Notas del tema

Paganos (romanos, griegos y otros)

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Comodidad de lectura

ECR 204.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡La Luz descienda sobre todos vosotros!».

«¡Salve, Maestro!» es el saludo de Quintiliano, que está vestido de paisano.

Las damas se ponen en pie para saludar a Jesús (son Plautina, Valeria y Lidia, y otra, anciana, que no sé ni quién es ni qué es, o sea, si es del mismo grado o de grado inferior; están todas vestidas con mucha sencillez y nada las distingue).

«Hemos venido porque queríamos oírte hablar. No has venido nunca. Estaba de guardia cuando llegaste, pero no te he visto nunca».

«Yo tampoco he visto nunca en la Puerta de los Peces a un soldado amigo mío. Se llamaba Alejandro...».

«¿Alejandro? No sé exactamente si es él, pero sé que hace un tiempo tuvimos que quitar, para calmar a los judíos, a un soldado acusado de... haber hablado de ti. Ahora está en Antioquía. Quizás vuelva. ¡Caray, qué molestos son esos... los que quieren mandar incluso ahora, que están sometidos! Y no hay más remedio que moverse con maña para no provocar cosas graves... Nos hacen la vida difícil, créelo... Sin embargo, Tú eres bueno y sabio. ¿Nos hablas? Quizás pronto tenga que irme de Palestina, quisiera llevarme conmigo algo tuyo que recordar».

«Os hablaré, sí. No decepciono nunca a nadie. ¿Qué es lo que queréis saber?».

Detalle

Unos romanos vinieron a hablar con Jesús.

Palabras clave

ECR 204.3-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡La Luz descienda sobre todos vosotros!».

«¡Salve, Maestro!» es el saludo de Quintiliano, que está vestido de paisano.

Las damas se ponen en pie para saludar a Jesús (son Plautina, Valeria y Lidia, y otra, anciana, que no sé ni quién es ni qué es, o sea, si es del mismo grado o de grado inferior; están todas vestidas con mucha sencillez y nada las distingue).

«Hemos venido porque queríamos oírte hablar. No has venido nunca. Estaba de guardia cuando llegaste, pero no te he visto nunca».

«Yo tampoco he visto nunca en la Puerta de los Peces a un soldado amigo mío. Se llamaba Alejandro...».

«¿Alejandro? No sé exactamente si es él, pero sé que hace un tiempo tuvimos que quitar, para calmar a los judíos, a un soldado acusado de... haber hablado de ti. Ahora está en Antioquía. Quizás vuelva. ¡Caray, qué molestos son esos... los que quieren mandar incluso ahora, que están sometidos! Y no hay más remedio que moverse con maña para no provocar cosas graves... Nos hacen la vida difícil, créelo... Sin embargo, Tú eres bueno y sabio. ¿Nos hablas? Quizás pronto tenga que irme de Palestina, quisiera llevarme conmigo algo tuyo que recordar».

«Os hablaré, sí. No decepciono nunca a nadie. ¿Qué es lo que queréis saber?».

Quintiliano mira a las damas con ademán interrogativo...

«Lo que Tú quieras, Maestro» dice Valeria.

204.4

Plautina se pone de nuevo en pie y dice: «He pensado mucho... debería conocer muchas cosas... todo, para poder juzgar. No obstante, si se puede preguntar, yo querría saber cómo se construye una fe, la tuya, por ejemplo, sobre un terreno que dices que está privado de verdadera fe. Dices que nuestras creencias son vanas. Si es así nos quedamos vacíos. ¿Cómo se puede... tener?».

«Tomaré como ejemplo una cosa que vosotros tenéis: los templos. Vuestros edificios sagrados, verdaderamente bonitos, cuya única imperfección es el hecho de estar dedicados a la Nada, os pueden enseñar cómo se puede alcanzar una fe y dónde colocarla. Observad: ¿Dónde los construís?, ¿qué lugar se prefiere para construirlos?, ¿cómo los construís? El lugar, generalmente, es espacioso, abierto, elevado; para este fin incluso se derriba lo que estorba o aprisiona; y, si no es un lugar elevado, se construye sobre un estereóbato más elevado del común de tres gradas que se usa para los templos que ya de por sí se alzan en un elevación natural. Están rodeados de muros sagrados, por lo general, y formados por columnatas y pórticos. Dentro están los árboles consagrados a los dioses, hay fuentes y altares, estatuas y estelas. Generalmente los precede el propileo, pasado el cual se yergue el altar en que se elevan las preces al numen; frente a éste, está el lugar del sacrificio, porque el sacrificio precede a la oración. Muchas veces, especialmente en los templos más grandiosos, el peristilo los rodea con una guirnalda de preciosos mármoles. En su interior está el vestíbulo anterior, externo o interno respecto al peristilo, la celda del numen, el vestíbulo posterior... Mármoles, estatuas, frontones, acroteras, tímpanos, perfectamente acicalados, de gran valor, perfectamente decorados, hacen del templo un edificio nobilísimo para todos, incluso para el ojo más inculto. ¿No es así?».

