Notas del tema

Palabras clave principales y transversales 🌟.

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Comodidad de lectura

ECR 180.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Escuchad ahora el espĂ­ritu de la parĂĄbola.

Tenemos cuatro tipos de campos: los fértiles, los espinosos, los pedregosos y los que estån llenos de senderos. Tenemos también cuatro tipos de espíritus.

Por una parte, estĂĄn los espĂ­ritus honestos, los espĂ­ritus de buena voluntad, preparados por esta misma buena voluntad y por la obra buena de un apĂłstol, de un “verdadero” apĂłstol. Porque hay apĂłstoles que tienen el nombre pero no el espĂ­ritu de apĂłstoles: su efecto sobre las voluntades que se estĂĄn formando es mĂĄs mortĂ­fero que los propios pĂĄjaros, espinos y piedras; con sus intransigencias, prisas, reprensiones y amenazas, trastocan todo, de tal forma, que alejan para siempre de Dios. Hay otros que, al contrario, por regar continuamente benevolencia desfasada, ajan la semilla en un terreno demasiado blando. Enervan, con su enervamiento, las almas que estĂĄn bajo su custodia. Mas refirĂĄmonos a los verdaderos apĂłstoles, es decir, a los espejos lĂ­mpidos de Dios: son paternos, misericordiosos, pacientes, y, al mismo tiempo, fuertes como su Señor. Pues bien, los espĂ­ritus preparados por Ă©stos y por la propia voluntad se pueden comparar a los campos fĂ©rtiles, exentos de piedras y zarzas, limpios de malas hierbas y cizaña; en ellos prospera la palabra de Dios; cada palabra — una semilla — produce una macolla y luego espigas maduras, y da en unos casos el cien, en otros el sesenta, en otros el treinta por ciento. ÂżEntre los que me siguen hay de Ă©stos? Sin duda. Y serĂĄn santos. Los hay de todas las castas, de todos los paĂ­ses, incluso gentiles hay (que darĂĄn tambiĂ©n el cien por ciento por su buena voluntad; por ella Ășnicamente, o tambiĂ©n, ademĂĄs de por ella, por la de un apĂłstol o discĂ­pulo que me los prepara).

Detalle

JesĂșs explica la parĂĄbola del sembrador.

Palabras clave

ECR 180.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

RefirĂĄmonos a los verdaderos apĂłstoles, es decir, a los espejos lĂ­mpidos de Dios: son paternos, misericordiosos, pacientes, y, al mismo tiempo, fuertes como su Señor. Pues bien, los espĂ­ritus preparados por Ă©stos y por la propia voluntad se pueden comparar a los campos fĂ©rtiles, exentos de piedras y zarzas, limpios de malas hierbas y cizaña; en ellos prospera la palabra de Dios; cada palabra — una semilla — produce una macolla y luego espigas maduras, y da en unos casos el cien, en otros el sesenta, en otros el treinta por ciento. ÂżEntre los que me siguen hay de Ă©stos? Sin duda. Y serĂĄn santos. Los hay de todas las castas, de todos los paĂ­ses, incluso gentiles hay (que darĂĄn tambiĂ©n el cien por ciento por su buena voluntad; por ella Ășnicamente, o tambiĂ©n, ademĂĄs de por ella, por la de un apĂłstol o discĂ­pulo que me los prepara).

Palabras clave

ECR 180.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Los campos espinosos son aquellos en que la indolencia ha dejado penetrar espinosas marañas de intereses personales que ahogan la buena semilla. Es necesaria siempre una vigilancia sobre uno mismo; siempre, siempre... Nunca decir: “¡Ya estoy formado, he recibido ya la semilla, puedo estar tranquilo porque darĂ© semilla de vida eterna!”. Es necesaria siempre una vigilancia: la lucha entre el Bien y el Mal es continua. ÂżAlguna vez os habĂ©is parado a observar una colonia de hormigas que se establece en una casa? Ya se las ve junto al hogar. La mujer ya no vuelve a dejar alimentos allĂ­ sino que los pone encima de la mesa; mas el olfato de las hormigas examina el aire y asaltan la mesa. La mujer pone los alimentos en el abaz, pero ellas pasan adentro a travĂ©s de la cerradura. Entonces la mujer cuelga del techo esos alimentos, pero las hormigas recorren un largo camino por paredes y viguetas, bajan por la cuerda y comen. Entonces la mujer las quema, las envenena... y se queda tranquila creyendo que las ha destruido. ÂĄAh, si no vigila, quĂ© sorpresa! Ya salen las otras nuevas que han nacido... y vuelta a empezar. Esto durante el tiempo que dura la vida. Es necesario vigilarse para extirpar las plantas malas desde el primer momento en que aparecen; si no, harĂĄn un techo de zarzas y ahogarĂĄn el trigo. Los cuidados mundanos, el engaño de las riquezas, crean la maraña, ahogan la planta de la semilla de Dios y no dejan que llegue a hacerse espiga.

