Notas de la palabra clave

Personajes anónimos

Tema: Encuentro con personajes (mencionado una vez) · Página 6 de 6

Comodidad de lectura

ECR 212.1.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Toda Yuttá corre al encuentro de Jesús, con flores silvestres de las laderas de sus montes y con las primicias de los frutos de sus campos, además de las sonrisas de sus niños y las bendiciones de sus habitantes. Antes de que Jesús ponga pie en el pueblo, se ve rodeado de estas buenas personas que, avisadas por Judas de Keriot y Juan, que habían sido enviados con anticipación, acuden a honrar al Salvador con las cosas mejores que han encontrado; sobre todo, con su amor.

Jesús no hace otra cosa sino bendecir con el gesto y la palabra a estas personas, adultos o niños, que están pegadas alrededor de Él y le besan sus vestiduras y sus manos, o que depositan en sus brazos, para que los bendiga con un beso, a los lactantes; la primera que lo hace es Sara: le pone en su corazón a ese espléndido nene de diez meses que es ya Iesaí.

Tan impetuoso es el amor, que hace difícil proseguir el camino; no obstante, es como una ola que aligera. Creo que Jesús camina, más por el impulso de esta ola que por el de sus propios pies. Sin duda, la alegría que le proporciona este amor eleva su Corazón bien alto, al cielo sereno. Su rostro refulge como en los momentos de más viva alegría de Hombre-Dios; no es ese rostro de poder, de magnética mirada, de cuando realiza milagros; tampoco es el rostro majestuoso de cuando expresa su unión continua con el Padre, ni el severo de cuando reprime un pecado: todos esplendorosos, aunque con diversa luminosidad. La luz de ahora es la de las horas de distensión de todo su yo, agredido por todas partes, obligado a vigilar siempre hasta los más mínimos gestos o palabras, suyos o de los demás, rodeado de todas las asechanzas de este mundo que lanzan — maléfica tela de araña — sus hilos satánicos para envolver a la divina Mariposa que es el Hombre-Dios, queriendo paralizar su vuelo y aprisionar su espíritu, para que no salve al mundo; queriendo amordazar su palabra, para que no instruya a los supremos y culpables ignorantes de la tierra; atar sus manos, para que no santifiquen — sus manos de Sacerdote eterno — a los hombres corrompidos por el demonio y la carne; tapar sus ojos, para que la perfección de su mirada, verdadero imán, perdón, amor, encanto que vence toda resistencia excepto la del perfecto satanás, no atraiga hacia sí a los corazones. (...)

Jesús entra en Yuttá. Le llevan a la plaza del mercado, y de aquí a la mísera casucha en que Isaac se consumió durante treinta años. Le explican: «Aquí venimos a hablar de ti y a orar, como si fuera una sinagoga; la más auténtica, porque aquí hemos empezado a conocerte, aquí las oraciones de un santo te han llamado para venir a nosotros. Entra. Mira cómo lo hemos preparado».

La casita, que no más de un año antes se componía de tres cuartuchos — el primero, donde Isaac, enfermo, mendigaba; el segundo, un tabuco; el tercero, una cocinita que daba al patio —, ahora se ha transformado en una única estancia con bancos para las reuniones que allí se celebran. En el patio, en una barraquilla, están los pocos enseres y muebles de Isaac (cada objeto es una reliquia). Con la veneración de los habitantes de Yuttá, el patio presenta ahora un aspecto menos desolado, pues han puesto en él unas enredaderas que con sus flores cubren la rústica estacada y, siguiendo unas cuerdas que han sido extendidas en forma de red sobre el patio, forman un principio de enramada a la altura del techo bajo.

Jesús los elogia y dice: «Aquí podemos quedarnos. Sólo os pido una cosa, que alojéis a las mujeres y al niño».