«Así es, Maestro. Los has visto y estudiado muy bien» dice Plautina, confirmando y en tono de alabanza.

«¡Pero si nos consta que no ha salido nunca de Palestina!» exclama Quintiliano.

«Nunca he salido para ir a Roma o a Atenas, pero no ignoro la arquitectura de Grecia ni la de Roma. En el genio del hombre que decoró el Partenón Yo estaba presente, porque Yo estoy dondequiera que haya vida y manifestación de vida; dondequiera que un sabio piense, un escultor esculpa, un poeta componga, una madre cante curvada hacia una cuna, un hombre trabaje los surcos, un médico luche contra las enfermedades, un ser vivo respire, un animal viva, un árbol vegete, allí estoy Yo, junto a aquel de quien procedo. En el estruendo del terremoto o el fragor de los rayos, en la luz de las estrellas o en el curso de las mareas, en el vuelo del águila y en el zumbido del mosquito, Yo estoy presente con el Creador altísimo».

«¿Entonces... Tú... Tú sabes todo?, ¿conoces tanto el pensamiento como las obras humanas?» pregunta Quintiliano.

«Yo sé».

Los romanos se miran estupefactos.

204.5

Se produce un largo silencio. Luego, tímidamente, Valeria solicita: «Expón tu pensamiento, Maestro, para que sepamos qué debemos hacer».

«Sí. La Fe se construye como se construyen esos templos de que os sentís tan orgullosos: se hace espacio al templo, se libera la zona de alrededor, se eleva el templo».

«Pero, ¿y el templo para colocar la fe, esta deidad verdadera, dónde está?» pregunta Plautina.

«Plautina, la fe no es deidad; es una virtud. En la fe verdadera no hay deidades; sólo hay un único y verdadero Dios».

«¿Entonces... Él está allá arriba, solo, en su Olimpo? ¿Y qué hace si está solo?».

«Se basta a sí mismo, aunque se ocupa de todas las cosas de la creación. Te he dicho que hasta en el zumbido del mosquito Dios está presente. No se aburre, no lo pongas en duda. No es un pobre hombre, dueño de un inmenso imperio en que se siente odiado y vive temblando. Él es el Amor y vive amando. Su Vida es Amor continuo. Se basta a sí mismo porque es infinito y potentísimo; es la Perfección. Y tantas son las cosas creadas, las cuales viven porque Él continuamente lo quiere, que no tiene tiempo de aburrirse. El aburrimiento es fruto del ocio y del vicio. En el Cielo del verdadero Dios no hay ni ocio ni vicio. Pronto tendrá, además de los ángeles que ahora le sirven, un pueblo de justos que en Él exultarán, y este pueblo irá creciendo cada vez más por los que en el futuro creerán en el verdadero Dios».

«¿Los ángeles son los genios?» pregunta Lidia.

«No. Son seres espirituales, como lo es Dios, que los ha creado».

«¿Y los genios qué son entonces?».

«Como vosotros los imagináis son una falsedad. Como los imagináis vosotros no existen. Lo que sucede es que, por esa instintiva necesidad del hombre de buscar la verdad, también vosotros habéis sentido que el hombre no es sólo carne y que una realidad inmortal está unida a su cuerpo perecedero. El hombre busca la verdad aguijoneado por el alma, que vive y está presente también en los paganos, aunque atribulada porque en ellos su deseo está ahogado, porque se siente hambrienta en su nostalgia del Dios verdadero, que sólo ella recuerda, en ese cuerpo en que vive, gobernado por una mente pagana. Y también las ciudades y las naciones posean una realidad inmortal. Por eso creéis, sentís la necesidad de creer, en los “genios”; y os dais el genio individual, el de la familia, el de la ciudad, el de las naciones. Así, tenéis el “genio de Roma”, el “genio del emperador”... y los adoráis como divinidades menores. Entrad en la verdadera fe: conoceréis a vuestro ángel, seréis amigos de él y le veneraréis, aunque sin adorarle, porque sólo a Dios se le adora».

