Yo, como Dios, sabía todo, con mi inteligencia, incluso, Yo podía comprender las luchas del hombre, por poder intelectivo e intelectualmente. Pero un día algún pobre amigo mío, algún pobre hijo mío, habría podido decir y decirme: “Tú no sabes qué es ser hombre y tener sentido y pasiones”. Habría sido un reproche justo. Vine aquí, o mejor, allí, a aquel monte, para prepararme... no sólo a la misión... sino también a la tentación. ¿Veis? Aquí, donde vosotros estáis, Yo fui tentado. ¿Por quién? ¿Por un mortal? No. Demasiado débil habría sido su poder. Fui tentado por Satanás directamente.
La Tentación — no vencida por mi respuesta: “no sólo de sentido vive el hombre” — me habló entonces de mi misión. Quería seducir al Mesías después de haber tentado al Joven, y me incitó a aniquilar a los indignos ministros del Templo con un milagro... No se rebaja el milagro, llama del cielo, a hacer de él un círculo de mimbre con que coronarse... No se tienta a Dios pidiendo milagros para fines humanos. Esto quería Satanás. El motivo presentado era el pretexto, la verdad era: “Gloríate de ser el Mesías”; para llevarme a la otra concupiscencia, la del orgullo.
No vencido por mi “no tentarás al Señor tu Dios”, me insidió con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro.
El Hombre había vencido la triple batalla. El hombre sabía qué quería decir ser hombre, y había vencido; estaba exhausto, la lucha había sido más agotadora que el largo ayuno... Mas el espíritu descollaba en gran medida... Yo creo que ante este completarme como criatura dotada de cognición se estremecieron los Cielos. Yo creo que desde ese momento vino a mí el poder de milagros. Había sido Dios. Yo me había hecho el Hombre. Ahora, venciendo al animal que estaba unido a la naturaleza del hombre, he aquí que Yo era el Hombre-Dios, lo soy. Como Dios todo lo puedo, como Hombre todo lo conozco. Haced también vosotros como Yo si queréis hacer lo que Yo hago, y hacedlo en memoria mía.
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Tras la tentación de Cristo por parte de Satanás en el Evangelio:
No dudéis nunca viéndome fuerte en todas las tentaciones de la vida, victorioso en las batallas de los cinco sentidos, del sentido y del sentimiento, sobre mi naturaleza de verdadero Hombre (la que tengo además de mi naturaleza de Dios). Recordad todo esto.
Los primeros contactos con el mundo me habían nauseado y desilusionado; es demasiado feo. Ahora mi alma está nutrida de la médula del león: de la fusión con el Padre en la oración y en la soledad. Puedo volver al mundo para coger de nuevo mi cruz, mi primera cruz de Redentor, la del contacto con el mundo, con el mundo en el que demasiado pocas son las almas cuyo nombre es María, cuyo nombre es Juan...
«José [uno de los pastores] nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido, por él, a alguna parte. Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, como con amor le escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú-Verbo; pero decía siempre palabras de Dios».
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Matías, Simeón y Juan, pastores de Belén, le dicen a Jesús: