Notas de la palabra clave

Milagros de Jesucristo

Tema: Palabras clave principales y transversales 🌟. · PĂĄgina 1 de 8

Comodidad de lectura

ECR 4.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Quien ya veía cercano su tiempo de redimir, Yo, el Cristo, nieto de Ana, casi cincuenta años después, mediante la Palabra, obraría milagros en las estériles y en las enfermas, en las obsesas, en las desoladas; los obraría en todas las miserias de la tierra.

Detalle

JesĂșs habla de su abuela y expone sus futuros milagros.

Palabras clave

ECR 45.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

45.8 Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, despuĂ©s del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en las orillas del JordĂĄn. DespuĂ©s vinieron las infinitas otras que te darĂ© a conocer (porque mis milagros son manifestaciones de mi naturaleza divina) hasta las Ășltimas de la ResurrecciĂłn y AscensiĂłn al Cielo.

Mi patria quedĂł llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida a los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida: a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrĂ©dulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles. TambiĂ©n al presente se repiten. Pero — como entonces — el mundo no las acoge. No sĂłlo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, para conduciros a la fe en mĂ­.

Palabras clave

ECR 52.5-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

JesĂșs toma asiento en la mesa del centro, con el novio, la novia, los parientes de los novios y los amigos mĂĄs notables. A los dos discĂ­pulos, por respeto al Maestro, se los coloca en la misma mesa.

JesĂșs estĂĄ de espaldas a la pared en que estĂĄn las tinajas y los aparadores. Por ello, no lo ve, como tampoco ve el afĂĄn del mayordomo con los platos de asado que van siendo introducidos por una puertecita que estĂĄ junto a los aparadores.

Observo una cosa: menos las respectivas madres de los novios y menos MarĂ­a, ninguna mujer estĂĄ sentada en esa mesa. Todas las mujeres estĂĄn — y meten bulla como si fueran cien — en la otra mesa que estĂĄ pegando a la pared, y se las sirve despuĂ©s de que se ha servido a los novios y a los invitados importantes. JesĂșs estĂĄ al lado del dueño de la casa. Tiene enfrente a MarĂ­a, que estĂĄ sentada al lado de la novia.

El banquete comienza. Le aseguro que no falta el apetito, ni tampoco la sed. Los que comen y beben poco son JesĂșs y su Madre, la cual, ademĂĄs, habla poquĂ­simo. JesĂșs habla un poco mĂĄs. Pero, a pesar de ser parco de palabras, no se manifiesta ni enfadado ni desdeñoso. Es un hombre afable, pero no hablador. Si le consultan algo, responde; si le hablan, se interesa, expone su parecer, pero despuĂ©s se recoge en sĂ­ como quien estĂĄ habituado a meditar. SonrĂ­e, nunca rĂ­e. Y, si oye alguna broma demasiado irreflexiva, hace como si no escuchara. MarĂ­a se alimenta de la contemplaciĂłn de su JesĂșs, como Juan, que estĂĄ hacia el fondo de la mesa y atentĂ­simo a los labios de su Maestro.

52.6 MarĂ­a se da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que Ă©ste estĂĄ turbado, y comprende lo que de desagradable sucede. «Hijo» dice bajo, llamando la atenciĂłn de JesĂșs con esa palabra. «Hijo, no tienen mĂĄs vino».

«Mujer, ÂżquĂ© hay ya entre tĂș y Yo?». JesĂșs, al decir esta frase, sonrĂ­e aĂșn mĂĄs dulcemente, y sonrĂ­e MarĂ­a, como dos que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que ignoran todos los demĂĄs.

52.7 JesĂșs me explica el significado de la frase.

«Ese “ya”, que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su verdadero significado.

Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser el Maestro. Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios. Rotas las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre “Mamá” a María, mi Santa. El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación, Ella me dio al mundo para el mundo, como Mesías, como Evangelizador. Su tercera, sublime, mística maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me dió a luz a la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo.

“¿QuĂ© hay ya entre tĂș y Yo?”. Antes era tuyo, Ășnicamente tuyo. TĂș me mandabas, yo te obedecĂ­a. Te estaba “sujeto”. Ahora soy de mi misiĂłn.

ÂżAcaso no lo he dicho?: “Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrĂĄs a saludar a quien se queda, no es apto para el Reino de Dios”. Yo habĂ­a puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra sino los corazones, y sembrar en ellos la palabra de Dios. SĂłlo levantarĂ­a esa mano una vez arrancada de allĂ­ para ser clavada en la Cruz y abrir con mi torturante clavo el corazĂłn del Padre mĂ­o, haciendo salir de Ă©l el perdĂłn para la humanidad.

