84.1 Una clarísima aurora estiva. Más que aurora, ya infancia de día, porque el Sol ya ha dejado todo límite de horizonte y sube cada vez más, sonriéndole a la tierra sonriente. No hay tallito que no ría con destellos de rocío. Parece como si los astros nocturnos se hubieran pulverizado, para ser oro y gemas en todos los tallos, en todas las frondas, y hasta incluso sobre las piedras esparcidas en el suelo, con sus escamitas silíceas, humedecidas por el rocío, que parecen polvos de tocador hechos de diamante, o polvo de oro.
Jesús y Simón andan por un camino que se aleja de la calzada principal haciendo una V. Se dirigen hacia unos magníficos huertos de árboles frutales, y espléndidos campos de lino tan alto como un hombre, ya cercano a la siega; otros campos, más lejanos, muestran sólo un gran rojear de amapolas entre la amarillez de los rastrojos.
«Estamos ya en la propiedad de mi amigo. Como puedes ver, Maestro, la distancia estaba dentro de la prescripción de la Ley. Jamás me habría permitido un engaño contigo. Detrás de aquel pomar está el muro que circunda el jardín; dentro está la casa. Te he traído por este atajo precisamente para no salirnos de la milla prescrita».
«¡Es muy rico tu amigo!».
«Mucho. Pero no es feliz. Su casa tiene propiedades en otros lugares».
«¿Es fariseo?».
«Su padre no lo era. Él... es muy observante. Ya te lo he dicho: un verdadero israelita».
Andan un poco más. Se ve un alto muro. Luego, al otro lado, árboles y más árboles, entre los cuales apenas si se ve la casa. El terreno aquí se eleva un poco, pero no tanto como para permitirle a la vista penetrar en el jardín, tan vasto que podríamos llamarle “parque”.
Dan la vuelta a la esquina. El muro prosigue igual, dejando descender desde su parte alta ramas despeinadas de rosas y jazmines llenas de fragancia y esplendor en sus corolas bañadas de rocío.
84.2 Llegan a la sólida puerta de hierro forjado. Simón golpea con el pesado aldabón de bronce.