204.6

«Has dicho: “Aguijón del alma, viva y presente también en los paganos, atribulada en ellos porque su deseo está frustrado”. Pero, ¿de quién procede el alma?» pregunta Publio Quintiliano.

«De Dios. Él es el Creador».

«¿Pero no nacemos de mujer, por unión con el hombre? Nuestros dioses también han sido engendrados de la misma manera».

«Vuestros dioses no son reales: son los fantasmas de vuestro pensamiento, que tiene necesidad de creer. En efecto, esta necesidad es más imperiosa que la de respirar. Aun quien dice que no cree cree, en algo cree; el simple hecho de decir “no creo en Dios” presupone otra fe, que puede ser fe en sí mismo, en su propia, soberbia mente. Creer, se cree siempre. Es como el pensamiento. Si decís “no quiero pensar” o “no creo en Dios”, con el simple hecho de decir estas dos frases manifestáis vuestro pensamiento de no querer pensar, o de no querer creer en Aquel que sabéis que existe. Y acerca del hombre, para ser exactos en la expresión del concepto, debéis decir: “El hombre es engendrado, como todos los animales, por unión de macho y hembra, de varón y mujer. Pero el alma, o sea, lo que diferencia al animal-hombre del animal-bruto, viene de Dios, que la crea cada vez que un hombre es engendrado — o, mejor, es concebido — en un seno, y la inserta en esa carne que, si no, sería solamente animal”».

«¿Y nosotros, que somos paganos, la tenemos? Según lo que dicen tus connacionales no lo parece...» dice Quintiliano irónico.

«Todo nacido de mujer la tiene».

«Pero Tú dices que el pecado la mata. ¿Cómo es que entonces en nosotros, pecadores, está viva?» pregunta Plautina.

«Vosotros no pecáis en la fe, pues creéis que estáis en la Verdad. Cuando conozcáis la Verdad, si persistís en el error, cometeréis pecado. De la misma forma, muchas cosas que para los israelitas son pecado, para vosotros no lo son, porque ninguna ley divina os lo prohíbe. Existe pecado cuando uno, a sabiendas, se rebela contra el mandato de Dios y dice: “Sé que lo que hago está mal, pero lo quiero hacer de todas formas”. Dios es justo. No puede castigar a quien hace el mal creyendo que está haciendo el bien; castiga a quien habiendo tenido cómo conocer el Bien y el Mal, elige este último y en él persiste».

«¿Entonces el alma está en nosotros, viva y presente?».

«Sí».

«¿Atribulada? ¿Pero estás seguro de que se acuerda de Dios? No nos acordamos del seno que nos crió, no podríamos describirlo internamente. El alma, si no he entendido mal, es engendrada espiritualmente por Dios. ¿Podrá acordarse de esto último, si el cuerpo no recuerda su larga permanencia en el seno materno?».

«El alma no es animal, Plautina; el embrión, sí. El alma es, a semejanza de Dios, eterna y espiritual; eterna desde el momento en que es creada; sin embargo, Dios es el perfectísimo Eterno, y, por tanto, no tiene principio en el tiempo, como tampoco tendrá fin. El alma[1], lúcida, inteligente, espiritual, obra de Dios, recuerda... y sufre, porque desea a Dios, al verdadero Dios de que procede... y tiene hambre de Dios: por eso aguijonea al cuerpo, torpe en lo que se refiere a tratar de acercarse a Dios».

204.7

«Entonces, ¿tenemos un alma exactamente igual que la de los israelitas que llamáis “justos”?».