«¡No, Maestro nuestro; jamás! Vendremos aquí, contigo, para que nos hables, pero Tú y los tuyos sois nuestros huéspedes. Concédenos la bendición de dar alojamiento a ti y a los siervos de Dios; lo único que sentimos es que no sean tantos como el número de casas...».

Jesús da su consentimiento y sale de la casita para ir a la de Sara, que no cede a nadie su derecho a invitar a Jesús y a los suyos a comer...

Anotación

Sara (...) pone en su corazón a este espléndido amorcito de diez meses, que ahora es Jesai. Cf. EMV 76.9-11.

Palabras clave

ECR 215.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« Ahora vamos a Bet-Yinna. Tú, precisamente tú, Felipe, que me estás mirando con actitud implorante, irás con Andrés por el pueblo. Nosotros, mientras tanto, esperaremos junto a la fuente o en la plaza del pueblo».

«¡Señor, no nos mandes solos; ven Tú también!» dicen los dos apóstoles en tono suplicante.

«Id, he dicho. La obediencia os socorrerá más que mi muda presencia».

215.3

... Así que Felipe y Andrés van, sin rumbo fijo, por el pueblo. Llegan a una minúscula posada (más una caballeriza que una posada), donde hay unos intermediarios contratando corderos con unos pastores. Entran y, cohibidos, se paran en medio de un patio rodeado de arcadas muy toscas.

Viene el posadero: «¿Qué queréis?, ¿alojamiento?».

Los dos apóstoles se consultan recíprocamente con la mirada (una mirada llena de apuro). Es muy probable que de lo que habían pensado decir no les venga ni una sola palabra. Contra toda previsión, es precisamente Andrés el primero que cobra fuerzas y responde: «Sí, alojamiento para nosotros y para el Rabí de Israel».

«¿Qué rabí? ¡Hay muchos rabíes! Todos muy señores. No vienen a los pueblos de pobres a traernos su sabiduría. Somos los pobres los que tenemos que ir a ellos, ¡y ya es un regalo, si nos toleran a su lado!».

«El Rabí de Israel es uno sólo. Y viene precisamente a traer a los pobres la Buena Nueva; cuanto más pobres y pecadores son, más los busca y se acerca a ellos» responde dulcemente Andrés.

«¡Entonces... no hará dinero!».

«No busca riquezas. Es pobre y bueno. Cuando logra salvar a un alma, su jornada está cumplida» responde también esta vez Andrés.

«¡Hummm...! Es la primera vez que oigo que un rabí es bueno y pobre. Juan es pobre, pero es severo. Todos los demás son severos y ricos, insaciables como sanguijuelas. ¿Habéis oído? Venid aquí, vosotros que vais por todas partes. Estos hombres dicen que hay un maestro pobre y bueno, que viene a buscar a los pobres y pecadores».

«¡Ah, debe ser ese que viste de blanco como un esenio. Le vi hace tiempo en Jericó» dice uno de los tratantes.

«No. Ése está solo. Debe ser aquel de que hablaba Toma porque, así, por azar, había estado hablando de él con unos pastores del Líbano» responde un pastor alto y musculoso.

«¡Sí, vaya! Y viene del Líbano hasta aquí... ¡Por tu cara bonita!» exclama otro.

Mientras el posadero habla y escucha la opinión de sus clientes, los dos apóstoles permanecen allí, en medio del patio, como dos hitos, hasta que un hombre dice:

215.4

«¡Eh, vosotros, venid aquí!

¿Quién es? ¿De dónde viene este que decís?».

«Es Jesús de José, de Nazaret» dice serio Felipe, y permanece como quien espera que se burlen de él.

Andrés añade: «Es el Mesías anunciado. Os conjuro, por vuestro bien: escuchadle. Habéis nombrado a Juan; pues bien, yo estaba con él y os puedo decir que él mismo nos indicó a Jesús cuando pasaba, diciendo: “He ahí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Cuando Jesús entró en el Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una Voz gritó: “Éste es mi Hijo predilecto en quien tengo puestas mis complacencias”, y el Amor de Dios descendió como una paloma y se colocó resplandeciente encima de su cabeza».

