ECR 172.5
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
ECR 172.5
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ECR 172.6
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ECR 172.8
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ECR 173.2 · Volumen 3
Dios os da las riquezas terrenas — a quién muchas, a quién apenas las que necesita para vivir — y os dice: “Ahora te toca a ti. Yo te las he dado. Haz de estos medios un fin como mi amor desea para tu bien. Te las confío, mas no para que te perjudiques con ellas. Por la estima en que te tengo, por reconocimiento hacia mis dones, haz producir a tus bienes para esta verdadera Patria”.
ECR 173.4 · Volume 3
Para no disminuir el fruto de la caridad, poned atención a ser caritativos con espíritu sobrenatural. Lo que he dicho respecto a la oración y al ayuno valga para la beneficencia y para cualquier otra obra buena que podáis hacer.
Proteged el bien que hagáis de la violación de la sensualidad del mundo, conservadlo virgen respecto a toda humana alabanza. No profanéis la rosa perfumada — verdadero incensario de perfumes gratos al Señor — de vuestra caridad y recto actuar. El espíritu de soberbia, el deseo de ser uno visto cuando hace el bien, la búsqueda de alabanzas, profanan el bien: las babosas del saciado orgullo ensucian con su secreción la rosa de la caridad y la van excavando con su boca; en el incensario caen hediondas pajas de la cama en que el soberbio, cual atiborrada bestia, retoza.
¡Ah, esas limosnas ofrecidas para que se hable de nosotros!... Mejor sería no darlas. El que no las da peca de insensibilidad; pero quien las ofrece dando a conocer la suma entregada y el nombre del destinatario, mendigando además alabanzas, peca de soberbia (al dar a conocer la dádiva, porque es como si dijera: “¿Veis cuánto puedo?”), pero peca también contra la caridad, porque humilla al destinatario de la limosna al publicar su nombre; y peca también de avaricia espiritual al querer acumular alabanzas humanas... que no son más que paja, paja, sólo paja. Dejad a Dios que os alabe con sus ángeles.
ECR 173.4 · Volumen 3
Cuando deis limosna, no vayáis tocando la trompeta delante de vosotros para atraer la atención de los que pasan y recibir alabanzas, como los hipócritas, que buscan el aplauso de los hombres (por eso dan limosna sólo cuando los pueden ver muchos). Éstos también han recibido ya su compensación y Dios no les dará ninguna otra. No incurráis vosotros en la misma culpa y presunción. Antes bien, cuando deis limosna, sea ésta tan pudorosa y celada que vuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha; y luego olvidaos. No os detengáis a remiraros el acto realizado, hinchándoos con él como hace el sapo, que se remira en el pantano con sus ojos velados y, al ver reflejadas en el agua detenida las nubes, los árboles, el carro parado junto a la orilla, y a él mismo — tan pequeñito respecto a esas cosas tan grandes —, se hincha de aire hasta estallar. Del mismo modo vuestra caridad es nada respecto al Infinito que es la Caridad de Dios, y, si pretendierais haceros como Él convirtiendo vuestra reducida caridad en una caridad enorme para igualar a la suya, os llenaríais de aire de orgullo para terminar muriendo.
Olvidaos. Del acto en sí mismo, olvidaos. Quedará siempre en vosotros una luz, una voz, una miel, que harán vuestro día luminoso, dichoso, dulce. Pues la luz será la sonrisa de Dios; la miel, paz espiritual — Dios también—; la voz, voz del Padre-Dios diciéndoos: “Gracias”. Él ve el mal oculto y el bien escondido, y os recompensará por ello.
ECR 173.6 · Volumen 3
Os decía que Dios os recompensará aunque no le pidáis que premie el bien que hayáis hecho. Ahora bien, no hagáis el bien para obtener una recompensa, para disponer de un aval para el futuro. Que vuestras buenas obras no tengan la medida y límite del temor de si os quedará algo para vosotros, o de si, quedándoos sin nada, no va a haber nadie que os ayude a vosotros, o de si encontraréis a alguien que haga con vosotros lo que vosotros habéis hecho, o de si os seguirán queriendo cuando ya no podáis dar nada. (...) No temáis, por tanto: aunque perdáis el poder del dinero, os bastará el amor y la santidad para poder favorecer al pobre, al cansado o al afligido.
ECR 174.6 · Volumen 3
Dios, que es Padre, no maldice sino tras el pecado cumplido y obstinado.
ECR 174.8 · Volumen 3
La vida (...) fluye como arco a caballo entre el pasado y el futuro, entre el mal y el bien. En el centro está el hombre con su voluntad y su libre albedrío. En los extremos están: en una parte, Dios con su Cielo; en la otra, Satanás con su Infierno. El hombre puede elegir. Nadie lo obliga.
