Jesús y Simón andan por un camino que se aleja de la calzada principal haciendo una V. Se dirigen hacia unos magníficos huertos de árboles frutales, y espléndidos campos de lino tan alto como un hombre, ya cercano a la siega; otros campos, más lejanos, muestran sólo un gran rojear de amapolas entre la amarillez de los rastrojos.
«Estamos ya en la propiedad de mi amigo. Como puedes ver, Maestro, la distancia estaba dentro de la prescripción de la Ley. Jamás me habría permitido un engaño contigo. Detrás de aquel pomar está el muro que circunda el jardín; dentro está la casa. Te he traído por este atajo precisamente para no salirnos de la milla prescrita».
«¡Es muy rico tu amigo!».
«Mucho. Pero no es feliz. Su casa tiene propiedades en otros lugares».
«¿Es fariseo?».
«Su padre no lo era. Él... es muy observante. Ya te lo he dicho: un verdadero israelita».
Andan un poco más. Se ve un alto muro. Luego, al otro lado, árboles y más árboles, entre los cuales apenas si se ve la casa. El terreno aquí se eleva un poco, pero no tanto como para permitirle a la vista penetrar en el jardín, tan vasto que podríamos llamarle “parque”.
Dan la vuelta a la esquina. El muro prosigue igual, dejando descender desde su parte alta ramas despeinadas de rosas y jazmines llenas de fragancia y esplendor en sus corolas bañadas de rocío.
84.2 Llegan a la sólida puerta de hierro forjado. Simón golpea con el pesado aldabón de bronce.
«Es una hora muy temprana para entrar, Simón» objeta Jesús.
«¡Pero si mi amigo, que sólo encuentra alivio en su jardín o entre los libros, se levanta nada más salir el Sol! La noche es para él un tormento. No tardes más, Maestro, en darle tu alegría».
Un criado abre la puerta.
«¡Hola, Aseo! Dile a tu jefe que Simón el Zelote ha venido con su Amigo».
El criado los invita a entrar diciendo: «Vuestro siervo os saluda. Entrad, que la casa de Lázaro está abierta para los amigos». Luego se marcha corriendo.
Simón, que conoce bien el lugar, se dirige no hacia el paseo central sino hacia un sendero que entre rosales lleva a una pérgola de jazmines.
Y de allí, en efecto, sale Lázaro poco después. Éstá delgado y pálido, como siempre le he visto; alto, pelo corto ni tupido ni rizado, barba rala apenas limitada a la barbilla. Viste de lino blanquísimo y anda con dificultad, como si le dolieran las piernas.
Cuando ve a Simón, hace un gesto de afectuoso saludo, y luego, como puede, corre hacia Jesús y se hinca de rodillas, y se inclina profundamente para besar el borde del vestido de Jesús, diciendo: «No soy digno de tanto honor, pero, puesto que tu santidad se humilla hasta mi miseria, ven, mi Señor, entra, y sé dueño en mi pobre casa».
«Levántate, amigo. Recibe mi paz».
Lázaro se levanta y besa las manos de Jesús y le mira con veneración no exenta de curiosidad. Caminan hacia la casa.
«¡Cuánto te he esperado, Maestro! Cada alba decía: “Hoy vendrá”, y cada noche decía: “¡Tampoco hoy le he visto!”».
«¿Por qué me esperabas con tanta ansia?».
«Porque...
84.3 ¿qué esperamos nosotros, los israelitas, sino a ti?».
«¿Y tú crees que Yo soy el Esperado?».
«Simón no ha mentido jamás, y no es un muchacho que se exalte por quimeras. La edad y el dolor le han hecho maduro como un sabio. Y, además... aunque él no te hubiera conocido por la verdad de tu ser, tus obras habrían hablado y te habrían llamado “Santo”. Quien hace las obras de Dios debe ser hombre de Dios. Y Tú las haces. Y las haces de un modo que dice cuánto eres Tú el Hombre de Dios. Él, mi amigo, fue a ti por la fama de milagros y obtuvo un milagro. Y sé que tu camino está marcado con otros milagros. ¿Por qué no creer entonces que eres el Esperado? ¡Oh, es tan dulce creer lo bueno!»