Salen. JesĂșs va hacia el lago para evitar la compresiĂłn de la muchedumbre. Pedro, diligentemente, separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la voz de JesĂșs sea oĂda por todos y que haya un espacio entre el auditorio y Ăl.
«Ahora vamos con los que nos estån esperando. Venid. Recibe la paz; mujer. Esta noche seré tu huésped».
Salen. JesĂșs va hacia el lago para evitar la compresiĂłn de la muchedumbre. Pedro, diligentemente, separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la voz de JesĂșs sea oĂda por todos y que haya un espacio entre el auditorio y Ăl.
«De CafarnaĂșm a aquĂ he venido pensando quĂ© podrĂa deciros. La indicaciĂłn la he encontrado en los hechos sucedidos esta mañana.
HabĂ©is visto a tres hombres que se han acercado a mĂ. Uno, espontĂĄneamente, otro porque le he llamado, el tercero por un entusiasmo repentino. HabĂ©is podido ver tambiĂ©n cĂłmo de estos tres he tomado sĂłlo a dos. ÂżPor quĂ©? ÂżSerĂĄ porque he visto en el tercero a un traidor? No, ciertamente no; lo que he visto en Ă©l ha sido una persona no preparada. A simple vista parecĂa menos preparado Ă©ste hombre que ahora estĂĄ a mi lado, este hombre que iba a enterrar a su padre. Sin embargo, el menos preparado era el tercero. Ăste estaba tan preparado â aĂșn sin saberlo â que ha sabido realizar un sacrificio verdaderamente heroico.
Seguir a Dios con heroĂsmo es siempre prueba de una fuerte preparaciĂłn espiritual. Esto explica ciertos hechos sorprendentes que se producen en torno a mĂ. Los que estĂĄn mĂĄs preparados para recibir al Cristo â cualesquiera que sean su casta o su cultura â vienen a mĂ con prontitud y fe absolutas. Los menos preparados me observan como a un hombre que se sale de lo habitual, o me estudian con desconfianza y curiosidad, o incluso me atacan y desacreditan acusĂĄndome de varias formas. Las distintas formas de actuar son proporcionales a la falta de preparaciĂłn de los espĂritus.
En el pueblo elegido deberĂan encontrarse por todas partes espĂritus preparados para recibir a este MesĂas en cuya espera se consumieron de ansiedad los Patriarcas y los Profetas; a este MesĂas que por fin ha venido, precedido y acompañado por todos los signos profetizados; a este MesĂas cuya figura espiritual se delinea cada vez mĂĄs clara a travĂ©s de los milagros visibles, en los cuerpos y en los elementos, y de los milagros invisibles en las conciencias que se convierten, y en los gentiles que se vuelven al Dios verdadero. Y, sin embargo, no es asĂ. Precisamente en los hijos de este pueblo la prontitud para seguir al MesĂas se ve fuertemente obstaculizada, y, ademĂĄs, aunque duela decirlo, a medida que se sube a las clases mĂĄs altas, mĂĄs obstaculizada estĂĄ. No lo digo para escandalizaros, sino para induciros a orar y a reflexionar.
ÂżPor quĂ© sucede esto? ÂżPor quĂ© gentiles y pecadores avanzan mĂĄs por mi camino?, Âżpor quĂ© acogen lo que Yo digo, y los otros no? Porque los hijos de Israel estĂĄn anclados; es mĂĄs, incrustados como madreperlas al banco en que nacieran. Porque estĂĄn saturados, henchidos de su sabidurĂa, que los ha engordado, y no saben abrir camino a la mĂa desprendiĂ©ndose de lo superfluo para hacer espacio a lo necesario. Los otros no padecen esta esclavitud: son pobres paganos, o pobres pecadores, desancorados como naves a la deriva; son pobres, que no tienen tesoros propios, sino que sĂłlo poseen fardos de errores y pecados de los que se desprenden con gozo en cuanto logran comprender la Buena Nueva y prueban su dulzura corroborante, bien distinta del desagradable revoltijo de sus pecados.
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Escuchad, y quizås entenderéis mejor cómo de una misma acción pueden surgir diversos frutos.
SaliĂł un sembrador a sembrar. Sus tierras eran muchas y de distintos tipos. Algunas de ellas las habĂa heredado de su padre; en Ă©stas, su falta de atenciĂłn habĂa permitido la proliferaciĂłn de plantas espinosas. Otras eran adquiridas; las habĂa comprado a una persona descuidada y las habĂa dejado como estaban. Otras estaban atravesadas por caminos, porque el hombre era un comodĂłn y no querĂa hacer mucho recorrido para ir de un lugar a otro. En fin, habĂa algunas, las mĂĄs cercanas a la casa, que habĂa cuidado, para que el aspecto de delante de su casa fuera agradable; Ă©stas tierras estaban bien limpias de cantos, de espinos, de malas hierbas, etc.