«No, Plautina. Cambia según a lo que te refieras; si te refieres al origen y naturaleza, es exactamente igual que la de nuestros santos; si te refieres a la formación, entonces te digo que es distinta; si te refieres a la perfección que alcanza antes de la muerte, entonces la diversidad puede ser absoluta. No obstante, esto no sucede sólo con vosotros, paganos: un hijo de este pueblo puede también ser absolutamente distinto de un santo en la vida futura. El alma sufre tres fases. La primera es de creación; la segunda, de nueva creación; la tercera, de perfección. La primera es común a todos los hombres. La segunda es propia de los justos que con su voluntad llevan a su alma hacia un renacimiento más lleno, uniendo sus buenas acciones a la bondad de la obra de Dios; edifican, por tanto, un alma que ya es espiritualmente más perfecta que la primera: son, así, eslabón entre la primera y la tercera. Ésta, la tercera, es propia de los beatos, o santos si lo preferís, los cuales han superado en miles de grados a su alma inicial, adecuada sólo al hombre, y han hecho de ella una cosa que puede descansar en Dios».

204.8

«¿Y cuál es el modo de dar espacio, libertad y elevación al alma?».

«Derribando las cosas inútiles que tenéis en vuestro yo; liberándolo de todas las ideas erradas; construyendo, con los fragmentos resultantes de la demolición, la elevación para el templo soberano. Se ha de conducir al alma cada vez más arriba subiendo los tres peldaños. ¡Oh, a vosotros, romanos, os gustan los símbolos! Ved los tres peldaños a la luz del símbolo. Os pueden decir sus nombres: penitencia, paciencia, constancia; o: humildad, pureza, justicia; o: sabiduría, generosidad, misericordia; o, en fin, el trinomio espléndido: fe, esperanza, caridad. Fijaos qué simbolizan los muros que, ornamentados y al mismo tiempo resistentes, rodean el área del templo. Es necesario saber circundar al alma, reina del cuerpo, templo del Espíritu eterno, con una barrera que la defienda, sin quitarle la luz, y no agobiarla con la visión de cosas inmundas. Sea muralla segura, y cincelada con el deseo del amor para, quitando las esquirlas de lo que es inferior, la carne y la sangre, formar lo superior, el espíritu. Cincelar con la voluntad: eliminar aristas, desportilladuras, manchas, vetas de debilidad, del mármol de nuestro yo, para que sea perfecto en torno al alma. Al mismo tiempo, hacer, de la muralla que habrá de proteger al templo, misericordioso refugio para los desdichados que no conocen lo que es Caridad. ¿Y los pórticos?: la expansión del amor, la piedad, el deseo de que otros vayan a Dios; son semejantes a amorosos brazos que se extienden para amparar la cuna de un huérfano. En el interior del recinto están, como ofrenda al Creador, los más bellos y olorosos árboles. Sembrad en el terreno que antes estaba desnudo, cultivad luego estos árboles, que son las virtudes de todo tipo, segundo círculo protector, vivo y florido, en torno al sagrario; y, entre los árboles, entre las virtudes, las fuentes (que son también amor, purificación), antes de acercarse al propileo, junto al cual, antes de subir al altar, se debe cumplir el sacrificio de la carnalidad, vaciarse de toda lujuria. Luego, continuar más adentro, hasta el altar, para depositar la ofrenda, y seguir, atravesando el vestíbulo, hasta la celda de Dios. ¿Qué será esta morada?: copiosidad de riquezas espirituales, porque nunca es demasiado como marco para Dios. ¿Habéis comprendido esto? Me habéis pedido que os explique cómo se construye la Fe. Os he dicho: “Según el método con que se elevan los templos”. Como podéis observar, es así.

204.9

¿Alguna otra cosa más?».

«No, Maestro. Creo que Flavia ha escrito lo que has dicho. Claudia lo quiere saber. ¿Has escrito?».

«Fielmente» dice la mujer mientras pasa las tablas enceradas.

«Las tendremos para poderlo leer otras veces» dice Plautina.

«Es cera. Se borra. Escribidlo en vuestros corazones y no se borrará».

«Maestro, están ocupados por una serie de templos inútiles, contra los cuales, sí, lanzamos tu Palabra para demolerlos, pero es un trabajo largo» dice Plautina con un suspiro; y termina: «Acuérdate de nosotros en tu Cielo...».

«Marchaos con la seguridad de que lo haré. Os dejo. Sabed que vuestra visita me ha sido grata. Adiós, Publio Quintiliano. Acuérdate de Jesús de Nazaret».

Las damas se despiden y son las primeras en marcharse; luego, pensativo, se marcha Quintiliano. Jesús los mira mientras se van en compañía de Maximino, que los acompaña hasta sus carros.

