Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 196.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La mayor parte de la mañana del sĂĄbado ha estado ocupada en dejar descansar a los cansados cuerpos y en arreglar la ropa, polvorienta y arrugada por el viaje. En las vastas cisternas del GetsemanĂ­ — colmadas de agua de lluvia — y en el CedrĂłn — verdadera sinfonĂ­a entre los cantos, espumoso, lleno, por los chaparrones de los Ășltimos dĂ­as — hay tanta agua que es una verdadera incitaciĂłn. Uno tras otro, los peregrinos, desafiando el fresco, bajan a zambullirse en el torrente; luego se ponen vestidos nuevos, de los pies a la cabeza, y, con el pelo todavĂ­a un poco tieso por las rociadas del torrente, van a sacar agua de las cisternas y la vierten en unas pilas grandes donde tienen la ropa, separada por colores.

«¥Bien! ÂĄbien!» dice Pedro contento. «AhĂ­ se purgarĂĄ y MarĂ­a la podrĂĄ lavar con menos esfuerzo». Supongo que es la mujer que estĂĄ en GetsemanĂ­. «Pequeñuelo, tĂș eres el Ășnico que no puede ponerse vestidos nuevos. Pero mañana...». En efecto, el niño tiene una tuniquita limpia que ha sacado de su talego (tan pequeño, que le podrĂ­a ir bien a una muñeca), pero estĂĄ aĂșn mĂĄs descolorida y rota que la otra. Pedro observa, preocupado, la tĂșnica, diciendo en tono apenas perceptible : «¿CĂłmo le llevo asĂ­ a la ciudad? Estoy por dividir en dos mi manto... con un manto se taparĂ­a todo».

JesĂșs oye este soliloquio paterno y dice: «Ahora es mejor que descanse. Al atardecer iremos a Betania...».

«Quiero comprarle la tĂșnica. Se lo he prometido».

«Lo harås. Ciertamente. Pero es mejor pedirle a mi Madre su opinión. Ya sabes... las mujeres... estån mås dotadas que nosotros para las compras... ademås, serå una satisfacción para Ella ocuparse de un niño... ¥Iréis juntos!».

El apĂłstol se siente raptado al sĂ©ptimo cielo por la idea de ir con MarĂ­a a comprar. No sĂ© si JesĂșs ha expresado todo lo que piensa o si se reserva una parte (es decir, que su Madre tiene un gusto mĂĄs fino, que evitarĂ­a desentonos de colores horrendos); comoquiera que sea, obtiene el fin sin que su Pedro se sienta humillado.

Palabras clave

ECR 196.2-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

JesĂșs pasea y observa a YabĂ©s, que estĂĄ jugando, alegre, con Juan y los mĂĄs jĂłvenes. TambiĂ©n Judas Iscariote — ya se le ha pasado el enojo de ayer — estĂĄ alegre y juega. Los mĂĄs mayores observan sonriendo.

«¿Qué dirå tu Madre de este niño?» pregunta Bartolomé.

«Yo digo que dirĂĄ: “EstĂĄ muy delgado”» dice TomĂĄs.

«¥No! DirĂĄ: “¡Pobre niño!”» responde Pedro.

«No, lo que dirĂĄ es: “Me alegro de que le quieras”» objeta Felipe.

«La Madre no lo pondría nunca en duda. Yo creo que no hablarå. Le estrecharå contra su corazón» dice Simón el Zelote.

«¿Y TĂș, Maestro, quĂ© dices que dirĂĄ?».

«HarĂĄ lo que habĂ©is dicho, pero lo pensarĂĄ y lo dirĂĄ sĂłlo en su corazĂłn; al besarle no dirĂĄ sino: “¡Bendito seas!”, y le cuidarĂĄ como si fuera un pajarillo caĂ­do del nido. Escuchad.

