«¥SimĂłn! ÂĄSimĂłn! ÂĄAndrĂ©s! Voy...». Juan corre jadeante hacia ellos. «¥Maestro! ÂżTe he hecho esperar?». Juan mira a JesĂșs con su ojo enamorado.
Pedro interviene: «Verdaderamente empezaba a pensar que quizĂĄs ya no venĂas. Prepara pronto tu barca. ÂżY Santiago?...».
«Eso... nos hemos retrasado por un ciego. CreĂa que JesĂșs estaba en nuestra casa y ha ido allĂ. Le hemos dicho: âNo estĂĄ aquĂ. QuizĂĄs mañana te curarĂĄ. Esperaâ. Pero no querĂa esperar. Santiago decĂa: âHas esperado mucho la luz, ÂżquĂ© te supone esperar otra noche?â. Pero no atiende a razones...».
«Juan, si tĂș estuvieras ciego, ÂżtendrĂas prisa de volver a ver a tu madre?».
«¥Claro!».
«¿Y entonces?... ¿Dónde estå el ciego?».
«Estå viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no le deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza... Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?».
«SĂ. Pero en reparaciĂłn ve a ayudarle al ciego y trĂĄemele».
Juan se marcha corriendo.
Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar, y suspira.
«¿Simón?».
«¿Maestro?».
«No tengas miedo. TendrĂĄs una pesca abundante aunque salgas el Ășltimo».
«¿También esta vez?».
«Todas las veces que tengas caridad, Dios te concederå la gracia de la abundancia».
58.7
«Ahà llega el ciego».
El pobrecito camina entre Santiago y Juan. Tiene entre las manos un bastĂłn, pero no lo usa ahora. Va mejor dejĂĄndose conducir por los dos discĂpulos.
«Aquà estå el Maestro, frente a ti».
El ciego se arrodilla: «¥Señor mĂo! ÂĄPiedad!».
«¿Quieres ver? Levåntate. ¿Desde cuåndo estås ciego?».
Los cuatro apĂłstoles se agrupan alrededor de los dos.
«Desde hace siete años, Señor. Antes veĂa bien y trabajaba. Era herrero en Cesarea MarĂtima. Ganaba bastante. Siempre tenĂan necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados (que eran muchos). Pero, forjando un hierro en forma de ancla â y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecĂa resistencia a los golpes â saltĂł un fragmento incandescente y me quemĂł el ojo. Ya los tenĂa enfermos por el calor de la fragua. PerdĂ este ojo, y el otro tambiĂ©n se apagĂł al cabo de tres meses. He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad...».
«¿Estås solo?».
«Tengo esposa y tres hijos muy pequeños... de uno no conozco ni siquiera su cara... y tengo tambiĂ©n a mi madre, que es ya anciana. No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan, y con esto y el Ăłbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre. ÂĄSi TĂș me curases!... VolverĂa al trabajo. No pido mĂĄs que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo».
«¿Y has venido a m� ¿Quién te lo ha dicho?».
«Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvĂas al lago despuĂ©s de aquel discurso tan hermoso».
«¿Qué te ha dicho?».
«Que TĂș lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios. Ăl, el leproso, habĂa osado mezclarse entre la muchedumbre, con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te habĂa visto pasar hacia el monte y tu rostro le habĂa encendido una esperanza en el corazĂłn. Me dijo: âVi en ese rostro algo que me dijo: âAhĂ hay salud. ÂĄVe!â. Y fuiâ. Me repitiĂł tu discurso y me dijo que TĂș le curaste tocĂĄndole, sin repugnancia, con tu mano. VolvĂa de los sacerdotes despuĂ©s de la purificaciĂłn. Yo le conocĂa, porque le habĂa servido cuando tenĂa un almacĂ©n en Cesarea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti. Y te he encontrado... ÂĄPiedad de mĂ!».
58.8
«Ven. ÂĄDemasiado viva es todavĂa la luz para uno que sale de la oscuridad!».
«Entonces, ¿me curas?».
JesĂșs le conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo, se le pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aĂșn todo jaspeado de luz. El hombre se deja llevar tan dĂłcilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño dulcĂsimo.
«¥Padre! ÂĄTu luz a este hijo tuyo!». JesĂșs tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que estĂĄ de rodillas. Permanece asĂ un momento. Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que estĂĄn abiertos pero no tienen vida.
Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.
«¿Qué ves?».
«¥Oh!... ÂĄOh!... ÂĄOh, Dios Eterno! ÂĄMe parece... me parece... oh... que veo... te veo el vestido... es rojo, Âżno es verdad?, y una mano blanca... y un cinturĂłn de lana!... ÂĄOh, JesĂșs bueno... veo cada vez mejor cuanto mĂĄs me habitĂșo a ver!... La hierba del suelo... y eso es un pozo, ÂĄclaro!, y allĂ hay una vid...».
«Levåntate, amigo».
El hombre, que llora y rĂe al mismo tiempo, se alza y, pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de JesĂșs, un JesĂșs sonriente de piedad, de una piedad que es toda amor. ÂĄDebe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro! El hombre emite un grito y tiende los brazos; es un acto instintivo. Pero en seguida se frena.
Es JesĂșs quien abriendo los suyos arrima a sĂ al hombre, que es mucho mĂĄs bajo que Ăl. «Ve a tu casa, ahora, y sĂ© feliz y justo. Ve con mi paz».
«¥Maestro, Maestro! ÂĄSeñor! ÂĄJesĂșs! ÂĄSanto! ÂĄBendito! La luz... Pero si veo... veo todo... AhĂ, el lago azul y el cielo sereno y los Ășltimos rayos de sol y el primer atisbo de luna... Pero el azul mĂĄs hermoso y sereno lo veo en tu ojo; y en ti veo la belleza del Sol mĂĄs verdadero, y resplandecer lo puro de la Luna mĂĄs santa. ÂĄAstro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!».
«Yo soy Luz de los espĂritus. SĂ© hijo de la Luz».
«Siempre, JesĂșs. Cada vez que mi pĂĄrpado se abra o cierre sobre mi pupila renacida, renovarĂ© este juramento. ÂĄBenditos seĂĄis TĂș y el AltĂsimo!».
«¥Bendito sea el AltĂsimo Padre! AdiĂłs».
Y el hombre parte dichoso, seguro, mientras JesĂșs y los estupefactos apĂłstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegaciĂłn.
Y la visiĂłn termina.