ECR 62.2
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
La oraciĂłn es una fuerza para uno mismo y para los demĂĄs. Todo se obtiene con la oraciĂłn.
Notas del tema
ECR 62.2
La oraciĂłn es una fuerza para uno mismo y para los demĂĄs. Todo se obtiene con la oraciĂłn.
ECR 62.2
Si no el don, que no siempre el Padre concede â y no se debe pensar que ello es falta de amor, sino creer siempre que es algo requerido por un Orden que, para bien, rige la suerte de cada uno de los hombres â, sĂ ciertamente la oraciĂłn da paz y equilibrio para poder resistir a tantas cosas que nos asaltan, sin salirse del sendero santo.
ECR 62.2
«¥Pero nosotros no sabemos orar! No sabemos decir las hermosas palabras que TĂș pronuncias».
«Decid las que sabéis, como las sabéis. No son las palabras, son los movimientos que las acompañan los que hacen agradables las oraciones al Padre».
ECR 62.3
Yo todos los dĂas de la semana soy el Amor, la Luz, la Salud».
ECR 62.3
ÂĄOh, si el mundo entero viniera a mĂ para escucharme, para llorar sus pecados y sus sufrimientos en mi corazĂłn, para obtener la salud del alma y del cuerpo, y Yo me consumara en hablarle, en perdonarle, en infundir mi poder, entonces serĂa tan feliz, Pedro, que ya no echarĂa de menos ni siquiera el Cielo en que estaba en el Padre!...
ECR 62.4
Que la obediencia te alegre, y con ella la persuasiĂłn de serme un discĂpulo Ăștil.
ECR 63
Samuel, el jorobado curado en EMV 61, viene a buscar a un leproso, Abel, que se encuentra en la Ășltima fase de la enfermedad. Es una ruina, una piltrafa humana. Samuel, sin embargo, no tiene miedo y viene a llevarle provisiones. Mientras lo hace, le habla de Cristo, el MesĂas, e inspira esperanza a su camarada. El muchacho tiene fe, asĂ que acepta quedarse en el bosque y esperar allĂ al Salvador. Samuel, por su parte, sale al encuentro de JesĂșs y lo conduce hasta Abel. JesĂșs le cura y los dos hombres se llenan de alegrĂa.
ECR 63.1-5
63.1 Con una precisiĂłn de fotografĂa perfecta, tengo delante de la vista espiritual, desde esta mañana, todavĂa antes del alba, a un pobre leproso.
Es verdaderamente un despojo de hombre. No sabrĂa decir quĂ© edad tiene por lo mucho que le ha devastado la enfermedad. EsquelĂ©tico, semidesnudo, muestra su cuerpo reducido al estado de una momia corroĂda. Las manos y los pies estĂĄn retorcidos e incompletos (de manera que son pobres extremidades que ya no parecen ni siquiera humanas): las manos tienen aspecto de garra y estĂĄn retorcidas, asemejan en algo a la pata de un monstruo alado; los pies parecen casi pezuñas de buey por lo mutilados y desfigurados que estĂĄn.
ÂĄY la cabeza?... Creo que una persona a la que no se la haya sepultado y que haya quedado momificada por el sol y por el viento tendrĂĄ una cabeza semejante a Ă©sta. Le quedan pocos mechones de cabellos esparcidos salteadamente, pegados al cutis amarillento y costroso como por polvo secado sobre una calavera. Los ojos los tiene apenas entreabiertos, ahondadĂsimos; los labios y la nariz, mordisqueados por el mal, muestran ya los cartĂlagos y las encĂas; las orejas son dos embrionarios restos de aurĂculas; recubre todo una piel apergaminada, amarilla como ciertos caolines, bajo la cual se destacan terriblemente los huesos; parece como si la funciĂłn de esta piel fuera la de mantener reunidos estos pobres huesos dentro de su repelente saco repleto de costurones de cicatrices o laceraciones de llagas en putrefacciĂłn. ÂĄUna ruina!