196.3

Un dĂ­a me hablĂł de cuando era pequeñita. TodavĂ­a no tenĂ­a tres años, pues no estaba aĂșn en el Templo, y ya se le rompĂ­a el corazĂłn de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en la prensa, todos sus Ăłleos y perfumes. En un delirio de amor, le decĂ­a a su madre que querĂ­a ser virgen para agradar mĂĄs al Salvador, pero que querrĂ­a ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su madre no la entendĂ­a y no sabĂ­a darle la soluciĂłn para ser la “pura” y la “pecadora” al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarillo que habĂ­a salvado del peligro que corrĂ­a en el borde de una fuente: le contĂł la parĂĄbola del pajarillo, diciĂ©ndole que Dios la habĂ­a salvado anticipadamente y que, por tanto, Ella debĂ­a bendecirle por doble motivo. Y la pequeña Virgen de Dios, la grandĂ­sima Virgen MarĂ­a, ejercitĂł su primera maternidad espiritual hacia ese pajarillo caĂ­do del nido, y le echĂł a volar cuando fue fuerte; este pajarillo no dejĂł ya jamĂĄs el huerto de Nazaret, consolĂł con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y JoaquĂ­n cuando MarĂ­a fue al Templo; muriĂł poco antes de que expirase Ana: habĂ­a concluido su misiĂłn.

196.4

Mi Madre se había consagrado a la virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseía en su sangre y en su espíritu la maternidad; porque la mujer estå hecha para ser madre, y comete aberración cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia...».

Poco a poco se han ido acercando también los demås.

«¿QuĂ© quieres decir, Maestro, con “amor de segunda potencia”?» pregunta Judas Tadeo.

«Hermano mĂ­o, hay muchos amores, y de distintas potencias. EstĂĄ el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, Ă©ste es en dos partes espiritual y en una carnal: se mezcla, sĂ­, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sĂłlo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que tambiĂ©n nutren y aman su mente y su espĂ­ritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia — aunque sĂłlo fuere para instruirla — termina por amarla como si fuera su propia carne».

«Efectivamente yo quería mucho a mis discípulos» dice Juan de Endor.

«Debías ser un buen maestro... lo veo por cómo te comportas con Yabés».

El hombre de Endor, sin hablar, se inclina a besar la mano de JesĂșs.

«¥Sigue, te lo ruego, tu clasificación de los amores!» dice Simón Zelote.

«Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es — me refiero tambiĂ©n en este caso a los sanos y santos amores — mitad espĂ­ritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, ademĂĄs de esposo; la mujer para su esposo es ĂĄngel y madre, ademĂĄs de esposa. Éstos son los tres amores mĂĄs elevados».

196.5

«¿Y el amor al prójimo? ¿No te estås equivocando? ¿O es que te has olvidado de él?» pregunta Judas Iscariote. Los demås le miran perplejos y... con fiereza por la observación que ha hecho.

JesĂșs, sin embargo, responde sereno:

«No, Judas. Pero observa lo que te digo. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no es necesaria ninguna explicaciĂłn para persuadir de este amor. Él es el que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada que viene a ser partĂ­cipe[1] del Todo por el alma infundida por el Eterno — sin ella el hombre serĂ­a uno de tantos animales brutos que viven sobre la faz de la tierra o en las aguas o en el aire —) debe adorar por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la JerusalĂ©n que no conocerĂĄ profanaciĂłn o destrucciĂłn algunas por los siglos de los siglos.

El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicaciĂłn de precepto en las palabras de Dios a AdĂĄn y Eva, despuĂ©s de bendecirlos, viendo que era “bueno” lo que habĂ­a hecho, en un lejano sexto dĂ­a, el primer sexto dĂ­a de lo creado. Les dijo: “Creced y multiplicaos y poblad la tierra...”.

Veo tu tĂĄcita objeciĂłn... Te respondo inmediatamente: puesto que en la creaciĂłn, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habrĂ­a sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: “Creced, multiplicaos”. “Amad, por tanto, despuĂ©s de mĂ­, a vuestros hijos”. El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existĂ­a. La malicia no existĂ­a y, por tanto — porque va con ella —, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente segĂșn la naturaleza como nosotros la entendemos — o, mejor, como vosotros, hombres, la entendĂ©is —, sino segĂșn la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros dĂ­as de amor entre los dos, hermanos — habĂ­an nacido de un Padre comĂșn — y, no obstante, esposos; de esos dos que amĂĄndose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentĂ­a amor de padre hacia su compañera “hueso de sus huesos y carne de su carne” (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocĂ­a la alegrĂ­a de ser hija — por tanto, protegida por un amor muy elevado —, porque sentĂ­a que tenĂ­a en sĂ­ algo de aquel esplĂ©ndido hombre que la amaba, con inocencia y angĂ©lico ardor, en los hermosos prados del EdĂ©n.

Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados pĂĄrvulos, viene aquel que el mismo AdĂĄn, dotado por la Gracia de una inteligencia sĂłlo inferior a la de Dios, hablando de su compañera — y, en ella, de todas las mujeres —, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba lĂ­mpido en el terso espejo del espĂ­ritu de AdĂĄn y que florecĂ­a en forma de pensamiento y de palabra): “El hombre dejarĂĄ a su padre y a su madre y se unirĂĄ a su mujer y los dos serĂĄn una carne sola”.

De no haber existido los tres pilones de los amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo estå hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Estås convencido de esto?».

«Sí maestro. No había reflexionado».

«Efectivamente, es difícil remontarse al hontanar. El hombre estå bien hincado ya desde hace siglos, milenios, en el fango, y el hontanar estå en las cimas, muy alto. Ademås, el primero de los manantiales viene de una inmensa altura: Dios... No obstante, de la mano, os conduciré a los manantiales; sé dónde estån...».

196.6

«¿Y los otros amores?» preguntan al unísono Simón Zelote y el hombre de Endor.

«El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo».

«¿Y basta?».

«Basta».

«¥Hay otros muchos amores!» exclama Judas Iscariote.

«No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son “desamores”; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negaciĂłn es odio».

«¿Si niego el consentimiento al mal es odio?» insiste Judas Iscariote.

«¥Pobres de nosotros! Eres mås insidioso que un escriba. ¿Me quieres decir lo que te pasa! ¿Es culpa del aire fino de Judea, que te pinza los nervios como un calambre?» exclama Pedro.

«No. Me gusta instruirme y tener muchas ideas, y claras. Dado que has mencionado a los escribas, aquí es fåcil hablar con ellos; no quiero quedarme corto de argumentos».

«¿Y piensas que vas a poder, en el momento en que te haga falta, extraer del saco en que estås acumulando esos trapajos la hilacha del color deseado?» pregunta Pedro.

«¥Trapajos las palabras del Maestro? ¥Blasfemas!».

«No te me hagas el escandalizado. En su boca no hay trapajos, pero después de maltratarlas nosotros se transforman en eso. Pon un pedazo de valioso lino cendalí en manos de un niño... Pasado un rato, serå un trapajo sucio y roto. Pues es lo mismo que nos pasa a nosotros... Ahora que, si pretendes pescar en el momento oportuno el pingajillo que necesitas, entre que es un pingajillo y que estå sucio... pues...¥en fin... no sé yo cuål va a ser el resultado!».

«TĂș no te metas, que son cosas mĂ­as».

«¥Ah!, ¥claro! Ten por seguro que no me voy a meter en tus cosas. ¥Tengo ya bastante con las mías! Y ademås, a fin de cuentas, me conformo con que no le perjudiques al Maestro; porque, si lo hicieras, entonces me metería también en tus cosas...».

«Cuando actĂșe mal, lo harĂĄs; pero eso no sucederĂĄ nunca porque sĂ© actuar... No soy un ignorante...».

«Yo lo soy, ya lo sé. Pero, precisamente porque lo sé, no acumulo lastre para, en su momento, exhibirlo, sino que me pongo en manos de Dios... y Dios me ayudarå por amor a su Mesías, de quien soy el siervo mås pequeño y mås fiel».

«¥Todos somos fieles!» contrapone, arrogante, Judas.

«¥Malo! ¿Por qué ofendes a mi padre? Es ya mayor. Es bueno. No debes hacerlo. Eres un hombre malo. Me das miedo» dice, severo, Yabés, rompiendo el atento silencio en que estaba.

«¥Y van dos!» exclama en voz baja Santiago de Zebedeo dåndole con el codo a Andrés. A pesar de que haya hablado bajo, Judas lo ha oído.