Detalle

Las damas romanas salieron al encuentro de Jesús en Betania.

Anotación

Las damas se levantan para saludar. Están Plautina, Valéria y Lidia y, además, otra anciana, que no sé quién es ni qué es, si del mismo rango o de uno inferior. Es Flavia Domitilla, que escribe lo que dice Jesús en tablillas de cera (EMV 204,9).

- El alma no es materia prima, Plautina. El embrión lo es. Tan cierto es que el alma sólo se da cuando el feto ya está formado INFUSIÓN DEL ALMA: El embrión, sí, en lugar de:el feto, sí, es una corrección de Maria Valtorta sobre el manuscrito original, donde inserta: "Tan cierto es que el alma sólo se da cuando el feto ya está formado". Esta frase está presente en la traducción francesa de Félix Sauvage de 1985, pero fue suprimida por considerar que entraría en contradicción con otras afirmaciones del capítulo, pero esta afirmación, que coincide con la de Santo Tomás de Aquino (véase más adelante), se ve confirmada por otras afirmaciones como en EMV 118: El hombre no es ante todo más que un embrión animal, no diferente del de una oveja.

El alma es, a semejanza de Dios, eterna y espiritual. Esta posición fue apoyada por Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, en la tradición de Aristóteles. Estimó el tiempo de insuflación en 40 días (unas 6 semanas). Hoy, con los avances de la ciencia, Juan Pablo II, sin pronunciarse sobre el momento exacto de la insuflación, nos recuerda que, desde el origen mismo del embrión, existe una definición personal que hay que respetar (todos procedemos de él). El estudio antropológico nos lleva a reconocer que, en virtud de la unidad sustancial del cuerpo con el espíritu, el genoma humano no tiene sólo un significado biológico; es portador de una dignidad antropológica que tiene su fuente en el alma espiritual que lo penetra y le da vida"(Discurso a los miembros de la Academia Pontificia para la Vida, 24 de febrero de 1998 {it}). Por su parte, Santo Tomás de Aquino afirmaba "El alma preexiste en el embrión; allí es primero nutritiva, luego sensitiva y finalmente intelectiva"(Suma Teológica, Parte I, Cuestión 118, De dónde procede el alma del hombre, Artículo 2, Respuesta).

El alma, lúcida, inteligente, espiritual, obra de Dios, recuerda esto. De esto ya se ha hablado más arriba, en EMV 204,5, así como en EMV 94,7, EMV 121,7, EMV 154,7 (con nota), EMV 157,5, EMV 169,5, EMV 344,7 (en boca de un niño), EMV 428,4 (con nota), EMV 534,6 (en boca de un anciano), EMV 554,10, EMV 556,8.

La memoria que las almas tienen de Dios se trata más específicamente en : EMV 10.9 | EMV 286.7 | EMV 290.9. Además, María "nunca estuvo privada del recuerdo de Dios", como podemos leer en EMV 4.6; esto se ilustra en EMV 10.8/10 y en las últimas líneas deEMV 11.4. El alma de María también se menciona en EMV 136.6 así como en EMV 348.9/10.

Palabras clave

ECR 206.15 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Lázaro se congratula con Jesús. Dice: «Siento que te marches, pero estoy más contento que si te hubiera visto marcharte anteayer».

«¿Por qué, Lázaro?».

«Porque te veía muy triste y cansado... No hablabas, sonreías poco... Ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro. Me alegro mucho...».

«Lo era, aunque guardase silencio...».

«Lo eras, sí; pero Tú eres no sólo serenidad sino también palabra. Esto buscamos en ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza, y estas fuentes parecían sin agua... Penosa era nuestra sed... Ya ves cómo hasta incluso a los gentiles les ha sorprendido, y han venido a buscarlas...».

Judas Iscariote, al cual se había acercado Juan de Zebedeo, se decide a hablar: «Sí, me habían preguntado también a mí... porque muchas veces estaba cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte».

«Sabías dónde estaba» responde escuetamente Jesús.

«Lo sabía. Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban. Los romanos también se sintieron decepcionados. No entiendo por qué has actuado así...».

«¿Y tú me lo preguntas? ¿No estás al corriente del estado de ánimo del Sanedrín, de los fariseos y de otros, respecto a mí?».

«¿Quieres decir que tenías miedo!».

«No. Náusea.»