Pienso exactamente en una Muerte vagante por la tierra, con el esqueleto recubierto por una piel apergaminada, envuelta en un asqueroso manto todo hecho jirones, y con un nudoso bastĂłn en la mano, ciertamente arrancado a algĂșn ĂĄrbol, en vez de la guadaña.
EstĂĄ a la entrada de una cueva situada en un lugar apartado, una verdadera cueva, tan destruida que no puedo decir si originariamente era un sepulcro o una cabaña para leñadores, o restos de alguna casa derruida. Dirige su mirada hacia la calzada, a unos ciento y pico metros de su antro, una via principal polvorienta, aĂșn llena de sol. No hay nadie en ella. Hasta donde alcanza la vista, sĂłlo sol, polvo y soledad en la calzada. Mucho mĂĄs arriba, al noroeste, debe haber un pueblo, o ciudad. Veo las primeras casas. EstarĂĄ al menos a un kilĂłmetro de distancia.
El leproso mira, y suspira. Luego coge una escudilla desportillada y la llena en un arroyuelo. Bebe. Se adentra en una maraña de arbustos, detrås del antro; se agacha; le arranca al suelo algunas matas de achicoria silvestre. Vuelve al arroyuelo, las limpia quitåndoles el polvo mås grueso con la escasa agua que aquél porta, y se las come despacio, llevåndoselas con dificultad a la boca con sus destrozadas manos. Deben estar duras como palos. Trata de masticarlas con gran esfuerzo y muchas las escupe sin poderlas tragar, a pesar de que trate de ayudarse bebiendo sorbos de agua.
63.2 «¿Dónde estås, Abel?» grita una voz.
El leproso se sobresalta. En sus labios se dibuja un simulacro de sonrisa. Pero estĂĄn tan desfigurados esos labios, que tambiĂ©n es informe este espectro de sonrisa. Responde con una voz extraña, estridente (me viene a la mente el grito de unas aves cuyo exacto nombre ignoro): «¥Estoy aquĂ! CreĂa que ya no vendrĂas. Pensaba que te habĂa sucedido algo malo y estaba triste... Si me llegases a faltar tambiĂ©n tĂș, ÂżquĂ© le quedarĂa al pobre Abel?». Diciendo esto, camina hacia la calzada, se ve que hasta donde puede segĂșn la Ley, porque a mitad de recorrido se para.
Por el camino se acerca un hombre que de tan ligero como va casi corre.
«¿Pero eres realmente tĂș, Samuel? Si no eres la persona a quien espero, quienquiera que seas, no me hagas nada malo».
«Soy yo, Abel, y no otro. Y sano. Mira cĂłmo corro. Llego tarde, lo sĂ©. Y lo sentĂa por ti. Pero cuando sepas... ÂĄoh!, te sentirĂĄs dichoso. Y te he traĂdo no sĂłlo los consabidos mendrugos de pan, sino un pan entero reciente y bueno, para ti solo, y tengo tambiĂ©n pescado bueno, y un queso. Todo para ti. Quiero que hagas una fiesta, mi pobre amigo, para prepararte a una fiesta mĂĄs grande».
«¿Pero cómo es que te has vuelto tan rico? No entiendo...».
«Ahora te contaré».
«Y sano. ¥No pareces el mismo!».
63.3 «Escucha, pues. He sabido que en CafarnaĂșm estaba ese RabĂ que es santo, y he ido...».
«¥Pårate, pårate! Estoy infectado».
«¥No importa! Ya no tengo miedo a nada». El hombre, que es el pobre tullido a quien JesĂșs curĂł y socorriĂł con una limosna en el huerto de la suegra de Pedro, ha llegado, efectivamente, con su paso veloz, hasta pocos pasos del leproso. Hablaba mientras caminaba, y reĂa dichoso.
Pero el leproso insiste: «Pårate, en nombre de Dios. Si te ve alguien...».
«Me paro. Mira: pongo aquà las provisiones. Come mientras sigo hablando». El hombre coloca encima de una voluminosa piedra un paquete, y lo abre. Luego se retira unos pasos. El leproso se acerca y se lanza sobre el alimento inusitado.