«¿Ves, Maestro, como las palabras de aquel estĂșpido niño de Magdala han dejado huella?» dice Judas encendido de rabia.

196.7

«¿Pero no sería mås bonito continuar la lección del Maestro, mås bien que estar como chivos enojados?» pregunta el pacífico Tomås.

«Sí, claro. Maestro, síguenos hablando de tu Madre. ¥Es tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vírgenes a nuestras almas. Y yo, ¥pobre de mí, tengo mucha necesidad de ello!» exclama Mateo.

«¿Qué queréis que os diga... si son muchos los episodios, y a cuål mås delicioso...!».

«¿Te los ha contado Ella?».

«Alguno sí, pero muchos mås José, que me los contaba, siendo Yo niño, como los mås bellos cuentos; y también Alfeo de Sara, que, siendo pocos años mås mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret».

«¥Håblanos...!» dice Juan en tono suplicante.

Se han colocado todos en cĂ­rculo, sentados a la sombra de los olivos; YabĂ©s estĂĄ en el centro, mirando fijamente a JesĂșs, como si fuera a escuchar una fĂĄbula paradisĂ­aca.

«Os voy a narrar la lección de castidad que dio mi Madre, pocos días antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.

Aquel dĂ­a se habĂ­a casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. JoaquĂ­n y Ana tambiĂ©n habĂ­an sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña MarĂ­a, que, junto con otros niños, tenĂ­a el encargo de echar pĂ©talos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapĂ­sima. Todos se la disputaban despuĂ©s de la festiva entrada de la novia. Era muy difĂ­cil ver a MarĂ­a, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba mĂĄs que cualquier otro lugar una pequeña gruta, que incluso hoy dĂ­a sigue llamando “la gruta de su desposorio”). AsĂ­ que, cuando se la veĂ­a, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban “la flor de Nazaret”, o “la perla de Galilea”, o tambiĂ©n “la paz de Dios”, en memoria de un enorme arco iris que apareciĂł improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y mĂĄs aĂșn: es la Flor del Cielo y de la creaciĂłn, es la Perla del ParaĂ­so, es la Paz de Dios... SĂ­, la Paz. Yo soy el PacĂ­fico porque soy Hijo del Padre e hijo de MarĂ­a: la Paz infinita y la Paz suave.

Pues bien, aquel dĂ­a todos querĂ­an besarla y tenerla en el regazo. Entonces Ella, mostrĂĄndose reacia a besos y demĂĄs contactos, con delicada gravedad, dijo: “Por favor, no me chafĂ©is”. Creyeron que se referĂ­a a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura, en los estrechos puños, en el cuello...; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la habĂ­a coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: “No me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Dios”. Objetaron: “Pero si te besamos a ti, no a tu alma”. Y Ella replicĂł: “Mi cuerpo es templo del alma y su sacerdote es el EspĂ­ritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal. Por favor, no entrĂ©is en el recinto de Dios”.

A Alfeo, que habĂ­a superado ya los ocho años y que la querĂ­a mucho, le impresionĂł esta respuesta, y, al dĂ­a siguiente, habiĂ©ndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntĂł: “MarĂ­a, cuando seas mujer, Âżme querrĂ­as por esposo?” (todavĂ­a le duraba la emociĂłn de la fiesta nupcial a la que habĂ­a asistido). Ella respondiĂł: “Yo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te dirĂ© un secreto: yo veo sĂłlo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazĂłn. Y veo sĂłlo a Dios como ‘verdadero Ser viviente’ a quien ofrecerme”. Bien, Ă©ste es un episodio».

Â«ÂĄÂĄÂĄâ€œVerdadero Ser viviente”!!! ÂĄSabes que es profunda esa palabra?» exclama BartolomĂ©.

Y JesĂșs, humildemente y con una sonrisa: «Era la Madre de la SabidurĂ­a».

«¥Era?... ¥Pero no tenía tres años?».

«Era. Yo vivía ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepción, en la Unidad y Trinidad perfectísima».

