Notas del tema

Personajes del Evangelio tal como me fue revelado

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Comodidad de lectura

ECR 73.11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«...Estando por cumplírsele a mi Madre el tiempo de dar a luz, por orden de César Augusto, el delegado imperial, Publio Sulpicio Quirino, siendo gobernador de Palestina Senzio Saturnino, publicó un edicto cuyo contenido era empadronar a todos los habitantes del Imperio. Los no esclavos debían dirigirse a los lugares de origen para inscribirse en los registros del Imperio. José, esposo de mi Madre, era de la estirpe de David, como también de David era mi Madre. Obedeciendo por ello al edicto, dejaron Nazaret para venir a Belén, cuna de la estirpe real. Muy frío el tiempo...».

Jesús continúa su narración y todo termina así.

Palabras clave

ECR 74

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús está en Belén con Juan, Judas y Simón el Zelote. Se dirigen a la propia ciudad, porque Cristo quiere mostrarles dónde le saludaron los magos. Judas hace gala de todo su sentido práctico y utiliza artimañas para obtener información sobre Ana de Belén, que había dado cobijo a la Sagrada Familia. Hace pasar al grupo apostólico por judíos de Jerusalén, y el posadero, un hombre llamado Ezequías, les habla de la matanza de los Inocentes y de la muerte de Ana. Jesús fue a visitar las ruinas y luego habló a la gente de Belén. Pero se volvieron abiertamente hostiles cuando habló de su Madre y del Mesías. La multitud se agitó y arrojó piedras, pero Jesús fue incapaz de apaciguarlos o consolar su dolor. En un gesto heroico, Judas protege a Jesús y el grupo se retira. El Salvador no insiste y decide ir al encuentro de los pastores de la Natividad.

Palabras clave

ECR 74.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

74.1 Son las primeras horas de una luminosa mañana de verano. El cielo toma unas pinceladas de rosa en algunas finas nubecitas que parecen deshiladuras de gasa perdidas en una alfombra de raso turquino. Hay todo un cantar de pájaros, ya ebrios de luz... gorriones, mirlos, petirrojos silban, gorjean, riñen por un tallito, por una larva, por una ramita que llevarse al nido, por una larva para llenar el buche, por una ramita que les sirva como dormitorio. Golondrinas se lanzan, como saetas, desde el cielo al pequeño riachuelo para mojarse el pecho de nieve, coloreado en su ápice de óxido, y, tomada la frescura de la ola, atrapada la mosquita que aún duerme colgada de un tierno tallo, se vuelven hacia arriba con un rapidísimo zigzag, como el destello de una hoja bruñida, chillando alegres.

Dos aguzanieves, vestidas de seda cenicienta, pasean graciosas como dos damiselas a lo largo de la orilla del riachuelo manteniendo bien alta la larga cola adornada de velludillos negros; se miran en el agua, se ven hermosas, continúan su paseo, mientras un mirlo, verdadero pilluelo del bosque, les hace burla y los silba por detrás con su largo pico amarillo. Dentro de un tupido manzano silvestre, que se yergue solitario junto a las ruinas, una ruiseñora llama insistentemente a su compañero, y se calla sólo cuando le ve llegar con una larga larva que se retuerce oprimida por el fino pico. Dos palomas zuranas, que probablemente huyeron de algún palomar ciudadano y que han elegido vivir libremente entre las grietas del torreón derruido, se entregan zureando a sus manifestaciones de afecto: él seductor, pudorosa ella.

Jesús, con los brazos cruzados, mira a todos estos animalitos alegres, y sonríe.

Palabras clave

ECR 74.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, con los brazos cruzados, mira a todos estos animalitos alegres, y sonríe.

«¿Ya estás listo, Maestro?» pregunta Simón por detrás.

«Ya listo. ¿Los otros duermen todavía?».

«Todavía».

«Son jóvenes... Me he lavado en ese riachuelo... Una agua fresca que despeja la mente...».

«Ahora voy yo».

Mientras Simón — sólo con la prenda corta — se lava y se vuelve a vestir, salen Judas y Juan. «Dios te salve, Maestro. ¿Es demasiado tarde?».

«No. Apenas ha nacido la mañana. Pero ahora daos prisa. Vámonos».