«¿Ves como es el Nazareno? Pero, vamos a ver, vosotros, que os llamáis amigos suyos, decidnos...».

«Amigos no, apóstoles, discípulos, enviados suyos para anunciaros su llegada, para que quien tenga necesidad de salvación vaya a Él» precisa Andrés.

«Bien, de acuerdo, pero, decidnos si es realmente como lo describen algunos, o sea, un santo más santo que Juan el Bautista, o un demonio, como dicen otros. Vosotros, que estáis con él — porque si sois discípulos estaréis juntos, ¿no? —, vamos a ver, hablad con sinceridad: ¿es verdad que es lujurioso, comilón y bebedor, y que tiene simpatía por las meretrices y los publicanos; que es un nigromante y que por la noche invoca a los espíritus para conocer los secretos de los corazones?».

«Pero, ¿por qué preguntas esto a estos hombres? Pregunta más bien si es verdad que es bueno. Si no, estos dos se van a sentir ofendidos y se van a marchar y le van a contar al Rabí nuestras malas razones y nos va a maldecir. ¡Qué sabemos nosotros?... ¡Sea Dios o diablo, siempre será mejor tratarle bien!...».

Esta vez es Felipe el que habla: «Os podemos responder con sinceridad porque no hay nada torpe que ocultar. Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos. Durante el día dedica su esfuerzo a adoctrinar; incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones. Durante la noche ora por nosotros. No desprecia ni la mesa ni la amistad, pero no busca en ello ventaja propia; antes al contrario, lo hace para poderse acercar a aquellos a quienes de otra forma no sería posible acercarse. No rechaza ni a publicanos ni a meretrices, pero sólo para redimirlos. Signa su camino con curaciones y conversiones milagrosas, le obedecen el viento y el mar, pero no tiene necesidad de nadie para obrar prodigios, ni de invocar espíritus para conocer los corazones».

«Y, ¿con qué poder lo hace?... Has dicho que el viento y el mar le obedecen. Pero si son cosas que no tienen razón. ¿Cómo puede mandar sobre ellos?» pregunta el dueño de la posada.

«Respóndeme a esto, hombre: ¿tú qué crees, que es más difícil mandar sobre el viento y el mar o sobre la muerte?».

«¡Por Yeoveh!, ¡sobre la muerte no se tiene poder! Al mar se le puede echar aceite, se le puede hacer frente orientando adecuadamente las velas; se puede, prudentemente, no ir a navegar. Contra el viento se puede oponer los cierres de las puertas. Pero sobre la muerte no se tiene poder: no hay aceite que la aquiete, no hay vela que haga a nuestra navecilla tan rápida que pueda distanciar a la muerte, no hay cierres contra ella; cuando quiere venir pasa, a pesar de que estén echados los cerrojos. ¡No, no, nadie da órdenes a esta reina!».

«Pues, a pesar de todo, nuestro Maestro tiene poder sobre ella, y no sólo cuando está cercana, sino también cuando ya ha hecho presa. Un joven de Naím estaba ya para ser introducido en la horrenda boca del sepulcro, cuando Él dijo: “Te lo ordeno: álzate!”, y el joven volvió a la vida. Naím no está en los confines del mundo. Si vais, veréis».

«¿Así, sin más? ¿En presencia de todos?».

«En el camino, en presencia de toda Naím».

215.5

El dueño de la posada y los huéspedes se miran en silencio; luego el primero dice: «¡Pero, esas cosas las hará para sus amigos, ¿no?!».