196.8

«Pero — y perdona si yo, culpable, oso hablar —, pero, ÂżJoaquĂ­n y Ana sabĂ­an que era la Virgen predestinada?» pregunta Judas Iscariote.

«No lo sabían».

«Y entonces, ¿cómo es que Joaquín dijo que Dios la había salvado anticipadamente? ¿No alude ello, acaso, a su privilegio respecto a la culpa?».

«Alude a ello. Pero JoaquĂ­n prestaba su boca a Dios, como todos los profetas. Tampoco Ă©l comprendiĂł la sublime verdad sobrenatural que el EspĂ­ritu habĂ­a puesto en sus labios. JoaquĂ­n era un justo; tanto, que mereciĂł esa paternidad. Y era humilde. En efecto, no hay justicia donde hay soberbia. Él era justo y humilde. ConsolĂł a su hija por amor de padre. En su sabidurĂ­a de sacerdote, la instruyĂł: que sacerdote era, siendo tutor del Arca de Dios. Como pontĂ­fice, la consagrĂł con el tĂ­tulo mĂĄs dulce: “La Sin Mancha”. DĂ­a llegarĂĄ en que otro sabio pontĂ­fice dirĂĄ al mundo: “Ella es la Concebida sin Mancha”, y darĂĄ esta verdad al mundo de los creyentes, como artĂ­culo de fe irrebatible, para que en el mundo de entonces — que se irĂĄ hundiendo cada vez mĂĄs en una neblinosa monotonĂ­a de herejĂ­as y vicios — resplandezca, ante la vista de todos, la Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida de rayos de luna (menos puros que Ella); la Reina de lo creado y del Increado, apoyada en los astros. Porque Dios-Rey tiene por Reina, en su Reino, a MarĂ­a».

«¿Entonces, Joaquín era profeta?».

«Era un justo. Su alma dijo, como hace el eco, lo que Dios decía a su alma, por Dios amada».

196.9

«¿Cuåndo vamos a ir a ver a esta Mamå, Señor?» pregunta con ojos anhelantes Yabés.

«Esta tarde, cuando la veas, ¿qué le vas a decir?».

«¿EstarĂ­a bien: “Te saludo, Madre del Salvador”?».

«Muy bien» confirma JesĂșs mientras le acaricia.

«Pero, ¿no vamos a ir hoy al Templo?» pregunta Felipe.

«Iremos antes de salir para Betania. Y tĂș, ÂżestarĂĄs aquĂ­ tranquilo, no?».

«Sí, Señor».

La mujer de Jonås (el arrendatario del olivar), que lentamente se ha ido acercando, dice: «¿Por qué no le llevas contigo? Lo estå deseando...».

JesĂșs la mira fijamente y con insistencia, aunque sin decir nada.

La mujer comprende, y lo manifiesta: «¥Comprendo!... Creo que tengo todavía un pequeño manto, de Marcos. Voy a buscarlo» y, ligera, se ausenta.

Yabés, tiråndole a Juan de una manga, dice: «¿Serån severos los maestros?» a lo que Juan, confortåndole, contesta: «¥No, hombre, no! No tengas miedo. Y, ademås, no es hoy. En pocos días, con la Madre, sabrås mås que un doctor».

Los demås, que lo han oído, sonríen por la preocupación de Yabés.

«Pero, ¿quién va a presentarle haciendo las veces de padre?» pregunta Mateo.

«Yo. ¥Es natural! A menos que le quiera presentar el Maestro» dice Pedro.

«No, Simón, no lo haré Yo. Te dejo este honor».

«Gracias, Maestro. Pero... vas a estar presente tambiĂ©n TĂș?».

«Ciertamente. Todos estaremos presentes: es “nuestro” niño...».

Vuelve María de Jonås con un manto color morado oscuro que todavía estå en buenas condiciones. ¥Qué color! Ella misma lo dice: «Marco no lo quiso usar nunca porque no le gustaba el color».

ÂĄMira tĂș Ă©ste! ÂĄEs atroz! Y el pobre YabĂ©s, con esa tez suya tan aceitunada, dentro de ese morado violento, parece un ahogado. Pero Ă©l no se ve... y se siente feliz con ese manto con que cubrirse como una persona mayor...

