JesĂșs pasea y observa a YabĂ©s, que estĂĄ jugando, alegre, con Juan y los mĂĄs jĂłvenes. TambiĂ©n Judas Iscariote â ya se le ha pasado el enojo de ayer â estĂĄ alegre y juega. Los mĂĄs mayores observan sonriendo.
«¿Qué dirå tu Madre de este niño?» pregunta Bartolomé.
«Yo digo que dirĂĄ: âEstĂĄ muy delgadoâ» dice TomĂĄs.
«¥No! DirĂĄ: âÂĄPobre niño!â» responde Pedro.
«No, lo que dirĂĄ es: âMe alegro de que le quierasâ» objeta Felipe.
«La Madre no lo pondrĂa nunca en duda. Yo creo que no hablarĂĄ. Le estrecharĂĄ contra su corazĂłn» dice SimĂłn el Zelote.
«¿Y TĂș, Maestro, quĂ© dices que dirĂĄ?».
«HarĂĄ lo que habĂ©is dicho, pero lo pensarĂĄ y lo dirĂĄ sĂłlo en su corazĂłn; al besarle no dirĂĄ sino: âÂĄBendito seas!â, y le cuidarĂĄ como si fuera un pajarillo caĂdo del nido. Escuchad.
196.3
Un dĂa me hablĂł de cuando era pequeñita. TodavĂa no tenĂa tres años, pues no estaba aĂșn en el Templo, y ya se le rompĂa el corazĂłn de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en la prensa, todos sus Ăłleos y perfumes. En un delirio de amor, le decĂa a su madre que querĂa ser virgen para agradar mĂĄs al Salvador, pero que querrĂa ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su madre no la entendĂa y no sabĂa darle la soluciĂłn para ser la âpuraâ y la âpecadoraâ al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarillo que habĂa salvado del peligro que corrĂa en el borde de una fuente: le contĂł la parĂĄbola del pajarillo, diciĂ©ndole que Dios la habĂa salvado anticipadamente y que, por tanto, Ella debĂa bendecirle por doble motivo. Y la pequeña Virgen de Dios, la grandĂsima Virgen MarĂa, ejercitĂł su primera maternidad espiritual hacia ese pajarillo caĂdo del nido, y le echĂł a volar cuando fue fuerte; este pajarillo no dejĂł ya jamĂĄs el huerto de Nazaret, consolĂł con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y JoaquĂn cuando MarĂa fue al Templo; muriĂł poco antes de que expirase Ana: habĂa concluido su misiĂłn.
196.4
Mi Madre se habĂa consagrado a la virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseĂa en su sangre y en su espĂritu la maternidad; porque la mujer estĂĄ hecha para ser madre, y comete aberraciĂłn cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia...».
Poco a poco se han ido acercando también los demås.
«¿QuĂ© quieres decir, Maestro, con âamor de segunda potenciaâ?» pregunta Judas Tadeo.
«Hermano mĂo, hay muchos amores, y de distintas potencias. EstĂĄ el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, Ă©ste es en dos partes espiritual y en una carnal: se mezcla, sĂ, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sĂłlo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que tambiĂ©n nutren y aman su mente y su espĂritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia â aunque sĂłlo fuere para instruirla â termina por amarla como si fuera su propia carne».
«Efectivamente yo querĂa mucho a mis discĂpulos» dice Juan de Endor.
«DebĂas ser un buen maestro... lo veo por cĂłmo te comportas con YabĂ©s».
El hombre de Endor, sin hablar, se inclina a besar la mano de JesĂșs.
«¥Sigue, te lo ruego, tu clasificación de los amores!» dice Simón Zelote.
«Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es â me refiero tambiĂ©n en este caso a los sanos y santos amores â mitad espĂritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, ademĂĄs de esposo; la mujer para su esposo es ĂĄngel y madre, ademĂĄs de esposa. Ăstos son los tres amores mĂĄs elevados».
196.5
«¿Y el amor al prójimo? ¿No te estås equivocando? ¿O es que te has olvidado de él?» pregunta Judas Iscariote. Los demås le miran perplejos y... con fiereza por la observación que ha hecho.
JesĂșs, sin embargo, responde sereno:
«No, Judas. Pero observa lo que te digo. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no es necesaria ninguna explicaciĂłn para persuadir de este amor. Ăl es el que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada que viene a ser partĂcipe[1] del Todo por el alma infundida por el Eterno â sin ella el hombre serĂa uno de tantos animales brutos que viven sobre la faz de la tierra o en las aguas o en el aire â) debe adorar por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la JerusalĂ©n que no conocerĂĄ profanaciĂłn o destrucciĂłn algunas por los siglos de los siglos.