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ECR 180.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Esto durante el tiempo que dura la vida. Es necesario vigilarse para extirpar las plantas malas desde el primer momento en que aparecen; si no, harån un techo de zarzas y ahogarån el trigo. Los cuidados mundanos, el engaño de las riquezas, crean la maraña, ahogan la planta de la semilla de Dios y no dejan que llegue a hacerse espiga.

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ECR 180.7 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Llaman enérgicamente a la puerta.

«¿Quién podrå ser a esta hora?» dice Pedro levantåndose para ir a abrir.

Se presenta Juan. Agitado, lleno de polvo, con claros signos de llanto en su rostro.

«¿TĂș aquĂ­?» gritan todos. «¿Pero quĂ© ha pasado?».

JesĂșs, que se ha puesto en pie, se limita a decir: «¿DĂłnde estĂĄ mi Madre?».

Juan, dando unos pasos y yendo a arrodillarse a los pies de su Maestro, tendiendo los brazos hacia delante como pidiendo ayuda, dice: «Tu Madre estå bien, pero llorando como yo, como muchos otros, y te ruega que no vayas donde Ella siguiendo el curso del Jordån por la parte nuestra. Me ha hecho regresar por este motivo, porque... porque Juan, tu primo, ha sido apresado...». Y Juan llora mientras entre los presentes se forma un gran alboroto.

JesĂșs se pone muy pĂĄlido, pero no se agita; solamente dice: «LevĂĄntate y habla».

«Iba hacia abajo con la Madre y las mujeres. TambiĂ©n estaban con nosotros Isaac y Timoneo. Tres mujeres y tres hombres. CumplĂ­ tu orden de conducir a MarĂ­a donde Juan... ÂĄAh, sabĂ­as que era el Ășltimo adiĂłs... que debĂ­a ser el Ășltimo adiĂłs!... La tormenta de hace unos dĂ­as nos obligĂł a detenernos unas horas, pocas pero suficientes para que Juan no pudiera ya ver a MarĂ­a... Llegamos a la hora sexta. Él habĂ­a sido capturado en la hora del galicinio...».

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ECR 180.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« Pero... ¥di, muchacho!, ¿la Madre estå verdaderamente a salvo?».

«¥Sí, sí; se han quedado con Ella también los pastores discípulos de Juan! »

Detalle

Juan el Bautista fue arrestado mientras Juan acompañaba a la Virgen María a Hennon para que el Precursor pudiera ver a la Madre de Cristo.

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ECR 181

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : La paråbola del buen grano y la cizaña.

Fecha de la visiĂłn: viernes 8 de junio de 1945.

Calendario: martes 22 de febrero 28 (9 Adar I 3788) segĂșn maria-valtorta.org - jueves 2 de marzo 28 segĂșn Valtorta.fr

LocalizaciĂłn (mapa) : Betsaida

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: El grupo apostĂłlico se encuentra en el lago TiberĂ­ades. Pedro desconfiaba de todo el mundo, ya que Juan el Bautista habĂ­a sido arrestado, y cuando vio la barca de SimĂłn el fariseo cerca de CafarnaĂșn, decidiĂł cambiarles el destino. AsĂ­ que desembarcaron en otro lugar, a pesar de las observaciones de JesĂșs. Pedro los dejĂł para ir a CafarnaĂșn, tras lo cual el resto del grupo se dirigiĂł a ChorazeĂŻn, a casa de ElĂ­as, el nuevo discĂ­pulo. AllĂ­ JesĂșs cura a una nieta que probablemente tiene ictericia. Pero la multitud sabe que el Maestro estĂĄ allĂ­, y se resigna a hablar a pesar de su tristeza por la detenciĂłn de su primo. El resto del resumen estĂĄ por venir.

Contenido del capĂ­tulo: 181.1: Pedro, desconfiado, se niega a ir a CafarnaĂșn. 181.2: JesĂșs va a visitar a los padres de ElĂ­as, el nuevo discĂ­pulo. Una niña es curada. 181.3: ParĂĄbola del buen grano y la cizaña. 181.4: Sentido general de la parĂĄbola. 181.5: AplicaciĂłn a los apĂłstoles y discĂ­pulos. 181.6: AplicaciĂłn al traidor y al santo. 181.7: El hombre permanece libre.