«La comida estå lista, Maestro. La criada ha sacado ya del asador el cordero».

«Vamos, entonces».

Y, bajando del lugar en que se encuentran, entran en la amplia cocina para comer.

AnotaciĂłn

Le contó la par åbola del pajarillo: Véase la paradoja del "pecador por amor" expresada por el Sin Pecado y la paråbola del pajarillo: véase EMV 7.5.

Él es el que es, es decir, el Todo; y el hombre es la nada que se convierte en parte del Todo gracias al alma que le infunde el Eterno. "Parte" ha sido corregido (segĂșn la explicaciĂłn dada en la nota a EMV 167.9) por "participante" en una copia mecanografiada; añade al final de la pĂĄgina: "Si el alma sabe permanecer en estado de gracia, asĂ­ deificada, no por identidad de sustancia, sino por elevaciĂłn al orden sobrenatural. "

Nota de EMV 167: "Parcela de Dios" parece haber sido cambiado por parcela nacida de Dios por una corrección poco clara de María Valtorta en una copia mecanografiada, a la que añadió la siguiente nota: "A la palabra parcela no se le debe dar el significado de "parte de Dios" infundida en nosotros, sino de "lugar del trono", "asiento" infundido o "espirado" (por el "soplo de vida" del que se habla en Génesis 2,7) por Dios, por tanto cosa de Dios venida de Dios al hombre. Santo Tomås de Aquino lo llama "una capacidad de Dios" que Dios llena de sí mismo, para que todos participemos de su vida divina".

Esta explicaciĂłn de Maria Valtorta (y el texto deEMV 10.9) debe tenerse presente siempre que en la obra se hable del alma como "parte" o "partĂ­cula" de Dios.

Puede relacionarse con las notas de EMV 4.6, EMV 54.5, EMV 165.4, EMV 170.4, EMV 365.16, EMV 444.4, EMV 463.4, EMV 524.7, EMV 537.11.

"Creced y multiplicaos, y llenad la tierra... ", segĂșn GĂ©nesis 1:28.

El hombre amĂł a la mujer y la mujer amĂł al hombre, naturalmente, no naturalmente segĂșn la naturaleza como nosotros la entendemos, o mĂĄs bien como vosotros los hombres la entendĂ©is, sino segĂșn la naturaleza de los hijos de Dios: sobrenaturalmente. "Sobrenaturalmente": MarĂ­a Valtorta anota en una copia mecanografiada: sin que el desorden de la malicia se una o incluso "sustituya" a las ordenadas leyes de Dios, inherentes a la multiplicaciĂłn y poblaciĂłn de la tierra. Añade al margen: Mientras el hombre permaneciĂł en este orden, no naciĂł en Ă©l el veneno de la triple concupiscencia que lo hizo delirante, luego rebelde, finalmente caĂ­do.

El hombre sintiĂł el amor de un padre por su compañera "hueso de sus huesos y carne de su carne", como un hijo por su padre. SegĂșn GĂ©nesis 2, 23

"DejarĂĄ el hombre a su padre y a su madre y se unirĂĄ a su mujer, y los dos serĂĄn una sola carne. " SegĂșn GĂ©nesis 2, 24.

Libro de Génesis 1, 28

Gn 1, 28 : Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla, y dominad a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo ser viviente que se mueve sobre la tierra."

Libro del Génesis 2, 23-24

Gn 2, 23-24 : Y dijo el hombre: "¡Esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Ésta se llamará mujer, porque del hombre fue tomada. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

Palabras clave

ECR 196.2-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

JesĂșs pasea y observa a YabĂ©s, que estĂĄ jugando, alegre, con Juan y los mĂĄs jĂłvenes. TambiĂ©n Judas Iscariote — ya se le ha pasado el enojo de ayer — estĂĄ alegre y juega. Los mĂĄs mayores observan sonriendo.

«¿Qué dirå tu Madre de este niño?» pregunta Bartolomé.

«Yo digo que dirĂĄ: “EstĂĄ muy delgado”» dice TomĂĄs.