El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicaciĂłn de precepto en las palabras de Dios a AdĂĄn y Eva, despuĂ©s de bendecirlos, viendo que era âbuenoâ lo que habĂa hecho, en un lejano sexto dĂa, el primer sexto dĂa de lo creado. Les dijo: âCreced y multiplicaos y poblad la tierra...â.
Veo tu tĂĄcita objeciĂłn... Te respondo inmediatamente: puesto que en la creaciĂłn, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habrĂa sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: âCreced, multiplicaosâ. âAmad, por tanto, despuĂ©s de mĂ, a vuestros hijosâ. El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existĂa. La malicia no existĂa y, por tanto â porque va con ella â, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente segĂșn la naturaleza como nosotros la entendemos â o, mejor, como vosotros, hombres, la entendĂ©is â, sino segĂșn la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros dĂas de amor entre los dos, hermanos â habĂan nacido de un Padre comĂșn â y, no obstante, esposos; de esos dos que amĂĄndose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentĂa amor de padre hacia su compañera âhueso de sus huesos y carne de su carneâ (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocĂa la alegrĂa de ser hija â por tanto, protegida por un amor muy elevado â, porque sentĂa que tenĂa en sĂ algo de aquel esplĂ©ndido hombre que la amaba, con inocencia y angĂ©lico ardor, en los hermosos prados del EdĂ©n.
Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados pĂĄrvulos, viene aquel que el mismo AdĂĄn, dotado por la Gracia de una inteligencia sĂłlo inferior a la de Dios, hablando de su compañera â y, en ella, de todas las mujeres â, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba lĂmpido en el terso espejo del espĂritu de AdĂĄn y que florecĂa en forma de pensamiento y de palabra): âEl hombre dejarĂĄ a su padre y a su madre y se unirĂĄ a su mujer y los dos serĂĄn una carne solaâ.
De no haber existido los tres pilones de los amores que he mencionado, ÂżhabrĂa podido, acaso, existir amor al prĂłjimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prĂłjimo que en su mayorĂa es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habrĂa podido existir el prĂłjimo, porque el prĂłjimo estĂĄ hecho de los hijos nacidos de los hombres. ÂżEstĂĄs convencido de esto?».
«SĂ maestro. No habĂa reflexionado».
«Efectivamente, es difĂcil remontarse al hontanar. El hombre estĂĄ bien hincado ya desde hace siglos, milenios, en el fango, y el hontanar estĂĄ en las cimas, muy alto. AdemĂĄs, el primero de los manantiales viene de una inmensa altura: Dios... No obstante, de la mano, os conducirĂ© a los manantiales; sĂ© dĂłnde estĂĄn...».
196.6
«¿Y los otros amores?» preguntan al unĂsono SimĂłn Zelote y el hombre de Endor.
«El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo».
«¿Y basta?».
«Basta».
«¥Hay otros muchos amores!» exclama Judas Iscariote.
«No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son âdesamoresâ; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negaciĂłn es odio».
«¿Si niego el consentimiento al mal es odio?» insiste Judas Iscariote.
«¥Pobres de nosotros! Eres mås insidioso que un escriba. ¿Me quieres decir lo que te pasa! ¿Es culpa del aire fino de Judea, que te pinza los nervios como un calambre?» exclama Pedro.
«No. Me gusta instruirme y tener muchas ideas, y claras. Dado que has mencionado a los escribas, aquà es fåcil hablar con ellos; no quiero quedarme corto de argumentos».
«¿Y piensas que vas a poder, en el momento en que te haga falta, extraer del saco en que estås acumulando esos trapajos la hilacha del color deseado?» pregunta Pedro.
«¥Trapajos las palabras del Maestro? ¥Blasfemas!».
«No te me hagas el escandalizado. En su boca no hay trapajos, pero después de maltratarlas nosotros se transforman en eso. Pon un pedazo de valioso lino cendalà en manos de un niño... Pasado un rato, serå un trapajo sucio y roto. Pues es lo mismo que nos pasa a nosotros... Ahora que, si pretendes pescar en el momento oportuno el pingajillo que necesitas, entre que es un pingajillo y que estå sucio... pues...¥en fin... no sé yo cuål va a ser el resultado!».
«TĂș no te metas, que son cosas mĂas».
«¥Ah!, ÂĄclaro! Ten por seguro que no me voy a meter en tus cosas. ÂĄTengo ya bastante con las mĂas! Y ademĂĄs, a fin de cuentas, me conformo con que no le perjudiques al Maestro; porque, si lo hicieras, entonces me meterĂa tambiĂ©n en tus cosas...».
«Cuando actĂșe mal, lo harĂĄs; pero eso no sucederĂĄ nunca porque sĂ© actuar... No soy un ignorante...».