«No, hombre, para todos los que creen en Él, y no sólo para ellos. Créeme que es la Piedad en la tierra. Nadie que va a Él vuelve de vacío. Escuchad todos. ¿Entre vosotros no hay nadie que sufra o llore, por alguna enfermedad en la familia, o por dudas, remordimientos, tentaciones o ignorancia? Presentaos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva. Él estará aquí hoy; mañana irá a otro lugar. No desaprovechéis la Gracia del Señor ahora que pasa» dice Felipe, que se ha ido sintiendo cada vez más seguro.

El dueño de la posada se revuelve los cabellos, abre y cierra la boca, se manosea las franjas de la cintura... y, al final, dice: «¡Yo lo intento!... Tengo una hija. Hasta el pasado verano estaba bien. Después todo cambió. Ahora es una lunática. Está siempre en un rincón, como una fiera muda; su madre, con gran esfuerzo, apenas si logra vestirla y darle de comer. Los médicos dicen que se le ha consumido el cerebro por exceso de sol; otros, que por un triste amor; el pueblo dice que está endemoniada. ¡¿Cómo es posible, si es una jovencita que no ha salido nunca de aquí?! ¿Dónde se ha cogido este demonio? ¿Tu Maestro qué dice, que el demonio se puede apoderar de un inocente?».

Felipe responde sin vacilar: «Sí, para atormentar a los familiares y hacer que se desesperen».

«¿Y... cura a los lunáticos? ¿Debo tener esperanza?».

«Debes creer» responde inmediatamente Andrés, que narra el milagro de los gerasenos, y termina diciendo: «Si aquéllos — y eran una legión en corazones de pecadores — huyeron de ese modo, cuánto más lo hará ése, que ha entrado por la fuerza en un corazón fresco? Te digo, hombre: para quien espera en Él, lo imposible se le hace tan fácil como respirar. Yo, que he visto las obras de mi Señor, doy testimonio de su potencia».

«¡Oh!, ¿quién de vosotros va y le llama?».

«Yo mismo. Espérame, que vuelvo enseguida». Y Andrés se marcha veloz. Felipe se queda a hablar.

215.6

Cuando Andrés ve a Jesús, parado, en el zaguán de una casa, para evitar el sol implacable que llena la pequeña plaza del pueblo, corre hacia Él diciendo: «¡Ven! ¡Ven, Maestro! El posadero tiene una hija lunática. Te implora que la cures».

«¿Pero me conocía?».

«No, Maestro. Hemos tratado de darte a conocer...».

«Lo habéis conseguido, porque si uno llega ya a creer que puedo curar un mal que no tiene remedio es que ya está adelantado en la fe. Y teníais miedo a no ser capaces de ello... ¿Qué habéis dicho?».

«Ni siquiera te lo sabría decir. Hemos expresado lo que pensamos de ti y hemos hablado de tus obras. Sobre todo, hemos dicho que eres Amor y Piedad. ¡¡Qué mal te conoce el mundo!!».

«Pero vosotros me conocéis bien. Es suficiente».

215.7

Llegan a la pequeña posada. Todos los huéspedes están en la puerta, curiosos. En medio, con Felipe, está el posadero, que sigue con sus monólogos.

Quando ve a Jesús, corre a su encuentro: «Maestro, Señor, Jesús... yo... yo creo tanto que Tú eres Tú, que sabes todo, que ves todo, que conoces todo, que todo lo puedes, tanto lo creo, que te digo: ten piedad de mi hija, aunque los pecados de mi corazón sean muchos; no caiga sobre mi hija el castigo por haber sido inmoral en mi trabajo; juro que no volveré a ser avariento. Tú ves mi corazón, lo que ha sido y lo que piensa ahora. Perdón. Piedad, Maestro, y hablaré de ti a todos los que vengan aquí, a mi casa...». El hombre está de rodillas.

Jesús le dice: «Álzate y persevera en los sentimientos de ahora. Llévame a donde tu hija».

«Está en un establo, Señor. Este calor bochornoso la pone más enferma todavía. No quiere salir».

«Bien, no importa; voy Yo. No es el bochorno, es que el demonio me siente llegar».