Los dos se lavan y se ponen la túnica y el manto.

Jesús, antes de ponerse en camino, arranca unas florecillas nacidas entre las hendiduras de dos rocas y las coloca en una cajita de madera, en la cual ya hay otras cosas que no distingo bien. Y comenta: «Se las voy a llevar a mi Madre. Las guardará con cariño...»

Palabras clave

ECR 74.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vamos».

«¿A dónde, Maestro?».

«A Belén».

«¡¿Sí?! Me parece que no hay un buen ambiente respecto a nosotros...».

«No importa. Vamos. Quiero mostraros dónde bajaron los magos y dónde estaba Yo».

«Entonces... Escucha... Perdona, ¿eh?, Maestro... Permíteme que hable. ¿Por qué no hacemos una cosa? En Belén, y en la posada, deja que sea yo quien hable o pregunte. En Judea no se os estima mucho a los galileos, y aquí menos que en otras partes. Es más, ¿por qué no hacemos así?: Tú y Juan tenéis aspecto de galileos hasta en el vestido, que es demasiado simple. Y luego... ¡ese pelo...! ¿Por qué os empeñáis en llevarlo tan largo? Yo y Simón os dejamos el manto y cogemos el vuestro. Tú, Simón, a Juan; yo al Maestro. Eso es... así. ¿Ves? Parecéis, en un momento, un poco más judíos. Ahora esto». Y se quita la prenda con la que cubre su cabeza: un pedazo de tela de rayas amarillas, marrones, rojas, verdes, como el manto, alternadas; sujetado por un cordón amarillo. Lo pone sobre la cabeza de Jesús, cubriendo con él ambos lados de su cara para ocultar los largos cabellos rubios. Juan coge el de Simón, que es de un color verde oscurísimo. «¡Bien!, ¡ahora está mejor! Yo tengo el sentido práctico».

«Sí, Judas. Tú tienes el sentido práctico. Es verdad. Ten cuidado, no obstante, con que no rebase al otro sentido».

«¿A cuál, Maestro?».

«Al sentido espiritual».

Palabras clave

ECR 74.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

74.2 «Vamos».

«¿A dónde, Maestro?».

«A Belén».

«¡¿Sí?! Me parece que no hay un buen ambiente respecto a nosotros...».

«No importa. Vamos. Quiero mostraros dónde bajaron los magos y dónde estaba Yo».

«Entonces... Escucha... Perdona, ¿eh?, Maestro... Permíteme que hable. ¿Por qué no hacemos una cosa? En Belén, y en la posada, deja que sea yo quien hable o pregunte. En Judea no se os estima mucho a los galileos, y aquí menos que en otras partes. Es más, ¿por qué no hacemos así?: Tú y Juan tenéis aspecto de galileos hasta en el vestido, que es demasiado simple. Y luego... ¡ese pelo...! ¿Por qué os empeñáis en llevarlo tan largo? Yo y Simón os dejamos el manto y cogemos el vuestro. Tú, Simón, a Juan; yo al Maestro. Eso es... así. ¿Ves? Parecéis, en un momento, un poco más judíos. Ahora esto». Y se quita la prenda con la que cubre su cabeza: un pedazo de tela de rayas amarillas, marrones, rojas, verdes, como el manto, alternadas; sujetado por un cordón amarillo. Lo pone sobre la cabeza de Jesús, cubriendo con él ambos lados de su cara para ocultar los largos cabellos rubios. Juan coge el de Simón, que es de un color verde oscurísimo. «¡Bien!, ¡ahora está mejor! Yo tengo el sentido práctico».

«Sí, Judas. Tú tienes el sentido práctico. Es verdad. Ten cuidado, no obstante, con que no rebase al otro sentido».

«¿A cuál, Maestro?».

«Al sentido espiritual».

«¡No, hombre! Pero en ciertos casos conviene saber ser más políticos que los embajadores. Escucha... perdona otra cosa... es por tu bien... no me contradigas si digo algunas cosas... algunas cosas... que realmente no son verdaderas».

«¿Qué quieres decir? ¿Por qué mentir? Yo soy la Verdad, y no quiero mentiras, ni en mí, ni en torno a mí».