Ese “ya”, olvidado por la mayorĂ­a, querĂ­a decir esto: “Has sido todo para mĂ­, Madre, mientras fui Ășnicamente el JesĂșs de MarĂ­a de Nazaret, y me eres todo en mi espĂ­ritu; pero, desde que soy el MesĂ­as esperado, soy del Padre mĂ­o. Espera un poco todavĂ­a y, acabada la misiĂłn, volverĂ© a ser todo tuyo; me volverĂĄs a tener entre los brazos como cuando era niño y nadie te disputarĂĄ ya este Hijo tuyo, considerado un oprobio de la humanidad, la cual te arrojarĂĄ sus despojos para cubrirte incluso a ti del oprobio de ser madre de un reo. Y despuĂ©s me tendrĂĄs de nuevo, triunfante, y despuĂ©s me tendrĂĄs para siempre, tĂș tambien triunfante, en el Cielo. Pero ahora soy de todos estos hombres. Y soy del Padre que me ha mandado a ellos”.

Esto es lo que quiere decir ese pequeño, y tan denso de significado, “ya”».

52.8 MarĂ­a ordena a los criados: «Haced lo que Él os diga». MarĂ­a ha leĂ­do en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran enseñanza para todos los “llamados”. Y JesĂșs ordena a los criados: «Llenad de agua los cĂĄntaros».

Veo a los criados llenar las tinajas de agua traĂ­da del pozo (oigo rechinar la polea subiendo y bajando el cubo que gotea). Veo al mayordomo echarse en la copa un poco de ese lĂ­quido con ojos de estupor, probarlo con gestos de aĂșn mĂĄs vivo asombro, degustarlo y hablarles al dueño de la casa y al novio (estaban cercanos).

MarĂ­a mira una vez mĂĄs al Hijo y sonrĂ­e; luego, tras una nueva sonrisa de JesĂșs, inclina la cabeza, ruborizĂĄndose tenuemente: se siente muy dichosa.

Un murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia JesĂșs y MarĂ­a; hay quien se levanta para ver mejor, quien va a las tinajas... Silencio, y, despuĂ©s, un coro de alabanzas a JesĂșs.

Pero Él se levanta y dice una frase: «AgradecĂ©dselo a MarĂ­a» y se retira del banquete. Los discĂ­pulos le siguen. En el umbral de la puerta vuelve a decir: «La paz sea en esta casa y la bendiciĂłn de Dios descienda sobre vosotros» y añade: «AdiĂłs, Madre».

La visiĂłn cesa.

Detalle

JesĂșs estĂĄ en las bodas de CanĂĄ.

Palabras clave

ECR 52.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

52.9 JesĂșs me instruye asĂ­:

«Cuando dije a los discĂ­pulos: “Vamos a hacer feliz a mi Madre”, habĂ­a dado a la frase un sentido mĂĄs alto de lo que parecĂ­a. No la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad taumatĂșrgica y la primera benefactora de la humanidad. Recordadlo siempre: mi primer milagro se produjo por MarĂ­a; el primero: sĂ­mbolo de que es MarĂ­a la llave del milagro. Yo no niego nada a mi Madre. Por su oraciĂłn anticipo incluso el tiempo de la gracia. Yo conozco a mi Madre, la segunda en bondad despuĂ©s de Dios. SĂ© que concederos una gracia es hacerla feliz, porque es la Toda Amor. Por esto, sabiĂ©ndolo, dije: “Vamos a hacerla feliz”.

AdemĂĄs quise mostrar al mundo su potencia junto a la mĂ­a. Destinada a unirse a mĂ­ en la carne — puesto que fuimos una carne: Yo en Ella, Ella en torno a mĂ­, como pĂ©talos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmo de vida —, destinada a unirse a mĂ­ en el dolor — puesto que estuvimos en la cruz Yo con la carne y Ella con su espĂ­ritu, de la misma forma que la azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de Ă©sta se desprende —, era justo unirla a mĂ­ en la potencia que se muestra al mundo.

Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados: “Dad gracias a MarĂ­a. Por Ella os ha sido dado el Dueño del milagro y por Ella tenĂ©is mis gracias, especialmente el perdĂłn”.

Descansa en paz. Nosotros estamos contigo».