«Yo lo soy, ya lo sĂ©. Pero, precisamente porque lo sĂ©, no acumulo lastre para, en su momento, exhibirlo, sino que me pongo en manos de Dios... y Dios me ayudarĂĄ por amor a su MesĂas, de quien soy el siervo mĂĄs pequeño y mĂĄs fiel».
«¥Todos somos fieles!» contrapone, arrogante, Judas.
«¥Malo! ¿Por qué ofendes a mi padre? Es ya mayor. Es bueno. No debes hacerlo. Eres un hombre malo. Me das miedo» dice, severo, Yabés, rompiendo el atento silencio en que estaba.
«¥Y van dos!» exclama en voz baja Santiago de Zebedeo dĂĄndole con el codo a AndrĂ©s. A pesar de que haya hablado bajo, Judas lo ha oĂdo.
«¿Ves, Maestro, como las palabras de aquel estĂșpido niño de Magdala han dejado huella?» dice Judas encendido de rabia.
196.7
«¿Pero no serĂa mĂĄs bonito continuar la lecciĂłn del Maestro, mĂĄs bien que estar como chivos enojados?» pregunta el pacĂfico TomĂĄs.
«SĂ, claro. Maestro, sĂguenos hablando de tu Madre. ÂĄEs tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vĂrgenes a nuestras almas. Y yo, ÂĄpobre de mĂ, tengo mucha necesidad de ello!» exclama Mateo.
«¿Qué queréis que os diga... si son muchos los episodios, y a cuål mås delicioso...!».
«¿Te los ha contado Ella?».
«Alguno sĂ, pero muchos mĂĄs JosĂ©, que me los contaba, siendo Yo niño, como los mĂĄs bellos cuentos; y tambiĂ©n Alfeo de Sara, que, siendo pocos años mĂĄs mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret».
«¥Håblanos...!» dice Juan en tono suplicante.
Se han colocado todos en cĂrculo, sentados a la sombra de los olivos; YabĂ©s estĂĄ en el centro, mirando fijamente a JesĂșs, como si fuera a escuchar una fĂĄbula paradisĂaca.
«Os voy a narrar la lecciĂłn de castidad que dio mi Madre, pocos dĂas antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.
Aquel dĂa se habĂa casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. JoaquĂn y Ana tambiĂ©n habĂan sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña MarĂa, que, junto con otros niños, tenĂa el encargo de echar pĂ©talos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapĂsima. Todos se la disputaban despuĂ©s de la festiva entrada de la novia. Era muy difĂcil ver a MarĂa, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba mĂĄs que cualquier otro lugar una pequeña gruta, que incluso hoy dĂa sigue llamando âla gruta de su desposorioâ). AsĂ que, cuando se la veĂa, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban âla flor de Nazaretâ, o âla perla de Galileaâ, o tambiĂ©n âla paz de Diosâ, en memoria de un enorme arco iris que apareciĂł improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y mĂĄs aĂșn: es la Flor del Cielo y de la creaciĂłn, es la Perla del ParaĂso, es la Paz de Dios... SĂ, la Paz. Yo soy el PacĂfico porque soy Hijo del Padre e hijo de MarĂa: la Paz infinita y la Paz suave.
Pues bien, aquel dĂa todos querĂan besarla y tenerla en el regazo. Entonces Ella, mostrĂĄndose reacia a besos y demĂĄs contactos, con delicada gravedad, dijo: âPor favor, no me chafĂ©isâ. Creyeron que se referĂa a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura, en los estrechos puños, en el cuello...; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la habĂa coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: âNo me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Diosâ. Objetaron: âPero si te besamos a ti, no a tu almaâ. Y Ella replicĂł: âMi cuerpo es templo del alma y su sacerdote es el EspĂritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal. Por favor, no entrĂ©is en el recinto de Diosâ.
A Alfeo, que habĂa superado ya los ocho años y que la querĂa mucho, le impresionĂł esta respuesta, y, al dĂa siguiente, habiĂ©ndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntĂł: âMarĂa, cuando seas mujer, Âżme querrĂas por esposo?â (todavĂa le duraba la emociĂłn de la fiesta nupcial a la que habĂa asistido). Ella respondiĂł: âYo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te dirĂ© un secreto: yo veo sĂłlo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazĂłn. Y veo sĂłlo a Dios como âverdadero Ser vivienteâ a quien ofrecermeâ. Bien, Ă©ste es un episodio».
«¥¥¥âVerdadero Ser vivienteâ!!! ÂĄSabes que es profunda esa palabra?» exclama BartolomĂ©.
Y JesĂșs, humildemente y con una sonrisa: «Era la Madre de la SabidurĂa».