«¥Oh, cuĂĄnto tiempo hace que no comĂa asĂ! ÂĄQuĂ© bueno estĂĄ! Y pensar que creĂa que me habrĂa ido a descansar con el estĂłmago vacĂo. Ninguna persona piadosa hoy... ni siquiera tĂș... HabĂa masticado un poco de achicoria...».
«¥Pobre Abel! Ya lo pensaba yo. Pero me decĂa: âBueno. Ahora estarĂĄ triste, ÂĄpero despuĂ©s se sentirĂĄ dichoso!â».
«Dichoso, sĂ, por esta buena comida. Pero luego...».
«¥No! Serås feliz para siempre».
El leproso hace un gesto con la cabeza.
«Mira, Abel. Si puedes tener fe, serås feliz».
«¿Fe en quién?».
«En el RabĂ, en el RabĂ que me ha curado a mĂ».
«¥Yo estoy leproso y en grado extremo! ¿Cómo puede curarme?».
«¥Lo puede! Es santo».
«SĂ, tambiĂ©n Eliseo curĂł a NaamĂĄn el leproso... lo sĂ©... Pero yo... yo no puedo ir al JordĂĄn».
«SerĂĄs curado sin necesidad de agua. Escucha: Este RabĂ es el MesĂas, Âżentiendes? ÂĄEl MesĂas! Es el Hijo de Dios. Y cura a todos aquellos que tienen fe. Dice: âQuieroâ, y los demonios huyen, y los miembros del cuerpo se enderezan, y los ojos ciegos ven».
«¥Oh, vaya que si tendrĂa fe yo! ÂżPero cĂłmo puedo ver al MesĂas?».
«Exacto... he venido para esto. Ăl estĂĄ allĂ, en aquel pueblo. SĂ© dĂłnde estĂĄ esta noche. Si quieres... Yo dije: âSe lo digo a Abel, y si Abel siente que tiene fe le conduzco hacia el Maestroâ».
«¿Estås loco, Samuel? Si me acerco a las casas me apedrearån».
«No a las casas. Pronto serå de noche. Te conduciré hasta aquel bosquecito y luego iré a llamar al Maestro. Le llevaré hasta ti...».
«¥Ve, ve inmediatamente! Voy yo solo por mi cuenta hasta aquel punto. IrĂ© caminando por el lecho del regato, por entre las matas; pero tĂș ve, ve... ÂĄOh, ve, buen amigo! ÂĄSi supieras quĂ© es tener este mal y quĂ© significa esperar curarse!...». El leproso ya ni siquiera se preocupa de la comida. Llora y gesticula implorĂĄndole al amigo.
«Me voy y tĂș vas hasta el bosque». El ex tullido se marcha corriendo.
63.4 Abel baja con dificultad al lecho del regato que bordea la calzada, todo lleno de matas crecidas en el fondo seco. En el centro apenas si hay un hilo de agua. Cae la noche mientras el infeliz se desliza entre los mojones de matorrales, siempre alerta por si oye algĂșn paso. Dos veces se extiende a lo largo contra el suelo del fondo: la primera, por un hombre a caballo que recorre al trote la calzada; la segunda, por tres hombres, cargados de heno, que van en direcciĂłn al pueblo. DespuĂ©s prosigue.
Pero, antes que Ă©l, llega JesĂșs con Samuel al bosquecito. «Dentro de poco estarĂĄ aquĂ. Camina lento, por las llagas. Ten paciencia».
«No tengo prisa».
«¿Le vas a curar?».
«¿Tiene fe?».
«¥Oh!... se estaba muriendo de hambre, veĂa esa comida despuĂ©s de años de abstinencia, y, no obstante, ha dejado todo despuĂ©s de unos pocos bocados para venir rĂĄpidamente».
«¿Cómo le has conocido?».