Entran en un patio, luego en un establo oscuro. Todos los demás van detrás.

La niña, despeinada, demacrada, se contorsiona en el rincón más oscuro, y, en cuanto ve a Jesús, grita: «¡Atrás! ¡Atrás! No me hostigues. Tú eres el Cristo del Señor; sobre mí descargas tu mano. Déjame tranquilo. ¿Por qué sigues siempre mis pasos?».

«¡Sal de ella! ¡Vete! ¡Lo quiero! ¡Devuelve a Dios tu presa y calla!».

Un grito desgarrador, una sacudida, un cuerpo que se derrumba sobre la paja... Luego, con calma, tristeza, estupor, la jovencita, que ahora se avergüenza de estar sin velo y con un vestido roto ante los ojos de muchos extraños, pregunta: «¿Dónde estoy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿quiénes son éstos?» e invoca a su madre.

«¡Oh, Señor eterno! ¡Está curada!...» y, aunque resulte extraño en el rubicundo y colorado hospedero, llora como un niño... Se siente dichoso. Llora. No sabe qué otra cosa hacer sino besar las manos de Jesús. Entretanto, la madre también llora, circundada por la corona de sus hijitos, que miran asombrados, y besa a esta primogénita suya que ha sido liberada del demonio.

Los presentes prorrumpen en un verdadero clamor, otros acuden para ver el prodigio. El patio está lleno.

«Quédate, Señor. Ven esta noche. Cobíjate bajo mi techo».

«Hombre, somos trece».

«Aunque fuerais trescientos, sería como nada. Sé lo que quieres decir, pero el Samuel avariento y deshonesto ha muerto, Señor. Se ha marchado también mi demonio. Ahora vive el nuevo Samuel. Seguirá siendo hospedero, pero santamente. Ven, ven conmigo, que quiero honrarte como a un rey, como a un dios, como a quien eres. ¡Oh, bendito el sol de hoy que te ha traído a mí!»....

Detalle

André y Philippe parten a evangelizar Betginna por orden de Jesús. Uno de los habitantes les habla de su hija poseída a partir del EMV 215.5.

Anotación

Has mencionado a Juan el Bautista. Pues bien, yo estaba con él y fue él quien nos señaló a Jesús, que pasaba por allí, diciendo: «He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo». » Cuando Jesús descendió al Jordán para ser bautizado, los cielos se abrieron y una voz exclamó: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias», y el amor de Dios descendió en forma de paloma para resplandecer sobre su cabeza . Véase EMV 45.

Estaban a punto de introducir a un joven de Naím en las horribles fauces de la tumba, cuando él ordenó: «Te lo digo: ¡levántate!», y el joven volvió a la vida. Naím no está en el fin del mundo. Podéis ir a verlo. Véase EMV 189.

A continuación, narra el milagro de los gerasenos. Véase EMV 186 o la palabra clave «los endemoniados de Gerasa».

Palabras clave

ECR 218.2-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

va, sin vacilar, hasta un pequeño suburbio rural donde los hortelanos cultivan verduras para la ciudad. Las parcelas, las huertas, son de trazado regular y están bien cuidadas. Mujeres y hombres las cultivan; ahora están regando los surcos, extrayendo el agua de los pozos, o a fuerza de brazos o con el viejo — y chirriante — sistema del pobre burrito vendado que eleva los arcaduces dando vueltas en torno al pozo. Los cultivadores no dicen nada. Jesús saluda: «Paz a vosotros». Pero la gente permanece, si no hostil, al menos indiferente.

«Señor, aquí se corre el riesgo de morir de hambre. No comprenden tu saludo. Voy a probar yo» dice Tomás (y aborda al primer hortelano que ve, diciéndole: «¿Cuesta cara tu verdura?»).

«No más que la de otras huertas. Es cara o no, según lo nutrida que esté la bolsa».

