sí había un viento seco que bajaba quemando los pulmones desde aquella cima, y subía desde aquella bajura cargado de polvo desértico, y secaba más aún que este calor estivo que se puede aliviar sorbiendo el jugo de estos frutos agraces ya casi maduros. En cambio, entonces, el monte sólo proporcionaba viento y yerbas quemadas por el hielo en torno a las esqueléticas acacias. No os he dado todo porque he reservado para el regreso los últimos panes y el último queso con el último odre... Yo sé lo que fue el regreso, estando exhausto, en la soledad del desierto... Recojamos nuestras cosas y pongámonos en camino. La noche es aún más clara que la que nos condujo aquí. No hay luna, pero el cielo llueve luz. Vamos. Recordad este lugar, sabed recordar cómo se preparó Cristo y cómo se preparan los apóstoles, cuál es el modo que enseño de prepararse los apóstoles».

80.7 Se ponen en pie. Simón hurga entre las brasas con una rama. Las reaviva y las extiende con el pie. Echa encima algunas yerbas secas, y en la llama enciende una rama de acacia que mantiene en alto a la entrada de la guarida mientras Judas y Juan recogen mantos, sacas y unos pequeños odres de piel de los que sólo uno está todavía lleno. Luego apaga la rama contra la roca, carga su saca y se pone el manto, como todos, atándoselo a la cintura para que no moleste al andar.

Bajan, sin más palabras, uno detrás de otro, por un sendero inclinadísimo, espantando a los pequeños animales que están comiendo las pocas yerbas que todavía resisten el sol. El camino es largo e incómodo. Por fin llegan al llano. Tampoco es muy cómodo aquí el camino, donde piedras y lascas se mueven, traidoras, bajo el pie, hiriéndolo incluso, porque la tierra, reducida a polvo, las oculta y no se pueden evitar; aquí donde matorrales quemados, espinosos, arañan y dificultan el paso enganchándose en los bajos de las túnicas; pero es un camino más expedito.

Arriba las estrellas están cada vez más hermosas.

Marchan, marchan, marchan durante horas. La llanura es cada vez más estéril y triste. Titileos de lascas brillan en ciertas arrugas del terreno, en concavidades que hay entre las escabrosidades del suelo. Parecen lascas de brillantes sucios. Juan se agacha a mirarlas.

«Es la sal del subsuelo; está saturado de sal. Aflora con las aguas de primavera y después se seca. Por eso la vida no resiste aquí. El mar Oriental, a través de profundas venas, esparce su muerte en muchos estadios a la redonda. Sólo donde manantiales dulces combaten su acción mordiente es posible encontrar plantas... y también alivio» explica Jesús.

Palabras clave

ECR 80.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Se ponen en pie. Simón hurga entre las brasas con una rama. Las reaviva y las extiende con el pie. Echa encima algunas yerbas secas, y en la llama enciende una rama de acacia que mantiene en alto a la entrada de la guarida mientras Judas y Juan recogen mantos, sacas y unos pequeños odres de piel de los que sólo uno está todavía lleno. Luego apaga la rama contra la roca, carga su saca y se pone el manto, como todos, atándoselo a la cintura para que no moleste al andar.

Bajan, sin más palabras, uno detrás de otro, por un sendero inclinadísimo, espantando a los pequeños animales que están comiendo las pocas yerbas que todavía resisten el sol. El camino es largo e incómodo. Por fin llegan al llano. Tampoco es muy cómodo aquí el camino, donde piedras y lascas se mueven, traidoras, bajo el pie, hiriéndolo incluso, porque la tierra, reducida a polvo, las oculta y no se pueden evitar; aquí donde matorrales quemados, espinosos, arañan y dificultan el paso enganchándose en los bajos de las túnicas; pero es un camino más expedito.

Arriba las estrellas están cada vez más hermosas.

Marchan, marchan, marchan durante horas. La llanura es cada vez más estéril y triste. Titileos de lascas brillan en ciertas arrugas del terreno, en concavidades que hay entre las escabrosidades del suelo. Parecen lascas de brillantes sucios. Juan se agacha a mirarlas.

«Es la sal del subsuelo; está saturado de sal. Aflora con las aguas de primavera y después se seca. Por eso la vida no resiste aquí. El mar Oriental, a través de profundas venas, esparce su muerte en muchos estadios a la redonda. Sólo donde manantiales dulces combaten su acción mordiente es posible encontrar plantas... y también alivio» explica Jesús.

80.8 Siguen caminando hasta que Jesús se para junto a la roca cóncava en que le vi tentado por Satanás. «Detengámonos aquí. Sentaos. Dentro de poco cantará el gallo. Caminamos desde hace seis horas. Debéis tener hambre, sed y cansancio. Tomad. Comed y bebed sentados aquí en torno a mí, mientras os digo todavía otra cosa que vosotros transmitiréis a los amigos y al mundo».

Detalle

Entre el Macizo de la Tentación, donde Jesús se preparó para su misión y ayunó durante 40 días, y la gruta de la Tentación, donde Jesús fue tentado por el diablo, hay que caminar seis horas.

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ECR 81

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús se encuentra por primera vez con los pastores Simeón, Matías y Juan. También le acompañan el pastor José, Simón el Zelote y Juan. Intimidados al principio, los pastores se tranquilizan pronto y le dicen que Juan está en la cárcel. Podrían liberarlo si tuvieran suficiente dinero. Pero el grupo tiene las joyas de Aglaia. Judas es enviado a venderlas con Juan. Simón el Zelote confiesa su malestar por el Iscariote.

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ECR 81.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

81.1 Vuelvo a ver el vado del Jordán, el camino verde que sigue el curso del río por ambas partes, muy recorrido de viandantes por tener sombra. Filas de asnos van y vienen, y hombres con ellos. En el margen del río tres hombres pastorean algunas, pocas, ovejas. En el camino, José, que está esperando, mira a un lado y a otro.