«¡Oh!, no diré más que medias mentiras. Diré que regresamos todos de lugares lejanos, de Egipto, por ejemplo, y que deseamos tener noticias de unos amigos íntimos. Diré que somos judíos que regresamos de un destierro... En el fondo, en todo ello, hay un poco de verdadero... y, además, hablo yo... una mentira más, una mentira menos...».

«¡Pero Judas! ¿Por qué engañar?».

«¡No te preocupes, Maestro! El mundo se guía por engaños. Y, de vez en cuando, son necesarios. ¡Bien!, por darte gusto, diré sólo que venimos de lejos y que somos judíos, lo cual es verdad respecto a tres, de cuatro. Y tú, Juan, no hables nunca. Te traicionarías».

«Estaré callado».

«Luego... si las cosas se ponen bien... entonces diremos el resto. Pero tengo poca esperanza... Soy astuto y las cazo al vuelo».

«Lo veo, Judas. Pero preferiría que fueras sencillo».

«Sirve para poco. En tu grupo yo seré el de las misiones difíciles. Déjame... verás».

Jesús se muestra poco entusiasta. Pero cede.

Detalle

Judas señala a Jesús que no dirá realmente la verdad a la gente de Belén sobre lo que ocurrió en el momento de la masacre de los inocentes. Pero Jesús no quiere mentiras a su alrededor ni dentro de él.

Palabras clave

ECR 74.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«No me contradigas si digo algunas cosas... algunas cosas... que realmente no son verdaderas».

«¿Qué quieres decir? ¿Por qué mentir? Yo soy la Verdad, y no quiero mentiras, ni en mí, ni en torno a mí».

«¡Oh!, no diré más que medias mentiras. Diré que regresamos todos de lugares lejanos, de Egipto, por ejemplo, y que deseamos tener noticias de unos amigos íntimos. Diré que somos judíos que regresamos de un destierro... En el fondo, en todo ello, hay un poco de verdadero... y, además, hablo yo... una mentira más, una mentira menos...».

«¡Pero Judas! ¿Por qué engañar?».

«¡No te preocupes, Maestro! El mundo se guía por engaños. Y, de vez en cuando, son necesarios. ¡Bien!, por darte gusto, diré sólo que venimos de lejos y que somos judíos, lo cual es verdad respecto a tres, de cuatro. Y tú, Juan, no hables nunca. Te traicionarías».

«Estaré callado».

Detalle

Judas quiere saber más sobre la masacre de los Inocentes y Ana, ya que Jesús quiere ir allí. Así que le pide a Cristo que le deje contar medias mentiras y le pide a Juan que se calle.

Palabras clave

ECR 74.3-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Judas es el primero en entrar. Mira a su alrededor. Pilla, altanero, a un pequeño establero sucio y desarreglado, que lleva sólo una camisa larga, sin mangas y hasta la rodilla. «¡Siervo!» grita. «¡El dueño! ¡En seguida! ¡Muévete, que no estoy acostumbrado a es­pe­rar!».

El muchacho sale corriendo, llevando consigo una escoba de ramas.

«¡Pero Judas! ¡Qué modales!».

«Calla, Maestro. Déjame a mí. Deben creer que somos ricos y de ciudad».

El dueño, que acude corriendo, se rompe la espalda de tantas reverencias como hace delante de Judas, al cual se le ve imponente con el manto rojo oscuro de Jesús encima de su rica vestidura amarilla oro, toda llena de bandas y franjas.

«Venimos de lejos. Somos judíos de las comunidades asiáticas. Éste, perseguido, betlemita de nacimiento, viene buscando a sus amigos íntimos. Y nosotros venimos con Él, de Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos información particularizada al respecto?».

«Señor... tu siervo... Todo tuyo. Ordena».

«Queremos saber acerca de muchos... y especialmente de Ana, la mujer que tenía su casa frente a esta posada».

«¡Oh, pobrecilla! A Ana sólo la volveréis a ver en el seno de Abraham, y, con ella, a sus hijos».

«¿Muerta? ¿Por qué?».

«¿No sabéis lo de la matanza de Herodes? Todo el mundo habló de ello, e incluso el César le definió a Herodes “cerdo que se nutre de sangre”. ¡Ay! ¿Qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres un auténtico judío?».

