Notas del tema

Los réprobos acogidos por Jesús

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Comodidad de lectura

ECR 83.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites acercarme?». El rostro de Simón está lleno de asombro y pena. Es, decididamente, un hombre feo. A las facciones no bellas, al colorido olivastro oscuro, se une el bordado azulino y hoyado de las cicatrices que su mal le ha dejado. Pero tiene una mirada tan buena, que desaparece la fealdad.

«Ven, Simón, amigo».

Palabras clave

ECR 84

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús llega a Betania. Es su primer encuentro con Lázaro. Lázaro le confirma rápidamente que tiene fe en Cristo: cree que es el Mesías. Poco después, los tres hombres estaban comiendo: Lázaro le dice a Simón que su casa ha sido comprada por alguien anónimo (Mateo). El zelote sólo quería que su viejo criado pudiera quedarse en su casa, y el comprador accedió. Lázaro pregunta entonces al Maestro si utiliza palabras duras o palabras de misericordia, y Jesús responde que utiliza el amor. Menciona brevemente el Olimpo y las arenas movedizas que atrapan a los culpables, pero una palabra de amor puede ayudarles a salir. Lázaro habla entonces de sus lecturas, pues lee obras griegas y romanas para compararlas con sus libros judíos y ver en ellos la Doctrina de Dios. Jesús dice que no hay mal en leer sus libros, mientras no se altere en él la idea de Dios. Nos recuerda que toda acción no es pecado si actuamos santamente.

Palabras clave

ECR 84.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús y Simón andan por un camino que se aleja de la calzada principal haciendo una V. Se dirigen hacia unos magníficos huertos de árboles frutales, y espléndidos campos de lino tan alto como un hombre, ya cercano a la siega; otros campos, más lejanos, muestran sólo un gran rojear de amapolas entre la amarillez de los rastrojos.

«Estamos ya en la propiedad de mi amigo. Como puedes ver, Maestro, la distancia estaba dentro de la prescripción de la Ley. Jamás me habría permitido un engaño contigo. Detrás de aquel pomar está el muro que circunda el jardín; dentro está la casa. Te he traído por este atajo precisamente para no salirnos de la milla prescrita».

«¡Es muy rico tu amigo!».

«Mucho. Pero no es feliz. Su casa tiene propiedades en otros lugares».

«¿Es fariseo?».

«Su padre no lo era. Él... es muy observante. Ya te lo he dicho: un verdadero israelita».

Andan un poco más. Se ve un alto muro. Luego, al otro lado, árboles y más árboles, entre los cuales apenas si se ve la casa. El terreno aquí se eleva un poco, pero no tanto como para permitirle a la vista penetrar en el jardín, tan vasto que podríamos llamarle “parque”.

Dan la vuelta a la esquina. El muro prosigue igual, dejando descender desde su parte alta ramas despeinadas de rosas y jazmines llenas de fragancia y esplendor en sus corolas bañadas de rocío.

84.2 Llegan a la sólida puerta de hierro forjado. Simón golpea con el pesado aldabón de bronce.

«Es una hora muy temprana para entrar, Simón» objeta Jesús.

«¡Pero si mi amigo, que sólo encuentra alivio en su jardín o entre los libros, se levanta nada más salir el Sol! La noche es para él un tormento. No tardes más, Maestro, en darle tu alegría».

Un criado abre la puerta.

«¡Hola, Aseo! Dile a tu jefe que Simón el Zelote ha venido con su Amigo».

El criado los invita a entrar diciendo: «Vuestro siervo os saluda. Entrad, que la casa de Lázaro está abierta para los amigos». Luego se marcha corriendo.

Simón, que conoce bien el lugar, se dirige no hacia el paseo central sino hacia un sendero que entre rosales lleva a una pérgola de jazmines.

Y de allí, en efecto, sale Lázaro poco después. Éstá delgado y pálido, como siempre le he visto; alto, pelo corto ni tupido ni rizado, barba rala apenas limitada a la barbilla. Viste de lino blanquísimo y anda con dificultad, como si le dolieran las piernas.

Cuando ve a Simón, hace un gesto de afectuoso saludo, y luego, como puede, corre hacia Jesús y se hinca de rodillas, y se inclina profundamente para besar el borde del vestido de Jesús, diciendo: «No soy digno de tanto honor, pero, puesto que tu santidad se humilla hasta mi miseria, ven, mi Señor, entra, y sé dueño en mi pobre ­ca­sa».

«Levántate, amigo. Recibe mi paz».

Lázaro se levanta y besa las manos de Jesús y le mira con veneración no exenta de curiosidad. Caminan hacia la casa.

«¡Cuánto te he esperado, Maestro! Cada alba decía: “Hoy vendrá”, y cada noche decía: “¡Tampoco hoy le he visto!”».

«¿Por qué me esperabas con tanta ansia?».

«Porque...

84.3 ¿qué esperamos nosotros, los israelitas, sino a ti?».

«¿Y tú crees que Yo soy el Esperado?».

«Simón no ha mentido jamás, y no es un muchacho que se exalte por quimeras. La edad y el dolor le han hecho maduro como un sabio. Y, además... aunque él no te hubiera conocido por la verdad de tu ser, tus obras habrían hablado y te habrían llamado “Santo”. Quien hace las obras de Dios debe ser hombre de Dios. Y Tú las haces. Y las haces de un modo que dice cuánto eres Tú el Hombre de Dios. Él, mi amigo, fue a ti por la fama de milagros y obtuvo un milagro. Y sé que tu camino está marcado con otros milagros. ¿Por qué no creer entonces que eres el Esperado? ¡Oh, es tan dulce creer lo bueno!»

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ECR 87

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Leví, José y los pastores están sin duda presentes en este capítulo, pero apenas intervienen. Isaac afirma que los mejores son los humildes y los pequeños de Yutta. Hay mucha resistencia a la evangelización, pero el pastor quiere continuar su labor de discípulo. Le da a Judas una hermosa lección: no te desanimes, no mires al pasado. Da gracias a Dios si has conseguido hacer algo hoy; si no, pídele ayuda mañana. Jesús continúa diciendo que lo más importante es seguir adelante, sin cansarse ni desanimarse, lo que ya es una forma de orgullo. Judas pregunta entonces cuándo será conocido en el mundo, y Jesús le explica que nunca lo será, porque el mundo no quiere salvarse. De momento, el Iscariote intenta ser bueno. Jesús da entonces su bendición a Isaac, que evangelizará Judea, y que por tanto abandona el grupo.

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