«Bien has dicho, pero, como puedes ver, yo no muero de inanición; estoy gordo y tengo buen color, a pesar de no comer tus verduras, lo que significa que mi bolsa es una buena ubre. En pocas palabras: somos trece y podemos comprar, ¿qué nos vendes?».

«Huevos, verduras, almendras tempranas, manzanas (pasas porque son de hace bastante tiempo), aceitunas... Lo que quieras».

«Dame huevos, manzanas y pan, para todos».

«Pan no tengo. En la ciudad lo encuentras».

«Tengo hambre ahora, no hambre dentro de una hora. No creo eso de que no tienes pan».

«No tengo. La mujer lo está haciendo. Mira, ¿ves allí a ese viejo? Siempre tiene mucho pan porque, estando más cerca del camino, a menudo se lo piden los peregrinos. Ve donde Ananías y pídeselo. Ahora te traigo los huevos. De todas formas, ten en cuenta que cuestan a un denario el par».

«¡Ladrón! ¿Qué pasa, que tus gallinas ponen huevos de oro?».

«No. Pero uno no está en medio del hedor de los pollos por nada; que no es agradable. Además, ¿no sois judíos? Pues pagad».

«Quédate con los huevos y considérate bien pagado» y Tomás le vuelve la espalda.

«¡Eh, hombre! ¡Ven! Te los doy por menos: tres al denario».

«Ni cuatro; bébetelos, y a ver si se te atragantan».

«Ven. Escúchame. ¿Cuánto me quieres dar?» el hortelano sigue a Tomás.

«Nada. Ya no los quiero. Quería tomar un tentempié antes de entrar en la ciudad. Será mejor que no coma nada, así no pierdo ni la voz para cantar las crónicas del rey ni el apetito para comer bien en la hostería».

«Te los doy a un didracma el par».

«¡Uf, eres peor que un tábano! ¡Dame esos huevos! ¡Que sean frescos! Si no, vuelvo y te pongo el morro más amarillo de lo que lo tienes» y Tomás va con el hombre y vuelve con, al menos, dos docenas de huevos en el vuelo del manto. «¿Has visto? A partir de ahora en este pueblo de ladrones hago yo las compras; sé cómo tratarlos. Ellos vienen cargados de dinero a comprar a nuestra tierra, para sus mujeres: los brazaletes nunca son lo suficientemente gruesos, y se pasan enteras jornadas regateando el precio. Ahora me vengo.

218.3

Vamos a ese otro escorpión. Ven Pedro. Ten estos huevos, Juan».

Se dirigen a donde el anciano que tiene la huerta a lo largo de la vía principal, que, desde el Norte, siguiendo el trazado de las casas del suburbio, conduce a la ciudad. Es una vía bien adoquinada (sin lugar a dudas, hecha por los romanos). Ya está cerca la puerta del lado oriental de la ciudad. Dentro, se ve que la vía prosigue derecha, verdaderamente artística, transformada en un doble soportal umbrío sostenido por columnas de mármol por cuya fresca sombra la gente camina, dejando el centro de la calle para los asnos, camellos, carros y caballos.

«¡Salud! ¿Nos vendes pan?» pregunta Tomás.

El anciano o no oye o no quiere oír. La verdad es que el chirrido de la noria es tal, que puede crear confusión.

Pedro pierde la paciencia y grita: «¡Para a tu Sansón! Al menos podrá coger respiro para no morir ante mi vista. ¡Escúchanos!».

El hombre para el burro y mira a su interlocutor con cara de pocos amigos, pero Pedro le desarma diciendo: «¿No te parece acertado llamar Sansón a un burro? Si eres filisteo te dará gusto porque ofendería a Sansón, y si eres israelita te gustará también porque recordaría una derrota de los filisteos. Así que...».

«Soy filisteo, ¡y a mucha honra!».

«Me parece bien. Yo también te ensalzaré si nos das pan».

«Pero, ¿no eres judío?».