A lo lejos, en el punto en que otra estrada empalma con ésta del río, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos. José llama a los pastores. Éstos ponen en movimiento por el camino a las ovejas, haciéndolas avanzar por la orilla herbosa. Rápidamente se dirigen hacia Jesús.

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ECR 82

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús está en Jericó. Enseña a los niños a ser amables con los animales y a no ser crueles con ellos. Luego Judas regresa con Juan de su encuentro con Diomedes, el comprador de las joyas de Aglaia. Cuenta su artimaña, el hecho de que hizo pasar a Juan por un joven prometido, el hecho de que le hizo creer que quería comprar joyas parecidas a las de Aglaia para que el mercader le diera su precio. Luego le dijo que no quería comprar, sino vender, y consiguió doce talentos, que es una suma considerable. Pero el apóstol mintió... Jesús le aconsejó que no volviera a hacerlo y entregó todo el dinero a los discípulos de Juan el Bautista.

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ECR 82.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La plaza del mercado de Jericó.  Pero no por la mañana sino por la tarde, bajo una prolongada puesta de Sol, calurosísima, de pleno verano. Del mercado de la mañana sólo quedan rastros: restos de verduras, montones de excrementos, paja caída de las cestas o de las cabezadas de los burros, jirones de trapajos... Sobre todo ello las moscas triunfan y, de todo, el sol hace fermentar y evaporar hedores y olores de cosas poco agradables.

La vasta plaza está vacía. Algún raro transeúnte, algún gamberro pendenciero que tira piedras a los pájaros de los árboles de la plaza, alguna mujer que va a la fuente; nada más.

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ECR 83

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús está en el campo. Está hablando con un campesino que le confiesa el bien que le hace escuchar a Jesús (es exactamente lo mismo para nosotros que leemos la Obra). Jesús habla de la bendición de Dios y del sufrimiento, de que es expiación y de que es gracia. Luego Juan se va y Judas le pide ir a Jerusalén para encontrarse con un amigo. Jesús se deprime por Judas y llora en silencio en un matorral. Reza. Finalmente, se le une Simón el Zelote, que percibe su dolor. Hablan de Judas... Y Simón le expresa también su deseo de que conozca a Lázaro.

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ECR 83.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

83.1 Jesús está en el campo, en una zona de tierras opimas: magníficas parcelas de árboles frutales, viñedos espléndidos con racimos cargados de uvas, que tienden ya a teñirse de oro y de rubí... Está sentado entre frutales comiendo algo de fruta que le ha ofrecido un campesino.

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ECR 84

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús llega a Betania. Es su primer encuentro con Lázaro. Lázaro le confirma rápidamente que tiene fe en Cristo: cree que es el Mesías. Poco después, los tres hombres estaban comiendo: Lázaro le dice a Simón que su casa ha sido comprada por alguien anónimo (Mateo). El zelote sólo quería que su viejo criado pudiera quedarse en su casa, y el comprador accedió. Lázaro pregunta entonces al Maestro si utiliza palabras duras o palabras de misericordia, y Jesús responde que utiliza el amor. Menciona brevemente el Olimpo y las arenas movedizas que atrapan a los culpables, pero una palabra de amor puede ayudarles a salir. Lázaro habla entonces de sus lecturas, pues lee obras griegas y romanas para compararlas con sus libros judíos y ver en ellos la Doctrina de Dios. Jesús dice que no hay mal en leer sus libros, mientras no se altere en él la idea de Dios. Nos recuerda que toda acción no es pecado si actuamos santamente.

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ECR 84.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

84.1 Una clarísima aurora estiva. Más que aurora, ya infancia de día, porque el Sol ya ha dejado todo límite de horizonte y sube cada vez más, sonriéndole a la tierra sonriente. No hay tallito que no ría con destellos de rocío. Parece como si los astros nocturnos se hubieran pulverizado, para ser oro y gemas en todos los tallos, en todas las frondas, y hasta incluso sobre las piedras esparcidas en el suelo, con sus escamitas silíceas, humedecidas por el rocío, que parecen polvos de tocador hechos de diamante, o polvo de oro.

Jesús y Simón andan por un camino que se aleja de la calzada principal haciendo una V. Se dirigen hacia unos magníficos huertos de árboles frutales, y espléndidos campos de lino tan alto como un hombre, ya cercano a la siega; otros campos, más lejanos, muestran sólo un gran rojear de amapolas entre la amarillez de los rastrojos.

«Estamos ya en la propiedad de mi amigo. Como puedes ver, Maestro, la distancia estaba dentro de la prescripción de la Ley. Jamás me habría permitido un engaño contigo. Detrás de aquel pomar está el muro que circunda el jardín; dentro está la casa. Te he traído por este atajo precisamente para no salirnos de la milla prescrita».

«¡Es muy rico tu amigo!».

«Mucho. Pero no es feliz. Su casa tiene propiedades en otros lugares».

«¿Es fariseo?».

«Su padre no lo era. Él... es muy observante. Ya te lo he dicho: un verdadero israelita».

Andan un poco más. Se ve un alto muro. Luego, al otro lado, árboles y más árboles, entre los cuales apenas si se ve la casa. El terreno aquí se eleva un poco, pero no tanto como para permitirle a la vista penetrar en el jardín, tan vasto que podríamos llamarle “parque”.

Dan la vuelta a la esquina. El muro prosigue igual, dejando descender desde su parte alta ramas despeinadas de rosas y jazmines llenas de fragancia y esplendor en sus corolas bañadas de rocío.

84.2 Llegan a la sólida puerta de hierro forjado. Simón golpea con el pesado aldabón de bronce.

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