«¥Era?... ÂĄPero no tenĂa tres años?».
«Era. Yo vivĂa ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepciĂłn, en la Unidad y Trinidad perfectĂsima».
196.8
«Pero â y perdona si yo, culpable, oso hablar â, pero, ÂżJoaquĂn y Ana sabĂan que era la Virgen predestinada?» pregunta Judas Iscariote.
«No lo sabĂan».
«Y entonces, ÂżcĂłmo es que JoaquĂn dijo que Dios la habĂa salvado anticipadamente? ÂżNo alude ello, acaso, a su privilegio respecto a la culpa?».
«Alude a ello. Pero JoaquĂn prestaba su boca a Dios, como todos los profetas. Tampoco Ă©l comprendiĂł la sublime verdad sobrenatural que el EspĂritu habĂa puesto en sus labios. JoaquĂn era un justo; tanto, que mereciĂł esa paternidad. Y era humilde. En efecto, no hay justicia donde hay soberbia. Ăl era justo y humilde. ConsolĂł a su hija por amor de padre. En su sabidurĂa de sacerdote, la instruyĂł: que sacerdote era, siendo tutor del Arca de Dios. Como pontĂfice, la consagrĂł con el tĂtulo mĂĄs dulce: âLa Sin Manchaâ. DĂa llegarĂĄ en que otro sabio pontĂfice dirĂĄ al mundo: âElla es la Concebida sin Manchaâ, y darĂĄ esta verdad al mundo de los creyentes, como artĂculo de fe irrebatible, para que en el mundo de entonces â que se irĂĄ hundiendo cada vez mĂĄs en una neblinosa monotonĂa de herejĂas y vicios â resplandezca, ante la vista de todos, la Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida de rayos de luna (menos puros que Ella); la Reina de lo creado y del Increado, apoyada en los astros. Porque Dios-Rey tiene por Reina, en su Reino, a MarĂa».
«¿Entonces, JoaquĂn era profeta?».
«Era un justo. Su alma dijo, como hace el eco, lo que Dios decĂa a su alma, por Dios amada».
196.9
«¿Cuåndo vamos a ir a ver a esta Mamå, Señor?» pregunta con ojos anhelantes Yabés.
«Esta tarde, cuando la veas, ¿qué le vas a decir?».
«¿EstarĂa bien: âTe saludo, Madre del Salvadorâ?».
«Muy bien» confirma JesĂșs mientras le acaricia.
«Pero, ¿no vamos a ir hoy al Templo?» pregunta Felipe.
«Iremos antes de salir para Betania. Y tĂș, ÂżestarĂĄs aquĂ tranquilo, no?».
«SĂ, Señor».
La mujer de Jonås (el arrendatario del olivar), que lentamente se ha ido acercando, dice: «¿Por qué no le llevas contigo? Lo estå deseando...».
JesĂșs la mira fijamente y con insistencia, aunque sin decir nada.
La mujer comprende, y lo manifiesta: «¥Comprendo!... Creo que tengo todavĂa un pequeño manto, de Marcos. Voy a buscarlo» y, ligera, se ausenta.
YabĂ©s, tirĂĄndole a Juan de una manga, dice: «¿SerĂĄn severos los maestros?» a lo que Juan, confortĂĄndole, contesta: «¥No, hombre, no! No tengas miedo. Y, ademĂĄs, no es hoy. En pocos dĂas, con la Madre, sabrĂĄs mĂĄs que un doctor».
Los demĂĄs, que lo han oĂdo, sonrĂen por la preocupaciĂłn de YabĂ©s.
«Pero, ¿quién va a presentarle haciendo las veces de padre?» pregunta Mateo.
«Yo. ¥Es natural! A menos que le quiera presentar el Maestro» dice Pedro.
«No, Simón, no lo haré Yo. Te dejo este honor».
«Gracias, Maestro. Pero... vas a estar presente tambiĂ©n TĂș?».
«Ciertamente. Todos estaremos presentes: es ânuestroâ niño...».
Vuelve MarĂa de JonĂĄs con un manto color morado oscuro que todavĂa estĂĄ en buenas condiciones. ÂĄQuĂ© color! Ella misma lo dice: «Marco no lo quiso usar nunca porque no le gustaba el color».
ÂĄMira tĂș Ă©ste! ÂĄEs atroz! Y el pobre YabĂ©s, con esa tez suya tan aceitunada, dentro de ese morado violento, parece un ahogado. Pero Ă©l no se ve... y se siente feliz con ese manto con que cubrirse como una persona mayor...
«La comida estå lista, Maestro. La criada ha sacado ya del asador el cordero».
«Vamos, entonces».
Y, bajando del lugar en que se encuentran, entran en la amplia cocina para comer.