«Soy cristiano».

«¿Qué lugar es?».

«No es un lugar. Es una persona. Y yo soy de esa persona».

«¿Eres esclavo suyo?».

«Soy más libre que ningún otro hombre, porque quien es de esa persona ya no depende sino de Dios».

«¿Es verdad eso que dices? ¿Ni siquiera del César?».

«¡Bah!, ¿cómo vas a comparar al César con aquel a quien yo sigo, al cual pertenezco y en cuyo nombre te pido un pan!».

«Pero, ¿dónde está esta persona poderosa?».

«Es aquel hombre de allí, el que mira hacia aquí y sonríe. Es el Cristo, el Mesías. ¿No le has oído nunca mencionar?».

«Sí. El rey de Israel. ¿Derrotará a Roma?».

«¿Roma! ¡Al mundo entero, y hasta al Infierno!».

«¿Sois sus generales? ¿Vestidos así? Quizás lo hacéis para evitar el hostigamiento de los pérfidos judíos...».

«Sí y no. Pero... dame pan y mientras comemos te explico».

«¿Pan? ¡Hombre y también agua y vino y unos bancos, aquí a la sombra, para ti, tú compañero y tu Mesías! ¡Llámale!».

Pedro trota ligero hacia Jesús: «¡Ven, ven! Ese filisteo anciano nos da lo que queramos. Pero creo que te va a asaltar a preguntas... Le he dicho quién eres, más o menos. Tiene buena disposición».

218.4

Todo el grupo se dirige hacia la huerta. Cuando llegan, el hombre tiene ya preparados unos bancos en torno a una tosca mesa, a la sombra de una tupida pérgola de vid.

«Paz, Ananías. Prosperidad a tus tierras por tu caridad. Que te produzcan pingües frutos».

«Gracias. Paz a ti. Siéntate, sentaos. ¡Anibé! ¡Nubi! Pan, vino, agua. Inmediatamente» ordena el anciano a dos mujeres que se ve que son africanas (una es completamente negra, de labios gruesos y pelo crespo; la otra, muy oscura, aunque de tipo más europeo). El anciano explica: «Son las hijas de las esclavas de mi difunta mujer; también han muerto ya las que vinieron con ella. Las hijas han quedado. Son del Alto y Bajo Nilo. Mi mujer era de allí. Prohibido, ¿no? No me preocupa. No soy de Israel, y las mujeres de raza inferior son dóciles».

«¿No eres de Israel?».

«Lo soy a la fuerza, porque a Israel le tenemos al cuello como un yugo. Pero... Tú eres israelita... ¿te ofendes por esto que digo?».

«No. No me ofendo. Lo único que querría es que escucharas la voz de Dios».

«A nosotros no nos habla».

«Eso lo dices tú. Yo te estoy hablando, y es su voz».

«Pero Tú eres el Rey de Israel».

Las mujeres, que están llegando con el pan, el agua y el vino, y que oyen hablar de “rey”, se detienen turbadas, mirando al joven rubio, sonriente, honorable, al que el amo llama “rey”, y deciden retirarse, casi arrastrando los pies por el respeto.

«Gracias, mujeres. Paz también a vosotras». Luego, vuelto al anciano: «Son jóvenes... Sigue, sigue tu trabajo».

«No. La tierra está mojada y puede esperar. Habla un poco. Anibé, suelta al burro y llévale a su sitio; tú, Nubi, vuelca los últimos arcaduces y luego... ¿Te vas a detener un tiempo, Señor?».

«No te tomes más molestias; me basta con un poco de comida, luego entro en Ascalón».

«No es molestia. Ve a la ciudad si tienes esos planes, pero vuelve a la noche; partiremos el pan y compartiremos la sal. ¡Venga, vosotras, daos prisa! Tú ocúpate del pan, tú llama a Yeteo y que mate un cabritillo y lo preparas para la cena. Poneos en marcha» y las dos mujeres se van sin hablar.