Palabras clave

ECR 54.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Un hombre todo cubierto y embozado estĂĄ apoyado en el pequeño, rĂșstico muro que sostiene un escalĂłn del terreno, el mĂĄs cercano al lĂ­mite de la propiedad. Debe haber subido hasta allĂ­ por un senderillo que sigue el curso del torrente y conduce a ese lugar.

Cuando ve a JesĂșs venir hacia Ă©l, grita: «¥AtrĂĄs, atrĂĄs! ÂĄPero ten piedad!». Y descubre su torso dejando caer el vestido. Si el rostro aparece cubierto de costras, el tronco es un recamado de llagas: unas ya convertidas en agujeros profundos, otras simplemente como rojas quemaduras, otras blanquecinas y brillantes como si tuvieran encima un cristalito blanco.

«¥Estås leproso! ¿Qué quieres de mí?».

«¥No me maldigas! ÂĄNo me apedrees! Me han dicho que anteayer tarde te has manifestado como Voz de Dios y Portador de la Gracia. Me han dicho que has asegurado que alzando tu signo sanas todo mal. Álzalo sobre mĂ­. Vengo de los sepulcros... AllĂ­... Me he arrastrado como una serpiente entre los arbustos del torrente para llegar hasta aquĂ­ sin ser visto. He esperado a que anocheciera para hacerlo, porque en la penumbra se me identificaba menos. He osado... he encontrado a Ă©ste, de la casa, que es rico en bondad. No me ha matado. SĂłlo me ha dicho: “Espera apoyado en el muro”. Ten TĂș tambiĂ©n piedad». Y dado que JesĂșs se acerca — Él solo, porque los seis discĂ­pulos y el propietario del lugar, con los dos desconocidos, se han quedado lejos y muestran claramente repulsa — insiste: «¥No mĂĄs adelante! ÂĄNo mĂĄs! ÂĄEstoy infectado!». Pero JesĂșs prosigue. Le mira con tanta piedad, que el hombre se echa a llorar y se arrodilla hasta casi tocar con el rostro en el suelo y gime: «¥Tu signo! ÂĄTu signo!».

«SerĂĄ alzado en su hora. Pero a ti te digo: “LevĂĄntate. Queda curado. Lo quiero. Y tĂș sĂ©me signo en esta ciudad que debe conocerme. ÂĄLevĂĄntate, digo! ÂĄY no peques, en reconocimiento hacia Dios!”».

El hombre se levanta lentamente. Parece surgir de las hierbas altas y florecidas como de un sudario... y estĂĄ curado. Se mira con los Ășltimos restos de luz. EstĂĄ curado. Grita: «¥Estoy limpio! ÂĄOh!, ÂżquĂ© debo hacer ahora por ti?».

«Obedecer a la Ley. Vete al sacerdote. Sé bueno en el futuro. Ve».

El hombre hace amago de echarse a los pies de JesĂșs, pero se acuerda de que todavĂ­a es impuro, segĂșn la Ley, y se contiene. Eso sĂ­, se besa las manos y manda el beso a JesĂșs, y llora de alegrĂ­a.

54.3

Los otros se han quedado de piedra. JesĂșs vuelve la espalda al hombre que ha sido curado y, sonriendo, los hace volver en sĂ­: «Amigos, no era mĂĄs que una lepra de la carne, verĂ©is caer la lepra de los corazones. (...)»

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Curación de la lepra de Simón el Zelote. Estaban presentes seis discípulos: Juan y Santiago de Zebedeo, Pedro y Andrés, Felipe y Natanael.

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ECR 54.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

54.7 «Yo quisiera preguntar una cosa...».

«¿Qué, Andrés?».

«Juan me ha hablado del milagro hecho en CanĂĄ... TenĂ­amos gran esperanza de que hicieras uno en CafarnaĂșm... y has dicho que no hacĂ­as un milagro sin haber cumplido antes la Ley. ÂżPor quĂ©, entonces, en CanĂĄ? Y, Âżpor quĂ© aquĂ­ y no en tu tierra?».

«Toda obediencia a la Ley es unión con Dios y por tanto aumento de nuestra capacidad. El milagro es la prueba de la unión con Dios, de la presencia benévola y complaciente de Dios. Por ello he querido cumplir con mi deber de israelita antes de comenzar la serie de prodigios».

«Pero la Ley no te obligaba a ti».

«¿Por quĂ©? Como Hijo de Dios, no; como hijo de la Ley, sĂ­. Israel, por ahora, sĂłlo me conoce como esto segundo... Incluso mĂĄs adelante casi todo Israel me conocerĂĄ sĂłlo asĂ­, mĂĄs aĂșn, como menos todavĂ­a. Pero no quiero escandalizar a Israel y obedezco a la Ley».