«Mira... yo vivĂa de limosnas despuĂ©s de mi desventura y recorrĂa los caminos para desplazarme a uno u otro lugar. Por aquĂ pasaba cada siete dĂas. ConocĂ a ese pobre hombre un dĂa que, llevado del hambre, se habĂa acercado en busca de algo hasta el camino que conduce al pueblo, bajo una tormenta que harĂa huir incluso a los lobos. Estaba hurgando entre la basura como un perro. Yo tenĂa algo de pan duro en el talego â el Ăłbolo de algunas personas buenas â y lo compartĂ con Ă©l. Desde entonces somos amigos y todas las semanas le abastezco. Con lo que tengo... Si mucho, mucho; si poco, poco. Hago lo que puedo, como si fuese un hermano mĂo. Desde la tarde que me curaste â ÂĄbendito seas! â pienso en Ă©l... y en ti».
«Eres bueno, Samuel; por eso la gracia te ha visitado. Quien ama merece todo de Dios...
63.5 Ahà hay algo entre los ramajes».
«¿Eres tĂș, Abel?».
«Soy yo».
«Ven. El Maestro te espera aquĂ, bajo el nogal».
El leproso sale del regato, sube hasta la orilla, continĂșa, se adentra en el prado. JesĂșs, apoyada la espalda en un altĂsimo nogal, le espera.
«¥Maestro, MesĂas, Santo, ten piedad de mĂ!» y se arroja entre la hierba a los pies de JesĂșs. Con el rostro en tierra dice: «¥Oh, Señor mĂo! ÂĄSi TĂș quieres, puedes limpiarme!». Y luego se atreve a alzarse de rodillas y alarga los esquelĂ©ticos brazos, con sus retorcidas manos, y mueve hacia adelante el rostro huesudo, devastado... Las lĂĄgrimas bajan desde las Ăłrbitas enfermas hasta los labios comidos por la lepra.
JesĂșs le mira con mucha piedad; mira a este espectro humano, que el mal horrendo estĂĄ devorando y que sĂłlo una verdadera caridad puede aguantar cerca, por lo repugnante de su estado y por el mal olor que despide. Y a pesar de todo JesĂșs le tiende una mano, su hermosa, sana mano derecha, como para acariciarle.
Ăste, sin alzarse, se echa hacia atrĂĄs, sobre los talones, y grita: «¥No me toques! ÂĄPiedad de ti!».
Pero JesĂșs da un paso hacia adelante. Solemne, bueno, dulce, posa sus dedos sobre la cabeza comida por la lepra y dice, con voz suave, toda amor y no por ello no llena de poder: «¥Lo quiero! ÂĄQueda limpio!». La mano aĂșn permanece unos minutos sobre la pobre cabeza. «LevĂĄntate. Ve al sacerdote. Cumple cuanto la Ley prescribe. Y no digas lo que he hecho contigo, sĂ© sĂłlo bueno, no peques nunca mĂĄs. Te bendigo».
«¥Oh! ÂĄSeñor! ÂĄAbel! ÂĄSi estĂĄs completamente sano!». Samuel, que ha visto la metamorfosis de su amigo, grita de alegrĂa.
«SĂ, estĂĄ sano. Se lo ha merecido por su fe. AdiĂłs. La paz sea contigo».
«¥Maestro! ÂĄMaestro! ÂĄMaestro! ÂĄYo no te dejo! ÂĄNo puedo deÂjarÂte!».
«Cumple lo que requiere la Ley. Después nos veremos de nuevo. Por segunda vez, descienda sobre ti mi bendición».
JesĂșs se pone en camino haciĂ©ndole una seña a Samuel de que se quede. Y los dos amigos lloran de alegrĂa mientras, a la luz de un cuarto de luna, vuelven a la cueva para estar por Ășltima vez en aquella madriguera de desventura.
La visiĂłn cesa asĂ.
CuraciĂłn de un leproso.
Samuel llega en 63.2. El milagro tiene lugar en 63.4. Para obtener el contexto completo, conviene releer MTS 61.3 y todo MTS 62.