218.5

«¿Así que eres Rey? ¿Y las armas? Herodes es cruel en todas sus manifestaciones; nos ha reconstruido Ascalón, pero lo ha hecho buscando su propia gloria. ¡Y ahora!... Bueno, conoces mejor que yo las vergüenzas de Israel. ¿Cómo te las vas a arreglar?».

«Sólo tengo el arma que viene de Dios».

«¿La espada de David?».

«La espada de mi palabra».

«¡Pobre iluso! Perderá la punta y el filo contra el bronce de los corazones».

«¿Tú crees? Mi mirada no se dirige a un reino de este mundo, sino, por todos vosotros, al Reino de los Cielos».

«¿Todos nosotros? ¿También yo, que soy filisteo? ¿También mis esclavas?».

«Todos. Tú y ellas, y hasta por el más salvaje que haya en el centro de las selvas africanas».

«¿Quieres construir un reino tan grande! ¿Por qué dices “de los Cielos”? Podrías llamarle: Reino de la Tierra».

«No. No comprendas en modo errado. Mi Reino es el Reino del verdadero Dios. Dios está en el Cielo. Por eso es Reino del Cielo. Todo hombre es un alma vestida de cuerpo, y el alma no puede vivir sino en el Cielo. Yo os quiero curar el alma, eliminar en vuestra alma errores y odios, conducirla a Dios a través de la bondad y el amor».

«Me agrada mucho esto. Aunque no vaya a Jerusalén, sé que los de Jerusalén no hablan así desde hace siglos. ¿De modo que no nos odias?».

«No odio a nadie».

El anciano se queda pensando un momento... luego pregunta: «¿Y las dos esclavas tienen también alma como vosotros los de Israel?».

«Ciertamente. No son fieras capturadas. Son criaturas desdichadas. Se las debe amar. ¿Tú lo haces?».

«No las trato mal. Exijo obediencia, pero no uso el látigo, y además las alimento bien. Animal mal nutrido no trabaja, se dice. Tampoco es buen partido el hombre mal alimentado. Además... han nacido en casa. Las he visto niñas. Ahora se quedarán ellas solas, porque soy muy viejo. Casi ochenta, ¿sabes? Ellas y Yeteo son lo que me queda de mi casa de otros tiempos. Los tengo afecto, como a muebles míos. Serán ellos quienes cierren mis ojos...».

«¿Y luego?».

«Y luego... ¡Psss!... No lo sé. Irán a servir, y la casa se disgregará. Lo siento. La he hecho próspera con mi trabajo. Esta tierra volverá a ser arenosa, estéril... Esta viña... la plantamos yo y mi mujer. Aquel rosal... es egipcio, Señor; en él siento el perfume de mi esposa... Es para mí como un hijo, como mi hijo único, ya polvo, que está enterrado a sus pies... Esto son penas... Mejor morir de joven y no ver esto y la muerte que se acerca...».

«Tu hijo no ha muerto, ni tampoco tu mujer; sobrevive su espíritu, sólo la carne está muerta. La muerte no debe causar terror. La muerte es vida para quien espera en Dios y vive en la justicia. Piensa en esto. Ahora voy a la ciudad. Volveré esta noche y te pediré ese pórtico para dormir Yo y los míos».

«No, Señor. Tengo muchas habitaciones vacías. Te las ofrezco».

Judas pone encima de la mesa unas monedas.

«No. No las acepto. Soy de esta tierra que os es hostil, pero quizás soy mejor que los que nos dominan. Adiós, Señor».

«Paz a ti, Ananías».

Las dos esclavas y Yeteo, un musculoso y anciano campesino, acuden para verle marcharse. «Paz también a vosotros. Sed buenos. Adiós». Jesús roza con su mano los cabellos crespos de Nubi y los lisos y brillantes de Anibé, sonríe al hombre y se marcha.

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