«Eres santo».

«La santidad no dispensa de la obediencia. MĂĄs aĂșn, la perfecciona. AdemĂĄs de todo, hay que dar ejemplo. ÂżQuĂ© dirĂ­as de un padre, de un hermano mayor, de un maestro, de un sacerdote que no dieran buen ejemplo?».

«¿Y Canå entonces?».

«CanĂĄ era el gozo de mi Madre que habĂ­a que llevar a cabo. CanĂĄ es el anticipo que se debe a mi Madre. Ella es la Anticipadora de la Gracia. AquĂ­ honro a la Ciudad Santa, haciendo de ella, pĂșblicamente, la iniciadora de mi poder de MesĂ­as. AllĂ­, en CanĂĄ, sin embargo, honraba a la Santa de Dios, a la Toda Santa. Por Ella el mundo me tiene. Es justo que para Ella sea mi primer prodigio en el mundo».

Palabras clave

ECR 56.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Uno de los seis, mientras el Maestro se alejaba entre las aclamaciones de la muchedumbre despuĂ©s del milagro de un mendigo lisiado curado en la puerta de los Peces, me dijo: “Nosotros ahora nos vamos de JerusalĂ©n. EspĂ©ranos a cinco millas entre JericĂł y Doco, a la altura de la curva del rĂ­o, en la calzada flanqueada de ĂĄrboles”. Ésta. Dijo tambiĂ©n: “AllĂ­ estaremos, dentro de tres dĂ­a­s, al amanecer”. Es el tercer dĂ­a, y aquĂ­ nos ha encontrado la cuarta vigilia».

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TomĂĄs hablĂł con Judas y SimĂłn y les dijo:

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ECR 58.6-8

El Evangelio como me ha sido revelado

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«¥SimĂłn! ÂĄSimĂłn! ÂĄAndrĂ©s! Voy...». Juan corre jadeante hacia ellos. «¥Maestro! ÂżTe he hecho esperar?». Juan mira a JesĂșs con su ojo enamorado.

Pedro interviene: «Verdaderamente empezaba a pensar que quizås ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?...».

«Eso... nos hemos retrasado por un ciego. CreĂ­a que JesĂșs estaba en nuestra casa y ha ido allĂ­. Le hemos dicho: “No estĂĄ aquĂ­. QuizĂĄs mañana te curarĂĄ. Espera”. Pero no querĂ­a esperar. Santiago decĂ­a: “Has esperado mucho la luz, ÂżquĂ© te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones...».

«Juan, si tĂș estuvieras ciego, ÂżtendrĂ­as prisa de volver a ver a tu madre?».

«¥Claro!».

«¿Y entonces?... ¿Dónde estå el ciego?».

«Estå viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no le deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza... Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?».

«Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tråemele».

Juan se marcha corriendo.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar, y suspira.

«¿Simón?».

«¿Maestro?».

«No tengas miedo. TendrĂĄs una pesca abundante aunque salgas el Ășltimo».

«¿También esta vez?».

«Todas las veces que tengas caridad, Dios te concederå la gracia de la abundancia».

58.7

«Ahí llega el ciego».

El pobrecito camina entre Santiago y Juan. Tiene entre las manos un bastĂłn, pero no lo usa ahora. Va mejor dejĂĄndose conducir por los dos discĂ­pulos.

«Aquí estå el Maestro, frente a ti».

El ciego se arrodilla: «¥Señor mío! ¥Piedad!».

«¿Quieres ver? Levåntate. ¿Desde cuåndo estås ciego?».

Los cuatro apĂłstoles se agrupan alrededor de los dos.

«Desde hace siete años, Señor. Antes veĂ­a bien y trabajaba. Era herrero en Cesarea MarĂ­tima. Ganaba bastante. Siempre tenĂ­an necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados (que eran muchos). Pero, forjando un hierro en forma de ancla — y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecĂ­a resistencia a los golpes — saltĂł un fragmento incandescente y me quemĂł el ojo. Ya los tenĂ­a enfermos por el calor de la fragua. PerdĂ­ este ojo, y el otro tambiĂ©n se apagĂł al cabo de tres meses. He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad...».

«¿Estås solo?».