ECR 174.8 · Volumen 3
Si os enseño los caminos del Señor es para que los sigáis. ¿Podéis, acaso, recorrer el sendero que baja por la derecha y el que baja por la izquierda juntos? No podéis porque, si tomáis uno, debéis dejar el otro. Ni siquiera tratándose de dos senderos adyacentes podríais manteneros caminando siempre con un pie en cada uno. Acabaríais cansándoos, y equivocándoos, aunque se tratara de una apuesta. Pero es que entre el sendero de Dios y el de Satanás hay una gran distancia, que además cada vez se ahonda más, exactamente como sucede con esos dos senderos que terminan aquí: a medida que van descendiendo se alejan el uno del otro; uno en dirección a Cafarnaúm, el otro en dirección a Tolemaida.
La vida es así, fluye como arco a caballo entre el pasado y el futuro, entre el mal y el bien. En el centro está el hombre con su voluntad y su libre albedrío. En los extremos están: en una parte, Dios con su Cielo; en la otra, Satanás con su Infierno. El hombre puede elegir. Nadie lo obliga.
Que no se me diga: “Pero Satanás tienta” como disculpa de bajar hacia el sendero bajo. Dios también tienta con su amor, que es bien fuerte; con sus palabras, que son muy santas; con sus promesas, que son muy seductoras. ¿Por qué, entonces, dejarse tentar por uno sólo de los dos, y además por el que no merece ser escuchado? Palabras, promesas, amor de Dios: ¿no son suficientes para neutralizar el veneno de Satanás? Fijaos que ello no testifica a favor de vosotros. Una persona que tenga fuerte salud física supera con facilidad los contagios aun no siendo inmune a ellos. Sin embargo, si uno está ya de por sí enfermo, y por tanto débil, es casi seguro que perecerá si cae en una nueva infección, o, si sobrevive, quedará más enfermo que en el estadio precedente, porque no tiene fuerza en su sangre para destruir completamente los gérmenes infecciosos. Pues lo mismo sucede con la parte superior. Si una persona está moral y espiritualmente sana y fuerte, no es que esté exenta de ser tentada, creedlo, pero el mal no echará raíces en ella.
Cuando oigo a alguno que me dice: “He conocido a tal o cual persona, he leído tal o cual libro, he tratado de llevar a éste o a aquél al bien, pero ha sucedido que el mal que había en su mente y en su corazón, el mal que había en el libro, ha entrado en mí”, Yo concluyo: “Lo que demuestra que ya habías creado en ti el terreno favorable para que entrase; lo que demuestra que eres una persona débil, completamente carente de nervio moral y espiritual. Porque incluso de nuestros enemigos debemos sacar cosas buenas. Observando sus errores debemos aprender a no caer en ellos. El hombre inteligente no es juguete de la primera doctrina que llega a sus oídos. Quien está saturado de una doctrina no puede hacer espacio dentro de sí para otras. Esto explica las dificultades que uno encuentra cuando trata de persuadir de seguir la verdadera Doctrina a quienes están convencidos de otras. Pero, si me confiesas que tu pensamiento cambia al mínimo soplo del viento, veo que estás lleno de vacíos, veo que tu fortaleza espiritual está llena de fisuras, los diques de tu pensamiento están agrietados en mil puntos por los que salen las aguas buenas y entran las contaminadas. Y eres tan necio y apático, que ni siquiera te das cuenta y no pones el necesario remedio. Eres un desdichado”.
Sabed elegir, pues, entre los dos senderos, el bueno; y proseguir en él, resistiendo, resistiendo, oponiendo resistencia a las seducciones de la carne, del mundo, de la ciencia y del demonio. Las fes a medias, compromisos o pactos hechos con dos (el uno contrario al otro), dejádselos a los hombres del mundo. Ni siquiera en ellos deberían existir, si los hombres fueran honestos. Pero, al menos vosotros, hombres de Dios, no los tengáis. Ni con Dios ni con Satanás, podríais tenerlos; pero es que ni con vosotros mismos debéis tenerlos, porque no tendrían valor. Vuestras acciones, compuestas de bien y mal, no tendrían valor alguno. Además, las que fueran enteramente buenas quedarían anuladas por las no buenas. Las malas os conducirían directamente a los brazos del Enemigo. No sean, por tanto, así vuestras acciones; antes bien, sed leales en vuestro servicio. Nadie puede servir a dos señores que piensan de forma distinta: amará a uno y odiará al otro, o viceversa. No podéis ser, al mismo tiempo, de Dios y de Satanás. El espíritu de Dios no puede conciliarse con el espíritu del mundo: el uno sube, el otro baja; el uno santifica, el otro corrompe.