«Mira el signo de mi tribu. ¿Entonces?... Habla».

«A Ana la mataron los soldados de Herodes, y con ella a todos sus hijos, menos una».

«Pero, ¿por qué? ¡Era muy buena!».

«¿La conocías?».

«Muy bien» Judas miente descaradamente.

«La mataron por haber proporcionado alojamiento a los que se decían padre y Madre del Mesías...

74.4 Ven aquí, a esta habitación... Las paredes oyen, y hablar de ciertas cosas... es peligroso».

Entran en una pequeña habitación oscura y baja. Se sientan en un diván también bajo.

«La cosa fue así... yo intuí algo. ¡No en vano soy posadero! He nacido aquí, soy hijo de hijos de posaderos. Llevo la malicia en la sangre. Y entonces no los acepté. Quizás hubiera podido encontrar un lugar para ellos. Pero... galileos, pobres, desconocidos... ¡no, no!, ¡Ezequías no comete este error! Y además... sentía... sentía que eran distintos... esa mujer... unos ojos... un algo... ¡no, no!; debía tener el demonio dentro y hablar con él. Y nos lo trajo aquí... A mí no, pero sí a la ciudad. Ana era más inocente que un cordero, y los hospedó pocos días después, ya con el Niño. Decían que era el Mesías... ¡Cuánto dinero gané esos días! ¡Fue mucho más que un empadronamiento! Venía incluso gente que no habría debido venir por el padrón. Venían incluso desde el mar, ¡hasta de Egipto!, a ver... ¡y durante meses! ¡Qué ganancias tuve!... Los últimos en llegar fueron tres reyes, tres potentados, o tres magos... ¡yo qué sé! ¡Un cortejo!... ¡no acababa nunca! Me ocuparon todas las cuadras y pagaron en oro heno como para un mes, y luego se fueron al día siguiente dejándolo todo allí. ¡Y qué regalos a los mozos de los establos, a las mujeres... y a mí! Yo... del Mesías, fuera verdadero o falso, sólo puedo hablar bien. Me hizo ganar monedas a mansalva. No sufrí ningún desastre; muertos, tampoco, porque me acababa de casar. Por tanto... ¡Pero los demás...!».

74.5 «Querríamos ver los lugares de la matanza».

«¿Los lugares? Pero si todas las casas fueron lugar de matanza. Hubo muertos en varias millas a la redonda. Venid conmigo».

Suben una escalera y luego a una terraza que está encima del tejado; desde arriba se ve ampliamente el campo y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.

«¿Veis los puntos destruidos? Allí ardieron incluso las casas porque los padres defendieron a sus hijos con las armas. ¿Veis allí aquella especie de pozo cubierto de hiedra? Son los restos de la sinagoga, quemada con el jefe dentro, que había afirmado que aquél era el Mesías. La quemaron los que se salvaron, locos por la matanza de sus hijos. Hemos tenido luego problemas... Y allí, y allí, y allí... ¿veis aquellos sepulcros? Son de las víctimas... Parecen ovejas esparcidas entre la hierba, hasta donde alcanza la mirada. Todos inocentes, y también sus padres y madres... ¿Veis aquel pilón? Su agua quedó roja después de limpiar las armas y lavarse las manos los sicarios en ella. Y ¿habéis visto ese riachuelo de aquí detrás?... Era rosa debido a la gran cantidad de sangre que había recogido de las cloacas... Y ahí, sí, ahí enfrente... eso es todo lo que queda de Ana».

Jesús llora.

«¿La conocías bien?».

Responde Judas: «Era como una hermana para su Madre. ¿Verdad, amigo?».

Jesús responde solamente: «Sí».

«Entiendo» dice el posadero, y se queda pensativo.

74.6 Jesús se inclina hacia Judas para hablar con él en voz baja.

«Mi amigo querría ir a esas ruinas» dice Judas.

«¡Pues que vaya! ¡Son de todos!».

Bajan. Se despiden. Se marchan. El dueño de la posada se queda desilusionado; tal vez esperaba alguna ganancia.

Detalle

Jesús va a una posada donde antes estaba la de Ana, que acogió a la Sagrada Familia en Belén.

Palabras clave