Anotación

Ya ves, hasta los paganos se sorprendieron y vinieron a buscarlos... Referencia a EMV 204, con visitas de Plautina, Lidia, Flavia Domitilla y Valeria.

Palabras clave

ECR 218.2-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

va, sin vacilar, hasta un pequeño suburbio rural donde los hortelanos cultivan verduras para la ciudad. Las parcelas, las huertas, son de trazado regular y están bien cuidadas. Mujeres y hombres las cultivan; ahora están regando los surcos, extrayendo el agua de los pozos, o a fuerza de brazos o con el viejo — y chirriante — sistema del pobre burrito vendado que eleva los arcaduces dando vueltas en torno al pozo. Los cultivadores no dicen nada. Jesús saluda: «Paz a vosotros». Pero la gente permanece, si no hostil, al menos indiferente.

«Señor, aquí se corre el riesgo de morir de hambre. No comprenden tu saludo. Voy a probar yo» dice Tomás (y aborda al primer hortelano que ve, diciéndole: «¿Cuesta cara tu verdura?»).

«No más que la de otras huertas. Es cara o no, según lo nutrida que esté la bolsa».

«Bien has dicho, pero, como puedes ver, yo no muero de inanición; estoy gordo y tengo buen color, a pesar de no comer tus verduras, lo que significa que mi bolsa es una buena ubre. En pocas palabras: somos trece y podemos comprar, ¿qué nos vendes?».

«Huevos, verduras, almendras tempranas, manzanas (pasas porque son de hace bastante tiempo), aceitunas... Lo que quieras».

«Dame huevos, manzanas y pan, para todos».

«Pan no tengo. En la ciudad lo encuentras».

«Tengo hambre ahora, no hambre dentro de una hora. No creo eso de que no tienes pan».

«No tengo. La mujer lo está haciendo. Mira, ¿ves allí a ese viejo? Siempre tiene mucho pan porque, estando más cerca del camino, a menudo se lo piden los peregrinos. Ve donde Ananías y pídeselo. Ahora te traigo los huevos. De todas formas, ten en cuenta que cuestan a un denario el par».

«¡Ladrón! ¿Qué pasa, que tus gallinas ponen huevos de oro?».

«No. Pero uno no está en medio del hedor de los pollos por nada; que no es agradable. Además, ¿no sois judíos? Pues pagad».

«Quédate con los huevos y considérate bien pagado» y Tomás le vuelve la espalda.

«¡Eh, hombre! ¡Ven! Te los doy por menos: tres al denario».

«Ni cuatro; bébetelos, y a ver si se te atragantan».

«Ven. Escúchame. ¿Cuánto me quieres dar?» el hortelano sigue a Tomás.

«Nada. Ya no los quiero. Quería tomar un tentempié antes de entrar en la ciudad. Será mejor que no coma nada, así no pierdo ni la voz para cantar las crónicas del rey ni el apetito para comer bien en la hostería».

«Te los doy a un didracma el par».

«¡Uf, eres peor que un tábano! ¡Dame esos huevos! ¡Que sean frescos! Si no, vuelvo y te pongo el morro más amarillo de lo que lo tienes» y Tomás va con el hombre y vuelve con, al menos, dos docenas de huevos en el vuelo del manto. «¿Has visto? A partir de ahora en este pueblo de ladrones hago yo las compras; sé cómo tratarlos. Ellos vienen cargados de dinero a comprar a nuestra tierra, para sus mujeres: los brazaletes nunca son lo suficientemente gruesos, y se pasan enteras jornadas regateando el precio. Ahora me vengo.

218.3

Vamos a ese otro escorpión. Ven Pedro. Ten estos huevos, Juan».

Se dirigen a donde el anciano que tiene la huerta a lo largo de la vía principal, que, desde el Norte, siguiendo el trazado de las casas del suburbio, conduce a la ciudad. Es una vía bien adoquinada (sin lugar a dudas, hecha por los romanos). Ya está cerca la puerta del lado oriental de la ciudad. Dentro, se ve que la vía prosigue derecha, verdaderamente artística, transformada en un doble soportal umbrío sostenido por columnas de mármol por cuya fresca sombra la gente camina, dejando el centro de la calle para los asnos, camellos, carros y caballos.

«¡Salud! ¿Nos vendes pan?» pregunta Tomás.