Evangelio de Marcos 1, 40-45
Mc 1, 40-45 : Se le acercĂł un leproso, le rogĂł, cayĂł de rodillas y le dijo: "Si quieres, puedes limpiarme". Embargado por la compasiĂłn, JesĂșs extendiĂł la mano, le tocĂł y le dijo: "Quiero; queda limpio". Al instante, la lepra le abandonĂł y quedĂł limpio. JesĂșs lo despidiĂł con firmeza, diciĂ©ndole: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muĂ©strate al sacerdote, y da por tu purificaciĂłn lo que prescribiĂł MoisĂ©s en la Ley: serĂĄ un testimonio para el pueblo". Una vez que se hubo ido, el hombre empezĂł a pregonar y a difundir la noticia, de modo que JesĂșs ya no podĂa entrar abiertamente en una ciudad, sino que se quedaba en lugares desiertos. Pero la gente acudĂa a Ă©l de todas partes.
Evangelio de Lucas 5, 12-14
Lc 5, 12-14 : Estaba JesĂșs en un pueblo cuando llegĂł un hombre cubierto de lepra; al ver a JesĂșs, se postrĂł sobre su rostro y le suplicĂł: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". JesĂșs extendiĂł la mano y le tocĂł, diciendo: "Quiero; queda limpio". Al instante se le quitĂł la lepra. Entonces JesĂșs le ordenĂł que no se lo dijera a nadie: "En lugar de eso, ve a presentarte al sacerdote y dale por tu limpieza lo que mandĂł MoisĂ©s; serĂĄ un testimonio para todos."
ECR 63.4
Eres bueno, (...) por eso la gracia te ha visitado. Quien ama merece todo de Dios...
ECR 64
Pedro, AndrĂ©s, Juan y Santiago de Zebedeo pescaron con Zebedeo. Sin embargo, no pescaron nada, y SimĂłn de JonĂĄs se sintiĂł decepcionado. HabĂa enfermos a los que alimentar y cuidar. Lamentaba que el Maestro no estuviera allĂ, pero ahora el Maestro acababa de regresar. Los discĂpulos corrieron hacia Ă©l y le dieron cuenta de lo que habĂan hecho. El apĂłstol mayor les explicĂł que habĂa guardado una bolsa que le habĂan dado, para que Cristo la repartiera, y tambiĂ©n le dijo que habĂa guardado algunos enfermos para esperar su regreso. JesĂșs le contestĂł que habĂa hecho lo correcto.
Los niños hicieron correr la voz por toda CafarnaĂșn de que su gran Amigo estaba allĂ, y los pequeños lo rodearon: les prometiĂł un sermĂłn sĂłlo para ellos. AsĂ que el Salvador fue a una de las casas de Pedro y predicĂł desde allĂ: comentĂł dos versĂculos del Cantar de los Cantares sobre los lirios, y lo aplicĂł a los niños. ExhortĂł a todos los hombres, grandes o pobres, a ser como uno de ellos, explicĂĄndoles que el Hijo del Hombre encuentra su alegrĂa en estos seres inocentes y sencillos.
Cuando terminĂł de predicar, Pedro le dijo que habĂa algunos enfermos presentes, pero que uno de ellos no podĂa moverse: el Maestro le dijo que lo sacara por el tejado, y asĂ lo hicieron. Se le presenta el paralĂtico del Evangelio, y todo sucede como en el relato del Nuevo Testamento. JesĂșs le dice que sus pecados le son perdonados, y responde a los fariseos presentes diciendo que el Hijo del Hombre tiene todos los poderes. Cura al tullido, los mĂ©dicos quisquillosos se marchan y la multitud sigue jubilosa al hacedor de milagros. Una madre presenta a su hijo moribundo y JesĂșs lo salva. Finalmente, al salir al exterior, cura a un hombre con fiebre alta.
Una vez fuera, la gente suplicĂł a Cristo que diera sus enseñanzas, porque algunos no le habĂan oĂdo. JesĂșs saliĂł entonces en la barca de Pedro para predicar a la multitud. La visiĂłn termina ahĂ.