«¥No! DirĂĄ: “¡Pobre niño!”» responde Pedro.

«No, lo que dirĂĄ es: “Me alegro de que le quieras”» objeta Felipe.

«La Madre no lo pondría nunca en duda. Yo creo que no hablarå. Le estrecharå contra su corazón» dice Simón el Zelote.

«¿Y TĂș, Maestro, quĂ© dices que dirĂĄ?».

«HarĂĄ lo que habĂ©is dicho, pero lo pensarĂĄ y lo dirĂĄ sĂłlo en su corazĂłn; al besarle no dirĂĄ sino: “¡Bendito seas!”, y le cuidarĂĄ como si fuera un pajarillo caĂ­do del nido.»

Palabras clave

ECR 196.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Un dĂ­a me hablĂł de cuando era pequeñita. TodavĂ­a no tenĂ­a tres años, pues no estaba aĂșn en el Templo, y ya se le rompĂ­a el corazĂłn de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en la prensa, todos sus Ăłleos y perfumes. En un delirio de amor, le decĂ­a a su madre que querĂ­a ser virgen para agradar mĂĄs al Salvador, pero que querrĂ­a ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su madre no la entendĂ­a y no sabĂ­a darle la soluciĂłn para ser la “pura” y la “pecadora” al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarillo que habĂ­a salvado del peligro que corrĂ­a en el borde de una fuente: le contĂł la parĂĄbola del pajarillo, diciĂ©ndole que Dios la habĂ­a salvado anticipadamente y que, por tanto, Ella debĂ­a bendecirle por doble motivo. Y la pequeña Virgen de Dios, la grandĂ­sima Virgen MarĂ­a, ejercitĂł su primera maternidad espiritual hacia ese pajarillo caĂ­do del nido, y le echĂł a volar cuando fue fuerte; este pajarillo no dejĂł ya jamĂĄs el huerto de Nazaret, consolĂł con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y JoaquĂ­n cuando MarĂ­a fue al Templo; muriĂł poco antes de que expirase Ana: habĂ­a concluido su misiĂłn.

Detalle

JesĂșs cuenta un episodio de la infancia de la Virgen MarĂ­a.

AnotaciĂłn

Le contó la par åbola del pajarillo: Véase la paradoja del "pecador por amor" expresada por el Sin pecado y la paråbola del pajarillo: véase EMV 7.5.

Palabras clave

ECR 196.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mi Madre se habĂ­a consagrado a la virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseĂ­a en su sangre y en su espĂ­ritu la maternidad; porque la mujer estĂĄ hecha para ser madre, y comete aberraciĂłn cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia...

AnotaciĂłn

Sobre las distintas potencias del amor, véaseEMV 196.4-6.

Palabras clave

ECR 196.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El hombre para su esposa es maestro y padre, ademĂĄs de esposo; la mujer para su esposo es ĂĄngel y madre, ademĂĄs de esposa.

Palabras clave

ECR 196.5 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso.

Palabras clave

ECR 196.7-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Síguenos hablando de tu Madre. ¥Es tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vírgenes a nuestras almas. Y yo, ¥pobre de mí, tengo mucha necesidad de ello!» exclama Mateo.

«¿Qué queréis que os diga... si son muchos los episodios, y a cuål mås delicioso...!».

«¿Te los ha contado Ella?».

«Alguno sí, pero muchos mås José, que me los contaba, siendo Yo niño, como los mås bellos cuentos; y también Alfeo de Sara, que, siendo pocos años mås mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret».

«¥Håblanos...!» dice Juan en tono suplicante.

Se han colocado todos en cĂ­rculo, sentados a la sombra de los olivos; YabĂ©s estĂĄ en el centro, mirando fijamente a JesĂșs, como si fuera a escuchar una fĂĄbula paradisĂ­aca.

«Os voy a narrar la lección de castidad que dio mi Madre, pocos días antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.