El anciano o no oye o no quiere oír. La verdad es que el chirrido de la noria es tal, que puede crear confusión.

Pedro pierde la paciencia y grita: «¡Para a tu Sansón! Al menos podrá coger respiro para no morir ante mi vista. ¡Escúchanos!».

El hombre para el burro y mira a su interlocutor con cara de pocos amigos, pero Pedro le desarma diciendo: «¿No te parece acertado llamar Sansón a un burro? Si eres filisteo te dará gusto porque ofendería a Sansón, y si eres israelita te gustará también porque recordaría una derrota de los filisteos. Así que...».

«Soy filisteo, ¡y a mucha honra!».

«Me parece bien. Yo también te ensalzaré si nos das pan».

«Pero, ¿no eres judío?».

«Soy cristiano».

«¿Qué lugar es?».

«No es un lugar. Es una persona. Y yo soy de esa persona».

«¿Eres esclavo suyo?».

«Soy más libre que ningún otro hombre, porque quien es de esa persona ya no depende sino de Dios».

«¿Es verdad eso que dices? ¿Ni siquiera del César?».

«¡Bah!, ¿cómo vas a comparar al César con aquel a quien yo sigo, al cual pertenezco y en cuyo nombre te pido un pan!».

«Pero, ¿dónde está esta persona poderosa?».

«Es aquel hombre de allí, el que mira hacia aquí y sonríe. Es el Cristo, el Mesías. ¿No le has oído nunca mencionar?».

«Sí. El rey de Israel. ¿Derrotará a Roma?».

«¿Roma! ¡Al mundo entero, y hasta al Infierno!».

«¿Sois sus generales? ¿Vestidos así? Quizás lo hacéis para evitar el hostigamiento de los pérfidos judíos...».

«Sí y no. Pero... dame pan y mientras comemos te explico».

«¿Pan? ¡Hombre y también agua y vino y unos bancos, aquí a la sombra, para ti, tú compañero y tu Mesías! ¡Llámale!».

Pedro trota ligero hacia Jesús: «¡Ven, ven! Ese filisteo anciano nos da lo que queramos. Pero creo que te va a asaltar a preguntas... Le he dicho quién eres, más o menos. Tiene buena disposición».

218.4

Todo el grupo se dirige hacia la huerta. Cuando llegan, el hombre tiene ya preparados unos bancos en torno a una tosca mesa, a la sombra de una tupida pérgola de vid.

«Paz, Ananías. Prosperidad a tus tierras por tu caridad. Que te produzcan pingües frutos».

«Gracias. Paz a ti. Siéntate, sentaos. ¡Anibé! ¡Nubi! Pan, vino, agua. Inmediatamente» ordena el anciano a dos mujeres que se ve que son africanas (una es completamente negra, de labios gruesos y pelo crespo; la otra, muy oscura, aunque de tipo más europeo). El anciano explica: «Son las hijas de las esclavas de mi difunta mujer; también han muerto ya las que vinieron con ella. Las hijas han quedado. Son del Alto y Bajo Nilo. Mi mujer era de allí. Prohibido, ¿no? No me preocupa. No soy de Israel, y las mujeres de raza inferior son dóciles».

«¿No eres de Israel?».

«Lo soy a la fuerza, porque a Israel le tenemos al cuello como un yugo. Pero... Tú eres israelita... ¿te ofendes por esto que digo?».

«No. No me ofendo. Lo único que querría es que escucharas la voz de Dios».

«A nosotros no nos habla».

«Eso lo dices tú. Yo te estoy hablando, y es su voz».

«Pero Tú eres el Rey de Israel».

Las mujeres, que están llegando con el pan, el agua y el vino, y que oyen hablar de “rey”, se detienen turbadas, mirando al joven rubio, sonriente, honorable, al que el amo llama “rey”, y deciden retirarse, casi arrastrando los pies por el respeto.

«Gracias, mujeres. Paz también a vosotras». Luego, vuelto al anciano: «Son jóvenes... Sigue, sigue tu trabajo».

«No. La tierra está mojada y puede esperar. Habla un poco. Anibé, suelta al burro y llévale a su sitio; tú, Nubi, vuelca los últimos arcaduces y luego... ¿Te vas a detener un tiempo, Señor?».

«No te tomes más molestias; me basta con un poco de comida, luego entro en Ascalón».