EdiciĂłn anterior: Tomo 3, capĂ­tulo 41

Palabras clave

ECR 181.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entran en Corazín en pleno día, terminada ya la aurora. No hay tallito que no brille con gemas de rocío. Los påjaros cantan por todas partes. El aire es puro, fresco: parece saber incluso a leche, a una leche mås vegetal que animal. Y hay olor a cereales formåndose dentro de las espigas, a almendros cargados de frutos... un olor ya experimentado por mí en las frescas mañanas en los opimos campos de la llanura padana.

Llegan pronto a casa de ElĂ­as. Pero ya muchos en CorazĂ­n saben que ha llegado el Maestro, y, cuando JesĂșs estĂĄ para atravesar el umbral, una madre acude gritando: «¥JesĂșs, Hijo de David, piedad de mi hijita!». Lleva en brazos a una niña de unos diez años, cĂ©rea y flaquĂ­sima (mĂĄs que cĂ©rea, amarillenta).

«¿Qué le pasa a tu hija?».

«Tiene fiebres. Se las ha cogido pastoreando por la ribera del JordĂĄn. Porque somos los pastores de un hombre rico. Su padre me ha llamado para que acompañara a la niña, que estaba enferma. Él ha vuelto a los montes. Pero, como sabes, con esta enfermedad no se puede subir a lugares elevados. Y no puedo quedarme aquĂ­. El amo me lo ha permitido hasta ahora. Pero yo estoy encargada de esquilar a las ovejas y de ayudar en los partos. Llega el tiempo de nuestra labor, la de los pastores. Si me quedo, nos despedirĂĄn o estaremos divididos; verĂ© morir a mi hija, si subo al HermĂłn».

«¿Tienes fe en que puedo hacerlo?».

«HablĂ© con Daniel, pastor de Eliseo. Me dijo: “Nuestro Niño cura todos los males. Ve al MesĂ­as”. Desde mĂĄs allĂĄ de MerĂłn vengo con Ă©sta en brazos, buscĂĄndote a ti. Y habrĂ­a seguido caminando hasta encontrarte...».

«No camines mås, sino para regresar a casa, al trabajo sereno. Tu hija estå curada porque Yo lo quiero. Ve en paz».

La mujer mira a su hija y a JesĂșs. QuizĂĄs espera ver que instantĂĄneamente la niña engorde de nuevo y recupere el color. Ésta tambiĂ©n mira al rostro de JesĂșs, con ojos como platos, aunque cansados, y sonrĂ­e.

«No temas, mujer. No te estoy engañando. La fiebre ha desaparecido para siempre. SegĂșn vayan pasando los dĂ­as, la niña recuperarĂĄ su lozanĂ­a. DĂ©jala que camine, no se tambalearĂĄ ya, ni sentirĂĄ consancio».

La madre deja en el suelo a la niña, la cual se tiene bien derecha y sonrĂ­e cada vez mĂĄs contenta, y acaba gorjeando con su voz argentina: «¥Bendice al Señor, mamĂĄ! ÂĄSiento que estoy perfectamente sana!» y con sencillez de pastorcita y de niña se lanza al cuello de JesĂșs y le besa. La madre, reservada como la edad enseña, se prosterna y besa el vestido bendiciendo al Señor.

«Marchaos. Recordad el beneficio que habéis recibido del Señor y sed buenas. La paz esté con vosotras».

AnotaciĂłn

"ÂżQuĂ© le pasa a su hija?" "Fiebres. Las cogiĂł en los pastos del JordĂĄn". Muy probablemente fiebre amarilla, o fiebre de los pantanos, que asolĂł poblaciones en toda la AntigĂŒedad. Sobre este tema, vĂ©ase la nota a pie de pĂĄgina de EMV 177: Las fiebres palĂșdicas (fiebre amarilla o paludismo) causaron graves epidemias en la AntigĂŒedad. Se mencionan varias veces en la obra. Durante siglos, estas fiebres se atribuyeron a la insalubridad del aire (aria cattiva, de donde procede la palabra italiana mala aria = aire viciado), sin relacionarlas nunca con los mosquitos. Maria Valtorta relata una opiniĂłn perfectamente acorde con la creencia romana y no relacionada con sus conocimientos como enfermera.

Fui llamada a la enferma por su padre. Ahora ha vuelto a las montañas. Pero usted sabe que con esta enfermedad no se puede ir a la altura. Esta indicación médica merece ser examinada por personas competentes.

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