Aquel dĂ­a se habĂ­a casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. JoaquĂ­n y Ana tambiĂ©n habĂ­an sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña MarĂ­a, que, junto con otros niños, tenĂ­a el encargo de echar pĂ©talos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapĂ­sima. Todos se la disputaban despuĂ©s de la festiva entrada de la novia. Era muy difĂ­cil ver a MarĂ­a, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba mĂĄs que cualquier otro lugar una pequeña gruta, que incluso hoy dĂ­a sigue llamando “la gruta de su desposorio”). AsĂ­ que, cuando se la veĂ­a, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban “la flor de Nazaret”, o “la perla de Galilea”, o tambiĂ©n “la paz de Dios”, en memoria de un enorme arco iris que apareciĂł improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y mĂĄs aĂșn: es la Flor del Cielo y de la creaciĂłn, es la Perla del ParaĂ­so, es la Paz de Dios... SĂ­, la Paz. Yo soy el PacĂ­fico porque soy Hijo del Padre e hijo de MarĂ­a: la Paz infinita y la Paz suave.

Pues bien, aquel dĂ­a todos querĂ­an besarla y tenerla en el regazo. Entonces Ella, mostrĂĄndose reacia a besos y demĂĄs contactos, con delicada gravedad, dijo: “Por favor, no me chafĂ©is”. Creyeron que se referĂ­a a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura, en los estrechos puños, en el cuello...; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la habĂ­a coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: “No me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Dios”. Objetaron: “Pero si te besamos a ti, no a tu alma”. Y Ella replicĂł: “Mi cuerpo es templo del alma y su sacerdote es el EspĂ­ritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal. Por favor, no entrĂ©is en el recinto de Dios”.

A Alfeo, que habĂ­a superado ya los ocho años y que la querĂ­a mucho, le impresionĂł esta respuesta, y, al dĂ­a siguiente, habiĂ©ndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntĂł: “MarĂ­a, cuando seas mujer, Âżme querrĂ­as por esposo?” (todavĂ­a le duraba la emociĂłn de la fiesta nupcial a la que habĂ­a asistido). Ella respondiĂł: “Yo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te dirĂ© un secreto: yo veo sĂłlo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazĂłn. Y veo sĂłlo a Dios como ‘verdadero Ser viviente’ a quien ofrecerme”. Bien, Ă©ste es un episodio».

Â«ÂĄÂĄÂĄâ€œVerdadero Ser viviente”!!! ÂĄSabes que es profunda esa palabra?» exclama BartolomĂ©.

Y JesĂșs, humildemente y con una sonrisa: «Era la Madre de la SabidurĂ­a».

«¥Era?... ¥Pero no tenía tres años?».

«Era. Yo vivía ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepción, en la Unidad y Trinidad perfectísima».

Detalle

Mateo pide a JesĂșs que hable de su Madre.

AnotaciĂłn

Os voy a contar la lección de castidad que mi Madre dio, pocos días antes de entrar en el Templo, a su novio y a muchos otros. Probablemente a Alphée de Sara.

Era Dios en ella, desde el momento de su concepciĂłn, en su Unidad y en su perfectĂ­sima Trinidad. Dios en ella: MarĂ­a Valtorta anota en una copia mecanografiada: MarĂ­a, santuario perpetuo y purĂ­simo en el que Dios uno y trino hizo su perpetua morada, nunca estuvo separada de la SabidurĂ­a: el Verbo de Dios estuvo siempre en ella, verdadera Arca portadora del Verbo eterno, y ninguna criatura conociĂł tan bien como ella este Verbo que es la SabidurĂ­a divina, que habĂ­a de encarnarse en ella, y que aĂșn y siempre habĂ­a de permanecer en ella.

El dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 en la bula Ineffabilis Deus. Había sido objeto de controversia durante siglos y fue una de las razones de la feroz oposición de la teología establecida a María de Ágreda, que expresó esta revelación en sus visiones.

(...) La Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida con los rayos de la luna menos pura que ella, y sostenida por las estrellas, la Reina de lo creado y de lo increado; porque en su Reino, Dios Rey tiene a MarĂ­a como Reina. Cf. Apocalipsis 12, 1-2.

Libro del Apocalipsis 12, 1-2

Ap 12, 1-2 : "Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna bajo sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Estaba encinta y gritaba con dolores de parto".

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