«No es molestia. Ve a la ciudad si tienes esos planes, pero vuelve a la noche; partiremos el pan y compartiremos la sal. ¡Venga, vosotras, daos prisa! Tú ocúpate del pan, tú llama a Yeteo y que mate un cabritillo y lo preparas para la cena. Poneos en marcha» y las dos mujeres se van sin hablar.

218.5

«¿Así que eres Rey? ¿Y las armas? Herodes es cruel en todas sus manifestaciones; nos ha reconstruido Ascalón, pero lo ha hecho buscando su propia gloria. ¡Y ahora!... Bueno, conoces mejor que yo las vergüenzas de Israel. ¿Cómo te las vas a arreglar?».

«Sólo tengo el arma que viene de Dios».

«¿La espada de David?».

«La espada de mi palabra».

«¡Pobre iluso! Perderá la punta y el filo contra el bronce de los corazones».

«¿Tú crees? Mi mirada no se dirige a un reino de este mundo, sino, por todos vosotros, al Reino de los Cielos».

«¿Todos nosotros? ¿También yo, que soy filisteo? ¿También mis esclavas?».

«Todos. Tú y ellas, y hasta por el más salvaje que haya en el centro de las selvas africanas».

«¿Quieres construir un reino tan grande! ¿Por qué dices “de los Cielos”? Podrías llamarle: Reino de la Tierra».

«No. No comprendas en modo errado. Mi Reino es el Reino del verdadero Dios. Dios está en el Cielo. Por eso es Reino del Cielo. Todo hombre es un alma vestida de cuerpo, y el alma no puede vivir sino en el Cielo. Yo os quiero curar el alma, eliminar en vuestra alma errores y odios, conducirla a Dios a través de la bondad y el amor».

«Me agrada mucho esto. Aunque no vaya a Jerusalén, sé que los de Jerusalén no hablan así desde hace siglos. ¿De modo que no nos odias?».

«No odio a nadie».

El anciano se queda pensando un momento... luego pregunta: «¿Y las dos esclavas tienen también alma como vosotros los de Israel?».

«Ciertamente. No son fieras capturadas. Son criaturas desdichadas. Se las debe amar. ¿Tú lo haces?».

«No las trato mal. Exijo obediencia, pero no uso el látigo, y además las alimento bien. Animal mal nutrido no trabaja, se dice. Tampoco es buen partido el hombre mal alimentado. Además... han nacido en casa. Las he visto niñas. Ahora se quedarán ellas solas, porque soy muy viejo. Casi ochenta, ¿sabes? Ellas y Yeteo son lo que me queda de mi casa de otros tiempos. Los tengo afecto, como a muebles míos. Serán ellos quienes cierren mis ojos...».

«¿Y luego?».

«Y luego... ¡Psss!... No lo sé. Irán a servir, y la casa se disgregará. Lo siento. La he hecho próspera con mi trabajo. Esta tierra volverá a ser arenosa, estéril... Esta viña... la plantamos yo y mi mujer. Aquel rosal... es egipcio, Señor; en él siento el perfume de mi esposa... Es para mí como un hijo, como mi hijo único, ya polvo, que está enterrado a sus pies... Esto son penas... Mejor morir de joven y no ver esto y la muerte que se acerca...».

«Tu hijo no ha muerto, ni tampoco tu mujer; sobrevive su espíritu, sólo la carne está muerta. La muerte no debe causar terror. La muerte es vida para quien espera en Dios y vive en la justicia. Piensa en esto. Ahora voy a la ciudad. Volveré esta noche y te pediré ese pórtico para dormir Yo y los míos».

«No, Señor. Tengo muchas habitaciones vacías. Te las ofrezco».

Judas pone encima de la mesa unas monedas.

«No. No las acepto. Soy de esta tierra que os es hostil, pero quizás soy mejor que los que nos dominan. Adiós, Señor».

«Paz a ti, Ananías».

Las dos esclavas y Yeteo, un musculoso y anciano campesino, acuden para verle marcharse. «Paz también a vosotros. Sed buenos. Adiós». Jesús roza con su mano los cabellos crespos de Nubi y los lisos y brillantes de Anibé, sonríe al hombre y se marcha.

Palabras clave

ECR 594.4

El Evangelio como me ha sido revelado

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ECR 604.33-34

El Evangelio como me ha sido revelado

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