Pues bien, el hombre cogiĂł su saquito de trigo de simiente, el de mejor calidad, y empezĂł a sembrar. La simiente cayĂł en el terreno bueno, esponjoso, arado, limpio, abonado, de las tierras cercanas a la casa. CayĂł en las tierras cortadas por esos caminos mĂĄs o menos anchos que las fragmentaban hasta la saciedad y que, ademĂĄs, eran fuente de despreciable polvo ĂĄrido para la tierra fĂ©rtil. Otras semillas cayeron en las tierras en que la ineptitud del hombre habĂa dejado proliferar los espinos; el arado, ahora, los habĂa arrastrado a su paso y parecĂa que ya no hubiera, pero seguĂan estando, porque sĂłlo el fuego, la radical destrucciĂłn de las malas plantas, les impide volver a nacer. La Ășltima semilla cayĂł en los campos comprados poco antes, en esos campos que el sembrador habĂa dejado como estaban cuando los adquiriĂł, sin roturarlos profundamente, sin levantar todas las piedras que estaban hundidas en la tierra y que formaban un pavimento duro en que no podĂan prender las tiernas raĂces. Una vez esparcida por los campos toda la simiente, volviĂł a su casa y dijo: âÂĄBien!, ÂĄbien!, ahora no hay sino que esperar a la cosechaâ.
179.6
Y se regocijaba al ver con el paso de los meses, primero germinar bien espeso el trigo en las tierras que estaban delante de su casa, luego crecer â ÂĄoh, quĂ© suave alfombra! â y producir espiga â ÂĄquĂ© mar! â y dorarse y cantar su hosanna al sol entrechocĂĄndose las espigas. El hombre decĂa: âComo estas tierras serĂĄn todas las demĂĄs. Preparemos la hoz y los graneros. ÂĄCuĂĄnto pan! ÂĄCuĂĄnto oro!â, y exultaba de gozo. SegĂł el trigo de las parcelas mĂĄs cercanas y luego pasĂł a las tierras que habĂa heredado de su padre y que habĂa dejado abandonadas. Al verlas se quedĂł de piedra. Mucho trigo habĂa nacido, porque eran buenas parcelas, y la tierra, bonificada por su padre, era rica y fĂ©rtil. Pero esta misma fertilidad habĂa actuado en las plantas espinosas â arrastradas por el arado pero aĂșn vivas â, que habĂan renacido creando un verdadero techo de hĂspidos ramajes de espinos, a cuyo travĂ©s sĂłlo algunas escasas espigas de trigo habĂan podido emerger, con lo cual casi todo habĂa quedado ahogado.
El hombre dijo: âCon estas parcelas he sido negligente, pero en otras no habĂa espinos; irĂĄ mejor la cosaâ. Y pasĂł a las tierras que habĂa comprado recientemente. Su estupor pasĂł a ser dolor: delgadas hojas de trigo, ya resecas, yacĂan, como heno seco, diseminadas por todas partes. Heno seco. âÂżCĂłmo es posible! ÂżCĂłmo es posible!â, se lamentaba el hombre. âÂĄPues si aquĂ no hay espinos y el trigo era el mismo! Y habĂa nacido bien compacto y hermoso: se ve por las hojas, bien formadas y numerosas. ÂżPor quĂ©, entonces, todo ha muerto sin formar espiga?â. Y, con dolor, se puso a excavar en el suelo para ver si encontraba nidos de topos u otros flagelos. No habĂa ni insectos ni roedores. ÂĄAh, pero, cuĂĄntas piedras, cuĂĄntas piedras! Estas parcelas estaban, literalmente hablando, pavimentadas con lascas de piedra; era engañosa la poca tierra que las cubrĂa. ÂĄAh, si hubiera hincado profundamente el arado a su debido tiempo! ÂĄAh, si hubiera excavado antes de aceptar esas tierras y comprarlas como buenas! ÂĄAh, si, al menos, una vez cometido el error de adquirir lo que se le ofrecĂa sin asegurarse de su calidad, lo hubiera bonificado a fuerza de brazos! Pero ya era demasiado tarde. InĂștil plañirse.
El hombre se enderezĂł, desanimado, y fue a ver los campos cortados por los caminos que Ă©l mismo, buscando la comodidad, habĂa trazado... Y se rasgĂł las vestiduras del dolor. AquĂ no habĂa nada, absolutamente nada. La tierra oscura del campo estaba cubierta por un leve estrato de polvo blanco. El hombre se desplomĂł gimiendo: âPero aquĂ, Âżpor quĂ©? AquĂ no hay ni espinos ni piedras, porque estos campos son nuestros; mi abuelo, mi padre, yo, los hemos tenido siempre y durante muchos lustros los hemos hecho producir y han sido fĂ©rtiles. Yo he abierto los caminos; habrĂ© quitado espacio a las parcelas, pero ello no puede haberlas hecho tan improductivas...â. Estaba llorando cuando un nutrido conjunto de pĂĄjaros, que con frenesĂ se lanzaban de los senderos a la tierra de labor y de Ă©sta a los senderos, para buscar, buscar, buscar semillas, semillas, semillas⊠le dieron la respuesta a su dolor: esta tierra se habĂa convertido en una red de caminos, a cuyos bordes habĂan ido a parar granos de trigo, atrayendo asĂ a muchos pĂĄjaros, los cuales primero se habĂan comido los granos que habĂan caĂdo en el camino y luego lo que habĂa caĂdo dentro, hasta el Ășltimo grano.
De esta forma, la simiente, igual para todas las parcelas, habĂa producido, en unas, cien, en otras, sesenta o treinta o nada. El que tenga oĂdos para oĂr que oiga. La semilla es la Palabra, que es igual para todos; los lugares donde cae la simiente son vuestros corazones. Que cada cual lo aplique y lo comprenda. La paz sea con vosotros».