«Tengo esposa y tres hijos muy pequeños... de uno no conozco ni siquiera su cara... y tengo tambiĂ©n a mi madre, que es ya anciana. No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan, y con esto y el Ăłbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre. ÂĄSi TĂș me curases!... VolverĂ­a al trabajo. No pido mĂĄs que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo».

«¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?».

«Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso».

«¿Qué te ha dicho?».

«Que TĂș lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios. Él, el leproso, habĂ­a osado mezclarse entre la muchedumbre, con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te habĂ­a visto pasar hacia el monte y tu rostro le habĂ­a encendido una esperanza en el corazĂłn. Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: ‘AhĂ­ hay salud. ÂĄVe!’. Y fui”. Me repitiĂł tu discurso y me dijo que TĂș le curaste tocĂĄndole, sin repugnancia, con tu mano. VolvĂ­a de los sacerdotes despuĂ©s de la purificaciĂłn. Yo le conocĂ­a, porque le habĂ­a servido cuando tenĂ­a un almacĂ©n en Cesarea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti. Y te he encontrado... ÂĄPiedad de mĂ­!».

58.8

«Ven. ¥Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!».

«Entonces, ¿me curas?».

JesĂșs le conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo, se le pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aĂșn todo jaspeado de luz. El hombre se deja llevar tan dĂłcilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño dulcĂ­simo.

«¥Padre! ÂĄTu luz a este hijo tuyo!». JesĂșs tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que estĂĄ de rodillas. Permanece asĂ­ un momento. Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que estĂĄn abiertos pero no tienen vida.

Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

«¿Qué ves?».

«¥Oh!... ÂĄOh!... ÂĄOh, Dios Eterno! ÂĄMe parece... me parece... oh... que veo... te veo el vestido... es rojo, Âżno es verdad?, y una mano blanca... y un cinturĂłn de lana!... ÂĄOh, JesĂșs bueno... veo cada vez mejor cuanto mĂĄs me habitĂșo a ver!... La hierba del suelo... y eso es un pozo, ÂĄclaro!, y allĂ­ hay una vid...».

«Levåntate, amigo».

El hombre, que llora y rĂ­e al mismo tiempo, se alza y, pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de JesĂșs, un JesĂșs sonriente de piedad, de una piedad que es toda amor. ÂĄDebe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro! El hombre emite un grito y tiende los brazos; es un acto instintivo. Pero en seguida se frena.

Es JesĂșs quien abriendo los suyos arrima a sĂ­ al hombre, que es mucho mĂĄs bajo que Él. «Ve a tu casa, ahora, y sĂ© feliz y justo. Ve con mi paz».

«¥Maestro, Maestro! ÂĄSeñor! ÂĄJesĂșs! ÂĄSanto! ÂĄBendito! La luz... Pero si veo... veo todo... AhĂ­, el lago azul y el cielo sereno y los Ășltimos rayos de sol y el primer atisbo de luna... Pero el azul mĂĄs hermoso y sereno lo veo en tu ojo; y en ti veo la belleza del Sol mĂĄs verdadero, y resplandecer lo puro de la Luna mĂĄs santa. ÂĄAstro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!».

«Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz».

«Siempre, JesĂșs. Cada vez que mi pĂĄrpado se abra o cierre sobre mi pupila renacida, renovarĂ© este juramento. ÂĄBenditos seĂĄis TĂș y el AltĂ­simo!».

«¥Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós».

Y el hombre parte dichoso, seguro, mientras JesĂșs y los estupefactos apĂłstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegaciĂłn.

Y la visiĂłn termina.

Detalle

CuraciĂłn de un ciego. En 58,7, se describe otro milagro: un leproso fue curado por JesĂșs y fue este tullido quien animĂł al ciego a acudir a JesĂșs. SegĂșn maria-valtorta.org, Ă©ste es el primer milagro anĂłnimo de Cristo, pero, como señala JesĂșs en EMV 54.7, el milagro de CanĂĄ fue su primer prodigio.

Palabras clave

ECR 59.2.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.2 «¥Estoy enfermo, cĂșrame!» gime un joven, que, por el aspecto, yo dirĂ­a que estĂĄ tĂ­sico, agarrĂĄndole a JesĂșs por el vestido.

JesĂșs le pone la mano en la cabeza y dice: «Ten confianza. Dios te escucharĂĄ. DĂ©jame ahora que hable al pueblo, luego volveré».

El joven le suelta y se tranquiliza.

«¿Qué te ha dicho?» le pregunta una mujer con un niño en brazos.

«Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverå».

«¿Te cura entonces?».

«No lo sĂ©. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confĂ­o».

«¿QuĂ© ha dicho? ÂżQuĂ© ha dicho?». La muchedumbre estĂĄ deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de JesĂșs.

«Entonces yo voy por mi niño».

«Y yo traigo aquí a mi padre anciano».

«¥Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento... pero no vendrå».

(...) [JesĂșs predicĂł en la sinagoga y curĂł a un endemoniado. Entonces dijo:]

«Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. JesĂșs le acaricia: «¥Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sĂ© justo».

El joven lanza un grito. ÂĄQuiĂ©n sabe lo que siente! Se postra a los pies de JesĂșs y los besa con agradecimiento: «¥Gracias por mĂ­ y por mi madre!».

Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. JesĂșs le coge en brazos, le acaricia y le pone en el suelo... y le deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamĂĄ, la cual le recibe, llorando, en su corazĂłn y bendice a voz en grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. TambiĂ©n Ă©l queda curado con una caricia en las Ăłrbitas enfermas.

La muchedumbre rompe a bendecir a JesĂșs.

Él se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograrĂ­a hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, AndrĂ©s y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ĂĄngulo hasta JesĂșs, y despuĂ©s le protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

La visiĂłn termina asĂ­.

Detalle

Un enfermo pregunta a JesĂșs:

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ECR 59.6-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atreviĂł a tanto y TĂș... ÂżQuiĂ©n eres TĂș, que asĂ­ hablas?, y Âżpor orden de quiĂ©n hablas?».

«Los Profetas no podĂ­an decir de sĂ­ mismos lo que Yo digo de mĂ­. ÂżQue quiĂ©n soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habĂ©is oĂ­do decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentarĂĄ a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros estĂĄn los que han oĂ­do del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oĂ­do una voz que hablaba diciendo quiĂ©n era Yo. ÂżQue por orden de quiĂ©n hablo? De Aquel que es y que me envĂ­a».

«TĂș puedes decir lo que quieras, pero quiĂ©n nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces SatanĂĄs profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy JesĂșs de JosĂ© de la tribu de David, nacido en BelĂ©n EfratĂĄ, segĂșn las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto segĂșn el mundo. SegĂșn Dios soy su Mensajero. Mis discĂ­pulos lo saben».

«¥Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que TĂș les hagas decir».

«Hablarå otro, que no me ama, y dirå quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

59.7 JesĂșs mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz: «¥Ageo! ÂĄPasa adelante! ÂĄTe lo ordeno!».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

«¿Conoces a este hombre?».

«SĂ­. Es Ageo de MalaquĂ­as, de aquĂ­, de CafarnaĂșm, poseĂ­do por un espĂ­ritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

«¿Todos le conocen?».

La multitud grita: «¥Sí, sí!».

«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita: «No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

«Mujer, acércamelo».

La mujer le empuja y le arrastra, y el pobrecillo tiembla aĂșn mĂĄs fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a JesĂșs: «¥Ten cuidado! El demonio estĂĄ para atormentarle de un momento a otro... y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde».

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos estĂĄn ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime... la voz se forma en palabras: «¿QuĂ© hay entre nosotros y TĂș, JesĂșs de Nazaret? ÂżPor quĂ© has venido a atormentarnos? ÂżPor quĂ© has venido a exterminarnos, TĂș, Señor del Cielo y de la Tierra? SĂ© quiĂ©n eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue mĂĄs grande que TĂș, porque tu carne de hombre encierra el EspĂ­ritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en...».

«¥Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno».

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

59.8 «¿Has oĂ­do? ÂżQuĂ© respondes ahora?» le pregunta JesĂșs a su oposi­tor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de Ă©l y aplaude a JesĂșs.

«¥Silencio, el lugar es sagrado!» dice JesĂșs, y ordena: «Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. JesĂșs le acaricia: «¥Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sĂ© justo».

El joven lanza un grito. ÂĄQuiĂ©n sabe lo que siente! Se postra a los pies de JesĂșs y los besa con agradecimiento: «¥Gracias por mĂ­ y por mi madre!».

Detalle

En 59.2, la esposa de Ageo, un hombre poseído, oye que Cristo ciertamente sanarå a los enfermos después de que él predique. Entonces ella dice: "¥Ah, si Haggeo viniera! Lo intentaré... pero no vendrå".

JesĂșs predica y es interpelado por un hombre, que parece dudar de que Ă©l sea el MesĂ­as. JesĂșs dice entonces que otro hablarĂĄ y dirĂĄ quiĂ©n es Ă©l.

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